¿hay que eliminar los sentimientos de culpa



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¿Por qué me culpabilizo tanto?
Luis Zabalegui Rodríguez, Desclée. Bilbao 1997
Volumen 13 de la colección Serendipity
Resumen
1

Se trata de un estudio sobre los sentimientos de culpa. Son señales de alerta que indican al viajero si su rumbo es correcto. Es un sistema de alerta semejante al que ecxperimentamos en nuestro cuerpo con el dolor físico, que nos avisa de que algo va mal en el organismo y da la voz de alarma para que pongamos remedio. El dolor físico es desagradable, aunque necesario. Tomamos analgésicos para librarnos de él. El sentimiento de culpa es un dolor psicológico igualmente desagradable, pero quizás también necesario. ¿Tendremos que tomar algún tipo de medidas para eliminarlo, algún analgésico espiritual que nos devuelva la tranquilidad?

Los primeros capítulos tratan de repasar modelos u orientaciones más importantes para entender esos sentimientos y manejarlos correctamente.


2

Freud: la conquista del máximo de placer con el mínimo de culpa

Freud pensaba que el ser humano gozando de todos los placeres y abusando de todos sin barreras y sin remordimientos sería un drogata y un piscópata. Pero al mismo tiempo el hombre excesivamente reprimido y congrolado por las normas acabaría siendo un nuerótico perdido.

El ideal es conseguir el máximo de satisfacción de los impulsos (libido) con el mínimo de culpa. Obtener la máxima gratificación del “ello” m,anteniendo lo menos enojado posible al “superyó”. La vida humana es un continuo conflicto entre los deseos intensos prohibidos por el tabú que persisten inconscientemente y tratan de violar la prohibición impuesta por la autoridad, aunque exernamente se sometan.

Surge la ambivalencia: amor y odio hacia la misma persona, hacia la figura paterna que prohíbe realizar esos deseos. La figura del padre es interiorizada mediante un procdeso de identificación formando el superyó.

El sentimiento de culpa es un mecanismo pedagógico al servicio de la sociedad, la cultura y el progreso humano. Con tal de evitar los sentimientos de culpa, el hombre se somete a las normas morales u sublima sus impulsos agresivos, dedicando su energía a actividades que favorecen la evolución de la humanidad.

El sentimiento de culpa proviene de una energía instintiva, agresiva, contrariada. La renuncia a la venganza contra el padre prohibidor obliga al niño a dirigir la energía, mediante mecanismos de incorporación e identificación, hacia su interior, formando su superyó, que se hace cargo de la energía no descargada y dispone de ella en contra del yo.

También puede darse un superyó exigente cuando el padre ha sido excesivamente permisivo. El hijo al no poder corresponder a tanto amor con odio, dirige su agresividad contra sí mismo.

Se ha dado una evolución en el pensamiento de Freud. Al principio el sentimiento de culpa venía asociado a fantasías subyacentes a la masturbación infantil, bien sean recuerdos reales o puras fantasías.

Más tarde Freud valora más el instinto de muerte (Tánatos), y la culpabilidad no va a venir tanto de la represión de instintos libidinosos, sino fe la represón de los instintos agresivos. No es el placer el que nos hace sentirnos culpables, sino la agresión y el odio que se mezcla ambi­va­lentemente con el amor. El amor reprimido (libido) produce una sobrecarga de agresividad, que a su vez vuelve a ser reprimida y es el origen del sentimiento de culpa.

Los sentimientos, aunque provengan de energías instintivas del ello, se manifiestan siempre en la esfera del yo, percibiéndose como descargas que comportan placer o displacer. La culpabilidad es consecuencia del complejo de Edipo, o resultado de luchas entre el yo y el superyó.

La culpa comienza con el miedo la pérdida del amor de los padres (angustia personal), para pasar en fases posteriores a convertirse en miedo al superyo, es decir a la autoridad paterna internalizada. Si el primer miedo obliga a renunciar a los instintos, el segundo miedo apremia con una necesidad de castigo.

El hombre primitivo experimenta más este miedo o angustia mediante la existencia del tabú Al disminuir esa ambivalencia desparece la conciencia del tabú. Pero en el neurótico se reprroduce todavía en forma primitiva el conflicto que exige mucha energía y le llena de angustia.

Ese snetimiento de culpa en principio sirve para la evolución positiva del individuo, pero puede desvirtuarse y dar lugar a nurosis cuando su intensidad es excesiva. Si el yo no se ha robustecido lo suficiente para dominar al superyñó (bien porque éste sea muy poderoso, bien porque se hayan dado regresiones o fijaciones) entonces el sentimiento de culpa resulta enfermizo e impide el progreso personal. El superyó neurótico se comporta como un padre severo y castiga al yo. El neurótico se apacigua con el castig y consigue el equilibrio y el restablecimiento.

La culpa mal elaborada influye poderosamente en el origen y agraación de las enfermedades mentales y aun físicas. La vida social exige renunciar a muchas satisfacciones instintivas in­dividuales. La vida humana es un conflicto continuo entre intereses individuales instintivos y las exigencias de la vida en común y la civilización. La función del sentimiento de culpa es fomentar la cultura. Actúa con una función inhibitoria marcando límites y barreras. La pérdida de felicidad por el aumento del sentimiento de culpabilidad es el precio pagado por el progreso de la cultura.

¿Es consciente o inconsciente? En las personas sanas está más en la esfera de lo consciente. Pero en neuróticos la representación del sentimiento se puede desplazar y entonces ese sentimiento de angustia es interpretado erróneamente. El afecto es consciente pero su representaciòn es re­primida.

Según el grado de consciencia, se pueden distinguir emociones elementales que son descargas primarias de alegría o rabia, de otras más conscientes (agrado o desagrado). Frued distingue entre sentimiento de cuylpabilidad (más afectivo) y conciencia de culpabilidad (más cognitivo). El remordimiento es un sentimiento de culpa que tiene muy claro el objeto de la falta cometida, y no es genérico y difuso.

Esta angustia no reconocida por la conciencia como derivada de la culpa se expresa como un malestar, un descontento que se trata de atribuir a otras motivaciones. Es el malestar propio de la cultura. Freud estudió más los sentimientos de culpabilidad inconsciente de los neuróticos que el sentimiento de culpabilidad normal de las personas sanas. Por eso presenta como normal (o más frecuente= lo que en realidad es anormal y menos frecuente.

En resumen. Para Freud el sentimiento de culpa proviene de la energía agresiva reprimida. Al no poder descargarse hacia afuera, se internaliza, pasando a formar parte del superyó, que castiga al yo con sentimientos de culpa. Son las privaciones impuestas por el padre o por la autoridad las que provocan las reacciones agresivas del hijo. El que evita que lagresividad se descargue contra el padre es el yo, empujado por el eros. Pero esa agresividad remansada se vuelve contra el propio yo. Es el amor el que detecta en el remordimiento el daño causado o deseado contra el padre, constituyendo por identificación con el mismo padre el superyó

El yo detect el primer remordimiento o sentimiento de culpa porque est dotado de una disposición moral que le indica si la conducta es o no acorde con el amor..
3

Los conductistas. Del control externo al autocontrol.
Para los conductistas la sensación personal de ser libre y responsable es una falsa ilusión. El hombre se cree libre porque, según él, puede escapar de estímulos aversivos y ser digno de premios. La conducta moral, como cualquier otra, depende totalmente del exterior at. La sociedad ejerce control sobre la conducta de los individuos mediante el condicionamiento emocional y el refuerzo social. Los habitantes se creen libres, pero en realidad su conducta está determinada y dirigida por controladores que hacen que quieran precisamente lo mejor para ellos y para la comunidad.

Un representante del conductismo es Skinner en Walden Dos. Los plankificadores de la ciudad han diseñado los refuerzos para que los ciudadanos se comporten bien. Un trangresor delos códigos necesita tratamiento, no castigo.

En el modelado de la conducta mediante técnicas conductistas se eliminan las emociones mo­lestas, que desgastan, como los sentimientos de culpa, que son además irracionales. Son efectos secundarios infortunados del castigo.

La técnica más usada por la sociedad para modelar las condcutas es el castigo que administra un estímulo aversivo o suprime un refuerzo positivo. Pero Skinner limita su eficacia. El estímulo aversivo hace desaparecer la respuesta indeseable, pero surgen reacciones emocionales con­dicionadas que no favorecen otro tipo de respuestas deseadas. Al desaparecer el estímulo aversivo puede retornar la conducta castigada.

Más eficaces son las técnicas del aprendizaje y la extinción. Se pueden cambiar las circunstancias que ocasionan la conducta inapropiada, se pueden reforzar conductas incompatibles con aquella y se puede dejar de reforzar (extinción) aquel comportamiento que queremos que desparezca. Pensemos como ejemplo las técnicas para que alguien deje de fumar.

Más que el autocontrol es la sociedad o el grupo los que imponen el control: el gobierno, la ley, el terapeuta, la familia, la econocmía, la educación y la religión. La conducta es tachada de mala y recibe sanciones éticas (vergüenza), o de ilegal y recibe castigo por parte de las autoridades civiles.

Pero el excesivo control y la excdesiva culpabilización provoca subproductos perjudiciales tanto para el individuo como para el grupo. La psicoterapia intenta suprimir los cambios de conducta debidos a castigos excesivos desde instancias religiosas, familiares o religiosas. Debilitará la aversión hacia conductas pecaminosas y hará que la psicoterapia sea tildada de inmoral.

Pero ¿quién determina hasta dónde los sentimientos de culpabilidad son normales o útiles, y cuándo empiezan a ser enfermizos o perjudiciales? Los conductistas suprimen cualquier consideración de valores objetivos.

La culpa, un distintivo humano
No parece suficiente la explicación de la psicología del aprendizaje que condiciona toda conducta moral a los términos de refuerzo y castigo. Tampoco parece suficiente la reducción que hace el psicoanálisis del sentimiento de culpa a un meca­nismo de represión para domesticación de los instintos en favor del progreso cultural de la humanidad.

Ni siquiera la aclaración de que la culpa surge de la rela­ción con los otros2 basta para explicar la capacidad del hombre para experimentar culpa. Ciertamente que no hay culpa sin los otros, pero eso no explica esa capacidad. Lo que distingue al hombre de las otras especies animales es precisamente esa posibilidad de valorar la vida en términos de significado moral y no sólo en términos de refuerzo, de placer o de mera adaptación social.

Desde la antigüedad, ya Aristóteles había planteado la antinomia entre organismo {physis) y ética (ethos). Y durante siglos la cultura occidental basó su concepción del hombre en esa distinción aristotélica, aceptando que la mera existencia no satisface al hombre, cuya plenitud está en vivir de acuer­do a una racionalidad o actividad intelectual que supera el ser biológico, marcando pautas de desarrollo según un deber ser.

Una persona que se limitase a subsistir sin más, sería un engendro de ser, una ruina humana descontrolada.

Entre el deseo orgánico (subsistencia) y las exigencias del ethos hay una diferencia que el hombre debe superar con su propio esfuerzo racional. La biología no lo consigue por sí sola y el hombre debe echar mano de la razón, la cual consti­tuye la característica diferencial y fundamental de su existen­cia. El deseo, la necesidad biológica, el impulso o como se le quiera designar, están sometidos al control racional.

Freud, y antes Schopenhauer y Nietzsche, invierten esta concepción aristotélica, fundamentando todo lo humano en el deseo.

Del ello se origina el pensamiento, la ética y la cultura. El objetivo del vivir es el placer. Pero mientras para Aristóteles el placer coincidía con la consecución de la plenitud racional, para Freud el placer es la satisfacción del deseo orgánico con el mínimo sentimiento de culpa. Según Aristóteles, el hombre entregado al placer orgánico queda impedido para desarro­llar su actividad intelectual y resulta un ser inacabado y rui­noso. Según Freud, el hombre controlado y reprimido pierde en gran parte sus posibilidades de placer y acaba neurótico.

Ambas concepciones plantean un conflicto entre physis y ethos. La primera ve la solución en la primacía de la razón. La visión freudiana fundamenta la existencia del hombre en el deseo.

La eterna lucha entre natura y cultura refleja la disarmonía interior de esta especie zoológica racional.

La psicología humanista, al estilo de Fromm, mantiene también la primacía del ethos en su búsqueda de perfección. La psicología del aprendizaje y, en general, la psicología cien­tífica, prescinde del problema y se fija sólo en el comporta­miento observable humano. Ello supone una reducción del hombre a la dimensión "física", mayor si cabe que la del psi­coanálisis. La conceptualización del comportamiento moral que hace la psicología científica, en su afán por obviar la filo­sofía, adolece de una pobreza notoria.

La vergüenza o el pudor aristotélicos como sentimientos que ayudan a alcanzar la virtud, la templanza, la prudencia o el control no tienen cabida en su esquema "físico". Los con­ceptos de honra y deshonra, ligados a buena conciencia o cul­pabilidad, quedan reducidos a meras conexiones.

Jung ha sido uno de los que mejor han sabido explicar las antinomias entre mente y cuerpo, entre deseos terrenales y aspiraciones espirituales, aceptando la estructura contradicto­ria del animal racional. El hombre es una personalidad in fieri, es decir, en continuo cambio, que se está haciendo progresi­vamente. Su vida tiende a la integración como a una meta, buscando la unidad, la autorrealización, la famosa unión de los contrarios.

El sentimiento de culpa es para Jung una experiencia de dicha contradicción del alma humana que conoce el bien y el mal. La conciencia es la encargada de hacer conscientes las antinomias. Y aunque lo característico de Jung es la impor­tancia que da a la conciencia de la culpa, a la mala conciencia, al sentimiento de culpa, verdadero veneno consustancial al hombre desde que Prometeo le entregó el fuego de la razón, la base de todo progreso está para él en ir salvando los diferen­tes conflictos. Sin contradicción no hay vida humana. Se avanza en la medida en que se va superando, mediante sínte­sis, el dualismo del ser con deseos de barro y empujes de espí­ritu. De esta manera se alcanza una conciencia más elevada, que aspira a la unidad superior, a la luz auténtica del Olimpo.

La experiencia del bien y del mal dificulta la existencia con un sufrimiento ineludible. La capacidad de valorar la conducta con categorías morales y sufrir por ello (sentimientos de culpa) es esencial al hombre.

En este sentido, el sentimiento de culpa pertenece a lo que se ha llamado dolor psicológico, en contraposición al dolor físi­co. Hasta los mismos psicólogos del aprendizaje aceptan este dolor provocado por un estímulo incondicionado frustrante y que en modo alguno recompensa, aunque ellos lo extienden también a los animales. Esta idea la recoge Cordero, cuando afirma que "lo que el dolor es al organismo, el sentimiento de culpa es al psiquismo".

Sin embargo, podemos precisar que el dolor psicológico o el dolor originado por las frustraciones es más amplio que el sen­timiento de culpa. Dolor psicológico siente la persona que ha perdido a un ser querido o el hombre burlado por su mujer, pero ninguno de los dos tiene por qué sentir culpa, a no ser que tales hechos sean consecuencia de algún comportamiento suyo moralmente no correcto. La culpa tiene como diferencia específica de cualquier otro dolor psicológico la referencia imprescindible a una valoración moral de la propia conducta.


  1. Concepto de culpa

El punto de partida para aproximarnos a una definición de culpabilidad es el presupuesto filosófico ya enunciado de que el hombre es un ser moral, capaz de sentir el bien y el mal. El hombre goza y sufre con ese fuego robado a los dioses que le ilumina su acción, valorando lo bueno y lo malo. No puede renunciar a él, por muy molesto que le resulte. No vale envidiar a otros seres de la naturaleza como lo hacía el poeta: "Dichoso el árbol apenas sensitivo y más aún la piedra porque ésta ya no siente". La especie humana tiene que cargar con esa ins­tancia reguladora, correctora, estimativa, con esa capacidad moral que hasta le permite ser inhumano, tal como lo dice Augusto Hortal:

"El pez no puede dejar de ser pez sin dejar de existir, ni el árbol puede dejar de ser árbol; es un raro privilegio del hom­bre poder ser inhumano sin dejar de ser miembro de la espe­cie homo sapiens"

Supuesta, pues, esta exclusiva habilidad humana de sen­tir y conocer la rectitud del rumbo de la vida, y después de haber repasado opiniones de diferentes corrientes y de dis­tintos autores, aceptamos, por nuestra parte, la siguiente defi­nición de culpa:

Desde el punto de vista psicológico, la culpa es funda­mentalmente una valoración, cognitiva y afectiva, de com­portamientos, cuando éstos no están de acuerdo con una determinada escala de valores morales.

Pero en ella influyen diversas variables, anteriores y poste­riores (anticipadas), externas y subjetivas, cognitivas y emociona­les. Todas ellas intervienen en ese proceso denominado culpa.Para su estudio conviene descomponer aquí conceptualmen­te una secuencia de la vida psíquica que, en realidad, tiene carácter unitario e implica a toda la persona. Enfocar con más interés algún componente, dejando los demás en segundo plano, es cuestión intencionada de destacar algo como figura, mientras el resto queda como telón de fondo.

Esta división lógica quiere ayudar a comprender este concepto multidimensional que es la culpa. Son muchos los elementos que lo configuran, tanto por los influjos anteriores (objeto, gravedad de la transgresión, castigos experimenta­dos anteriormente, estilo de educación, ambiente cultural, valores en uso dentro de su grupo) como por los rasgos per­sonales del culpable (predominio del pensamiento o de la afectividad, fortaleza o debilidad del yo, autoestima alta o baja) y por los hábitos o repertorio de conductas ulteriores con diferente probabilidad de que se repitan (confesión, penitencia, reparación, cambio de actitudes, huida y otros mecanismos de defensa con los que aliviar el desagrado de tal sentimiento).

La culpa, considerada como una secuencia en la que inter­vienen todos esos elementos, podría, por tanto, esquemati­zarse tal como aparece en el gráfico de la página siguiente.

Además de las variables estimulares (antecedentes que recogen todas las experiencias del sujeto y las peculiaridades que rodean la transgresión), cognitivas (juicio moral), afectivas (sentimiento de culpa) y comportamentales (acciones ulteriores), aparece en el esquema total la predisposición a sentir culpa, que puede considerarse como variable actitudinal.

Se puede considerar como un rasgo de personalidad.

Es una característica que puede diferenciar a unas perso­nas de otras. Ante las mismas situaciones, unos tienden a sen­tirse culpables, mientras otros quedan imperturbables, tranquilos y sin ninguna angustia.

La predisposición personal a sentir culpa es, a su vez, resul­tado de muchas influencias. Por un lado, la constitución y los rasgos personales del sujeto y, por otro, los aprendizajes ante­riores y las situaciones vividas y actuales.


ANTECEDENTES



transgresión

amenazas de castigo

experiencias

personales

anteriores

aprendizaje individual

influencias

socio-culturales


puede anticiparse

LA CULPA PROPIAMENTE DICHA

  1. juicio o valoración cognitiva




  1. Sentimiento de culpa o valoración afectiva que se manifiesta a través de:

  1. experiencia subjetiva y sus verbalizaciones

  2. reacciones fisiológicas

  3. expresiones motoras

f C


Predisposición personal a sentir culpa

COMPORTAMIENTOS

ULTERIORES

confesión

reparación

cambio de actitudes

propósitos

negación

huida

otros mecanismos de defensa


puede continuar con o sin acciones ulteriores

La persona que sufre sentimientos de culpa experimenta al mismo tiempo otras emociones y es que es difícil que se dé una emoción en exclusiva. La vida psíquica es multiforme y en su horizonte están presentes muchos objetos actuales (Freud decía que actual es lo que está actuando), que provocan distintas reacciones emocionales.

Es frecuente, por tanto, que la culpa vaya acompañada de angustia, de inseguridad, de inestabilidad emocional, de sen­timientos de dependencia, de vergüenza y de otros afectos relacionados con ella.

En una perspectiva de profundidad (Lersch), la culpa puede vivenciarse desde la vitalidad que se ve implicada (miedo al castigo), desde el yo individual que se siente amena­zado (vergüenza) o en relación con los otros (emociones tran­sitivas o yo social) como auténtica culpa, sentida al haber fallado ante ellos o por haberles causado un daño, e incluso experimentando como un dolor personal por no haber actua­do de acuerdo a los valores morales superiores.

Son, pues, muchos los componentes que configuran la culpa y el mismo sentimiento de culpa como fenómeno psí­quico.

Para delimitar mejor este concepto de culpa, es decir, para distinguir con mayor claridad lo característico de esta emo­ción, puede ayudamos la comparación con algunas variables que se relacionan y, a veces, hasta se mezclan con ella.


  1. La vergüenza es visual y la culpa auditiva

La vergüenza fue considerada como la Cenicienta de las emociones desagradables, por haber sido menos estudiada que otras.

Se suele emparentar la vergüenza con la culpa, aunque se relaciona específicamente con la identidad en general y está más próxima a las manifestaciones fisiológicas (ruborizarse, por ejemplo) que la culpa.

Darwin afirmó que el ruborizarse es la más humana de las expresiones emocionales. Y la razón de ello está en que la ver­güenza expresada en el sonrojarse, supone una atención del sujeto hacia sí mismo como elemento fundamental.

No parece suficiente esta característica para diferenciarla de la culpa. Tompkins identifica, en cuanto afectos, vergüenza y culpa, aunque ésta hace referencia a una transgresión moral y aquélla se relaciona con un sentimiento de inferioridad. Sus causas y consecuencias son distintas.

La vergüenza que se origina en el pudor, en el rubor y en la sensación de inferioridad ante otros, tiene siempre como punto de referencia la mirada ajena que nos hace objeto de su valoración (no siempre moral).

La vergüenza nos devuelve, a través del otro, una valora­ción de nosotros mismos. Si esa valoración es moral, la ver­güenza es al mismo tiempo culpa. Por eso, en muchas ocasiones no se distinguen estas dos emociones y aparece la culpa como una subdivisión de la vergüenza. Izard reconoce nueve emociones fundamentales, pero de la vergüenza y culpa hace una sola. Para este autor los comportamientos emocionales de ambas son análogos.

Para el psicoanálisis la culpa se origina por los reproches que vienen del superyó, mientras que la vergüenza es miedo al ridículo o sentimiento por no realizar el ideal del yo.

Erikson distingue también la vergüenza de la culpa, sien­do la primera una característica del segundo estadio de la evolución del niño "Autonomía versus vergüenza y duda". Insis­te en la mirada de los otros, en la vergüenza visual, anterior a la culpa auditiva que es más interior y solitaria. Y solamente en el tercer estadio incluye la culpa como opuesta a la inicia­tiva y como resultado de la fase edípica en la que se forma el superyó.

Por ser más visual, cuesta más verbalizar el sentimiento de vergüenza. No se encuentran las palabras para describir lo que uno siente al ruborizarse. La vergüenza es de naturaleza no verbal. Ciertas reacciones raras de algunos pacientes (agi­tación, nerviosismo, ojos dirigidos hacia el suelo e incluso algún arrebato desproporcionado y amargo de ira o furor al recordar un acontecimiento interpersonal negativo) pueden manifestar sentimientos de vergüenza no confesables por falta de palabras adecuadas.

Lersch9 clasifica la vergüenza entre las emociones de la tendencias a la autoestima. Subordinada a éstas está la viven­cia de inferioridad. Lo que está en juego en estas emociones es la necesidad de autovaloración. La vergüenza queda así como una forma especial de la vivencia de inferioridad. Son los otros los que nos devalúan, aunque seamos nosotros mis­mos los que experimentemos la falta de prestigio, de autoes­tima. La vergüenza hace referencia siempre a los otros y el comportamiento o gesto emocional de la vergüenza es el ocultarse ("Tierra trágame").

La culpa puede incluir, como queda dicho, sentimientos de vergüenza, puesto que una devaluación moral es también motivo para avergonzarse delante de los demás, pero tiene como característica propia el referirse siempre a valores morales.

En sus manifestaciones más evolucionadas, la culpa se refiere al valor de uno mismo y no sólo a las consecuencias de la transgresión y a lo que los demás puedan pensar.

El mismo Lersch recoge las diferencias que señaló Scho- penhauer. El culpable con un arrepentimiento profundo no dice "\Oh, qué he hechol", sino "¡Oh, qué clase de hombre debo ser para haber podido hacer tal cosa!". Pero en estadios más primiti­vos la culpa y la vergüenza se entremezclan y es más difícil diferenciarlas.

Culturalmente parecen existir pueblos culpables y pue­blos vergonzosos. Entre los primeros estarían los pertene­cientes a las civilizaciones judeo-cristianas y entre los segundos, los japoneses.11

Dodds estudió en la historia griega el paso de una cultura dominada por la vergüenza a una dominada por la culpa. Señala, que Homero vivió en una sociedad (siglos X y IX antes de Cristo) con predominio de la vergüenza. Sólo más tarde (siglos VI y V) floreció la cultura de la culpa.

Levy ha analizado algunas emociones en habitantes de Tahití y ha hallado que para aquellas gentes la vergüenza es una emoción superconcienciada, mientras que la culpa resul­ta subconcienciada. Para la primera tienen una sensibilidad especial, manifestada en un elaborado sistema de nombres, clasificaciones y doctrinas. La culpa, sin embargo, les turba menos y para ella apenas tienen vocabulario.

Por lo tanto, la vergüenza, al igual que la culpa, es fruto no sólo de las diferentes predisposiciones individuales, sino también de las condiciones sociales y culturales en que se desenvuelve el sujeto.


  1. No hay culpa sin los otros

La culpa no es un fenómeno privado que pueda enten­derse, ni en su origen ni en su desarrollo, sin referencia a los otros. Esto es claro ya desde la primitiva experiencia de la culpa como mancha, vivida en relación a la tribu o al clan. E igualmente cierto en el hombre evolucionado que alcanza el concepto de justicia, justicia que sólo cabe en relación a una comunidad.

Si alguien ha insistido en este aspecto social de la culpa, ése ha sido Carlos Castilla del Pino en su exposición personal, mitad psicoanalista, mitad marxista, de la culpa,

Para Castilla del Pino el hombre se realiza actuando sobre su entorno con intención de cambiarlo. Como consecuencia, el hombre es lo que hace. La valoración de esta acción proce­de siempre de los otros. Los juicios de valor son prestaciones del medio. El sentimiento de culpa, aunque vivido en la esfera personal, acontece ciertamente en su relación con los otros.

Esta apertura a la relación dialéctica con el entorno (mundo físico) y con el contorno (hombres) trata de ensan­char el "solipsismo personalista" en el que han caído, según Castilla del Pino, todos los que han estudiado la culpa psico- analíticamente.

La relación dialéctica del hombre con lo que le rodea puede definirse como hacer y el hombre es quien hace-para-otros.

La culpa señala con el dedo a la persona si su hacer sigue los afanes egoístas (tendencia egotista) o la libera si se intere­sa por los demás (tendencia nosistra). El que vive sólo para sí es evidente que tendrá sentimientos de culpa. La función de tales sentimientos es precisamente regular la vida o el hacer, que es lo mismo, evitando el egoismo. "El origen de la culpa es, por tanto, social’’12.

Cuando se habla de culpa, se hace referencia a otro o a otros. La culpa se mueve siempre en el terreno de los valores y aparece cuando se conculca algún valor. Los valores surgen en la esfera social. La consecuencia es que son los otros los que valoran lo que hacemos. Son los otros los que dictaminan el signo de nuestras acciones. La internalización de las nor­mas externas puede hacer creer que la conciencia y los senti­mientos de culpa son atributos personales con los que uno nace, cuando en realidad son convenciones sociales.

No vamos a entrar en la discusión de estas tesis defendi­das por Castilla del Pino. Desde el punto de vista psicológico no se puede determinar el origen de la moral y, por tanto, del sentimiento de culpa. Aceptamos simplemente que se trata de un fenómeno universal que se da en todas las razas y cul­turas.

Siguiendo el mismo razonamiento de Castilla del Pino, si el hombre es y la persona se hace13, la persona es el resultado de unas disposiciones, posibilidades, dotaciones o como quie­ra llamárselas, que se desarrollan en un ambiente.

Por lo tanto, si el hombre no es portador de principios morales absolutos, sí es portador de disposiciones (capacidad de sentir, de comprender y de valorar la relación con los otros, es decir, capacidad de enjuiciar y sentir la vida moralmente). Sin esa capacidad, la vida humana no tendría dimensión ética.


  1. ¿De la culpa colectiva a la individual?

Aquí la pregunta que nos interesa no es la filosófica sobre el origen o causa del sentimiento de culpabilidad, sino otra más cercana a la psicología, sobre la evolución, o mejor, sobre la dirección que sigue la evolución del sentimiento de culpa en el continuo personal-interpersonal.

Al principio aparece el miedo a la autoridad externa, la conciencia autoritaria (Fromm), el egoísmo reprimido (Freud), el nivel preconvencional regido por las consecuen­cias de castigo o satisfacción de las propias necesidades (Kohlberg), la moral heterónoma (Piaget). Estas primeras eta­pas centradas en el egoísmo y regidas por criterios externos van siendo superadas progresivamente en un movimiento de interiorización hasta asumir características mucho más indivi­duales, donde el criterio es la persona misma con sus princi­pios éticos universales (Kohlberg), su moral autónoma (Piaget) su conciencia humanista o "voz interior, presente en todo ser humano e independiente de sanciones y recompensas exter-

ñas" (Fromm). De la mancha colectiva y cuasi física experi­mentada por el hombre primitivo se pasa a la culpabilidad psicológica, donde el criterio es el propio individuo que se ve obligado a marcar el camino, sea a favor o en contra de las "convenciones sociales".

¿Es correcta esta evolución desde el polo externo, domi­nado por los otros (autoridad paterna, maestros, costumbres, leyes, etc.) hacia el polo interior, capaz de iluminarse a sí mismo, universal si es auténtico, solitario si ha avanzado más rápido que el grupo a que pertenece?

El mismo Castilla del Pino reconoce14 que se necesita una gran seguridad y madurez personales para salirse de las nor­mas establecidas, para dejar de "sujetarse" a las convenciones sociales:

Es cuestión, por tanto, de madurez personal que puede evolucionar más deprisa que el contexto histórico y que, en último término, es aceptada como criterio válido de compor­tamiento.

Efectivamente, parece existir en nuestra cultura actual una tendencia hacia lo individual absoluto. Salvador Pániker (1986) aboga por una religión a la medida, "una religión sin sen­timiento de culpa ni utopía social", experiencia en libertad, para recuperar la espontaneidad originaria.

La meta del hombre actual está en la autonomía, en la inde­pendencia total.

Carlos Díaz ha visto la imposibilidad de avanzar en solita­rio, prescindiendo de normas y compañeros de viaje. En su libro Contra Prometeo critica la osadía del Titán que se enfren­ta a Júpiter y a sus mandatos.

Wyss insiste en la necesidad de la relación yo-tú para poder progresar moralmente.

Dependemos de los demás. La relación dialéctica del hombre con sus semejantes exige mantener los dos polos, el individual y el interpersonal. La persona no puede ser crite­rio único de sí misma. Parece claro que no hay sentimientos de culpa sin los otros.

A este propósito, Ricoeur trae a la memoria la historia que Natán cuenta a David en el capítulo doce del Segundo Libro de Samuel:

David se pone furioso contra el hombre rico que, teniendo muchas ovejas y bueyes, robó a un pobre la única cordera que tenía y con ella convidó a un huésped que le visitaba.

"¡Vive Dios! - exclamó David - que el que ha hecho eso es reo de muerte. Pagará cuatro veces el valor de la cordera”.

Y eso era justamente lo que había hecho el mismo rey Da­vid. Había dado orden de que pusieran a Urías, el hitita, en la primera línea de batalla donde le pudieran matar.

Una vez muerto, se quedó con su mujer.

Pero David no es capaz de reconocer ni sentir su culpa hasta que Natán le hace ver que es precisamente él, el rey, quien ha pecado. De lo cual concluye Ricoeur que se necesita al otro para poder ejercitar la capacidad de autoevaluación y, sobre todo, la capacidad de sentir.

También Gorres recuerda el caso de Pedro:

Después de haber renegado de Jesús, "cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro". Ese "dejarse mirar por otra perso­na" es lo que hizo que Pedro, saliendo fuera, rompiera a llo­rar amargamente.

Si uno no puede ser criterio absoluto del juicio moral, tampoco parece posible que pueda tener sentimientos sin la colaboración de los demás. Hay una culpabilidad sana que nace de nuestra relación afectiva con los que nos rodean y que nos es necesaria. El problema está en determinar las proporciones de la dimensión yo-los otros.


  1. Culpa y angustia

En el escenario de nuestro acontecer psíquico están pre­sentes, a la vez, muchas emociones, pensamientos, sensacio­nes, que van y vienen, que ocupan el primer plano o que se quedan retirados entre bambalinas. Es raro que nuestra aten­

ción elimine todo lo menos importante para fijarse exclusiva­mente en un solo contenido. En cualquier momento de nues­tra vida despierta tenemos en la cabeza mil cosas, experimentamos sentimientos mezclados y atendemos a sen­saciones y percepciones de diferente signo.

El horizonte de nuestra vivencia es amplio, más amplio que el mero aspecto emocional. E incluso en los sentimientos podemos experimentar vibraciones que afectan a distintas partes de nuestra vida orgánica, de nuestra vida individual como personas o de nuestra vida social como pertenecientes a una comunidad.

Nada impide, pues, que en un momento dado, sean varias las emociones que con-mueven al sujeto, por más que alguna de ellas adquiera valor de primer plano y aparezca en la consciencia como afectando todo el curso de la vida anímica.

Muchos teóricos consideran poco probable que se den emociones químicamente puras, como el miedo puro o la culpa pura y esto, no sólo en la vida real, pero ni siquiera en el laboratorio.

También parece clara la existencia de emociones comple­jas, como la ansiedad, la depresión, el amor, el odio, que esta­rían compuestas por dos o más emociones fundamentales.

Concretamente la ansiedad (Izard) incluye siempre miedo y además según las ocasiones, malestar, vergüenza (culpa y timidez), temor, o incluso una emoción positiva como el inte­rés.

Ya antes, algunos habían comprobado en sus investigacio­nes que la culpa es un componente de la ansiedad. Sullivan (1953) encontró que la ansiedad en los adultos es una emo­ción compleja y derivada de otras emociones básicas, entre las que se halla la culpa. Sarason y sus colaboradores (1960) observaron mediante tests, en niños de la escuela elemental, que sus experiencias de ansiedad implicaban miedo, ver­güenza, culpa y malestar.

Esta mezcla entre culpa y ansiedad hace que la opinión corriente de la gente no distinga claramente entre estas dos emociones. Así lo demostró un estudio de Davitz (1969). Su método consistía en presentar una lista con descripciones de diferentes emociones y una serie de nombres de emociones. La tarea de los sujetos se reducía a elegir los items que mejor iban con cada emoción. A la ansiedad se le adscribieron expresiones de cambios físicos, como, por ejemplo, "estoy exci­tado interiormente" o "todo mi cuerpo está tenso", mientras que la culpa y la vergüenza venían retratadas con expresiones donde el pensamiento tenía un papel preponderante sobre la sensación física ("Me hago reproches a mí mismo", "Me enfurez­co conmigo mismo"), sin que faltaran las tensiones físicas.

Wright, al citar este estudio de Davitz, saca la conclusión de que la opinión vulgar no distingue muy bien entre ansie­dad y culpa, si se exceptúa esa asociación de la culpa a un cierto tipo de pensamiento.

Izard (1972) también comprobó que la gente confunde situaciones y causas de ansiedad con otras de culpa, miedo o malestar. Este solapamiento refuerza su idea de que la ansie­dad es una combinación de emociones.

Los teóricos del aprendizaje opinan que la ansiedad que sigue a la transgresión ha sido condicionada al pensamiento de haber transgredido y que conductas, como la confesión, la reparación, el autocastigo, van encaminadas a aliviar esa ansiedad.

Freud aseguraba que "el sentimiento de culpa no es, en el fondo, más que una variante topográfica de la angustia, y que en las fases ulteriores coincide por completo con el miedo al superyó".

La angustia nace como "reacción al peligro de la pérdida del objeto". El objeto exterior y la instancia que con él se relaciona cambian el nombre de la emoción:

Se siente angustia ante un objeto (miedo a los perros).

Se siente angustia social (vergüenza de llevar manchas en el vestido).

Se siente angustia moral (culpa de haber odiado).

Para Melanie Klein la angustia persecutoria nace del miedo que experimenta un niño a ser aniquilado por sus pro­pia fantasías agresivas. Su yo rudimentario infantil se defien­de de esos impulsos sádicos con sentimientos de culpa.

Estos primeros sentimientos de culpa no se diferencian mucho en un principio de la angustia persecutoria. Son más bien miedo al castigo por el mal hecho (real o supuestamen­te). Poco a poco, al final de la fase sádico anal, cuando el niño ha formado suficientemente el superyó, es ya capaz de expe­rimentar culpa depresiva, que ya es menos miedo, y que sirve al yo como mecanismo de defensa para reprimir la propia agresividad. Esa culpabilidad es más dolor por el daño cau­sado a la persona amada.

Al principio es difícil diferenciar angustia y culpa. Después, en el transcurso de la vida, los dos sentimientos se independi­zan, pero continúan solapándose y siguen hermanados. Cuan­do más cercano al ello, el sentimiento de culpa es más miedo o angustia. Cuanto más unido al yo desarrollado, más culpabili­dad verdadera expresa (conflicto entre el yo y el superyó).

En el 26 PF, conocido cuestionario de Cattell para medir la personalidad, se obtienen datos sobre la ansiedad a base de otros rasgos más concretos como, por ejemplo:

Inestabilidad emocional

Falta de confianza en sí mismo

Culpabilidad

Autoconflicto

Sobreexcitación.

Para Cattell, por tanto, la ansiedad es una emoción com­puesta de otras varias que están ahí presentes y fijas.

Izard no acepta la opinión de Cattell y defiende que la ansiedad es una combinación inestable y cambiante de emo­ciones fundamentales que interactúan entre sí, las cuales pueden considerarse rasgos de primer orden, pero no fijos. En un estudio con su escala DES (Differential Emotions Scale) y el cuestionario de ansiedad STAP0, demuestra que la culpa es una de las tres emociones (junto con el miedo y el malestar)


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