Hacia una catequesis inculturada


Catequesis desde Santo Domingo



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Catequesis desde Santo Domingo


 

  1. Los Obispos en Santo Domingo no hicieron más que unas breves aluciones explícitas a la catequesis y a los catequistas. Sin embargo, leyendo el Documento en profundidad, encontramos las líneas catequísticas y las orientaciones catequéticas para trabajar en la Iglesia. Santo Domingo no habló mucho de catequesis, pero es un documento catequístico. Volver la mirada al Señor de la historia, basar en El nuestro primer anuncio, insis­tir en que es Jesucristo y sólo El quien salva, quien redime, quien libera, quien nos comunica el amor del Padre, a través de su Iglesia. Si en muchos otros momentos hemos desatendido su persona por atender otras tantas urgencias, no queremos hoy dejar nuestra cate­quesis sin la importancia vital de que Jesucristo sea el eje y motor de todas las demás temáticas y preocupaciones.

Sin embargo, Santo Domingo nos recuerda que Jesucristo debe llegar a todas las culturas valorándolas en su justa medida ya que “no es la cultura la medida del Evangelio sino que el Evangelio es la medida de toda cultura” (cf Juan Pablo II, Discurso de Inauguración de Santo Domingo). A los catequistas se nos pide evangelizar la cultura que es un esfuerzo por comprender las mentalidades del mundo actual e iluminarlas desde el Evangelio (ibid).


¿Qué movimiento se está gestando, entonces desde Santo Domingo? Es muy arriesgado ponerle un nombre, pero podríamos decir que estamos en un nuevo movimiento kerigmático que tiene un acento pronunciado en la inculturación del Evangelio.
Perspectivas de futuro:


  1. Las distintas acentuaciones han enriquecido nuestro concepto de la catequesis hoy (CT ). Esta nueva etapa marcará, así lo esperamos, otro jalón en la historia de la catequesis latinoamericana tan unida a la historia de nuestra gente.




  1. Cuatro temas van a reclamar nuestra atención:

a) Jesucristo “ayer, hoy y siempre” como una reafirmación clara de la actualidad del Señor Jesús, modelo y centro de toda catequesis inculturada. Jesús, camino, verdad y vida, nos llama a crecer en humanidad y a trabajar por organizaciones sociales más fraternas.


b) La memoria histórica de la inculturación nos llevará a mirar el pasado desde esa óptica y sin duda sacaremos buenas enseñanzas que nos permitirán transitar caminos nuevos.
c) La Nueva Evangelización nos situará de lleno en el tema de la cultura. Todo ser humano vive dentro de una determinada cultura, que lo enriquece y condiciona al mismo tiempo. Diremos que evangelizar nunca es imponer una cultura. La fe se encarna en toda cultura, la ilumina y la corrige denunciando los elementos antihumanos existentes en ella.


  1. Por último, evocaremos el tema de la Promoción Humana en nuestro quehacer catequístico. Descubriremos que toda verdadera promoción se hace dentro de la cultura propia de determinado grupo humano. La promoción no es algo abstracto sino muy concreto y específico conforme a las diversas situaciones históricas.




    1. La justa y necesaria preocupación por la inculturación, telón de fondo de esta semana, no puede hacernos olvidar otras dimensiones igualmente importantes. La inculturación no es toda la catequesis, ni la panacea para todos los problemas catequísticos. Como la evangelización, la catequesis es igualmente un proceso complejo (EN 17) que implica muchas dimensiones. La evolución reciente de la catequesis latinoamericana ha hecho muchas conquistas que no pueden ser abandonadas: por ejemplo la dimensión comunitaria, dimensión misionera, litúrgica, bíblica, ecuménica y sociotransformadora que conducen a una mayor autenticidad del testimonio evangélico.

17. ¿Sacaremos conclusiones? Así lo esperamos. Para animar, fortalecer y orientar a miles y miles de catequistas que animan el continente con una brisa nueva de libertad.


Que este instrumento de trabajo sirva como preparación en la oración y reflexión para esta II Semana Latinoamericana.

Primer tema


JESUCRISTO, CENTRO DEL MENSAJE,

ES EL MODELO DE CATEQUESIS INCULTURADA



1. Jesucristo, Evangelio y Evangelizador del Padre


a) Introducción


  1. Jesucristo, centro del designio amoroso del Padre (Ef 1,1.3) se hizo la Revelación máxima y la Buena Nueva (Evangelio) de salvación para toda la humanidad. Nuestro continente americano, habiendo recibido el anuncio de esta Buena Noticia desde hace 500 años, continúa hoy en el esfuerzo de responder a esta vocación cristiana, con entusiasmo y eficacia. Convocados por Juan Pablo II a una nueva evangelización, nuestros obispos en Santo Domingo, a partir de una profunda profesión de fe evangélica, procuraron colocar a Jesucristo “el mismo ayer, hoy y siempre”, en el centro de toda la acción evangelizadora. Y cuando se trató de analizar la situación pastoral y trazar estrategias de Evangelización, el propio documento intitula su parte central así: “Jesucristo, Evangelizador viviente en su Iglesia” (DSD 22).




  1. De este modo Jesucristo es visto no apenas como el centro del mensaje, más también como el modelo de todo evangelizador. Él, en su ser y en su actuar, se hace Evangelio vivo del Padre. Él es la Verdad y la Vida que nos salva. Es también el Camino (método) para que los hombres puedan llegar hasta Dios. Los discípulos lo lla­maban de Rabbí, y Él mismo proclamó: “Uno solo es vuestro Maestro” (Mt 23,8).


b) Jesucristo, Centro del Mensaje


  1. Somos llamados cristianos (Cf. Hch 11,26) justamente porque somos seguidores de Jesucristo, sus discípulos y sus anunciadores. El, único camino que nos lleva al Padre, es el centro de nuestra fe: “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de Cristo Jesús” (Hb 1,1). Las Escrituras hablan de Él, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, de modo que “entender las escrituras es entender a Jesucristo”. La riqueza insondable que hay en Cristo Jesús (Cf. Ef 3,8) es redescubierta en cada época, y por la acción de su Espíritu se hace presente en el hoy de nuestra historia. “Mediante la incorporación a su Cuerpo que es la Iglesia, podemos encontrar las respuestas para aquellas preguntas, siempre antiguas y siempre nuevas, que se nos presentan en el misterio de nuestra existencia y que, de modo indeleble, llevamos grabadas en nuestro corazón desde la creación y desde la herida del pecado” (JP II, Discurso Inaugural de Santo Domingo, 6).




  1. La Iglesia vive únicamente para anunciar a Jesucristo (Cf EN 5 y 14), justamente porque cree que a través del misterio de su Encarnación, Muerte y Resurrección, en Él toda la humanidad encuentra salvación, justicia, paz y reconciliación. “No hay ningún otro nombre por el cual podamos ser salvos, a no ser por el nombre de Jesucristo” (Hch 4,12). Después de Jesús no debemos esperar ninguna otra revelación por parte de Dios: todo ya ha sido revelado en Él (cf CNBB, CR 51). Así, hablamos que Jesucristo es la Palabra escatológica, es decir, última, suprema y defini­tiva, punto culminante de la manifestación de Dios y de su proyecto de salvación de los hombres.




  1. La catequesis, como actividad privilegiada de la nueva evangelización (Cfr DSD 302), “es primordialmente una introducción del hombre al encuentro vital con Jesucristo. Ella lo interpela para que la acoja existencialmente, escudriñando su misterio y adhiriéndose a la totalidad de su doctrina. Porque la persona de Jesús, es indispensable a su contenido, el cual recibe toda su credibilidad de Él, ya que tiene validez, no en sí mismo, sino en la medida en que dice relación a su Persona” (DECAT-CELAM, LC 17). Así, “la catequesis, dentro del proceso de la Nueva Evangelización, centra toda su atención en “Jesucristo ayer, hoy y siempre”, como el gran viviente, actuante, divino y humano, en el mundo” (DECAT-CELAM, Aportes catequéticos para la IV Conferencia, 14).


c) Jesucristo, modelo de catequesis inculturada
23. Escogiendo el camino de la Encarnación, el Verbo de Dios, por obediencia amorosa al Padre ha optado por la forma más completa y absoluta de estar en el medio de los hombres y de enseñar el camino que conduzca a la Vida: El se hizo uno de nosotros, asumió nuestra humanidad y “puso su Morada entre nosotros” (Jn 1,14), quiso caminar con nosotros. Este sublime misterio está magníficamente expresado en estas palabras de la Gaudium et Spes: “El hijo de Dios con su encar­nación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado” (N° 22).
24. De hecho, sin dejar de ser el Hijo del Padre Eterno, Jesús vivió plenamente como hombre, más no en una naturaleza humana abstracta y anónima; él era judío, hijo de David, pertenecía a la tribu de Judá, practicante y obediente a la Ley y a las tradiciones religiosas de su pueblo, apegado a la cultura y al modo de ser de su gente. Aprendió, como cualquier otro niño, junto con María y José, a conocer y a amar a Dios de todo corazón, aprendió a rezar familiarmente con Dios y recibió la tradición oral sobre las maravillas de Dios en la historia de su pueblo. Jesús pasó también por el proceso de endoculturación, asimilando emotivamente la forma de ser, de proceder, de comportarse y de expresarse, propios de¡ pueblo judío. De allí aparece la función y grandeza de sus padres como educadores de su persona y de su fe. Fue introducido en la lectura de las Escrituras a la luz de la grande Tradición judaica. Cuando adulto, en la misión evangelizadora, al hablar y enseñar usaba el lenguaje del pueblo, sus categorías, sus costumbres, su mundo. Predicó la Buena Nueva del Reino de Dios a partir de la experiencia humana (Cf DCG 74b). Estaba impregnado de la tradición de su pueblo, y cuando se levantó contra algunas de estas “tradiciones”, era porque aquellos que se apoderaron de la cátedra de Moisés, habían denigrado su verdadero sentido, e impuesto una carga a los otros que ni ellos mismos podrían cargarla. En este sentido, Jesús purificó las tradiciones y la cultura, es decir, con los criterios del Reino de Dios, penetró en la cultura, la analizó y la criticó a partir desde dentro.
25. A pesar de ser un Maestro con doctrinas profundísimas, en su práctica evangelizadora, nunca usó ninguna palabra que necesitara ser “traducida” en un lenguaje más popular o más comprensible. Si alguna cosa debería ser “explicada” era debido a la dureza de corazón de los oyentes o debido a los misterios del secreto del Reino. Sus enseñanzas, parábolas, discursos y predicaciones revelan un conocimiento profundo del día a día de su gente, principalmente el lenguaje de los más pobres y excluidos, para los cuales tenia gran predilección. Los Evangelios están repletos de la cosmovisión pastoril y agrícola propias de su tiempo. Según la índole semita, no usaba discursos teóricos, más bien era muy práctico e incisivo en aquello que decía y enseñaba. Jesús estaba inmerso en medio de su pueblo, pues, era alguien de su gente: “no es éste el hijo del carpintero? No se llama su madre María, y sus hermanos y hermanas ¿no están todos entre nosotros?” (Cf Mt 13,55).
26. En su persona, Dios y hombre verdaderamente, vivió todo aquello que es auténticamente humano; creció en la conciencia de su mesianidad (Cf CICat 472‑473), testimonió el infinito amor del Padre para con los hombres, los amó hasta el fin, entregando su propia vida por todos nosotros, transformando su muerte en gesto supremo de salvación en favor de todos; celebró, así, la verdadera Pascua y cuando desapareció visiblemente de nuestro medio ordenó a sus discípulos, continuadores de su obra, que divulgaran por todo el mundo la Buena Nueva: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”(Mc 16,19). La comunidad de amigos y discípulos fundada por El aprendió su método evangelizador; ellos, una vez confirmados por el Espíritu Santo en la fe, hablaron sin temor un lenguaje comprensible para todos, pues era la palabra de Dios pronunciada en un lenguaje bien humano.
27. Como Jesús, los apóstoles eran gente de su pueblo, pero no todos compartían la misma cultura ya que una era la cultura arameo‑hebrea y otra la de los gentiles helenistas. La tierra de Israel, especialmente Jerusalén en el momento de las grandes peregrinaciones, se volvía una caldera de culturas como se ve en el día de Pentecostés (Hch 2, 8). Otras dificultades surgían debido a la resistencia humana en aceptar la revelación divina. Cuando los cristianos traspasaron las fronteras de Palestina y la Iglesia se empezó a separar de la Sinagoga, se produjo otro gran impacto del Evangelio con otros lenguajes, otras culturas, otros mundos. Entonces, una vez más se hace presente la fuerza transformadora del Espíritu que “hace que los hombres comprendan las palabras de Jesús” (Cf Jn 14,26), en otro lenguaje: la palabra de Dios se heleniza, asume otros rostros, y con­tinua siendo difundida con el mismo vigor. En otros momentos, a lo largo de la historia, se repite esta crisis; hoy, confrontándonos más conscientemente con las diversas culturas de nuestro continente, enfrentamos el mismo problema.
d) La Pedagogía Divina
28. Uno de los más importantes documentos del Vaticano II, la Dei Verbum, trata del tema de la Revelación divina: “Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad, por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina” (N° 2). Si Dios habla a los hombres, ¿cual es el lenguaje que El usa? Entre nosotros, hablar es pronunciar palabras; sin embargo hay otras formas de comunicarse: “muchas veces un gesto dice más que muchas palabras” (CNBB, CR 34). Y fue así que Dios se reveló: a través de palabras pronunciadas por los profetas en su nombre, y a través de acciones, gestos, acontecimientos. Necesitamos entender que en la Biblia el vocablo que indica la “palabra de Dios” es dabar. Ahora bien, este término, en hebreo, la lengua del Antiguo Testamento, además de significar la pala­bra propiamente dicha, significa también el hecho, el acontecimiento, el evento, las realizaciones históricas (Cf. DECAT‑CELAM, LC N° 9).
29. La Dei Verbum dice que en la Revelación, acontecimientos y palabras están íntimamente unidos. Esto quiere decir que las palabras de los profetas iluminan y esclarecen los acontecimientos y los, acontecimien­tos corroboran las enseñanzas y las verdades enseñadas por las palabras (Cf. DV 2; DCG 11‑12). En la vida de Jesús esto está muy claro; Jesús empezó a hacer y a enseñar (Cf. Hch 1,l); allí están los hechos (hacer) y las palabras (enseñar). Jesús revela la palabra de Dios a través de sus actitudes, comportamiento, acciones (señales, milagros), gestos en favor de los más pobres y marginados; al mismo tiempo sus palabras (enseñanzas, parábolas) iluminaban sus gestos, sus acciones. Y los hechos maravillosos que El hacía daban autoridad a sus palabras: “El habla como quien tiene autoridad, y no como los fariseos” (Mc 1,22; Mt 7,29; Lc 4,32).
30. Este binomio inseparable de obras y palabras, es llamado Pedagogía divina (cf DV 15; DCG 33; LC 123), que está presente también en el gran misterio de la encarnación; cuando la Palabra de Dios (el Verbo Eterno) se hace carne y viene a vivir en nuestro medio (Cf Jn 1, 14), significa que Ella se tornó un acontecimiento histórico, una Persona. Fue de esta manera bien concreta, visible, vivencial e histórica, que Dios ha querido revelarse a nosotros. Y este Misterio de la Encarnación es el principio fundamental de la catequesis; así como Dios nos habló asumiendo nuestra realidad humana, así también toda catequesis ha de asumir la realidad concreta de cada catequizando para revelarle el amor de Dios en Jesucristo. La Encarnación es el fundamento de la inculturación, y por eso supera en mucho los aspectos meramente metodológicos, pedagógicos, de vocabulario o del propio lenguaje. Podemos también afirmar que, así como Jesucristo se encarnó sin perder la propia identidad divina, así también el catequista, al insertarse en la cultura de sus catequizandos no debe perder su propia identidad: él es portador del mensaje evangélico para trasmitirlo a los otros; sus cualidades de naturaleza y de gracia serán siempre colocadas a servicio del Evangelio.
31. Es necesario también estar atentos al modo como Jesús nos revela el Padre: de nuevo encontramos la presencia de acontecimientos y palabras estrictamente unidos. Su encarnación, su vida terrena, especialmente su Muerte y Resurrección, son hechos en que la fe reconoce al Dios que se revela y se comunica (Cf. CNBB, CR N° 51). Es tan importante el testimonio de la fe como la palabra, la doctrina, el mensaje, pronunciado en un lenguaje inculturado y comprensivo para los catequizandos. Estos dos elementos deben estar íntimamente unidos en toda la educación de la fe.
32. La reflexión cristológica latino‑americana rescató y reveló mucho de estos aspectos de Jesucristo que lo hace muy cercano a nosotros, y que, integrados en la riqueza de toda la Tradición de la Iglesia, pueden ayudarnos a comprenderlo, vivenciarlo y comunicarlo con un nuevo lenguaje, mas inculturado y cercano de nuestro pueblo. Esto nos permite huir de los errores, a veces muy comunes entre nosotros, de reducir a Jesucristo solamente a su naturaleza divina o solamente a su natura­leza humana (monifisismo), o considerarlas yuxtapuestas; verdadero Dios y verdadero hombre, en El la natu­raleza humana fue asumida y no absorbida (Cf GS 22).
2. Catequesis cristocéntrica e inculturada
33. Desde los primeros tiempos y de modo especial en la reciente enseñanza del magisterio eclesial, la educación de la fe está centralizada en la persona de Jesucristo. Varios documentos hablan de una catequesis eminentemente cristocéntrica. “Catequizar es llevar a alguien de cierta manera, a escrutar el Misterio de Cristo en todas sus dimensiones”(CT 5). “La exigencia de este cristocentrismo, al ver en Jesús la síntesis perfecta de lo humano y lo divino, de la historia y de la eternidad, de lo inmanente y de lo trascendente, permite a la catequesis encontrar su punto de equilibrio, superando los dualismos de una fe desencarnada o alienante” (DECAT-CELAM, LC 17; Cf DCG 40; CNBB, CR 51).
34. El Cristocentrismo significa, naturalmente, que Cristo Jesús es el centro de nuestra catequesis; eso no significa que vamos hablar de El desde el comienzo al fin, sino que ciertamente indica que vamos tratar de todos los asuntos teniendo como grande objetivo vivir de acuerdo con su proyecto evangélico y alimentando nuestra esperanza en su amor redentor. Por otro lado, si Jesucristo está en el centro de todo el mensaje, es importante también relevar la dimensión trinitaria de la fe cristiana, pues Cristo Jesús es el camino que nos lleva al Padre, en el Espíritu Santo.
35. La centralidad de Jesucristo en nuestra fe ha suscitado y aún suscita en el medio de nuestro pueblo una rique­za muy grande de imágenes que traducen una profunda piedad. Sin embargo, no todas las imágenes de Jesucristo reflejan la integralidad del mensaje evangélico ni la totalidad del misterio de Jesucristo. Es común, que muchos, con tendencias monofisita, consideren a Jesucristo como un santo, o lo reduzcan apenas a la dimensión divina. Él tuvo que sufrir, como los profetas que lo precedieron y anunciaron, porque como vocero de Dios proclamó verdades salvíficas que molestaban a muchos. También vemos que en algunos lugares predominan imágenes que traducen únicamente los aspectos del sufrimiento y de la cruz, sin la luz de la resurrección y sin relación con su real sentido redentor. Muchas de estas expresiones religiosas pueden manifestar más los sufrimientos del pueblo sufrido, que hacer memoria de Jesús de Nazareth, Hijo y vocero del Padre, quien tuvo que padecer por querer enderezar los caminos torcidos de su pueblo. Por eso es tan necesario tener una catequesis bien orientada para evitar que el cristianismo se vuelva una religión del sufrimiento sin su sentido auténticamente pascual, alienando en vez de salvar, a quién lo profesa.
36. Debido a diversas causas, a lo largo de la historia no siempre la catequesis tuvo como preocupación central la Persona y el Mensaje de Jesús. Otras dimensiones, también importantes por causa de los distintos momentos históricos, tomaron la delantera y prevalecieron sobre el cristocentrismo. Hoy, todo indica que en nuestra catequesis hemos de retornar decididamente al núcleo central de la fe, es decir, al kerigma, proclamado en su plenitud y a partir del corazón de nuestras culturas y de las situaciones vivenciales de nuestro pueblo.
37. Actualmente estamos preocupados con la inculturación. De hecho, leyendo las señales de los tiempos, la Iglesia percibe que al anunciar la Palabra de Dios se apartó un poco del lenguaje del pueblo, de su universo, de su cosmovisión. Si comparamos la Liturgia Oficial que mantiene un lenguaje ligado a antiguas tradiciones eclesiales y la Religiosidad Popular que se expresa de una manera muy viva y con categorías propias de nuestros pueblos (a veces repletas de errores e inexactitudes comparadas con la ortodoxia), luego comprendemos como los signos de nuestra liturgia no son siempre debidamente explicados, ni la predicación ni la catequesis son suficientemente inculturadas. Sin embargo, el esfuerzo por la inculturación del Evangelio, no es solamente de la catequesis; ultrapasa muchísimo los esfuerzos y los recursos de la catequesis, aún que esta fuerza pastoral posea gran organización y poder de movilización. La inculturación es un trabajo gigantesco, que supone el compromiso de toda la Iglesia en todos sus seguimientos, a partir de la jerarquía. “Porque, en efecto, una cosa es el depósito mismo de la fe, es decir, las verdades contenidas en nuestra doctrina, y otra es la forma en la cuál vienen enunciadas, conservando en ellas, sin embargo, el mismo sentido y la misma fuerza. Será necesario, pues, atribuir mucha importancia a esta forma de transmisión, y si es preciso, se insistirá con paciencia en su elaboración. Y se deberá recurrir a un modo de presentar las cosas que mejor corresponda al magisterio cuyo carácter es preeminentemente pastoral” (Juan XXIII, Discurso de Apertura del Concilio Vaticano II, AAS. LIV, (1962), pp. 791‑792). Consecuentemente, los catequistas populares, justamente por estar más cerca­nos al pueblo y vivir intensamente todas sus vicisitu­des, tiene muchas más oportunidades de comprender y poner en práctica el gran postulado de la inculturación.
El protagonismo de los laicos en la Iglesia, deseado y destacado por Santo Domingo, una vez colocado en práctica, es una esperanza para el proceso de inculturación (Cf DSD 302).
38. Podríamos concluir diciendo que una catequesis fiel a Jesucristo, a la Iglesia y al hombre latinoamericano, en los días de hoy, además de tener presente todas las otras dimensiones, ha de presentar una dimensión fuertemente cristocéntrica y revestida de un rostro auténticamente latinoamericano.
PREGUNTAS:


  1. ¿Jesucristo, según es presentado en la catequesis, es percibido verdaderamente como una Buena Nueva de salvación que entusiasma a los catequizandos a seguirlo como discípulos?




  1. ¿Se presenta todo el misterio de Jesús, verdadero Dios y hombre?




  1. ¿Cuáles son las imágenes más corrientes de Jesucristo entre sus catequizandos?




  1. ¿Cuáles principios de inculturación pueden ser vivenciados a partir del misterio de la Encarnación?




  1. ¿Cuáles son los aspectos de Jesucristo evangelizador que deben servir de modelo para nuestra catequesis?


Segundo tema
MEMORIA HISTORICA DE LA INCULTURACION DE LA FE EN AMERICA LATINA
39. Todo evangelizador que llega a una cultura extraña enfrenta un reto fundamental: proclamar a Jesucristo, expresar su Buena Nueva en un lenguaje que puedan entender los destinatarios.
Este reto acompañó a la Iglesia en toda su historia. La primera crisis grave que atravesó la Iglesia apostólica fue una crisis de inculturación. Esta fue una de las causas principales del primer cisma que dividió a los cristianos: por un lado quedaron los judeocristianos, que estaban convencidos que los gentiles no podían ser discípulos de Cristo sin hacerse judíos. Ellos, por cerrarse en parte, a las demás culturas, casi se acabaron en poco más de un siglo. Por el otro lado prosperaron los cristianos que supieron abrirse a otras culturas, de los que hoy somos nosotros los herederos.
40. Varios Padres de la Iglesia se mostraron muy sensibles a las necesidades de moldear el mensaje cristiano en las distintas culturas. Cuando Justino Mártir se refiere a Cristo, a los judíos habla del Mesías, y a los griegos habla del Verbo. Orígenes y Clemente de Alejandría hacen un esfuerzo gigantesco para helenizar el mensaje cristiano y Tertuliano empieza a latinizarlo. Y cuando se desconoce esta ley ineludible de la comunicación humana, el mensaje simplemente no pasa y la fe, si acaso, se abre camino a través de fenómenos religiosos más o menos paralelos. Mientras que en las Iglesias griegas el lenguaje litúrgico siempre supo mantenerse muy accesible al pueblo sencillo, la Iglesia occidental, por conservar en su liturgia una lengua latina que pocos entendían, vio desarrollarse una piedad popular que, a pesar de sus deficiencias, logró colmar el vacío dejado por una liturgia que entendían sólo unos pocos iniciados y salvó en esta forma la fe de la gente sencilla.
41. En la primera evangelización del Nuevo Mundo por España y Portugal, los misioneros difícilmente podían lograr toda la inculturación deseable del Evangelio. Varios factores estorbaban semejante proyecto:


    • En América la vid era inmensa y los obreros apostólicos, relativamente pocos.




    • Los indígenas hablaban centenares de lenguas, cada una correspondiente a una cultura distinta. Los africanos también venían de diferentes etnias. El afán de convertir el mayor número de “infieles” en el tiempo más breve ‑ pues, se consideraba que fuera de la Iglesia no había ninguna posibilidad de salvación y que aquel que no recibía el bautismo estaba condenado sin remisión al infierno ‑ hacía que en la mayoría de los casos la catequesis resultara muy elemental y expeditiva. Varias juntas episcopales y sinodales, tanto en Nueva España como en Perú, manifestaron su preocupación por este asunto.




    • Por otra parte, la misión venía enmarcada dentro del proceso de conquista que poco se prestaba al diálogo entre culturas. En cuanto a los africanos, el contexto era el de la trata de esclavos: muchos recibían el bautismo, sacramento de la liberación de la esclavitud, en el mismo momento de recibir los cepos. En semejantes circunstancias, el misionero menos se preocupaba por discernir “las semillas del Verbo” en las distintas religiones que por liberar al pagano de las garras del demonio.




    • Varias prácticas paganas se prestaban a que fueran consideradas como obra del demonio: los sacrificios humanos, la antropofagia, el “pecado nefando”, etc ... Por esta razón, muchos valores auténticos de las culturas indígenas quedaban ocultas al misionero europeo.

42. No faltaron algunos misioneros clarividentes que, como los Padres José de Acosta y José de Anchieta, a ejemplo de Ricci en China y Nobili en la India, intentaron una verdadera inculturación de la fe dentro de ciertos límites, pero constituían una minoría. El intento de los franciscanos de crear un seminario indígena en Tlatelolco encontró vigorosa oposición. El Nican Mopohua, maravillosa flor de inculturación, difícilmente podía multiplicarse en aquellos tiempos recios.


43. Un inmenso esfuerzo hicieron los misioneros para aprender los idiomas y elaborar catecismos en lenguas indígenas, y en menor grado en lenguas africanas. Pero una cosa era aprender una lengua y otra penetrar el lenguaje la mentalidad y la cultura del otro. Uno se admira de la cantidad de obras catequísticas publicadas en lenguas indígenas en el siglo XVI, pero uno debe reconocer que más allá de la lengua, pocas lograron verdaderamente franquear el umbral de la cultura profunda, pues, muchos catecismos no pasaban de ser meras traducciones o adaptaciones rápidas de obras castellanas. La verdadera inculturación empezará cuando los mismos indios, mestizos y mulatos empezarán a catequizar a su manera.
44. Aún el admirable esfuerzo etnológico de Fray Bernardino de Sahagún que organizó equipos de encuestadores para recuperar sistemáticamente el tesoro de tradiciones, mitos, ritos y sabiduría del mundo azteca, estaba orientado más que todo a conocer a fondo una religión juzgada diabólica para mejor derrotarla.
45. Donde un doctrinero congregaba una nueva comunidad, aparecía siempre al lado de la iglesia una escuela que fue crisol de cultura hasta en los lugares más apartados. Las escuelas de Pedro de Gante y los pueblos de Vasco de Quiroga fueron modelos de inculturación. Gante a tal punto se había identificado con sus millares de discípulos que llegó a hablar mejor el nahuatl que su nativo flamenco. En cuanto a Tata Vasco, basta ver con que cariño lo recuerdan todavía los indígenas de Michoacán para entender hasta qué punto les había llegado al corazón.
46. La profundidad de la inculturación de la fe se expresa a menudo en una modificación del arte barroco que adopta, especialmente en México y Perú, formas auténticamente indígenas. Citemos un bello ejemplo de dicho barroco del siglo XVIII: el barroco “mineiro” en Brasil, magníficamente expresado en la escultura de Aleijadinho (el Miguel Ángel de América Latina), en la música del Padre José Mauricio, en la literatura del Padre Antonio Vieira.
47. Los negros, por su condición de esclavos, la mezcla sistemática que se hacía de las etnias y su mayor cercanía al hombre blanco, perdieron con más rapidez gran parte de sus culturas ancestrales. Los que mejor las conservaron fueron los cimarrones, porque lograron aislarse en sus palenques. Pero muchas veces el mismo negro ladino encontraba otra forma de defender su cultura: aprovechaba las cofradías de la Iglesia para encubrir sus cultos africanos (macumbas, candomblés, vudú, etc.); en la misma forma como el indígena a menudo ocultaba sus dioses detrás de imágenes de santos en el pequeño altar de su humilde bohío.
48. A fines del siglo pasado y a principios de éste, favorecida por las dificultades entre la Iglesia y varios estados europeos, una avalancha de sacerdotes, religiosos y religiosas irrumpió sobre América Latina y propició una nueva evangelización y un notable repunte de la vida cristiana, pero al mismo tiempo una marcada europeización de la piedad popular. A menudo lo que se ganó en repunte de la fe se perdió en inculturación.
49. Si bien los misioneros no supieron siempre reconocer todos los valores de las culturas indígenas y africanas parece oportuno recordar que los gobiernos masónicos son los que más contribuyeron a destruir aquellas culturas al buscar la unidad de los países en la chata uniformidad de la enseñanza laica.
50. Hoy el “sustrato católico (DP 1; 7; 412) de América Latina es innegable. Muchos pueblos quedaron marcados profundamente por el Evangelio, superando a veces un primer período de sincretismo por una verdadera inculturación cristiana. Es preciso reconocer sin embargo que otros no han salido nunca de su paganismo ancestral, y otros, con marcado sincretismo, acomodaron tranquilamente a Jesucristo y a la Virgen en medio de los dioses de su panteón pagano. Y para muchos cristianos ancha es la brecha entre la fe y la vida.
51. Queda para nosotros hoy el reto de una nueva evangelización en la que nos pueden animar los aciertos de nuestros predecesores, y los errores pasados indicarnos los caminos que es preciso no volver a pisar.
52.Estos apuntes de memoria histórica más se proponen catalizar la reflexión que ofrecer un panorama matizado de la realidad latinoamericana que difícilmente se deja encerrar en una síntesis tan breve. En esta segunda semana de catequesis, habrá que aprovechar la presencia de representantes cualificados de todas las Conferencias Episcopales para aportar las correcciones y complementos necesarios.
CUESTIONARIO


  1. ¿Qué ejemplos de inculturación de la fe recuerda la historia de su país?




  1. ¿Qué errores pastorales en este sentido vale la pena recordar para evitar de repetirlos?




  1. ¿En qué forma la catequesis actual en su país se muestra sensible a la necesidad de respetar y promover los valores de las distintas culturas?




  1. ¿En qué forma en su país se van inventariando claramente los valores y antivalores de las distintas culturas: campesina, urbana, suburbana, indígenas, afroamericanas, etc.?

Tercer tema


UNA CATEQUESIS INCULTURADA PARA UNA NUEVA EVANGELIZACION
53. “La Nueva Evangelización tiene como punto de partida la certeza de que en Cristo hay una “inescrutable riqueza” (Ef, 3,8), que no agota ninguna cultura, ni ninguna época y a la cual podemos acudir siempre los hombres para enriquecernos. (DSD 24)
Dicho de otra manera, la Buena Nueva de Jesús es siempre actual y convocante. Es una esperanza para todos los seres humanos en sus diferentes situaciones y culturas.
La expresión “Jesús ayer hoy y siempre” expresa la convicción que Jesús en su vida, muerte y resurrección traspasó la barrera del tiempo para convertirse en Buena Noticia para todo ser humano de todo tiempo y de toda cultura.
54. Esta verdad de nuestra fe pide que la catequesis hable el lenguaje, es decir, la cultura del pueblo al que se diga.
Esta exigencia de la Evangelización esta expresada entre otros textos, en el episodio de Pentecostés, en donde se narra que oyentes pertenecientes a distintas culturas con distintos idiomas, exclamaban admirados:“Todos los oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios” (Hch 2,1l).
Este pasaje nos está diciendo que un Jesús anunciado en aquel momento, en arameo no podía ser Buena Noticia para un griego o un romano. El Directorio Catequético General lo dice en forma muy nítida en su numeral 111: “La formación del catequista puede llamarse completa, cuando el catequista se hace capaz de encontrar en la confrontación de grupos y personas, en situaciones que son siempre peculiares, el modo más válido para transmitir el Mensaje Evangélico”.
55. Cuando Juan Pablo II convoca a una Nueva Evangelización explica que ésta debe ser nueva en su ardor, en sus métodos y en sus expresiones. Por eso la Nueva Evangelización pide tener en cuenta como algo fundamental la cultura de los evangelizandos. Al decir de Medellín (Catequesis 6) “Las situaciones históricas y las aspiraciones auténticamente humanas forman parte indispensable del contenido de la catequesis”.
56. Este llamado a tener en cuenta las culturas, nos esta recordando algo que siempre fue esencial desde las primeras comunidades cristianas, tal como veíamos en la narración de Pentecostés
Es cierto que hoy día el Magisterio de la Iglesia acuñó una expresión nueva: Inculturación. Esta palabra expresa algo mucho más radical que la palabra adaptación.
Inculturar significa:


  1. Conocer a la cultura vigente, es decir sus símbolos, sus ritos, su lengua, sus fiestas, sus costumbres...




  1. Reconocer la acción del espíritu de Dios que actúa en ellas como semilla del Verbo. Dejarse enseñar por ellas.




  1. Predicar a Jesús en la cultura de los catequizandos, es decir con sus palabras, símbolos, costumbres.




  1. Discernir a la luz del Evangelio los valores y antivalores de una cultura, para corregir éstos ya afirmar aquellos.




  1. Hacer que el Cristianismo eche raíces en estos valores para transformarlos desde el Evangelio.




    1. Cuando se realiza esta tarea de inculturación aparecen nuevas expresiones con que se enriquece la fe, mostrando nuevos aspectos, quizá ocultos hasta el momento en la “Inescrutable riqueza” (Ef, 3,8) de Jesús.

Así la Nueva Evangelización continuará en la línea de la Encarnación del Verbo. La Nueva Evangelización exige la conversión pastoral de la Iglesia. Tal conversión debe ser coherente con el Concilio. Lo toca a todo y a todos: en la conciencia y en la praxis persona y comunitaria, en las relaciones de igualdad y de autoridad, con estructuras y dinamismos que hagan presentes cada vez con más claridad a la 1q1esia, en consigna eficaz, sacramento de la salvación universal”. (DSD 30).


La Catequesis así entendida, es entonces Buena Nueva para el hombre y la mujer de hoy que llama a la conversión personal y a ir forjando una cultura más humana y fraterna.


    1. La Inculturación de la catequesis responde a una doble fidelidad: fidelidad a la fe en Jesús ayer hoy y siempre y fidelidad a las realidades culturales.

La tarea (caminar hacia una catequesis inculturada) es desafiante y llama a la creatividad en el Espíritu. Es entrar en un paisaje nuevo que despierta entusiasmo y alegría (“nueva en su ardor”).


Tal labor es inevitablemente conflictiva, porque con frecuencia estamos demasiado apegados a expresiones de la fe que responden a culturas históricas ya pasadas (Cf. Juan XXIII Discurso Inaugural del Concilio), y que nosotros repetimos sin alcanzar a hacer contacto con el Dios vivo. Las palabras en vez de iluminar, oscurecen.
Solamente siendo fieles a su cultura y al Jesús vivido en la Iglesia, llegamos a elaborar una catequesis educadora, que al ser fiel a Dios hace crecer en humanidad a los catequizandos.
Desde este punto de vista la tarea de la catequesis es un maravilloso fermento para las culturas; enseña a vivir en alegría, en fraternidad, y en acción de gracias.


    1. Juan Pablo II al mismo tiempo que llamó a una Evangelización “nueva en sus expresiones” hizo elaborar un catecismo mayor para toda la Iglesia. Algunos han encontrado en este catecismo una contradicción con el principio de Inculturación. Por eso la Sede Apostólica ha explicado de diversas formas que este catecismo no es libro de texto para la catequesis “Por su misma finalidad, este catecismo no se propone dar una respuesta adaptada, tanto en el contenido como en el método, a las exigencias que dimanan de las diferentes culturas, edades de la vida espiritual, de situaciones sociales y eclesiales de aquellos a quienes se dirige la catequesis” (CICat 24). Ha explicado que quienes pretenden hacer ese tipo de uso del catecismo mayor equivocan el camino.

En realidad el CICat en lugar de ser un antídoto para la Inculturación es una gran ayuda. Nadie que haya trabajado en catequesis, negara el riesgo que puede haber de desviarse de la única fe y del único Evangelio. El CICat cumple la función de ser punto de referencia doctrinal en la tarea evangelizadora.



PISTAS PARA LA REFLEXION

1. Indicar algún ejemplo de catequesis inculturada en su país.


2. ¿Qué principios parecen importantes en la tarea de la Inculturación de la fe?
3. ¿Cómo se puede enseñar a los catequistas a trabajar una catequesis inculturada?
Cuarto tema:




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