Hacia edimburgo 2010



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HACIA EDIMBURGO 2010

Aportes del Instituto Latinoamericano de Misionología

Cochabamba – Bolivia


Presentación


Aportes del Instituto Latinoamericano de Misionología a Edimburgo 2010

Cochabamba – Bolivia


Según el compromiso asumida por el Instituto Latinoamericano de Misionología hacemos llegar cinco (5) aportes para le reflexión, debates y promoción del evento Edimburgo 2010.
En su momento comunicamos que nuestros aportes tendrían relación con dos áreas de trabajo dentro de las 10 áreas que propuso la comisión organizadora del evento. Estas áreas eran las de:

  • Comunidades cristianas en contextos contemporáneos

  • La espiritualidad en la misión y un auténtico discipulado

Partiendo de estas áreas invitamos a diversas personas vinculadas a la reflexión y praxis misionera a participar de esta invitación que se le dirigió al Instituto de Misionología. Adjuntamos los aportes voluntarios que han llegado y que se concentran principalmente en dos temáticas:




  1. Principales fuentes para una espiritualidad ecuménica-misionera desde Latinoamérica

    • “El Sueño de la Unidad en Bolivia” de Moisés Morales (La Paz, Bolivia)

      • Reflexión inédita que ha sido escrita para aportar a Edimburgo 2010 por el ex–secretario de la comisión de ecumenismo de la Conferencia Episcopal Boliviana. Luego de una fundamentado sustento del tema misión-ecumenismo propone el “formar personas ecuménicas” como un camino para aportar de manera real y vivencial al ecumenismo de la vida.

    • “Anuncio evangélico católico y pentecostal. Conocimiento, valoraciones y orientaciones misionales” (Cochabamba, Bolivia)

      • Reflexión que brota a partir de la tesis de licenciatura eclesial realizada por el mismo autor, un religioso franciscano conventual, en el año 2008. Es un profundo estudio de cómo desarrollan católicos y pentecostales el “anuncio evangélico” en Bolivia. Un estudio de gran utilidad para comprender el paradigma misionero que orienta ambas iglesias en la actualidad boliviana.

    • “Convergencias y divergencias entre católicos y pentecostales” de Diego Irarrázaval (Santiago, Chile)

      • Aporte realizado con otros motivos pero que responde a los pedido del evento de Edimburgo 2010. Profundiza la relación entre católicos y pentecostales en Chile, principalmente en Santiago. Es una lectura crítica a ambas religiosidades desde la clave de la liberación integral al ser humano en ambientes populares. Donde las convergencias-divergencias entre ambas iglesias no siempre promueven una auténtica experiencia de fe.




  1. Perfil del sujeto misionero o discípulo-misionero auténtico para el hoy de Latinoamérica

    • “Sacerdote indígena en la iglesia autóctona” de Mario Pérez Pérez (México)

      • Reflexión elaborada específicamente para aportar a Edimburgo 2010. Desde la clave de la teología india cristiana el autor, un sacerdote indígena, propone un renovado perfil del sacerdote como discípulo-misionero que bebe y se nutre de toda la riqueza de su cultura ancestral como de la tradición cristiana. Un aporte de amplio horizonte y enraizado en el pluralismo mexicano de hoy.

    • “Una misión para y desde los jóvenes” de Rosauro López (Cochabamba, Bolivia)

      • Aporte inédito para Edimburgo 2010 que centra la reflexión en el mundo juvenil boliviano pero con acentos también en el latinoamericano. Propone ver a los jóvenes no como destinatarios de la misión sino como sujetos misioneros que interpelan las estructuras y modos de las iglesias en la actualidad.

Agradecemos nuevamente por la posibilidad de aportar a este importante evento y esperamos que nuestra contribución esté a la altura de las expectativas. Disponibles para cualquier aclaración sobre el material enviado,


Dr. Roberto Tomichá

Director Instituto Latinomericano de Misionología


Lic. Lucas Cerviño

Coordinador del Área de investigación del ILM

Cochabamba, 21 de septiembre de 2008


  1. PRINCIPALES FUENTES PARA UNA ESPIRITUALIDAD ECUMÉNICA-MISIONERA DESDE LATINOAMÉRICA



El Sueño de la Unidad en Bolivia



Lic. Moisés Morales1

Introducción.-

Todas las personas, de alguna u otra manera, soñamos. Unos sueñan con un mundo mejor, donde todos tengamos igualdad de oportunidades, donde haya trabajo y salarios dignos para todos. Otros, sueñan con un mundo de paz, de justicia, de fraternidad, de hermandad, de unidad; también hay personas que sueñan pensando en su propio bienestar y felicidad. A pesar de la realidad que vivimos, ¡todos sabemos soñar! Pero, el primer Gran Soñador es Dios que, de su propio Sueño, ha hecho una realidad. Él, en los comienzos del camino de la historia, ha creado un mundo humano y habitable, una Casa Común para todos los seres humanos, pero que, hoy, lamentablemente, por el pecado humano ha dejado de ser así: una Casa habitable.


Desde hace poco vivimos en un nuevo siglo. El siglo pasado se caracterizó por el progreso científico y tecnológico, por los grandes descubrimientos que hace algún tiempo atrás nadie imaginaba. Pero también fue un tiempo que, en forma violenta, derribó muchas esperanzas de personas, pueblos y comunidades. Vivimos en un tiempo de mucho ruido y de desorden que no ayuda a muchos a seguir soñando ni viviendo en la esperanza. El diálogo como camino para compartir los sueños, poco a poco se está perdiendo. A pesar de contar con medios de comunicación cada vez más sofisticados (Internet, computadora), los seres humanos vivimos más aislados el uno del otro. Sólo Dios no desiste y consigue seguir soñando. Él, jugando con el destino que la misma humanidad ha trazado, nos revela su Sueño y nos da una nueva esperanza.
El Gran Sueño de Dios: “Que todos sean uno”.- De los muchos Sueños de Dios, uno de ellos que se nos reveló fue a través de la oración de su Hijo Jesús, quien, en vísperas de su muerte, oró por la unidad de los suyos y de todos los que por su Palabra un día habrían de creer en Él: “Que todos sean uno como Tú, Padre, estás en Mí y Yo en Ti. Sean también uno en nosotros: así el mundo creerá que tú me has enviado”2.
Este sueño es el que contagió a lo largo de los veintiún siglos de caminata de la Iglesia, inspiró y desafió a muchos hombres y mujeres a lo largo de la historia a derribar muros y a construir puentes de diálogo y acercamiento. Es este mismo sueño el que alimenta, hoy, a muchos discípulos misioneros del Señor a seguir construyendo caminos de unidad en medio de una sociedad cada vez más resquebrajada, dividida, polarizada….., por cuestiones ideológicas, políticas, económicas, culturales y, lamentablemente, religiosas. Es en medio de esa situación, que el Sueño de Jesús debe pasar del deseo a una realidad, del sueño, a una concreción. No es posible, hoy, llamarnos cristianos y, al mismo tiempo, vivir indiferentes al llamado del Señor: “Que todos sean uno”. He ahí uno de los desafíos: ir contra todos aquellos creyentes en Cristo, quienes, dudando del Sueño de Dios cuestionan y ponen en duda, afirmando que, humanamente, el Sueño de la unidad no es posible y realizable en este mundo, y que la unidad de los cristianos sólo será una realidad al final de los tiempos.
El presente artículo, inspirado en ese Sueño del Señor: “Que todos sean uno”, y motivada por la experiencia de trabajo por más de 15 años como encargado del Secretariado de Diálogo Ecuménico e Interreligioso de la Conferencia Episcopal Boliviana, pretende reflejar, desde la historia de los diversos caminos de unidad construidos en los últimos tiempos, que estamos olvidando uno de los aspectos de vital importancia, cual es: la formación, en toda la dimensión del término, de la persona ecuménica. Sin este tema, considero que el ecumenismo no se profundizará ni avanzará en otros cien años.
Quiero comenzar esta reflexión, señalando dos acontecimientos importantes que han marcado la historia del movimiento ecuménico en el mundo.


  1. La Conferencia Internacional de las Misiones Protestantes.- El movimiento ecuménico se inició, de manera oficial, el año 1910, en la ciudad de Edimburgo (Escocia). Allí se realizó la Conferencia Internacional de las Misiones Protestantes, donde asistieron misioneros de las Iglesias protestantes que trabajaban en Asia. La Iglesia católica, a pesar de ser invitada, no participó de ella, poniendo como excusa ciertos reparos en contra del ecumenismo.

Esta Conferencia fue provocada por la misma población asiática. ¿De qué manera? La historia cuenta que un delegado de una comunidad del extremo Oriente que estaba siendo evangelizado en esos tiempos, escribió una carta a los misioneros evangelizadores con estas palabras:


Ustedes mandaron misioneros para evangelizarnos. Nosotros les agradecemos. Pero junto a los misioneros nos mandaron también las divisiones de ustedes. Unos predican a la Iglesia luterana, otros a la Iglesia metodista, otros anuncian diferentes Iglesias. Nosotros les pedimos que nos anuncien el Evangelio y dejen que el propio Jesucristo suscite en medio de nuestra Iglesia, conforme a las costumbres de nuestros pueblos, la Iglesia de Cristo en el Japón, la Iglesia de Cristo en la China, la Iglesia de Cristo en la India..., liberada de todos los ‘ismos’ con que ustedes afectan la predicación del Evangelio entre nosotros.”
Desde entonces hasta hoy, ha transcurrido un siglo, y estas palabras escritas por aquel delegado del Asia, son tan actuales, que la interpelación cobra vigencia en el contexto en el que viven y se mueven, hoy, las Iglesias cristianas en el mundo entero, y, de manera particular en nuestro continente y en Bolivia.


  1. La celebración del Concilio Vaticano II.- Convocado por el Papa Juan XXIII, entre los años 1962 a 1965, se celebró en la Iglesia católica el Concilio Vaticano II, que fue diferente en muchas cosas a los anteriores concilios, no sólo por las grandes reformas que se introdujeron al interior de la propia Iglesia católica, sino por el carácter ecuménico e interreligioso que tuvo la misma convocatoria, y por la presencia de invitados, en calidad de observadores fraternos, de diversas Iglesias cristianas y religiones no cristianas. Obviamente, no fue fácil para el propio papa, pues, al principio encontró mucha resistencia en el seno de la Curia Romana y otros ambientes de la Iglesia católica.

Uno de los términos técnicos que el papa Juan XXIII utilizó, tanto en su anuncio del Concilio, como durante el desarrollo del mismo, fue: “aggiornamento”, cuyo significado fue explicado por el propio Papa en abril de 1959 al clero de Veneto. Decía: “se trata de la búsqueda de lo que mejor pueda corresponder a las actuales exigencias del apostolado”3; es “poner la iglesia al día”. Esto implicaba que la Iglesia del Concilio necesitaba despojarse, al igual que Cristo lo hizo (Filipenses 2, 6). Así lo expresó el Papa Juan XXIII, al referirse a las crisis que quebraron la unidad de la Iglesia: “No entablaremos un juicio histórico. No trataremos de establecer quién obró bien y quién obró mal. Las responsabilidades son compartidas”.


Pablo VI fue aún más explícito en el discurso de apertura de la Segunda Sesión: “Si alguna culpa se nos puede imputar por esta separación, pedimos perdón a Dios humildemente y rogamos también a los hermanos que se sientan ofendidos por nosotros, que nos excusen”.


    1. El tema del ecumenismo en la agenda del Concilio.- El tema del ecumenismo como parte de la agenda del Concilio, no fue fácil incluirlo debido a una fuerte oposición y rechazo. A pesar de aquello, el Papa Juan XXIII refutó toda inevitabilidad del tema, afirmando: “Quiéranlo o no son hermanos nuestros. Sólo dejarán de ser nuestros hermanos cuando dejen de decir, “Padre Nuestro.”4 Esto representaba asumir posiciones concretas, como el caso de la orientación y enfoque que Juan XXIII empezó a darle. “La unidad, sólo puede alcanzarse mediante la caridad.”5 Un año más tarde, cuando Pablo VI inicia la última sesión del Concilio, el tema del ecumenismo lo colocará bajo el signo del amor. Esta caridad, de la que hablaron los papas, se la ubica en “una conversión interior.” Y una de las fases de esta conversión interior es el arrepentimiento.

Era necesario asumir esta triste realidad de que el cristianismo estaba dividido. Desunión que, según el Cardenal Bea6, “contradice el concepto fundamental del Cristianismo”7. De allí la insistencia reiterada de que el Concilio tratara todos los temas ecuménicamente.


2.2 La promulgación del Decreto Unitatis Redintegratio.- Todas las deliberaciones de los padres conciliares realizadas en diferentes sesiones, al final tuvo sus frutos. Uno de ellos fue la promulgación del Decreto Unitatis Redintegratio (UR), un 21 de noviembre de 1964, cuyo contenido trata, esencialmente, la palabra de la Iglesia católica respecto al ecumenismo. Dos días antes, fue promulgada la Constitución Lumen Gentium. De este último documento, nos ocuparemos, con cierto detalle, a continuación.
2.3 La Constitución Lumen Gentium.- Es uno de los documentos del Concilio Vaticano II. Fue aprobado antes del Decreto sobre Ecumenismo (Unitatis Redintegratio), es decir, el 19 de Noviembre de 1964. Ambos documentos, que cumplen cuarenta y cinco años de su promulgación, se complementan entre sí. Es decir, “la doctrina sobre la Iglesia contenida en dicha Constitución, debe ser interpretada a la luz de las enseñanzas expuestas en el Decreto sobre ecumenismo”8.
2.3.1 La Iglesia: Luz de las gentes.- El título de la Constitución es Lumen Gentium que, dicho sea de paso, es un adjetivo muy acertado para aplicar al tema de Iglesia y que, traducido al castellano, quiere decir: “luz de las gentes”. ¿De dónde viene esta idea? Obviamente, del mismo Cristo, Luz de las gentes, quien edificó su Iglesia en la persona del discípulo Pedro9, y que, exhortando a sus seguidores en las personas de los discípulos, les dijo: “Ustedes son luz para el mundo”10.
Estas mismas ideas se encuentran prefiguradas ya en el Antiguo Testamento, cuando el pueblo de Israel, desterrado lejos de su patria, se apresta a volver a su tierra. Entonces Yavé le dice: “…te he llamado para cumplir mi justicia, te he formado y tomado de la mano, te he destinado para que unas a mi pueblo y seas luz para todas las naciones”11.
Ser “Luz de las gentes” o de las naciones, significa iluminar, es decir, testimoniar ante la sociedad, especialmente ante los no cristianos, que Cristo es el Señor de la historia. Este testimonio deberá ser mediante hechos y acciones, como concreción de aquello que se cree y se profesa como fe en el credo. En consecuencia, la Iglesia es Luz de las Gentes, cuando testimonia mediante acciones concretas aquello que predica: amor, paz, libertad, justicia, hermandad, solidaridad, fraternidad, igualdad… y unidad.
2.3.2 La Iglesia fue creada para ser y hacer comunión.- Una de las características de la Iglesia de Cristo es la de ser y hacer comunión. Así lo expresan la Constitución Lumen Gentium12 y el decreto Unitatis Redintegratio13. Además, es oportuno recordar que una de las notas de la Iglesia es aquella que afirma que la Iglesia es Sacramento de salvación. De esta sacramentalidad, dirá la Congregación para la Doctrina de la Fe, posteriormente, “se sigue que la Iglesia no es una realidad replegada sobre sí misma, sino permanentemente abierta a la dinámica misionera y ecuménica, pues ha sido enviada al mundo para anunciar y testimoniar, actualizar y extender el misterio de comunión que la constituye: a reunir a todos y a todo en Cristo; a ser para todos “sacramento inseparable de unidad”14.
Si esto es así, consecuentemente, la Iglesia católica romana es, por esencia, ecuménica. Esa es la nueva imagen de Iglesia que va implícita en las diversas figuras que el Sínodo de Obispos, a partir del Concilio, propuso15. Pero también, ese es el sentido de la idea de Iglesia, Pueblo de Dios. La Constitución dirá al respecto: Todos los hombres son llamados a formar parte del Pueblo de Dios. Por lo cual este Pueblo, siendo uno y único, ha de abarcar el mundo entero y todos los tiempos para cumplir los designios de la voluntad de Dios, que creó en el principio una sola naturaleza humana y determinó congregar en un conjunto a todos sus hijos, que estaban dispersos”16.

2.3.3 La Iglesia de comunión es la Iglesia ecuménica.- Una de las afirmaciones profundas y constructivas que el propio Concilio dijo respecto a las Iglesias cristianas, es aquella referente al reconocimiento y la valoración de elementos de comunión que existen en dichas Iglesias, y que son parte de la Iglesia de Cristo: “Además de los elementos o bienes que conjuntamente edifican y dan vida a la propia Iglesia, afirmaron los padres conciliares, pueden encontrarse algunos, más aún muchísimos y muy valiosos, fuera del recinto visible de la Iglesia católica… todas estas realidades, que provienen de Cristo y a Él conducen, pertenecen por derecho a la única Iglesia de Cristo”17.

Por su parte, la Constitución afirmará: “La Iglesia se siente unida por varios vínculos con todos los que se honran con el nombre de cristianos, por estar bautizados, aunque no profesan íntegramente la fe, o no conservan la unidad de comunión bajo el Sucesor de Pedro. Pues conservan la Sagrada Escritura como norma de fe y de vida, y manifiestan celo apostólico, creen con amor en Dios Padre todopoderoso, y en el hijo de Dios Salvador, están marcados con el bautismo, con el que se unen a Cristo, e incluso reconocen y reciben en sus propias Iglesias o comunidades eclesiales otros sacramentos. Muchos de ellos tienen episcopado, celebran la sagrada Eucaristía y fomentan la piedad hacia la Virgen Madre de Dios. Hay que contar también la comunión de oraciones y de otros beneficios espirituales; más aún, cierta unión en el Espíritu Santo, puesto que también obra en ellos su virtud santificante por medio de dones y de gracias, y a algunos de ellos les dio la fortaleza del martirio. De esta forma el Espíritu promueve en todos los discípulos de Cristo el deseo y la colaboración para que todos se unan en paz en un rebaño y bajo un solo Pastor, como Cristo determinó. Estos elementos permiten reconocer con alegría y esperanza una cierta comunión, si bien no perfecta, con la Iglesia católica”18.



Pero no es posible alcanzar la comunión plena y visible sin tomar en cuenta la diversidad religiosa y, por ende, sin hacer efectiva la misión de la promoción de la unidad de los cristianos, objetivo del movimiento ecuménico.
2.3.4 La comunión de la Iglesia como constitutivo interno.-. La Encíclica sobre el empeño ecuménico, titulada “Ut Unum Sint” (US)19, afirma que el camino ecuménico es el camino de la Iglesia. “Esta unidad que el Señor dio a su Iglesia y en la cual quiere abrazar a todos, señala la encíclica, no es accesoria, sino que está en el centro mismo de su obra. No equivale a un atributo secundario de la comunidad de sus discípulos. Pertenece en cambio al ser mismo de la comunidad.”20 La Congregación para la Doctrina de la Fe, de la misma manera complementa afirmando que, “la comunión con la Iglesia universal, representada por el Sucesor de Pedro, no es un complemento externo de la Iglesia particular, sino uno de sus constitutivos internos”.
En consecuencia, toda persona que es miembro de la Iglesia de Cristo tiene la obligación y el compromiso de promocionar la unidad de los cristianos para su restablecimiento.
2.3.5 Consecuencias y desafíos que se desprenden de la “Iglesia, luz de las gentes”.- La “Iglesia, luz de las gentes”, no es un ente solitario que camina por las calles, y a la que puede uno darle los “buenos días”, o, decirle: “¡que le vaya bien!”. La Iglesia, es la Asamblea, la Comunidad de los seguidores del Señor. Ella es, como dice la letra de aquel himno religioso tan solemne:
Pueblo de Reyes, Asamblea Santa,

pueblo Sacerdotal, Pueblo de Dios,

Bendice a tu Señor.
Los miembros de esta Iglesia la conforman todos los que recibieron el sacramento del bautismo. De ahí que, el bautismo en el ecumenismo es uno, sino el principal sacramento, de los elementos de unidad entre los cristianos. La Constitución señala al respecto: “La Iglesia se siente unida por varios vínculos con todos lo que se honran con el nombre de cristianos, por estar bautizados, aunque no profesan íntegramente la fe, o no conservan la unidad de comunión bajo el Sucesor de Pedro.”21
Esta Iglesia tiene una misión encomendada por el mismo Señor Jesucristo, que es el anuncio del Evangelio22. El papa Pablo VI decía el año 1965 que la Iglesia existe para evangelizar, que el ser de la Iglesia es la evangelización. ¿Cómo anunciar el Evangelio, que es Buena Noticia acompañado, al mismo tiempo, de una mala noticia, cual es el “escándalo de la de división”? Divididos los cristianos en el anuncio del Evangelio, se perjudica “la causa santísima de la predicación del Evangelio a toda criatura”, y que con nuestro anti testimonio, “cierra a muchos la puerta de la fe.” 23
Hasta aquí, hemos recordado algunos aspectos de los dos grandes eventos ecuménicos y eclesiales. Hay que reconocer que la Conferencia Internacional de las Misiones Protestantes y el propio Concilio Vaticano II, cambiaron la historia de la Iglesia en el mundo, y, de manera particular en nuestro continente latinoamericano. Recordemos que, antes del Concilio había muy poco o nada que mereciera tomarse en cuenta o señalarlo como ecumenismo en América Latina. La presencia de los hermanos evangélicos, era considerada como la de “invasores molestos” y, por tanto, no se sabía qué otra cosa pudiera hacerse, sino combatirlos como a enemigos.
Con la realización del Concilio, se nos enseñó y se nos hizo caer en la cuenta que, esos “cristianos invasores”, eran también “nuestros hermanos”.
En verdad, todo este nuevo enfoque de Iglesia, ha costado trabajo asimilarlo. Se produjeron entonces diversos acontecimientos que conviene destacar, porque determinarán posteriormente lo que aún ocurre en Latinoamérica.
Algunos miembros de la Iglesia católica en nuestro continente, entre ellos sacerdotes y religiosas, se abrieron con fervor y entusiasmo hacia los hermanos evangélicos, fraternizando con ellos y dándoles acogida para responder al llamado de Jesús. Por su parte, algunas denominaciones no católicas no dejaron de aprovechar la buena coyuntura que se les presentaba, de poder afirmarse y extenderse más a través de sus campañas evangélicas, utilizando medios poco cristianos. Inclusive llegaban a confundir al pueblo creyente que daba lo mismo ser católico o evangélico; que el Papa ya había dado permiso para hacerse evangélico y que eso significaba el ecumenismo, creando así una gran confusión.
Al margen de este tipo de actitudes, durante los diez primeros años del posconcilio, hubo también un fervor ecuménico, que ayudó a promover reuniones y encuentros entre evangélicos y católicos. En diversos países de Latinoamérica se vivieron distintas iniciativas ecuménicas24, dando lugar a la creación de los Consejos Nacionales de Iglesias y la creación, el año 1982, del Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI).
Por su parte, la Iglesia católica en Latinoamérica, a partir del año 1955, comenzó con las llamadas Conferencias del Episcopado Latinoamericano (CELAM)25, cuyas Asambleas irán marcando, de manera paulatina, las directrices del camino pastoral de las Iglesias locales en el Continente y el Caribe. La última de ellas, tuvo un carácter netamente misionero. De ello hablaremos más adelante.
Estas dos instituciones eclesiales: CLAI, de la parte evangélica, y CELAM de la parte católica, pronto serán los interlocutores oficiales para desarrollar un diálogo ecuménico en el Continente y el Caribe.
Sin embargo, esto no fue la garantía para que el ecumenismo en Latinoamérica prospere. Al contrario, hubieron épocas en los que el diálogo ecuménico vivió serias crisis, a tal punto que hubo un rompimiento mutuo de los propios interlocutores, dejando de lado el diálogo, e ingresando en un campo de congelamiento ecuménico. Esto ocurrió en la década de los 90. Gracias a Dios que las relaciones, hoy, se restablecieron, y ambas instituciones continúan siendo interlocutores oficiales en el diálogo ecuménico.
Hasta aquí, teóricamente, las cosas relacionadas con el movimiento ecuménico han ido bien. Como podemos notar, se cuentan con muchos eventos realizados en el mundo entero en pro del ecumenismo. Existen una diversidad de documentos producidos a raíz de reflexiones, pensamientos, meditaciones, etc. sobre el ecumenismo. Hay acuerdos firmados de reconocimientos mutuos sobre el sacramento del Bautismo. Diálogos bilaterales y multilaterales entre Roma y el CMI; entre Roma y las Iglesias cristianas en particular respecto a temas puntuales, que han llevado a acuerdos mutuos. También se cuentan con programas de actividades calendarizados, como la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, de cuyo octavario hemos celebrado el año 2008 los cien años. Cada día se desarrollan eventos y encuentros ecuménicos a nivel mundial y continental. En fin, la lista de todo lo que se hace en relación al diálogo ecuménico parecería ser innumerable. Entonces, ¿qué hace falta? ¡Falta hacer realidad la vivencia misma del ecumenismo en cada Iglesia local26, en cada Comunidad cristiana, en cada cristiano bautizado! Falta vivirlo en la cotidianeidad de nuestras vidas, porque el ser ecuménico no se limita o se reduce a un evento mundial, a una semana de oración donde participan un cierto grupo de personas; a un estudio de temas coyunturales, a un encuentro, o, a una celebración. El ser ecuménico es mucho más que eso, es vivirlo de manera particular todas las iniciativas que ayuden a hacer realidad el Sueño de Dios: “Que todos sean uno”.
Muchos agentes de pastoral, sacerdotes, religiosas, pastores, laicos opinan, por ejemplo, que el ecumenismo en Bolivia, es muy importante para la vida de las Iglesias en general. Pero, de ahí a asumir un compromiso concreto personal y comunitario para la práctica y vivencia del diálogo ecuménico, queda mucho trecho. La indiferencia es la actitud que se asume en el momento de vivir el ecumenismo. Entonces, ¿qué ha fallado? Desde nuestra experiencia creemos que se ha descuidado la cuestión de la formación de la persona (hombre y mujer) ecuménica.


  1. La formación de la persona ecuménica en Bolivia.- Hay que reconocerlo, el ecumenismo en Bolivia, hoy, como en muchos lugares del continente, se reduce a grupos pequeños de miembros de Iglesias cristianas. En su mayoría, quienes participaron de los diferentes eventos ecuménicos en los últimos años, lo han hecho a título personal, que por una designación o nombramiento oficial. Esto por un cierto “temor” a sufrir represalias de su propia Iglesia local. Por su parte, la participación de los líderes de las Iglesias cristianas, incluida la de los obispos de la Iglesia católica, es nula.

Mientras tanto, la gran mayoría de las llamadas Iglesias evangélicas, pentecostales y neopentecostales, rechazan abiertamente el ecumenismo como tal. Pero, no es al propio ecumenismo que se lo rechaza, sino, a la Iglesia católica; pues, existe un fuerte anticatolicismo en estas Iglesias y Comunidades cristianas, que hace que donde haya presencia de la Iglesia católica, no haya participación de estas Iglesias. La actitud es comprensible y coherente, porque así han sido formadas.

Por su parte, la Iglesia católica que, a través de muchas actitudes manifiesta un cierto complejo de superioridad, aún no ha asumido ni demostrado el valor evangélico de la humildad que acoge y reconoce la experiencia del otro, y es la que da paso al anuncio de Jesucristo y a la acción del Espíritu en todos.

El siguiente ejemplo puede ilustrar mejor esta situación. Hace un tiempo atrás, cuando aún existía el Centro de Teología Popular27 (CTP) en La Paz, éste organizó un taller sobre la religión aymara. Al final del mismo, los agentes de pastoral cristianos, pidieron a los aymaras que expresaran, a través de algún dibujo, lo que significa la presencia del cristianismo en su pueblo. El resultado fue el siguiente:

Sobrevuelan la tierra aymara unos aviones, de los cuales saltan unos paracaidistas. Todavía colgados de sus paracaídas, empiezan a ametrallarse unos a otros. Otros soldados que ya han aterrizado y ocupan el terreno –los católicos-, procuran que los paracaidistas evangélicos que bajan ametrallándose, no lleguen a pisar tierra. El pueblo, en la tierra, mira con asombro el espectáculo aéreo”.


Esta es una realidad general. Lo grave de esta situación es que todos los cristianos nos hemos acostumbrado a vivir en la insensibilidad y la indiferencia. El pecado de la división, que cohabita en medio del cristianismo, ya no conmueve a nadie, menos causa dolor. Lo más cómodo es permanecer como estamos.
Esto, impide a las Iglesias cristianas en Bolivia, como en muchos lugares del mundo entero, andar juntas para construir caminos de unidad. Obviamente, su raíz radica en la inevitable debilidad de la persona humana. Podemos llamar esta dificultad humana como egoísmo, necesidad de auto-afirmación, rechazo de lo que no me pertenece, temor de ser rechazado, cierto complejo. Entonces es justificable preguntarse: ¿un camino a seguir no es el de la formación de la persona ecuménica en toda su dimensión? Una persona con la conciencia abierta y el corazón hospitalario (2 Tes. 2,8), que haga del mandamiento del amor mutuo (Jn 13,34-35) el principio guía de su relación con los demás (Ef. 4,1-3), capaz de dar testimonio de aquella maravillosa comunión de fe, de esperanza y de caridad que Dios quiere, “poniendo al servicio del género humano el Evangelio de la paz”28. La formación ecuménica de todo cristiano, discípulo del Señor es, por tanto, una educación seria sobre los principios de la verdad de fe, de amor y esperanza29. Aquí se trata de favorecer en el interior de cada comunidad cristiana un proceso permanente de conversión del corazón, sin el cual no existe un verdadero ecumenismo30. De hecho, quien conduce su propia vida conforme al Evangelio, quien está en comunión con el Padre por medio del Hijo en el Espíritu, será igualmente más preparado para vivir la fraternidad recíproca y para promover la unión de los cristianos31. El movimiento ecuménico por lo tanto se funda en la escucha de la Palabra y en la comunión trinitaria.

El camino hacia la unidad parte de una pedagogía de comunión que crea en la capacidad humana de vencerse a sí mismo, de aprender a crecer, y que venga aplicada en el tejido de la vida de cada Iglesia, para que, en un segundo momento, pueda ser puesta en práctica incluso por encima de los propios límites. Si alguien no ha experimentado el amor y el perdón, es más difícil para él, amar y perdonar. Si un cristiano no vive su realidad eclesial como comunión con los hermanos más cercanos, ¿cómo podrá entrar en comunión con los hermanos de otras Iglesias cristianas? La esperanza ecuménica es fomentar la capacidad de no herirse, de ayudarse y de provocarse en la búsqueda evangélica32. El reto es hacer de toda realidad eclesial una escuela de perdón y comunión33.

La formación de la conciencia y del corazón ecuménico es impulsada por una espiritualidad de reconciliación. Esta espiritualidad implica tres momentos: reconocimiento de la propia pobreza y debilidad34, petición de perdón de las culpas contra la unidad35 y, finalmente, la experiencia del don del amor, que es la capacidad de amar y que viene de Dios. De esta manera la unidad será la expresión del amor que Dios nos da36.

Cuando Dios nos da una visión, nos atribuye también una responsabilidad. Por eso el principal esfuerzo de la pastoral ecuménica, hoy, tendrá que ser el de desarrollar instrumentos de la comunión. En primer lugar, se trata de promover el conocimiento recíproco, es decir, tratar de adquirir “una mejor conciencia de la doctrina y de la historia, de la vida espiritual y litúrgica, de la psicología religiosa y de la propia cultura de los hermanos”37 . Muchos prejuicios nacen de la ignorancia. Cada uno dentro de la propia comunidad a la cual pertenece trate de responder a la pregunta principal ¿quienes son los demás cristianos? ¿Cómo piensan, celebran y anuncian el Evangelio?

Con este fin puede ser útil la creación de pequeños grupos de estudio. Este estudio ecuménico se desarrolla en tres niveles. Un primer nivel informativo, donde se trata de poner a la luz el status quaestio; un segundo nivel formativo donde, con la ayuda de los especialistas, se profundizan los principales temas del dialogo doctrinal; y un tercer nivel de relación, comunitaria y personal, donde se favorece el encuentro recíproco, condición esencial para que pueda nacer la confianza y la amistad38.

Favorecer el conocimiento y el reconocimiento de que lo que nos une, es mucho más fuerte de lo que nos separa, es otra dimensión fundamental de la pastoral ecuménica. La comunión eclesial se da en primer lugar, por medio y en la Palabra, la misma Palabra que luego se hace carne y pan. En realidad, el Verbo, que era el principio es lo que nos une, reconcilia y redime. Esta Palabra tiene el poder de desenmascarar las raíces de la violencia y del engaño, convirtiéndose en el alimento que sostiene y nutre la acción en el mundo. Encontrar el tiempo y el lugar donde muchos cristianos se reúnan en torno a la Palabra de Dios y así puedan crecer y madurar juntos el conocimiento de su fe, puede ser de gran fertilidad para el movimiento ecuménico.

El ecumenismo, además, debe ser un tema transversal con la actividad pastoral de toda comunidad cristiana. La oración por la paz y por la unidad de la iglesia, puede estar presente, por ejemplo, en el culto y en las eucaristías dominicales. Los que tengan cargos de formación dentro de la comunidad, deben tener cuidado con la forma y el método de enunciar la fe, evitando un lenguaje que “de ninguna manera pueda ser obstáculo al diálogo con los hermanos”39. También cuando en los cursos de teología se explica, por ejemplo, el ministerio petrino, se debe tomar en cuenta el debate ecuménico. Lo importante es que el movimiento ecuménico no sea una actividad extra, una especie de apéndice, menos una opción, sino más bien, al contrario, un elemento constitutivo de la pastoral de cada día. De esta manera se estará contribuyendo a permitir la receptividad a nivel de base de la teología ecuménica.

Toda comunidad tendrá que aclarar cómo comportarse y qué decir desde el punto de vista ecuménico. Ante todo hay que basar teológicamente el discurso, conociendo la decisión que está en los orígenes, es decir, la voluntad del Padre: “Que todos sean Uno en Cristo”. Es necesario además conocer el nombre del cómo: bajo el soplo de la gracia del Espíritu Santo “caminar juntos interrelacionándose”. En tercer lugar será de gran ayuda, el desarrollo de una nueva interioridad: la purificación de la memoria y la relectura histórica de las divisiones; el cuidado con el propio lenguaje teológico; la capacidad de perdonar; el acoger al otro y el aceptar su diferencia40; el compartir en la oración y en el servicio41.

Entonces, ¿qué nos queda? La respuesta la encontramos una vez más en la Carta de Juan Pablo II Novo Millennio Ineunte: “No nos seduce seguramente la prospectiva ingenua que, frente a los grandes desafíos de nuestro tiempo, pueda haber una fórmula mágica. No, no será una fórmula la que nos salvará, sino una Persona, y la certeza que esa nos infunde: ¡Yo estoy con ustedes! No se trata, entonces, de inventar un “programa nuevo”. El programa ya está: es el de siempre, resumido en el evangelio y en la viva tradición. Y esto se centraliza, en último análisis, en Cristo mismo, para conocerlo, amarlo, imitarlo, para vivir en Él la vida trinitaria, y transformar con él la historia en su cumplimiento en la Jerusalén celestial”42.


  1. Diálogo y Misión: una interdependencia inseparable.- La realización de la Conferencia Internacional de las Misiones Protestantes, y la celebración del Concilio Vaticano, fueron motivadas, fundamentalmente, por el tema de la Misión, pues, la Iglesia, como lo dijimos antes, es misionera por esencia. Pero, ¿cómo asumir, hoy, esta tarea desafiante, de llevar adelante de manera conjunta entre cristianos sin dañar la causa del Evangelio?

Recordemos que, este trabajo en común entre cristianos en el anuncio del Evangelio, tiene como objetivo cambiar el “escándalo de la división” por la Buena Noticia de la unidad. Para alcanzar esta meta, será necesario dejarnos interpelar, primeramente, por las palabras de aquel delegado del Asia: “Ustedes mandaron misioneros para evangelizarnos. Nosotros les agradecemos. Pero junto a los misioneros nos mandaron también las divisiones de ustedes…” que, después de cien años, aún siguen vigentes; y por las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que dijo: “la actividad misionera y el restablecimiento de la unidad de los cristianos están estrechamente unidas por la necesidad de la misión que exige a todos los bautizados unirse en una sola grey, para poder dar de esta manera testimonio unánime de Cristo, su Señor, delante de todas las gentes. Pero si todavía no pueden dar plenamente testimonio de una sola fe, es necesario, por lo menos, que se vean animados de mutuo aprecio y caridad”43.


La unidad y la concordia son dones de Dios, que toda persona humana puede disfrutar por la gracia. Mientras que, la división y la discordia son invenciones del hombre y la mujer, padecidas como fruto del pecado. También la Iglesia, sea ésta evangélica o católica, que es congregación que escucha la Palabra del Señor, sufre la disgregación que nace del corazón de la persona, aún del bautizado, cuando desoye la llamada a permanecer unido a Cristo. Esta tensión se ha manifestado a lo largo de la historia del cristianismo desde su mismo origen.
El diálogo es, ante todo, una actitud eclesial, un modo de proceder en la misión que se debe manifestar en el respeto, en el aprecio, en el coloquio, para descubrir los valores del otro, y en la colaboración. Tiene su fundamento en el misterio de Dios, quien tuvo la iniciativa de iniciarlo: “el diálogo de la salvación fue abierto espontáneamente por iniciativa divina: Él nos amó el primero: nos corresponderá a nosotros tomar la iniciativa para extender a los hombres el mismo diálogo, sin esperar a ser llamados.”44 El diálogo en la misión tiene que ser como una transversal, porque la Buena Noticia no se la impone, se la anuncia. Por eso, los obispos católicos reunidos en Aparecida, reafirman su compromiso ecuménico, señalando que: “la relación con los hermanos y hermanas bautizados de otras iglesias y comunidades eclesiales es un camino irrenunciable para el discípulo y misionero.” 45 No existe otra alternativa.


    1. Evangelización y proselitismo.- En esta misión de hacer evangelización en diálogo ecuménico entre cristianos, encontramos diversas dificultades. Una de ellas, sino la más escabrosa, es el proselitismo46.

En nuestro medio, hoy, fácilmente se confunde evangelización con proselitismo. No es de extrañar que, algunas Iglesias evangélicas históricas y libres, y hasta la propia Iglesia católica practiquen, en muchos de los casos, un cierto proselitismo disfrazado de misión.


Este proselitismo, va acompañado de un lenguaje anticatólico y antievangélico, que no ayuda ni facilita el diálogo ecuménico47. Entonces será necesario revisar también actitudes de esta naturaleza.
5.2 Para realizar la misión es necesario configurarse previamente con el Maestro.- La característica de todo cristiano, seguidor del Señor, es el amor. Los obispos católicos en Aparecida, afirman que: Para configurarse verdaderamente con el Maestro, es necesario asumir la centralidad del Mandamiento del amor, que Él quiso llamar suyo y nuevo: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (Jn 15, 12). Este amor, con la medida de Jesús, de total don de sí, además de ser el distintivo de cada cristiano, no puede dejar de ser la característica de su Iglesia, comunidad discípula de Cristo, cuyo testimonio de caridad fraterna será el primero y principal anuncio, “reconocerán todos que son discípulos míos” (Jn 13, 35). 48

El amor es el requisito esencial para toda actividad pastoral, incluida el diálogo ecuménico, pues, es el ingrediente que da sabor a las cosas pastorales que realizamos para gloria de nuestro Señor Jesucristo. Sin el amor, nada de lo que se hace sirve. “Si yo no tengo amor –nos dice San Pablo- yo nada soy.”49 Por eso, el diálogo exige, previamente, estar configurado con el Maestro, para entrar en sintonía y hacer lo que Él nos pide, y eliminar el deseo humano, que es impedir que se haga realidad el Sueño de Dios: Que todos sean uno”.

Para entrar en sintonía con el Maestro, es necesaria una conversión pastoral. Esto quiere decir, “abandonar estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe.” 50 En efecto, entre las estructuras caducas, que hemos conservado todos los cristianos pastoralmente en estos tiempos, es la del anuncio del Evangelio acompañado del anti testimonio de la división. Lo que importa a las Iglesias y a todo misionero, hoy, es “ganar adeptos” para su “propia Iglesia”, y no ayudar a que las personas, a quienes se les anuncia la Buena Noticia del Señor, encuentren al Señor y Salvador, y se conviertan en auténticos discípulos misioneros.

Configurarse previamente con el Maestro quiere decir, asumir, desde el aprendizaje y la práctica de las bienaventuranzas del Reino, “el estilo de vida del mismo Jesucristo: su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida…”51 Quiere decir también, “conocer lo que Él hizo y para discernir lo que nosotros debemos hacer en las actuales circunstancias.”52

Uno de los desafíos que las actuales circunstancias nos plantean a los cristianos, es el diálogo ecuménico. No vivimos solos ni aislados. Somos parte de una sociedad y del mundo, y la “La conversión pastoral requiere que las comunidades eclesiales sean comunidades de discípulos misioneros en torno a Jesucristo, Maestro y Pastor. De allí, nace la actitud de apertura, de diálogo y disponibilidad para promover la corresponsabilidad y participación efectiva de todos los fieles en la vida de las comunidades cristianas.”53

Recordemos: lo esencial de la evangelización no es tanto la predicación sino el testimonio de vida. Entonces, pongámonos manos a la obra, para que nuestro anuncio sea más creíble.



5.3 El objetivo de la Misión es el Reino de Dios.- La meta de la misión y de la tarea evangelizadora no son nuestras Iglesias, sino la construcción del Reino de Dios en la tierra. Las Iglesias están al servicio del Reino, son instrumentos de él. Esto lo tenemos que tener claro en el momento de hacer misión. Porque la tentación constante es invertir las cosas, entonces se cambia el sentido. Y cuando esto ocurre, la misión ya no está al servicio del Reino, sino de la propia Iglesia. Por eso, es más fácil hacer proselitismo que construir el Reino de Dios en la tierra. Entonces, nos quedamos cohabitando con el pecado de la división. Y eso es lo que ocurre en nuestro medio.
Las Iglesias cristianas de nuestro continente latinoamericano, y, de manera particular, las de nuestra querida patria, hoy, son invocadas por los pobres y oprimidos, y por Dios que oye este clamor, a unirse en torno de un objetivo mayor que la defensa y crecimiento de sus propias Iglesias: la defensa de la vida -el don mayor que recibimos de Dios- a través de la construcción de estructuras sociales más justas y humanas que liberen a todas las personas de las amenazas del hambre, de la violencia y de la marginación. “Ser discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos, en Él, tengan vida – nos dicen los Obispos católicos - nos lleva a asumir evangélicamente y desde la perspectiva del Reino las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano, y a trabajar junto con los demás ciudadanos e instituciones en bien del ser humano.”54
En la medida en que las Iglesias cristianas vivan y anuncien el Evangelio de liberación de Nuestro Señor Jesucristo, y se unan en torno a objetivos comunes, como éste, podrán ser reconocidas por todas las personas de buena voluntad como que son realmente: testigos y anunciadores del Amor de Dios. Después de cien años de aquel acontecimiento que dio inicio oficial al movimiento ecuménico en el mundo, es hora que las Iglesias cristianas dejen de contemplarse a sí mismas; pidan y se ofrezcan mutuamente perdón y reconciliación, y se unan alrededor de la gran causa del Reino de Dios, de la construcción de nuevas relaciones personales y estructuras económico-social-político-cultural más justas que, como señales del Reino de Dios, permitan una vida digna de todas las personas, pues todos son hijos e hijas de Dios.
Conclusión.- Misión y ecumenismo van juntos, no separados. Esa es una verdad que no la podemos negar. Así lo han sugerido los delegados de las comunidades del Asia a través de la carta enviada a las misiones protestantes en 1910; y así también lo han señalado categóricamente los documentos de la Iglesia católica después del Concilio Vaticano II. En estos últimos tiempos, diversos documentos del CMI y del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos así lo reafirman. De la misma manera, el CLAI y el CELAM lo han vuelto a reconocer: no podemos seguir anunciando el Evangelio estando, los cristianos, divididos. Por su parte, los Obispos de la Iglesia católica han señalado que la misión se la tiene que realizar en diálogo ecuménico con las Iglesias cristianas, porque éste es un camino irrenunciable que tiene que eliminar uno de los peores males del presente siglo.
Quiero concluir mi reflexión, indicando algunos aspectos puntuales que pueden ayudar a profundizar el diálogo ecuménico, para hacer realidad el Sueño de Dios: “Que sean uno” en nuestro medio.


  • En 1959, Juan XXIII, el papa ecuménico, dijo muy sabiamente: “es mucho más lo que nos une que lo que nos divide”. A pesar de nuestras diferencias, los cristianos y cristianas tenemos aspectos fundamentales de unidad, como: la Biblia, el Credo, la verdadera idea de Dios que nos ha enviado a su Hijo Jesucristo y que en Él somos redimidos (justificados), el Bautismo, la Renovación-conversión y la Fe que actúa mediante la Caridad.




  • Lo que nos hace semejantes y, al mismo tiempo, diferentes entre todas las personas, es lo que nos hace humildes, y la humildad es fuente de unidad, para un mutuo servicio y una verdadera fraternidad. Quien se cree superior a los demás, quien presume poseerlo todo sin necesidad de los otros, éste lleva en sí mismo todos los elementos de separación y división. Por el contrario, quien se pone en el último lugar para servir a todos; quien cree que tiene aún muchas cosas que aprender, recibir, ofrecer; quien está convencido que puede crecer sólo en unión con los demás, éste sí se convierte en instrumento de unidad y de paz.




  • Las relaciones entre cristianos han de ser de acuerdo al modelo de relaciones que existen entre el Padre y el Hijo, entre el Hijo y el Padre, en el Espíritu Santo. Este mismo Espíritu establece entre cristianos un tipo de relaciones nuevas, las mismas que existen entre Jesús con su Padre, y que nos permiten amarnos del mismo modo como el Padre ama al Hijo y el Hijo ama a toda la humanidad. Es ese amor el que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones. Por tanto, amarnos “como” Cristo nos ama55, quiere decir, vivir el mismo amor. Jesús no es tanto un modelo a imitar, sino, es fuente de vida en nosotros y entre nosotros. El resucitado nos da su Espíritu Santo como fuente que brota en nuestros corazones en vida eterna. Por tanto, es más que una simple imitación. Es seguimiento de Jesús. Es participación real y vital en su misterio pascual. “Esta gloria que me diste, se la di a ellos, para que sean uno, como Tú y yo somos uno. Así seré yo en ellos y Tú en mí, y alcanzarán la perfección en esta unidad. Entonces el mundo reconocerá que Tú me has enviado y que yo los he amado como Tú me amas a mí”56. “...así el amor con que me amaste estará en ellos, y yo también estaré en ellos”57. Esta es la unidad que Jesús quiere con nosotros.

  • La base del diálogo que conduce a la unidad, es la conversión al Dios de la Vida, al Padre de Nuestro Señor Jesucristo, en la gracia y presencia del Espíritu dado. Es una conversión que debemos profundizar cada día y que hemos de vivir en el amor.

  • En cuanto a la cuestión de la identidad, la espiritualidad del diálogo pide una clara expresión y manifestación de la misma. Así nos reconocemos quienes somos, qué es lo que nos hace vivir y hacia quien está centrada nuestra fe. Esto nos lleva a reconocer lo que nos une con profundidad con otros cristianos como lo que hace y marca nuestras diferencias. También nos ayuda a descubrir con mayor claridad si estas diferencias tocan lo esencial, o si son sólo distintos modos de sentir y de expresar la experiencia cristiana. Al afirmar nuestro modo de ser testigos de Cristo Resucitado, y al compartir nuestra experiencia cristiana, nos enriquecemos mutuamente.




  • Identidad y anuncio. El diálogo a este nivel debe ser, esencialmente, de acogida de la experiencia de Dios que nos comunica el hermano y, al mismo tiempo, comunicarle la propia experiencia de Dios en Jesucristo. Aquí, existe una base: el respeto del otro y de la Espíritu Santo que actúa ya en el otro, y que “ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien al misterio pascual”58. También hay un anuncio explícito de lo que nos hace creer y vivir. Hay, pues, diálogo y anuncio. El anuncio radica en la misma comunicación de nuestra experiencia de Dios en Jesucristo. Además, nuestra actitud humilde, que acoge y reconoce la experiencia del otro, es la que da paso al anuncio de Jesucristo y a la acción del Espíritu en todos.




  • La importancia del conocimiento mutuo. En general, nos conocemos poco, más aún, no conocemos la historia de las otras Iglesias cristianas. Un mutuo conocimiento nos ubica mejor ante Dios y su gran revelación, especialmente con aquellas Iglesias y Comunidades eclesiales que tienen a Cristo como cimiento único de su vida. Con ellas vamos descubriendo mejor lo que nos une con profundidad y lo que todavía nos separa. Muchas de las diferencias que nos separan tienen su explicación a través de la historia de nuestra Iglesia y de las Iglesias cristianas y Comunidades eclesiales, las mismas que nos interrogan y nos invitan a una mayor conversión. Por ejemplo, el caso de quienes ven el rol del Papa más como un centralismo que como manifestación y signo visible de la unidad, nos invitan a distinguir entre lo que tiene de esencial de lo que simplemente es un aporte histórico. Frente a todo tipo de rigidez y de triunfalismo, que pueden venir de ambas partes, nuestro seguimiento de Jesucristo nos enseña a hacernos pequeños ante Cristo, el Señor y servidores de todos, para la salvación universal, la que brota de su misterio pascual.




  • La oración. La oración nos pone en actitud disponible ante Dios en Cristo; nos permite descubrir lo que Él dice y hacer lo que Él quiere que hagamos. Nos ubica en la búsqueda, la acogida amorosa y la realización de esta voluntad de Dios que es su proyecto de salvación y nuestra santidad59. La oración personal y compartida con otros cristianos nos coloca en el ambiente vital de la fe y de la comunión entre todos.

Finalmente, a pesar de todos los prejuicios y obstáculos en contra de la búsqueda y concreción del Sueño de Dios, la unidad de los cristianos, de una cosa estamos seguros: el ecumenismo, que ha nacido en medios evangélicos, y como una gran manifestación del Espíritu Santo, es uno de los grandes regalos del siglo XX que Dios ha dado a todo su pueblo. Gracias al ecumenismo, muchos cristianos viven una nueva mentalidad y nuevas formas de relacionamiento mutuo. El aprecio, que es resultado de una aproximación y un conocimiento mutuo, está cambiando actitudes de tipo personal y comunitario: los prejuicios y las condenas mutuas caen por sí solas. Esa es la experiencia cristiana de muchos miembros de los grupos ecuménicos en nuestro país.







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