Georges rigault



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GEORGES RIGAULT

_______

HISTORIA GENERAL

DEL INSTITUTO DE LOS HERMANOS

DE LAS ESCUELAS CRISTIANAS

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TOMO VI

LA ERA DEL HERMANO PHILIPPE

* *

EL INSTITUTO EN LAS NACIONES

___


PARÍS

LIBRERÍA PLON



NIETOS DE PLON Y NOURRIT

IMPRESORES - EDITORES - 8, RUE GARANCIÈRE, 6e


INTRODUCCIÓN


_______

He aquí el segundo aspecto de la Era del Hermano Philippe. Nuestro volumen precedente estudiaba la historia del Generalato en Francia. Éste muestra el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas extendido por las naciones. Evidentemente, este VI tomo va ligado al tomo V: el mismo hombre cubre con su nombre y su autoridad la obra francesa, los inicios de la expansión mundial. Nos encontraremos aquí, en torno al superior, las figuras conocidas de algunos de sus auxiliares. No volveremos a repetir los principios fundamentales de una vida religiosa y de una pedagogía que son practicadas con el mismo espíritu, con la misma conciencia, con la misma efectividad, en París, en Roma, en Bruselas, o en Montreal.

Ya, a lo largo de nuestro recorrido, hemos echado algunas miradas sobre los horizontes del otro lado de los montes, o de ultramar. La sociedad del Sr. de La Salle, desde sus orígenes, tendió siempre a superar las fronteras políticas, a mostrarse universal. Como hija de la Iglesia, reproduce los rasgos maternales: más claramente, a partir de su edad madura. Merece ser llamada, en el sentido obvio de los términos, católica, apostólica y romana. Semejante definición anuncia exactamente nuestros próximos relatos; y puesto que el Hermano Philippe trabajó en la salvación de los pueblos bajo la mirada del Papado, en colaboración y de acuerdo con el Vicario de Jesucristo, nos parece conveniente colocar en la primera de dichas páginas el retrato de Pío IX. ¿Acaso el Generalato no se desenvuelve sobre un plano a la vez paralelo y subordinado a las líneas esenciales del Soberano Pontificado? El año 1792 vio el nacimiento de Jean Mastaï y de Matthieu Bransiet; el gobierno del Superior, el reinado del Papa, duraron, ambos, más de treinta años y, por así decir, se han “superpuesto” cronológicamente, casi desde el principio hasta el final. Que al modesto, grave y piadoso rostro del Hermano Philippe corresponda, como antaño en las audiencias del Vaticano, la sonrisa y la majestad de Pío IX, es una manera de resumir simbólicamente los hechos históricos1.

Por añadidura, Roma se nos presentará, como significativo y vivo decorado, en el mismo momento en que entran en escena nuestros protagonistas. En ella detendremos prolongadamente nuestra atención; posteriormente se quedará como un lejano telón de fondo, sin nieblas, inmutable y bien visible. Ella crea la unidad de lugar y la unidad de acción, en un drama de múltiples peripecias, de contingencias sin número.

Hay que admitirlo, el libro corre el peligro de dar una impresión poco favorable: será considerado, sin duda, compuesto de piezas y trozos. El lector es paseado por Europa y América, por Asia y África, en busca de la geografía y de la historia, y no en razón de un desarrollo lógico, de una progresión continua. Los acontecimientos se suceden y se encadenan con orden en el pensamiento divino. Pero nosotros los hombres, a menudo, no vemos más que el revés de la trama y nos la imaginamos pasablemente descosida. La Congregación Lasaliana no se propone metódicas implantaciones sobre el globo terráqueo: permanece a la escucha, con el fin de recoger las llamadas de la Santa Sede, del episcopado, de los poderes civiles. Siempre lista para el trabajo, si sus obreros no están agotados y si las estipulaciones de los contratos se armonizan con los reglamentos dejados por su Fundador.

Una cierta dispersión de esfuerzos y, en consecuencia, una cierta diseminación en los resultados parecen inevitables. En realidad, la prudencia de los jefes se negó, de ordinario, a los compromisos prematuros. En las ocasiones en que fue preciso intentar lo imposible, será el “todo sea por Dios” del piloto creyente, y no el “Alea jacta est” del fatalista, lo que precederá el golpe de timón.

Además de las directivas romanas, el origen y la formación de los Hermanos enviados por todo el mundo constituyen serias garantías de cohesión, de perseverancia y de éxito. En la época del Hermano Philippe, el reclutamiento del Instituto conserva un carácter muy “nacional”: el superior está rodeado por compatriotas; los ve y los juzga en sus actuaciones; utiliza sus actitudes según las circunstancias, en el interior o más allá de las fronteras francesas. Para fundaciones en nuevos territorios, como es natural, puesto que hay que enviar hombres que comiencen las obras. Pero también en regiones donde ya los Lasalianos han suscitado vocaciones, esbozado sobre el lugar el programa de sus conquistas sociales y cívicas.

No obstante, aún salvaguardando perfectamente la unidad, conviene que en cada país el Instituto adquiera la fisonomía local; es justo que las órdenes y las responsabilidades correspondan a los autóctonos. Hacia la mitad del siglo XIX, esa legítima evolución, se realiza - o está en vía de realización - en Italia, Bélgica, Canadá, Estados Unidos. Se realizará en Alemania con una notable facilidad.

En cuanto a los países de misión, continuarán por mucho tiempo aún recurriendo a los religiosos del mundo cristiano. Pero en las Indias, en Indochina, incluso en Madagascar, veremos florecer en su propio terruño las humildes promesas de futuras cosechas.

Sean cuales sean, además, su nacimiento y su raza, los hijos de san Juan Bautista de La Salle se elevan por encima de los particularismos, por amor de Dios, por amor al prójimo. Poseen, a la vez, una gracia de estado que les permite comprender las psicologías más diversas, adaptarse a los lugares y a los seres, así como el asimilar los idiomas. En tal “universalismo”, es la Iglesia, y es también Francia, nación de amplia humanidad, lo que aparece. Las verdades morales y dogmáticas no cambian según las latitudes: de modo semejante, la Regla del Fundador, lealmente observada, gobierna la existencia de las comunidades bajo todos los climas.

Algunas cifras darán una idea de los progresos realizados por el Instituto entre 1838 y 1874 fuera de su territorio primitivo: al principio del Generalato del Hermano Philippe, se contaban cuarenta y dos escuelas en los países “extranjeros”; en el momento del fallecimiento del ilustre Superior, las estadísticas muestran un total de doscientas setenta y seis fundaciones: ciento seis en Europa, veintiséis en Asia, cuarenta y tres en África, ciento una en América1. O sea más del tercio de las casas colocadas bajo el reino de la “Estrella” lasaliana.

En 1849, el Estado Pontificio, Piamonte, Saboya, Bélgica, América y el Oriente forman el conjunto de las seis “provincias” situadas más allá de las fronteras de la República Francesa. En 1873, la circular que convocaba el XXIII Capítulo de la congregación enumera de la siguiente manera los doce distritos que van a elegir delegados, además de los representantes designados por los profesos de Francia: Argelia y Túnez; La Reunión, Mauricio, Madagascar y Seychelles; Italia; Bélgica; Alemania; Inglaterra; Cochinchina y las Indias; Montreal; Nueva York, Saint-Louis, Nuevo Méjico y Nueva California; Ecuador2.

Para nuestro trabajo, formaremos tres grupos: el de Europa, el de América, y el de los Países de Misiones. El tercero presenta un cierto número de rasgos especiales; los señalaremos en la última parte de esta obra, después de haber reservado la primera y la segunda para la historia del Instituto en las naciones cristianas.

La tarea era complicada: se trataba de ubicar a nuestros héroes no solamente en el ambiente de su siglo, sino de su medio humano y en su marco geográfico. Había que recorrer casi toda la tierra, al menos en espíritu, bajo la conducción de los guías más experimentados para cada nación, para cada lengua.

Los archivos de la Cada Generalicia, en Roma, explorados de nuevo inmediatamente después de la Liberación europea, encierran abundantes riquezas. La documentación que nos han proporcionado centuplicaba un tesoro de informaciones, formado por nuestras tareas a la sombra de los años cautivos: publicaciones del Instituto de los Hermanos, noticias necrológicas, biografías, históricos de los establecimientos, artículos del Bulletin des Écoles chrétiennes y de la Rivista lasalliana, circulares impresas de los superiores, trabajos de conjunto a propósito de los países abiertos a la congregación; especialmente para Bélgica los volúmenes, ya utilizados, de Félix Hutin; para el Canadá, las páginas tituladas La Obra de un Siglo.

Y luego, de Alemania, de Inglaterra, de Argelia, nos llegaban preciosas indicaciones; ya veremos cuales, a lo largo de los próximos relatos. Bélgica, una vez más, nos colmaba; se nos proporcionó la oportunidad de estudiar todo sobre el terreno, al igual que en Italia. En cuanto a Estados Unidos, Ecuador, Madagascar, Oriente Próximo y Lejano Oriente, ellos poseían y nos ofrecían, en la Via Aurelia, carpetas llenas de correspondencia y de notas contemporáneas de los acontecimientos.

Una vez diseñado el decorado por medio de los variados colores que se ponían a nuestra disposición, nos hemos esforzado por dar vida a los diversos personajes, sin olvidar las actuaciones del coro, los rumores de la multitud.

Al Hermano Philippe, ya le dirigimos nuestro postrer adiós. Pero, nuevamente volveremos a vislumbrar su silueta en las alturas, cuando, más adelante, avancemos hacia las “tierras prometidas” hacia donde él guía a su pueblo.


G. R.

PRIMERA PARTE


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EL INSTITUTO EN EUROPA

CAPÍTULO PRIMERO


ITALIA

Situación del Instituto Lasaliano en la península; la cuestión política y la cuestión religiosa. - Últimos años del Papa Gregorio XVI; nuevas fundaciones de escuelas en los Estados de la Iglesia; Viterbo, Castelgandolfo. Comienzos del reinado de Pío IX. - Algunas miserias humanas; el asunto del hospicio de las Termas. - La Revolución de 1848; la República Romana y la expedición francesa de 1849. - La misión del Hermano Leufroy; conclusiones del investigador; dimisión del Hermano Vicario General Pío. - Su sucesor, el Hermano Floride; papel del Hermano Irlide en Italia. - Dificultades a ser vencidas, problemas a resolver; consecuencias del decreto de 1835. El establecimiento educativo de Santa María ai Monti; actitud del Soberano Pontífice con respecto a los Hermanos. - Fundación de un colegio francés en Roma: el Hermano Siméon. - El Estado Pontificio entre 1850 y 1859. Escuelas y maestros de la “provincia romana”. Los Hermanos en el Piamonte; su instalación en diversas ciudades en los tiempos del Hermano Anthelme. - El Hermano Hervé-de-la-Croix: sus relaciones con Juan Bosco; sus trabajos a partir de 1844. Colaboración de los Hermanos con el gobierno sardo; la preparación pedagógica; las “escuelas nocturnas”. El rey Carlo-Alberto en 1858-1849; llegada de Victor Emanuele II; la “regeneración”. Iniciativas lasalianas. La cuestión del servicio militar. Movimiento hostil a las órdenes religiosas; escuelas cerradas. Los Hermanos excluidos de las escuelas municipales de Turín. – Las escuelas del ducado de Parma. El Hermano Pierre-Chrysologue profesor del joven duque Robert. - Los príncipes de la casa de Este y los Lasalianos en el ducado de Módena. - Los acontecimientos de 1859; el reino de Italia (1860); posición de los Hermanos en el nuevo Estado. Las pruebas del Hermano Hervé-de-la-Croix- en Reggio Emilia; su salida hacia Francia. - La cuestión del colegio San Primitivo, en Turín. La ley del 7 de julio de 1866 contra las congregaciones. Los Hermanos de Turín deben abandonar el hábito de su Instituto. El Hermano Genuino, Visitador del Distrito, organizador del colegio San Carlo. - Las provincias pontificias anexadas al reino; hecatombe de las escuelas cristianas. El triste proceso de Loreto. Los Hermanos se mantienen en Benevento. - Roma y el patrimonio de San Pedro hasta 1870: la convención franco-italiana de septiembre de 1864; sus consecuencias. Los Hermanos en torno a Pío IX; la escuela del Trastevere; el colegio del palacio Poli. - Roma, capital de Italia; posición de los católicos. Pío IX frente a la nueva Italia. Los Hermanos Vicarios Generales. Obras que continúan; el noviciado de Castelgandolfo. La casa de San Antonio. El colegio del Hermano Siméon. Situación en los últimos años del Hermano Philippe.


Colocar en el umbral de esta nueva obra los establecimientos lasalianos de Italia no precisa una larga explicación. Conservan el derecho de primogenitura con respecto a todas las fundaciones que han surgido más allá de las fronteras francesas. Se vinculan, con Juan Bautista de La Salle y su discípulo Gabriel Drolin, al centro de la catolicidad.

Sin embargo, ¿por qué no tomaron, durante una existencia ya más que secular en 1838, un desarrollo semejante al que hemos observado en la patria del Fundador, rápido como el que estudiaremos en otras regiones del mundo?

No ocultemos las causas antiguas: mediocridad de los recursos materiales; indiferencia del pueblo con relación a la enseñanza, y en las instancias más elevadas, desconfianza a propósito de una enseñanza que trataría de superar los conocimientos elementales1; reclutamiento difícil para una congregación que prohíbe los honores eclesiásticos y cuya regla austera exige absoluto desprendimiento, desprecio de toda gloria humana.

Hay que reconocerlo francamente: el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas no se aclimató sino lentamente en la península. No es autóctono, sus formas siguen siendo extrañas a las costumbres locales; el espíritu que lo inspira sorprende inicialmente a muchas almas del otro lado de los montes; sin duda, capta algunas vivamente, irrevocablemente: orientándolas por las vías evangélicas producirá excelentes religiosos para la familia espiritual del Sr. de La Salle. Vendrá el día en que la pedagogía del genial fundador será muy bien comprendida, hábilmente practicada, incluso llevada a una especie de perfección, en Italia. Pero no se obtendrán tales resultados sino al precio de meritorios esfuerzos.

Por mucho tiempo, los obstáculos se levantan, numerosos, sobre la ruta. La parcelación política se opone a una obra de conjunto. Las quejas, las agitaciones que provoca la retrasarán de todas formas. Durante el siglo XIX, demasiados acontecimientos se suceden, desde los Alpes hasta Sicilia, como para que los apóstoles de la educación realicen progresos sin sobresalto. Lo que apasiona a la opinión, es el sueño de independencia y de unidad; es la lucha contra Austria, la expulsión de los “bárbaros”, la creación de un Estado nacional con el que Europa deberá contar.

La Iglesia no carece de fieles entre los teóricos y los jefes del Risorgimento: baste recordar los nombres de Silvio Pellico, Massimo de Azeglio, Gioberti, Sin embargo otros, la acusan de no prestarse al gran movimiento patriótico; hasta de temer las últimas consecuencias. El Papa, en su dominio temporal, ¿no es uno de los príncipes alcanzados por la revolución liberadora? Gioberti propone, ciertamente, ponerlo al frente de una confederación de reinos y de ducados. En ese caso, la nueva Italia parecería menos como una potencia armada que como una persona moral. Solución incompleta y decepcionante a los ojos de muchos. El carbonarismo, hostil a la religión, deseó la aniquilación de la monarquía pontificia. Mazzini, aun repudiando los procedimientos sectarios, se inclina por la República: una República con Roma como capital.

Y los hombres que van a dar su confianza a la dinastía de Saboya se propusieron el mismo objetivo. Quieren resucitar la antigua Roma, con su fuerza, su prestigio. Los soldados piamonteses le servirán de instrumento. ¡Que su rey no se ande con escrúpulos! Aunque pretenda seguir siendo cristiano, hará callar su conciencia para subir al Capitolio.

De ese modo, un problema de tipo religioso se encontrará mezclado a la cuestión italiana. El plan de los patriotas no puede ejecutarse hasta el final sino es mediante la expoliación de la Santa Sede. En consecuencia, a los enemigos del catolicismo les resultará fácil arrastrar a los gobiernos y las multitudes. Su actuación se asociará estrechamente a los entusiasmos nacionalistas. El programa de reformas políticas implicará apoderarse del patrimonio eclesiástico y monástico, medidas de rigor contra la Iglesia considerada como refractaria a los deseos del país.

Tampoco las escuelas se librarán. Tendrán que vivir en medio de las revueltas y de las guerras; verán partir hacia el destierro a soberanos que las protegían. Asistirán a las invasiones, a las derrotas, a las ocupaciones extranjeras. Los cambios de régimen, las anexiones que beneficiarán al Piamonte serán seguidas de desgracias para los maestros lasalianos. Algunos establecimientos escolares desaparecerán. Otros conocerán nuevos comienzos. A veces, en condiciones difíciles, que exigirán heroísmo. La pobreza se convertirá en miseria, en un tiempo en el que las finanzas públicas decaen, en el que la carga de los impuestos pesará excesivamente sobre todas las fortunas.

No obstante, el pequeño grupo de los educadores religiosos no sucumbirá a la desgracia. Si sufre persecuciones, conservará a cambio muchas simpatías. Los católicos acudirán en su ayuda. Hasta las autoridades civiles le manifestarán respeto, en diversas circunstancias tendrán hacia él, algunas atenciones. La prueba, fatal para los débiles, traerá para los más valientes un aumento de fuerza.

En definitiva, los Hermanos mantendrán sus posiciones principales a orillas del Po así como sobre los bordes del Tíber. Continuarán irradiando, en Turín, sobre la Italia del Norte. Bajo la protección del Soberano Pontífice, cumplirán con seguridad su tarea en la Italia central, hasta aquel 29 de septiembre de 1870 en el que, al abrirse la brecha cerca de la Porta Pía, Roma cesará de pertenecer, materialmente, al Vicario de Jesucristo.


*

* *
En 1838, Gregorio XVI reina desde hace siete años. Ha tenido siempre para con los Hermanos una solicitud muy atenta, una bondad paternal, aunque claramente autoritaria1. A las tres casas que existían en la ciudad en el momento de su llegada, - Trinità dei Monti, San Salvatore in Lauro, Santa Maria ai Monti - el Papa ha añadido el Orfanatrofio delle Terme y la escuelita del Esquilino. La de Ripetta se abrirá en 18402. La modesta enseñanza impartida a los niños del pueblo, las reformas realizadas con paciencia y éxito, en el establecimiento cercano a Santa Maria degli Angeli, causan satisfacción a la Sede apostólica. Las buenas palabras y las sonrisas del viejo Pontífice no les faltan a los “Fratelli” en esas visitas familiares que a los jefes de la Iglesia les gusta prodigar, para satisfacción de sus súbditos.

También, Gregorio XVI se muestra dispuesto a proporcionar nuevos campos de trabajo al Instituto. Fuera de los muros de la ciudad, se felicita por los resultados obtenidos en Orvieto, Bolsena, Spoleto, Benevento, Velletri. Razón de más para extender la obra. Viterbo tendrá una escuela desde finales de 1838: el Hermano Gregorio di Gesù recibe la misión de organizarla. Es un maestro aún joven: durante tres años, se ha entregado, en calidad de enfermero, a los pequeños enfermos de las Termas. A una caridad muy tierna suma la prudencia y la sabiduría; cuida las almas con la misma ciencia que los cuerpos. En el puesto al que es enviado, se encuentra en presencia de naturalezas incultas: tropel de golfillos pringosos, andrajosos, salvajes, lanzando piedras por las calles. La civilización se inaugura con él en los barrios pobres de Viterbo. Después de ese ensayo que le hará sobresalir, se le podrá confiar la dirección de la Trinità dei Monti: el Hermano Gregorio ascenderá a los primeros puestos de la congregación, en el estado romano3.

Encuentra un émulo en la persona del Hermano Pio-di-Santa-Maria. El antiguo Vicario General recibió con humildad la orden del Reverendísimo Hermano Anaclet que lo colocaba como súbdito del Hermano Giuseppe4. Siendo siempre muy estimado por sus cohermanos italianos, altamente apreciado por los dignatarios eclesiásticos, se encierra inicialmente en su empleo den Santa María delli Angeli. Allí, desde 1835 a 1839, demuestra una exactitud y una aplicación semejantes a las que, en otro tiempo, le valieron la adhesión de los novicios de Orvieto. Luego, a pesar de las fatigas y de una salud precaria, colabora con el Hermano Giuseppe en la creación de las casas de Sinigaglia, de Ancona, de Loreto. De buena gana reside en esta última ciudad, dichoso de poder rezar a menudo dentro del célebre santuario. La sombra que pasó sobre su reputación se disipa. No se ve en él más que el religioso fervoroso y mortificado. Las virtudes del asceta se asocian al celo del apóstol, sin perjudicar a la natural distinción que Luigi Ribotti conserva como herencia de la raza5. A falta de talentos superiores, posee el espíritu de fe; aparece como modelo de la regularidad. No está lejos la hora en la que el Hermano Philippe juzgará posible devolver al Hermano Pio las funciones que el mismo ejercía en 1832.

Antes de los establecimientos de Loreto y de Ancona, el Papa había decidido manifestar, de manera característica, su benevolencia hacia los Lasalianos. En 1841, los instalaba en el territorio de Castelgandolfo, donde él mismo, tomaba su descanso durante los meses de verano. En ese hermoso lugar de los montes Albanos, el blanco castillo construido por Carlo Maderna, emerge sobre el lago, una profunda depresión. Al igual que sus predecesores de los siglos XVII y XVIII, Gregorio XVI disfruta de la frescura, la calma y el encanto de esos lugares. Pero el Hermano Gioacchino, el sustituto del Hermano Pío en el hospicio de las Termas, se atreve a pedir un asilo en la cercanía para los maestros sobrecargados por las largas horas de clase, para los ancianos que sufren del agotamiento del ambiente romano.

El Pontífice escucha favorablemente la petición. Pone a disposición de los Hermanos un edificio que perteneció a la familia Cybo y que Clemente XVI adquirió en 1773, al último cardenal de ese nombre. El Hermano Vicario Giuseppe, conmovido por un gesto tan generoso, propone entonces crear una escuela en ese lugar. Un breve del 21 de junio de 1841 da la respuesta esperada: “Hemos sabido que el en pueblo de Castelgandolfo los niños no están convenientemente instruidos en las letras, en la doctrina cristiana, en las máximas que forman para las buenas costumbres... Su educación será confiada a los Hermanos... Cuatro personas formarán la comunidad... Se alojarán en el palacio Cybo”.

Una renta anual de trescientos escudos es asignada a los maestros. La municipalidad suministrará las dos terceras partes, el tesoro pontificio se encargará del complemento. Se obtuvo del riquísimo duque Torlonia todo el mobiliario escolar.

El 18 de julio siguiente, se celebraba la solemnidad de la apertura. Y una regulación del 21 de diciembre obligaba a los habitantes a llevar con puntualidad a sus hijos a la casa de los Hermanos. Gregorio XVI manifestaba mucho interés en la fundación. Pudo conocer su éxito, que se ha prolongado hasta nuestra época1.

Cuando murió, varias ciudades más del Lazio, de Umbria, de Romagna2 - y, entre ellas, la antigua Ravenna - estaban provistas igualmente con escuelas cristianas, elementales y gratuitas. Era de justicia reconocerle al difunto que, en la medida de sus recursos y con un personal de pedagogos abnegados, pero poco numerosos, se había esforzado por extender la enseñanza entre su pueblo.

La “Joven Italia”3, lo consideraba, no obstante, como un déspota, un retrógrado, asociado con el imperio austriaco. La elección para el soberano pontificado del cardenal Giovanni Maria Mastai pareció anunciar una nueva era. Pío IX, papa de cincuenta y cuatro años, vigoroso, afable, alma muy noble, de buen carácter, ¿no iría a abrir las puertas del futuro? Los patriotas hablaban de él con entusiasmo; el himno Viva Pio nono resonaba por toda la península.




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