Historia universal



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HISTORIA UNIVERSAL SIGLO XXI

Volumen 12

Los fundamentos del mundo moderno

Edad Media tardía, Renacimiento, Reforma



LOS AUTORES

Ruggiero Romano

Nació en Fermo en 1923. Es director de Estudios en la École Pratique des Hautes Études (VI Sección) de París, donde es titular de la cátedra de «Problemas y métodos de historia económica». Entre sus numerosas publicaciones resaltamos; Le carneree du Royaume de Naples avec la France et les pays de l'Adriatique au XVIIIeme siécle, París, 1951; Navires et marchands à l'entrée du port de Livoume (en colaboración con Fernand Braudel), París, 1951; Commerce et prix du blé au XVIIIeme siècle, París 1956; Una economía colonial: Chile en el siglo XVIII, Buenos Aires, 1965; Prezzi, salari e servizi a Napoli nel secólo XVIII, Milano, 1965; Cuestiones de historia económica latinoamericana, Caracas, 1956; Colombo, Milano, 1966; I prezzi in Europa del XIII secólo a oggi, Torino, 1967.



Alberto Tenenli

Nació en Viareggio en 1925. Es Director de Estudios en la École Pratique des Hautes Études (VI Sección) de París, donde es titular de la cátedra de «Historia Social de la cultura europea». Entre sus obras resaltamos: II senso della morte e l'amóre della vita nel Rinascimento, Toríoo, 1957, y Venezia e i corsari, Barí, 1961.



TRADUCTOR

Marcial Suárez

DISEÑO DE LA CUBIERTA

Julio Silva



Historia Universal Siglo veintiuno

Volumen 12



LOS FUNDAMENTOS DEL MUNDO MODERNO

Edad Media tardía, Renacimiento, Reforma

Ruggiero Romano

Alberto Tenenti



México Argentina España /// historia universal siglo XXI
Primera edición en castellano, octubre de 1971

Segunda edición (corregida), marzo de 1972

Tercera edición en castellano, diciembre de 1972

Cuarta edición en castellano, octubre de 1974

Quinta edición en castellano, diciembre de 1975

Sexta edición en castellano, febrero de 1977

Séptima edición en castellano, septiembre de 1977 (México)

Octava edición en castellano, noviembre de 1978

Novena edición en castellano, octubre de 1979 (México)

Décima edición en castellano, noviembre de 1979

Undécima edición en castellano, octubre de 1980

© SIGLO XXI DE ESPAÑA EDITORES, S. A.

Calle Plaza, 5. Madrid-33 En coedición con



© SIGLO XXI EDITORES, S. A.

Cerro del Agua, 248. México-20, D. F.



© SIGLO XXI ARGENTINA, S. A,

Av. Perú, 952. Buenos Aires

Primera edición en alemán, 1967, revisada y puesta al día por los 'autores para la edición española

© fischer bÜcherei k. g., Frankfurt am Main

Título original: Die Grundlegung der modernen Well. Spätmittel-

alter, Renaissance, Reformation

DERECHOS RESERVADOS CONFORME A LA LEY

Impreso y hecho en España Printed and made in Spain

ISBN: 84-32*01^-3 (O. C.) ISBN: 84-323-0005-5 (Vol. 12) Deposito legal: M. 32.643 -1980

Impreso en Closas-Orcoyen, S. L.

Martínez Paie, 5. Madrid-29

índice


PREFACIO

1. LA «CRISIS» DEL SIGLO XIV

I. La fractura demográfica, 3. —II. El cambio de la estructura agrícola, 9. —III. Factores de la «crisis» agrícola y sus consecuencias sociales, 19. —IV. La nueva fisonomía de la actividad «industrial», 23. — V. Los problemas de los intercambios, 28. —VI, Los reflejos político-militares de la «crisis», 35,



2. ESTANCAMIENTO ¥ EFERVESCENCIA: EUROPA DESDE 1380 a 1480 40

I. Introducción, 40. —II. El papado, 42. —III. El imperio, 47. —IV. Italia, 49. —V. La Europa del Centro y del Este, 55. —VI, Inglaterra, 60. — VII Francia, 64. —VIII. La Península Ibérica, 66.

3 LAS CREENCIAS CRISTIANAS 71

I. Introducción, 71. —II. La religión y sus dimensiones económico-sociales, 73. —III. Firmeza y fallas de las creencias: el cisma, 77. —IV, Crisis filosófica, [ ] pero no jerárquica: de Occam a Torquemada, 81.— V. «Más allá» y sensibilidad, 85.—VI. El «arte de morir», 88. —VIL Repliegue místico y renovación moral, 92.—VIII. La crítica del sistema eclesiástico, 97.



4. HACIA UNA CULTURA NUEVA 104

I. El sentido de la muerte, 104. —II. El mito de la gloria, 110. —III. La función de las letras, 115. — IV, Las tendencias artísticas, 121.



5. EL HUMANISMO 128

I. Humanismo y renacimiento, 128. —II. El arte del «Quattrocento» en Italia, 133.—III. La visión humanística del mundo, 142. —IV. Las concepciones éticas, 147. —V. La Historia y la política, 152.

6 la estructura científica y técnica 157

I. La medicina, 157. —-II. La astronomía, 160. —III. La interacción de técnica y ciencia, 163. —IV. Caracteres del nuevo saber, 170.

7. descubrimiento y conquista del mundo 177


  1. Los problemas de los descubrimientos, 177. —

  2. La conquista de América, 180.-—III. El asentamiento hispánico en América, 183.—IV. Caracteres de la colonización española, 187. —V. El imperio portugués, 192.-

8. RELIGIÓN Y SOCIEDAD EN LA SEGUNDA MITAD DEI. SIGLO XV 196

I. Papado y cristiandad, 196. —-II. Los males de la vieja Iglesia, 204. —III La Prerreforrna, 208. —IV. La sensibilidad popular, 213. —V. El sentido de la Reforma, 217.



9. la reforma 226

I. La función del humanismo, 226. —II. Lutero, 234. —III. Reforma y sociedad, 244. —IV. Los desarrollos de la Reforma, 249.

10. imperios y primera unidad del mundo (1480-1560). 257

I. Los imperios del siglo XVI, 257. —II. Hacia los estados modernos, 264. —III. El aparato burocrático, 270. —IV. Reconstitución demográfica y agrícola, 274. —V. La industria, 280. —VI. Los tráficos, 285. — VII La revolución de los precios, 291. —VIII. La primera unidad del mundo, 294.



conclusión 296

cronología ... 301

bibliografía , 305

índice de ilustraciones 317

índice alfabético 318"
Prefacio

En poco más de trescientas páginas, la historia económica, cultural y política de Europa, desde 1350 a 1550... Dificultad habitual de todos los manuales, que no recordamos aquí para solicitar la comprensión, la solidaridad y casi la complicidad del lector. En realidad, existen —y desde hace mucho tiempo— excelentes manuales en los que no sería difícil ampararse. Pero el lector de 1971 ¿pide las mismas cosas que el lector, pongamos por ejemplo, de hace veinte años? ¿Está verdaderamente interesado en conocer, en saber, en acumular nociones? ¿Y el joven historiador de nuestro tiempo se plantea las mismas preguntas que su maestro? ¿O —como nosotros creemos— se ha producido una ruptura, un cambio de «estilo», que hoy nos obliga a buscar algo nuevo? No se trata de buscar lo nuevo por el gusto de la novedad. Pero, si las exigencias del mundo que nos rodea han cambiado, ¿no es, en cierto modo, traicionar la propia función del intelectual el seguir hablando un lenguaje que la mayoría no siente como propio y actual?

Estos son los problemas esenciales que los autores se han planteado y que, para mayor comodidad en su trabajo, han tratado de resumir en una sola pregunta: «¿Qué debe ser nuestro manual?» ¿Sólo una simple exposición de los resultados conseguidos por la investigación historiográfico, o es posible presentar, en forma igualmente simple, la problemática que anima la investigación histórica? En suma, ¿un manual debe ser una recopilación de nociones (recopilación, en última instancia, de otros manuales), o debe ofrecer algo más que los puntos ya establecidos, y no sólo las luces todavía inciertas, sino incluso los primeros vislumbres de aquellas luces que mañana serán fijas? Hemos elegido el segundo camino, convencidos de que es el mejor en el plano científico y, además, el único que permite el respeto intelectual que un autor debe siempre a los lectores.

Por otra parte, el problema de la elección no se planteaba entre verdades adquiridas y verdades en discusión, ¿Qué clase de verdades tratar? ¿Verdades de hecho, es decir, innegables (el tratado de Cateau-Cambrésis es de 1559: es un hecho; Cristóbal Colón descubre América en 1492: es incuestionable), o verdades discutidas y discutibles, pero que, sin afán de imposición y dejando libre al lector, sirvan no para «instruir», «enriquecer intelectualmente», «documentar» (como ha sido [1] costumbre decir, con expresiones un tanto vacías), sino, más bien, para suscitar dialécticamente preocupaciones, dudas e incluso controversias? Hemos considerado preferible la segunda vía. No sólo proponemos, pues, soluciones, sino también ciertas explicaciones con vistas a ciertas soluciones, que los lectores pueden interpretar de diverso modo. Lo que nos interesa es ofrecer, de la manera más honesta posible, los elementos del problema. Es todo lo que hemos intentado.

Además, siguiendo este camino, se consigue lo que resulta una ulterior y notable ventaja: sí en un manual de hechos es grave la falta de un hecho, si en un manual de verdades consagradas es igualmente deplorable la falta de un aspecto de esas verdades, en el esquema lógico adoptado por nosotros (y en el correspondiente sistema expositivo empleado) los inconvenientes son mucho menos graves. En efecto, hemos insistido en presentar las líneas de desarrollo general; no ya de los desarrollos particulares, que conciernen a pocas familias de reinantes o de poderosos, o a algunos grupos de intelectuales o a ciertos jefes militares, sino la marcha de Europa en su masa humana, en sus necesidades económicas, en sus creencias colectivas, en sus íntimas aspiraciones políticas, en las raíces profundas de su pensamiento durante esos dos siglos.

En tal contexto, aunque sin precisar cada uno de sus pormenores, no se altera en profundidad el cuadro general, el cuadro de un mundo que avanza —incluso eo momentos muy duros, como los de una buena parte del período aquí tratado— hacia la afirmación de la dignidad del hombre.



Ruggiero Romano Alberto Tenenti

[2]


1. La «crisis» del siglo XIV

I. LA FRACTURA DEMOGRÁFICA

Durante mucho tiempo, la peste negra de 1348 ha sido considerada como el agente de una gran fractura histórica. Que su importancia en todos los sectores de la vida del siglo XIV fue enorme es, ciertamente, innegable. Pero, ¿hasta qué punto es lícito hablar de verdadera fractura? Si se estudian los anales de las epidemias que asolaron Europa, se comprende fácilmente que la de 1348 no es una desgracia imprevista. Un conjunto de epidemias sensu lato —y, sin duda, no sólo la peste entendida médicamente— pesa, con frecuencia y continuidad, mucho más que algunas de aquéllas de cuyo dramatismo son elocuentes testigos los cronistas.



Por lo tanto, cabe preguntarse en qué medio actúa la peste de 1348. No olvidemos que en la Francia del siglo XIII existen centenares de leproserías; que las condiciones higiénicas generales en la Edad Media son las más bajas que Europa haya alcanzado nunca. Recordemos la extrema fragilidad de los sistemas de aprovisionamiento hidráulico de la mayor parte de las ciudades. No atribuyamos al occidente cristiano la abundancia de baños del mundo medio-oriental (de los que puede encontrarse un reflejo muy pálido en las costumbres de algunos mercaderes europeos reintegrados a su patria).

Es cierto que en el siglo XII no hubo demasiadas carestías y fueron muy pocas las epidemias. (Mencionamos a la par carestías y epidemias, porque la relación entre los dos fenómenos es muy fuerte, como luego se verá mejor.) De modo que los hombres del siglo XIII pudieron creer que hablan alcanzado un límite de seguridad tal, que les ponía al abrigo de los asaltos del hambre. Tal vez en el curso del siglo XIII se cumplió la parte más difícil (la que se apoyaba en una tensión y en las conquistas precedentes) del prodigioso avance dado en la duración media de la vida humana: veinticinco años en el Imperio Romano, durante el siglo IV d. C; treinta y cinco años a comienzos del siglo XIV. Pero los años 1313-1317 iban a infligir un duro golpe a aquella confianza generalizada: sobreviene una carestía general en toda Europa. Desde aquel momento, se intensifica el ciclo recurrente entre carestías y epidemias: una población debilitada por la subalimentación a que la han sometido uno, dos, tres años de malas -cosechas, ofrece menos [3] resistencias a los ataques de la enfermedad; los perjuicios que ésta crea, al reducir el número de brazos disponibles para el trabajo —sin reducir, por otra parte, en la misma proporción el número de bocas que alimentar—, aumentan la posibilidad de sucesivas carestías. De este modo, aunque teóricamente sigue siendo cierto que la cicatriz demográfica que deja una epidemia puede curarse en pocos años, en la realidad nunca se logra esa cicatrización, y la recuperación de los daños causados a la población europea por la peste de 1348 se verá nuevamente comprometida por las epidemias de 1360, de 1371, etc. Y en poblaciones con tan escasa capacidad de resistencia, todas y cada una de las enfermedades infecciosas, aun las de menor peligro, tienen dramáticas consecuencias. Esta es la razón de que, en la Alemania de los años 1326-1400, pueden contarse unos treinta y dos años señalables nigro lapillo por haber estado cubiertos de epidemias. Epidemias que no todas fueron pestes, sino que, con su acumulación de efectos, tuvieron consecuencias muy graves para la población. Por otra parte, si la peste de 1348 afectó principalmente a los adultos, permitiendo a la generación joven desarrollar a continuación su función reproductora, la epidemia de 1360 creó los mayores vacíos entre los más jóvenes (mortalidad de los infants) y la de 1371 entre los adultos (los mitjans: así se les llamó en Cataluña). De esta forma, con los efectos combinados de una generación a otra, las pérdidas globales, directas e indirectas, fueron enormes. En suma, resumiendo lo dicho hasta aquí, desde el segundo decenio, por lo menos, del siglo XIV (e incluso antes), se interrumpe aquel lento trabajo de reconstitución (y, en buena parte, creación) del capital demográfico europeo, que, entre mil obstáculos, venia realizándose desde hacía varios siglos, y del que, más que las raras (e inexactas) cifras de que se dispone, nos ofrecen buen testimonio múltiples pruebas: canalización de ríos, saneamientos, tala de bosques, signos todos ellos de laboriosidad humana, que son, al mismo tiempo, causa y efecto de recuperación demográfica. Efecto, porque sólo con un número muy grande de brazos pueden emprenderse obras de tal magnitud; causa, porque aquellos trabajos, al crear las premisas para una elevación del nivel de vida (tanto desde el punto de vista de la alimentación como desde el de las condiciones higiénicas), permiten un franco incremento demográfico. Si es cierto —como ha podido afirmarse recientemente— que la malaria, aunque sin desaparecer, fue menos mortífera a partir del siglo XII, hay que atribuirlo a los trabajos de saneamiento y de canalización de los cursos de las aguas, que redujeron el campo de acción del anofeles. De igual modo que, después, la reducción de las disponibilidades de mano de obra, al hacer imposible la ampliación de aquellos [4] trabajos e incluso al no permitir la conservación de las obras terminadas en épocas anteriores, originó un recrudecimiento de aquella enfermedad.

Así, en tan frágil equilibrio, se da un verdadero movimiento pendular de causas y efectos, de naturaleza igual, pero de signo diferente cada vez: negativo y positivo. La peste de 1348 se inserta en una línea negativa, de la que acaso constituya uno de los puntos de mayor depresión.



En los primeros años del siglo XIV, se tiene la impresión de que se fue creando un desnivel entre recursos y población, por lo que se hizo necesario alcanzar un nuevo equilibrio. Esto no trata de ser, en absoluto, una explicación de las causas del desorden económico, que se introduce a partir de este tiempo: es un dato de hecho. De las raíces profundas, se hablará a continuación. Aunque parezca arbitrario (pero lo es sólo relativamente), elijamos como primer elemento cronológico la carestía de los años 1313-1317 y postulemos que ésta ejerciera sus efectos sobre una población en su optimum, completamente a salvo de carencias nutritivas y no dañada por epidemias anteriores. De todas formas se extendió por varios países europeos con intensidad muy considerable. Los precios, que en Francia habían oscilado, desde 1201 a 1312, entre cifras del orden de tres, cuatro, cinco, con rarísimas subidas en torno al 10, en 1313 alcanzan un índice de 25, y en 1316 de 21. Por criticables que sean estas cifras de D'Avenel, no hay razón alguna para dudar de la intensidad dramática de los fenómenos denunciados con respecto a aquellos años. En cuanto a Inglaterra, por lo demás, la confirmación que se obtiene es clarísima; entre 1208 y 1314, los precios se sitúan alrededor de tres, cuatro, cinco chelines, con subidas máximas hasta siete y ocho chelines (nueve, dos, tres/cuatro en 1295); en 1315 y 1316, se pasa bruscamente a 16 chelines.

¿Hasta qué punto estos movimientos franceses e ingleses son característicos sólo de estos dos países? Los elementos dispersos de que se dispone parecen autorizar a hablar de una «European Famine» (sirviéndonos del título de un apasionante ensayo de H.-S. Lucas). Se abre ahora un período tal vez no nuevo, pero ciertamente más intenso, de la que puede definirse como una auténtica miseria fisiológica. Y de esta suerte, al lado de consideraciones de higiene médica y de condiciones externas de producción agrícola, se llega, a través de la palabra miseria, a lo social. En efecto, a la gran subida de los años antes indicados, sigue un período de años de precios muy bajos (es decir, tales que permiten a los campesinos y a los propietarios agrícolas sólo pobres beneficios) con algunos desplazamientos máximos muy considerables, tanto más relevantes —socialmente [5] hablando—, cuanto que se producían en un período de precios descendentes, es decir, en un período en que las posibilidades de acumulación de reservas (monetarias o de bienes) eran limitadísimas. Es cierto, pues, que, en todo el período de 1313 a 1348, una serie de carestías y epidemias mina cada vez más el patrimonio demográfico y biológico de toda Europa. Y es sobre este mundo humano debilitado sobre el que se abate la «muerte negra», la «gran muerte», la «grosse sterben». ¿Una epidemia como las otras? Mucho más, Por primera vez desde el siglo VI, reaparece en Occidente la peste bubónica; los vacíos que crea son inmensos. Llegada del Medio Oriente, donde se había extendido ya en 1347, alcanza en 1348 a una gran parte de Europa (Italia, Francia y parte de Inglaterra); se propaga en el 49 al resto de Inglaterra y Alemania; por último, en el 50, llega a los países escandinavos, Estos mismos años están precedidos y acompasados de carestías muy importantes: hecho grave, no sólo por las razones antes indicadas de debilitación fisiológica, sino también por otro fenómeno. Si la peste en las ciudades origina un movimiento migratorio de las gentes acomodadas (¿hay que recordar la tertulia florentina del Decamerón de Boccaccio, puesta a salvo ante las primeras manifestaciones del mal?), la carestía, por su parte, determina un flujo del campo hacia las ciudades, donde las medidas administrativas de las autoridades públicas permiten a los hambrientos encontrar remedio a las terribles exigencias del hambre. En este movimiento de fuga y de aflujo, la población de la ciudad supera su nivel normal; y a ese ambiente urbano superpoblado (con el consiguiente empeoramiento de las condiciones higiénicas), llega la peste: los vacíos que crea por todas partes, sin exclusión, son enormes, Es, desde luego, imposible determinar con precisión si las ciudades sufrieron más que el campo; por las razones antes indicadas, los cálculos son casi imposibles. En efecto, muchos de los muertos de las ciudades no son más que campesinos de inmigración reciente —y, al menos en los propósitos, temporal—; es de creer, en cambio, que una parte de los muertos en el campo fuesen «ciudadanos» que, en su afán de huir del contagio, hubieran abandonado la ciudad. Este mecanismo, característico de todos los sistemas de carestía-epidemia hasta la iniciación del mundo moderno, explica la inutilidad del razonamiento mediante el cual se pretende que si, por ejemplo, la población de una ciudad era en 1345 de 100.000 habitantes y de un censo de 1351 resulta que esa misma ciudad tenía 50.000 habitantes, la pérdida humana debe valorarse alrededor del 50 por 100. Cálculo estéril, porque, en realidad, es muy lícito suponer que esa ciudad, en el momento de la peste, pasara de 100 a 120, 130, 140.000 habitantes y que [6] precisamente en esa parte de población adicional fuese más alto el índice de mortalidad. Igualmente inútil es el cálculo de la mortalidad de algunos distritos rurales, precisamente porque el bajo número de muertes que a veces se encuentra en ellos se debe a que está calculado en relación con la población allí existente antes de la carestía-peste, sin tener en cuenta que una parte de aquella población, en el momento de la epidemia, estaba ausente del distrito y se había refugiado en la ciudad. Una prueba más —y, al mismo tiempo, un complemento— de la existencia de este mecanismo se tiene en el hecho de que, muy a menudo, una epidemia no sólo es precedida, sino también acompañada y seguida de una carestía, por la evidente razón de que, habiéndose refugiado los campesinos en la ciudad, faltan en los campos los brazos necesarios para los trabajos de la cosecha siguiente, ¿Qué valor tiene, entonces, decir que la población urbana disminuyó en la mitad o que la población rural sufrió de la peste menos que la ciudadana? Será mejor buscar medidas de otro género: por ejemplo, la reducción del número de miembros de los consejos municipales (en Spoleto, después de la peste de 1348, el número de Priores se redujo de 12 a 6; los miembros del común, de 1.000 a 300) o de categorías profesionales específicas (en Hamburgo, de 40 carniceros, murieron 18; de 34 panaderos, 12; de 50 funcionarios de la ciudad, 27; de 21 consejeros de la misma, 16...).

No hay duda, pues, de que la población europea se vio fuer-témeme reducida por la acumulación de las carestías-epidemias desde 1315 a 1350; la peste negra extendió pavorosamente los vacíos que ya se habían producido. Y es de advertir que el nivel general de la población europea a comienzos del siglo XIV no volvió a alcanzarse hasta avanzado el XVI, como demuestran las cifras siguientes para el total de la población europea:




Años

Cifras (en millones)




(según M. K. Bennet)

(según J.-C. Russel)

1000

42

52,2

1100

48




1200

61

61

1300

73




1340




85,9

1350

51




1400

45

52

1500

69

70,8

1600

89



[7]


Por otra parte, los datos más concretos de que se dispone, sólo respecto a Francia, Alemania e Inglaterra, confirman esta impresión (según W. Abel):

]






1200

1340

1470

1620

1740

1800

Francia

12

21

14

21

17

27

Inglaterra

2,2

4,5

3

5

6

9

Alemania

8

14

10

16

18

24

(en millones)

22,2

39,5

27

42

41

60

Se trata, evidentemente, en gran parte, de apreciaciones, de valoraciones aproximativas, sobre las que podría discutirse largamente (y no ha dejado de hacerse). Pero la impresión que de ellas se recibe es, sin duda, válida, y, cualquiera que sea la serie que se examine, el vacío demográfico se manifiesta claramente entre los siglos XIII y XV. Por lo tanto, al margen de todo cálculo de precisión muy engañosa, esa contracción sigue siendo, respecto a ese período, una de las pocas cosas seguras que pueden afirmarse.



No hay que dejarse atraer, sin embargo, por la magia de las cifras. Más frutos se lograrán considerando que el hecho verdaderamente importante es lo que podríamos llamar la desorganización económico-social de Europa. En efecto, los cambios que se producen Son enormes. En primer lugar, una parte de los campesinos, que habían abandonado el campo a consecuencia de la carestía, nunca volvieron a él. No sólo porque una parte de ellos muere en las ciudades, sino porque los supervivientes tienen la posibilidad de ocupar los puestos —en todos los sentidos— de los ciudadanos muertos. Además, entre los ciudadanos supervivientes, se asiste, por el simple juego de las herencias, a fenómenos de concentración de fortunas que permiten la renovación de nuevas actividades a escala más amplia. Pero el campo se despuebla: la ciudad, con sus atractivos —tanto más estimables después de haber sobrevivido a un auténtico juicio de Dios, como lo es una peste a los ojos de los contemporáneos—, llama a los hombres, que se «urbanizan». En efecto, esos enormes cataclismos que son las carestías-epidemias, aunque considerados en la opinión popular (y no sólo en la popular) como un castigo divino, por la corrupción de las costumbres, los pecados, el apartamiento del camino recto, no originan una vida moral más cristiana. Si, por una parte, determinan movimientos de gran intensidad espiritual (de la [8] que, a veces, no está ausente una dosis de histerismo: recuérdese a los Flagelantes de los años 1349 y siguientes, que atravesaron una gran parte de Europa, «desnudos, con látigos, en fila como en procesión, gritando y cantando canciones adaptadas a sus ritos»], provocan, por otra, una relajación general. Y es comprensible: el sentimiento de la incertidumbre de la vida, que puede ser destruida en un instante y de un modo atroz, engendra una sensación de provisionalidad, en la que no puede construirse nada estable; la necesidad de huir de los contactos personales, por miedo al contagio, rompe los vínculos familiares y, más generalmente, sociales; los mil ejemplos de cobardía social (el más impresionante y frecuente es el abandono de sus fieles, ante la muerte, por parte de los sacerdotes) acaban con la resistencia de los más; el concepto del Dios de amor, ante la enormidad de las muertes, se transforma en el concepto del Dios de justicia (que, además, íntimamente, es sentida como injusticia); la irracionalidad se impone y origina los «pogroms»; caza del judío, caza del morisco, del extranjero; odio de raza y aversión religiosa aparecen con acrecentada violencia, aunque no hay que olvidar que, a menudo, tras esos odios se ocultan intereses económicos concretos, que transforman los «pogroms» en verdaderas manifestaciones de odio de clase. De igual modo que, en el plano médico-social, estas carestías-epidemias determinan, como hemos visto, un ciclo infernal, en el plano moral-espiritual introducen un círculo vicioso: cada carestía-epidemia, que al principio es considerada como castigo divino, lentamente va engendrando una degradación de la conciencia social y moral. Así, con la llegada de la calamidad siguiente, los argumentos que invocan el principio del castigo divino reaparecen más fuertes, pero, al mismo tiempo, la calamidad se abate sobre una población cuyos principios han sufrido ya, en el momento del flagelo anterior, una honda conmoción.

Si nos atenemos de nuevo a la suposición antes enunciada de una Europa «virgen», en su optimum (económico, moral, social, demográfico, biológico), a finales del siglo XIII, hay que reconocer que, hacia la mitad del siguiente, la situación ha cambiado de modo notable. Es precisamente ahora cuando se inicia el auténtico tema de este volumen.



II. EL CAMBIO DE LA ESTRUCTURA AGRÍCOLA

¿Puede decirse, entonces, que la demografía es el deus ex machina de todo? ¿Que la «crisis» del XIV tiene su origen en la concentración demográfica, que se perfila a partir de los [9] comienzos del siglo? En realidad, aceptar tal solución equivale a una verdadera tautología, ante la que la primera reflexión debe ser: ¿por qué hay contracción demográfica? ¿Cómo explicar que en el seno de una sociedad como la del siglo XIII, en la que todo va muy bien, la población comienza a decrecer? Decir que no se podía ir más lejos en la tarea de talar bosques, o que ya no era posible roturar más que terrenos pobres, tierras margínales de escaso rendimiento, o, incluso, que se había roto el «precario equilibrio» entre ganadería y agricultura, no es una respuesta, porque con esos argumentos se entra ya en la «crisis».



Tero tal vez sea preferible aislar, momentáneamente, el problema de su origen, para ver en seguida en qué consiste esa «crisis».

El primer sector hacia el que debe dirigirse la investigación es la agricultura; ésta, en una sociedad como la de la Europa medieval (y, fuera ya de la Edad Media, hasta el siglo XVIII), representa la máxima parte de la producción económica de todos los países, la principal fuente de beneficios de las poblaciones. No nos dejemos fascinar por los esplendores «comerciales» e «industriales». Aquellos grandes comerciantes, aquellos poderosos banqueros y otros geniales emprendedores son, muy a menudo, epifenómenos, o, por lo menos, lo son si se les considera en relación proporcional con la verdadera y sustancial trama económica de su tiempo: la agricultura. No es imprudente afirmarlo, y no es inútil repetirlo: todo «éxito» colectivo en el terreno comercial de los siglos XII y XIII está estrechamente vinculado con el extraordinario florecimiento de la agricultura de aquellos siglos, Ahora bien, desde los comienzos del siglo XIV —lo hemos indicado antes—, hay un cambio de escena. Antes de entrar en consideraciones, será oportuno ofrecer elementos de hecho. Los más numerosos son los que se refieren a Inglaterra, En los bienes del castillo de Wistow, dependiente de la Abadía de Ramsey, se asiste a una fuerte reducción de la productividad del suelo: respecto al grano, la relación simiente/cosecha pasa de 1:6, a mediados del siglo XIII, a 1:3,3 en 1318 y en 1335, y a 1:2,7 en 1346. Por otra parte, se desarrolla una pauperización progresiva de los tipos de cereales cultivados; mientras, a mediados del siglo XIII, el trigo y la avena son los cultivos más comunes, hacia 1430 los tipos predominantes son la cebada y las leguminosas (estas últimas ni siquiera se cultivaban en 1247): la avena desaparece completamente y el trigo se reduce a muy poco. Nos encontramos ante una lenta evolución en sentido inverso de los dos grupos de productos: si se atiende a la serie completa de los magníficos datos publicados por J. Raftis, se advierte claramente que [10] estamos en presencia de un auténtico cambio de estructura. Paralelamente (y el paralelo es mucho más estrecho, porque lo que ahora examinamos se refiere al castillo de Houghton, de pendiente de la misma Abadía de Ramsey), se produce la progresiva extinción del patrimonio zootécnico: de 28 bueyes y seis caballos en 1307, se pasa —con ritmo progresivamente descendente— a seis caballos y cinco bueyes en 1445, a 12 caballos sin ningún buey en 1454, y a sólo cuatro caballos en 1460. Reducción de ganado que, naturalmente, no termina en sí misma, sino que acarrea graves consecuencias para el laboreo de la tierra: en efecto, correspondiendo con la progresiva disminución y definitiva desaparición de los bueyes, se asiste a la contracción del número de arados, que de 5 en 1307 se reducen a 1 en 1419. Esta decadencia de la organización agrícola va acompañada de una disminución de los cánones de arriendo de la tierra, que, en el caso del castillo de Bigod (Norfolk), pasan de 10,69 peniques por acre en 1376-1378 a 9,11 peniques en 1401.

Al lado de estos fenómenos, se producen impresionantes movimientos de despoblación agrícola, que dan lugar a los que hoy hemos convenido en llamar «pueblos abandonados». Una comunidad arraigada en torno al castillo de Grenstein (Norfolk), y de cuya vitalidad hay testimonios en 1250-1266, desaparece después completamente. Otro ejemplo: Cublington (condado de Buckingham) en 1283 tiene unas cuarenta familias, y sus componentes trabajan cerca de 160 hectáreas; en 1304, la superficie cultivable se ha reducido a 120 hectáreas, y a sólo 64 en 1346, mientras un documento de 1341 nos habla de 13 casas abandonadas y presenta un cuadro de desoladora miseria; ningún cabeza de familia puede pagar impuestos. Y no se han citado más que dos ejemplos, cuando puede calcularse que cerca de 450 grandes pueblos y un número todavía mayor de pequeñas aglomeraciones (cerca de una quinta parte de los lugares poblados en Inglaterra) han desaparecido. Fenómeno de consecuencias tanto más graves, cuanto que se concentra sobre todo en las regiones del Este, que por tradición son grandes productoras de trigo, en parte destinado a la exportación. Hay que añadir también la formación, en gran número, de extensos «enclosures» (vallados), que suponen —además de reagrupaciones de propiedades dispersas o divididas— la enorme difusión de las ovejas. «Las ovejas se zampan a los hombres», dirá más adelante Tomás Moro: exageración, sin duda, pero también valioso testimonio de un proceso de transformación.

De estas fugas de la tierra, de estos abandonos de pueblos agrícolas, resulta, justamente con las pérdidas derivadas de las epidemias, una reducción de la mano de obra, con el consiguiente [11] perjuicio del señor, al que no le quedan más que dos caminos:

a) arrendar sus tierras, a precios cada vez más bajos, a los campesinos que quieran aceptarlas;

b) proceder a la explotación directa de sus propiedades, sometiéndose a las exigencias de salario, cada vez más altas, de los trabajadores.

En todo caso, cualquiera de las dos soluciones no podía menos de añadir elementos a la disgregación del poder señorial ya iniciada.

Hemos expuesto, rápidamente, la situación inglesa. En el continente, el caso de Francia es muy semejante. En los campos de este pais, «l'on n'entendait plus chanter coq ni poule». También son muy frecuentes los abandonos de pueblos: en Provenza, desaparecen aglomeraciones rurales enteras. Es el caso —entre otros— de Dromon, que tiene 87 hogares en 1297, 60 en 1308-1309, 41 en 1371, y está desierta en 1471. Este proceso resultará más evidente, si se tiene en cuenta que, de los 87 hogares de 1297, sólo 15 son mendicantes, contra 17, sobre un total de 41 hogares, en 1371. A este ejemplo no es difícil añadir otros, como son el de la Brie o el de la región de Senlis, donde la densidad de la población desciende de 15 hogares por km2 en 1328, a 3-4 a mediados del siglo siguiente. A pesar de toda elasticidad de la expresión hogar, que puede incluir desde 4-5 componentes a un número mayor, es innegable que nos encontramos no sólo ante una reducción de población, sino ante un verdadero vaciamiento demográfico.

La primera reflexión que surge ante estos fenómenos es que a la guerra de los Cien Años hubo de corresponderle un papel determinante en estos abandonos de pueblos en Francia. No hay duda de que la guerra, con todo su inmenso cortejo de miserias, tuvo una gran importancia, pero ya hemos visto que la iniciación del movimiento es anterior a las hostilidades. La «teoría de la guerra», para explicar la «crisis» de la agricultura, parece claramente insostenible. Ni hay por qué hablar de las correrías de bandas armadas: éstas son efecto, y después elemento agravante, pero no causa de la «crisis».

Junto a la despoblación de los campos, hay que tomar en consideración las restricciones en la ocupación del suelo: en los Bajos Alpes, en el Sénonais, en el Périgord, el bosque invade campos y viñas, lo que constituye uno de los rasgos esenciales de la historia agrícola francesa de este período. También en Francia el arriendo de las tierras sigue un movimiento progresivamente descendente: las tierras arables propiedad de la [12] Abadía de Saint-Germain-des-Prés, en Meudon, pasan de 84 danarii por arpenta (0,42 ha.) en 1360-1400 a 56 en 1442-1461; en el mismo período, los viñedos pasan de 76 a 50 danarii. También en el caso francés asistimos a un fuerte aumento de los salarios agrícolas: el de un viñador de Marsella aumentó de 10-15 deniers en 1306 a 15-18 en 1331-1336, 48-60 en 1349-1363, y 60-72 en 1409-1434.

Esta o parecida intensidad del movimiento ascensional de los salarios agrícolas es la que disuade del camino de la explotación directa de la propiedad incluso a aquéllos que habían querido intentar esta vía: es el caso del capítulo de la iglesia de San Severino, en Burdeos, que en 1423, después de haber ensayado la explotación directa de sus tierras, las «livrent en fief féodalement et á titre de fief nouveau, à Arnaud Costau, laboureur de vignes», contra el pago de una renta en dinero. Las razones de este abandono se indican claramente: se ha «vu et observé qu'il ne leur était d'aucun profit ni utilité... attendu les grands coûts et dépens».

También en el caso francés, es la propiedad feudal la que sufre de modo muy agudo todo el desastre de la agricultura. Y las posibilidades de hacer frente a la «crisis» son extremadamente limitadas, acaso aún más que en Inglaterra.

El cuadro alemán no es muy diferente del que hemos trazado para Inglaterra y para Francia: en la Alemania central, son abandonados entre el 40 y el 68 por 100 de los pueblos; en el noroeste, el fenómeno es, en cambio, muy limitado, y la Alemania meridional se encuentra en una situación intermedia. En conjunto, son muchos miles de centros rurales los que se despueblan. W. Abel, con sus inteligentísimos estudios, ha demostrado cuál fue el enorme alcance del fenómeno (enorme en todos los sentidos). Y, como en los otros países de Europa, tampoco se trata aquí de abandonos de pueblos por parte de sus habitantes para ir a concentrarse en otros núcleos (aunque pueden citarse algunos casos de esto): una Ballungstheorie (sostenida por algunos historiadores) no es totalmente defendible. No hubo, en sustancia, reagrupación, sino auténtico abandono de instalaciones. Además, también en Alemania se produce la subida de salarios y también los propietarios acaban abandonando la explotación directa de sus tierras. Como ya hemos visto a propósito de los bienes del Capítulo de la iglesia de San Severino de Burdeos, en Francia, también en Alemania las propiedades del convento de Escher, explotadas directamente por los legos del monasterio, son cedidas por el sistema de la Villikation a dos aparceros, siendo —como explícitamente se indica— «el método (de la explotación directa) muy desventajoso». [13]

A la par que a la descomposición de los centros habitados, se asiste a una fuerte reducción de la producción de cereales y a la extensión de los bosques: el examen del polen de las turberas de Roten Moor muestra claramente una expansión de las plantas de tallo alto, en detrimento de los cereales. Estos procesos de avance de los bosques en Alemania han debido de efectuarse, muy probablemente, siguiendo el camino clásico: los abedules y otras plantas de crecimiento rápido son los primeros en reconquistar el suelo; las otras, más lentas pero más «conquistadoras», les siguen, con intervalos más o menos largos.

Simultáneamente con la gran reducción de las superficies cultivadas de cereales, se registra un aumento de la ganadería, del que puede encontrarse un valioso testimonio en la gran cantidad de carne de buey y de oveja que surte las mesas de los alemanes, a finales del siglo XIV y en el XV. No hay que olvidar tampoco otros cultivos compensatorios: por ejemplo, en la región del Mosela, se intensifica el del lino; alrededor de Erfurt, el glasto sustituye al trigo, y, alrededor de Spira, se cultiva rubia. Adviértase que se trata de productos que se prestar a procesos industriales. La consideración es importante, y habremos de volver sobre ella.

Por otra parte hay que señalar que, al lado de estos cultivos, se introducen o, al menos, se intensifican otros más propiamente agrícolas; fruta (Erfurt), viña (Han). Elementos importantes, todos, que nos recuerdan el cambio sufrido por el paisaje agrícola de Alemania en este período.

Este cambio, por lo demás, se produce también en otros países, como en los Países Bajos, en Dinamarca, en Suecia, en Noruega, donde los Wüstungen surgen muy numerosos. En esta época es cuando Dinamarca se convierte en exportadora de ganado de matadero hacia Lübeck y Hamburgo; Noruega, en exportadora de mantequilla para las ciudades hanseáticas; los Países Bajos transforman una gran parte de las tierras laborables para el cultivo de forraje.

Polonia constituye una especie de excepción dentro del conjunto europeo: en efecto, al igual que en la Alemania Oriental, no se perciben en ella síntomas tan intensos de hundimiento agrícola como en las otras regiones de Europa. Una posible explicación puede radicar en el hecho de que el impulso colonizador común al conjunto europeo entre los siglos XI y XIII no se extingue en Polonia, pues los señores polacos encuentran un punto de apoyo en la afluencia de los colonos flamencos y alemanes. Pero no se trata de su presencia física, sino del régimen jurídico que se introduce a consecuencia de su llegada y que ofrece un elemento positivo y negativo al mismo tiempo: [14] positivo, porque en los pueblos de régimen jurídico germánico sobrevive —e incluso se afirma— la libertad personal de los campesinos, mientras se perfila la figura de un medio propietario (los sculteti); negativo, porque precisamente apoyándose en estos elementos germánicos la nobleza polaca podrá acrecentar —sobre todo durante el siglo XV— la reserva señorial (folwark), con su inevitable cortejo de trabajos obligatorios, privilegios, etc., e iniciar una política de dura explotación campesina que continuará durante muchos siglos más.

De este modo —y como juicio de conjunto que, evidentemente, oculta aspectos particulares—, puede decirse que, en el caso de Polonia, se asiste a la transición sin solución de continuidad —pero no sin algún signo de fricción— desde la fase de expansión agrícola de los siglos XI-XIII (común al conjunto europeo) a la de reacción de los señores, propia del XVI y sobretodo del XVII.

Estos son los cambios que pueden advertirse en el sector agrícola del bloque continental europeo, ¿Y las grandes penínsulas? También éstas ofrecen sustancialmente el mismo movimiento de fondo que el bloque, si bien con algunos caracteres específicos en lo que se refiere a la situación de los grandes propietarios.

Lo primero que se aprecia es la extraordinaria difusión de la ovicultura, que se manifiesta con violenta evidencia en la historia de la agricultura española entre el siglo XIII y finales del XV. Sería tentador, como atractiva interpretación teórica, imaginar que este fenómeno no se produjo hasta después de la peste de 1348, Se podría razonar así: habiéndose reducido las disponibilidades de mano de obra para los trabajos del campo, las propiedades se transformaron, orientándose hacia la ganadería, Pero ésta, repetimos, es pura construcción teórica (formulada, desde luego, por muchos historiadores, tanto en lo que se refiere a España como a Inglaterra), porque ya medio siglo antes de la gran peste hay importantes exportaciones de lana española, y los merinos se introducen en la península entre los años 1290 y 1310. Entre los comienzos del siglo XIV y el año 1467 el número de cabezas de ganado aumenta, aproximadamente, de 1,500.000 a 2,700,000. Toda la zona interior de la Península Ibérica está interesada en esta actividad, que, como todo fenómeno de pastoreo, no puede menos de favorecer la formación de propiedades enormemente extensas.

Paralelamente con este gran desarrollo del pastoreo, cuyos beneficios, como se sabe, son exclusivos de un número muy restringido de personas, la agricultura decae, sobre todo en el sector cerealícola, hasta el punto de que, a finales del siglo XV, el abastecimiento de trigo se convertirá en uno de los más [15] graves problemas que tendrán que afrontar los Reyes Católicos. La viña prospera —al menos, relativamente— y en Cataluña se afirma vigorosamente la horticultura. Pero un marcado carácter distintivo divide a España: Castilla y, en general, toda la parte central de la península ven la formación de una aristocracia rica, poderosa; Aragón, y sobre todo Cataluña, presentan, en cambio, inequívocos signos de decadencia. Las doscientas grandes familias catalanas se reducen a poco más de una decena a finales del siglo XV.

Portugal puede facilitarnos una confirmación del caso español. La más reciente historiografía no duda ya en declarar que uno de los principios motores de la expansión portuguesa hacia las islas del Atlántico (Madera y Azores) debe atribuirse a la búsqueda de terrenos que dedicar a la cerealicultura. Esta hambre —en el sentido literal del vocablo— de trigo cultivado en la «colonia», ¿no debe considerarse como el reflejo de carencias productivas metropolitanas?

En lo que se refiere a Italia, se tiene la impresión de que la historiografía de nuestro tiempo, demasiado entregada a la admiración de los éxitos de las ciudades (pero, como se verá luego, más que de éxitos será preciso hablar, en el mejor de los casos, de resistencias), había resuelto el problema demasiado rápidamente, negando la existencia de la crisis. No hay duda de que el caso italiano es un caso de extraordinaria resistencia (y cuando decimos Italia, aquí nos referimos sólo a la parte centro-septentrional; desde el Estado Pontificio hacia abajo, el proceso es absolutamente distinto): la fortísima acumulación de poder (no sólo como dinero, sino como influencia, prestigio, convicción arraigada de las propias posibilidades), ha permitido una perduración más tenaz. En la parte meridional de la península, así como en Sicilia, sobre todo en algunas regiones (la meseta de Pulla, en primer lugar), se produce una intensificación de la cría de ganado, de la que son elocuente expresión las grandes exportaciones de queso siciliano y de lana de Pulla, aunque esta última fuese de mediocre calidad. Pero, en todo caso, parece difícil —en el estado actual de los conocimientos historiográficos— afirmar nada definitivo sobre los movimientos de la economía agrícola de estas regiones. Lo mismo puede decirse, más o menos, de una buena parte del Estado Pontificio.

La evolución que se dibuja en la Italia del Norte y del Centro es compleja. A pesar del innegable triunfo de aquella forma más evolucionada (política, económica y socialmente) que fue el común, la propiedad feudal continuó representando «la espina dorsal de la estructura económica y jurídica del paisa (P. S. Leicht). Esta es una verdad que no debe olvidarse, al [16] margen —repetimos— de los innegables éxitos del sistema comunal, evidentes no tanto por haber creado un cambio total como por haber contribuido al paso de importantes propiedades de manos de los grandes feudatarios nobles a las de la pequeña nobleza. Pero todo esto no significó, en realidad, una profunda transformación (como se ha creído durante mucho tiempo) en el estado jurídico y social de los trabajadores. Es, sin duda, un tanto ilusorio pensar que los actos de manumisión colectiva, a los que los comunes recurrieron (pero menos de lo que se cree) como a un instrumento de lucha contra los grandes —viejos— feudatarios, tuvieran verdaderamente, para los hombres que dirigían la política de los comunes, un valor de medio de subversión completa de la organización rural; de modo que, «mientras desaparece totalmente, en el campo, la servidumbre personal, no se llega a la supresión efectiva del vínculo que ligaba al cultivador dependiente con la tierra sobre la que vivía» (G. Luzzato). En todo caso, a pesar de las modificaciones introducidas, a finales del siglo XIII la propiedad eclesiástica -—que representa una buena parte de la gran propiedad feudal o semifeudal— se mantiene firmemente en poder de sus viejos propietarios. Este es un elemento importante: la acción del común se ha desarrollado —donde y en la medida en que se ha desarrollado— esencialmente respecto a la propiedad laica, dejando sobrevivir el conjunto de la propiedad eclesiástica. La ruina de esta última se produce a partir del siglo XIV; y esto es, verdaderamente, un fenómeno decisivo.

Aunque tal es el cuadro que —en sus líneas maestras— puede esbozarse de las intrincadas y peculiarísimas vicisitudes de la agricultura italiana en sus implicaciones sociales, debe subrayarse que, en el plano de la producción, se asiste, a partir del siglo XIV, a una contracción. Se detienen, en primer lugar, los grandiosos procesos de saneamiento, de roturación y de canalización de los cursos de aguas, que habían caracterizado los siglos anteriores. Y, por el contrario, se manifiestan signos de abandono, que llegan hasta los Wüstungen, en muchísimas regiones1.

De modo que, para terminar, no parece que pueda haber mayores dudas sobre la inclusión de la agricultura italiana -—incluso de la Italia opulenta— en el cuadro de las dificultades generales europeas.

Todo lo hasta ahora expuesto puede remitirse a una matriz europea común. Las vías para llegar a ella son numerosas. Aquí [17] se indicarán sólo dos. Una: el comercio del trigo, ¿No es, acaso, significativo que los países del norte de Europa, a partir del siglo XIV, empiecen a abastecerse de cereales en Danzig, a donde llegan desde los territorios de la Orden Teutónica? ¿No hay que ver en esto la prueba de una disminución de la producción de cereales en los distintos países —desde Inglaterra basta Flandes y hasta Noruega—, obligados a buscar en otra parte, fuera de sus fronteras y de sus intercambios, la nueva fuente de abastecimiento? A este cuadro corresponde la situación mediterránea, que muestra —entre los siglos XIV y XV— una reducción de los tráficos internacionales de cereales. El hecho es que las posibilidades de exportación de varias regiones tradicionalmente exportadoras se contraen notablemente. ¿Nos hallamos, entonces, en contradicción con cuanto hemos dicho antes a propósito de los países del norte de Europa? Mucho menos de lo que puede parecer. En efecto, la única diferencia está en el hecho de que dentro de la cuenca del Mediterráneo no existe la posibilidad de «descubrir» nuevas fuentes de abastecimiento (excepto las regiones del mar Negro, pero aquí el problema se complica mucho, por la intervención de factores geopolíticos y militares). Resulta, pues, que este aspecto comercial ilustra, o confirma incluso, algunas deficiencias estructurales de la agricultura de la Europa Occidental,

La segunda vía puede servir para revelar, detrás de estas carencias materiales, por lo menos toda una gran parte de los cambios y de las tensiones sociales que fueron consecuencia de aquéllas. Es el camino de las revueltas campesinas. Los siglos XIV y XV están jalonados de motines. Sin hablar de los importantes levantamientos de la Jacquerie francesa (1358) o de la revuelta inglesa de 1381, debe tenerse en cuenta que estos dos siglos están animados por un continuo sentido de rebelión, soterrado o brutalmente manifiesto. Los temas del desprecio campesino —«der Bauer ist an Ochsen statt, nur dass er keine Horner hat» [el campesino sustituye a los bueyes de los que se diferencia por el hecho de no tener cuernos] o «Jacques (es el campesino francés, genéricamente llamado Jacques) bon homme a bon dos, il souffre tout»— están ya a punto de transformarse en temas de miedo: «A furore rusticorum, libera nos Domine!» Por otra parte, se manifiesta ahora un importante hecho nuevo: el campesino empieza a encontrar aliados en sus rebeliones. Es frecuente que coincidan cronológicamente los alzamientos en el campo y en las ciudades: la revuelta parisiense de Etienne Marcel y la jacquerie de 1358; la revuelta londinense de Wat Tyler y los movimientos campesinos de 1381... Se trata de un fenómeno muy importante en la historia social —y en la historia tout courtde Europa. Del mismo modo —y un poco [18] como anticipación de cuanto luego se dirá a propósito de las economías de las ciudades—, se asiste ahora a una simultaneidad de las revueltas en los distintos países europeos: los Ciompi en Florencia (1378), Philippe van Artewelde en Gante (1381), Wat Tyler en Londres (1381), Tuchins en el Languedoc y Maillotins en París (1382). Integración y simultaneidad de las revueltas son inmediatas manifestaciones de todas las dificultades del momento económico.



III. FACTORES DE LA «CRISIS» AGRÍCOLA Y SUS CONSECUENCIAS SOCIALES

Pero es hora ya de tratar de localizar el sentido más profundo de los cambios que caracterizan esta «crisis» del siglo XIV. Es, en cierto modo, el problema de la génesis, que antes ha sido aislado y que ahora es preciso tomar en consideración.

Un dato cierto, que resulta de todo lo dicho hasta ahora, es que la producción global agrícola europea se redujo en el curso del siglo XIV. También la población sufrió graves contracciones. ¿Puede decirse, pues, que los bienes disponibles siguen siendo ¡guales —per capili— a aquellos de que se disponía anteriormente? Para eso habría sido necesario que la reducción de la producción agrícola hubiera sido proporcional a la de la población. Evidentemente, es difícil encontrar una confirmación total de esta hipótesis: se carece —y se carecerá siempre— de una documentación lo suficientemente precisa como para resolver el problema de un modo exhaustivo. Sin embargo, la impresión general que se saca del estudio más atento de las crónicas, documentos y textos de la época es que también unitariamente la producción fue menor. Pero el problema, en este punto, se complica alarmantemente. Piénsese que la contracción de la producción puede resultar compensada —en el plano de la alimentación— por un aumento de las disponibilidades de carne. Y esto por indicar uno solo de los múltiples aspectos que hacen imposibles los cálculos, tanto por individuo como globales, de la producción agropecuaria de este tiempo.

Pero, al margen de cálculos o de impresiones, sigue en pie un hecho que es absolutamente innegable; es decir, una mayor fragilidad, un progresivo resquebrajamiento de las estructuras agrarias de Europa, ya a partir de los comienzos del siglo XIV. Todo está en movimiento, en agitación. ¿Por qué? Las respuestas han sido variadas: «brusco» empobrecimiento del suelo arable; «brusco» cambio del clima, más frío a partir del siglo XIV. Todos estos elementos —y otros que podrían añadirse— merecen, sin duda, ser tomados en atenta consideración. [19]

¿Cómo negar, en erecto, después de los muy serios estudios realizados en estos últimos tiempos, que el progresivo avance de los glaciares alpinos y polares durante el siglo XIV es un síntoma de un clima frío y húmedo, que ha tenido graves consecuencias para la producción agrícola europea? De ahí se derivaría un retroceso de la frontera septentrional del trigo en Irlanda y en los países escandinavos, y el retroceso y la desaparición de la viña en Inglaterra. Elementos ciertamente importantes, pero que no es posible identificar como causa causans, porque del mismo siglo XIV sabemos, por ejemplo, por los trabajos de K. Müller, que muchos arios cálidos y secos fueron particularmente favorables a la viticultura alemana. Otro elemento que se ha considerado como uno de los factores determinantes de la erosión del poder feudal ha sido el cambio introducido en la forma de pago de los cánones debidos al señor por los campesinos, que fueron progresivamente autorizados a pagar una parte de ellos en dinero. Sin negar —quede bien claro— el fenómeno en sí mismo, es de creer que éste no tuvo gran alcance, y no sólo porque no se manifestó con intensidad tal que cambiase totalmente la forma de pago del censo, ni porque, en general, se verificó sobre todo con retraso, cuando la «crisis» era ya una realidad, ni porque los pagos en dinero —en el seno de las relaciones concernientes a una misma propiedad— son raros, pues seguía predominando la forma mixta de dinero y productos en especie. El punto esencial consiste en que, al fijarse los cánones para mucho tiempo, mientras la moneda se depreciaba incesantemente, la parte del censo en dinero que los campesinos debían al señor, a la larga, no representaba gran cosa. No sería difícil presentar casos en los que esta debilitación progresiva de la importancia de la renta monetaria percibida por el señor aparece netamente reflejada.

Todos estos elementos remiten siempre al mismo punto, a la «crisis» de la agricultura en el siglo XIV. Pero el lector habrá advertido que siempre escribimos «crisis» entre comillas. No es un procedimiento tipográfico adoptado para dar mayor valor a la palabra; es que hemos querido darle un especial significado. En efecto, este siglo XIV se presenta con un carácter bivalente. Si se consideran los elementos materiales, cuantitativos de la vida agrícola, la crisis es innegable: hay contracción, hay retroceso. Pero en esta descomposición se perfila también el comienzo del derrumbamiento del feudalismo; se derrumban las relaciones feudales de producción. La servidumbre disminuye, y el señor debe encargarse, eventualmente, de la explotación directa de sus propiedades, no ya valiéndose de mano de obra ligada a él feudal mente, sino comprando trabajo. Mentalmente, intelectualmente, psicológicamente, el señor no está [20] hecho para adaptarse a esta profunda transformación. Ante los aumentos de salarios, su reacción es brutalmente simple. Valiéndose de su poder político, hace promulgar ordenanzas que prescriben severas reducciones salariales (así, por ejemplo, en Inglaterra, una ordenanza de 1350 dispone que los trabajadores sean retribuidos con los salarios en curso en 1346). Pero todo es inútil, pues los mismos feudatarios que imponen tales textos son los primeros en violarlos. Se ven obligados a violarlos, porque la mano de obra escasea. Es todo un mecanismo que se pone en movimiento.

El sistema feudal (en la acepción económica según la cual «el cultivo de la tierra se efectuaba mediante el ejercicio de derechos sobre las personas») abrigaba en sí mismo sus límites, sus contradicciones, sus gérmenes de corrosión. En el sistema perfecto (y, por lo tanto, teórico) de explotación señorial, cada parcela de tierra está destinada a producir sólo un determinado bien (en forma de producto, agrícola, de producto artesanal o de prestación). Esto permite lo que durante mucho tiempo (y con notable exageración) se llamó la «autarquía» del sistema curtense, En el seno de este sistema, que —al menos en sus comienzos— es relativamente perfecto, fue posible la gran expansión agraria de Europa hasta el siglo XIII. Pero no se ha prestado suficiente atención al hecho de que, en el sistema curtense, además de los siervos que trabajaban directamente a las órdenes del señor, había otros que trabajaban, fuera de la corte central, sus correspondientes y minúsculas parcelas de tierra.

En esta situación, el señor no reinvierte dinero en sus tierras, porque no quiere reinvertir; el campesino-siervo no «invierte, porque no puede, ya que la limitada superficie de tierra que cultiva no se lo permite: de aquí —y hasta finales del siglo XIII— deriva la reducción de la productividad. Por el momento, la situación no es dramática, pero precisamente esta reducción de productividad (que, para el señor, significa una disminución de la renta) empuja al propietario a un recrudecimiento de las condiciones que impone al siervo-campesino. Este recrudecimiento, inevitablemente, se traduce en un mayor descenso de la productividad. En este mecanismo se insertan —como agentes acumulantes— epidemias, carestías, abandonos de pueblos, retrocesos de cultivos y transformaciones de estructuras agrarias en estructuras de pastoreo. En este vasto proceso, el señor está condenado a perder, pero su derrota no aparecerá claramente hasta finales del siglo XIV. Primero se defenderá con fortuna, con habilidad y, a veces, con éxito, pero, en un plano europeo, el siglo XIV verá el fin de su predominio, y, al mismo tiempo, se sientan las premisas para una «refeudalización», naturalmente de tipo distinto del de las viejas estructuras [21] feudales medievales (cfr. c. II, final)- El proceso de liberación definitiva de la tierra de formas feudales de explotación no tendrá lugar antes del siglo XVIII. El siglo XIV fue, pues, de «crisis» feudal, pero también de liberación campesina. La ordonnance de Luis X de 1315, las actas inglesas de liberación subsiguientes a la revuelta de 1381 (a pesar de todas las limitaciones que pueden encontrarse en documentos de esta clase), son síntomas de la debilitación que caracteriza la vida feudal de Europa. Y, paralelas a éstos, se encuentran señales de triunfo campesino: los cultivos de rubia o de lino, que le han consolidado en Alemania, ¿no son, acaso, testimonio de un nacimiento (o renacimiento en términos nuevos) de una industria rural? Y los campesinos, ¿no empiezan ahora a interesarse directamente en el negocio de los bienes producidos? ¿Y rio es ahora también cuando empieza a aparecer una verdadera aristocracia campesina? En Inglaterra, en Weedon Beck, entre 1300 y 1365, el número de los detentadores no feudales de tierras pasa de 110 a 75 (33 por 100), pero lo que más importa es que ahora aparecen tres de ellos verdaderamente grandes, que dominan sobre los otros setenta y dos.

Por otra parte, no hay que olvidar que, en algunos países, nace ahora un interés económico de la burguesía de las ciudades por la agricultura, lo que implica la introducción en el campo de formas mis «avanzadas», más modernas, de economía. Así, llega un momento en que aparece un nuevo propietario: será el Squire inglés o el Junker alemán, y su novedad consiste en que «quiere desembarazarse del orden medieval».

Todas las impresiones de catástrofe que produce la economía agrícola del siglo XIV proceden del hecho de que la documentación de que disponen los historiadores es exactamente la relativa a la propiedad señorial. Y en ella la «crisis» resulta clara. Doble «crisis» del señor, en cuanto productor y en cuanto detentador de privilegios. Pero cabe preguntarse: ¿hubo una «crisis» paralela de todo el mundo agrícola? Desgraciadamente, en el estado actual de los conocimientos historiográficos sólo se dispone de pocos elementos relativos a la consolidación de una nueva clase de propietarios agrícolas. Pero las lagunas documentales, aunque impiden determinar sus dimensiones (por lo menos con una relativa precisión), no impiden reconocer la existencia del fenómeno. Ciertamente, grandes regiones quedan fuera de este proceso de formación de nuevas energías (por ejemplo, la España de la Mesta, el sur de Italia); ciertamente, las grandes masas campesinas no se beneficiarán de este proceso de liberación; ciertamente, no lodo es idílica simplicidad. Pero no debe olvidarse nunca que, en el seno de la «crisis» del siglo XIV, y para buena parte de Europa, existen elementos [22] innovadores, cuya importancia no es despreciable y que fueron determinantes del sucesivo desarrollo (no sólo agrícola) de algunas regiones europeas. Apoyándose en el examen del movimiento de los precios del grano (en descenso) y de los salarios (en alza), se ha hablado de una ¿poca de oro de los trabajadores. Es difícil decir cuánto haya de cierto en esta afirmación, pero fue, sin duda, una ¿poca de oro, por las inmensas posibilidades liberadoras en ella contenidas. «Posibilidades liberadoras», entiéndase bien; es decir, gérmenes, levaduras, no liberación general. A través de la «crisis» feudal del siglo XIV se lleva a cabo una vasta revolución: la empresa rural ya no estaba, en muchos casos, dirigida por los señores, sino por los campesinos, a pesar de la innegable permanencia de muchas formas de poder (y de prepotencia) feudal. Pero, si de una parte aparecen estos primeros campesinos enriquecidos, estos primeros campesinos con una dignidad de su trabajo, hay también que insistir en el hecho de que, paralelamente, aparece un proletariado agrícola. Los campesinos que, liberados de la condición feudal, no llegan a mejorar su situación, la ven empeorar claramente en el plano económico, aunque en el plano de las libertades civiles hayan alcanzado importantes metas.

De modo que, a este respecto, la «crisis» se presenta, al menos, con un triple carácter:


  1. el señor ve, sin duda, durante todo el siglo XIV, que su propio poder se reduce notablemente —en todos los sentidos y bajo todos los aspectos;

  2. algunos campesinas pueden, beneficiándose de la erosión del poder feudal, afirmarse en el plano económico;

  3. una gran parte de los trabajadores de la tierra, aunque conquistan ahora unos derechos civiles a los que hubiera sido utópico aspirar apenas un siglo antes, no conquistan por ello un mejor standard de vida: al contrario. Y entonces se forma un proletariado agrícola cuyo peso se hará notar en la historia de Europa durante muchos siglos todavía.5

En el estudio de las situaciones campesinas, nada es simple; antes bien, todo se presenta con aspectos múltiples que sería peligroso resolver con un ilusorio esquema unitario y simplista.

IV LA NUEVA FISONOMÍA DE LA ACTIVIDAD «INDUSTRIAL»

El paso de la agricultura a la industria es, a pesar de «las apariencias, sencillo y —esto es importante— justificado, especialmente en el caso de la industria europea del siglo XIV. [23]

A continuación se expondrá el vínculo, muy estrecho, que existe (y que, especialmente desde el siglo XIV, se estrecha aún más) entre los dos sectores productivos. Pero, ante todo, será necesario introducir alguna precisión, que resultará muy útil al lector para valorar la entidad de los fenómenos. Cuando se habla, de industria medieval, debe entenderse, en primer lugar, la industria textil. Había otros sectores, sin duda, pero es necesario precisar que, en realidad, tenían poca importancia o que, si llegaron a tenerla, fue sólo en relación con algunos caracteres peculiares del lugar en que se manifestaron (así, por ejemplo, las construcciones navales en Venecia), o de la especial función económica a que podían estar destinados sus productos (así, por ejemplo, la industria minera de metales preciosos, singularmente importante para la amonedación). Pero no basta. Dicho lo que antecede, hay que concretar las dimensiones de esta industria textil. Cálculos inteligentemente finos de M. M. Postan han demostrado, respecto a la Inglaterra del siglo XIV, que el valor total de la producción agrícola (lana, madera y productos anímales incluidos) puede cifrarse en unos tres millones de libras esterlinas, contra 100.000 de producción textil comercializada. Si ésta es la relación de valor existente entre las dos producciones, hay que indicar que el número de personas empleadas en la industria textil no representaba más que el 2 por 100 de las que se dedicaban a la agricultura. Es muy probable que, si se efectuasen cálculos del mismo tipo para otros países, arrojasen cifras muy semejantes.

El lector se planteará, según esto, un doble problema: si el empleo de obreros textiles en relación con los trabajadores de la tierra no alcanza más que un 2 por 100, ¿era la industria textil medieval de muy alta productividad técnica? Y, por otra parte, como el valor total de su producción era muy inferior al de la agricultura, ¿debe suponerse que los precios unitarios de los productos manufacturados eran muy bajos? A ambas preguntas hay que responder negativamente. Queda, entonces, por averiguar quién producía los tejidos con que se vestía la mayor parte de la población de la Baja Edad Media. Y también a esto es sencillo responder: ellos mismos tejían las telas que necesitaban. Los campesinos, en la Edad Medía, son tejedores. El problema es más importante de lo que parece, porque indirectamente nos lleva al carácter peculiar de la producción industrial de aquel tiempo, que es una producción de lujo, Y esta expresión ha de entenderse bien. De lujo, no tanto (y no sólo) porque muy frecuentemente se trata de productos refinadísimos, de altísimo costo unitario y destinados a una clientela con un poder adquisitivo muy elevado, sino porque su valoración completa se realiza a través de la exportación. De modo [24] que es posible precisar algunos conceptos importantísimos, a fin de comprender bien qué es la industria textil medieval:



  1. actividad en que se emplea un número relativamente bajo de personas;

  2. productos de calidad alta y media (en relación con el standard del tiempo);

  3. productos destinados especialmente a una particular (y limitada) clase de consumidores, por lo que se hacía necesaria la comercialización internacional de buena parte de los tejidos producidos.

De todo esto se sigue que:

d) para la población agrícola o predominantemente tal, que representaba la mayor parte de la población activa, la principal fuente de abastecimiento de productos textiles se halla en su propia producción.

Así, se puede señalar que, hasta finales del siglo XIII, en la actividad textil es posible distinguir los siguientes modos:



  1. un ciclo completamente urbano: de altísima calidad y destinada esencialmente a la exportación;

  2. un ciclo semirural y semiurbano: en parte, de calidad muy buena y basada en la explotación del trabajo de los campesinos por los empresarios de la ciudad;

  3. un ciclo doméstico, tanto urbano como (predominantemente) rural. Se llama doméstico, porque sus productos servían a las necesidades personales de los mismos productores.

Está claro, pues, que lo esencial de la actividad industrial de este tiempo se halla en estrecha relación con la situación agrícola. Ahora bien, dentro de la mutación a que antes hemos aludido de la vida agrícola europea en el siglo XIV, ¿qué cambios afectaron a esta actividad artesanal campesina (tanto propia como por cuenta de los empresarios de las ciudades)?

El primer fenómeno a señalar es la aparición, a partir del siglo XIV, de nuevos tipos de tejidos, como los fustanes de Ulm, de Augsburgo, de Constanza, de San Gallo. Pero lo que debe interesarnos no es tanto el cambio de los tejidos producidos como las transformaciones concurrentes en las formas de las relaciones de producción. Si, hasta comienzos del siglo XIV, es el empresario de la ciudad el que, prestando simientes y géneros alimenticios, hace hilar y tejer las fibras, explotando [25] usurariamente el trabajo campesino (es característico el caso de un tal Johannes de Dolchera, genovés, especializado en la producción de fustanes, que a partir de 1250 es mencionado en los documentos genoveses de la época: «Johannes de Dolchera qui dicitur porcus»), ahora es el campesino el que compra el producto (algodón, lana o cualquier otro) directamente al comerciante y el que asegura su elaboración y su venta por cuenta propia. De este modo, se rompen los vínculos corporativos. ¿No es, acaso, significativo que, como reacción, de Gante salgan frecuentemente verdaderas expediciones punitivas, dirigidas a destruir las estructuras artesanales campesinas? Era una tentativa de las industrias de las ciudades para frenar un movimiento que en gran parte es, en cambio, irreversible; y es también fruto de la exasperación de los empresarios y de los trabajadores de la ciudad, que ven desarrollarse un tipo de actividad que dentro de las murallas urbanas está en crisis. Porque, en efecto, la vieja industria está en crisis: Florencia ve bajar su producción de unas 100.000 piezas a comienzos del siglo XIV a 70-80.000 hacia 1336-1338, a 30.000 en 1373 y a 19.000 en 1383; Flandes, ya desde finales del siglo XIII, encuentra grandes dificultades en la producción textil. Y Toscana y Flandes son las grandes capitales de la «vieja» industria.

Ciertamente, no hay que olvidar que si la gran industria urbana de los paños de lana se contrae, como elemento compensador aparece la producción de telas, algodonadas, fustanes y, en algunos casos, de seda. Así se consolida la industria del lino en el Hainaut, en la región de Nivalles y en la zona de Cambrai-Valenciennes, en Tournai, en la Alta y en la Baja Normandía (en torno a Rouen y Caen), en Bretaña (Vitré), en las regiones de Augsburgo, Ulm, Constanza y San Gallo. En Florencia, el arte de la seda en florecimiento contribuye a la contracción del arte de la lana. Surgen centros más «modernos», más dinámicos, más nuevos. En primer lugar, la producción textil inglesa, que se orienta a la conquista de los grandes mercados internacionales. Hondschoote se lanza ahora hacia las salidas internacionales, aprovechándose, precisamente, del declinar de la pañería urbana de Flandes; este su primer impulso será de corta duración (hasta 1370, aproximadamente), pero constituirá la base de sucesivas victorias. Por lo demás, todo el campo de Flandes muestra un proceso muy claro de desarrollo de su industria textil, desarrollo que no se percibe sólo a través de las esporádicas indicaciones de los datos de producción, sino, sobre todo, a través del gran número de privilegios que las mismas autoridades de los comités se ven obligados a conceder, consagrando así —en contra del vinculismo corporativo urbano— la libertad de los campesinos. Precisamente desde las [26] ciudades (Gante, Brujas, Ypres, Saint-Omer), y ya desde finales del siglo XIII, se iniciarán las hostilidades contra el campo y su actividad. En Polonia se manifiesta un innegable despertar de la actividad textil rural en el siglo XIV; de ello son buena prueba los paños «campesinos» de la legión de Leczyca y de Sieradz, y las telas de la Pequeña Polonia. Es todo un florecimiento de manifestaciones locales de la mayor importancia, no ya porque representen algo «nuevo» en sí mismas: repitamos que los campesinos, en toda Europa, se habían integrado siempre en el proceso de la industria textil, tanto produciendo tejidos para uso propio como hilando y tejiendo fibras textiles por cuenta de los productores de las ciudades; ahora, en cambio, la industria rural, aunque continúa produciendo para su propio consumo, trabaja también para una comercialización igualmente propia. En Flandes, ya desde el siglo XIV, los drapiers rurales organizan un sistema propio de venta en Brujas, es decir, en la vía del gran comercio internacional.

En suma, en contraposición con el declinar de la vieja producción textil urbana, se aprecia la consolidación de la actividad artesana rural y de nuevos centros ciudadanos, que entablan su diálogo con los trabajadores del campo en términos nuevos. «Crisis», pues, de la gran industria, pero también florecimiento de nuevos gérmenes, susceptibles de importantes y ulteriores desarrollos. ¿Cómo olvidar, en efecto, que es precisamente en este período cuando la gran industria lanera de los siglos siguientes encuentra, si no sus orígenes, al menos el humus más fértil en que arraigar? No se ha producido —quede bien claro— ninguna gran revolución. Más bien debe considerarse que, como valoración de conjunto, en el curso del siglo XIV la producción textil se ha contraído, o, al menos, estabilizado cuantitativamente. Pero no es esto sólo, sino que se debe añadir que a cantidad igual (y acaso reducida) de tejidos producidos ha correspondido, sin duda, una contracción del valor de la producción, porque los tejidos de fabricación campesina son todos de valor unitario claramente inferior a los de fabricación urbana. Así, pues, también en este sector nos hallamos en presencia de una «crisis», pero también aquí, más que a los aspectos cuantitativos, habrá que prestar atención a los cambios de orden cualitativo. Lo que cuenta es que la división en tres series de la industria textil, que antes hemos indicado para el período correspondiente hasta finales del siglo XIII, aparece ahora modificada. El grupo 1) reduce su importancia; el grupo 3) sigue sustancialmente inalterable (exceptuados, desde luego, los cambios debidos a variaciones demográficas); el grupo 2), por su parte, presenta una gran contracción y se transforma en un nuevo grupo: rural y, lo que es más importante, [27] autónomo. Así, mientras hasta finales del siglo XIII, entre ciudad y ciudad o entre castellanía y castellanía no hay, desde un punto de vista industrial, más que el vacío o la explotación de la mano de obra local, ahora el vacío comienza a reducirse y la explotación a limitarse. Este mismo proceso se manifiesta también en orcos sectores «industriales» (decimos industriales, pero más exactamente deberíamos decir artesanales). En efecto, la pars regida por el señor feudal incluía también todos los servicios artesanales necesarios a la comunidad dependiente, directa o indirectamente, del señor: horno, forja, molino, ladrillar. Ahora, con la reducción de la pars señorial, esos medios de producción escapan también a su control.

Frente a estas penetraciones de energías nuevas —libres o que tratan de afirmarse libremente—, quedan algunos sectores vinculados a formas viejas. Por ejemplo, la industria minera, respecto a la que uno de los más doctos estudiosos de la materia no ha dudado en hablar de «colapso de la prosperidad del siglo XIV». La recuperación será muy tardía, no antes de 1460, Hay excepciones, como la actividad escandinava y bosníaca, por ejemplo, pero el cuadro, en conjunto, sigue siendo negativo. ¿Por qué —podría preguntarse— este sector particular presenta signos de contracción, sin que nada intervenga para tonificarlo, para sostenerlo? La razón parece que puede radicar en el hecho de que, en la industria minera, siguen en vigor los viejos principios de autoridad; los poderes públicos continúan manteniendo sus derechos sobre el subsuelo y sobre su explotación. En suma, donde no hubo descenso del poder de la autoridad (del señor o de los poderes públicos), la «crisis» se ofrece muy clara, concreta, sin que se manifiesten elementos compensadores de ninguna especie.

Esto confirma el esquema hasta aquí trazado de la importancia de la actividad campesina en el conjunto de la vida económica europea. Donde, por una serie de razones, el trabajo y la iniciativa de grupos nuevos no han podido introducirse libremente, la «crisis» fue irremediable. Una verdad particular que confirma el esquema general.



V. LOS PROBLEMAS DE LOS INTERCAMBIOS

Apenas nos acercamos al gran comercio internacional, a los problemas de la distribución mercantil a gran escala, de la gran banca, de los instrumentos que con todo esto se relacionan (en primer lugar, la moneda), la «crisis» se manifiesta clarísima. Las tradicionales grandes vías de navegación, grandes rutas, grandes ferias parecen haber perdido pujanza. Algunos [28] hundimientos (entre ellos, el elocuentísimo de las ferias de Champagne, que como centro comercial empiezan su decadencia ya desde 1260, mientras continúan con cierto esplendor como mercado financiero hasta 1315-1320) son elocuente testimonio de ello. Antes de nada, y para prevenir posibles objeciones, diremos que también se manifiestan fenómenos compensadores: así, aunque las ferias de Champagne decaen, las de Châlóns-sur-Saône se consolidan; si algunas rutas alpinas pierden su importancia, otras las sustituyen o incluso (como en el caso del Brenner) renacen precisamente ahora, a partir del siglo XIV. Otro importante desenvolvimiento se aprecia en la más estrecha interrelación que se establece entre los sistemas de navegación del mar del Norte, del Atlántico y del Mediterráneo, lo que se traduce en un aumento de la importancia del Sund, por una parte, y de Gibraltar, por otra. Además, hay que hacer constar que también algunos tráficos, que se manifiestan ahora, durante el siglo XIV, tienen un simple carácter de compensación. Es verdad que hay un aumento de la exportación de tejidos ingleses, pero también es cierto que hay contracción en las exportaciones de lana, de modo que, representándolos gráficamente, esos dos movimientos formarían una X, en la que el brazo descendente indicaría el movimiento comercial de las exportaciones de lana, y el ascendente, el de los paños.

La gran ruta «francígena», que —apoyándose en las ferias de Champagne— había unido el norte y el sur no sólo de Francia, sino de buena parte de la Europa Occidental, es reemplazada por otras dos rutas: una que, desde Génova y Venecia, a través del Mediterráneo y del Atlántico, llega hasta Londres y Brujas, y otra, la ruta terrestre renana, que constituirá el elemento de desarrollo de las ferias de Ginebra y de Frankfort.

En el siglo XIV se malogra lo que para la Hansa constituyera su mayor ambición: integrar nuevos ámbitos económicos a la economía de la Europa Occidental. Los estudios más recientes han disminuido mucho la importancia de la presencia de productos de la Europa Nordoriental en las plazas de Londres y de Brujas, de manera que la actividad de las ciudades hanseáticas, aunque notable, viene a limitarse a un espacio geográfico marítimo tradicional constituido en el pasado, mientras dichas ciudades (sobre todo, Lübeck) tratan de compensar las dificultades que encuentran en Flandes, orientándose hacia el interior de Alemania: desde 1320-1330 hacia Frankfort y después hacia Nuremberg. Por otra parte, si la Hansa sobrevive es porque lleva a cabo una profunda transformación que cambia completamente su carácter de Hansa de comerciantes en Hansa de ciudades.



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