Gustave Le Bon Psicología de las Masas



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Hemos trazado en esta obra las características generales, comunes a las masas psicológicas. Nos resta indicar las características particulares que acompañan a las de orden general en las diferentes categorías de colectividades cuando éstas se transforman en una masa bajo la influencia de causas incitantes adecuadas. Ante todo, procederemos brevemente a la clasificación de las masas.

Nuestro punto de partida será la simple multitud. Su forma más inferior se encuentra cuando la muchedumbre está compuesta por individuos pertenecientes a diferentes razas. En este caso, el único lazo de unión es la voluntad, más o menos respetada, de un jefe. Los bárbaros de muy diverso origen que durante siglos invadieron el Imperio Romano pueden ser citados como un espécimen de multitudes de este tipo.

En un nivel superior al de las multitudes compuestas por razas diferentes están aquellas que bajo ciertas influencias han adquirido características comunes y han terminado por formar una sola raza. Presentan a veces las características propias de las masas, pero estas características se hallan dominadas en mayor o menor medida por consideraciones raciales.

Bajo ciertas circunstancias investigadas aquí, estas dos clases de multitudes pueden ser transformadas en masas psicológicas u organizadas. Subdividiremos a estas masas organizadas en las siguientes divisiones:



A. Masas heterogéneas:

1. Masas anónimas (por ejemplo, masas callejeras).

2. Masas no anónimas (por ejemplo, jurados, asambleas parlamentarias).

B. Masas homogéneas:

1. Sectas (sectas políticas, religiosas y otras).

2. Castas (militares, clericales, obreras, etc.).

3. Clases (Burgueses, Campesinos etc.).

Describiremos brevemente las características distintivas de estas diferentes categorías de masas.

1. Masas heterogéneas

Son las colectividades cuyas características han sido estudiadas en el presente volumen. Se componen de individuos de cualquier descripción, de cualquier profesión y de cualquier grado de inteligencia.

Somos conscientes ahora de que, en cuanto a las personas, por el sólo hecho de formar parte de una masa volcada a la acción, su psicología colectiva difiere esencialmente de su psicología individual y su inteligencia resulta afectada por esta diferenciación. Hemos visto que la inteligencia no influye sobre las colectividades siendo que éstas están solamente bajo el influjo de sentimientos inconscientes.

Un factor fundamental, el de la raza, permite una diferenciación tolerablemente precisa de las distintas masas heterogéneas.

Ya nos hemos referido con frecuencia a la parte desempeñada por la raza y la hemos expuesto como el más poderoso de los factores capaces de determinar las acciones de los hombres. También se la puede rastrear en el carácter de las masas. Una masa compuesta por individuos reunidos al azar, pero todos ellos ingleses o chinos, se diferenciará ampliamente de otra masa también compuesta por individuos de cualquier descripción pero pertenecientes a otras razas – rusos, franceses o españoles, por ejemplo.

Las amplias divergencias que la constitución mental hereditaria crea en los modos de sentir y de pensar de las personas se pone inmediatamente en evidencia cuando, como rara vez ocurre, las circunstancias reúnen en la misma masa y en proporciones relativamente iguales, a individuos de diferentes nacionalidades. Y esto ocurre por más idénticos que hayan sido los intereses que provocaron la reunión. Los esfuerzos realizados por los socialistas de reunir en grandes congresos a representantes de la clase trabajadora de la población de diferentes países siempre han terminado en el más profundo desacuerdo. Una masa latina, por más revolucionaria o conservadora que se la suponga, invariablemente apelará a la intervención del Estado para realizar sus demandas. Siempre se distingue por una marcada tendencia a la centralización y por inclinarse, de un modo más o menos pronunciado, a favor de una dictadura. Una masa inglesa o norteamericana, por el contrario, no pone ninguna carga sobre el Estado y apela tan sólo a la iniciativa privada. Estas diferencias de raza explican como es que hay casi tantas diferentes formas de socialismo y de democracia como naciones.

El genio de la raza, pues, ejerce una influencia suprema sobre las predisposiciones de la masa. Es la poderosa fuerza subyacente que limita sus cambios de humor. Debería ser considerada como una ley esencial que las características inferiores de las masas son tanto menos acentuadas cuanto más fuerte es el espíritu de la raza. El estado de masas y la dominación de masas es equivalente al estado de barbarie o a un retorno al mismo. Es por la adquisición de un espíritu sólidamente constituido que la raza se libera, en mayor o menor medida, del poder subyacente de las masas irracionales y emerge del estado de barbarie.

La única clasificación importante a hacer en las masas heterogéneas, aparte de la basada en consideraciones raciales, es el de separarlas en masas anónimas, tales como masas callejeras, y masas no anónimas – asambleas deliberantes y jurados, por ejemplo. El sentido de responsabilidad, ausente de las masas de la primera categoría y desarrollada en las de la segunda, con frecuencia otorga una tendencia muy diferente a sus respectivas acciones.

2. Masas homogéneas

Las masas homogéneas incluyen: 1)- Sectas; 2)- Castas; 3)- Clases.

La secta representa el primer paso en el proceso de organización de masas homogéneas. Una secta incluye a individuos que difieren mucho en cuanto a su educación, sus profesiones y la clase social a la que pertenecen pero que tienen un vínculo de conexión en sus creencias comunes. Ejemplos a citar serían sectas políticas y religiosas.

La casta representa el más alto grado de organización del cual una masa es capaz. Mientras las sectas incluyen a individuos de muy diferentes profesiones, grados de educación y entornos sociales, vinculados entre si por las creencias que afirman en común, la casta se compone de individuos de la misma profesión y, por lo tanto, de una educación similar y de un status social bastante igual. Ejemplos a citar serían las castas militares y sacerdotales.

La clase está formada por individuos de diverso origen, vinculados entre si, no por una comunidad de creencias como los miembros de una secta, ni por ocupaciones profesionales comunes como los de una casta, sino por ciertos intereses y ciertos hábitos de vida y educación casi idénticos. Los ejemplos son la clase media y la clase agrícola.

Estando interesados en esta obra solamente en masas heterogéneas, y reservando el estudio de las masas homogéneas (sectas, castas y clases) para otro volumen, no insistiré aquí en las características de las masas de la segunda clase. Concluiré el estudio de las masas heterogéneas con el examen de unas pocas típicas y distintivas categorías de masas.

 

Capítulo II: Masas denominadas criminales



Masas denominadas criminales – Una masa puede ser legalmente pero no psicológicamente criminal – La absoluta inconsciencia de las acciones de las masas – Varios ejemplos – Psicología de los autores de las masacres de Septiembre – Su razonamiento, su sensibilidad, su ferocidad y su moralidad.

Debido al hecho que las masas, luego de un período de excitación, pasan a un estado puramente automático e inconsciente en el cual resultan guiadas por sugestión, parece difícil calificarlas en cualquier caso como criminales. Retengo esta calificación errónea sólo porque ha sido definitivamente puesta de moda por investigaciones psicológicas recientes. Ciertos actos de las masas son seguramente criminales cuando se los considera meramente en si mismos, pero criminales en todo caso de la misma forma en que lo es el acto de un tigre devorándose a un hindú después de haberle permitido a sus cachorros el despedazarlo por diversión.

El motivo usual de los crímenes de las masas es una sugestión poderosa, y los individuos que participan de tales crímenes están después convencidos de que actuaron obedeciendo a su deber, algo que está lejos de ser el caso del criminal común.

La historia de los crímenes cometidos por las masas ilustra lo que antecede.

El asesinato de M. de Launay, el gobernador de la Bastilla, puede ser citado como un ejemplo típico. Después de la toma la fortaleza, el gobernador, rodeado por una masa muy excitada, recibió golpes desde todas las direcciones. Se propuso colgarlo, cortarle la cabeza o atarlo a la cola de un caballo. Mientras forcejeaba, accidentalmente le dio un puntapié a uno de los presentes. Alguien propuso, y la sugerencia fue inmediatamente aceptada por la masa, con aclamación, que el individuo que había recibido el puntapié le cortara la garganta al gobernador.

El individuo en cuestión, un cocinero sin trabajo, cuya principal razón de estar en la Bastilla fue mera curiosidad por enterarse de lo que sucedía, estima que, puesto que ésta es la opinión general, la acción es patriótica y hasta cree que merece una medalla por haber destruido a un monstruo. Con una espada que le prestan, asesta un golpe al cuello desnudo, pero el arma está algo mellada y desafilada por lo que saca de su bolsillo un pequeño cuchillo de mango negro y (en su calidad de cocinero tendría experiencia en cortar carne) ejecuta la operación con éxito.

El desarrollo del proceso arriba indicado se ve claramente en este ejemplo. Tenemos obediencia a una sugestión que es tanto más fuerte cuanto que procede de un origen colectivo y la convicción del asesino de que ha cometido un acto muy meritorio, una convicción tanto más natural al ver que goza de la aprobación unánime de sus conciudadanos. Un acto de este tipo puede ser considerado criminal legalmente pero no psicológicamente. [ [26] ]

Las características generales de las masas criminales son precisamente las mismas que aquellas que hemos encontrado en todas las masas: apertura a la sugestión, credulidad, variabilidad, exageración de buenos o malos sentimientos, la manifestación de ciertas formas de moral, etc.

Hallaremos todas estas características presentes en una masa que ha dejado tras de si en la Historia francesa las memorias más siniestras – la masa que perpetró las masacres de Septiembre. De hecho, ofrece muchas similaridades con la masa que cometió las masacres de San Bartolomé. Tomo prestados los detalles de la narración de M. Taine quien las extrajo de fuentes contemporáneas.

No se sabe exactamente quien dio la órden o hizo la sugerencia de vaciar las prisiones masacrando a los prisioneros. Si fue Danton, como es probable, o algún otro no importa, ya que el único factor de interés para nosotros es la poderosa sugestión recibida por la masa encargada de esta masacre.

La masa de asesinos ascendía a unas trescientas personas y era una masa heterogénea perfectamente típica. Con la excepción de un muy pequeño número de delincuentes profesionales, estaba mayormente compuesta por comerciantes y artesanos de todos los oficios: zapateros, herreros, peluqueros, albañiles, oficinistas, mensajeros, etc. Bajo la influencia de la sugestión recibida, estaban perfectamente convencidos – de la misma manera que el cocinero antes citado – de que debían ejecutar un deber patriótico. Desempeñan la doble función de juez y verdugo pero ni por un momento se consideran criminales.

Profundamente conscientes de la importancia de su deber, comienzan formando una especie de tribunal y, en relación con este acto, se observa inmediatamente la ingenuidad de las masas y su rudimentaria concepción de la justicia. Considerando el gran número de los acusados, se decide que, para empezar, los nobles, los sacerdotes, los oficiales y los miembros del servicio doméstico del rey – en una palabra: todos los individuos cuya simple profesión es prueba de su culpabilidad a los ojos de un buen patriota – serán aniquilados en masa no habiendo necesidad de una decisión especial en sus casos. El resto será juzgado en base a su apariencia personal y su reputación. En esta forma la conciencia rudimentaria de la masa queda satisfecha. Podrá ahora proceder legalmente con la masacre y dar rienda suelta a aquellos instintos cuya génesis he indicado en otra parte y que las colectividades siempre tienen la capacidad de desarrollar en alto grado. Estos instintos, sin embargo – como es reiteradamente el caso de las masas – no impedirán la manifestación de otros sentimientos contrarios, tales como ternura, frecuentemente tan extremas como la ferocidad.

Poseen la simpatía expansiva y la espontánea sensibilidad del trabajador parisino. En el Abbaye, uno de los federados, al enterarse de que los prisioneros han sido dejados sin agua por veintiséis horas, estuvo a punto de matar al guardiacárcel y lo hubiera hecho de no haber sido por el ruego de los propios prisioneros. Cuando un prisionero es declarado inocente (por el improvisado tribunal) todo el mundo, guardias y verdugos incluidos, lo abraza con raptos de alegría y aplaude frenéticamente,” después de lo cual recomienza la masacre masiva. Durante su transcurso, nunca cesa de reinar una agradable alegría. Se baila y se canta alrededor de los cadáveres y se colocan bancos “para las damas”, encantadas de ser testigos de la muerte de aristócratas. Más aún, continúa la exhibición de una especial forma de justicia.

En el Abbaye, un verdugo se queja de que las damas colocadas un poco lejos no veían bien y que sólo pocas de las presentes han tenido el placer de golpear a los aristócratas. La justicia de la observación es admitida y se decide que las víctimas deberán pasar lentamente entre dos filas de verdugos que tendrán la obligación de golpearlas con el dorsos de sus espadas solamente tanto como para prolongar la agonía. En la prisión de la Force las víctimas son completamente desnudadas y literalmente “grabadas” durante media hora, después de lo cual, cuando todo el mundo ha tenido una buena visión, se los liquida con un golpe que pone al descubierto sus entrañas.

Los verdugos también tienen sus escrúpulos y exhiben un sentido moral cuya existencia en las masas ya hemos señalado. Se rehúsan a apropiarse del dinero y las joyas de sus víctimas y llevan estas pertenencias a la mesa de los comités.

Estas rudimentarias formas de razonar, características de la mente de las masas, son siempre rastreables en todos sus actos. Así, después de la masacre de 1.200 o 1.500 enemigos de la nación, alguien hace el comentario – y su sugerencia es adoptada de inmediato – que los demás prisioneros, aquellos entre quienes se encuentran mendigos, vagabundos y prisioneros jóvenes, en realidad constituyen bocas inútiles de las que sería útil librarse. Además, entre ellos seguramente habrá enemigos del pueblo, una mujer de nombre Delarue, por ejemplo, la viuda de un envenenador: “Debe estar furiosa por hallarse en prisión; si podría, incendiaría a París: debe haber dicho eso; ha dicho eso. Otra de la que es bueno librarse.” La demostración parece convincente y los prisioneros son masacrados sin excepción, incluyendo en la cantidad a unos cincuenta niños de entre doce y diecisiete años de edad, quienes, por supuesto, pueden convertirse en enemigos de la nación y de quienes, en consecuencia, era claramente mejor librarse.

Al final de una semana de trabajo, finalizadas todas estas operaciones, los verdugos pueden pensar en reponerse. Profundamente convencidos de que han servido bien a su país, se dirigieron a las autoridades demandando una recompensa. Los más ardientes llegaron tan lejos como para reclamar una medalla.

La historia de la Comuna de 1871 ofrece varios hechos análogos a los que anteceden. Dada la creciente influencia de las masas y las sucesivas capitulaciones ante ellas por parte de quienes detentaban la autoridad, estamos destinados a ser testigos de muchos otros de similar naturaleza.

 

Capítulo III: Jurados penales



Jurados penales – Características generales de los jurados – Las estadísticas demuestran que sus decisiones son independientes de su composición – La forma en que se puede impresionar a los jurados – El estilo y la influencia de la argumentación – Los métodos de persuasión – La naturaleza de los crímenes ante los cuales los jurados son indulgentes o severos respectivamente – La utilidad del jurado como institución y el peligro que resultaría de que su lugar fuese ocupado por magistrados.




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