Hacia una catequesis inculturada



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Y en la práctica?
Teóricamente, nadie discute la exigencia del cristocentrismo para la catequesis cristiana. Sin embargo, ¿podemos decir que esto se verifica, en la práctica, en nuestro continente?
Hace pocos años, Víctor Codina señaló la dicotomía existente entre el credo oficial y el del pueblo. El pueblo no niega la fe oficial; pero se constata un distanciamiento que crece en la medida en que la Iglesia aumenta oficialmente su acervo doctrinal. Codina habla de un monoteísmo no trinitario; de cierto monofisismo en la cristología; ausencia de pneumatología; cierto monofisismo eclesiológico; una escatología que no tiene como centro la resurrección de la carne. El eje de esta problemática está en una constatación que ninguno de nosotros discutirá; «en la dogmática popular el centro es ocupado por María».
Dejemos para el Tercer Tema de esta Semana el análisis y las tareas que semejante constatación nos incumbe, en términos de inculturación. Por el momento, limitémonos a señalarlo como urgencia a ser discutida y prueba de que la centralidad de Cristo en el mensaje de la catequesis no es mera cuestión teórica.
5. JESUS, EL MODELO PARA LA CATEQUESIS INCULTURADA
Perspectiva
Cuadro de referencia no nos falta en nuestra catequesis. El problema son los intereses que condicionan nuestra lectura de este referencial.
Nosotros, por nuestros estudios, modo de hablar, vestir y comer, ocupamos en la sociedad una posición opuesta a la que Jesús ocupó: somos del grupo hegemónico. Jesús no: por su modo de vivir, hablar, vestir y comer, contestaba tal grupo.
Nuestro tipo de cultura puede despertar mecanismos de defensa: inducir lecturas de nuestro referencial que neutralizan su impacto. Dos ejemplos de lectura bíblica neutralizada:
 «El reino de los cielos es semejante al fermento que tomó una mujer y lo metió en tres medidas de harina ...» (Mt 13,33). Entendemos el mensaje: “el fermento, aun siendo poco, tiene fuerza para fermentar toda la masa; ¿por qué?”. Cierto. Pero, olvidamos elementos importantes: para los judíos de entonces, «fermento» tenía una connotación negativa, de corrupción, de impropio para lo sagrado. Este fermento es «escondido» en la masa. Exactamente como la sociedad miraba el movimiento de Jesús: a los ojos de los grupos hegemónicos él solamente molestaba soterradamente.
 ¿Y el célebre grano de mostaza que se transforma en árbol, donde las aves pueden hacer sus nidos (Mc 4,30-32)? Para el gran terrateniente, todo esto representa perjuicio: la mostaza, sea cual fuera su especie se multiplica con facilidad y acaba con las plantas más útiles; y después aún se presentan los pajaritos, otra plaga para la plantación. Desde el punto de vista de los poderosos, el Reino de Dios es esto; y lo peor es que no hay como librarse de él!
Y el pueblo sencillo que escuchaba estas cosas, las entendía muy bien; y ciertamente echaban risas de aprobación y de alegría. ¿Y nosotros? Hoy, fermento y mostaza pueden ser los indígenas, los negros o ciertos grupos que llamamos de «sectas» (no me refiero a todas). ¿Quién tiene miedo de ellos y de su fuerza reproductiva?
Tocamos aquí una cuestión típicamente cultural: al encarar cualquier realidad, incluso ésta de la encarnación/inculturación, filtramos ideológicamente lo que nos interesa. Ahora, queremos que nuestros intereses sean cristianos, animados por el Espíritu de nuestro Maestro. Veamos algunos aspectos de la cuestión.
Jesús modelo ‑ ¿en qué?


  1. Habiéndose identificado con el sector más vulnerable de la sociedad, Jesús no esperó que los sufrientes vinieran hasta él: se desplazó al medio de ellos. Miró, escuchó, sintió sus problemas y anhelos. Como ellos, fue víctima de prejuicios y persecución.




  1. Dentro de una fidelidad sustancial a su religión, Jesús relativizó prácticas y hasta instituciones consideradas importantes por el judaísmo oficial. Con esto solapó la oficialización de la cultura hegemónica como la cultura; reconoció el derecho de los «otros» a expresiones religiosas inculturadas, respetando la unidad de la fe.




  1. En este su discernimiento, Jesús presentó una postura abierta y libre. El NT habla de su «parusía» (Mc 8,32; Jo 7,4.13.26 etc), mezcla de franqueza, transparencia, coraje de hablar.




  1. Tuvo compasión de las masas “sobrantes”. Pero no se quedó en eso. Valoró a los pequeños. Recogió las pepitas de sabiduría, de espiritualidad y los teologúmenos tan abundantes en su cultura. Estimuló su reflexión, sentido común, creatividad, disponibilidad. Les devolvió el sentido de su dignidad. Con hechos y palabras demostró que en el reino de Dios ellos no son los últimos: son los primeros, el punto de referencia. En este terreno tan bien trabajado, sembró las semillas del Evangelio.

¿Y los que están bien situados? Jesús no los excluyó de la Buena Nueva. Pero para oírla, y aceptarla como buena, era necesario primero dar una media‑vuelta, realizar una «teshuvá», pasando para donde estaba Jesús y, por tanto, Dios.


La inculturación del mensaje de la catequesis hoy pasa por este mismo camino.
 Cualquiera que sea nuestro campo de actuación, el agente de pastoral hace opción por los excluidos y su causa. No se trata de que en nombre de esta opción, demonicemos la gran ciudad, la modernidad, las personas de clase media o alta. Tampoco hay que alimentar nostalgias románticas de una cristiandad rural en que todo era más fácil. Se trata de reconocer las ambigüedades de cualquier cultura; y de sembrar el Mensaje de tal modo que la gente de todas las clases y culturas se abran al Espíritu y sumen fuerzas por la causa del Reino. Esto exige empatía con el pueblo con el cual trabajamos. Si es el caso, cambio de lugar social.
Ir al otro como Jesús nos enseñó significa, de algún modo, salir de nosotros mismos. En la práctica implica revisar nuestras seguridades demasiado humanas. «Quien tiene certezas no escucha». Interesante que el judaísmo además de rechazar imágenes de Dios evita pronunciar hasta su Nombre. Es un alerta para quien juzga que «sabe» Dios, lo explica y define en una especie de «teometría».
 Parusía. Coraje y denuncias proféticas no han faltado en nuestro continente. Pero hemos experimentado que es más fácil apuntar el dedo para los otros que para nosotros mismos. Que la denuncia de yerros de la sociedad civil no nos sirva de hoja de parra para encubrir nuestras faltas intra‑eclesiales. Al mismo tiempo, que problemas clericales, de momento secundarios (celibato de los sacerdotes, ordenación de mujeres) no nos distraigan de la escandalosa exclusión de las masas marginadas de nuestra América Latina y Caribe.
 En el conjunto de la Iglesia, la cultura clerical aún es considerada expresión oficial, privilegiada, del catolicismo. En la formación de los catequistas y en la liturgia, es ésta la cultura que normalmente realimentamos. Creamos en el pueblo necesidades culturales que lo hace más dependiente de nosotros. En resumen, necesitamos evaluar severamente nuestro mantenimiento de la hegemonía clerical. De lo contrario, el viejo demonio de la colonización, una vez expulsado, volverá con siete peores que él, bajo las apariencias angelicales de inculturación, universalidad, unidad y semejantes.
 La práctica de Jesús, en su conjunto, constituye un programa de acción coherente ‑ una política definida, diríamos hoy; que ha tocado con precisión quirúrgica los puntos neurálgicos de su sociedad. Ante una estructura excluyente de las masas sin status ni bienes, puso en marcha un modelo alternativo, de fraternidad radical. Ante un sistema religioso corroído por la manipulación de los símbolos, búsqueda de prestigio, ritualismos y opresión, propuso la vuelta a lo esencial que Dios quiere: empeño por la causa del Reino y confianza en el Padre; como alma de esta práctica, una espiritualidad serena y fuerte, un «yugo ligero» una vida animada por el Espíritu.
En otras palabras: Jesús provocó y proclamó la Buena Nueva de tal manera que la sociedad, y en ella la religión, fuera tocada en su estructura. Actuó en el medio del pueblo, para ayudarlo a acoger este germen de novedad. De este modo, estimuló la inculturación de la Buena Nueva.
¿Y nosotros? En nuestra sociedad compleja, necesitamos tomar a Jesús como modelo en esto también. Poco resulta quedarse en los detalles: los contextos cambiaron. ¿Qué significa favorecer la inculturación en nuestra sociedad pluralista? ¿En las culturas tradicionales? ¿En las diversas etnias? ¿En los ambientes diversamente afectados por la modernidad? ¿Cómo enfrentar las diversas formas de idolatría moderna? ¿Cómo aprovechar las nuevas fuerzas constructivas que actúan en las Iglesias, cultos y religiones, y fuera de ellas?
Los problemas son muchos y articulados. No necesitamos solamente de acciones catequéticas acertadas, sino de verdaderas políticas catequéficas regionalizadas, elaboradas de modo profesional, sobre la importante base de sabiduría popular y de los métodos artesanales que tanto nos han hecho caminar. Sin esto, el proceso de inculturación de[ Evangelio difícilmente tendrá coherencia y continuidad. Punto importante de una política catequética es la espiritualidad de los pequeños, como Jesús nos enseñó; sin ella, la actuación catequética tendrá poco aliento.
Jesús modelo ‑ ¿de quién?
A veces se habla de inculturación del Evangelio como si fuera tarea de los agentes de pastoral. En verdad, solamente el pueblo o el grupo que vive determinada cultura podrá propiciar la inculturación. Papel de los agentes es crear condiciones y estímulo para que la inculturación se realice; les toca, por su vida y su palabra, dar testimonio de su fe, irradiar el Evangelio ‑ respetando el derecho del pueblo de ser sujeto del proceso. En esto, nuevamente, Jesús es modelo ‑ para las instituciones y para los catequistas. Comencemos por lo más difícil.
De las instituciones
A medida que un grupo crece, necesita organización para proteger su identidad. A través de una serie de dinamismos, el grupo se va institucionalizando. En la institución, distinguimos dos elementos que interactúan: la vertiente instituida, el elemento estructurado, oficial, que tiende a defender la estabilidad; y la vertiente instituyente, generalmente más ágil, dinámica, crítica. El elemento instituido proporciona al cuerpo social la solidez, orden y continuidad que necesita. El elemento instituyente es su fuente de vitalidad y renovación.

Ambos son necesarios; pero la prioridad es del instituyente..


Jesús actuó con radicalidad en la vertiente instituyente de su sociedad; animó a los pequeños y denunció los desvíos principalmente de la vertiente instituida. En la historia de la Iglesia, siempre hubo grupos y personas de la vertiente instituyente que siguieron el camino de Jesús, fomentando la inculturación. La historia de la catequesis no‑oficial en los mil años de la Edad‑Media Occidental es ejemplo de esto. También en la vertiente instituida constatamos actitudes admirables en esta línea. En América Latina y el Caribe solamente podemos agradecer a Dios por lo que vemos. Pero existen problemas y estamos aquí para encararlos de frente.
La gran pregunta es: ¿hasta qué punto nuestras instituciones eclesiásticas en meso y macro‑dimensión tienen condiciones para seguir a Jesús en su radicalidad? Se trata de la inculturación del Evangelio. Ahora, inculturación supone respeto por la cultura del pueblo o grupo donde ella se da. El Evangelio, a su vez, toca justamente el conflicto de intereses, las relaciones de poder. Por este doble motivo, la inculturación no puede ser establecida de arriba hacia abajo, programada por una institución. El proceso es lento e imprevisible. Es incompatible con autoritarismo, centralización. No se coaduna con cierta prisa pastoral preocupada en alcanzar ante todo la ortodoxia, la integridad del mensaje. Jesús respetaba los ritmos y las posibilidades del pueblo; no se incomodaba con pequeños remiendos viejos en tela nueva.
Hay puntos fundamentales que no admiten tergiversación. Cuando se niegan las señales claras del Espíritu Santo en la actuación de Jesús, él mismo advierte: «quien no está conmigo, está contra mí» (Mt 12,30). Sin embargo, cuando se trata de hacer el bien, defender la vida, expulsar el poder del mal, no seamos celosos: «quien no está contra nosotros está con nosotros» (Mc 9,40).
Promover la inculturación del Evangelio tiene, por tanto, un precio: exige de nuestra parte renunciar a actitudes y políticas incompatibles con el Evangelio y con el proceso de inculturación. ¿Estarán nuestras instituciones preparadas para esto? Tengamos la humildad y el realismo de «sentar primero y verificar» nuestras condiciones para la empresa (cf. Lc 14,28).
Existen instituidos (en general decimos «instituciones») en micro, meso y macro‑dimensión. Cuanto más amplia la dimensión, más difícil resulta para el instituido dar ciertos pasos, asumir ciertos riesgos. ¿Qué hacer?


  • Primeramente, es importante no hacernos ilusiones, no disimular. La institución admita sus limitaciones. Verifique hasta dónde logra llegar. Vea dónde está la dificultad y cómo enfrentarla: ¿por qué?, ¿quién?, ¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?, Pídase cuentas de una manera institucionalizada de lo que haya sido programado.

 

  • Los hombres de la institución no monopolicen el saber y el poder catequético. También aquí vale el principio de la subsidiaridad y sana descentralización, canonizado en el Prefacio del Código de Derecho Canónico. Papel central para encaminar la inculturación como Jesús la encaminó toca a los/las catequistas. En condiciones favorables, el «grupo de catequistas» puede funcionar como excelente vivero en este sentido. Son cristianos entregados que viven el Evangelio. Son laicas y laicos: ayudan a superar el clericalismo que sofoca la inculturación. En la gran mayoría, son jóvenes: rejuvenecen el propio proceso de inculturación en esta nuestra época de aceleración del tiempo. Los más maduros contribuyen con su experiencia, realismo y respeto con los que caminan más lentamente.

En relación a inculturación, las/los catequistas tienen dos necesidades prioritarias: formación efectivamente dentro de su cultura; y protagonismo no solamente en la ejecución sino también en la planeación y en las decisiones de la catequesis, dentro de la unidad eclesial.


No monopolizar el saber y el poder catequético significa también convivir con quien nos cuestiona: aquellos que nos dicen las verdades duras exigen de nosotros más inversión, calidad y radicalidad, no es nuestro adversario: cf. Gl 4,16! Si no inflacionamos ese esencial será más fácil estar unidos en torno a él.
 A lo largo de siglos de triunfalismo, adquirirnos un lenguaje voluntarista, idealista, que ilusiona: la voz es fuerte, pero las piernas caminan lentamente. Enunciamos buenos propósitos como si ya fueran proyectos. Resulta una pastoral hecha de buenas intenciones, que tranquiliza las conciencias y da status, pero no resuelve los problemas. Hablamos de protagonismo de los laicos y de los jóvenes, opción por los pobres, igualdad real entre hombres y mujeres, inculturación: ¿son metas? ¿Aún meros deseos? ¿0 concesiones forzadas? Nos sobran documentos exhortativos; hacen falta planeaciones comprometidas. Inculturación puede ser el nuevo nombre de «encarnación»; pero puede también ser apenas otra estratagema de «colonización». Lo que define nuestros reales objetivos no son declaraciones sino la implementación de políticas. ¿Por qué la vigilancia es tan severa en ciertas áreas de la vida de la Iglesia, y tan ausente en otras?
Todo esto exige voluntad política. En el Tercer Tema ciertamente volveremos al asunto.
De la vertiente instituyente
Cultura es estilo de vida propio y específico de un pueblo o grupo social. Por eso, la inculturación se da en ámbito de Iglesias particulares, micro‑regiones, grupos étnicos.
Por otro lado, somos católicos, unidos en la misma fe y esperanza con todas las Iglesias particulares del mundo, en unión con la Sede de Roma. Esto es básico para nuestra eclesialidad; aún más en el mundo actual tan interdependiente. Conciliar identidad y catolicidad es un desafío: la propia práctica en las bases ayudará a enfrentarlo. En estas bases, el proceso de inculturación seguramente despertará críticas a la institución. Que sean fraternas. No transformen la institución en chivo expiatorio de las deficiencias locales. Sean realistas: una Iglesia que tiene veinte siglos de camino recorrido y casi un billón de miembros no puede ser comparada sin más, al grupo radical inicial -así como el viejo árbol frondoso no. es igualito a la semilla que le dio origen. Pero insistan en hacerse oír, siempre abiertas, a su vez, a la crítica. Principalmente, procuren escuchar el Espíritu «que habló por los profetas»; sin esto, cualquier crítica es como mínimo peligrosa: tanto en las periferias como en el centro.
Que la inculturación del Evangelio en nuestro continente pueda contar con tierra acogedora, sembradores humildes y respetuosos, y sobre todos ellos la bendición de Dios, que es quien hace crecer la semilla (cf. 1 Co 3,5‑7).
PREGUNTAS:


  1. ¿Cuáles son las imágenes más corrientes de Jesucristo entre sus catequizandos?




  1. ¿Jesucristo, según es presentado en la catequesis, es percibido verdaderamente como una Buena Nueva de salvación que entusiasma a los catequizandos a seguirlo como discípulos?




  1. ¿Hay aspectos del misterio de Jesucristo que necesitan ser más acentuados?




  1. ¿Cuáles principios de inculturación pueden ser vivenciados a partir del misterio de la Encarnación?




  1. ¿Cuáles son los aspectos de Jesucristo evangelizador que deben servir de modelo para nuestra catequesis?


Aporte a la ponencia del Pbro.

Wolfgang Grüen, SDB
Pbro. Ángel Salvatierra
La ponencia del P. Wolgang Gruen, SDB, sobre “Jesucristo, centro del mensaje, es el modelo de la catequesis Inculturada” presenta perfiles muy interesantes y cuestionadores sobre el tema de estudio. En este aporte deseo resaltar algunos de los puntos de la ponencia que considero especialmente fecundos. Tomaré como referencias el documento de Santo Domingo (SD) y el de “Líneas Pastorales” (LP) de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, que es la aplicación de Santo Domingo a la Iglesia en el Ecuador. Voy a presentar mi exposición en dos apartados: 1) Jesucristo evangelizador; 2) Iglesia y evangelización inculturada.
1. JESUCRISTO EVANGELIZADOR
Un punto fundamental de la ponencia, que se extiende a lo largo de toda la exposición, es la postura de Jesucristo en favor de los excluidos de la sociedad. Hay dos detalles interesantes: Jesús no espera postura se nos dice que no solo ve la realidad desde la perspectiva de los excluidos y marginados, sino que asume su cultura. Desde esta situación social y cultural, Jesús presenta el Evangelio a todos los grupos y clases sociales. Se trata de la universalidad vivida desde una particularidad o preferencia, que nuestra Iglesia ha proclamado con la opción evangélica y preferencial por los pobres. Lo dice el documento de Líneas Pastorales con estas palabras: “En una sociedad injusta, el seguidor de Jesús se pone al lado del pobre y del débil y desde allí plantea el anuncio del Evangelio” (LP 365).
Creo importante hacer hincapié en este enfoque, pues a menudo se pone sordína a la opción por los pobres y hasta se la cuestiona, suponiendo que pondría en riesgo la universalidad del Evangelio. Desde Jesucristo evangelizador se unen universalidad y preferencia como los dos lados de una moneda. Ni una ni otra se sostienen independientemente. Para Jesucristo, el Reino de Dios es primeramente de los excluidos. Como consecuencia, nos dice el ponente, “toda pastoral es un estar entre, ser solidario con los más débiles”.
Vale resaltar la actitud misionera de Jesús de Nazaret, que no espera que los que sufren, los pobres, los excluidos y marginados se acerquen a él, sino que se coloca en medio de ellos. Santo Domingo exige llevar el Evangelio a los bautizados alejados (cfr SD 129‑131). Esta expresión puede sonar a acusación de quienes se han alejado voluntariamente del Evangelio. ¿Se puede hablar de verdadero alejamiento culpable de personas de estratos populares que se expresan por medio de la religiosidad popular, o tal vez no ha faltado, por parte de la Iglesia, anunciarles el Mensaje como sus primeros destinatarios, a ejemplo de Jesús?
Desde esta preferencia por los pobres, los débiles y los excluidos, Jesús presenta su metodología catequística. No solo ve la realidad desde la perspectiva de los excluidos y marginados, sino que asume su cultura y religiosidad. Creo que esto coincide con un compromiso de la Iglesia ecuatoriana: “El proyecto de la Iglesia ecuatoriana puede concretarse así: Evangelizar preferentemente a los pobres, con los pobres y desde los pobre” (Opciones Pastorales, 52). Al asumir la cultura de los excluidos, Jesús la valora, al hacerla canal del anuncio del Reino de Dios. Hace falta ver la realidad desde la perspectiva de los pobres; pero hay que dar un paso aún más decisivo: reconocer su potencial evangelizador (cfr DP 1147; SD 178), contar con ellos para que sean protagonistas del anuncio del Evangelio. Se requiere, por tanto, reconocer su protagonismo.
A nivel de metodología catequística hace falta recoger otros aspectos y dimensiones de la práctica de Jesús: tiene el lenguaje de los pequeños, no complica las cosas, va a lo esencial, parte de las realidades sentidas por la gente.
Podría entenderse mal el proceso de inculturación en la subcultura de los pobres y los excluidos por parte de Jesús, nos dice el ponente, si redujéramos su actuación a un mero encarnarse en ella. Con su mensaje profético, Jesús realiza una verdadera inculturación: se trata de asumir para desarrollar los valores de la cultura, por encima de sus potencialidades, y purificar las limitaciones existentes. Conviene resaltar esta exigencia de la inculturación. Por la ley del péndulo se puede pasar de una infravolaración de las culturas autóctonas y las de otros grupos marginados a una sobrevaloración de las mismas, que pondría en cuestión el derecho y el deber de anunciar el Evangelio a todos los pueblos.
Me ha parecido de especial densidad teológica y pastoral la presentación que hace el ponente sobre el sentido de la encarnación. No se trata de un evento puntual, sino de un proceso que culmina en la Pascua, esto es, en el misterio de la Muerte y la Resurrección de Jesucristo. A lo largo de toda su existencia, Jesucristo va asumiendo la carne humana en las circunstancias concretas de la vida. A través de todas ellas nos va evangelizando, siendo la muerte en la cruz la expresión última de su encarnación en el mundo de los pobres y marginados, para dar testimonio del amor de Dios a todos los hombres.
2. IGLESIA Y EVANGELIZACION INCULTURADA
A lo largo de su exposición, el ponente ofrece perspectivas muy interesantes que tocan el tema de la creación de la Iglesia en servicio de una evangelización y catequesis inculturadas. Voy a resaltar algunos aspectos.
En coherencia con la postura de Jesús, la Iglesia ‑todos sus miembros‑ debe, y debemos, hace opción por los excluidos y marginados. A veces se pretendía que esto es una especie de vocación especial para algunos cristianos. Pertenece más bien a la entraña del Evangelio. Por ello Santo Domingo califica esta opción como evangélica, señal del seguimiento de Jesús. “Bajo la luz de esta opción preferencial, a ejemplo de Jesús, nos inspiramos para toda acción evangelizadora comunitaria y personal” (SD). No cabe escapatoria: o nos convertimos a Jesús, optando por los pobres, o no habrá evangelización auténtica. El ponente lo dice taxativamente: “Sea cual sea nuestro campo de actuación, el agente de pastoral hace opción por los excluidos y su causa”.
Entre las conclusiones prácticas, el P. Gruen nos advierte que solo el pueblo o grupo de una determinada cultura puede realizar la inculturación; el agente de pastoral crea condiciones y estímulo para ella. Me atrevería a decir que aquí se nos ofrece como modelo pastoral la práctica de Juan el Bautista, que supo retirarse para dar paso a Jesús. Este dar paso tiene una doble perspectiva: todo agente de pastoral tiene que dejar que sea Cristo quien evangeliza; pero asimismo debe dejar paso para que sean los propios evangelizandos‑evangelizados y los agentes de pastoral autóctonos quienes tomen a su cargo las riendas de la propia evangelización y catequesis. En el agente de pastoral, este proceso implica una postura de Kénosis o vaciamiento de su propia cultura, relativizándola, para asumir, hasta donde pueda, la del evangelizando y darle paso cuanto antes.
Me parece igualmente importante que se considere la evangelización inculturada como expresión del seguimiento de Jesús. Ya lo dice también Santo Domingo (cfr SI) 13). Pero no se trata de un seguimiento individual, por libre, sino formando comunidad de seguidores suyos. No cabe auténtico anuncio del Evangelio en y desde la Iglesia. Es una idea muy fecunda frente al peligro de anunciar a Jesucristo o pretender seguirlo sin la Iglesia. Alertaba sobre este peligro la exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi”: “Existe un nexo íntimo entre Cristo, la Iglesia y la Evangelización. Mientras dura este tiempo de la Iglesia, es ella la que tiene a su cargo la tarea de evangelizar ... En verdad, es conveniente recordar esto en un momento en que ... podemos encontrar personas ... desorientadas en su espíritu, las cuales van repitiendo que su aspiración es amar a Cristo pero sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia. Lo absurdo de esta dicotomía se muestra con toda claridad en estas palabras del Evangelio: “el que a vosotros desecha, a mí me desecha” (Lc 10.16) (EN 16).
Para no caer en una sacralización de la institución eclesial, me parecen oportunas dos reflexiones del ponente: la distinción entre vertiente instituida e instituyente y la exigencia del principio de subsidiaridad dentro de la Iglesia. Para robustecer la vida comunitaria y hacer posible la misión evangelizadora, se requiere de la dimensión institucional. Pero antes de ella está la vertiente instituyente de la Iglesia, que es más dinámica y crítica. Es la dimensión profética. Esta tiene prioridad sobre la anterior, que debe ponerse al servicio de esta. La época postconciliar de la Iglesia de América Latina y el Caribe ha sido claramente profética; pero diversos factores están frenando este dinamismo profético. El empeño por la inculturación del Evangelio implica un compromiso profético de toda la Iglesia, para que se escuche la voz de los pobres y los pequeños y de los pueblos indígenas, afroamericanos y mestizos, presentes en el continente. También es pertinente la otra advertencia: el principio de subsidariedad ha de aplicarse dentro de la Iglesia, para dar paso a los catequistas laicos, que, según Santo Domingo, deben ser protagonistas de la nueva evangelización (cfr SD 302). No se trata solo de que sean ejecutores, sino de que participen en los niveles de planificación y decisión, superando las limitaciones de una pastoral tradicional que concentraba las responsabilidades en manos de los pastores.
Antes de terminar, quiero hacer un breve comentario sobre el desafío de conciliar identidad y catolicidad para que avance el proceso de inculturación. Un objetivo básico es crear la Iglesia particular autóctona, con rostro indígena afroamericano, mestizo o blanco. Afirmado esto, es menester añadir que un gran desafío es vivir la Iglesia particular en comunión con la Iglesia universal y con cada una de las iglesias particulares. Una absolutización de lo particular nos pondría en peligro de crear iglesias separadas; pero una absolutización de la comunión universal terminaría frustrando la exigencia de encarnación‑inculturación. Lo particular se desarrolla y crece en el ámbito de lo universal, y esto toma carne en lo concreto y particular.
No me resisto a terminar esta comunicación sin recoger una reflexión que nos ofrecen las Líneas Pastorales del Ecuador sobre las exigencias del proceso de inculturación. Creo que resuenan aquí muchas cosas de la ponencia que estamos comentando.
“Estas son las exigencias principales del proceso de inculturación: meterse dentro de la cultura de cada pueblo “descalzos y en silencio”, respetando y escuchando; valorizar al pobre e inculturarse en su cultura para crear desde él una sociedad nueva; promover una espiritualidad inculturada, en que se acoja la dimensión religiosa y mística del pueblo; buscar el crecimiento y maduración de la persona en el contexto latinoamericano y en apertura a la Iglesia universal; expresar claramente los contenidos propios de la fe cristiana y la vida de la comunidad; valorar e incorporar en las celebraciones elementos simbólicos y rituales propios de la cultura, compatibles con la fe cristiana; orientar la religiosidad popular hacia una auténtica conversión; abrir el camino del servicio eclesial a todas las personas, según aptitudes y el llamado de Dios, sin discriminación alguna; promover la instauración de los ministerios según las necesidades de las comunidades; adecuar la estructura eclesial a la estructura social y cultural de cada pueblo; buscar constantemente una Iglesia encarnada, con raíces en la cultura de nuestro pueblo, con rostro propio y en comunión con la Iglesia universal” (LP 492).
El Proyecto de Jesús
Pbro. Raúl Duarte


  1. INTRODUCCION

En lugar de contestar o comentar la espléndida contribución del P. Wolfgang Grüen, me limitaré en el poco espacio de tiempo que se me ha dado, a presentar un aspecto central de Jesús en su enseñanza, diríamos, en su catequesis: su proyecto.


San Pablo era consciente de poseer dos retratos de Jesús. Uno que le había sido entregado por la Iglesia (1 Cor 11,23), al cual él se sentía obligado y que le había llegado a través de tradiciones entregadas por los que te habían precedido en la comunidad primitiva cristiana. Estas tradiciones pueden ser examinadas críticamente y comparadas con los otros testimonios de los que vieron al Señor. Hay otro conocimiento de Jesús para Pablo, más privado, que se funda en una aparición del Señor resucitado a él (1 Cor 9, 1; 15,8). Esta visión del Cristo viviente no fue su único encuentro con Jesús. Dice Pablo en 2 Cor 12,9 lo que el Señor le recomendó ante sus dificultades: “mi gracia te basta...” En este conocimiento personal de Jesús, hay en Pablo dos tipos de encuentros, uno más oficial y otro más privado.
Nosotros también tenemos estos dos conocimientos de Jesús, el Señor. Uno que nos viene de la Iglesia, de la misma tradición de la que bebió el Apóstol y otro, que proviene de la experiencia de cada uno de nosotros. Es fundamental en la vida diaria esta segunda clase de conocimiento. A veces, desgraciadamente, es el único conocimiento que externamos. Puede llevarnos este conocimiento a la cursilería y a un sentimentalismo peligroso. Para evitar esto, la Iglesia me sigue entregando a Jesús que habita en ella, en sus evangelios, en su vida profunda de fe.
El catequista tiene estos dos conocimientos de Jesús. Evidentemente que prefiere y cultiva más el conocimiento que le entrega la Iglesia. Tiene este Jesús la profundidad y completez que le han dado veinte siglos de piadosa y operante acogida de fe eclesial. Este Jesús es la luz que nos guía y la fuerza que nos impulsa en la vida diaria.


  1. TRAS UNA COMUNIDAD CREIBLE

Voy a partir de este conocimiento eclesial, en concreto del AT, donde está latente Jesús, para que su aparición en el NT sea más patente.


El pueblo de Israel tuvo en su largo caminar tres momentos en que se propuso un modo de vida que correspondiera a sus relaciones con su Dios y al medio externo en que vivía. Se trata de auténticos proyectos de vida, especificados en una legislación.
El primer proyecto está codificado en la legislación que puede reflejar la forma más antigua de un documento de alianza y se encuentra en Ex 34,10‑26. Corresponde a un tipo de sociedad no estructurada en torno del rey. Propiamente no está estructurado este tipo de sociedad. Sus lazos de unión están todavía muy dependientes de la familia. Este tipo de sociedad sería la que estaba estableciéndose en Palestina entre el siglo XII y XI a.C. Está supuesto este texto (Ex 34,10‑26), que se ha llamado Decálogo cultual, en Ex 23,14‑33; Dt 7 y partes de Dt 12‑26. Muy pegado al texto anterior estaría el Libro de la Alianza, Ex 21,1‑23,13, que reflejaría ya la época así llamada de los Jueces, donde se tenía una organización tribal unida a su Dios por la alianza. Con el andar del tiempo se fueron añadiendo legislaciones tardías a estos vetustos cuerpos. La base antigua era una manera de vivir anclada en la creencia de un Dios que los había hecho subir a la región montañosa de la Palestina (“el Dios que te hizo subir...”), sacándolos de una situación difícil, que para algunos fue una salida de la esclavitud de Egipto. Después, esta expresión de fe fue aceptada por todos, como una exacta descripción de las dificultades de todos los grupos que se unieron en lo que vino a ser Israel (Jos 23 y 24).
Después de un tiempo la sociedad creció y se estructuró en base al reinado. Nació una sociedad de tipo estatal, había una instancia central que cohesionaba e impedía la disgregación de sus miembros. Había el peligro de perder la libertad e igualdad de los miembros que formaban Israel. Esta sociedad encontró, de nuevo, una comprensión de sí, en su relación con el Dios de los antepasados y la volcó en una legislación donde injertó mucho de lo antiguo y añadió algo, dando nuevas interpretaciones aquí y allá. Esta legislación tiene su núcleo en lo que se ha venido llamando Ley deuteronómica (Dt 12‑26). Esta legislación se conjuntó en tiempos de Ezequías. Josías trató de renovar la sociedad judía en base a este proyecto de vida, pero no lo logró. La destrucción del estado judío, por medio de la armada de nabodudonosor, terminó con este proyecto.
Pasados varios siglos, durante el dominio persa, sacó fuerzas el pueblo de Dios, de su fe y volvió a proponer un modelo de vida, acuñado fundamentalmente en la Ley de Santidad( Lev 17‑26). En esta legislación se trató de llevar a cabo, a la sombra del templo, el proyecto antiguo de la fe de Israel: construir una sociedad hermanable, donde cada individuo pudiera sentirse en paz y tranquilidad. En una palabra, donde el pueblo viviera feliz. Este tipo de sociedad se proponía no por medio de la fuerza, sino digamos, por el convencimiento del ejemplo. Un profeta, que se cubre con el nombre de Zacarías, dice: “En aquellos días diez hombres de cada lengua extranjera agarrarán a un judío por la orla del manto y te dirán: Vamos con ustedes, pues hemos oído que Dios está con ustedes” Zac 8,23.
En el período anterior al nacimiento del cristianismo, las distintas corrientes espiritualistas de los judíos ofrecían sus sistemas de vida, como la mejor manera de llevar a la práctica la voluntad de su Dios, que era la mejor manera de vivir felices.
La Apocalíptica hizo su irrupción en la tierra santa en los dos siglos anteriores al nacimiento de Jesús. Este movimiento renovó la expectativa de poder cumplir con la Ley de Moisés en un tipo de sociedad que se inauguraría aquí en esta tierra después de una catástrofe o juicio universal, o se instalaría en el mundo celestial. Se esperaba una especie de regreso a la felicidad paradisíaca. En esta sociedad no existiría el mal, ni la muerte y no habría pecadores. Estos habrían sido aniquilados en la catástrofe final o después del juicio.
La base fundamental de las anteriores expectativas, era un elemento común a todos los movimientos religiosos judíos. Claro, había doctrinas y prácticas propias de cada movimiento. Se empleaba el concepto de Reino de Dios o Reino de los cielos para designar a esta sociedad esperada. Aun después del nacimiento del Señor, los rabinos ansiaban esta sociedad que estaría bajo “el yugo de la Torah” mAB 3,5.
En el siglo segundo, durante la insurrección macabaica, apareció el libro de Daniel, donde se cuestiona el tipo de sociedad griega. El judío piadoso pensaba que la adaptación de la sociedad judía al gusto helenista, no era algo externo a su fe, sino que, en el fondo, se estaba cuestionando el centro en que se fundaba la comunidad judía. Sobre todo, en el capítulo 7, aparece una crítica sobre los distintos modelos de sociedad, ofrecidos por diversos imperios que habían sojuzgado a Israel. El último imperio, el helenista, se criticaba de una manera especial. Algo común a todos los imperios, era su aspecto brutal, su manera de vivir que era propia de los animales. Frente a ellos, Dios ofrece una sociedad humana, representada por el Hijo del hombre que viene entre las nubes. Este representa, de alguna forma, al grupo de los sabios, el de los maskilim, a los que pertenecía el autor. Su proyecto de sociedad no acepta la violencia humana. Dice el autor del libro que ésta (en concreto, la ejercida por los macabeos) ayuda muy poco. Los resultados le dieron la razón. Los maskilim propugnaban ante la violencia, la resistencia pacífica y la sabiduría dada por ellos. Esta sabiduría tenía como fuente la revelación divina, dada a Israel. Con esta comprensión de la vida, tratarán ellos de luchar contra ese cuerno espantoso que representaba el proyecto helenista de sociedad, apadrinado por Antíoco IV Epifanes. El Israel M Antiguo Testamento y, después, el de la época Intertestamentaria, pensaba que la mejor manera de hacer conocer a su Dios, de difundir su religión, era mostrar un tipo de sociedad envidiable. 0 sea, se partía del principio: lo bueno y bello se antojan por sí mismos.
3. EL PROYECTO DE JESUS
Para los evangelistas era claro que Jesús había empezado su ministerio a la sombra de Juan Bautista. De aquí tomó a sus primeros discípulos. El movimiento de Juan era un movimiento bautista de tipo reformista. Su programa consistía en el arrepentimiento y, después, en la dedicación a cumplir con lo fundamental de la Ley. Algo común que se exigía entonces en varios movimientos: Teshuvah y 'emunah: un regresar al camino correcto y un sometimiento completo a la voluntad de Dios.
Jesús se separó de Juan y propuso su propio programa de vida. Exigía como punto de partida la Teshuvah (conversión, regreso al primer camino, al expresado en la Torah) y una 'emunah, una confianza, fe, en algo distintivo de El: la Buena Noticia. Esta consistía en que el Reino ya estaba allí, a portada de mano. Por esto, el fundamento de la conversión y la aceptación del nuevo camino de vida, era el darse cuenta de que la presencia del Reino era inminente.
Una de las cosas primeras que hizo Jesús, fue escoger, dentro de sus seguidores, a 12 discípulos. Esta sola acción ya indicaba las pretensiones de Jesús: realizar un acto simbólico que recordaba y al mismo tiempo fundaba al renovado pueblo de Dios. Este había estado compuesto por doce tribus. Ahora Jesús fundaba un grupo, representativo del Israel renovado. Con esto ya nos está mostrando Jesús su intención de fundar una comunidad, donde de una manera especial se mostrará la fe, la 'ernunah. Es una respuesta a las esperanzas antiguas y recientes, de fundar un tipo de comunidad donde el yugo de la ley fuera una realidad. Jesús está poniendo los fundamentos de esta sociedad.
En la primera parte del Evangelio de Marcos se insiste en entrar al Reino que viene: “El Reino de Dios está cerca, conviértanse” Mc 1, 15. El Bautista ya había anunciado su cercanía ( Mc 3,2). En otra parte dice Jesús: “Les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto que el Reino de Dios ha llegado ya con fuerza” Mc 9,1. Las citas se podrían multiplicar. Basta dar una ojeada a un evangelio.
Pero podemos asistir a un fenómeno literario interesante: en la segunda parte del evangelio de Marcos (es decir, después de la confesión de fe: Mc 8,27‑38) se insiste no en el reino que viene, sino en “entrar al Reino”, en “recibir el Reino”: “Y si tu ojo te pone en peligro, sácatelo; más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que ser echado con los dos ojos al quemadero, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga” Mc 9,47‑48: “Se los aseguro: quien no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Mc 10,15; “¡Con qué dificultad van a entraren el Reino de Dios los que tienen el dinero!” Mc 10,23; “Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el Reino de Dios” Mc 10,25. Al escriba que le pregunta sobre el mandamiento mayor, le dice Jesús: “No estás lejos del Reino de Dios”. Se entiende que de alguna manera el Reino ya está presente y que hay que acercarse para entrar.
Hemos visto un cambio: se tiene en la primera parte de la predicación de Jesús un anuncio del Reino; un entender el Reino, después de hablar de una invitación a entrar al Reino, de un esfuerzo por el Reino. Algo ha pasado que ha provocado este cambio.
Si nos fijamos bien, en este parteaguas se encuentra el episodio de Cesarea de Filipos. Aquí se tuvo la confesión mesiánica de Pedro. Pedro al ser interrogado por Jesús, contestó: “Tú eres el Cristo” Mc 8,2, es decir, tú eres el Mesías, dado que la palabra griega Xristos traduce al hebreo xyAlgo muy importante. Esta respuesta de Pedro es el primer reconocimiento de Jesús, en forma solemne. Desde ahora, en el pequeñísimo círculo de los discípulos que representan a la comunidad mesiánica, Jesús es oficialmente reconocido como Mesías, como descendiente davídico, como el jefe designado de esta comunidad. Con este reconocimiento empieza la adhesión de pocos a esta realeza. Se trata de una pequeña semilla.
En el Sifré del Deuteronomio se dice: “Antes que Abraham viniera al mundo, el Santo‑bendito sea‑ era rey, por decirlo así, sólo en el cielo, según lo que está dicho: YHWH, Dios del cielo” (Gn 24,7). “Pero después que nuestro padre Abraham vino al mundo, lo hizo rey sobre el cielo y la tierra, según lo que está dicho: “Te conjuro por YHWH, Dios del cielo y de la tierra” (Gn 24,3). Con esto se dice que la realeza divina se hizo efectiva hasta que existió uno, Abraham, que la reconoció.
Así, la mesianidad de Jesús y su relación con el Reino, empieza con el reconocimiento de uno, con Pedro. De aquí en adelante ya no se habla de la venida del Reino, de su proximidad, dado que ya el Reino empezó con la aceptación de Pedro. Ahora se trata de entrar a este Reino, de hacer alguna cosa por él.
Se empieza con una adhesión al Reino de uno que es el corifeo, el que hace la unidad del grupo y representa a éste. Se entra al Reino no por nacimiento, por la sangre o por alguna exigencia cualitativa. Como dicen las parábolas de crecimiento (la del grano de mostaza, la de la semilla arrojada a la tierra, la de la levadura), se trata de un inicio sencillo y modesto, que no posee lo aparatoso de las grandes acciones. Pocos reciben a Jesús como Mesías, pero esos pocos, insignificantes, harán crecer la masa (parábola de la levadura), darán fruto del ciento por uno (parábola del sembrador), se convertirán en un árbol grande que cobije a las aves del cielo.
Este Reino no se construye por una continuidad histórica del antiguo Israel o por los privilegios que éste poseía. Ahora se necesita algo decisivo: la iniciativa divina, la llamada, que se va a aceptar por fe, por la 'emunah'. Por esta fe, por la aceptación de uno, de Pedro, de los Doce, a Jesús, se tiene el inicio formal del Reino anunciado en el Antiguo Testamento.
En el fondo, Jesús es este Reino, al que se adhiere Pedro y demás discípulos. Jesús es el germen alrededor del que se irán reuniendo los hombres. Pedro es el primero, luego vendrán otros, como se dice de la resurrección de Jesús en Hb 2,9. No en balde Mateo vio en esta escena de Cesarea de Filipo, la promesa de la fundación de la Iglesia y del primado.
Aparece en esta escena también la revelación de la identidad del destino de Jesús con el del Reino.
Hay una corrección, por parte de Jesús, a la confesión gloriosa de la mesianidad. Sí, existe ésta, será la definitiva, la que vendrá con la resurrección. Pero también pertenece a esta mesianidad el aspecto doloroso, el sufrimiento, el rechazo de Jesús por parte de las autoridades judías.
Marcos dice: “y hablaba abiertamente” Mc 8,31. De aquí en adelante va a hablar Jesús claramente acerca de lo que es su Reino. El entrar al Reino y darse por el Reino, tienen su referencia fundamental a Cristo. Se sobrentiende, que el Reino se identifica con Cristo. “Entrar al Reino” es igual a “seguir a Jesús”; “dar la vida por el Reino” equivale a “dar la vida por Jesús”. Así en Lc 9,60 se exige la primacía del Reino sobre los lazos familiares. Esta misma exigencia aparece en Mt 10,37, sólo que aquí, en lugar de Reino, está Cristo como el máximo valor ante las exigencias de la familia. Esta misma equivalencia aparece comparando Mc 10,23 con Lc 15,33. En nuestra perícopa de Cesarea, en Mc 8,35 aparece también esta identidad.
Hay un paso que va del Reino a Jesús. El Hijo del hombre es este Reino. Aceptar a Jesús, es entrar al Reino. Al venir Jesús, llegó el Reino. Los discípulos se unen alrededor de Jesús, formando este Reino de los cielos. En adelante, bastará reconocer a Jesús como Mesías, para adherirse al Reino. Este Reino se ve en el Señor. En el Reino está el misterio de Jesús. El abrirá camino y mostrará en su persona lo que es el Reino. El propone como camino el servicio a los demás, el sufrir y negarse a sí mismo y, la muerte, dar su vida por los demás. Esto mismo lo pedirá a los que entran al Reino o se adhieren a El. Así aparece en Mc 8,31‑32: primero su ejemplo y, después, su exigencia para los demás.
Examinado el Antiguo Testamento, vemos una especie de dos embudos invertidos. Primero, tenemos en el Antiguo Testamento un pueblo que se extiende, después esta comunidad se va estrechando. Aparece la comprensión de la pequeña comunidad como resto, el grupo pequeño de los elegidos, los marcados, etc. O sea, va quedando siempre un grupo menor, fiel a Dios, hasta llegar a su pequeñez mayor en Jesús. Jesús fue el único fiel y heredero de las promesas del pueblo. De Jesús va a empezar el movimiento de engrandecimiento. Se irán agregando los miembros a Jesús, hasta formar una gran comunidad. Así en el libro de los Hechos se dirá cuando se había de una conversión: “el número de los agregados aquel día fue de tres mil”. Hch 2,41.
Jesús vino a fundar un Reino, es decir, un tipo de sociedad hermanable, donde cada uno de sus miembros se sienta como en una familia, la familia de Dios. El es el núcleo de esta sociedad, alrededor de El se congrega la Iglesia, la ecclesia, como sacramentalmente se reúne en cada eucaristía. El es la vid y nosotros los sarmientos, que estamos pegados a El.
4. RETO A LA CATEQUESIS
Pienso que la catequesis debe poner más en primer plano este proyecto fundamental de Jesús. Jesús vino y continúa ofreciéndose El, su Reino, la iglesia, un tipo de sociedad alternante, a todos los hombres. El valor misionero ha disminuido mucho en la Iglesia y, tal vez, no se te ha dado el énfasis requerido en la catequesis. Es el momento de que nuestros catecismos pongan en el centro a Jesús, fundador de un proyecto de comunidad hermanable. Este proyecto va más allá de una ideología o cultura determinada. Es un proyecto que se aclimatará en cada cultura, sin perder su finalidad: construir una comunidad alternante donde todos se reconozcan como hermanos, como hijos de Dios. En una parte la cultura conformará esta comunidad así; en otra, acá. Lo importante será que nunca se deje de lado la voluntad de Jesús al fundar su Reino, la iglesia. No se podrá aceptar un tipo de sociedad donde el hombre se convierta en materia, en instrumento de producción o consumo, sino que tendrá que ser una comunidad que humanice, mejor, que injerte lo divino de Jesús en la sociedad para que se antoje, se desee como el salmista desea a Dios.
Un cuento judío dice que a un rabbí, sus discípulos le dieron esta noticia: 'el Mesías ha llegado'. El rabbí se levantó, se fue a la ventana, la abrió y se asomó a la calle. Cerró la ventana y se sentó de nuevo. ¿Qué hay? ¿qué debemos hacer?, le preguntaron sus alumnos. “No se debe hacer nada, deben continuar aprendiendo”, dijo el rabí. “¿Cómo puede haber llegado el Mesías, si no ha cambiado nada en el mundo?”.
El P. Tournay, profesor de la Escuela bíblica de Jerusalén, nos contó una vez en su clase que, cuando se terminó la traducción de la Biblia de Jerusalén, el P. De Vaux, director de la Escuela, llevó un ejemplar de esta traducción como regalo al Jefe del Estado de Israel, en la fiesta que hacía este jefe de estado a las comunidades cristianas, con ocasión de la Navidad. En esa ocasión Ben Gurión era el presidente del Estado Hebreo. Al recibir Ben Gurión la Biblia, la abrió inmediatamente, tratando de encontrar el capítulo 12 de la primera carta a los Corintios. Leyó la traducción de lo que ha venido llamándose himno a la caridad y te dijo al padre: Padre, cuando los cristianos cumplan esto, me haré cristiano.
Todo esto me trae el recuerdo de un judío piadoso con el que hice amistad, siendo yo estudiante en Jerusalén. Una vez me preguntó si yo conocía una comunidad cristiana que viviera como había propuesto el Nazareno. Esta pregunta todavía sigue viva en mí.
Loisy, el gran exégeta francés que abandonó la Iglesia Católica, dijo que Jesús había predicado el reino y que había llegado la iglesia. En un sentido profundo, podríamos estar de acuerdo con la expresión de Loisy. En realidad, la iglesia, sin totalizar todo el reino, es esa comunidad fundada por Jesús, que está empeñada en ofrecer al mundo una sociedad distinta, alternante, una sociedad donde la ganancia o el disfrute no sea el móvil que arrastre la actividad humana.

SEGUNDO TEMA

MEMORIA HISTÓRICA DE LA INCULTURACIÓN DE LA FE EN AMÉRICA LATINA
Memoria de la inculturación de

la fe en la Catequesis de

América Latina
Alfredo Morin, p.s.s.
INTRODUCCION
Este es un tema complejo y delicado que daría fácilmente para la semana entera. En el tiempo limitado de que dispo­nemos, no sería posible ser exhaustivos ni muy matizados. Será necesario limitarnos a algunos datos que nos parecen suficientemente significativos y que ayuden a una reflexión útil para orientarnos en nuestra pastoral catequética. Quien quiera profundizar este estudio podrá encontrar una guía en la bibliografía que sugerimos al final.
Tres serán los breves aportes de este equipo para la reflexión de hoy:
 Este servidor se limitará a la América hispana de los tres siglos de la colonia, o sea los siglos XVI a XVIII. Más me ocuparé de la inculturación entre los indígenas que entre los afroamericanos, porque las circunstancias de la trata negrera (separación brutal de la patria, mezcla sistemática de negros de culturas distintas, contacto diario obligado con los amos blancos, ruptura de los vínculos familiares, etc...) en la mayoría de los casos dificultaba mucho la conservación de la cultura de los esclavos. En gran parte del mundo hispanoamericano, a diferencia quizás de Brasil, las únicas culturas africanas que medio lograron resistir fueron las de los cimarrones en los palenques o aque­llas que encontraban en las cofradías un espacio para compartir sus sufrimientos y esperanzas.
 El hermano Enrique García Ahumada considerará este fenómeno en el ambiente escolar, especialmente en los siglos XIX y XX.
 El Padre Bernardo Cansi completará esta reflexión desde Brasil.




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