Hacia una catequesis inculturada


y necesitan una presentación integral y orgánica



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y necesitan una presentación integral y orgánica
La promoción humana, como parte integrante de la catequesis, nos protege contra dualismo que, aunque teóricamente superados, son una debilidad crónica. Una presentación integral apunta a la salvación del hombre, la persona, en comunidad (y no del alma del individuo sin más) porque “en todo tiempo y en todo pueblo es grato a Dios quien te teme y practica la justicia, sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo ...” (LG 9.a). Y esta comunidad es llamada a construir el mundo nuevo desde Jesús, en quien, al resucitar, Dios ha inaugurado definitivamente su Reino (RM 16). Y si bien el progreso humano, liberación y justicia no se identifican con la salvación y el Reino, sin embargo hay una clara asociación entre aquellos valores y la salvación obrada por Cristo (ver EN 35).
Por todo eso, cuando hablamos de promoción humana decimos:
Entendemos por promoción humana el crecimiento de los seres humanos y la creación de estructuras más justas y fraternas que formen el medio “ecológico” apto para el desarrollo de las personas.
En el contexto de la catequesis este crecimiento acompaña necesariamente a una fe que madura como viva, gozosa y plena.
3. INCULTURACION
Los principios teológicos concernientes a las cuestiones de fe e inculturación tiene todavía necesidad de ser profundiza dos” (LR 13).
A. Evangelio y cultura
Evangelizar la cultura...
“Lo que importa es evangelizar ‑ no de una manera decorativa, como con un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces ‑ la cultura y las culturas del hombre en el sentido rico y amplio que tienen sus términos en la Gaudium et Spes (50) tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presente las relaciones de las personas entre sí y con Dios” (EN 20).
El evangelio, y por consiguiente la evangelización, no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el reino que anuncia el evangelio es vivido por hombres y mujeres profundamente vinculados a una cultura y la construcción del reino no puede hacer, a menos que tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas (cfr EN 20).
“Para ello la catequesis procurará conocer esas culturas y sus componentes esenciales, aprenderá sus expresiones más significativas, respetará sus valores y riquezas propias Sólo así se podrá proponer a tales culturas el conocimiento del misterio oculto y ayudarlas a hacer surgir de su propia tradición vivas expresiones originales de vida, de celebración y de pensamiento cristiano” (CT 53 a).
abarca la totalidad de la vida ...
“La cultura ... abarca la totalidad de la vida de un pueblo: el conjunto de valores que lo animan y de desvalores que lo debilitan y al ser participados en común por sus miembros, los reúne en base a una misma “conciencia colectiva” (EN 18). La cultura comprende, asimismo, las formas a través de las cuales aquellos valores o desvalores se expresan y configuran, es decir, las costumbres, la lengua, las instituciones y estructuras de convivencia social, cuando no son impedidas o reprimidas por la intervención de otras culturas dominantes” (DP 387).
Al evangelizar la Iglesia asume explícitamente los valores del reino (las semillas del verbo) ya presentes en el patrimonio cultural dentro del cual actúa.
“La Iglesia se siente llamada a estar presente con el Evangelio, particularmente en los períodos en que decaen y mueren viejas formas según los cuales el hombre ha organizado sus valores y su convivencia, para dar lugar a nuevas síntesis” (DP 393).
y apunta a la aceptación de Cristo, el Señor que nos revela a Dios como padre
La tarea específica de la evangelización consiste en “anunciar a Cristo” e invitar a las culturas no a quedar bajo un marco eclesiástico, sino a acoger por la fe y sin ninguna coacción, a Dios como único Padre y maestro, manifestado por Cristo. El es el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6) y fuera de él no hay plenitud. “De este modo, por la evangelización, la Iglesia busca que las culturas sean renovadas, elevadas y perfeccionadas por la presencia activa del Resucitado, centro de la historia, y de su Espíritu” (DP 407).
“Por nuestra adhesión radical a Cristo en el bautismo nos hemos comprometido a procurar que la fe, plenamente anunciada, pensada y vivida, llegue a hacerse cultura. Así, podemos hablar de una cultura cristiana cuando el sentir común de la vida de un pueblo ha sido penetrado interiormente, hasta “situar el mensaje evangélico en la base de su pensar, en sus principios fundamentales de vida, en sus criterios de juicio, en sus normas de acción” (Juan Pablo II discurso inaugural, 24) y de allí “se proyecta en el ethos de¡ pueblo ... en sus instituciones y en todas sus estructuras” (ib. 20). Santo Domingo 229.
B. Inculturación de la fe
Se refiere el contenido y a los métodos ...
La inculturación de la fe lleva a reformulaciones del contenido y elaboración de nuevos métodos catequéticos exigidas por las diferencias de culturas, de edades, de la vida espiritual, de situaciones sociales y eclesiales de aquellos a quienes se dirige la catequesis (ver CATIC 24).
La Palabra de Dios se encarnó para la redención. Al hablar de inculturación del mensaje evangélico se debe tener en cuenta los dos aspectos: la encarnación y su fin último que es la redención.
e implica una transformación íntima de valores
“La Iglesia, que une diversidad y unidad, por su presencia en el mundo entero, asume, en cada cultura, lo que ahí encuentra de positivo. Sin embargo la inculturación no es una mera adaptación exterior; es una transformación íntima de los auténticos valores culturales para su integración en el cristianismo y el enraizamiento en las diversas culturas”. (Congregación para la doctrina de la fe ‑Instrucción sobre la libertad cristiana y la liberación N° 96 ‑ marzo 1986).
Sus fundamentos son la encarnación ...
Jesús vino a traer (anunciar y obrar) la redención en un país determinado, con cultura y religión que se expresan en un idioma propio, con gestos y palabras de su tiempo. Las primeras comunidades mantenían los signos de pertenencia a esta lengua, cultura y religión. Cuando surgen cristianos del mundo griego y gentil, el cristianismo se hace universal, el Nuevo Testamento se escribe en griego, idioma común en el ámbito donde se movían los cristianos, y las celebraciones incorporan elementos no‑judíos.
“La Encarnación del Verbo en Jesús de Nazaret, así como es un “misterio”, cuya luz nos permite orientarnos en la búsqueda del sentido encarnatorio que tiene la misión de la Iglesia entre los pueblos, es también “modelo” y “arquetipo” de toda realización cristiana. “Nos ofrece así un esquema, conforme al cual la Iglesia ha de realizar su misión en el presente ... La Iglesia se somete aquí a su arquetipo, el Verbo encarnado, como norma del ejercicio pastoral de su misión.
El contenido general de la norma es claro en cuanto a sus principios generales. En su misión evangelizadora, la Iglesia no puede proceder con el criterio “monofisita” de querer hacer presente la fe destruyendo las culturas, o privándolas de su propia consistencia al absorberlas en sí misma. En base a su fe la Iglesia está llamada a confirmar, a mantener la validez de los valores que encuentra en los pueblos. Ciertamente, puede también, por una especie de “inversión”, que seguiría siendo monofisita, reducirse ella misma y su fe al orden de la cultura, diluyéndose en ella. Tampoco puede caer la Iglesia, en el ejercicio de su misión, en un “dualismo” que mantuviera la fe separada y a distancia del núcleo de vivencias propias de una cultura, sin llevarla al corazón de la misma.
En la búsqueda de una unión, de una configuración evangélica de las culturas, a la vez que de una extensión de la fe ‑hacia nuevos modos culturales de vivir el evangelio, será ineludible que junto a tentativas de mutua adaptación, se produzcan recíprocas y auténticas críticas” (Lucio Gera en “Monumenta Catequética” Tomo I de Juan Guillermo Durán. Presentación 5).
y la redención que es el fin de la encarnación
El mensaje que nos trae Jesús de Nazaret, Palabra de Dios hecha carne, es un mensaje de redención que asume y transforma; es mensaje de humanidad porque la encarnación se realiza para que el hombre sea el que es llamado a ser. La redención que trae el Verbo encarnado enseña al hombre para que este aprenda a ser plenamente hombre, a vivir en el amor, la gratuidad y la justicia.
Este mensaje que anuncia y obra la salvación llega verdaderamente al hombre si es encarnado, si cada uno puede recibirlo “en su propio idioma” (Hechos 2,11) y si redime los auténticos valores vividos por el hombre (las semillas del Verbo). Así la multiplicación de los panes redime la generosidad del joven frente al hambre de la multitud, la vuelta a la vida del joven de Naím redime el amor y dolor de una madre, la revelación del Resucitado redime la hospitalidad de los caminantes de Emaús, etc.
El anuncio del mensaje de salvación se hará de maneras distintas según el idioma pero también según los auténticos valores presentes en una determinada cultura o los desvalores que son desenmascarados por el mensaje de salvación. Al dar la importancia que corresponde a la redención como fin de la encarnación y como elemento más importante para la inculturación se evita reducir la inculturación a una mera adaptación ideomática y cultural que se haría esclavo acomodaticio de la moda del momento y del lugar, llevando la incultuación a un terreno más ideológico que de fe”. La inculturación se entiende como inculturación redentora. Sin este sentido último de la historia, la perspectiva de la inculturación se pierde y se corre el riego de caer en errores, pensando en una inculturación como proyecto cultural histórico inmanente” (Mons. Javier Lozano Barragán ‑ ibid.)
“Podernos decir que las diversas culturas contienen verdades en diversa relación valorativa. Verdades que siempre la Iglesia entendió como semillas del Verbo, y que siempre respetó y que coincidiendo en ellas es como se rescata la unidad original de la humanidad (cf. Filp. 4,8; Juan. Pablo II, Discursos a los cardenales, 22.12.1986). El acto evangelizador – sobre todo, en la forma privilegiado del diálogo ‑ podrá rescatar esas verdades, rectificando la relación valorativa, o sea según el “ordo amoris” cristiano (cf. Mt 22, 37‑40). La redención de la cultura es, entre otras cosas, y en primer lugar, desde una subjetividad alcanzada por la verdad de la Revelación y de la gracia o del amor cristiano (cf. Pablo VI, EN 19), rescatar, purificar las verdades presentes en aquella y por el amor regenerado por la gracia, rectificarlas en el orden del amor. La aculturación de la fe en las creaciones culturales (lenguajes) será una condición para dicho logro, respetando el estilo de Dios, cuando quiso implantar la tienda del Verbo entre nosotros (Jn 1,14), o sea según la ley de la economía, de la pedagogía, que tiene originalmente un principio superior, el de la condescendencia (sinkatabasis). Esta significa y tiene lugar” cuando Dios no aparece tal cual es, sino se muestra como es capaz de verlo aquel que lo contempla, midiendo su manifestación según la debilidad de sus contemporáneos” (S. Juan Crisóstomo, Homilía III. PG 48, 722). (Juan C. Maccarone en “Monumenta”, de Juan G. Durán Tomo II, Presentación 6).
RESUMIENDO:
En cuanto a Catequesis
Entendemos por catequesis el camino de crecimiento y maduración en la fe, en un contexto comunitario ‑ eclesial, que da sentido a la vida. Cada cristiano necesita, durante toda su vida, esta educación en la fe porque en todos los momentos, situaciones y acontecimientos que le tocan pasar necesita de la luz de la Palabra, transmitida a través de la Tradición y la Escritura, a fin de poder vivir íntegramente desde la fe.
Se debe priorizar el acompañamiento del adulto en este proceso de crecimiento porque es en esta edad que el hombre es más capaz de organizar su vida de manera unificada y porque el adulto es, más que nadie, agente multiplicador y catalizador para imitaciones: el testimonio de vida es, desde el punto de vista antropológica, en parte, el punto de partida para imitaciones deseadas por el testigo y por el imitador.
La catequesis no se limita así, a la instrucción de niños, ni a la preparación a determinados sacramentos porque el acompañamiento catequístico se ha de hacer durante toda la vida; se trata del itinerario Catequístico Permanente como el aspecto de la pastoral que educa en la fe a toda la comunidad para que esta pueda vivir su historia como una historia de Salvación y se sienta partícipe de la misión de la Iglesia que existe para evangelizar (EN 14).
En cuanto a promoción humana
Cuando hablamos de promoción humana nos referimos, en el presente contexto, al acompañamiento pastoral al hombre y a la comunidad en su crecimiento y maduración en la fe hacía la plenitud del hombre nuevo hecha realidad en la persona de Cristo; estructuras cada vez más justas y fraternas son el ambiente propicio para este crecimiento.
El hombre mismo es sujeto y coautor autor de esta promoción por invitación de Dios. Y tanto el sujeto como el instrumento (la Iglesia) necesitan convertirse constantemente al proyecto de Dios.
Sin querer caer en simplificaciones o identificación se debe presentar el mensaje de salvación en su integridad, asociando directamente la promoción humana y la salvación en Cristo.
En cuanto inculturación
Cuando hablamos de inculturación decimos que el mensaje de salvación debe expresarse en el lenguaje y la cultura del lugar:
 asumiendo los valores presentes

 denunciando los desvalores

 anunciando los valores del evangelio

 y reordenando el todo en “ordo amoris”.


Las palabras y las obras de la Iglesia deben apuntar siempre a la redención a partir de la encarnación que es al mismo tiempo contenido del mensaje y método elegido por Dios.
Cabe preguntamos si todos estamos de acuerdo con

esta base como marco de referencia.


II. LOS DESAFIOS DE CARA AL FUTURO
(GS 4 al 10 ‑ DCG 1 al 9 ‑ JEP 26 al 29 ‑ DM VIII del 1 al 3 DP 3 al 109)
Con audacia e imaginación creadora
La catequesis tiene que salir al encuentro de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Con audacia e imaginación creadora el creyente descubre la presencia del Espíritu en el entretejido de la historia humana.
... frente a los múltiples desafíos ...
Entre los múltiples desafíos, parece conveniente señalar algunos que, a modo de grandes núcleos, contienen a los demás. Vemos nuevos horizontes y bifurcaciones de caminos que abren posibilidades positivas o desviaciones.
... hay posibilidades ...
El desarrollo de las ciencias ha llevado a una creciente valoración de las realidades terrenas y de su correspondiente autonomía. La facilidad y el incremento de las comunicaciones crea una positiva interrelación: las posibilidades de conocimiento mutuo implican oportunidades de enriquecimiento, crecimiento y maduración, al mismo tiempo fomenta la sensación de una interdependencia cada vez más grande entre pueblos y culturas, lo que da lugar a manifestaciones de solidaridad y simpatía (sentir con) cada vez más amplias y fuertes. A esto hay que añadir también el deseo de participación y protagonismo tanto a nivel social como eclesial: el Espíritu lleva a la Iglesia cada vez más a ser comunidad que se manifiesta en comunión y participación.
El auge en el hombre contemporáneo de la conciencia de su dignidad, de la presencia y el rol de la mujer; la salvaguarda de lo creado ‑ecología‑; la búsqueda de un nuevo sentido ético manifiestan un crecimiento en humanidad, una promoción real.
... y desviaciones: ...
Estos cambios no se producen en la actualidad sin notables desviaciones. Desde la catequesis y frente a la promoción humana (entendida en el sentido anteriormente descrito) percibimos estas “notables desviaciones” como desafíos que, visto en el contexto cultural latinoamericano, formulamos de la siguiente manera:


  • el secularismo

  • la creciente situación de injusticia estructural e institucionalizada

  • el surgimiento de nuevos movimientos religiosos

  • la relativización o negación de toda certeza


... y encierran un llamado del Espíritu
Estos desafíos encierran siempre un llamado del Espíritu y nuevas oportunidades para la Catequesis, ya que manifiestan nuevas riquezas de la humanidad, que son otras tantas posibilidades para vivir la fe y la relación con Dios. Sin embargo, ante la magnitud de aquellos desafíos, la comunidad cristiana no siempre acierta a encontrar caminos válidos de respuesta.
fe en Cristo y dignidad humana
Ante la preocupación por el hombre mismo, característica de la mentalidad secularista, la catequesis tratará de no disociar nunca la fe en Cristo de la dignidad humana, y acentuará la conexión esencial existente entre evangelizar y promover al hombre, librándolo de toda opresión y esclavitud.
construcción de la historia
La catequesis tratará de destacar el valor propio de lo temporal, y la responsabilidad del hombre en construir la historia, superando una imagen mecanicista y providencialista de Dios.
representación más auténtica de Dios
Dentro de los elementos más negativos y ambiguos de la posmodernidad, la catequesis ayudará a descubrir una llamada a la pobreza y a la discreción en el discurso sobre Dios, así como una crítica sana y permanente frente a representaciones demasiado fáciles e ingenuas del Absoluto.
A. EL SECULARISMO
Cabe aclarar que no me refiero a la secularización entendida como la justa y legítima autonomía de las realidades temporales tal como es querida por Dios (ver GS 19‑20 y 36; EN 55, Ecc. 10).
A diferencia de la legítima y sana secularización, el secularismo se presenta como desafío por cuanto intenta reducir todo a la inmanencia. Hay, evidentemente, un proceso secularizante fuerte en nuestro continente en múltiples ámbitos se prescinde de Dios y se lo considera intranscendente.
El secularismo, actitud que situándose ante el mundo en clave de inmanencia, concibe la vida personal y social al margen de Dios. En nombre de la ciencia y de la técnica niega la importancia de la dimensión religiosa para la existencia cotidiana de los hombres y para su realización definitiva.
Nuestras culturas tradicionales se ven confrontados e invadidos por una especie de cultura universal, científica y técnica que se impone, sobre todo a través de los medios de comunicación social con sus cadenas mundiales y por la sociedad de consumo, también promovida por los mismos medios y por el sistema neoliberal. Esta supra ‑ cultura universal tiene un rasgo claramente secularista: Dios es irrelevante y la eventual fe del hombre es elemento prescindible y accidental no hace al fondo del ser y de la sociedad.
Esta supra‑cultura no reemplaza las culturas locales sino que cohabita con ellas, pero hay pocos indicios de un diálogo intercultural o de real confrontación, posiblemente porque todavía no existe una clara conciencia ni personal ni colectiva. Sin embargo, esta ausencia de clara conciencia trae consigo una creciente invasión de criterios, modos de vivir y de presentar la vida, reñidas con ancestrales tradiciones y muchas veces anti‑valores son presentados como lo más normal: la infidelidad, el sexo como amor, la violencia, la superficialidad, la ausencia de lo trascendente etc. van minando y marcando, inconscientemente o no, al hombre contemporáneo. Todo eso “conlleva el riesgo de alimentar en el hombre la autosuficiencia y de absolutizar el poder, el dinero, el placer, la razón, la mera eficacia o el Estado mismo ... Al prescindir de Dios se despoja al hombre de su referente último y los valores pierden su carácter de tales, convirtiéndose en ídolos que terminan degradándolo y esclavizándolo. Las secuelas de esta actitud suelen manifestarse en diversas formas de corrupción que afectan a las personas y dañen el conjunto del tejido social” (LP 12).
El hombre creyente corre el riesgo de ser llevado a una doble vida, en la cual la fe ocupa un lugar en lo privado o solo en determinados momentos, sin conexión con la vida real. Y el divorcio entre fe y vida se vuelve abismo.
De hecho este secularismo es, objetivamente, una falta contra el primer mandamiento: Dios, siendo prescindible, no es amado ni amable: se vuelve una mera noción.
La realidad descrita urge a la Iglesia a una proclamación vigorosa del Mensaje de Salvación que parte de un Dios hecho hombre, muerto y resucitado para nuestra salvación. Pero el primer aspecto siempre presente deberá ser el testimonio. Una Iglesia que no muestre, a través de su vida en todos sus estamentos y principalmente en sus ministros, la verdad de lo que anuncia nunca fue ni es creíble. Y dentro de este testimonio ocupará un lugar primordial el renunciamiento a honores y privilegios que la sociedad secularizante ofrece constantemente a aquellos que son considerados “factores del poder”.
La opción preferencial por pobres, unida al ‑ejercicio activo de la solidaridad, constituyen el signo de credibilidad de la nueva evangelización (cfr LP 55).
La capacidad de ser testigos de una vida eterna a partir de la pasión y muerte en cruz serán claves para que nuestra cultura no sea aniquilada por la supra‑cultura en su aspecto secularista.
Conviene formular sugerencias operativas para la pastoral catequística.
B. LA CRECIENTE SITUACION DE INJUSTICIA ESTRUCTURAL E INSTITUCIONAL
La creciente situación de injusticia estructural e institucionalizada es fruto del neo liberalismo imperante que genera miseria, llegando a dimensiones infrahumanas. Y cuando el Papa habla de una justicia demasiado largamente esperado, el “demasiado” es una categoría moral. La situación de injusticia es comprobable a diario y su expresión (o efecto) más claro es la pobreza que crece y se extiende. Día tras día hay más personas en situaciones cada vez más infrahumanas de hambre y miseria que padecen ausencia de trabajo, vivienda, vida dignos.
El neo liberalismo local, cada vez más fuerte y al mismo tiempo más dependiente, lleva a una situación de injusticia estructural e institucionalizada, y eventuales inversiones en países latinoamericanos apuntan a conseguir (y llevarse) mayores ganancias a costa de bajos salarios, inseguridad social, inestabilidad laboral y feroz competencia que a menudo implica la desaparición de la industria y el comercio mediano local.
Ahí también hay una especie de situación supranacional de estructuras económicas y sociales que forman una trama mundial que están ligadas al esquema de la supra‑cultura a la cual me referí antes. Y en esta estructura cada país (o cada conjunto de países) tiene su lugar y es empujado a aceptar la distribución de tareas prevista por los poderosos. Tanto la Conferencia Internacional sobre Población, y Desarrollo (el Cairo) como la amenaza de una intervención armada a Haití son signos de esta distribución de decisiones, poderes y debilidades. Acerca de la mencionada Conferencia escribió un conocido columnista: “Deja de lado la única herramienta que resultaría efectiva: una distribución de la riqueza existente, aceptando que el darwinismo social no es el camino que lleva la seguridad humana”. (Oscar Raúl Cardoso México y Buenos Aires 27 de agosto 94). En cuanto a Haití baste la declaración de los obispos haitianos y el directo y televisado pedido de Antonio Cardenal Quarracino a los diputados y senadores de su país para que se opongan a una participación de la Argentina en una eventual intervención.
Esta situación de injusticia estructural e institucionalizada es, objetivamente, una falta grave contra el segundo mandamiento. La dignidad humana, tanto del individuo como de la comunidad (local, regional, continental) es considerada, por sistema estructural, tan imprescindible como Dios y el sistema es más importante que la persona y su dignidad. Y entonces se puede afirmar como ministro de economía que a los jubilados y pensionados no se les puede aumentar sus ingresos, porque haría peligrar todo el sistema. Por el mismo motivo no se pueden aumentar los sueldos, porque a mayor consumo, mayor inflación, según dicen algunos. La persona está al servicio del sistema y no a la inversa.
Sin embargo, tratándose de personas, hace falta fundamentar este “sistema” y proveerlo de leyes y/o decretos que le den forma y fundamento legal: se derogan leyes y se promulgan otras. Como resultado se puede afirmar que la legislación laboral tiende objetivamente, a dejar más desguarnecido al hombre y debilita el eventual poder de sus organizaciones gremiales y sindicales.
La Iglesia, en su tarea evangelizadora y catequística, debe vincular clara y explícitamente su anuncio con la dignidad del hombre. Hay múltiples factores en nuestros modos político‑sociales de vivir que, entre nosotros hoy, ofenden y/o degradan la dignidad humana; “se hace necesario extraer de la fe y de los valores teologales de la esperanza y de la caridad toda su capacidad humanizadora” (LP 19).
El amor a Dios y la fe en El, agredidos en el corazón del hombre por el secularismo, y el amor al prójimo cada vez más reducido por una creciente injusticia estructural y sistemática son dos elementos que hacen a la esencia del cristianismo y a su vivencia y se encuentran menoscabados hoy de una manera sistemática (= por el sistema).
A través del testimonio de vida, de una acción catequética coordinada en base a la Palabra de Dios, de un anuncio profético, de una decidida acción de promoción humana se ha de poner de manifiesto que no hay fe en Dios sin amor al hombre y que este amor es expresión y signo del amor a Dios.
La dignidad del hombre radica en el hecho de ser hijo de Dios, con vocación y destino divinos (GS 22 e) que son potencial dignificador del hombre ya en esta vida: convocan a realizar una historia humana más digna ya hoy. El objetivo del instrumento eclesial, la salvación eterna, podrá ser alcanzado si se inicia en el marco de la historia: toda las realidades creadas comienzan a ser transformadas por la fuerza del evangelio.
La nueva creación, el hombre nuevo y todo lo concerniente a su dignidad, están íntimamente ligados a la fe en Dios. (ver LP 20) y la fe es un potencial dignificador del hombre, ya en esta vida. Todo esto “lleva a presentar la fe, la esperanza, la gracia (= presencia salvadora de Dios) como realidades que no solamente son acreedores a una vida en el más allá, sino que también convocan a realizar una historia humana más digna” (cfr Sin 85,6).
Conviene formular sugerencias operativas para la pastoral catequística.


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