Habacuc 1: – 2: Las preguntas del creyente



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1 Habacuc 1:1 – 2:4

Las preguntas del creyente



Una anécdota que circula en las instituciones educativas superiores cuenta que un profesor de Psicología estaba por tomar el examen final a sus alumnos. Entró al aula, escribió una pregunta en el pizarrón, y salió.

La pregunta era: “¿Por qué?

Un examen de este tipo merecía una respuesta equivalente. Mientras el resto de la clase exprimía su cerebro para finalmente escribir vanas páginas, una alumna escribió la palabra “Porque" en su hoja y entrego el examen.

¡Recibió la nota máxima!

En realidad las palabritas "por qué" constituyen la pregunta más común que afronta la gente moderna, y también la más perturbadora. A menudo no parece haber ningún "porque”.

Esto nos lleva a Habacuc, un oscuro escritor que vivió unos seiscientos años antes de Cristo, pero que hizo las mismas preguntes que los hombres y las mujeres se hacen hoy. El hizo nuestras preguntes. Su libro suena muy contemporáneo. Por ello, los “porques” que encontró pueden afectar también nuestras vidas.



Leemos su diálogo con Dios en la parte inicial de su libro, en los capítulos 1:1 a 2: 4. El pasaje dirige preguntas que asombran. Pero también nos muestra cómo un creyente maneja la duda, y que significa vivir por fe.

Preguntas asombrosas

“¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás? ¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que vea molestia? Destrucción y violencia están delante de mí, y pleito y contienda se levantan. Por lo cual la ley es debilitada, y el juicio no sale según la verdad; por cuanto el impío asedia al justo, por eso sale torcida la justicia” (Habacuc 1: 24).



¿Por qué no responde Dios? En el siglo veinte los hombres y las mujeres están oprimidos por el silencio de Dios. Por supuesto, cada siglo, incluyendo el de Habacuc, ha luchado con la aparente falta de respuesta de Dios, pero en el nuestro el silencio ha adquirido proporciones atronadoras.

Pensemos en nuestro siglo veinte –el de mayor conocimiento y de mayor debilidad:



  • Dos catastróficas guerras mundiales que mataron decenas de millones de personas y mutilaron a otras tantas. Cuando caían las bombas sufrían no sólo los soldados: niños y abuelos, mujeres embarazadas y lisiados quedaron expuestos y vulnerables.

  • Seis millones de personas fueron eliminados en una campaña sistemática de aniquilación, la “solución final” de Hitler al problema de los judíos.

  • Actos de barbarie y terrorismo han llegado a ser parte de las noticias diarias. Dictadores desalmados, terroristas con auto-bombas, guerrilleros y otros grupos llevan a cabo sus actos monstruosos de asesinato y destrucción.

Cuando estallan las bombas, ¿dónde está Dios?

¿Dónde estaba Dios en Auschwitz?

¿Dónde estaba Dios cuando el gas isocianato de metilo escapaba de la planta de Unión Carbide en Bhopal, India, esparciendo una nube de muerte y tortura sobre los pobres de la ciudad, matando a dos mil personas, e hiriendo e incapacitando a multitudes?

¿Dónde está Dios mientras en el reseco Sahel y el África Oriental medio millón de etíopes mueren de hambre, y millones de niños que sobreviven afrontan un retardo mental permanente?

¿Por qué no responde Dios? Esta es la terrible pregunta de la última parte del siglo veinte. Es una pregunta que, después de Auschwitz, ha destruido la fe ancestral de millones de judíos y ha convertido nuestro tiempo en una época de incredulidad.

Después de todo, si Dios pudo traer a la existencia al mundo con sólo hablar, si pudo dividir las aguas del Mar Rojo, ¿no podría hacer llover en las regiones resecas del África? ¿No podría haber cerrado la válvula para impedir el escape del isocianato de metilo?



¿Por qué toda esta \violencia? La violencia es una mancha en la sociedad occidental. A pesar de todo el dinero que se gasta en educación, nuestras calles son inseguras y tenemos que cerrar nuestras puertas con doble llave y cadenas, y utilizar alarmas antirrobo y perros policías ¡Podemos poner hombres eh la luna, pero no podemos eliminar a los criminales de las calles!

La violencia toma muchas formas. La más espantosa, tal vez, es la que se comete contra los inocentes, los ancianos, los indefensos. Hoy es común que se viole aun a monjas y ancianas de ochenta años. Se explota a niños para hacer películas pornográficas. Centenares de miles de niños y jovencitos reciben ultrajes sexuales de sus familiares. Un número incontable de mujeres sufren en silencio el maltrato de sus cuerpos y de su persona –todo para satisfacer el ego y los apetitos de hombres pervertidos.

En realidad –y este es tal vez el comentario más triste– la violencia vende. Vende programas de televisión, películas, dibujos animados infantiles, aun deportes. La cruda realidad es que la gente goza con la experiencia vicaria de la violencia.

¿Somos mejores que Roma con su Coliseo?



¿Por qué hay esta falta de justicia? Cada domingo unos cincuenta o sesenta millones de personas asisten a la iglesia en América del Norte. Una encuesta de Gallup indica un interés creciente en la religión. Entre cuarenta y cincuenta millones de personas declaran haber nacido de nuevo. Pero estas estadísticas son engañosas. La profesión de la religión no equivale a una vida de justicia. La realidad es que América del Norte y mucho del resto del mundo están deslizándose por un tobogán moral.

Tomemos el engaño. En la televisión los personajes populares mienten y hacen trampa. En la vida real, los niños copian en sus exámenes. Los estudiantes engañan aun en las academias militares más distinguidas. Los hombres engañan a sus esposas. Las esposas engañan a sus maridos. Y juntos engañan al fisco al pagar sus impuestos.

Para demasiados, la religión tiene la forma pero no el poder. La fibra moral de la sociedad se ha desintegrado, destruida por el “dinero fácil”, y la filosofía de que “si te sientes bien, tiene que estar bien”.

La pena capital, se dice, significa que si tienes el capital no tienes que sufrir la pena. Los resquicios impositivos, los resquicios legales y legislativos proveen un medio para burlar la ley y la moralidad. Y entretanto la economía del mercado negro –el mundo libre de impuestos de la mafia, los narcotraficantes, los apostadores, los viciosos florece.

¿Por qué no responde Dios? ¿Por qué toda esta violencia? ¿Por qué estas injusticias? Estas son nuestras preguntas.

Pero anteriormente fueron preguntas de un creyente: Habacuc. Y él también nos ayudará en nuestra búsqueda de respuestas.



Cómo afrontar la duda

  1. Habacuc era creyente antes de comenzar a hacer preguntas. Esto es lo primero que debemos recordar. Fue porque Habacuc era creyente que llegó a hacerse preguntas. Tenía una visión tan elevada de Dios que no podía entender cómo Dios, que había actuado tan poderosamente en favor de Israel en el pasado, podía mantenerse silencioso cuando la violencia, la opresión y la ilegalidad abundaban. Tampoco podía com­prender cómo Dios, en respuesta a sus primeras preguntas, podía proponerse el usar a los paganos babilonios como agentes de su castigo (Habacuc 1:5-17).

Los creyentes y los escépticos pueden dirigir las mismas preguntas a Dios, pero sus actitudes son totalmente diferentes. Los escépticos preguntan para desafiar a Dios, para burlarse de su existencia o de su poder, para justificar su propia vida de incredulidad. Pero los creyentes preguntan porque se preocupan por el honor de Dios, porque tratan de comprender sus caminos.

Una muy antigua definición de teología, formulada en el siglo XI por Anselmo, arzobispo de Canterbury, dice que es “la fe que trata de comprender”. Creemos para poder comprender; no procuramos entender para creer.



  1. Habacuc fue honrado con Dios y consigo mismo. No había falsedad en Habacuc –ningún esfuerzo por hallar respuestas fáciles, el sustento teológico que los profetas de la corte o tal vez aun los cantores del coro del templo (pues él era cantor y compositor, capítulo 3:19) aprobarían.

Habacuc no llevó sus preguntas a sus compañeros. No anduvo sembrando sus dudas entre la gente. Llevó sus preguntas a Dios.

  1. Habacuc estaba preparado para esperar que Dios respondiera. “Sobre mi guarda estaré, y sobre la fortaleza afirmaré el pie, y velaré para ver lo que se me dirá, y qué he de responder tocante a mi queja” (Habacuc 2:1).

El fracaso de muchas de nuestras oraciones se debe a que las suspendemos demasiado pronto. No le damos una oportunidad a Dios. Olvidamos que la oración es una calle de dos vías, una comunión con Dios. Como hijos de la generación “instantánea” queremos respuestas inmediatas. Pero algunas respuestas no vicien, no pueden venir, tan rápidamente como las deseamos.

Dios no demora las respuestas porque le guste vemos parados junto a la puerta, con el sombrero en la mano. En realidad la demora no procede de Él, sino de nosotros. Dios no nos puede dar las respuestas que necesitamos hasta que estemos listos para recibirlas.

“Orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo. No es que se necesite esto para que Dios sepa lo que somos, sino a fin de capacitamos para recibirlo. La oración no baja a Dios hasta nosotros, antes bien nos eleva a Él... Si consultamos nuestras dudas y temores, o procuramos desentrañar cada cosa que no veamos claramente, antes de tener fe, solamente se acrecentarán y profundizarán las perplejidades. Pero si vamos a Dios sintiéndonos desamparados y necesitados, como realmente somos, y con humildad y confiada fe le presentamos nuestras necesidades a Aquel cuyo conocimiento es infinito, a quien nada se le oculta y quien gobierna todas las cosas por su voluntad y palabra, Él puede y quiere atender nuestro clamor, y hará resplandecer su luz en nuestro corazón. Por medio de la oración sincera nos ponemos en comunicación con la mente del Infinito. Quizá no tengamos en el momento ninguna prueba notable de que el rostro de nuestro Redentor se inclina hacia nosotros con compasión y amor; sin embargo es así. Podemos no sentir su toque manifiesto, mas pone su mano sobre nosotros con amor y compasiva ternura” (El camino a Cristo, pp. 92, 96, 97).

La mayor parte de la gente tiene muchas dudas. ¿Podría ser a causa de que oran poco?



  1. Habacuc, en medio de sus dudas, recordó cómo Dios lo guio en el pasado. Aunque no podía comprender cómo el Señor podía pedir a los babilonios idólatras que castigaran a Israel, pudo sin embargo decir: “¿No eres tú desde el principio, oh Jehová, Dios mío, Santo mío? No moriremos” (capítulo 1:12).

Habacuc conocía a Dios personalmente, no sólo en teoría. Conocía las obras salvadoras de Dios en la antigüedad, cuando rescató a Israel del borde de la destrucción –como cuando el ejército de Senaquerib que asediaba a Jerusalén fue diezmado en una noche (Isaías 37:33-37). Dios, el Eterno, era su Dios y el Dios de Israel. Como había salvado a la nación en el pasado, también la sostendría a través del castigo de Babilonia, por amargo que fuera.

Otros personajes bíblicos también encontraron fuerzas y esperanza en recuerdos semejantes. Job, con el cuerpo quebrantado y sacudido por “amigos” y dudas, miró hacia atrás, a los años en los que el Señor lo había bendecido. David, huyendo de su propio pueblo, cuando volvió a su hogar adoptivo para encontrarlo arrasado y su familia cautiva, “se fortaleció en Jehová su Dios” mientras sus propios hombres hablaban de una revuelta (1 Samuel 30:6).

Y Jesús, en la agonía de su abandono, murmuró el clamor de desamparo que antes había formulado el salmista: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1; Mateo 27:46). En su dolor, ¿habrá recordado cómo culmina el salmo? “Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó. De ti será mi alabanza en la gran congregación; mis votos pagaré delante de los que le temen” (Salmo 22:24, 25).

Elena G. de White subraya la misma idea. En el capítulo “¿Qué debe hacerse con la duda? de El camino a Cristo, recuerda a quienes tienen preguntas: “Hay una evidencia que está al alcance de todos, del más educado y del más ignorante, la prueba de la experiencia” (p. 113). Y si temblamos al afrontar el futuro, nos anima: “No tenemos nada que temer del futuro, a menos que olvidemos la manera en que el Señor nos ha conducido, y lo que nos ha enseñado en nuestra historia pasada” (Notas biográficas de Elena G. de White, p. 216).

La vida de fe

Podemos ahora apreciar mejor el versículo con que culmina el diá­logo entre Habacuc y Dios. Después que el profeta, sacudido por pre­guntas, ha resuelto esperar las respuestas del Señor, oye la certeza de los propósitos divinos y luego estas palabras: “El justo por su fe vivirá” (Habacuc 2:4).

Aquí la palabra fe, en hebreo emunah, implica fidelidad. Algunas traducciones modernas lo destacan: “He aquí que sucumbe quien no tiene el alma recta, mas el justo por su fidelidad vivirá” (Biblia de Jerusalén).

“He aquí que el insolente no tiene el alma rectamente dispuesta, mas el justo, en su fidelidad vivirá” (versión Bover-Cantera). De la misma manera lo traducen la versión de Nieto y la de Ausejo.

La vida cristiana es más que una decisión por Cristo en cierto momento determinado. Es mucho más que un sentimiento cálido, el brillo de una emoción. Es más que repetir frases hechas. El cristianismo signi­fica confiar en Dios tanto en la oscuridad como en la luz, en el sufri­miento como en la felicidad. Significa aferrarse de Él, no soltar su mano, aunque no sepamos qué hacer. “No te dejaré, si no me bendices” (Génesis 32:26): esta es la vida de fe.

Dijo el gran apóstol a los gentiles, quien sufrió azotes, naufragios, prisiones, acusaciones falsas, y la carga del cuidado de las jóvenes iglesias: “Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados: perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos” (2 Corintios 4:8-10).

¿Tiene la razón un lugar en la vida de fe? Ciertamente Dios nos llama a utilizar todas nuestras capacidades para su gloria. Este, dice, es nuestro “culto racional” (Romanos 12:1).

En esta era de incredulidad pueden (y deben) presentarse argumentos racionales en favor de la existencia de Dios. La evidencia de diseño en la naturaleza, por ejemplo, sugiere la existencia de un Diseñador.

En la religión bíblica, la razón y la fe se complementan. Las Escri­turas están indisolublemente unidas con la historia –con los actos salvadores de Dios en el Antiguo Testamento y su supremo acto en el Nuevo. La decisión por Cristo no es un salto en la oscuridad (aunque es un salto). Presupone una base de conocimientos acerca de Cristo de Nazaret, un judío del primer siglo, de quien los cristianos afirman que fue Dios encarnado. En última instancia la fe va más allá de la razón. Su conocimiento es más que histórico: surge de la experiencia. La fe conoce a Dios. Como Habacuc, puede decir: “Oh Jehová, Dios mío, Santo mío” (Habacuc 1:12).

Por esta razón los creyentes pueden vivir sin solucionar todos sus problemas. En gran medida los caminos de Dios siguen siendo misterio­sos para nosotros, pero tenemos respuestas suficientes. Habacuc las encontró, y nosotros también las encontraremos al esperar pacientemente en el Señor.

Pero como cristianos, nuestras respuestas van más allá de las de Habacuc. Cuando lloramos por el sufrimiento y la tragedia que nos rodea, cuando vemos el quebrantamiento de la moral y afrontamos la amenaza de un holocausto' nuclear —y en todo esto Dios parece silencioso— podemos mirar hacia el Calvario. Allí, en el Gólgota, Dios el Hijo se identificó con la miseria, la desesperación y el desamparo de la suerte humana.

Durante esas horas en la cruz, permaneció silencioso, excepto por siete breves frases. Y hoy, en su silencio, sabemos que está allí: –sufriendo, identificándose con el dolor de la gente.

Sí, los creyentes se hacen las mismas preguntas que los incrédulos. Pero, como Pablo, saben en quien han creído, encuentran confianza, confianza en Cristo, bendita certeza.

2 Habacuc 2:5-20

Una historia de dos ciudades

En la Biblia se destacan dos ciudades.

Una nunca fue grande en extensión. Luchó a través de los siglos para sobrevivir a los ataques de sus enemigos. Aunque varias veces fue devastada, se volvió a levantar de sus cenizas una y otra vez. Después de tres milenios todavía está en pie, aunque, como sucedió a menudo en lo pasado, enfrenta la hostilidad de sus vecinos.

La Biblia habla mucho de esta ciudad y de sus habitantes. Y en el escenario profético que describe la restauración de todas las cosas cuando el pecado y los pecadores ya no existan, el nombre de esta ciudad se perpetúa como el de la capital de la tierra hecha nueva.

Esta ciudad es Jerusalén.

La segunda ciudad también tiene una larga y agitada historia. Su nombre aparece en el informe bíblico antes que el de Jerusalén. De acuerdo con los antiguos registros del Génesis, esta ciudad fue parte del reino fundado por Nimrod, el bisnieto de Noé (Génesis 10:8-10). Fue una de las ciudades-estado que surgieron en los valles del Tigris y del Éufrates, y con el tiempo llegó a ser la capital de un imperio. En tiempos del gran rey Hamurabi, famoso por el código legal que promulgó varios siglos antes de Moisés, el imperio incluía toda la Mesopotamia y se extendía hasta Siria.

Pero la fortuna del imperio se desvaneció, y con ella la prosperidad de la ciudad. Los hititas, los egipcios y los asirios llegaron a ser los poderes dominantes. Sin embargo, después de unos mil años de oscuri­dad, la ciudad revivió. Bajo Nabopolasar (626-605 a.C.) el antiguo imperio volvió a florecer, preparando el escenario para el largo reinado de su hijo, Nabucodonosor, bajo cuyo gobierno alcanzó su edad de oro.

La ciudad yace hoy en ruinas. Sólo es de interés para el anticuario y el arqueólogo. Pero su nombre vive en el texto bíblico, pues representa a In rival de Jerusalén, tanto literal como espiritual. Como en un sentido espiritual Jerusalén representa el sistema divino de la verdad, esta otra ciudad denota la falsa religión y los sistemas de fabricación humana por medio de los cuales los hombres, las mujeres y los gobiernos buscan ordenar sus vidas.

La ciudad es Babilonia.

AI estudiar el libro de Habacuc encontramos a Babilonia en momentos en que comenzaría el apogeo de su esplendor. Aunque cuando Habacuc escribió, el poderío y el dominio de la ciudad todavía estaban en el futuro, a una generación de distancia, su predicción de que los caldeos dominarían Palestina apuntaba a las invasiones de Nabucodonosor. Y el hijo de Nabopolasar fue el gobernante supremo del Imperio Neobabilónico.

Habacuc 2: 5-20 describe con total franqueza los pecados dominan­tes de la Babilonia de Nabucodonosor. El orgullo, un falso sentido de seguridad, la injusticia y la violencia, la ebriedad, la explotación y la idolatría constituyeron la base de Babilonia, y por causa de ello caería bajo los juicios de Dios.

Para comprender la razón del horror de Habacuc al conocer el plan divino de usar a los babilonios como sus instrumentos de castigo para Judá y Jerusalén, tenemos que saber cómo era Babilonia en ese tiempo. Tenemos que considerar cómo esta ciudad, el orgullo de Nabucodonosor, dominaba la mente de la gente de su tiempo y cuán complejo era su sistema idolátrico de religión. Notemos lo que nos revela la arqueología.

La antigua Babilonia

Aunque la antigua Babilonia no tenía el tamaño fantástico que le atribuyera Herodoto, la ciudad era enorme para un tiempo cuando las ciudades eran muy pequeñas de acuerdo con los conceptos que hoy tenemos. Su perímetro de unos 17 km es superior al perímetro de 12 km de Nínive, capital del imperio de Asiría; al de los muros de la Roma imperial, de 10 km de perímetro; y al de los 6 km de los muros de Atenas en el tiempo del apogeo de esa ciudad en el siglo V a.C. Esta comparación con otras ciudades famosas de la antigüedad muestra que Babilonia era. con la posible excepción de la egipcia Tebas –que entonces ya estaba en ruinas– la más extensa y la más grandiosa de todas las capitales antiguas, aunque fue mucho más pequeña de lo que la describieron posteriormente los escritores clásicos. Es comprensible por qué Nabucodonosor sintió que tenía derecho a jactarse de haber construi­do ‘la gran Babilonia... con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad’ (Daniel 4:30).



Una ciudad de templos y palacios. Los antiguos babilonios estimaban que su ciudad era el ‘ombligo’ del mundo por el hecho de que allí estaba el santuario del dios Marduk, a quien se consideraba como señor del cielo y de la tierra, el principal de todos los dioses. Por eso Babilonia era un centro religioso sin rival en la tierra. Una tablilla cuneiforme del tiempo de Nabucodonosor enumera 53 templos dedicados a dioses importantes, 955 pequeños santuarios y 384 altares callejeros; todos ellos dentro de los límites de la ciudad. Por comparación, Asur, una de las principales ciudades de Asiría, con sus 34 templos y capillas, hacía una impresión relativamente pobre. Se puede comprender bien por qué los babilonios estaban orgullosos de su ciudad, cuando decían: ‘Babilonia es el origen y centro de todas las tierras’. Su orgullo se refleja en las famosas palabras de Nabucodonosor citadas en el comentario sobre el pasaje del capítulo 4:30, y también en un antiguo canto de alabanza (tal como lo da E. Ebeling, Keilschfrifttexte aus Assur religiósen Inhalts, Parte I [Leipzig, 1915], N° 8):

“ ‘Oh Babilonia, quienquiera que te contempla se llena de regocijo,

Quienquiera que habita en Babilonia aumenta su vida,

Quienquiera que habla mal de Babilonia es como el que mata a su propia madre.

Babilonia es como una dulce palma datilera, cuyo fruto es hermoso de contemplar’.

“El centro de la gloria de Babilonia era la famosa torre-templo Etemenanki, ‘la piedra fundamental del cielo y de la tierra’, que tenía una base cuadrada de 90 m de lado y más de 90 m de alto. Este grandioso edificio sólo era sobrepasado en altura en tiempos antiguos por las dos grandes pirámides de Giza (o Gizeh) en Egipto. La torre puede haber sido construida en el lugar donde una vez estuvo la torre de Babel. La construcción de ladrillos tenía siete niveles, de los cuales el más pequeño y más elevado era un santuario dedicado a Marduk, principal dios de Babilonia...

“Un gran conjunto de templos, llamado Esagila –literalmente: ‘El que levanta la cabeza’–, rodeaba la torre Etemenanki. Sus patios y edificios fueron el escenario de muchas ceremonias religiosas realizadas en honor de Marduk. Grandes y pintorescas procesiones terminaban en este lugar. Con excepción del gran templo de Amón en Karnak, Esagila fue el más grande y más famoso de todos los templos del antiguo Cercano Oriente. Ya tenía una larga y gloriosa historia cuando Nabucodonosor ascendió al trono, y el nuevo rey reconstruyó completamente y hermoseó extensas secciones del conjunto de templos, incluso la torre Etemenanki.

“Los palacios de Babilonia revelaban un lujo extraordinario tanto en número como en tamaño. Durante su largo reinado de 43 años Nabuco­donosor construyó tres grandes castillos o palacios. Uno de ellos estaba en la Ciudad Interior y los otros fuera de ella. Uno es conocido como Palacio de Verano, en la parte más septentrional del nuevo barrio oriental. El montículo que ahora cubre sus restos es el más alto entre los que constituyen las ruinas de la antigua Babilonia, y es el único lugar que aún lleva el antiguo nombre de Babil. Sin embargo, la completa destrucción de este palacio en tiempos antiguos y el subsiguiente saqueo de los ladrillos de su estructura no han dejado mucho para que descubra el arqueólogo. Por eso sabemos poco respecto a ese palacio.

“Otro gran palacio, al cual los excavadores dan ahora el nombre de Palacio Central, estaba inmediatamente fuera del muro norte de la Ciudad Interior. Este también fue construido por Nabucodonosor. Los modernos arqueólogos también encontraron este gran edificio sumamente desolado, con excepción de una parte del palacio, el Museo de Antigüedades. Aquí se habían coleccionado y puesto en exhibición objetos valiosos del glorioso pasado de la historia de Babilonia, tales como estatuas antiguas, inscripciones y trofeos de guerra, con el propósito de que ‘los hombres contemplen’, según lo expresara Nabucodonosor en una de sus inscrip­ciones.

“El Palacio del Sur estaba en el rincón noroeste de la Ciudad Interior, e incluía, además de otros edificios, los famosos jardines colgantes, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Un gran edificio abovedado estaba coronado por un jardín en la azotea, regado por un sistema de cañerías por el cual el agua era bombeada hasta arriba. Según Diodoro, Nabucodonosor construyó este maravilloso edificio para que su esposa meda tuviera en medio de Babilonia, plana y sin árboles, un sustituto de las colinas arboladas de su tierra natal que ella echaba de menos. En las bóvedas bajo los jardines colgantes se almacenaban provisiones de cereales, aceite, frutas y especias para abastecer a la corte y a los que dependían de ella. Los excavadores hallaron en estas piezas documentos de la administración, algunos de los cuales mencionaban que el rey Joaquín de Judá recibía raciones reales.

“Junto a los jardines colgantes estaba un extenso conjunto de edificios, salones y habitaciones que habían reemplazado al palacio más pequeño de Nabopolasar, padre de Nabucodonosor. Este Palacio del Sur era considerado la residencia oficial del rey, el lugar donde se des­arrollaban todas las ceremonias del Estado. En el centro estaba la gran sala del trono, de 52 m de largo, 17 m de ancho y posiblemente 18 m de alto. Quizá esta inmensa sala fue el lugar donde Belsasar celebró su banquete la última noche de su vida, porque ninguna otra sala del palacio era lo suficientemente grande como para ubicar a mil invitados (ver Daniel 5:1).

“Una de las edificaciones más llenas de colorido de aquella ciudad era la famosa Puerta de Ishtar, junto al Palacio del Sur, que formaba una de las entradas del norte de la Ciudad Interior. Era la más hermosa de las puertas de Babilonia, porque por ella pasaba la calle de las procesiones, que llevaba de los distintos palacios reales al templo de Esagila. Felizmente esta puerta no fue tan completamente destruida como los otros edificios de Babilonia, y es ahora la más impresionante de todas las ruinas de la ciudad. Se eleva todavía a una altura de unos 12 m.

“Las edificaciones interiores de los muros y puertas de la ciudad, de los palacios y de los templos eran de adobes. Las capas exteriores estaban hechas de ladrillos cocidos y en algunos casos, de ladrillos esmaltados. Los ladrillos exteriores de los muros de la ciudad eran de color amarillo; los de las puertas, celestes; los de los palacios, rosados; y los de los templos, blancos. La puerta de Ishtar era una construcción doble, debido a los muros dobles de la ciudad. Tenía 50 m de largo y constaba de cuatro estructuras semejantes a torres de grosor y altura que variaban. Las paredes eran de ladrillos cuyas superficies esmaltadas formaban figuras de animales en relieve. Había por lo menos 575 de éstos. Había toros amarillos con hileras de adorno de pelo azul y cuernos y pezuñas verdes. Estos alternaban con bestias mitológicas amarillas, llamadas sirrush, que tenían cabezas y colas de serpientes, cuerpos escamados y patas de águilas y gatos (ver una ilustración frente a p. 864, y en el SDA Bible Dictionary, fig. 137).

“El acceso a la Puerta de Ishtar... a ambos lados de la calle tenía muros de defensa. En esas paredes había leones de ladrillo esmaltado, en relieve, de color blanco con melenas amarillas o amarillos con melenas rojas (que ahora se han vuelto verdes) sobre un fondo azul.

“Tal era la pintoresca y fuerte ciudad que el rey Nabucodonosor había construido: la maravilla de todas las naciones. Su orgullo por ella está reflejado en las inscripciones que dejó para la posteridad. Una de ellas, ahora en el Museo de Berlín, reza así:

'Yo he hecho a Babilonia, la santa ciudad, la gloria de los grandes dioses, más destacada que antes, y he impulsado su reconstrucción. He hecho que los santuarios de dioses y diosas sean iluminados como el día. Ningún otro rey entre todos los reyes jamás ha creado, ningún otro rey anterior ha construido jamás, lo que yo he construido magníficamente para Marduk. Fomenté al máximo la habilitación de Esagila, y la renovación de Babilonia más de lo que se había hecho antes. Todas mis obras valiosas, el embellecimiento de los santuarios de los grandes dioses que yo emprendí, más que mis antepasados reales, yo escribí en un documento y puse por escrito para las generaciones venideras. Todos mis hechos, que yo he escrito en este documento, leerán aquellos que sepan [leer] y recordarán la gloria de los grandes dioses. Sea largo el camino de mi vida, me regocije yo en mi simiente; gobierne mi simiente sobre los pueblos de cabeza negra para toda la eternidad y la mención de mi nombre sea proclamado para bien en todos los tiempos futuros’ ” (Comentario bíblico adventista, tomo 4, pp. 824-826).

La Babilonia de hoy

Aunque la Babilonia de Nabucodonosor, “hermosura de reinos y ornamento de la grandeza de los caldeos” (Isaías 13:19), hoy está en ruinas, la Babilonia espiritual sigue viviendo. El orgullo por sus reali­zaciones humanas y su mezcla de ideas religiosas todavía cautivan a hombres y mujeres en todas partes.

En esta generación final Dios anuncia la suerte de la Babilonia espiritual: “Ha caído, ha caído Babilonia, la gran ciudad, porque ha hecho beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación” (Apocalipsis 14:8). Babilonia ha llegado a ser “habitación de demonios y guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda y aborrecible” (capítulo 18:2). Por ello, el llamado que hace al mundo es: “Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas; porque sus pecados han llegado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades” (capítulo 18:4, 5).

Consideremos la Babilonia espiritual. No necesitamos tomar un avión al Cercano Oriente. Babilonia está en la casa de al lado -tal vez dentro de nuestra misma casa. Babilonia asecha a nuestro alrededor —y es rica y atractiva y poderosa. Pero Babilonia sigue siendo Babilonia, la que es llamada a juicio por el Dios de Habacuc.



  1. Orgullo. Hace un siglo el filósofo alemán Nietzsche publicó Así habló Zaratustra, en el que presenta su tesis: “Dios está muerto... Pero yo les doy un superhombre”. Esa tesis caracteriza al hombre del siglo veinte.

Gerhard Niemyer, de la Universidad de Notre Dame, Estados Unidos, ha caracterizado al hombre moderno en su artículo: “El hombre ‘autónomo’ ”. Él es “1) un hombre sin padre, que se separó no meramente de su Padre celestial, sino también de sus padres terrenales, sus antepasados, y el pasado en general; 2) un hombre sin Creador, quien... rehúsa reconocer dependencia alguna de alguien o de algo, particularmente en su vida; 3) un hombre sin juez ya sea en el cielo o en la tierra, que siente que no tiene que dar cuenta a nadie, ni a sus prójimos ni a un juez divino”.

Pero Dios no puede ser burlado. Los hombres y las mujeres pueden elegir ignorarlo, pueden seguir sus propios caminos en el orgullo de sus corazones, pero Dios sigue allí. Porque El existe y es el árbitro moral del universo, “traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (Eclesiastés 12:14).



  1. Falsa seguridad. Los gastos mundiales en armas han alcanzado cifras increíbles. No sólo los Estados Unidos y la Unión Soviética, sino aun los países pequeños y pobres, que están luchando para proveer alimentos para su pueblo, están hambrientos por armas.

Antes las naciones luchaban entre sí con espadas y arcos y flechas. Construían fuertes muros alrededor de sus ciudades con sólidas puertas que pudieran cerrarse con seguridad para impedir la entrada a los invasores. Pero un día se inventó el ariete, más tarde la pólvora y finalmente los cohetes y las armas atómicas. El invento de los aviones tomó obsoleta la protección que ofrecían las ciudades. Y las armas continúan proliferando, tanto en número como en tecnología.

La búsqueda de seguridad -de encontrar el lugar más seguro- ha sido elusiva. A pesar de las enormes sumas que se gastan en la defensa, la vida de cada persona sobre el planeta Tierra se encuentra bajo la espada de Damocles de la aniquilación nuclear.

¿Dónde podemos encontrar seguridad? No en las armas más nuevas, ni en alguna confederación de naciones, ni en las esperanzas humanas. Sólo en Dios: “Jehová es bueno, fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en él confían” (Nahúm 1:7).


  1. Injusticia y violencia. A pesar de todos nuestros conocimientos, la última porción del siglo veinte se asemeja mucho a la selva. Veamos:

  • Algunas de las personas más ricas pagan muy pocos impuestos o ninguno. En los Estados Unidos se estima que unos 90.000 millones de dólares por año no llegan a la tesorería fiscal.

  • La mayoría de las víctimas de la violencia son pobres o ancianos. Los ricos compran alarmas contra ladrones, puertas de seguridad y perros que los protejan.

  • La integridad es sumamente escasa. “En lo pasado, violar las reglas se consideraba una excepción. Ahora es lo corriente”, observa Jerald Jellison, profesor de Psicología en la Universidad del Sur de California. Menciona la evasión de impuestos, el robo en los super­mercados, la falsificación de informes de gastos, la venta de monografías e informes, el soborno, el enriquecimiento ilícito, la infidelidad matrimo­nial y los negocios tramposos.

  1. El alcohol. De acuerdo con el Centro de Ciencias para el Beneficio Público, aproximadamente 15 millones de norteamericanos tienen serios problemas con el alcohol. Unos tres millones de ellos son adolescentes.

El alcohol mata más de 100.000 personas cada año sólo en los Estados Unidos. El costo anual de los pagos por daños personales o a la propiedad, de hospitalización, de pérdidas industriales y del encarcela­miento se eleva a 120.000 millones de dólares.

Los fabricantes de bebidas alcohólicas en los Estados Unidos gastan 750 millones de dólares en publicidad sólo por radio y televisión. Se estima que en 1986 la cifra se elevará a mil millones de dólares.

Desde que la televisión se popularizó en la década de 1950, el consumo de alcohol por habitante ha aumentado más de un 40%. Entre 1962 y 1982 el consumo de bebidas alcohólicas ha aumentado de 66 a 108 litros por persona por año. Por otro lado, el consumo de leche ha disminuido de 125 a 103 litros por persona por año en el mismo período.

El alcohol es un grave mal. Los cristianos no debieran tener nada que ver con él, pero más todavía, debieran unirse para reducir su poder sobre la vida de millones de personas.

Tanto en la Babilonia literal como en la espiritual, el vino –literal y espiritual– es el medio para esclavizar y humillar a la humanidad, pero también cae bajo los juicios de Dios.


  1. Ídolos. El libro de Isaías ridiculiza en particular el culto a los ídolos. En un pasaje irónico el profeta muestra que los enormes ídolos de babilonia son impotentes para salvar a la ciudad, y ellos mismos son llevados por animales de carga que casi sucumben bajo su peso. "Se postró Bel, se abatió Nebo; sus imágenes fueron puestas sobre bestias, sobre animales de carga; esas cosas que vosotros solíais llevar son alzadas cual carga, sobre las bestias cansadas. Fueron humillados, fueron abatidos juntamente; no pudieron escaparse de la carga, sino que tuvieron ellos mismos que ir en cautiverio” (Isaías 46:1, 2).

La mayoría de los accidentales considera la idolatría como increíble­mente tonta. Pero no juzguemos demasiado apresuradamente. Nosotros también caemos presa de la idolatría moderna. Todo lo que estimamos de mayor valor que Dios, cualquier persona o cosa que obtenga nuestra primera lealtad, es un ídolo. Así nuestro ídolo podría ser el trabajo, el hogar, los deportes, el cónyuge, o aun nosotros mismos.

Todos los ídolos, en última instancia, no pueden ayudamos en el momento de máxima necesidad. Toda la confianza que pongamos en cualquier institución, programa, invento o actividad humanos no es segura. Sólo Dios nunca falla, y por esto rehúsa compartir su gloria con ningún otro ser o cosa.

Una historia de dos ciudades -Jerusalén y Babilonia. Una simboliza la vasta red de maquinaciones humanas; la otra, la ciudad de Dios. Una cae bajo los juicios divinos; la otra llega a ser la capital de la tierra nueva, en la que Dios quitará toda lágrima, y cuyas puertas nunca se cerrarán.
3 Habacuc 3:1-19

Fórmula para el reavivamiento

El tercer capítulo de Habacuc, tan poco considerado en estos días, tiene tremenda importancia para el pueblo de Dios. La palabra clave del capítulo es reavivamiento, o renovación. El capítulo nos muestra el camino al reavivamiento: el reavivamiento como la mayor necesidad de la iglesia, la promesa del reavivamiento y cómo ocurre el reavivamiento.

Reavivamiento: la mayor necesidad de la iglesia

El profeta ora por la renovación de su pueblo: “Oh Jehová, he oído tu palabra, y temí. Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos, en medio de los tiempos hazla conocer, en la ira acuérdate de la misericor­dia” (Habacuc 3:2).

¡Qué cambio con respecto al espíritu del primer capítulo del libro! En lugar de las dudas y preguntas, oímos cómo el profeta ha resuelto sus problemas. Ahora se da cuenta de que la mayor necesidad para su pueblo es que Dios traiga reavivamiento y renovación.

A través de las Escrituras los santos hombres de Dios llamaron a su pueblo a una renovación de su experiencia religiosa. Algunos de estos clamores vinieron durante tiempos de gran apostasía o de angustia y tribulación; otros no surgieron de una situación en particular. Pero el hecho es que el pueblo de Dios siempre tiene necesidad de reaviva­miento. Mientras estemos en el mundo, el mundo arrojará sobre nosotros su lluvia contaminada. Debemos volvemos constantemente a Dios, encontrando nuestra vida y fortaleza en El.

En el Antiguo Testamento, dos libros -además de Habacuc- se destacan especialmente por sus llamados al reavivamiento.

El primero es el libro de Oseas, dirigido al reino del norte, Israel. Las diez tribus, hundiéndose más y más en la apostasía y en la adoración a Baal, enfrentaban la segura amenaza de destrucción y desaparición como nación. Pero no prestaban atención a su peligro o a su estado espiritual. Oseas les rogó que se volvieran al Señor. ¡Él deseaba que experimentaran una renovación! “Andaré y volveré a mi lugar, hasta que reconozcan su pecado y busquen mi rostro. En su angustia me buscarán. Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará. Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él. Y conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová; como el alba está dispuesta su salida, y vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia tardía y temprana a la tierra’’ (Oseas 5:15; 6:1-3).

El llamado del profeta era: “Vuelve, oh Israel, a Jehová tu Dios; porque por tu pecado has caído. Llevad con vosotros palabras de súplica, y volved a Jehová, y decidle: Quita toda iniquidad, y acepta el bien, y te ofreceremos la ofrenda de nuestros labios. No nos librará el asirio; no montaremos en caballos, ni nunca más diremos a la obra de nuestras manos: Dioses nuestros; porque en ti el huérfano alcanzará misericordia’’ (Oseas 14:1-3).

El libro de Joel, una obra de sólo tres capítulos, también contiene un poderoso llamado al reavivamiento. Aparentemente este libro fue escrito en tiempos de desastre natural. La tierra que una vez fluía leche y miel había sido arrasada por plagas de langosta, sequía y fuego. El profeta ve que vendrán aún mayores desastres, pues los ejércitos invasores estaban por devastar la tierra.

Pero no toda la esperanza estaba perdida. Si el pueblo de Dios regresaba a Él con sinceridad, la amenaza de destrucción adicional podía ser detenida. “Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo. ¿Quién sabe si volverá y se arrepentirá y dejará bendición tras de él, esto es, ofrenda y libación para Jehová vuestro Dios?’’ (Joel 2:12-14).

La obra de reavivamiento a la que llamaba Joel debía ser nacional en su extensión. Debía abarcar a los ancianos, a la gente común, aun a los niños. “Tocad trompeta en Sion, proclamad ayuno, convocad asamblea. Reunid al pueblo, santificad la reunión, juntad a los ancianos, congregad a los niños y a los que maman, salga de su cámara el novio, y de su tálamo la novia” (versículos 15, 16).

El reavivamiento todavía es la mayor necesidad del pueblo de Dios. Como adventistas del séptimo día podemos mirar hacia atrás, a un maravilloso pasado y a una obra que va de fortaleza en fortaleza por todo el mundo. Cuando pensamos en lo que Dios ha hecho y continúa haciendo por nosotros, exclamamos: “¡Lo que ha hecho Dios!” (Números 23:23). Pero a pesar del crecimiento de la iglesia, a pesar de las hermosas instrucciones que tenemos y de los programas que se han probado una y otra vez, el reavivamiento es todavía nuestra mayor necesidad. Nuestra fortaleza no reside en edificios, ni en programas, ni en estadísticas de crecimiento —aunque nos regocijamos por ellos—, sino en el Señor. La iglesia alcanzará grandeza sólo si permanece en sintonía con el Maestro.

Uno de los llamados más destacados hechos por Elena G. de White para el reavivamiento y la reforma fue publicado en la Review and Herald del 22 de marzo de 1887, bajo el título “La gran necesidad de la iglesia”. Ella dice: “Un reavivamiento de la verdadera piedad entre nosotros es la mayor y más urgente de todas nuestras necesidades. El buscar esto debe ser nuestro primer trabajo. Debiera haber un ferviente esfuerzo para obtener la bendición del Señor, no porque Dios no esté dispuesto a derramar sus bendiciones sobre nosotros, sino porque no estamos preparados para recibirlas”. Y en la Review del 25 de febrero de 1902, ella dijo: “Debe realizarse un reavivamiento y una reforma bajo la ministración del Espíritu Santo”.

Necesitamos una renovación de la vida espiritual. Necesitamos buscar a Dios, tener hambre y sed de su justicia. Necesitamos volver al estudio diario de su Palabra, a la hora tranquila con El cada mañana.

Ningún otro puede comer por nosotros. Ningún otro puede beber por nosotros. Entramos al reino uno por uno. No podemos mirar a nuestros pastores, nuestros maestros, nuestros padres o nuestros amigos en busca de vida espiritual. Ellos pueden ayudamos a nutrimos, pero cada uno de nosotros debe estar en contacto con el Dios viviente.

Los que se han visto altamente involucrados en la obra del Señor necesitan salvaguardar su experiencia espiritual individual. Podemos ser empleados por la iglesia, pero cuidémonos de pensar que el mismo ambiente en el que trabajamos o la obra en la que estamos ocupados de alguna forma protegerán nuestra relación con el Señor. Nuestra única protección está en dirigimos diariamente al Señor y alejamos del mundo, «lineando su voluntad, alimentándonos de las Escrituras.

Capté este hecho de una forma profunda y dramática algunos años atrás cuando era estudiante en la Universidad Andrews. Había llegado al seminario como alumno ya mayor, ya ordenado y en goce de licencia después de casi seis años de servicio en la India. Estaba disfrutando de las clases, de los recursos que ofrece la biblioteca Jaime White, de los ritos de la iglesia y del compañerismo con los profesores y alumnos. Pero un día un grupo de alumnos estaba conversando y escuché a un joven decir súbitamente: “¡No se encuentra a Dios en este lugar!"

¿Qué había ocurrido? El joven había venido a la Universidad Andrews con un claro sentido de la dirección de Dios. Pero aparente­mente sentía que de alguna forma el ambiente —los profesores, los alumnos, los libros, las clases, las actividades espirituales— se harían cargo de sus necesidades espirituales. Había olvidado mantener esa vida espiritual, renovándola día tras día. ¿Resultado? Perdió lo que tenía cuando vino al seminario.

También necesitamos una renovación del cristianismo práctico. “El mundo está demasiado con nosotros”, observó el poeta Wordsworth, “tarde o temprano, comprando y vendiendo, desperdiciamos nuestros poderes”. Hemos gastado nuestras energías en cosas que no son pan, en bebida que no satisface. Los adventistas tenemos un banquete de alimento espiritual, ¡y el mundo perece de hambre!

Vivimos en una época increíblemente egoísta. Aun en las cosas espirituales podemos ser egoístas. Podemos pasar mucho tiempo felici­tándonos a nosotros mismos, ¡como el fariseo agradeció a Dios porque no era como la otra gente!

Un joven pastor amigo que trabajaba con jóvenes, me contó un incidente que le hizo pensar en esto. Había conocido a dos muchachos de la contracultura, Debbie y Dan, que tenían muy baja estima de sí mismos. El pastor los llevó a un grupo de estudio donde los jóvenes adventistas estaban explorando diferentes temas bíblicos.

Debbie y Dan escuchaban atentamente a los miembros del grupo hablar acerca de la nueva vida en Cristo. Como conocían poco las Escrituras, quedaron allí sentados silenciosamente mientras el grupo entraba en discusión. Algunos de los jóvenes mantenían la posición de que a causa de que tenemos una saludable autoestima tenemos la confianza de ir a Jesús, mientras que el resto tomó el punto de vista opuesto: después que venimos a Jesús adquirimos una saludable imagen de nosotros mismos.

El pastor estaba tan preocupado por la discusión que se olvidó de Dcbbie y Dan. De pronto se volvió para observarlos. Allí estaba Debbie, y el brillo de su rostro mostraba cuán contenta estaba con las ideas que estaba escuchando. Y allí estaba Dan, mientras las lágrimas corrían por su rostro y su barba. Un milagro estaba ocurriendo a medida que Debbie y Dan estaban encontrando la nueva vida en Jesús. Pero los jóvenes adventistas estaban tan preocupados por la discusión que no podían ver el milagro.

Necesitamos una renovación de amor.

Recientemente estaba de visita en un campo extranjero y me encontré en el hogar de un ministro. Allí estábamos alrededor de la mesa, el esposo, la esposa y dos hijos. Durante el curso de la conversación le pregunté al grupo cuál —pensaban ellos— era la mayor necesidad de la iglesia en ese campo. Inmediatamente el hijo mayor, que está estudiando abogacía, replicó: “Nuestra mayor necesidad aquí es amor”.

Pienso que esto es cierto en todo el mundo. Demasiado a menudo estamos más preocupados por estar en lo correcto en nuestras ideas sin importar el espíritu con el cual mantenemos o presentamos esas ideas. Necesitamos menos del espíritu de condenación y más del espíritu de aceptación.

Algunas de las cosas más severas que Elena G. de White escribió alguna vez las dirigió a Urías Smith. En los años que siguieron a la controversia sobre la justificación por la fe que surgió en el Congreso de la Asociación General de Minneapolis en 1888, Urías Smith necesitaba crecer mucho. Elena G. de White le dijo que ella no tendría nada que ver con las ideas de él mientras estuvieran acompañadas de ese espíritu negativo que estaba albergando. Para ella, el espíritu de las ideas hacía claro que no podían provenir de Dios. Afortunadamente, Urías Smith eventualmente obedeció el consejo y la fuerte reprensión.

Necesitamos hoy una renovación de nuestra identidad y misión.

Necesitamos despertamos al paso de los años, ser conscientes de que estamos esperando la venida de Jesús. Necesitamos proclamarlo con valentía y amor, como nuestro Salvador, Señor del sábado, nuestro celestial Sumo Sacerdote y juez, y nuestro Rey que viene.

El pueblo de Dios necesita despertarse -saber quiénes son, qué son, y por qué están en este mundo. ¡El tiempo es corto, y el Señor está por venir! Hay un cielo que ganar y un infierno que evitar. Hay un mundo que debe ser informado, millones y millones que todavía no han oído las humas nuevas de Jesús.

Reavivamiento, reforma —¡con toda certeza es la mayor necesidad de la iglesia!



La promesa del reavivamiento

Nuestro Dios es el Dios de vida nueva. El promete: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:5). Él es aquel que, como dijo Pablo, es capaz de dar vida a los muertos y llamar a las cosas que no son, como si fuesen (Romanos 4:17).

Cada año Dios muestra su poder para dar vida nueva por medio del milagro de la primavera. Cuán a menudo he observado aquí en el hemisferio norte el paisaje del mes de enero, mudo y cristalino, con hielo y nieve. El viento corta como filoso cuchillo, trayendo copos de nieve y adhiriéndolos a troncos de robles y arces, delgados y grises contra el cielo del norte. Al observar esta escena me he preguntado, ¿hay algo que respira bajo la nieve? ¿Puede este océano blanco barrido por el viento producir la madreselva y la rosa?

Sí. El ululante soplo de enero se convertirá en las lluvias de abril, y las flores sepultadas despertarán del sueño. El repetido milagro de Dios, de dar vida a la tierra muerta, es una promesa para nosotros acerca de nuestra vida espiritual. Él es capaz de reavivamos individualmente; es capaz de reavivar a la iglesia colectivamente.

Esperanza: éste es el mensaje que viene de las Escrituras. Somos salvados por la esperanza, dice Pablo (Romanos 8:24). La esperanza es uno de los miembros de su famosa trilogía (1 Corintios 13:13).

Habacuc también encontró esta verdad. Aunque su diálogo con Dios comenzó con perplejidad, frustración y dudas, su libro termina con confiada seguridad. El tercer capítulo, un himno compuesto por Habacuc mismo y preparado para acompañamiento de cuerdas, recuerda las poderosas obras de Dios en favor de su pueblo. Sobreabunda en alusiones a la historia de Israel, al cruce del Mar Rojo, a las batallas contra sus enemigos, a la entrega de la ley en el monte Sinaí. Su mensaje es. El Dios que actuó para traer salvación en los días de ayer es el mismo hoy. Habacuc, ¡recuerda lo que Dios ha hecho, y cobra ánimo!

Sí, el reavivamiento es nuestra mayor necesidad. La iglesia es frágil, débil y defectuosa. Al repasar nuestra experiencia, hemos de confesar que hemos hecho lo que no debíamos haber hecho y hemos dejado de hacer las cosas que debíamos hacer. “No te hemos conocido como debíamos”, debe ser nuestra confesión.

Pero el Señor es nuestra esperanza. Aunque la iglesia es débil y a menudo vacilante todavía es el objeto del más alto interés divino. En un mundo rebelado es la fortaleza de Dios. La iglesia es depositaría de las riquezas de su gracia. Individual y colectivamente somos aceptados en el Amado.

¿Cómo, entonces, vendrá el Señor a nosotros en reavivamiento? De la misma manera en que ha venido a nosotros en el pasado.

Recuerde el momento cuando usted encontró por primera vez al Señor. Recuerde ese día, quizá muchos años atrás, cuando usted hizo una solemne promesa de ser su hijo. Recuerde la emoción de la resolución, el gozo que vino del conocimiento de su salvación, la paz del Espíritu. Esta fue la manera en la que el Señor vino por primera vez a usted y le trajo salvación.

Y cuando Él venga, trayendo reavivamiento, es el mismo Señor, y vendrá en la misma forma. Él puede tomar nuestras vidas gastadas, nuestras resoluciones quebrantadas, nuestras esperanzas desvanecidas, y hacer nuevas todas las cosas. Él puede hacer de nosotros sus hijitos una vez más, nuevos en esperanza, nuevos en fervor, nuevos en determina­ción, nuevos en poder.

El cristianismo es una amistad transformadora. Es muchísimo más que doctrinas y dogmas; es mucho más que rituales y ritos; infinitamente más que un sistema de reglas y leyes. Es conocer a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador, conocerlo personalmente, conocerlo como nuestro amigo.

Pero al igual que cualquier relación, el cristianismo puede desgastarse y estancarse. Un hombre y una mujer que han sido amigos y amantes esposos por años pueden encontrar que su relación se estanca. Pueden empezar por dar por sentadas muchas cosas, y el uno al otro. Pueden no prestar ya atención uno al otro con pequeñas muestras de afecto. El entusiasmo, el deleite, los elementos de creatividad y de lo impredecible que caracterizan el noviazgo pueden perderse a medida que el matrimonio se hace común y aburrido.

Las relaciones humanas pueden ser renovadas, y también la relación cristiana con Jesucristo. Porque adoramos al Dios que trae vida de la muerte, que llama a las cosas que no son como si fuesen, que promete producir reavivamiento, hay esperanza. No importa cuán lejos hayamos caído de nuestras primeras promesas y primera experiencia, hay espe­ranza.



Cómo ocurre el reavivamiento

  1. Dios es la fuente de todo reavivamiento. La vida nueva puede venir sólo de Dios. Podemos intentar con tanto esfuerzo como deseemos producir el reavivamiento, pero no podemos imponerlo. Es el Espíritu el (jue da vida, y Él no está a las órdenes de los hombres o las mujeres.

Habacuc tuvo que aprender esta lección. Su libro arranca con firmeza tratando de decirle a Dios qué tiene que hacer, casi reprochándole a Jehová su aparente inacción. ¡Habacuc estaba muy dispuesto de decirle al Señor cómo tenía El que ser!

Pero después de haber ido a su fortaleza y esperado en el Señor, su pensamiento cambió. Habacuc llegó a comprender que Dios estaba controlando la situación, y aunque los acontecimientos alrededor del profeta parecían ser caóticos, el Señor todavía estaba vigilando a su tierra y su pueblo. Había actuado poderosamente en tiempos pasados, y actuaría otra vez.

Cuando suspiramos y lloramos por las abominaciones hechas en la tierra y por la aparente frialdad de las personas en la iglesia, no tomemos sobre nosotros lo que pertenece a Dios. Supliquémosle. Roguémosle. Y esperemos en El con confiada seguridad, así como el profeta llegó a hacerlo al fin.


  1. Debemos preparar el camino para que Dios obre. Dice Elena G. de White: “Debe haber esfuerzos fervientes para obtener las bendiciones del Señor, no porque Dios no esté dispuesto a conferimos sus bendiciones, sino porque no estamos preparados para recibirlas. Nuestro Padre celestial está más dispuesto a dar su Espíritu Santo a los que se lo piden que los padres terrenales a dar buenas dádivas a sus hijos. Sin embargo, mediante la confesión, la humillación, el arrepentimiento y la oración ferviente nos corresponde cumplir con las condiciones en virtud de las cuales ha prometido Dios concedemos su bendición. Sólo en respuesta a la oración debe esperarse un reavivamiento... Confesemos y abando­nemos cada pecado, para que pueda estar aparejado el camino del Señor, para que él pueda estar en nuestras reuniones e impartimos su rica gracia. Deben ser vencidos el mundo, la carne y el demonio” (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 141, 144).

No podemos manipular o instrumentar el reavivamiento, pero pode­mos frustrarlo. Podemos entrometemos en el camino de los propósitos de Dios, estorbando la dulce acción de su Espíritu, que busca traer nueva vida a la iglesia.

  1. La preparación para el reavivamiento es una obra individual. No debiéramos esperar ver reavivada la iglesia entera. Ese tiempo nunca vendrá. El reavivamiento viene a los individuos.

“Hay personas en la iglesia que no están convertidas y que no se unirán a la oración ferviente y eficaz. Debemos hacer la obra individual­mente. Debemos orar más y hablar menos”, dice Elena de White (Ibíd., p. 142).

Los adventistas tienen una tentación particular, de dejar para el futuro lo que Dios concibió para que podamos disfrutar hoy. Somos gente de expectativa: esperamos el tiempo de la lluvia tardía, esperamos la terminación de la obra, esperamos el gozoso regreso de nuestro Señor. Con un pensamiento tal, fácilmente podemos caer en una trampa: creer que el movimiento masivo de los días finales, cuando el Espíritu de Dios sea derramado sobre la iglesia y miles se conviertan en un día, de alguna forma nos habrá de incluir.

Tal pensamiento es incorrecto por dos razones:

Primero, es peligroso. No tenemos seguridad de que todavía estaremos para disfrutar de las bendiciones de la lluvia tardía y la terminación de la obra. Aun si estuviéramos, podemos no estar listos para recibir la “lluvia tardía” a menos que hayamos recibido antes la “lluvia temprana”.

En segundo lugar, Dios desea que individualmente podamos tener hoy la experiencia de la lluvia tardía. Él está más dispuesto a dar que nosotros a recibir. Si abriéramos nuestros corazones a Él, entregándonos a su bondad y gracia, aun hoy podríamos conocer el poder de su vida nueva.

Sí, el reavivamiento es la mayor necesidad de la iglesia. Pero lo más importante es: ¡El reavivamiento es mi mayor necesidad! Entonces, ¿estoy listo para pronunciar la oración de Habacuc y darle un toque personal: “Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos” (capítulo 3:2), es decir, renueva tu obra en en medio de los tiempos? ¿Estoy preparado para ayudar a que esa oración encuentre el cumplimiento que Dios desea, eliminando todo obstáculo para que el Espíritu pueda trabajar?



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