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GEORGES RIGAULT

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HISTORIA GENERAL

DEL INSTITUTO DE LOS HERMANOS

DE LAS ESCUELAS CRISTIANAS

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TOMO VII

EL FIN DEL SIGLO XIX



TRABAJOS Y LUCHAS DE LOS LASALIANOS



EN FRANCIA

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PARÍS

LIBRERÍA PLON



NIETOS DE PLON Y NOURRIT

IMPRESORES - EDITORES - 8, RUE GARANCIÈRE, 6e


INTRODUCCIÓN


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Los años que intentaremos revivir en estas páginas de historia del Instituto en Francia aparecen, a primera vista, como años ingratos. Ni el lirismo ni la epopeya encontrarían en ellos temas. Dentro de las fronteras de la República - aunque no en los amplios espacios donde colonizadores y misioneros toman su impulso - las existencias parecen encogerse, perder sus colores. La humillación de 1870-1871 sigue sensible en las almas; muchos no buscan olvidarla más que preocupándose por enriquecerse, o mediante el diletantismo de la mente y del corazón. Las verdades de la fe son olvidadas, menospreciadas, contestadas, odiadas. Se pretende edificar una moral independiente del dogma; y no se consiguen más que ruinas. La política interior, que inspira ese agnosticismo, carece especialmente de grandeza: persecutoria, emplea medios subrepticios, procedimientos mezquinos; sofoca lenta y solapadamente a sus víctimas.

Si las tragedias sombrías, los deslumbrantes triunfos llaman la atención, si la Revolución Francesa, el reino de Napoleón I, el siglo de Luis XIV, el Imperio Romano en tiempos de Augusto o bajo la tiranía de Nerón conservan siempre la oportunidad de suscitar el interés apasionado del lector, dudamos que suceda lo mismo con la tercera República. No fue una “belle époque”; fue un “periodo” mediocre, sombrío, sin notable relieve, durante el cual un deslizamiento continuo encamina a los hombres hacia las catástrofes.

Pero tememos emitir juicios temerarios. De lejos, no percibimos más que el espíritu borreguil de la muchedumbre, guiada por malos pastores. Conviene aguzar nuestras miradas. Dios no abandona a sus criaturas. La cizaña se mezcla con el grano bueno: no obstante, el trigo no se marchita bajo los cardos. Jamás, en este mundo terrestre, él subsiste solo. Incluso, cuanto más se manifiesta su fuerza, tanto más se acrecienta la vitalidad del bien. Las enérgicas y nobles personalidades dibujan sus perfiles sobre el fondo gris; los acompaña un grupo selecto, que la ojeada demasiado rápida no había distinguido: quizás en días de tristeza y de opresión, ha retrocedido a los segundos planos. Acerquémonos: recuperará su verdadera importancia. Ya no nos la imaginaremos disminuida, debilitada, reducida a vagas sombras. Constataremos que está preparando su renacimiento.

Entonces no pasaremos distraídos, aburridos. Las miserias de la humanidad merecerían, en todo caso, una inteligente compasión. Su estudio las revela menos desesperantes de cuanto nuestra ligereza lo hacía suponer. Hay que descubrir el fuego bajo la ceniza.

Es algo muy distinto de un pabilo humeante: un fuego ardiente, inextinguible, y que se propaga. ¿Cómo no reconocer su permanencia cuando se cree en el Evangelio? “He venido para encender un fuego en la tierra”, declara Nuestro Señor y manifiesta con cuanta premura ha querido hacer brotar la llama1. La sigue manteniendo siempre...

Sus discípulos no ignoran el trabajo que el Maestro reclama. La consigna no cesa de trasmitirse. A cada generación le queda suficiente generosa obediencia para ejecutarla. Repasando los anales de una grande y ferviente congregación, estamos seguros de verla luchar contra el desaliento, la relajación, la tibieza. Si después de sus avances rápidos, luminosos, gloriosos, bajo la guía del Hermano Philippe, se le presentan caminos difíciles, si debe atravesar desfiladeros donde la acechan sus enemigos, el seguirla por tales sendas no nos causará desilusiones.

El Instituto lasaliano durante tres décadas de la República Francesa - esos son los límites en los que se concentra nuestra tarea. Un generalato muy corto, que en cierto modo es como un anexo, a las glorias y realizaciones del “reino” precedente; luego, al acentuarse las oposiciones de los medios políticos, cuando comienza la persecución y se desarrolla siguiendo un plan sistemático, una sucesión de Jefes, dispuestos al sufrimiento y al combate; fecundos trabajos, en condiciones difíciles; elevadas virtudes, religiosas, profesionales, cívicas, en una colectividad más que nunca fiel a sus orígenes, preciosa para la Iglesia, útil a los pueblos. Y, después de una eficaz contribución a la salvación de las almas, a la cultura de las inteligencias, a la disciplina de las costumbres, a la paz social, el golpe mortal... Unos sectarios que se ensañan en destruir la obra de la que se ha beneficiado toda la nación; la ingratitud y el odio; o platónicos homenajes, alabanzas irrisorias, o acaso hipócritas, hacia aquellos a quienes se va a obligar a la dispersión. Finalmente, en medio del desastre, la voluntad de sobrevivir, la confianza sobrenatural, el germen dotado de una promesa de resurrección.

Amplio cuadro... Para igualarlo a las edades anteriores, se necesitaría el pincel de un Chateaubriand en sus análisis de la historia de Francia. Nosotros, por nuestra parte, no seríamos capaces de llevarlo acabo. Además, demasiado cerca de los acontecimientos que se han ido desarrollando, en sus dos terceras partes, durante nuestra niñez y nuestra adolescencia, correríamos el riesgo de falsear algunas perspectivas: involuntariamente, ciertos rasgos podrán ser exagerados, otros atenuados. La interpretación de hechos apenas entrados en la historia es a veces aventurada. ¡Cuántos riesgos de error para el psicólogo, cuando pretende analizar a sus contemporáneos!

Al menos nos esforzaremos por lograr la imparcialidad, la serenidad. Entre el final del siglo XIX y nuestro tiempo, se ha producido un abismo: dos terribles guerras, incontables ruinas, masacres inauditas, una total conmoción de la humanidad, he ahí con qué crear el retroceso indispensables para las visiones de conjunto... Desenredamos las causas cuyos efectos nos abruman. Pero también, ¡cuántas divergencias, rivalidades, querellas, se reducen a las proporciones de molestos malentendidos! Las antipatías y los rencores se amortiguan, se desvanecen. En cambio, los afectos verdaderos atraviesan las fosas más profundas: aglutinan sus capacidades para alcanzar los objetivos de su fidelidad.

El corazón nunca callará. ¿Por qué dudaría en expresar su agradecimiento, sus admiraciones, sus veneraciones? El sentimiento no está proscrito de la historia cuando conserva el valor de un leal testimonio. E igualmente, la afirmación de una creencia, lejos de hacer sospechoso un relato apoyado por pruebas, muestra al narrador en comunión con sus héroes, dispuesto a comprenderlos, capaz de explicar sus motivaciones y sus actitudes.

Para resaltar los principales rostros, para poner orden en la abundancia de los detalles, no adoptaremos un marco estrictamente cronológico. El tema se presta poco: pide ser tratado en grandes bloques, iluminado en todas sus facetas, y en primer lugar por una luz en cierto modo “interior”. El primer proceso que se impone, es el exacto conocimiento del medio, mediante un estudio de los caracteres y los principios, con una investigación de las conciencias. Al mismo tiempo, hay que examinar los engranajes.

Bajo el título La organización lasaliana, intentaremos proporcionar precisiones relativas al gobierno del Instituto, a sus Superiores, sus Capítulos Generales, sus Reglas, la vida religiosa y la preparación profesional de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, desde el fallecimiento del Hermano Philippe hasta la votación de la ley de 1904.

Entonces podremos presentar La Congregación en relación con la República. Y a la sazón trataremos de la historia de las laicizaciones, el análisis de las leyes sobre la enseñanza, de las medidas fiscales y administrativas, de la supresión de las exenciones militares, el paso a través del arsenal paciente y metódicamente urdido por la Francmasonería para hacer fracasar al catolicismo, para excluirlo, si fuera posible, del destino nacional. Veremos así el fin de las escuelas cristianas que dependían de los municipios y de la Universidad.

Pero inmediatamente se presentará el magnífico edificio: La Obra de los Hermanos en Francia antes de 1904; escuelas libres, pensionados, instituciones técnicas, círculos, asociaciones recreativas, casas de familia, asociaciones de amigos, asociaciones piadosas, organizaciones múltiples, creadas en el momento oportuno, según las necesidades de la enseñanza, de la religión, de la ciencia aplicada a los trabajos cotidianos, y en la línea del progreso material, espiritual, individual y social.

En los albores del siglo XX, los hijos de Juan Bautista de La Salle se cuentan a millares en la patria de su Fundador. Y sus alumnos son, en ese mismo territorio, varias centenas de miles. La exposición universal de 1900 sitúa en primer plano las realizaciones pedagógicas del Instituto. No existen jueces en materia de educación que puedan negar la competencia y la influencia de los Hermanos. Pero precisamente los éxitos obtenidos se van a convertir en el verdadero, el fundamental motivo de agresión de sus adversarios. Una pseudo filosofía y una política partidaria lo recubrirán con diversos pretextos. Se acusará a los maestros religiosos de ser los enemigos del Estado y los deformadores de las mentes. La perfidia diabólica se dedicará a tramar con todas esas piezas el más espantoso escándalo: preludio (que además termina antes de tiempo) a la campaña de prensa contra los religiosos, en los recintos parlamentarios. Y, el 7 de julio de 1904, será pronunciada, por los representantes oficiales de Francia, la inicua condena, que prohíbe a los lasalianos la enseñanza y retira a su sociedad la existencia legal.

Ahora bien, la gran prueba de los hijos habrá seguido de cerca la glorificación del Padre. Coincidencia en el plano histórico; correlación evidente a los ojos del cristiano que medita sobre los designios de Dios. El Tabor y el Calvario son inseparables; el sufrimiento, es, en este mundo, el precio de los triunfos. Esta ley misteriosa se verifica particularmente en la vida del Sr. de La Salle; después de él, sus discípulos deben someterse a ella. 19 de febrero de 1888, 24 de mayo de 1900: tales son las fechas de beatificación y de canonización del Sacerdote-Educador. Cada una de ellas, con doce años de intervalo, da lugar a una serie de fiestas espléndidas. El Hermano Joseph, Superior General que preside la primera de dichas manifestaciones, conocerá tiempos dolorosos, heridas en pleno corazón; el Hermano Gabriel-Marie, colocado al frente de la congregación a partir de 1897, verá cerrarse los establecimientos de los distritos franceses, entre el octavo y el décimo séptimo y último año de su generalato; organizará los éxodos, él mismo tendrá que alejarse de la Casa de la calle Oudinot, centro semisecular de su Instituto, para refugiarse en Bélgica.

Nos despediremos de él hasta nueva orden, en el momento de su salida de Francia. Por supuesto, ese acontecimiento marca el final del presente volumen. El siglo XIX se acaba, en efecto, para nuestros relatos, en el momento en que, aparentemente, ya no queda nada que decir sobre los trabajos y luchas de los Lasalianos en el suelo natal de su sociedad. El siglo XX, al cual, a menudo, no se le atribuye un comienzo auténtico, una realidad distintiva, hasta la apertura del drama de 1914, escapará, quizás, a nuestras investigaciones. Ningún hombre, llegado al umbral de su vejez, podría jactarse de un largo porvenir y, menos aún, de un renovado vigor. Desearíamos únicamente, si Dios quiere, atrevernos a escribir uno o dos volúmenes que nos parecen complemento indispensable a este VII tomo y que formarían la continuación directa del tomo VI: estudio o, más exactamente, amplia síntesis del apostolado de los Hermanos en Europa, América, Asia y África, antes de la definitiva “expansión mundial” de nuestra época. También aquí, la fecha de 1904 señalará un giro de la situación. Pero luego su curso, en lugar de esconderse bajo tierra, se hace tan amplio, se extiende tan lejos, como en una polvareda, en una irradiación tal, que numerosos y sólidos equipos tendrán que dividirse la tarea de investigación.

Ésta, aunque pesada, no superaba las fuerzas de un hombre en la puesta a punto de las páginas que van a seguir. Las bases de nuestra documentación seguían siendo más o menos las mismas que en los días en que abordábamos “la era del Hermano Philippe”. Archivos de la Casa Generalicia en Roma; archivos de un cierto número de distritos franceses, principalmente Béziers, Besançon, Burdeos, Cambrai-Lille, Clermont-Ferrand, Le Puy, Quimper, Rodez1, Saint-Omer, Toulouse; luego, en el primer lugar entre la masa de los impresos, las circulares de los Superiores Generales, con las actas de las sesiones de los Capítulos; las noticias necrológicas, escritas a partir de 1885 (y hasta 1922) por el Hermano Idelphus, un estilista que les da una fisonomía nueva. Sería conveniente añadir a esos interesantes - y a veces muy abundantes - mementos, las biografías publicadas por la Procuraduría General o por diversos editores. El más fecundo y el mejor de los biógrafos que gozaba antiguamente de la confianza de los superiores se llamaba el Hermano Paul-Joseph: psicólogo, filósofo y místico, supo destacar las almas de los Hermanos Exupérien, Arnould, Aidan, Gabriel-de-la-Croix. Maestro en pedagogía - como lo demuestran algunos “manuales” provenientes de su pluma - dedicó una excelente obra al Hermano Auguste-Hubert, director del pensionado de Passy. No pasaremos por alto sus preciosas aportaciones2. Algunas otras las encontraremos en las páginas atrayentes, sabrosas, del llorado Hermano Charles-Marie, que, bajo el pseudónimo de I. de Cicé, ha servido, como buen bretón, como Lasaliano muy fiel, a la causa de la Iglesia, del Instituto, de la juventud cristiana. Finalmente, entre los vivos, nos permitiremos citar, con agradecimiento, al Hermano Albert-Valentin y al Hermano Arthème-Léonce, narradores y retratistas de talento.

Al margen de estos trabajos de largo alcance, no es superfluo ojear las colecciones de efemérides que presentan, para uso de los alumnos, antiguos alumnos, profesores, los orígenes y las vicisitudes de los centros escolares: “Ecos” de los pensionados; boletines de las asociaciones de antiguos alumnos, “recuerdos” de “jubileos” individuales, de cincuentenarios o de centenarios de fundaciones. No se trata, seguramente, de recoger los florilegios retóricos, de reunir las “perlas” de dudoso oriente y las lentejuelas de muy humilde metal. Sino, que se puede descubrir entre todo ello, algunas porciones de oro.

En el mismo rango colocamos las monografías locales: L’Histoire des Frères des Écoles chrétiennes à Sedan, de Henry Rouy, (1892), Les Frères à Espalion, de Lagarrigue (1906), Les Écoles des Frères á Nîmes, de F. Durand (1907), Les Frères à Alais, por el Hermano Théodat-Germain (1908), Le Pensionat San Pedro de Dreux¸ obra de Louis Leter3 (1914), Les Frères à Cambrai, por Dailliez (1923), Le Pensionat Saint-Martin de Tours, por Albert Brault (1930), la escuela de Bellefonds de Ruán, en las páginas del Padre Reneault (1935), Les Frères et ses successeurs à Caillac, notas de “un antiguo alumno” (Alphonse Journés4, Les Frères en Savoie, estudio exhaustivo del Padre Bernard Secret (1944). No pretendemos proporcionar una lista sin lagunas: en la mayoría de nuestras provincias, los amigos de la Congregación Lasaliana, los especialistas de la pedagogía han considerado un honor subrayar los resultados conquistados por los maestros del cuello blanco. Y algunas obras han quedado manuscritas: como la de Anraud Le Méhauté sobre L’École des Frères à Saint-Brieuc1.

Ha sido también necesario examinar cifras, nombres, hechos, en publicaciones de tipo más general, donde los discípulos de san Juan Bautista de La Salle encuentras su debido lugar: por ejemplo en el volumen de Eugène Rendu titulado: Sept ans de guerre; l’enseignement primaire libre à Paris (1880-1886); en el artículo del P. Lesêtre, párroco de Saint-Étienne du Mont: Le bilan des Écoles chrétiennes (Revista del Clero francés, número del 15 de marzo de 1897); en la encuesta de Max Turmann sobre Les Patronages (1899); en los trabajos e informes elaborados con ocasión de la Exposición de 1900, L’Église et les Oeuvres sociales, de Étienne Védie, L’Enseignement industriel et commercial dans les institutions libres catholiques, de Émile Cail.

Religión, educación, apostolado, tales son los temas dominantes, que retenemos, de los libros de Paul Blanchemain sobre Louis Gossin (1880) y sobre Paul Lerolle (1925), de Mons. Baunard sobre Philibert Vrau (1907). La política pasa a un primer plano en los “catorce años” de luchas parlamentarias del Sr. de Gailhard-Bancel (1901-19014). Y tenemos que acudir a él para leer las actas de las sesiones de la Cámara y del Senado, los textos legislativos, y el famoso informe del diputado Fernand Rabier, con prefacio de Henri Brisson.

Para ese panfleto, con un veneno más irritante que peligroso, poseemos el mejor antídoto en la “deposición del Hermano Justinus, secretario general del Instituto, durante la encuesta sobre la enseñanza secundaria”, encuesta oficial llevada a cabo en 1899 bajo los auspicios de Alexandre Ribot. Pero, con el fin de evitar - en la forma que sea - toda sospecha de parcialidad, escribiremos entre el número de los autores que no es inútil escuchar a Alexis Léaud y a Émile Gay que dieron en 1934, dos interesantes volúmenes sobre L’École primaire en France, y un escritor de Burdeos, A. Donis, que escribía, en 1913, L’Historique de l’enseignement primaire public en la capital de la Guyenne. Concebidas con un espíritu muy diferente, las páginas de Milès: Banqueroute des maîtres chrétiens au dix-neuvième siècle, ses causes, ses remèdes, (1904), no dejan de ser una acusación: es importante pues meditarlas.

Las de Georges Goyau sobre L’École d’aujourd’hui (1899 y 1906) presentan algunas consideraciones siempre sensatas. Y entre las obras de conjunto, se pueden consultar con fruto L’Histoire de France contemporaine, de Lavisse (tomo VIII; L’Évolution de la Troisième République, por Seignobos), L’Histoire générale de l’Église, por Fernand Mourret (tomo IX, l’Église contemporaine, 1878-1903), L’Église de France sous la troisième République (tomos II, III, y IV), del R. P. Lecanuet, L’Histoire politique des Congrégations françaises, 1790-1914, del P. Raimbault, Le Prêtre français et la société contemporaine (tomo II, « Vers la séparation de l’Église et de l’État », obra muy sugestiva de J. Brugerette.

Nosotros añadimos una piedra a las construcciones de nuestros predecesores. El edificio no se acabará sin el trabajo de los futuros historiadores.


G. R.

PRIMERA PARTE


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LA ORGANIZACIÓN LASALIANA

CAPÍTULO PRIMERO


EL GOBIERNO DEL INSTITUTO

La Casa Madre de la calle Oudinot. - Los Capítulos Generales; sus atribuciones; la preparación de sus trabajos. - Composición y modalidad de elección de dichas asambleas. - Reedición y puesta a punto de las Reglas. - Los Superiores Generales, de 1874 al principio del siglo XX: el Hermano Jean-Olympe. - El Hermano Irlide. - El Hermano Joseph. - El Hermano Gabriel-Marie. - Los Hermanos Asistentes; su nombramiento, su función, su número. El Hermano Exupérien, primer Asistente. - Los Hermanos Osée, Phileter, Junien, Aimarus, Raphaëlis, Louis-de-Poissy, Cyrus, Apronien-Marie. - El Hermano Réticius y el Hermano Narcellien. El Hermano Périal-Étienne; el Hermano Viventien. - El Hermano Procurador General Dominatoris; los Secretarios Generales de la congregación: el Hermano Cyprus, el Hermano Justinus. - Los Hermanos Visitadores de los distritos; los Hermanos Visitadores provinciales; función de estos últimos en el Instituto. - Las circunscripciones lasalianas en Francia al final del siglo XIX. Los Visitadores de París. - Algunos nombres y algunos rostros del interior de Francia; el Hermano Liacim y el Hermano Just-Joseph en Burdeos; el Hermano Maurice-Lucien en el distrito de Cambrai-Lille. - Algunos perfiles más en bajorrelieve.

En la parte trasera de uno de los pabellones de la calle Oudinot - una vez pasada la entrada del ministerio de las Colonias - se percibe el escudo que lleva la Estrella y la divisa Signum fidei1. Así sigue subsistiendo, en esos lugares, que han cambiado de destino, el recuerdo del Instituto Lasaliano. La Casa Madre, en 1874, sigue igual que al final del Segundo Imperio: largas construcciones bordeando las calles públicas; disimulado por esa muralla, el encantador hotel Montmorin; y sobre el jardín un ala reservada a la enfermería y al noviciado menor. El plan comprendía otros anexos. A partir de los acontecimientos de 1871, los trabajos se paralizaron. No volverán a reiniciarse hasta 1876, a petición del Reverendísimo Hermano Irlide. Uno de los Asistentes del Superior General supervisará la ejecución, de acuerdo con el arquitecto de la ciudad de París; ese Hermano Agapet, que morirá en 1880, supo hacerse entender por las gentes del oficio: les mostró lo que convenía a un establecimiento administrativo y conventual; siguiendo su parecer se realizaron serias modificaciones. En consecuencia, los muros se levantaron sólidos, las diversas partes del los edificios se adaptaron a sus fines, austero decorado suavizado por el ramaje de los árboles y las flores.

Dos estatuas del Sr. de La Salle muestran quien es, después de Dios, el dueño de casa. En el jardín, el Fundador preside las meditaciones y los recreos de sus discípulos; esta efigie, monumental, data de 1875: molde de una obra de Alexandre Falguière, de la que hablaremos en el momento oportuno. En el patio de entrada, el mármol esculpido por Oliva en 1862, inicialmente colocado en el recibidor, acoge a los huéspedes: el Hermano Irlide ha ordenado el traslado, sobre un pedestal que ofrece a cuantos la miran esta frase significativa: “El Evangelio es anunciado a los pobres”. Programa de Cristo, programa de la congregación.

Pero hay que tener cuidado con no dejar en la sombra al “Patrono y Protector”, san José. A partir del 19 de marzo de 1877, se verá su imagen sobre el frontón de la fachada exterior.

No obstante, a ese noble conjunto le falta el edificio principal; o, al menos, no guarda proporción con el marco. La capilla bendecida en agosto de 1851 queda ya reducida para el numeroso personal, Superior, Asistentes, Hermanos de los despachos y del temporal, maestros y alumnos de los noviciados. Se decide una transformación y una ampliación. Los planos, preparados por el Hermano Pierre-Célestin, llevan a realizaciones interesantes, aunque no completas y sujetas a larga duración. Desde mayo de 1879 a abril de 1881, se construyó una nave de bóveda elíptica, que recibe la luz por unas aperturas practicadas en la bóveda y por una cúpula que se alza sobre el santuario. En torno a los laterales hay una tribuna a la que se accede desde la enfermería y desde las dependencias del Régimen. Un equipo de Hermanos pintores, bajo la dirección del Hermano Samuel, el artista de Béziers, decoró enseguida los muros. Luego, en 1887, la bóveda y la cúpula fueron adornadas, la una, con los misterios del rosario, la otra, con los doce apóstoles. En la tribuna figuran el Homenaje a María, Reina del Rosario, y la muerte de san José; en el techo, ángeles portando emblemas; en el órgano, David y santa Cecilia.

Los superiores habían querido que el edificio cantase la gloria de Dios mediante su hermosa disposición arquitectónica y por su rico revestimiento. En los días más solemnes, a la luz de los cirios y de las arañas, esa nave - de doce metros de altura, dieciséis de anchura, y una longitud de treinta y dos - aparecía majestuosa y espléndida.




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