Gregorio Salvador



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Con gran entusiasmo comenzó la conferencia nuestro académico aludiendo a esta época como inequívoca porción del llamado Siglo de Oro o más bien “los siglos de oro, como los llamó D. Ángel Balbuena Prada”, que venían a ser siglo y medio desde la renovación lírica de Garcilaso hasta la apoteosis barroca del teatro de Calderón.


Gregorio Salvador

El nivel literario en



el tiempo de Felipe II”


A

dvirtió D. Gregorio Salvador que en cualquier caso, se corte por donde se corte esa edad, se corte o se alargue, se alargue o se comprima ese elástico siglo áureo lo cierto es que el período que tratamos siempre queda dentro, entre otras cosas porque en él se fraguó Cervantes, que aunque alcanza su gloria y su dimensión universal después fue un español del reinado de Felipe II, como nos llegó a explicar D. Julián Marías el lunes 2 de marzo, pero sobre todo porque en él florecieron, escribieron sus obras y las dieron a conocer nada me­nos que santa Teresa y San Juan de la Cruz, Fray Luis de León y Fernando de Herrera, Fray Luis de Granada y Alonso de Hercilla, y las escribieron también aunque se publicaran más tarde el Inca Garcilaso y Bernal Díaz del Castillo, y el mismo Mateo Alemán, a quienes describió el conferenciante como “gigantes todos en el arte de la escritura, intachables en la intención y admirables en el estilo”.


Recordó Gregorio Salvador que se nos dice en los tratados de historia literaria que si la época de Carlos V había estado singularmente caracterizada por el predominio de los hombres de armas y el humanismo europeo, la ge­neración siguiente iba a ser de reposo y concentración de hombres de letras y espíritus religiosos. Al retirarse a Yuste el Emperador en 1556, se iniciaba simbólicamente el triunfo de la ascética sobre el mundo heroico y caballeresco, la España de Felipe II ofrecerá literariamente el esplendor de las grandes figuras de la mística y la ascética, el predominio de la novela pastoril sobre los li­bros de caballerías, una casi paralización del teatro y un sorprendente lapso entre el nacimiento de la novela picaresca con el Lazarillo y su continuación con el Guzmán de Alfarache, que no se publicará hasta un año después de la muerte del Rey.
Si esta valoración es repetida sistemáticamente en los ma­nuales de literatura, nuestro conferenciante señaló que lo cierto es que los hu­manistas se tornan escriturarios, la poesía adquiere un empaque severo y una intención mo­ral, la lengua literaria se hace más llana y más sobria, abandona el patrón cortesano y se nutre de la lengua de to­dos sin rehuir los usos populares.
H

ubo de advertir, sin embargo, que la literatura de una época determinada no es sólo la que se está escribiendo en ella, sino también la que se lee, la que se escribió antes y está en el gusto de los lectores, en sus preferencias acaso, su nivel literario se mide asimétricamente, te­niendo en cuenta por un lado las obras que se logran en ese tiempo, la altura al­can­zada por los autores, y por otro la efectivamente presente para los lectores de la época e indudablemente para los propios escritores que son antes que nada lectores también. Se preguntó entonces D. Gregorio Salvador: ¿Qué leían los súbditos de Felipe II?, a lo que respondió: “por lo pronto el Lazarillo”, que había aparecido dos años antes de su subida al trono y que a las tres ediciones de 1554, de Burgos, Amberes y Alcalá, siguió un éxito fulminante con nuevas ediciones. Fue el libro de todos, de la gente letrada y de la gente lega, de eclesiásticos y seglares, del pueblo bajo y de personas de cuenta. Y aunque en 1559 fue prohibido al ser incluido en el índex del inquisidor Valdés a causa de sus posibles resabios erasmistas, co­mo se seguía trayendo del extranjero y leyéndose, se imprimió un lazarillo expurgado en Madrid en 1573 del que se hicieron luego otras ediciones en Tarragona, Za­ragoza, Medina del Campo y Valladolid. Fue pues un libro vivo y presente durante todo aquel tiempo, lo que no se puede olvidar.


¿Qué otras cosas se leían?, volvió a preguntarse el conferenciante. La respuesta nos la dio de pluma de otro espléndido y vivísimo escritor de la época, Fray Pedro Malón de Chaide, agustino como Fray Luis de León, espléndido escritor de una sola obra conocida: “La conversión de la Magdalena”, en cuyo prólogo se lee esta dolorida y combativa alegación: “otros viendo que el mundo tiene ya cansado el gusto para las cosas santas y de virtud, y tan vivo el apetito para todo lo que es vicio y estrago para las buenas costumbres y como si nuestra gastada naturaleza tuviera necesidad de espuela y de incentivos para despertar el gusto del pecado, así la ce­ban con libros lascivos y profanos; porque qué otra cosa son los libros de amores, y las dianas y boscanes y garcilasos y los monstruosos li­bros y silvas de fabulosos cuentos y mentiras de los amadises floriseles y donmelianises y una flota de semejantes portentos puestos en manos de pocos años sino cuchillo en poder del hombre furioso, qué ha de hacer la doncellita que apenas sabe andar y ya trae una Diana en la faltriquera, cómo dirá Pater Noster en las horas la que acaba de sepultar a Píramo y Tisbe en Diana, cómo se recogerá a pensar en Dios un rato la que ha gastado muchos en Garcilaso, otros leen aquellos prodigios y fabulosos sueños y quimeras sin pie ni cabeza de que están llenos los libros de caballerías, que así los llaman a los que si la honestidad del término lo sufriere, con trastocar pocas letras se llamaran mejor de bellaquería que de caballerías, y si a los que escriben y aprenden a ser cristianos en estos catecismos les preguntáis que por qué los leen y cuál es el fruto que sacan de su lección, responderos han que allí aprenden osadía y valor para las armas, crianza y cortesía para con las damas, fidelidad y verdad en sus tratos y magnanimidad y nobleza de ánimo de perdonar a sus enemigos, de suerte que os persuadirán que Don Florisel es el libro de los Macabeos y Don Medianís las morales de San Gregorio y Amadís los oficios de San Ambrosio, pues para reparo de los muchos daños que de estos libros nacen muchos celosos de la honra de Dios han tomado la pluma y han escrito libros de santa doctrina, de maravillosos ejemplos, de gravísimas sentencias y de dulce y deleitoso estilo con los cuales han hecho mucho y provechoso ejemplo a todos cuantos se han querido aprovechar de sus trabajos”.
S

eñaló D. Gregorio Salvador que de la primera Diana fue autor un poeta cortesano de notable inspiración, el portugués Jorge de Montemayor, que había venido con Doña María, la esposa portuguesa de Felipe II, y había cambiado el Montemor originario por su apellido castellanizándolo y escribiendo su obra publicada en primera edición en la lengua común de la península en 1558, y de la “Diana enamorada” aparecida en 1564 fue autor el valenciano D. Gaspar Gil Polo. Recordó asimismo que también Cervantes cultivó el género en La Galatea de 1585 y que Lope publicó su Arcadia el año en que habría de morir el Rey, que la literatura pastoril tan artificiosa no halla trascendido su momento y la veamos hoy como una mera antigualla histórica no debe impedirnos señalar que su auge corresponde a esta época y que la perfección estilística de su prosa tan leída entonces y la calidad de los poemas in­tercalados no pueden soslayarse.


Hay, dijo D. Gregorio Salvador, en la época un afán que arranca ya de la anterior por tratar todos los temas por clásica que resulte su raigambre, por grave o solemne que se proclame su contenido en la lengua vulgar de Castilla, que es ya la lengua común de España; el español que preferirá llamarlo el sevillano Fernando de Herrera porque según afirmaría en su controversia con D. Juan Fernández de Velasco, a propósito de sus propias ano­taciones a las obras de Gar­cilaso, “más ancha es en An­­dalucía que el condado de Burgos como para no sentirse tan dueños de la lengua y tan capacitados en ella los andaluces como pudieran considerarse los castellanos”. Aunque el ideal idiomático en Herrera estaba hecho por encima de las variedades vulgares de uno u otro lugar pues es acaso el único de los grandes poetas de su tiempo que se esfuerza anticipando a Góngora por construir una lengua literaria que se aparte del habla general, una lengua erudita, plagada de cultismos, pródiga en recuerdos mitológicos, majestuosa en la forma que no rehúye la oscuridad ni la afectación si son fruto del refinamiento erudito.

Muy lejos de la pompa y gravedad de Herrera están la llaneza y levedad estilística de los otros dos grandes poetas de su tiempo. Fray Luis de León y San Juan de la Cruz: “imposible con esa carga abrirse paso hacia la serenidad interior”.


H

ay quien dice que el Santo de Ontiveros es el mayor poeta lírico de la literatura universal. Podría ser, aunque nuestro conferenciante ad­virtió que tal afirmación es inevitablemente arriesgada: “más voluntariosa que reflexiva, ¿quién conoce toda la poesía lírica en tantas lenguas?, y ¿quién sería capaz de establecer su jerarquía, de medir su valor?”.


El maestro Fray Luis de León es, por otro lado, la personalidad literaria más sólida e indisputable de su tiempo, la de más amplia dimensión intelectual, la de más firme saber, la de mayor cimentado pensamiento, la de clasicismo más arraigado y un admirable escritor en verso y prosa. Por si faltaba algo, Santa Teresa, un prodigio de estudiada sencillez literaria… y Fray Luis de Granada y Fray Juan de los Ángeles y todos los demás escritores ascéticos o místicos, agustinos, dominicos, carmelitas y franciscanos que constituyen en su conjunto el grupo más esplendoroso de autores religiosos que haya existido nunca en ningún lugar, en ninguna literatura y que caracterizan más que cualesquiera otros, y desde su calidad indiscutible, ese período, hay además en todos ellos una consciente voluntad de comunicación con el pueblo, de hablarle con sus propias palabras de modo inteligible, son maestros y predicadores por su propia condición, obligados por su profesión religiosa, y tienen conciencia de que deben hacerse entender por la comunión de los fieles y que para ello han de expresarse en el castellano natural, sin afectación ni vana retórica, manifestar incluso sus más insólitas y recónditas experiencias en el habla de cada día.
Puso D. Gregorio Salvador como ejemplo a Santa Teresa cuyo desparpajo expresivo, con incorrecciones gramaticales, sintaxis coloquial y prosa sembrada de vocablos rústicos, se ha puesto tantas veces de ejemplo de espontaneidad literaria y que a juicio del conferenciante es más bien un producto de disimular sus saberes —que no son pocos—, intentando pasar por iletrada —que no lo era—.
Fray Luis de León tenía las ideas muy claras al respecto, como recordó nuestro académico: “Piensan que hablar romance es hablar como se habla en el vulgo, y no conocen que el bien hablar no es común sino negocio de particular juicio. El gran escritor de las palabras que todos hablan elige las que convienen y mira el sonido de ellas y aun cuenta a veces las letras y las pesa y las mide y las compone para que no solamente digan con claridad lo que se pretende decir sino también con armonía y dulzura”.
Quiso D. Gregorio, como mínimo homenaje a Fray Luis de León, como pequeña muestra de su lírica magistral, recitar las dos primeras estrofas de su oda al músico ciego Francisco de Salinas, amigo íntimo del poeta:
El aire se serena

y viste de hermosura y luz no

[usada,

S


alinas, cuando suena

la música extremada

por vuestra sabia mano

[gobernada.

A cuyo son divino,

mi alma, que en el olvido

[está sumida,

torna a cobrar el tino

y memoria perdida

de su origen primera

[esclarecida.
La lengua española alcanza, quizás con él, su madurez clásica y ya todo será posible hasta Cervantes.
De acuerdo con lo que sabemos de los hábitos, gustos y personalidad de Felipe II, del que no cabe olvidar que fundó la biblioteca escurialense, ha de suponerse que conoció y leyó las obras de todos estos autores con los que tan fácilmente podía sintonizar, y en su gabinete de trabajo parece que tuvo siempre treinta o cuarenta libros de uso constante, libros de cabecera, y entre ellos algunas de las obras de Santa Teresa y Fray Luis de Granada.
Es harto famosa, indicó el conferenciante, la carta que le escribió Teresa de Jesús cuando fue detenida en un monasterio de Toledo, ciudad en la que a la par su fiel discípulo Juan de la Cruz languidecía a pan y agua en un calabozo, al tiempo que el nuncio pontificio, que la calificaba de monja inquieta y andariega, prohibía la creación de nuevos conventos y ordenaba la supresión de los que había fundado.
Relató D. Gregorio cómo sin que llegasen a conocerse, en parte por el deficiente funcionamiento funcionarial y manejos protocolarios, el Rey ayudó a Santa Teresa. Sí conoció Felipe II en Lisboa a Fray Luis de Granada en 1581, ya anciano pero siempre excepcional orador, que lo impresionó con su predicación hasta el punto de es­cribirles en una carta a sus hijas al día siguiente: “Por ser tarde no tengo tiempo de deciros más sino que ayer predicó, aquí en la capilla, Fray Luis de Granada y muy bien, aunque es viejo y sin dientes”.
Las obras de todos ellos fueron en cualquier caso a parar a la biblioteca por él creada pues Felipe II fue el introductor en España de la obligación de los editores de entregar a la biblioteca real un ejemplar de todas y cada una de sus publicaciones.
Luchas, pleitos, denuncias, prohibiciones, expedientes de limpieza de sangre, inquisiciones, juicios, cárceles, hechos bien conocidos que afectaron a la vida y a las obras de algunas de estas figuras señeras de nuestra literatura: San Juan, Santa Teresa, y muy singularmente Fray Luis de León, dificultaron pero también acrisolaron su producción literaria que nos imaginamos dolorosamente ardua en un am­biente en el que era necesario mantener un dificilísimo equilibrio entre el ser y el parecer que es y ha sido en diversas épocas freno y acicate a la par en no pocas obras excelentes de nuestra literatura, señaló el conferenciante.
A este tema, la relación entre el ser y el parecer, dedicó reflexivas alusiones D. Gregorio Salvador recordando citas y recalcando las dificultades que representa el conflicto entre la realidad y las apariencias “que puede ser al mismo tiempo asunto de fabulación, tema u argumento, es decir algo objetivo, y actitud del autor subjetiva prudencia, reflexiva cautela ante las posibles interpretaciones que se puedan hacer de su obra”.
F

rente a quienes ante la presión social prefieren lo fin­gido, la apariencia, puso D. Gregorio Salvador a un au­tor que “no pasa por ello, el campeón del realismo en esta época, el más obsesionado con la realidad de transmitir la más desnuda y pura verdad”. Se refirió con estas palabras a Bernal Díaz del Castillo, escritor ya citado en la conferencia como una de las cumbres literarias de ese tiempo. Advirtió nuestro conferenciante que se le ha ubicado mal en ocasiones, porque pertenece a los llamados “cronistas de Indias”, la mayoría de los cuales escriben y publican durante el reinado del Emperador Carlos V. En segundo lugar porque su obra, escrita en tiempos de Felipe II, fue impresa con posterioridad a la muerte del Rey.


Con no disimulada pasión y admiración por este autor, D. Gregorio dedicó unos mi­nutos a hacer repaso de su azarosa biografía así como al valor personal, histórico y literario de su único libro que con “una memoria asom­brosa, una naturalidad admirable, una excepcional pasión por la verdad le ayudan a llevar a cabo esta obra prodigiosa”, a juicio de D. Gregorio: “el más cumplido y sabroso fruto de la prosa castellana de esa época y uno de los libros mayores de la literatura en lengua española de cualquier tiempo”.
Advirtió D. Gregorio Salvador que con Bernal Díaz está también alboreando la literatura hispanoamericana: “entre la fidelidad realista del viejo soldado castellano enraizado en la nueva España, comprometido con la verdad, que no sueña con la fama pero que no desdeña alcanzarla con la legitimidad de su testimonio que escribe en Santiago de Guatemala, en su vejez, y la recreación idealista del ya también viejo mestizo culto y neoplatónico que sí anhela la fama re­creando imaginativamente los recuerdos de todo lo oído en su infancia Cuzqueña, que escribe en la Córdoba andaluza, está fraguándose esa otra literatura española, la hispanoamericana, que irá asentándose y creciendo si­glo a siglo hasta llegar al es­plendor de nuestros días”.
Tras evocar el alto linaje del Inca Garcilaso, D. Gregorio Salvador recordó a D. Alonso de Hercilla, quien, después de decisivos viajes por Europa y no menos azarosos en el Perú y Chile donde peleó con los indios araucas, a los veintiocho años impresionado por el heroísmo de los indios escribió en octavas reales un larguísimo poema épico “La Araucana”, cuya primera parte publicó en 1569 dedicada a Felipe II.
Pasó a continuación a referirse al Doctor Huarte de San Juan —algo más que un escritor, un precursor de la psicología moderna, hombre de pensamiento, filósofo natural— cuyo “Examen de ingenios” publicado en 1575 también cayó en desgracia inquisitorial por denuncias envidiosas y suspicaces de sus colegas de la Universidad de Baeza, lo que le obligó a corregir algunas proposiciones en la segunda versión muy acrecentada… se cuentan de él 27 ediciones españolas, 25 en traducción francesa, siete en italiano, seis en inglés, dos en alemán, una en holandés y tres en latín, lo que llevó al conferenciante a calificarlo de “auténtico best seller”.
Por último se refirió a Mateo Alemán, cuyo “Guzmán de Alfarache”, aprobado en 1597 y del que cinco años más tarde se habían hecho 23 ediciones, fue íntegramente pensado, elaborado y escrito durante el reinado de Felipe II, se ha definido a veces como típico resultado de la índole especial de la época, con su paradójica combinación de un sermonario bellamente expresado y el sombrío cuadro de la vida más desgarrada y maliciosa. Con él se reanuda la novela picaresca que se inicia con el Lazarillo y continuada por el Guzmán (lo cual fue puesto en duda por nuestro académico). Refiriéndose a Mateo Alemán y para concluir la conferencia señaló que fue también “un español del reinado de Felipe II, como Miguel de Cervantes, de quien fue estricto coetáneo y con quien compartió cárcel y desdichas”.



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