Hacia una catequesis inculturada


Referentes a los catequistas y su formación



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4.3 Referentes a los catequistas y su formación
135. Confiar en apóstoles laicos autóctonos y del propio gru­po sociocultural que con su variedad de carismas realizarán con sus interlocutores la plena inculturación del Evangelio al vivir y reexpresar la fe.

 

136. Formar seriamente a los catequistas según sus posibilidades y futuras responsabilidades es tarea prioritaria: “Cualquier actividad pastoral para cuyo ejercicio no se disponga de personas dotadas de una verdadera formación y preparación necesariamente está destinada al fracaso” (DGC 108). Por eso una conveniente formación de los catequistas para la inculturación debe incluso preceder a la elaboración de textos inculturados (cf Ibidem).


137. Educar a los catequistas en la renuncia de sí mismos y en el afán de servicio, a ejemplo de nuestros mártires, para conocer críticamente, amar, vivir y transformar por el Evangelio la realidad del pueblo o grupo sociocultural en que han de actuar.
138. Buscar la sencillez y profundidad cuestionadora del Evangelio de las bienaventuranzas tanto en nuestra vida como en el lenguaje verbal y no verbal de nuestro anuncio, evitando las complicaciones inútiles y oscurecedoras.
139. Vivir en medio de los sufrientes de toda condición, atentos a sus necesidades de salvación, en sintonía con la ternura y misericordia de Dios.
140. Ponerse en el punto de vista de los pobres para abrirse desde allí a evangelizar toda clase de sufrientes y oprimidos, sin alienarse por gozar de algunas ventajas en la sociedad y en la Iglesia.
141. Dejarse cuestionar por Jesucristo, quien actúa desde dentro del pueblo, parte de las realidades de vida sentidas por la gente y está atento a los pequeños acontecimientos.
142. Investigar y comprender, según nuestras diversas vocaciones, responsabilidades y situaciones las culturas étnicas y populares campesinas y urbanas, las mentalidades propias de determinados ambientes sociales tales como los migrantes o los militares, la cultura audiovisual de masas, la cultura científico‑técnica avanzada, los humanismos modernos y postmodernos, para apoyar y perfeccionar sus valores, denunciar sus corrupciones y cuestionar sus tendencias deshumanizantes y opresivas, sin perder contacto con la sabiduría de los sencillos.
143. Facilitar la inculturación de la fe por el conocimiento de la historia y mentalidad del país y de la Iglesia local con sus valores, proyectos y defectos.
144. Preparar en nuestras sociedades pluriculturales a los catequistas para educar la religiosidad popular, fortalecer la identidad católica, defender al pueblo de Dios contra los ataques sectarios, favorecer la colaboración ecuménica y capacitar para el diálogo interconfesional y con los no creyentes.
145. Formar a los docentes de educación religiosa escolar no sólo para realizar con competencia sus programas de educación religiosa, sino también para evangelizar la cultura y religiosidad de las familias, para evangelizar la cultura científico‑técnica y humanista de los programas a través del diálogo interdisciplinario, finalizando en Cristo dicha cultura, para educar la creatividad y el discernimiento crítico evangélico ante la cultura audiovisual de masas y para mantener un diálogo acogedor y formativo con los alumnos y su subcultura juvenil (ver SD 265‑266).
146. Formarnos con los catequistas para no causar conflictos intraeclesiales, y afrontar con el amor que proviene del Espíritu Santo y la Sabiduría de Cristo los posibles conflictos en la sociedad civil, que a causa del Evangelio nos pudieran llevar a la marginación, al exilio, a la cárcel o al martirio.
147. Diversificar la formación de catequistas según los ambientes socioculturales en que han de servir, con programas apropiados, para inculturar la fe aun entre los más desventajados o alejados.
4.4 Referentes a las acentuaciones de los contenidos
148. Acentuar la opción de Jesucristo por los pobres y sencillos, por los enfermos, los pecadores, los postergados como la mujer y los niños, y los marginados como los leprosos, extranjeros y publicanos, que nos llama a una forma cristiana de presencia en el mundo.
149. Destacar en Jesucristo al Siervo golpeado por la injusticia que seguimos observando en nuestra realidad, quien nos llama a devolver al mundo el orden original del proyecto de Dios.
150. Subrayar la imagen de Jesús evangelizador y profeta que anuncia el reinado de Dios y denuncia la iniquidad a partir de la renuncia de sí, en lo cual la Iglesia ha de serie fiel.
151. Reexpresar en forma adecuada la imagen de Jesucristo resucitado, cercano, viviente, comprometedor al enviarnos a cooperar en la salvación del mundo, para equilibrar la imagen del Cristo doliente.
152. En la imagen de Cristo Rey descubrir su autoridad como servicio y nuestro llamado a ser un pueblo de reyes (cf`. Ex 19, 5s; 1 Pe 2, 9; Ap 1, 6; 5, 10; 20, 6). Cristo es la “imagen del Dios invisible, como primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas... todo fue creado en él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él consistencia.. (Col 1, 14.16). En esta imagen debemos descubrir a Cristo en la Catequesis como el horizonte cultural de nuestro mundo en todas las realizaciones que hoy lo caracterizan.
153. Destacar a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre como Señor de la Historia (cf. RH l), que se hizo parte de nuestra historia para iniciar su transformación por el Evangelio.
154. Mostrar a Jesucristo como Buena Nueva para cada persona, cada pueblo y cada grupo sociocultural o étnico.
155. Discernir desde la fe las situaciones humanas para detectar la presencia o ausencia de Dios en ellas y así asimilarlas en la catequesis, particularmente los acontecimientos de salvación vividos por cada pueblo y cada grupo sociocultural con sus anhelos y proyectos, al relatar la historia de la salvación en1a cual Dios llama a participar activamente.
156. Incorporar la Doctrina Social de la Iglesia como parte indispensable de la catequesis, de modo que todos, hasta los niños y los más sencillos, la reconozcan como parte de la vivencia normal de su fe.
157. Reconocer en cada cultura los valores y contravalores, para ayudar a desarrollar unos y a purificarla de los otros con la colaboración libre de sus representantes.
158. Presentar el paso de situaciones menos humanas a más humanas como manifestaciones de la acción de Dios con nuestra participación en la historia.
159. Confrontar el individualismo neoliberal y consumista con la solidaridad evangélica.
160. Incorporar el testimonio de los mártires, apóstoles, santos y beatos de América Latina y el Caribe en nuestra catequesis, para tender a una espiritualidad encarnada en nuestra historia y realidad.
161. Realizar una decidida catequesis vocacional que favorezca el surgimiento y maduración de todas las vocaciones autóctonas válidas en la Iglesia.
4.5 Referentes a los métodos
162. Acoger la gracia de la conversión a Jesucristo como personas y como Iglesia (SD 23, 44, 68, 178), para que el testimonio de vida evangélica valide la fe cristiana ante cada sector sociocultural.
163. Partir de la realidad del otro, compartir en lo posible su vida para comprender su lenguaje, sus sentimientos y carencias, asumirla desde el Evangelio, darle protagonismo en sus decisiones y propuestas.
164. Escudriñar las angustias existenciales y suscitar las interrogantes de las personas para responder con una adecuada presentación de la Buena Nueva en las situaciones de un mundo que cambia rápidamente en sus valores fundantes de la cultura y especialmente en las situaciones conflictivas, opresivas o marginantes que sufren los pobres.
165. Analizar críticamente en la cultura adveniente desvalores como la masificación e incomunicación, y valores como su unidad y otros signos de esperanza que sirvan de apoyo para educar la fe.
166. Mantener conciencia de que Jesucristo evangeliza a través del catequista, el cual ha de actuar confiando permanentemente en el Espíritu que hace nuevas todas las cosas y las culturas.
167. Prestar atención respetuosa y lúcida a la religiosidad popular con sus valores y desvalores, para hacer madurar la fe evangélica y eclesial a partir de la experiencia de Dios tal como la percibe la gente.
168. Respaldar la palabra catequística con hechos y compromisos personales y comunitarios que atestigüen humildemente la sinceridad de nuestra condición de discípulos, para hacer posible que la fe toque la vida concreta y renueve cada cultura desde la experiencia.
169. Asumir los usos, lenguajes, valores y costumbres de nuestros interlocutores en todo lo concorde y compatible con el Evangelio.
170. Promover mediante la catequesis la unidad de las diferentes culturas en América Latina, especialmente las indígenas, afroamericanas y mestizas haciéndolas converger en favor del hombre, respetando empero sus legítimas diferencias.
170. Animarnos a evangelizar las culturas advenientes (científico‑técnica, urbano‑industrial, postmoderna) con el ejemplo de las primeras comunidades cristianas, que encarnaron el Evangelio en su ambiente.
171. Interpretar las esperanzas de la gente, iluminándola con la historia de Israel que conduce al seguimiento de Cristo hasta la celebración eucarística con él, según el paradigma de Emaús.
172. En las situaciones de dolor y muerte, anunciar el misterio Pascual con un lenguaje que asuma las vivencias y esperanzas de las personas y las anime a vivir en la fe cristiana.
173. Apoyar los procedimientos dialogales que reconocen todo lo verdadero y bueno que hay en el otro y desechar los impositivos, al compartir la riqueza del Evangelio y de las culturas con que entramos en contacto.
174. Respetar el ritmo de asimilación de la fe en las personas y comunidades para permitir el cambio de sus hábitos mentales y prácticos hasta vivir una cultura cristiana.
175. Proponer los criterios sociales de la Iglesia, respetando la libertad a los catequizandos en sus preferencias partidistas.
176. Cultivar la experiencia y doctrina de Jesucristo que nos proporciona la Iglesia en su magisterio y que la gente vive en su fe. En la catequesis no se deben separar ambas, experiencia y doctrina, sino enseñarlas en mutua complementación.
177. En las situaciones de sincretismo de la religión católica con otras, acompañar procesos que ayuden a rescatar todo lo compatible con el Evangelio y a redimir o superar lo que esté marcado por el pecado o la ignorancia.
178. Promover el conocimiento y seguimiento de Jesús haciendo de sus acciones y palabras un llamado a ser y actuar como él, de modo que la catequesis toque la vida concreta para cambiarla según el Evangelio.
179. Evitar todo procedimiento que manipule o violente a las personas y comunidades por ser antievangélico y en cambio favorecer su originalidad, iniciativa y creatividad en todo lo que no se oponga al proyecto de Dios.
180. Introducir resueltamente métodos catequísticos que por su calidad evangelizadora y educativa son capaces de producir cambios culturales tales como el mejoramiento de la cohesión familiar, el hábito de lectura bíblica, la responsabilidad en el trabajo y otros.
181. Producir medios didácticos catequísticos adecuados a la cultura de la imagen en los medios de comunicación social y medios que incursionen fuertemente en la cultura computarizada con programas catequéticos que se conformen a las nuevas mentalidades de la niñez y juventud actual.
182. Apoyar las formas de celebración pública de las fiestas religiosas y populares de modo que aun las que no tienen origen cristiano puedan constituir o apoyar una gran catequesis popular, utilizando todos los signos, valores y lenguajes compatibles con el Evangelio para tocar el corazón de las culturas.
183. Fomentar la creatividad para hacer surgir expresiones originales de vida, de celebración y de compromiso cristiano.
4.6 Referentes a la promoción humana
184. Orientar la catequesis hacia la formación de personas y comunidades maduras que desde su propia identidad cultural, perfeccionen diaconalmente según el plan de Dios su entorno, la sociedad y la humanidad, aprendiendo a asumir servicios asistenciales y compromisos políticos autónomos.
185. Presentar a Jesucristo liberador del pecado y de todas sus manifestaciones: la opresión, las injusticias, la violencia, la mentira, el dolor, la enfermedad y la muerte, que vence por su pasión, muerte y resurrección de las que brotan la fraternidad, la justicia, la paz, la verdad, la alegría, la salud, la vida. No olvidar que, como dice el documento de Puebla (N° 178), Jesucristo “sabe bien lo que hoy tanto se calla en América Latina: que se debe liberar el dolor por el dolor, esto es, asumiendo la cruz y convirtiéndola en fuente de vida Pascual”.
186. Promover mediante la catequesis de acuerdo a la Doctrina social de la Iglesia, la dignidad de la persona humana, su igualdad, solidaridad y subsidiariadad, su obligación y derecho a la educación y al trabajo, su responsabilidad ante Dios, ante sí misma y ante la sociedad, la función y rectas formas de la propiedad de los bienes de la tierra. Denunciar a la vez las injusticias que se cometan en estos campos y similares por sistemas socio‑económicos y políticos corruptos, a la vez que formar la conciencia del catequizando acerca de la obligación de cooperar positivamente con las legítimas autoridades a obtener el bien común.
187. Priorizar la catequesis de jóvenes y adultos orientándolos a participar en las decisiones transformadoras de la familia, de la sociedad y de la cultura según el Evangelio.
188. Orientar la formación catequética en los seminarios y comunidades religiosas, capacitándolos para la formación de laicos transformadores de las estructuras y de las culturas por el Evangelio.
189. Procurar en la catequesis que valores culturales como la verdad, la belleza, la justicia, el amor al trabajo y a la patria, la eficiencia responsable, la defensa del equilibrio ecológico y muchos otros se encarnen en la realidad y no permanezcan como ideas teóricas.
190. Superar en la catequesis infantil una presentación de la fe que, al silenciar el sufrimiento y el mal, no educa para la vida real.
191. Promover en la educación religiosa escolar una síntesis de los valores humanos tales como la ciencia, la técnica y otros integrados en una cosmovisión y actitud cristianas en un proceso de formación integral de personas y comunidades.
192. Superar en la formación cristiana el paternalismo generador de dependencia mediante la promoción tanto del uso creativo de los propios recursos, como de las organizaciones y de la autogestión.
193. Mantener en los procesos de catequesis la celebración de las esperanzas, luchas pacíficas y triunfos de la comunidad que la identifican y cohesionan.
194. Fortalecer en el proceso catequístico la identidad cultural de las comunidades, abriéndolas a otras culturas, sin destruirlas ni propiciar su agresión.
195. Catequizar sobre el poder político como servicio a la comunidad, evitando su absolutización, que lleva a la violencia y al fanatismo.
196. Apoyar proyectos catequísticos dirigidos a quienes tienen poder para que al convertirse a Jesucristo lo pongan al servicio del bien común, y procesos que ayuden a la promoción de los más débiles incluyendo minusválidos, enfermos, presos y ancianos.
197. Orientar la intercomunicación planetaria lograda por los medios de masas hacia la sensibilización y solidaridad efectiva con las alegrías y problemas del mundo.
198. Expresar la doctrina social de la Iglesia en lenguaje catequístico con ayuda del DECAT.
4.7 Referentes a las estructuras de la iglesia educadora de la fe
199. Promover una presencia de la Iglesia dialogante con la cultura en las escuelas y universidades católicas, estatales y privadas, que haga posible la evangelización para todos. Propiciar allí mismo la catequesis para los alumnos católicos, que los integre a la comunidad cristiana.
200. Ayudar a que nuestras Iglesias locales sean siempre sujeto de la evangelización inculturada, que reciba fraternalmente y con discernimiento lo que sirva a nuestras necesidades y proyectos pastorales, desarrollando nuestra creatividad catequética en el servicio de la Palabra de Dios, con el Catecismo de la Iglesia Católica como documento de referencia, evitando los simples trasplantes pastorales y catequísticos importados.
201. En cuanto a la contribución de los peritos a la inculturación de la catequesis, sugerimos a nuestros Obispos que seleccionen para ello a personas muy fieles al Evangelio, a la Iglesia y a las culturas que se pretenda evangelizar.
202. Privilegiar en la catequesis la familia y las pequeñas comunidades, en las cuales la interacción personalizante favorece la encarnación de la fe en la vida cotidiana.
203. Conectar orgánicamente la pastoral catequética con la pastoral educativa, la pastoral de las culturas, la pastoral familiar, la pastoral de las comunicaciones y la pastoral social para un mutuo enriquecimiento eclesial y un mejor servicio del reinado de Dios.
204. Realizar una catequesis vocacional que permita a la Iglesia contar con el personal necesario para encarnar el Evangelio en los distintos ambientes socioculturales que lo reclaman.
4.8 Referentes a los procesos, etapas y evaluación
205. Acompañar una maduración de la vida nueva en Cristo que hemos de significar y celebrar, y evitar la preparación apresurada de los sacramentos.
206. Favorecer una maduración de la fe que lleve a expresarla en formas originales de servicio solidario, de vida comunitaria, de reflexión, de anuncio a otros y de celebración.
207. Abrirse a conocer, acompañar y evaluar con criterios evangélicos la maduración y transformación de las comunidades y de sus mentalidades desde su propia identidad.
208. Evaluar los contenidos y métodos de la catequesis de acuerdo a la naturaleza e integralidad del Mensaje, a su acomodo pedagógico, a los catequizandos a los que se dirige, a la conversión que produzca, a su presentación kerigmática, a los criterios que forme en los catequizandos desde el misterio Pascual en una Iglesia de comunión, y así, al proceso de liberación que induzca en todos los campos, a la nueva Evangelización que promueva, a la promoción humana y a la cultura de la vida.
209. Programar, realizar, evaluar y celebrar en forma participativa los procesos de catequesis inculturada.
210. Favorecer en los procesos catequísticos de niños, jóvenes y adultos, según su propia capacidad evaluativa, la autoevaluación y la coevaluación, que permiten asimilar mejor toda clase de valores, abarcando no sólo el ámbito del conocimiento, sino también las actitudes y el compromiso.

Carta a los Catequistas de

América Latina y El Caribe
Hermanos y Hermanas Catequistas

de América Latina y el Caribe:


¡Jesucristo ayer, hoy y siempre!

¡Paz en su nombre!
1. Convocad‑os por el CELAM mediante su Departamento de Catequesis nos hemos congregado pastores y catequistas en la II Semana Latinoamericana de Cate­quesis en Caracas, Venezuela del 18 al 24 de septiembre de 1994. A este evento, hemos venido, con los Obispos Presidentes de las Comisiones Episcopales de Cateque­sis y varios delegados de cada país Latinoamericano y el Caribe, en nombre de todos ustedes.
El tema de nuestro encuentro, se resume en el lema “Hacia una Catequesis Inculturada”.
Estamos convencidos que las reflexiones realizadas en la semana, las aprovechará el CELAM para ofrecer orientaciones a las Conferencias Episcopales sobre el tema de la inculturación de nuestra catequesis en América Latina.
2. Durante esta Semana, en nuestros encuentros de oración y reflexión, los tuvimos a ustedes muy presentes. Son una multitud innumerable, que sobrepasa los dos millones de Jóvenes, adultos, ancianos, hombres, mujeres y familias que en todos los rincones de nuestro Continente, con verdadera pasión, viven su vocación‑misión de catequistas en la Iglesia, como educadores de la fe de nuestro Pueblo cristiano.
Recordamos especialmente a los catequistas que se encuentran en los lugares más pobres y alejados, a los que ofrecen con humildad, dedicación y constancia su servicio en regiones donde en pocas ocasiones llegan los pastores, a los que exponen sus vidas en situación de riesgo, a los que prestan su servicio en las ciudades, en los suburbios.
Cómo Iglesia, nos enorgullecemos de todos ustedes y nos alegramos de la respuesta generosa de tantos hombres y mujeres al ministerio catequístico por el testimonio personal, y el compromiso de la fe de nuestros niños, jóvenes y adultos.
La Iglesia no podría sobrevivir y crecer en muchos sectores sin el aporte y el ministerio de la catequesis.
Reciban nuestra expresión de agradecimiento y de toda la Comunidad Eclesial por su entrega incondicional al ministerio de la Palabra.


  1. Alabamos al Señor que enriquece a su Iglesia con una multitud de catequistas. Una vez más queremos proclamar que ser catequista es verdaderamente una vocación-misión. Y que en la organización pastoral de la Iglesia es un verdadero ministerio.

Ser catequista es responder SI al llamado bautismal del Señor para seguirlo como discípulo(a) y al mismo tiempo llevarlo a todos los pueblos, asumiendo de modo explícito el mandato de Jesús: “Vayan y hagan discípulos a todas las naciones, ( ... ) enseñándoles lo que les he mandado” (Cfr. Mt 28,19‑20).


Con la fuerza del Espíritu de Pentecostés y la fidelidad a la Iglesia, tenemos la certeza de que el Señor está con nosotros hasta el fin de los tiempos (Cfr. Mt 28,20).


  1. Conscientes de nuestro compromiso en un mundo de fuertes cambios, próximo al final de este milenio, e inicio del 2000, a través de los signos de los tiempos y del magisterio de la Iglesia, somos convocados por el Señor:

A una constante conversión personal y comunitaria. Conversión a Jesucristo, camino, verdad y vida; verdadero Dios y verdadero hombre; muerto, resucitado y vivo entre nosotros. Conversión plena, entusiasta, firme, segura e irradiante.


Convocados a una atención permanente a la realidad concreta en la que estamos llamados a anunciar la Buena Nueva con el testimonio y la palabra; respeto a las culturas; defensa intransigente de la vida y los derechos humanos; uso crítico y positivo de los MCS y de las conquistas tecnológicas para que estén al servicio de los valores humanos y cristianos.
Convocados a un esfuerzo específico de inculturación de la fe y del mensaje evangélico de modo que cada pueblo, sin perder su identidad cultural, pueda asumir y vivir la fe cristiana. Así la única fe tendrá los muchos rostros de las variadas culturas desde el corazón mismo de nuestro pueblo, reunidos en una Iglesia Latinoamericana.
Convocados a un compromiso pleno con la Nueva Evangelización y la promoción humana integral, la “opción preferencial por los pobres” (que no debe ser exclusiva ni excluyente) requiere la sincera y organizada búsqueda de las condiciones básicas que exige la dignidad humana. El mensaje que anunciamos no nos permite permanecer pasivos ante tanta miseria, violencia y corrupción, que afecta a más de la mitad de nuestro pueblo en situaciones de verdadera deshumanización. Es importante no olvidar otras situaciones en las que muchos de nuestros hermanos viven y que no han sido plenamente catequizadas, como es el mundo universitario, el de la política, el de la economía, el de la ciencia y la técnica, el de los militares, el de los campesinos y el de los industriales y el de tantos otros de nuestra sociedad actual urbana y rural.
Estos temas claves nos acompañaron a lo largo de la II Semana Latinoamericana de Catequesis. Encontramos la fuerza inspiradora en la Sagrada Escritura, especialmente en el Verbo Encarnado; en el Documento de Santo Domingo (1992), en el llamado de Juan Pablo II a la “Nueva Evangelización” (1983), en el Catecismo de la Iglesia Católica (1992) y en la variada y desafiante realidad cultural de nuestro pueblo.
Agradecemos a todos los que han hecho posible este encuentro. A los que nos han acompañado con su oración, en particular a las quinientas y más comunidades de vida contemplativa, de quienes hemos recibido numerosas comunicaciones de estímulo.
Encomendamos a Jesús, a María, y a los Santos y Santas latinoamericanos y a todos aquellos que entregaron sus vidas al servicio de la evangelización.
A Jesús, que es modelo de inculturación. A María de Guadalupe, que es rostro inculturado del Evangelio. A San Francisco Solano ejemplo y modelo de catequista latinoamericano.
Caracas (Venezuela) 24/09/94


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