Gustavo ferreyra raymond carver augusto roa bastos



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SOBRE LOS REALISMOS

QUINTO AÑO A LITERATURA

JUAN RULFO

JUAN JOSÉ MILLÁS

ABELARDO CASTILLO

GUILLERMO MARTÍNEZ

GUSTAVO FERREYRA

RAYMOND CARVER

AUGUSTO ROA BASTOS

LILIANA HEKER

EL RECUPERATORIO

GUILLERMO MARTÍNEZEn 1984 yo tenía veintitrés años y estaba preparando mi tesis de Magister en Matemática, que se titulaba “Sobre las lógicas tetraedrales y pseudocomplementadas de Lukasiewicz”, título éste que por alguna razón causaba mucha gracia a mis amigos. Alquilaba un departamento pequeño en Congreso y aunque frecuentemente omitía la cena, con el dinero que recibía como becario a duras penas llegaba a fin de mes. Por ese motivo había aceptado una ayudantía en la Facultad de Ciencias, en una materia de Lógica. Este sueldo adicional me alcanzaba para pagar el abono al Mozarteum, comprar algún libro e ir al cine dos veces por mes. Daba clases en el horario nocturno y mis alumnos tenían la misma edad que yo, si no eran, en muchos casos, mayores.


Enseñar me entusiasmaba. Más aún, me proporcionaba una satisfacción secreta, hasta entonces desconocida para mí; yo era —soy— algo tímido, pero había descubierto que subido a la tarima, con la tiza en la mano, me transformaba en otra persona. Adquiría una elocuencia imprevista y podía explicar las fórmulas más arduas con un fervor ligero y sonriente, que se contagiaba a mis alumnos. Con asombro y algo de orgullo advertía que era capaz de maravillarlos con las paradojas de Cantor y Russell, o mantenerlos en vilo en medio de una demostración, en el instante de incertidumbre que media entre la hipótesis y la tesis, y hasta hacerlos reír a veces, con uno de esos chistes abstrusos que sólo entienden los matemáticos. Me sentía, por primera vez, cautivador.
Había sin embargo entre mis alumnos una chica que no se dejaba seducir. Esta chica, que tenía un apellido impronunciable, no faltaba nunca y se sentaba invariablemente en la última fila, en uno de los rincones. Era muy hermosa, aunque daba la impresión de no consentir su belleza: raramente se pintaba e iba siempre vestida con una sencillez que parecía deliberada, como si quisiera evitar que la mirasen.
Tomaba sus notas con aplicación, pero pronto sospeché que no entendía demasiado. Era evidente, sobre todo, que no le interesaba una palabra de cuanto se decía en el curso. Se limitaba a copiar lo que estaba escrito en el pizarrón y cada vez que yo intentaba un comentario fuera de programa, alguna observación que se me ocurría interesante, sentía desde aquel rincón un silencio resignado, desatento, que a veces lograba descorazonarme. Apenas sonreía con mis bromas y consultaba su reloj con frecuencia, como si permanecer en clase fuese para ella una obligación penosa, que de todos modos no podía eludir.
Sin embargo, lejos de irritarme, esta chica me conmovía. Había algo patético, desigual, en esa resistencia callada, y cada vez que yo daba una nueva definición, cada vez que repetía una explicación y los demás asentían con la cabeza, tenía la sensación de que la íbamos dejando más y más sola.
Tomaba el mismo colectivo que yo para regresar de la Facultad. Viajábamos sin hablarnos, prudentemente distanciados; yo descendía primero, en Rodríguez Peña y Rivadavia, y recuerdo que nunca podía resolver el problema, seguramente trivial, de si debía saludarla al bajar o no.
Cuando llegó el primer parcial pude darme cuenta de que era muy orgullosa. El examen era algo difícil y los demás alumnos me llamaban continuamente para tratar de sonsacarme algún indicio, una pista que los ayudara a resolver uno u otro ejercicio. Ella no. Los nervios la iban consumiendo a medida que pasaba el tiempo, pero durante las cuatro horas no levantó la vista de sus hojas. Finalmente, cuando entregó su examen, vi que sólo había empezado el primer ejercicio.

El tiempo fue pasando pronto para mí. Estaba adelantando bastante con la tesis y entre los papeles revueltos, inmerso en los borradores, empezaba a invadirme esa euforia solitaria, incomunicable, de los matemáticos: aquello que escribía, que era casi incomprensible, era a la vez absolutamente cierto. Fue en aquel cuatrimestre también que ahorrando el cine de dos meses logré comprar una biblioteca de caña, en la que convivieron estrechamente Gramsci con los Piskunov, el Rey Pastor con Gombrowicz y el Principia Mathematica con las ofertas polvorientas de la calle Corrientes. No recuerdo ningún otro suceso particular. Era feliz: la felicidad no precisa demasiados motivos.


El curso proseguía sin sobresaltos. Cuando hablé de los teoremas de incompletitud pude ver cómo iba asomando el desconcierto en todas las caras y luego el asombro, temeroso, casi reverencial. Miré de soslayo a mi alumna: ni siquiera aquello, ni siquiera Gödel, había logrado sacarla de su mutismo. Me sorprendía un poco que siguiera asistiendo a clase; ahora estaba convencido de que debía sufrir durante esas dos horas.
Llegó el segundo parcial y aunque fue más fácil que el anterior, ella no entregó su examen. Desde la tarima la vi borronear papeles, morder nerviosamente la punta del lápiz, debatirse inútilmente; ni una sola vez pidió auxilio. Cuando expiraba el plazo y el aula estaba casi vacía, guardó lentamente las cosas en su mochila y se fue. Yo recogí los últimos exámenes y salí un instante después. La encontré en la parada del colectivo.
Hacía frío, era de noche, y éramos las únicas dos personas esperando el 37, de modo que debía hablarle. Pero ya no estábamos en clase y yo me sentía de nuevo tímido, torpe. Ella tiritaba y era una chica hermosa y triste.
—No entregaste —le dije con una severidad fingida, apuntándola con el índice.
Sonrió levemente, sin decir nada, y se subió el cuello del abrigo. En ese momento apareció el colectivo, que venía casi vacío. Ella subió primero y mientras yo pagaba mi boleto pude ver que dudaba entre las dos filas de asientos. Finalmente eligió uno doble. Me fui a sentar a su lado. Hubo un silencio indeciso, que amenazaba prolongarse.
—Esta vez —dije— no fue tan difícil el examen.
—Sí —respondió ella con amargura—. Eso comentaban los demás.
—Y a vos —le pregunté con suavidad—. ¿Qué es lo que te pasa?
Clavó los ojos en los dibujitos de su mochila.
—No me gusta —dijo en voz baja.
—No te gusta… ¿qué? ¿La Lógica, la carrera, la Facultad?
Yo sonreía para animarla. Ella alzó lentamente los ojos; había en su cara una expresión grave.
—No me gusta nada —dijo.
Había hablado con un tono absolutamente firme. Me quedé desconcertado, mirándola con incredulidad.
Pero nada… no puede ser, algo tiene que haber —me encontré diciendo— ¿No pensaste por ejemplo en cambiar de carrera? Una carrera humanística tal vez, Letras, Psicología, algo así.
—No; no me gusta nada —volvió a decir con el mismo tono.
Me esforcé en pensar, pero era curioso: no había demasiado para sugerirle.
—¿Y alguna actividad artística? —intenté—. Pintura, o teatro.
Negó maquinalmente con la cabeza, como si hubiera hecho muchas veces esa misma lista.
—O un deporte si no; ¿no te gustan los deportes?
—No, no me gusta nada —repitió por tercera vez.
—Bueno —le dije, sin poder evitarlo—, entonces sólo te va quedando el matrimonio.
Vi pasar por sus ojos una sombra dolorida, como si hubiese recibido un golpe desde un lugar inesperado. Apartó la cara y miró por la ventanilla.
Tuve entonces una especie de vértigo: el colectivo bordeaba los lagos, no habíamos llegado todavía a Plaza Italia, y sin embargo yo había alzado ya delante de esa chica los pocos andamiajes con que se puede apuntalar una vida y ella, con esas cuatro palabras, con esa pequeña frase tercamente repetida, los había derribado uno tras otro. Se me revelaba bruscamente la secreta fragilidad de todas las cosas, como si conformaran una escenografía que yo había mirado siempre a la distancia y de pronto alguien me mostrara de cerca el cartón pintado, las torpes siluetas sin espesor.
Vi que el colectivo doblaba en la avenida y me levanté. Sólo sabía que quería bajarme. A mí me gustaban los libros y la música; me gustaba el cine, la matemática.
—Me tengo que bajar aquí —le dije.
Ella me miró con un poco de sorpresa y otra vez creí ver la sombra de un dolor: tal vez supiera que ésa no era mi parada. Pero yo ya estaba de pie.
—El recuperatorio no va a ser difícil —le dije—. Estudiás bien el teorema de Rice y te presentás al primer turno ¿sí?
Asintió con un gesto y pude ver, antes de bajar, que volvía a mirar de esa forma ausente por la ventanilla.
Fue en esos días que me ofrecieron un cargo de profesor en La Plata, con casi el doble de sueldo. Acepté de inmediato, por supuesto. De esa chica no supe más nada.

En 1984 yo tenía veintitrés años y estaba preparando mi tesis de Magister en Matemática, que se titulaba “Sobre las lógicas tetraedrales y pseudocomplementadas de Lukasiewicz”, título éste que por alguna razón causaba mucha gracia a mis amigos. Alquilaba un departamento pequeño en Congreso y aunque frecuentemente omitía la cena, con el dinero que recibía como becario a duras penas llegaba a fin de mes. Por ese motivo había aceptado una ayudantía en la Facultad de Ciencias, en una materia de Lógica. Este sueldo adicional me alcanzaba para pagar el abono al Mozarteum, comprar algún libro e ir al cine dos veces por mes. Daba clases en el horario nocturno y mis alumnos tenían la misma edad que yo, si no eran, en muchos casos, mayores.

Enseñar me entusiasmaba. Más aún, me proporcionaba una satisfacción secreta, hasta entonces desconocida para mí; yo era –soy– algo tímido, pero había descubierto que subido a la tarima, con la tiza en la mano, me transformaba en otra persona. Adquiría una elocuencia imprevista y podía explicar las fórmulas más arduas con un fervor ligero y sonriente, que se contagiaba a mis alumnos. Con asombro y algo de orgullo advertía que era capaz de maravillarlos con las paradojas de Cantor y Russell, o mantenerlos en vilo en medio de una demostración, en el instante de incertidumbre que media entre la hipótesis y la tesis, y hasta hacerlos reír a veces, con uno de esos chistes abstrusos que sólo entienden los matemáticos. Me sentía, por primera vez, cautivador.

Había sin embargo entre mis alumnos una chica que no se dejaba seducir. Esta chica, que tenía un apellido impronunciable, no faltaba nunca y se sentaba invariablemente en la última fila, en uno de los rincones. Era muy hermosa, aunque daba la impresión de no consentir su belleza: raramente se pintaba e iba siempre vestida con una sencillez que parecía deliberada, como si quisiera evitar que la mirasen.

Tomaba sus notas con aplicación, pero pronto sospeché que no entendía demasiado. Era evidente, sobre todo, que no le interesaba una palabra de cuando se decía en el curso. Se limitaba a copiar lo que estaba escrito en el pizarrón y cada vez que yo intentaba un comentario fuera de programa, alguna observación que se me ocurría interesante, sentía desde aquel rincón un silencio resignado, desatento, que a veces lograba descorazonarme. Apenas sonreía con mis bromas y consultaba su reloj con frecuencia, como si permanecer en clase fuese para ella una obligación penosa, que de todos modos no podía eludir.

Sin embargo, lejos de irritarme, esta chica me conmovía. Había algo patético, desigual, en esa resistencia callada, y cada vez que yo daba una nueva definición, cada vez que repetía una explicación y los demás asentían con la cabeza, tenía la sensación de que la íbamos dejando más y más sola.

Tomaba el mismo colectivo que yo para regresar de la Facultad. Viajábamos sin hablarnos, prudentemente distanciados; yo descendía primero, en Rodríguez Peña y Rivadavia, y recuerdo que nunca podía resolver el problema, seguramente trivial, de si debía saludarla al bajar o no.

Cuando llegó el primer parcial pude darme cuenta de que era muy orgullosa. El examen era algo difícil y los demás alumnos me llamaban continuamente para tratar de sonsacarme algún indicio, una pista que los ayudara a resolver uno u otro ejercicio. Ella no. Los nervios la iban consumiendo a medida que pasaba el tiempo, pero durante las cuatro horas no levantó la vista de sus hojas. Finalmente, cuando entregó su examen, vi que sólo había empezado el primer ejercicio.

El tiempo fue pasando pronto para mí. Estaba adelantando bastante con la tesis y entre los papeles revueltos, inmerso en los borradores, empezaba a invadirme esa euforia solitaria, incomunicable, de los matemáticos: aquello que escribía, que era casi incomprensible, era a la vez absolutamente cierto. Fue en aquel cuatrimestre también que ahorrando el cine de dos meses logré comprar una biblioteca de caña, en la que convivieron estrechamente Gramsci con los Piskunov, el Rey Pastor con Gombrowicz y el Principia Mathematica con las ofertas polvorientas de la calle Corrientes. No recuerdo ningún otro suceso particular. Era feliz: la felicidad no precisa demasiados motivos.

El curso proseguía sin sobresaltos. Cuando hablé de los teoremas de incompletitud pude ver cómo iba asomando el desconcierto en todas las caras y luego el asombro, temeroso, casi reverencial. Miré de soslayo a mi alumna: ni siquiera aquello, ni siquiera Gödel, había logrado sacarla de su mutismo. Me sorprendía un poco que siguiera asistiendo a clase; ahora estaba convencido de que debía sufrir durante esas dos horas. Llegó el segundo parcial y aunque fue más fácil que el anterior, ella no entregó su examen. Desde la tarima la vi borronear papeles, morder nerviosamente la punta del lápiz, debatirse inútilmente; ni una sola vez pidió auxilio. Cuando expiraba el plazo y el aula estaba casi vacía, guardó lentamente las cosas en su mochila y se fue. Yo recogí los últimos exámenes y salí un instante después. La encontré en la parada del colectivo.

Hacía frío, era de noche, y éramos las únicas dos personas esperando el 37, de modo que debía hablarle. Pero ya no estábamos en clase y yo me sentía de nuevo tímido, torpe. Ella tiritaba y era una chica hermosa y triste.

–No entregaste –le dije con una severidad fingida, apuntándola con el índice.

Sonrió levemente, sin decir nada, y se subió el cuello del abrigo. En ese momento apareció el colectivo, que venía casi vacío. Ella subió primero y mientras yo pagaba mi boleto pude ver que dudaba entre las dos filas de asientos. Finalmente eligió uno doble. Me fui a sentar a su lado. Hubo un silencio indeciso, que amenazaba prolongarse.

–Esta vez –dije– no fue tan difícil el examen.

–Sí –respondió ella con amargura–. Eso comentaban los demás.

–Y a vos –le pregunté con suavidad–. ¿Qué es lo que te pasa?

Clavó los ojos en los dibujitos de su mochila.

–No me gusta –dijo en voz baja.

No te gusta... ¿qué? ¿La Lógica, la carrera, la Facultad?

Yo sonreía para animarla. Ella alzó lentamente los ojos; había en su cara una expresión grave.

–No me gusta nada –dijo.

Había hablado con un tono absolutamente firme. Me quedé desconcertado, mirándola con incredulidad.

–Pero nada... no puede ser, algo tiene que haber –me encontré diciendo–. ¿No pensaste por ejemplo en cambiar de carrera? Una carrera humanística tal vez, Letras, Psicología, algo así.

–No; no me gusta nada –volvió a decir con el mismo tono.

Me esforcé en pensar, pero era curioso: no había demasiado para sugerirle.

–¿Y alguna actividad artística? –intenté–. Pintura, o teatro.

Negó maquinalmente con la cabeza, como si hubiera hecho muchas veces esa misma lista.

–O un deporte si no; ¿no te gustan los deportes?

–No, no me gusta nada –repitió por tercera vez.

–Bueno –le dije, sin poder evitarlo–, entonces sólo te va quedando el matrimonio.

Vi pasar por sus ojos una sombra dolorida, como si hubiese recibido un golpe desde un lugar inesperado. Apartó la cara y miró por la ventanilla.

Tuve entonces una especie de vértigo: el colectivo bordeaba los lagos, no habíamos llegado todavía a Plaza Italia, y sin embargo yo había alzado ya delante de esa chica los pocos andamiajes con que se puede apuntalar una vida y ella, con esas cuatro palabras, con esa pequeña frase tercamente repetida, los había derribado uno tras otro. Se me revelaba bruscamente la secreta fragilidad de todas las cosas, como si conformaran una escenografía que yo había mirado siempre a la distancia y de pronto alguien me mostrara de cerca el cartón pintado, las torpes siluetas sin espesor.

Vi que el colectivo doblaba en la avenida y me levanté. Sólo sabía que quería bajarme. A mí me gustaban los libros y la música; me gustaba el cine, la matemática.

–Me tengo que bajar aquí –le dije.

Ella me miró con un poco de sorpresa y otra vez creí ver la sombra de un dolor: tal vez supiera que esa no era mi parada. Pero yo ya estaba de pie.

–El recuperatorio no va a ser difícil –le dije–. Estudiás bien el teorema de Rice y te presentás al primer turno, ¿sí?

Asintió con un gesto y pude ver, antes de bajar, que volvía a mirar de esa forma ausente por la ventanilla.

Fue en esos días que me ofrecieron un cargo de profesor en La Plata, con casi el doble de sueldo. Acepté de inmediato, por supuesto. De esa chica no supe más nada.

El marica

Abelardo Castillo



Escuchame, César, yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto, porque hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas adentro y las lleva toda la vida, hasta que una noche siente que debe escribirlas, decírselas a alguien, porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la ver­güenza. Escuchame.
Vos eras raro, uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la Laguna, me acuerdo, nunca te desnudabas delante de nosotros. A ellos les daba risa. Y a mí también, claro; pero yo decía que te dejaran, que cada uno es como es. Cuando entraste a primer año venías de un colegio de curas; San Pedro debió de parecerte algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles ni romper faroles a cascotazos ni correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo cómo fue, cuan­do uno es chico encuentra cualquier motivo para querer a la gente, sólo recuerdo que un día éramos amigos y que siempre andábamos juntos. Un domingo hasta me llevaste a misa. Al pasar frente al café, el colorado Martínez dijo con voz de flauta adiós, los novios, a vos se te puso la cara como fuego y yo me di vuelta puteándolo y le pegué tan tremendo sopapo, de revés, en los dientes, que me las­timé la mano.
Después, vos me la querías vendar. Me mirabas.
–Te lastimaste por mí, Abelardo.
Cuando dijiste eso, sentí frío en la espalda. Yo tenía mi ma­no entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas. No sé. De­masiado blancas, demasiado delgadas.
–Soltame –dije.
O a lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo, tus manos y tus gestos y tu manera de moverte, de hablar. Yo ahora pienso que en el fondo a ninguno de nosotros le importaba mucho, y alguna vez lo dije, dije que esas cosas no significan nada, que son cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre cu­ras. Pero ellos se reían, y uno también, César, acaba riéndose, acaba por reírse de macho que es y pasa el tiempo y una noche cualquiera es necesario recordar, decirlo todo.
Yo te quise de verdad. Oscura e inexplicablemente, como quieren los que todavía están limpios. Eras un poco menor que no­sotros y me gustaba ayudarte. A la salida del colegio íbamos a tu casa y yo te explicaba las cosas que no comprendías. Hablábamos. Entonces era fácil escuchar, contarte todo lo que a los otros se les calla. A veces me mirabas con una especie de perplejidad, una mira­da rara, la misma mirada, acaso, con la que yo no me atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste:
–Sabes, te admiro.
No pude aguantar tus ojos. Mirabas de frente, como los chicos, y decías las cosas del mismo modo. Eso era.
–Es un marica.
–Qué va a ser un marica.
–Por algo lo cuidas tanto.
Supongo que alguna vez tuve ganas de decir que todos nosotros juntos no valíamos ni la mitad de lo que él, de lo que vos valías, pero en aquel tiempo la palabra era difícil y la risa fácil, y uno también acepta –uno también elige–, acaba por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche cuando vino el negro y habló de verle la cara a Dios y dijo me pasaron un dato.
–Me pasaron un dato –dijo–, por las Quintas hay una gorda que cobra cinco pesos, vamos y de paso el César le ve la cara a Dios.
Y yo dije macanudo.
–César, esta noche vamos a dar una vuelta con los mucha­chos. Quiero que vengas.
–¿Con los muchachos?
–Sí, qué tiene.
Porque no sólo dije macanudo sino que te llevé engañado. Vos te diste cuenta de todo cuando llegamos al rancho. La luna enorme, me acuerdo. Alta entre los árboles.
–Abelardo, vos lo sabías.
–Callate y entra.
–¡Lo sabías!
–Entra, te digo.
El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos mira­ba como si nos midiera. Dijo que eran cinco pesos. Cinco pesos por cabeza, pibes. Siete por cinco, treinticinco. Verle la cara a Dios, había dicho el negro. De la pieza salió un chico, tendría cuatro o cinco años. Moqueando, se pasaba el revés de la mano por la boca, nunca en mi vida me voy a olvidar de aquel gesto. Sus piecitos desnudos eran del mismo color que el piso de tierra.
El negro hizo punta. Yo sentía una pelota en el estómago, no me animaba a mirarte. Los demás hacían chistes brutales, anor­malmente brutales, en voz de secreto; todos estábamos asustados como locos. A Aníbal le temblaba el fósforo cuando me dio fuego.
–Debe estar sucia.
Cuando el negro salió de la pieza venía sonriendo, triun­fador, abrochándose la bragueta. Nos guiñó un ojo.
–Pasa vos.
–No, yo no. Yo después.
Entró el colorado; después entró Aníbal. Y cuando salían, salían distintos. Salían hombres. Sí, ésa era exactamente la impre­sión que yo tenía.
Entré yo. Cuando salí vos no estabas.
–Dónde está César.
–Disparó.
Y el ademán –un ademán que pudo ser idéntico al del negro– se me heló en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento del patio porque de pronto yo estaba fuera del rancho.
–Vos también te asustaste, pibe.
Tomando mate contra un árbol vi al marido de la gorda; el chico jugaba entre sus piernas.
–Qué me voy a asustar. Busco al otro, al que se fue.
–Agarró pa aya –con la misma mano que sostenía la pava, señaló el sitio. Y el chico sonreía. Y el chico también dijo pa aya.
Te alcancé frente al Matadero Viejo; quedaste arrinconado contra un cerco. Me mirabas. Siempre me mirabas.
–Lo sabías.
–Volvé.
–No puedo, Abelardo, te juro que no puedo.
–Volvé, animal.
–Por Dios que no puedo.
–Volvé o te llevo a patadas en el culo.
La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los árboles y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu cara de pedirme perdón, a mí, tu hermosa cara iluminada, desfigurándose de pronto. Me ardía la mano. Pero había que golpear, lastimar; ensuciarte para olvidarse de aquella cosa, como una arcada, que me estaba atragantando.
–Bruto –dijiste–. Bruto de porquería. Te odio. Sos igual, sos peor que los otros.
Te llevaste la mano a la boca, igual que el chico cuando salía de la pieza. No te defendiste.
Cuando te ibas, todavía alcancé a decir:
–Maricón. Maricón de mierda.
Y después lo grité. Escúchame, César. Es necesario que leas esto. Porque hay cosas que uno lleva mordidas, trampeadas en la vergüenza toda la vida, hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el espe­jo. Pero, de golpe, un día necesita decirlas, confesárselas a alguien. Escúchame.
Aquella noche, al salir de la pieza de la gorda, yo le pedí, por favor, no se lo vaya a contar a los otros. Porque aquella noche yo no pude. Yo tampoco pude.

La madre de Ernesto

Abelardo Castillo

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza -porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia- nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.


      Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
      –¡No!
      –Sí. Una mujer.
      –¿De dónde la trajo?
      Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:
      –¿Por dónde anda Ernesto?
      En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar emanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
      –¿Qué tiene que ver Ernesto?
      Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
     –¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?

Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.


      –Atorranta, ¿no?
      Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
      –Si no fuera la madre...
      No dijo más que eso.
      Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
      –Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
      Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
      –Pero es la madre.
      –La madre. ¿A qué llamás madre vos?: una chancha también pare chanchitos.
      –Y se los come.
      –Claro que se los come. ¿Y entonces?
      –Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
      Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
      –Se acuerdan cómo era.
      Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal.
      –Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.
      Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
      –No digas porquerías, querés -me dijo Aníbal.
      Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
      –No se lo deben de haber prestado.
      –A lo mejor se echó atrás.
      Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
      –No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.
      –¿Cómo será ahora?
      –Quién... ¿la tipa?
      Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
      –Esto es una asquerosidad, che.
      –Tenés miedo – dije yo.
      –Miedo no; otra cosa.
      Me encogí de hombros:
      –Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
      –No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
      Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
      Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos: Preguntó:
      –¿Y si nos echa?
      Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
      –Es Julio –dijimos a dúo.
      El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
      –Se la robé a mi viejo.
      Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
      –Fumaba, ¿te acordás?
      Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
      –¿Cuánto falta?
      –Diez minutos.
      Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
      Julio apretó el acelerador.
      –Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
      –¡Qué castigo ni castigo!
      Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
      –¿Y si nos hace echar?
      –¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!
      A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
      –Llevalos arriba.
      La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
      –A ver si nos sacan una muela.
      Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
      –Como en misa – dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó:
      –¡Mirá si en una de ésas sale el cura de adentro!
      Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
      Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio pregunto:
      –¿Quién pasa?
      Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados- delante de ella. Me encogí de hombros.
      –Qué sé yo. Cualquiera.
      Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vagamente infame.
      
–¿Bueno?
      Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió "bueno", y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
      –Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
      Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con que caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
      Cerrándose el deshabillé lo dijo.


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