Henry charriere



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PAPILLON

HENRY CHARRIERE


PRESENTACIÓN

Este libro, sin duda, nunca habría existido si, en julio de 1967, en los periódicos de Caracas, un año después del terremoto que la había asolado, un joven de sesenta años no hubiese oído hablar de Albertine Sarrazin. Ese pequeño diamante negro, todo fulgor, risa y coraje, acababa de morir. Había adquirido celebridad en el mundo entero por haber publicado, en poco más de un año, tres libros, dos de ellos sobre sus fugas y sus prisiones.

Aquel hombre se llamaba Henri Charriere y regresaba de lejos. Del presidio, para ser exactos, de Cayena, donde “subiera” en 1933; un hombre del hampa, sí, pero por un crimen que no había cometido y condenado a cadena perpetua, es decir, hasta su muerte. Henri Charriére, alias Papillon en otro tiempo entre el hampa, nacido francés de una familia de maestros de escuela de Ard¿che, en 1906, es venezolano. Porque este pueblo ha preferido su mirada y su palabra a sus antecedentes penales, y porque trece años de evasiones y de lucha por escapar del infierno del presidio perfilan más un porvenir que un pasado.

Así, pues, en julio de 1967, Charriére va a la librería francesa de Caracas y compra El astrágalo. En la faja del libro, una cifra: 123 000 ejemplares. Lo lee y, después, se dice sencillamente: “Es bueno, pero si la chavala, con su hueso roto, yendo de escondite en escondite, ha vendido 123 000 ejemplares, yo, con mis treinta años de aventuras, venderé tres veces más. “

Razonamiento lógico, pero de lo más peligroso y qué, después del éxito de Albertine, abarrota las mesas de los editores de miles de manuscritos sin esperanzas. Pues la aventura, la desgracia, la injusticia más extremosas no hacen forzosamente un buen libro. Es necesario también saberlos escribir, es decir, tener ese don injusto que hace que un lector vea, sienta, viva, como si estuviera allí, todo cuanto ha visto, sentido y vivido el escritor.

Y, en eso, Charriére tiene una gran suerte. Ni una sola vez ha pensado en escribir una línea de sus aventuras: es un hombre de acción, de vida, de celo, una generosa tempestad de mirada maliciosa, de voz meridional, cálida y ligeramente ronca, que puede ser escuchada durante horas, pues narra como nadie, es decir, como todos los grandes narradores. Y el milagro se produce: ahorro de todo contacto y de toda ambición literarios (me escribirá: “Le mando mis aventuras, hágalas escribir por alguien del oficio”), lo que escribe es “tal como os lo cuenta^ se ve, se siente, se vive, y si por casualidad se quiere parar al final de una página, cuando él está contando que va al retrete (lugar de múltiple y considerable papel en el presidio), se siente uno obligado a volver la página, porque ya no es él quien va allí, sino uno mismo.

Tres días después de haber leído El astrágalo, escribe los dos primeros cuadernos de un tirón, cuadernos de colegial, con espiral. Tras haber recogido dos o tres opiniones sobre esa nueva aventura, quizá más asombrosa que todas las demás, emprende la continuación a principios de 1968. En dos meses termina los trece cuadernos.

Y al igual que pasó con Albertine, su manuscrito me llega por correo, en septiembre. Tres semanas después, Charriére estaba en París. Con Jean‑Jacques Pauvert, yo había lanzado a Albertine: Charriére me confía su libro.
Este libro, escrito al filo aún candente del recuerdo, copiado por entusiastas, versátiles y no siempre muy francesas mecanógrafas, como quien dice no lo he tocado. No he hecho más que enmendar la puntuación, transformar ciertos hispanismos demasiado oscuros, corregir ciertas confusiones de sentido y ciertas inversiones debidas a la práctica cotidiana, en Caracas, de tres o cuatro lenguas aprendidas de oído.
En cuanto a la autenticidad, doy fe sobre el fondo. Por dos veces, ha venido Charriérea París y hemos hablado extensamente. Durante días, y algunas noches también. Es evidente que, treinta años después, ciertos detalles pueden haberse difuminado, modificado por la memoria. Carecen de importancia. En cuanto al fondo, basta con remitirse a la obra del profesor Dev¿ze, Cayenne (Julliard, col. Archives, 1965), para comprobar en seguida que Charriére no ha exagerado un ápice sobre las costumbres del presidio ni sobre su horror. Muy al contrario.
Por principio, hemos cambiado todos los nombres de los presidiarios, vigilantes y comandantes de la Administración penitenciaria, pues el propósito de este libro no es atacar a personas, sino fijar tipos y un mundo. Lo mismo vale respecto a las fechas: algunas son exactas, otras indican épocas. Es suficiente. Pues Charriére no ha querido escribir un libro de historiador, sino relatar, tal como lo ha vivido directamente, con dureza, con fe, lo que se antoja como la extraordinaria epopeya de un hombre que no acepta lo que puede haber de desmesurado hasta el exceso, entre la comprensiva defensa de una sociedad contra sus hampones y una represión indigna, hablando con propiedad, de una nación civilizada.
Quiero dar las gracias a Jean‑Franqois Revel quien, entusiasmado por este texto del que fue uno de los primeros lectores, se ha dignado decir el porqué de la relación que, según él, guarda con la literatura de ayer y de hoy.

PRIMER CUADERNO


EL CAMINO DE LA PODREDUMBRE
Audiencia de lo criminal
La bofetada fue tan fuerte, que sólo he podido recobrarme de ella al cabo de trece años. En efecto, no era un guantazo corriente, y, para sacudírmelo, se habían juntado muchas, personas.
Estamos a 26 de octubre de 1931. A las ocho de la mañana, me sacan de la celda que ocupo en la Conciergerie desde hace un año. Voy recién afeitado, bien vestido; mi traje impecablemente cortado me da un aspecto elegante; camisa blanca y corbata de lazo de color azul claro, que da la última pincelada al conjunto.
Tengo veinticinco años y aparento veinte. Los gendarmes, un poco frenados por mi aspecto de gentleman, me tratan con cortesía. Hasta me han quitado las esposas. Estamos los seis, cinco gendarmes y yo, sentados en dos bancos en una sala desmantelada. Fuera, la luz es gris. Frente a nosotros, una puerta que debe comunicar, seguramente, con la sala de audiencia, pues estamos en el Palacio de Justicia del Sena, en París.
Dentro de unos instantes, seré acusado de asesinato. Mi defensor, Raymond Hubert, ha venido a saludarme: “No existe ninguna prueba seria contra usted, tengo confianza, nos absolverán.” Me sonrío de este “nos”. Diríase que también él, el abogado Hubert, comparece en la Audiencia como inculpado, y que si hay condena, también él habrá de cumplirla.
Un ujier abre la puerta y nos invita a pasar. Por las dos grandes hojas abiertas de par en par, encuadrado por cuatro gendarmes y el brigada al lado, hago mi entrada en una sala inmensa. Para sacudírmela, la bofetada, lo han revestido todo de rojo sangre: alfombra, cortinas de los ventanales y hasta las togas de los magistrados que, dentro de poco, me juzgarán.
‑ ¡El Tribunal!
Por una puerta, a la derecha, aparecen uno detrás de otro seis hombres. El presidente y, luego cinco magistrados, tocados con el birrete. El presidente se para frente a la silla del centro; a derecha e izquierda, se sitúan sus asesores.

Un silencio impresionante reina en la sala, donde todo el mundo se ha puesto en pie, incluso yo. El Tribunal se sienta, y con él todo el mundo.


El Presidente, de mofletes rosados y aspecto austero, me mira en los ojos sin expresar ningún sentimiento. Se llama Bevin. Más adelante, dirigirá los informes con imparcialidad y, con su actitud, hará comprender a todo el mundo que, magistrado de carrera, él no está muy convencido de la sinceridad de testigos y policías. No, él no tendrá ninguna responsabilidad en la bofetada, él se limitará a servírmela.
El fiscal es el magistrado Pradel. Es muy temido por todos los abogados colegiados. Tiene la triste reputación de ser el principal proveedor de la guillotina y de las penitenciarías de Francia y de ultramar.
Pradel representa a la vindicta pública. Es el acusador oficial, no tiene nada de humano. Representa a la Ley, la Balanza; él es quien la maneja y hará todo lo que pueda para que se incline de su lado. Tiene ojos de gavilán, baja un poco los párpados y me mira intensamente, desde toda su altura. En primer lugar, desde la altura de la tarima' que le sitúa más arriba que yo y, luego, la de su propia estatura, metro ochenta al menos, que lleva con arrogancia. No se quita la muceta colorada, pero deja el birrete delante de él. Se apoya con sus dos manos grandes como palas. Una sortija de oro indica que está casado y, en el meñique, por anillo, lleva un clavo de herradura muy pulimentado.
Se inclina un poco hacia mí, como para dominarme mejor. Parece que quiere decirme: “Muchacho, si crees que vas a escaparte de mí, estás equivocado. No se nota que mis manos sean garras, pero los zarpazos que te despedazarán están prestos dentro de mí. Y si soy temido por todos los abogados, y cotizado en la magistratura como un fiscal peligroso, es porque jamás dejo escapar a mi presa.
“No tengo por qué saber si eres culpable o inocente, tan sólo debo hacer uso de todo cuanto tengo en contra de ti: tu vida bohemia en Montmartre, los testimonios provocados por la Policía y las declaraciones de los propios policías. Con esa balumba asquerosa acumulada por el juez de instrucción, debo transformarte en un hombre suficientemente repelente para que el jurado te haga desaparecer de la sociedad. “
En verdad, me parece oírle decir, con mucha claridad, a menos que esté soñando, pues me ha impresionado muy de veras ese “devorador de hombres:

“Ríndete, acusado; sobre todo, no trates de defenderte: te conduciré al "camino de la podredumbre”. ¿Supongo que no esperarás nada del jurado, verdad? No te hagas ilusiones. Esos doce hombres no saben nada de la vida.



“Míralos, alineados frente a ti. ¿Los ves bien, a esos doce enchufados, traídos a París de un lejano pueblo de provincias? Son pequeños burgueses, jubilados, comerciantes. No es necesario que te los describa. Supongo que tampoco tendrás la pretensión de que comprendan tus veinticinco años y la vida que llevas en Montmartre... Para ellos, Pigalle y la plaza Blanche es el Infierno, y todas las gentes que llevan una vida nocturna son enemigos de la sociedad. Todos están más que orgullosos de pertenecer al jurado de la Audiencia del Sena. Además, sufren, te lo aseguro, de su postura de pequeño burgués envarado.
“Y llegas tú, joven y guapo. Comprenderás que no me andaré con chiquitas para describirte como un donjuán de las noches de Montmartre. Así, de salida, convertiré a ese jurado en un enemigo tuyo. Vistes demasiado bien, hubieses debido venir con ropas humildes. En eso, te has equivocado grandemente de táctica. ¿No ves que envidian tu traje? Ellos se visten en “La Samaritaine” y nunca, ni en sueños, les ha vestido un sastre.”
Son las diez y ya estamos listos para abrir la sesión. Ante mí, están seis magistrados, entre ellos un fiscal agresivo que pondrá a contribución todo su poder maquiavélico, toda su inteligencia, en convencer a esos doce tipos de que, ante todo, soy culpable, y de que tan sólo el presidio o la guillotina pueden ser el veredicto del día.
Van a juzgarme por el asesinato de un chulo, chivato del hampa de Montmartre. No hay ninguna prueba, pero la bofia ‑que gana galones cada vez que descubre al autor de un delito‑ sostendrá que el culpable soy yo. A falta de pruebas, dirá que posee informaciones “confidenciales” que no dejan lugar a dudas. Un testigo preparado por ellos, verdadero disco registrado en el 36 del Quai des Orfévres, llamado Polein, será la pieza de convicción más eficaz de la acusación. Como sigo manteniendo que no le conozco, llega un momento en que el presidente, con mucha imparcialidad, me pregunta:
‑Dice usted que ese testigo miente. Bien. Pero, ¿por qué habría de mentir?
‑Señor presidente, si paso noches en blanco desde que me detuvieron, no es por el remordimiento de haber asesinado a Roland le Petit, puesto que no fui yo. Precisamente lo que busco es el motivo que ha impulsado a ese testigo a ensañarse conmigo de semejante modo y a aportar, cada vez que la acusación se debilita, nuevos elementos para fortalecerla. He llegado a la conclusión, señor presidente, de que los policías le han pillado cometiendo un delito importante y han hecho un trato con él: haremos la vista gorda, a condición de que declares contra Papillon.
No creí haber atinado tanto. El Polein, presentado en la Audiencia como un hombre honrado y sin antecedentes penales, fue detenido algunos años después y condenado por tráfico de cocaína.
El abogado Hubert intenta defenderme, pero no tiene la talla del fiscal. Sólo el abogado Botiffay logra, con su vehemente indignación, poner en dificultad algunos instantes al fiscal. Mas, ¡ay!, por poco rato, y la habilidad de Pradel no tarda en ganar ese duelo. Por si esto fuera poco, lisonjea a los miembros del jurado, orondos de orgullo al verse tratados como iguales y colaboradores por tan impresionante personaje.
A las once de la noche, la partida de ajedrez ha terminado. Mis defensores han quedado en posición de jaque mate. Y yo, que soy inocente, condenado. La sociedad francesa, representada por el fiscal Pradel, acaba de eliminar para toda la vida a un joven de veinticinco años. ¡Y nada de rebajas, por favor! El plato fuerte me es servido por la voz sin timbre del presidente Bevin.
‑Levántese el acusado.
Me levanto. En la sala reina un silencio total, se han cortado las respiraciones, mi corazón late ligeramente más de prisa. Los miembros del jurado me miran o bajan la cabeza; parecen avergonzados.
‑Acusado, el jurado ha contestado “sí” a todas las preguntas salvo a una, la de premeditación; por lo tanto, es usted condenado a cumplir una condena de trabajos forzados a perpetuidad. ¿Tiene algo que alegar?
No he rechistado, mi actitud es normal, tan sólo aprieto un poco más la barandilla.del box en la que me apoyo.
‑Sí, señor presidente; debo decir que soy inocente y víctima de unamaquínación policíaca.

Del rincón de las mujeres elegantes, invitadas de postín que están sentadas detrás del Tribunal, me llega un murmullo. Sin gritar, les digo:


‑Silencio, mujeres con perlas que venís aquí a gustar de emociones insanas. La farsa ha terminado. Un asesinato ha sido solucionado felizmente por vuestra Policía y vuestra Justicia, ¡Podéis estar satisfechas!
‑Guardias ‑‑dice el presidente‑, llévense al condenado.
Antes de desaparecer, oigo una voz que grita:
‑No te apures, querido, iré a buscarte allí.
Es mi buena y noble Nénette que grita su amor. Los hombres del hampa que están en la sala aplauden. Ellos saben a qué atenerse sobre aquel homicidio, y de este modo me manifiestan que están orgullosos de que no haya cantado de plano ni denunciado a nadie.
De vuelta a la salita donde estuvimos antes de abrirse la sesión los gendarmes me ponen las esposas y uno de ellos se sujeta a mí con una cadenilla, mi muñeca derecha unida a su muñeca izquierda. Ni una palabra. Pido un cigarrillo. El brigada me alarga uno y lo enciende. Cada vez que me lo quito o me lo llevo a la boca, el gendarme tiene que levantar el brazo o bajarlo para acompañar mi movimiento.
Fumo de pie casi tres cuartos del cigarrillo. Nadie dice nada. Soy yo quien, mirando al brigada, le digo:
‑Andando.
Tras haber bajado las escaleras, escoltado por una docena de gendarmes, llego al patio interior del Palacio de Justicia. El coche celular que nos espera está ahí. No es celular, nos sentamos en bancos, somos unos diez, aproximadamente. El brigada dice:
‑A la Conciergerie.
~,~ l~
La Conciergerie
Cuando llegamos al último castillo de María Antonieta, los gendarmes me entregan al oficial de prisiones, quien firma un papel, el comprobante. Se van sin decir palabra, pero, antes, asombrosamente, el brigada me estrecha las dos manos esposadas. El oficial de prisiones me pregunta: ‑¿Cuánto te han endiflado? ‑Cadena perpetua. ‑¿De veras? Mira a los gendarmes y comprende que es la pura verdad. Este carcelero de cincuenta años que ha visto tantas cosas y conoce muy bien mi caso, tiene para mí estas reconfortantes palabras:

‑¡Ah, los muy canallas! ¡Están chalados!

Me quita las esposas con suavidad y tiene la gentileza de acompañarme Personalmente a una celda acolchada, habilitada ex profeso para los condenados a muerte, los locos, los muy peligrosos o los destinados a trabajos forzados.
‑Animo, Papillon ‑me dice al cerrarme la puerta‑. Ahora, te traerán algunas prendas tuyas y la comida que tienes en la otra celda. ¡Animo!
‑‑‑Gracias,jefe. Puede creerme, estoy animado y espero que la cadena perpetua se les atragante.
Unos minutos después, rascan en la puerta.
‑¿Qué pasa?
Una voz me contesta:
‑Nada. Soy yo, que clavo un letrero.
‑¿Para qué? ¿Qué dice?
‑“Trabajos forzados a perpetuidad. Vigilancia estrecha.”

Pienso: “Están majaretas perdidos. ¿Acaso creen que la montaña que me ha caído encima puede trastornarme hasta el punto de inducirme al suicidio? Soy y seré valiente. Lucharé con y contra todos. A partir de mañana, actuaré.”


Por la mañana, tomando café, me pregunté: “¿Voy a apelar? ¿Para qué? ¿Tendré más suerte ante otro tribunal? ¿Cuánto tiempo perderé en ello? Un año, quizá dieciocho mesess... Y, para qué: ¿Para tener veinte años en vez de la perpetua? “
Como he tomado la decisión de evadirme, la cantidad no cuenta y me viene a la mente la frase de un condenado que pregunta al presidente de la Audiencia: “Señor, ¿cuánto duran los trabajos forzados a perpetuidad en Francia?”
Doy vueltas en torno a mi celda. He mandado un telegrama a mi mujer para consolarla y otro a mi hermana, quien ha tratado de defender a su hermano, sola contra todos.
Se acabó, el telón ha bajado. Los míos deben sufrir más que yo, y a mi pobre padre, en el corazón de su provincia, debe hacérsele muy cuesta arriba llevar una cruz tan pesada.
Me sobresalto: pero, ¡si soy inocente! Lo soy, pero, ¿para quién? Sí, ¿para quién lo soy? Me digo: “Sobre todo, no pierdas el tiempo diciendo que eres inocente, se reirían demasiado de ti. Pagarla a perpetuidad por un chulo de putas y encima decir que fue otro quien se lo cargó, sería demasiado gracioso. Lo mejor es achantarse.”
Como nunca, durante mi detención previa, tanto en la Santé como en la Conciergerie, había pensado en la eventualidad de recibir una condena tan grave, nunca tampoco me había preocupado, antes, de saber lo que podía ser el “camino de la podredumbre”.
Bien. Primera cosa que hay que hacer: tomar contacto con hombres condenados ya, susceptibles en lo porvenir de ser compañeros de evasión.
Escojo a un marsellés, Dega. En la barbería, seguramente, le veré. Va todos los días a que le afeiten. Pido ir. En efecto, cuando llego, le veo arrimado a la pared. Le percibo en el momento justo en que hace pasar subrepticiamente a otro antes que él para poder esperar más tiempo su turno. Me pongo directamente e a su lado apartando a otro. Le suelto de sopetón:
‑Hola, Dega, ¿qué tal te va?
‑Bien, Papi. Tengo quince años, ¿y tú? Me han dicho que te habían cascado.
‑‑‑Sí,a perpetuidad.
‑¿Apelarás?
‑No. Lo que hace falta es comer bien y hacer cultura física.
Procura estar fuerte, Dega, pues, seguramente, necesitaremos tener buenos músculos. ¿Vas cargado?
‑Sí, tengo diez “sacos”'en libras esterlinas. ¿Y tú?
‑No.
‑Un buen consejo: cárgate pronto. ¿Es Hubert tu abogado?
Es un bobo, nunca te traerá el estuche. Manda a tu mujer con el estuche cargado a casa de Dante. Que se lo entregue a Domini‑ que el Rico y te garantizo que te llegará.
‑‑‑Chitón,el guardián nos mira.
‑¿Qué? ¿Se aprovecha la ocasión para charlar?
‑¡Oh! De nada importante ‑responde Dega . Me dice que está enfermo.
‑¿Qué tiene? ¿Una indigestión de tribunal?

Y aquel memo de guardián suelta una carcajada.


Es así la vida. El “camino de la podredumbre”, ya estoy en el. Se ríen a carcajadas, guaseándose de un chaval de veinticinco años condenado para toda su existencia.
He recibido el estuche. Es un tubo de aluminio, maravillosamente pulido, que se abre desenroscándolo por la mitad. Tiene una parte macho yuna parte hembra. Contiene cinco mil quinientos francos en billetes nuevos. Cuando me lo entregan, beso ese trozo de tubo de seis centímetros de longitud, grueso como el pulgar; sí, lo beso antes de metérmelo en el ano. Respiro hondo para que me suba hasta el colon. Es mi caja de cauda
1. 10 000 francos de 1932, o sea, aproximadamente, 5000 francos de 1969.

les. Pueden dejarme en pelotas, hacerme separar las piernas, hacerme toser, doblarme, que no podrán saber si tengo algo. Ha subido muy arriba en el intestino grueso. Forma parte de mí mismo. Es mi vida, mi libertad lo que llevo dentro de mí... el camino de la venganza. ¡Porque pienso vengarme! Es más, sólo pienso en eso.


Afuera, es de noche. Estoy solo en esta celda. Una gran bombilla en el techo permite al guardián verme por la mirilla de la puerta. Esa luz potente me deslumbra. Me pongo el pañuelo doblado sobre los ojos, pues la verdad es que me los lastima., Estoy tumbado sobre un colchón, en una cama de hierro, sin, almohada, y paso revista a todos los detalles del horrible proceso.
Llegado a este punto, para que pueda comprenderse la continuación de este largo relato, para que se comprendan las bases que me servirán para perseverar en mi lucha, quizás es menester que sea un poco prolijo y cuente todo lo que me vino y realmente vi en mi mente los primeros días que estuve enterrado vivo:
¿Cómo me las apañaré, una vez me haya evadido? Pues ahora que tengo el estuche, no dudo ni un instante que me evadiré.
En primer lugar, vuelvo cuanto antes a París. Mi primera víctima: ese falso testigo de Polein. Luego, los dos polizontes que llevaron el asunto. Pero con dos polizontes no basta, es con todos los polizontes que debo habérmelas. Al menos, con cuantos más mejor. ¡Ah!, ya sé. Una vez en libertad, vuelvo a París. En un baúl meteré todos los explosivos que pueda. No sé cuántos, exactamente: diez, quince, veinte kilos. Y trato de calcular qué cantidad de explosivos serían necesarios para hacer muchas víctimas.
¿Dinamita? No, la chedita es mejor. ¿Y por qué no nitroglicerina? Bueno, conforme, pediré consejo a los que, allá, saben más que yo. Pero lo que es la bofia, pueden creerme, echaré el resto e irán servidos.
Sigo con los ojos cerrados y el pañuelo sobre los párpados para comprimirlos. Veo claramente el baúl, de apariencia inofensiva, repleto de explosivos, y el despertador, puesto en hora, que accionará el fulminante. Cuidado, tiene que estallar a las diez de la mañana, en la sala de información de la Policía Judicial, Qua¡ des Orfévres, 36, primer piso. A esta hora, hay por lo menos ciento cincuenta polis reunidos para recibir órdenes y escuchar el parte. ¿Cuántos peldaños hay que subir? No debo equivocarme.
Habrá que cronometrar el tiempo exacto para que el baúl llegue desde la calle a su destino en el mismo segundo que debe hacer explosión. ¿Y quién llevará el baúl? Veamos, hago gala de mi mejor tupé. Llego en taxi y me detengo frente a la puerta de la Policía judicial, y a los dos polizontes de guardia les digo con voz autoritaria: “Súbanme este baúl a la sala de información; yo les seguiré. Digan al comisario Dupont que esto lo manda el inspector‑jefe Dubois y que en seguida subo.”
Pero, ¿obedecerán? ¿Y si, por casualidad, en aquella caterva de imbéciles, topo con los dos únicos Ú s inteligentes de la
IPO
corporación? Entonces, fallaría el golpe. Tendré que dar con otra cosa. Y busco, busco. En mi mente, no puedo admitir que no logre encontrar un medio seguro al ciento por ciento. Me levanto para beber un poco de agua. De tanto pensar, la cabeza me duele.
Me acuesto de nuevo, sin la venda. Los minutos transcurren lentamente. Y esa luz, esa luz, ¡Dios de Dios! Mojo el pañuelo y me lo pongo otra vez. El agua fresca me hace bien y, debido al peso del agua, el pañuelo se pega mejor a mis párpados. En adelante, siempre usaré ese medio.



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