Gustave Le Bon Psicología de las Masas



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Los grandes disturbios que preceden el cambio en las civilizaciones, tales como la caída del Imperio Romano o la fundación del Imperio Árabe, a primera vista parecen estar determinados más específicamente por transformaciones políticas, invasión extranjera o el derrocamiento de dinastías. Pero un estudio más atento de estos eventos demuestra que, detrás de estas causas aparentes, la causa real parece ser una profunda modificación de las ideas de los pueblos. Las verdaderas revoluciones históricas no son aquellas que nos sorprenden por su grandiosidad y violencia. Los únicos cambios importantes, de los cuales resulta la renovación de las civilizaciones, afectan ideas, concepciones y creencias. Los eventos memorables de la Historia son los efectos visibles de los invisibles cambios en el pensamiento humano. La razón por la cual estos eventos son tan raros es que no hay nada tan estable en una raza como el fundamento hereditario de sus pensamientos.

La época presente constituye uno de esos momentos críticos en los cuales el pensamiento de la humanidad está sufriendo un proceso de transformación.

En la base de esta transformación se encuentran dos factores fundamentales. El primero es el de la destrucción de aquellas creencias religiosas, políticas y sociales en las cuales todos los elementos de nuestra civilización tienen sus raíces. El segundo, es el de la creación de condiciones de existencia y de pensamiento enteramente nuevas, como resultado de los descubrimientos científicos e industriales modernos.

Con las ideas del pasado, aunque semidestruidas, aún muy poderosas, y con las ideas que han de reemplazarlas todavía en proceso de formación, la era moderna representa un período de transición y anarquía.

Todavía no es fácil determinar qué surgirá de este período necesariamente algo caótico. ¿Cuáles serán las ideas sobre las cuales se construirán las sociedades que habrán de seguirnos? Por el momento, no lo sabemos. Sin embargo, aún así, ya está claro que, cualesquiera que sean las líneas a lo largo de las cuales se organice la sociedad futura, las mismas tendrán que tener en cuenta un nuevo poder, la última fuerza soberana sobreviviente de los tiempos modernos: el poder de las masas. Sobre las ruinas de tantas ideas antes consideradas indiscutibles y que hoy han decaído o están decayendo, sobre tantas fuentes de autoridad que las sucesivas revoluciones han destruido, este poder, que es el único que ha surgido en su estela, parece pronto destinado a absorber a los demás. Mientras todas nuestras antiguas creencias están tambaleando y desapareciendo, el poder de la masa es la única fuerza a la cual nada amenaza y cuyo prestigio se halla continuamente en aumento. La era en la cual estamos ingresando será, de verdad, la era de las masas.

Apenas hace un siglo atrás, los principales factores que determinaban los hechos eran la tradicional política de los Estados europeos y las rivalidades de los soberanos. La opinión de las masas apenas si contaba y, en la mayoría de los casos, de hecho no contaba en absoluto. Hoy, las que no cuentan son las tradiciones que solían determinar a la política y las tendenciosidades o rivalidades de los gobernantes mientras que, por el contrario, la voz de las masas se ha vuelto preponderante. Es esta voz la que dicta la conducta de los reyes, cuya misión es la de tomar nota de lo que expresa. Actualmente, los destinos de las naciones se elaboran en el corazón de las masas y ya no más en los consejos de los príncipes.

El ingreso de las clases populares a la vida política – lo cual equivale a decir en realidad, su progresiva transformación en clases gobernantes – es una de las características más relevantes de nuestra época de transición. La introducción del sufragio universal, que por largo tiempo no tuvo sino una influencia escasa, no es, como podría pensarse, la característica distintiva de esta transferencia de poder político. El progresivo crecimiento del poder de las masas tuvo lugar al principio por la propagación de ciertas ideas que lentamente se implantaron en la mente de los hombres y después, por la asociación gradual de individuos dedicados a la realización de concepciones teóricas. Ha sido por la asociación que las masas se han procurado ideas referidas a sus intereses – ideas muy claramente definidas aunque no particularmente justas – y han arribado a una conciencia de su fuerza. Las masas están fundando sindicatos ante los cuales las autoridades capitulan una después de la otra, también están las confederaciones laborales las que, a pesar de todas las leyes económicas, tienden a regular las condiciones de trabajo y los salarios. Las masas ingresan a asambleas que forman parte de gobiernos y sus representantes, careciendo enteramente de iniciativa e independencia, se limitan, la mayoría de las veces, a ser nada más que voceros de los comités que los han elegido.

Hoy en día los reclamos de las masas se están volviendo cada vez más claramente definidos y significan nada menos que la determinación de destruir completamente a la sociedad tal como ésta existe actualmente, con vista a hacerla retroceder a ese primitivo comunismo que fue la condición normal de todos los grupos humanos antes de los albores de la civilización. Las exigencias se refieren a limitación de las horas de trabajo, nacionalización de las minas, ferrocarriles, fábricas y el suelo; la igualitaria distribución de todos los productos, la eliminación de todas las clases superiores en beneficio de las clases populares, etc.

Poco adaptadas a razonar, las masas, por el contrario, son rápidas en actuar. Como resultado de su actual organización, su fuerza se ha vuelto inmensa. Los dogmas a cuyo nacimiento estamos asistiendo pronto tendrán la potencia de los antiguos dogmas, es decir: la fuerza tiránica y soberana que concede el estar más allá de toda discusión. El derecho divino de las masas está a punto de reemplazar al derecho divino de los reyes.

Los escritores que gozan del favor de nuestras clases medias, aquellos que mejor representan sus más bien estrechas ideas, sus opiniones bastante preestablecidas, su más bien superficial escepticismo y su a veces algo excesivo egoísmo, exhiben una profunda alarma ante este nuevo poder que ven crecer. Para combatir el desorden mental de las personas, apelan desesperadamente a aquellas fuerzas morales de la Iglesia por las cuales antes profesaron tanto desprecio. Nos hablan de la bancarrota de la ciencia, de volver a Roma a hacer penitencia, y nos recuerdan las enseñanzas de la verdad revelada. Estos nuevos conversos se olvidan de que es demasiado tarde. Si hubiesen estado realmente tocados por la gracia, una operación así no podría tener la misma influencia sobre mentes menos dedicadas a las preocupaciones que tanto inquietan a estos recientes adherentes a la religión. Las masas repudian hoy a los dioses que sus admonitores repudiaron ayer y ayudaron a destruir. No hay poder alguno, humano o divino, que pueda obligar una corriente a fluir hacia atrás, de regreso a sus fuentes.

No ha habido ninguna bancarrota de la ciencia y la ciencia no ha participado en la presente anarquía intelectual, ni tampoco en la construcción del nuevo poder que esta surgiendo en medio de esta anarquía. La ciencia nos prometió la verdad, o al menos, un conocimiento de las relaciones que nuestra inteligencia puede aprehender. Nunca nos prometió paz ni felicidad. Soberanamente indiferente a nuestros sentimientos, es sorda a nuestras lamentaciones. Está en nosotros aprender a vivir con la ciencia puesto que nada puede devolvernos las ilusiones que ha destruido.

Síntomas universales, visibles en todas las naciones, nos muestran el rápido crecimiento del poder de las masas y no nos permiten admitir la suposición de que este poder cesará de crecer en alguna fecha cercana. Sea cual fuere el destino que este poder nos tiene reservado, tendremos que aceptarlo. Todo razonamiento en contra del mismo es simplemente una vana guerra de palabras. Por cierto, es posible que el advenimiento del poder de las masas marque una de las últimas etapas de la civilización occidental, el completo sumergimiento en uno de esos períodos de confusa anarquía que siempre parecen destinados a preceder el nacimiento de toda nueva sociedad. Pero ¿podría evitarse este resultado?

Hasta el presente, estas destrucciones completas de una civilización gastada han constituido la tarea más obvia de las masas. Realmente, no es tan sólo en la actualidad en dónde podemos rastrear esto. La Historia nos dice que, desde el momento en que pierden su vigor las fuerzas morales sobre las cuales ha descansado una civilización, su disolución final resulta producida por esas masas inconscientes y brutales que denominamos, bastante justificadamente, como bárbaras. Hasta ahora, las civilizaciones han sido creadas y dirigidas sólo por una pequeña aristocracia intelectual, nunca por muchedumbres. Las masas son solamente poderosas para destruir. Su gobierno es siempre equivalente a una fase de barbarie. Una civilización implica reglas fijas, disciplina, un pasaje del estadio instintivo al racional, previsión del futuro, un elevado grado de cultura – condiciones todas que las masas, libradas a si mismas, invariablemente han demostrado ser incapaces de concretar. Como consecuencia de la naturaleza puramente destructiva de su poder, las masas actúan como esos microbios que aceleran la destrucción de los cuerpos débiles o muertos. Cuando la estructura de una civilización está podrida, son siempre las masas las que producen su caída. Es en tales encrucijadas que su misión principal se hace claramente visible y es allí en dónde, por un tiempo, la filosofía de la cantidad parece ser la única filosofía de la Historia.

¿Tiene nuestra civilización reservado el mismo? Hay razones para creer que éste es el caso, pero todavía no estamos en condiciones de estar seguros.

Sea como fuere, estamos condenados a resignarnos al reino de las masas desde el momento en que la falta de previsión ha derribado sucesivamente todas las barreras que podrían haberlas mantenido bajo control.

Poseemos un conocimiento muy superficial de estas masas que están comenzando a ser el objeto de tanta discusión. Los psicólogos profesionales, al haber vivido lejos de ellas, siempre las han ignorado, y cuando, como ha sucedido últimamente, han dirigido su atención en esta dirección solamente ha sido para considerar los crímenes que las masas son capaces de cometer. Sin duda alguna, las masas criminales existen, pero también habrá que considerar a masas virtuosas, a masas heroicas y a masas de muchas otras clases. Los crímenes de las masas constituyen solamente una fase particular de su psicología. La constitución mental de las masas no puede estudiarse meramente a través de la investigación de sus crímenes, de la misma manera en que no se puede comprender la constitución mental de un individuo a través de la mera descripción de sus vicios.

Sin embargo, es un hecho que todos los gobernantes del mundo, todos los fundadores de religiones o de imperios, los apóstoles de todos los credos, los estadistas eminentes y, en una esfera más modesta, los simples jefes de pequeños grupos de hombres, todos han sido psicólogos inconscientes, poseedores de un conocimiento instintivo y frecuentemente muy certero acerca del carácter de las masas, y ha sido el conocimiento preciso de este carácter lo que les ha permitido a estas personas establecer su predominio tan fácilmente. Napoleón tenía un maravilloso conocimiento de la psicología de las masas de país en el cual reinó pero, a veces, malinterpretó completamente la psicología de las masas pertenecientes a otras razas [ [2] ], y fue por esta malinterpretación que se involucró en España – y más notoriamente en Rusia – en conflictos en los cuales su poder recibió aquellos embates que en poco tiempo lo destruyeron. El conocimiento de la psicología de las masas es hoy en día el último recurso del estadista que no desea gobernarlas – esto se está volviendo una cuestión muy difícil – pero que, en todo caso, no desea ser gobernado demasiado por ellas.

Solamente obteniendo alguna clase de percepción de la psicología de las masas se puede comprender cuan superficial es sobre ellas la acción de leyes e instituciones, cuan impotentes son para sostener cualquier opinión diferente de aquellas que les son impuestas, y que no es posible dirigirlas mediante reglas basadas en teorías de equidad pura sino buscando lo que las impresiona y lo que las seduce. Por ejemplo, si un legislador desease imponer un nuevo impuesto, ¿debería elegir aquél que le parezca más justo? De ninguna manera. En la práctica, el impuesto más injusto puede ser el mejor para las masas. Y si, al mismo tiempo, resulta ser el menos obvio y aparentemente el menos gravoso, tanto más fácilmente será tolerado. Es por esta razón que un impuesto indirecto, por más exorbitante que sea, siempre será aceptado por la masa porque, pagado diariamente en fracciones de centavo sobre objetos de consumo, no interferirá con los hábitos de la masa y pasará desapercibido. Reempláceselo por un impuesto proporcional sobre salarios o ingresos de cualquier otro tipo, pagadero en una suma íntegra, y aún cuando esta imposición fuese teóricamente diez veces menos gravosa que el otro, seguramente será causa de una protesta unánime. Esto obedece al hecho que una suma relativamente grande, que aparecerá como inmensa y que excitará a la imaginación, ha sido sustituida por las imperceptibles fracciones de algunos centavos. El nuevo impuesto solamente parecería alto si hubiese sido ahorrado centavo a centavo, pero este procedimiento económico implica una cantidad de previsión del que las masas son incapaces.

El ejemplo precedente es uno de los más simples. Su exactitud puede ser percibida con facilidad. No escapó a la atención de un psicólogo como Napoleón pero nuestros legisladores modernos, ignorantes como son de las características de la masa, resultan incapaces de apreciarlo. La experiencia todavía no les ha enseñado lo suficiente que las personas nunca amoldan sus conductas a los dictados de la razón pura.

Hay muchas otras aplicaciones prácticas que pueden hacerse a partir de la psicología de las masas. Un conocimiento de esta ciencia arroja la más vívida luz sobre un gran número de fenómenos históricos y económicos que serían totalmente incomprensibles sin él. Tendré ocasión de mostrar que la razón por la cual el más notorio de los historiadores modernos, Taine, ha entendido a veces tan imperfectamente los eventos de la gran Revolución Francesa es que nunca se le ocurrió estudiar el genio de las masas. Taine, para el estudio de este complicado período se impuso como guía el método descriptivo al cual recurren los naturalistas, pero las fuerzas morales están casi por completo ausentes en los casos que los naturalistas tienen que estudiar. Y son precisamente estas fuerzas las que constituyen las verdaderas fuentes principales de la Historia.

Consecuentemente, mirándolo meramente desde el lado práctico, el estudio de la psicología de las masas merece ser intentado. Y aún cuando el interés obedeciese tan sólo a la pura curiosidad, seguiría mereciendo atención. Es tan interesante descifrar los motivos de las acciones de los hombres como lo es el determinar las características de un mineral o de una planta. Nuestro estudio del genio de las masas puede ser meramente una breve síntesis, un simple resumen de nuestras investigaciones. No debe serle exigido más que unas pocas percepciones sugestivas. Otros trabajarán el suelo más intensivamente. Hoy, sólo tocamos la superficie de un terreno todavía casi virgen.

 

 



LIBRO I: La Mente de las Masas

 

Capítulo I: Características generales de las masas. Ley psicológica de su unidad mental.



¿Qué constituye una masa desde el punto de vista psicológico? – Una aglomeración numéricamente grande de individuos no es suficiente para formas una masa – Características especiales de masas psicológicas – La orientación hacia una dirección fija de las ideas y sentimientos de los individuos que componen una masa así, y la desaparición de su personalidad individual – La masa siempre está dominada por consideraciones de las que no tiene conciencia – La desaparición de la actividad cerebral y el predominio de la actividad medular – La depreciación de la inteligencia y la completa transformación de los sentimientos – Los sentimientos transformados pueden ser mejores o peores que los de los individuos de los cuales la masa se compone – Una masa es tan fácilmente heroica como criminal.

En su sentido ordinario, la palabra “masa” o “muchedumbre” significa una reunión de individuos de cualquier nacionalidad, profesión o sexo, sean cuales fueren las causas que los han juntado. Desde el punto de vista psicológico, la expresión “masa” adquiere un significado bastante diferente. Bajo ciertas circunstancias, y sólo bajo ellas, una aglomeración de personas presenta características nuevas, muy diferentes a las de los individuos que la componen. Los sentimientos y las ideas de todas las personas aglomeradas adquieren la misma dirección y su personalidad consciente se desvanece. Se forma una mente colectiva, sin duda transitoria, pero que presenta características muy claramente definidas. La aglomeración, de este modo, se ha convertido en lo que, a falta de una expresión mejor, llamaré una masa organizada. Forma un único ser y queda sujeta a la ley de la unidad mental de las masas.

Es evidente que no es por el simple hecho de estar accidentalmente el uno al lado del otro que un cierto número de individuos adquiere el carácter de una masa organizada. Mil individuos accidentalmente reunidos en un espacio público, sin ningún objeto determinado, de ninguna manera constituyen una masa desde el punto de vista psicológico. A fin de adquirir las características especiales de una masa como la señalada, es necesaria la influencia de ciertas causas predisposicionantes cuya naturaleza deberemos determinar.

La desaparición de la personalidad conciente y la orientación de los sentimientos y los pensamientos en una dirección definida – que son las características primarias de una masa a punto de volverse organizada – no siempre involucran la presencia de un número de individuos en un sitio determinado. Miles de individuos aislados, en ciertos momentos y bajo la influencia de ciertas emociones violentas – tales como, por ejemplo, un gran evento nacional – pueden adquirir las características de una masa psicológica. En ciertos momentos, media docena de personas puede constituir una masa psicológica; algo que puede no suceder con cientos de personas reunidas por accidente. Por el otro lado, toda una nación, aún cuando no exista una aglomeración visible, puede convertirse en masa bajo la acción de ciertas influencias.

La masa psicológica, una vez constituida, adquiere ciertas características generales, provisorias pero determinables. A estas características generales se le agregan características particulares que varían de acuerdo con los elementos de los cuales la masa se compone y que pueden modificar su constitución mental. Las masas psicológicas, pues, son susceptibles de ser clasificadas, y cuando nos ocupemos de esta materia veremos que una masa heterogénea – es decir: una masa compuesta por elementos disímiles – presenta ciertas características comunes con masas homogéneas – es decir: masas compuestas de elementos más o menos similares (sectas, castas, clases) – y al lado de estas características comunes, hay particularidades que permiten diferenciar a los dos tipos de masa.

Sin embargo, antes de ocuparnos de las diferentes categorías de masas, primero debemos examinar las características que les son comunes a todas. Nos pondremos a trabajar como el naturalista que comienza por describir las características comunes a todos los miembros de una familia antes de dedicarse a las particulares que permiten la diferenciación de géneros y especies incluidos en esa familia.

No es fácil describir la mente de las masas con exactitud porque su organización varía no solamente de acuerdo con la raza y la composición, sino también de acuerdo con la naturaleza y la intensidad de los estímulos bajo cuyos efectos las masas se hallan. Sin embargo, la misma dificultad se presenta en el estudio psicológico de un individuo. Solamente en las novelas se encuentran personajes que transitan toda su vida con un carácter invariable. Es sólo la uniformidad del medioambiente la que crea la aparente uniformidad de los caracteres. En otra parte he demostrado que todas las constituciones mentales contienen caracteres en potencia que pueden manifestarse como consecuencia de un súbito cambio en el medioambiente. Esto explica cómo, en medio de los más salvajes miembros de la Convención Francesa, se podía encontrar a ciudadanos inofensivos que, bajo condiciones normales, hubieran sido pacíficos notarios o virtuosos magistrados. Una vez pasada la tormenta, retomaron su carácter normal de ciudadanos tranquilos, respetuosos de la ley. Napoleón encontró entre ellos a sus sirvientes más dóciles.

Siendo imposible aquí estudiar todos los sucesivos grados de organización de las masas, nos dedicaremos más específicamente a aquellas que han alcanzado la fase de organización completa. De este modo veremos en qué se pueden convertir las masas, pero no aquello que invariablemente son. Es solamente en esta fase avanzada de organización que ciertas características nuevas y especiales se superponen sobre el invariable y dominante carácter de la raza, teniendo después lugar el giro, al cual ya hemos aludido, de todos los sentimientos y pensamientos de la colectividad en una dirección única. También, es solamente bajo tales circunstancias que comienza a jugar lo que más arriba he llamado la ley psicológica de la unidad mental de las masas.

Entre las características psicológicas de las masas hay algunas que pueden presentarse en común con las de individuos aislados y, por el contrario, otras que les son absolutamente peculiares y que solamente se encuentran dentro de colectividades. Son estas características especiales que estudiaremos antes que nada a fin de demostrar su importancia.

La peculiaridad más sobresaliente que presenta una masa psicológica es la siguiente: sean quienes fueren los individuos que la componen, más allá de semejanzas o diferencias en los modos de vida, las ocupaciones, los caracteres o la inteligencia de estos individuos, el hecho de que han sido transformados en una masa los pone en posesión de una especie de mente colectiva que los hace sentir, pensar y actuar de una manera bastante distinta de la que cada individuo sentiría, pensaría y actuaría si estuviese aislado. Hay ciertas ideas y sentimientos que no surgen, o no se traducen en acción, excepto cuando los individuos forman una masa. La masa psicológica es un ser provisorio formado por elementos heterogéneos que se combinan por un momento, exactamente como las células que constituyen un cuerpo viviente forman por su reunión un nuevo ser que exhibe características muy diferentes de las que posee cada célula en forma individual.

Contrariamente a la opinión que uno se sorprende de encontrar proviniendo de la pluma de un filósofo tan agudo como Herbert Spencer, en el agregado que constituye una masa no hay ninguna clase de sumatoria o de promedio establecido entre sus elementos. Lo que realmente tiene lugar es una combinación seguida de la creación de nuevas características, al igual que en química ciertos elementos puestos en contacto – bases y ácidos, por ejemplo – se combinan para formar una nueva sustancia con propiedades bastante diferentes de las que han servido para formarla.

Es fácil demostrar cuanto difiere la individualidad de la masa del individuo aislado que la compone, pero es menos fácil descubrir las causas de esta diferencia.

En todo caso, para una visión genérica es necesario, en primer lugar, recordar la verdad establecida por la psicología moderna en cuanto a que los fenómenos inconscientes juegan un papel preponderante no sólo en la vida orgánica sino también en las operaciones de la inteligencia. La vida consciente de la mente tiene una importancia pequeña en comparación con su vida inconsciente. El más sutil analista, el más agudo observador, apenas si tiene éxito en descubrir una cantidad muy pequeña de los motivos inconscientes que determinan su conducta. Nuestros actos conscientes son el resultado de un sustrato inconsciente creado en la mente, en su mayor parte por influencias hereditarias. Este sustrato se halla constituido por las innumerables características comunes transmitidas de generación en generación que forman el genio de una raza. Detrás de las causas alegadas de nuestros actos, es indudable que hay todavía muchas más causas secretas que nosotros mismos ignoramos. La mayor parte de nuestras acciones cotidianas es el resultado de motivos ocultos que escapan a nuestra observación.

Es más especialmente respecto de esos elementos inconscientes que constituyen el genio de una raza que todos los individuos pertenecientes a ella se parecen los unos a los otros, mientras que es principalmente respecto de los elementos conscientes de su carácter – fruto de la educación y de condiciones hereditarias aún más excepcionales – que se diferencian entre si. Personas absolutamente disímiles en materia de inteligencia poseen instintos, pasiones y sentimientos que son muy similares. En cuestiones de todo lo que pertenece a la esfera del sentimiento – religión, política, moralidad, afectos y antipatías, etc. – los hombres más eminentes raramente sobrepasan el nivel del más ordinario de los individuos. Desde el punto de vista intelectual puede existir un abismo entre el gran matemático y su zapatero; pero desde el punto de vista del carácter la diferencia es frecuentemente escasa o inexistente.

Son precisamente estas cualidades generales del carácter, gobernadas por fuerzas de las cuales no somos conscientes, y poseídas por la mayoría de los individuos normales de una raza en un grado bastante similar – son precisamente estas cualidades, decía, que se convierten en la propiedad común de las masas. En la mente colectiva las aptitudes intelectuales de los individuos se debilitan y, por consiguiente, se debilita también su individualidad. Lo heterogéneo es desplazado por lo homogéneo y las cualidades inconscientes obtienen el predominio.

El simple hecho de que las masas posean en común cualidades ordinarias explica por qué nunca pueden ejecutar actos que demandan un alto nivel de inteligencia. Las decisiones relativas a cuestiones de interés general son puestas ante una asamblea de personas distinguidas, pero estos especialistas en diferentes aspectos de la vida resultan ser incapaces de tomar decisiones superiores a las que hubiera tomado un montón de imbéciles. La verdad es que sólo pueden poner a disposición del trabajo en común aquellas cualidades mediocres que le corresponden por derecho de nacimiento a todo individuo promedio. En la masa es la estupidez y no la perspicacia lo que se acumula. No es, como tantas veces se repite, que todo el mundo tiene más perspicacia que Voltaire sino, seguramente, es Voltaire el que tiene más perspicacia que todo el mundo si por “todo el mundo” debemos entender a las masas.

Si los individuos de una masa se limitaran a poner a disposición del común aquellas cualidades ordinarias de las cuales cada uno de ellos tiene cierta cantidad, la resultante sería meramente un promedio y no, como hemos dicho que es en realidad el caso, la creación de características nuevas. ¿Cómo se crean estas nuevas características? Pues, esto es lo que ahora investigaremos.

Hay diferentes causas que determinan la aparición de las características peculiares de las masas y que no poseen los individuos aislados. La primera es que el individuo que forma parte de una masa adquiere, por simples consideraciones numéricas, un sentimiento de poder invencible que le permite ceder ante instintos que, de haber estado solo, hubiera forzosamente mantenido bajo control. Estará menos dispuesto a autocontrolarse partiendo de la consideración que una masa, al ser anónima y, en consecuencia, irresponsable, hace que el sentimiento de responsabilidad que siempre controla a los individuos desaparezca enteramente.

La segunda causa, que es el contagio, también interviene en determinar la manifestación de las características especiales de las masas y, al mismo tiempo, también en determinar la tendencia que las mismas seguirán. El contagio es un fenómeno cuya presencia es fácil de establecer pero que no es fácil de explicar. Tiene que ser clasificado entre los fenómenos de un orden hipnótico que estudiaremos en breve. En una masa, todo sentimiento y todo acto es contagioso; y contagioso a tal grado que un individuo se vuelve dispuesto a sacrificar su interés personal en aras del interés colectivo. Ésta es una actitud muy contraria a su naturaleza y de la cual el ser humano es escasamente capaz, excepto cuando forma parte de una masa.

Una tercera causa, y por lejos la más importante, es la que determina en los individuos de una masa esas características especiales que a veces son bastante contrarias a las que presenta el individuo aislado. Me refiero a la sugestionabilidad, de la cual, incluso, el contagio arriba mencionado no es más ni menos que un efecto.

Para entender este fenómeno es necesario tener presente ciertos descubrimientos psicológicos recientes. Hoy en día sabemos que, por medio de varios procesos, un individuo puede ser puesto en una condición tal que, habiendo perdido su personalidad consciente, obedece todas las sugerencias del operador que le ha privado de ella y comete actos en manifiesta contradicción con su carácter y sus hábitos. Las observaciones más minuciosas parecen probar que un individuo, sumergido durante cierta cantidad de tiempo en una masa en acción, pronto se encuentra – ya sea por consecuencia de la influencia magnética producida por la masa o por alguna otra causa que ignoramos – en un estado especial que se asemeja mucho al estado de fascinación en el que se encuentra el individuo hipnotizado que está en las manos de un hipnotizador. Habiendo sido paralizada la actividad mental en el caso del sujeto hipnotizado, éste se convierte en esclavo de todas las actividades inconscientes que el hipnotizador dirige a su voluntad. La personalidad consciente ha desaparecido por completo; la voluntad y el discernimiento se han perdido. Todos los sentimientos y pensamientos se inclinan en la dirección determinada por el hipnotizador.

Tal es también, aproximadamente, el estado del individuo que forma parte de una masa psicológica. Ya no es consciente de sus actos. En su caso, como en el del sujeto hipnotizado, al tiempo que algunas facultades son destruidas, otras pueden ser llevadas a un alto grado de exaltación. Bajo la influencia de una sugestión, la persona acometerá la realización de actos con una impetuosidad irresistible. Esta impetuosidad es tanto más irresistible en el caso de las masas que en el del sujeto hipnotizado, cuanto que, siendo la sugestión la misma para todos los miembros de la masa, gana en fuerza por reciprocidad. Los individuos en la masa que quizás posean una personalidad suficientemente fuerte como para resistir la sugestión son demasiado escasos en número como para luchar contra la corriente. A lo sumo podrán intentar desviarla por medio de sugestiones distintas. Es de esta manera, por ejemplo, que una expresión feliz, una imagen oportunamente evocada, ocasionalmente ha disuadido a una masa de los actos más sangrientos.

Vemos, pues, que la desaparición de la personalidad consciente, el predominio de la personalidad inconsciente y el contagio de sentimientos e ideas puestas en una única dirección, la tendencia a transformar inmediatamente las ideas sugeridas en acción; éstas son, como vemos, las principales características del individuo formando parte de una masa. Ya no es él mismo sino que se ha convertido en un autómata que ha dejado de estar guiado por su propia voluntad.

Más aún; por el simple hecho de formar parte de una masa organizada, un hombre desciende varios peldaños en la escala de la civilización. Aislado, es posible que sea un individuo cultivado; en una masa será un bárbaro – esto es: una criatura que actúa por instintos. Poseerá la espontaneidad, la violencia, la ferocidad y también el entusiasmo y el heroísmo de los seres primitivos a los que tenderá a parecerse cada vez más por la facilidad con la que se dejará impresionar a través de palabras e imágenes – que no provocarían acción alguna en cada uno de los individuos aislados que componen la masa – y a ser inducido a cometer acciones contrarias a sus más evidentes intereses y sus hábitos mejor conocidos. Un individuo en una masa es un grano de arena entre otros granos de arena que el viento arremolina a su voluntad.

Es por este motivo que se pueden ver jurados dictando sentencias que cada miembro del jurado desaprobaría individualmente; así es como asambleas parlamentarias sancionan leyes y medidas que cada uno de sus miembros desaprobaría en lo personal. Tomados por separado, los hombres de la Convención eran ciudadanos ilustrados con hábitos pacíficos. Unidos en una masa, no vacilaron en adherir a las propuestas más salvajes, en guillotinar individuos clarísimamente inocentes y, contrariamente a sus intereses, a renunciar a su inviolabilidad y a diezmarse a si mismos.

No es solamente por sus acciones que un individuo en una masa se diferencia esencialmente de si mismo. Incluso antes de perder completamente su independencia, sus ideas y sus sentimientos han sufrido una transformación; y esta transformación es tan profunda que es capaz de cambiar al avaro en un despilfarrador, a un escéptico en un creyente, a la persona honesta en un criminal, y al cobarde en un héroe. La renuncia a todos los privilegios que la nobleza votó en un momento de entusiasmo durante la celebrada noche del 4 de Agosto de 1789, ciertamente jamás habría sido consentida por ninguno de sus miembros tomados por separado.

La conclusión a extraer de lo precedente es que la masa es siempre intelectualmente inferior al individuo aislado pero que, desde el punto de vista de los sentimientos y de las acciones que estos sentimientos provocan, la masa puede, dependiendo de las circunstancias, ser mejor o peor que el individuo. Todo depende de la sugestión a la cual la masa se halla expuesta. Este es el punto que ha sido completamente malinterpretado por escritores que solamente han estudiado a las masas desde un punto de vista criminal. Sin duda alguna, una masa es frecuentemente criminal, pero también muchas veces es heroica. Son las masas y no tanto los individuos que pueden ser inducidas a correr un riesgo de muerte para asegurar el triunfo de un credo o de una idea; que pueden ser inflamadas con entusiasmo por la gloria y el honor; que pueden ser conducidas – casi sin armas como en la época de las Cruzadas – a recuperar la tumba de Cristo de las manos del infiel o, como en el ’93, a defender a la patria [ [3] ]. Un heroísmo como ése es sin duda inconsciente en alguna medida, pero de esa clase de heroísmo está hecha la Historia. Si los pueblos fuesen tenidos en cuenta únicamente por los hechos cometidos a sangre fría, los anales del mundo registrarían sólo muy pocos de ellos.

 




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