García M. Colombás, m b. La lectura de Dios Aproximación a la lectio divina



Descargar 200.05 Kb.
Página7/10
Fecha de conversión24.02.2018
Tamaño200.05 Kb.
Vistas535
Descargas0
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10
46


182

la muerte'» . Los textos bíblicos brotan, se juntan, se entrelazan con toda naturalidad. Se ve

183

que el autor los ha meditado largamente, los ha revuelto en su corazón, los ha asimilado convir­tiéndolos en sustancia de su propio ser. Y «de la abundancia del corazón habla la boca».

El Señor—Jesucristo— busca «un obrero entre la multitud a la que lanza su grito de llama­miento». Es la vocación personal, que el autor descubre leyendo el salmo 33. Jesucristo le habla de corazón a corazón. Tras la invitación general: «Venid, hijos: escuchadme; os instruiré en el temor del Señor» (v. 12), pregunta: «¿Hay alguien que quiera vivir y desee pasar días próspe­ros?». (v. 13); a lo que él contesta: «Yo». El diálogo se ha establecido. Jesucristo, sirviéndose del mismo salmo 33, acepta esta respuesta a su llamada y sigue diciendo: «Si quieres gozar de una vida verdadera y perpetua, 'guarda tu lengua del mal; tus labios, de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella' (v. 14-15). Hasta aquí se cita literalmente el salmo. La continuación se inspira en él (v. 16) y en Isaías 184. El Señor, en efecto, prosigue diciendo: «Cuando cumpláis todo esto, tendré mis ojos fijos sobre vosotros, mis oídos atenderán a vuestras súplicas y antes de que me interroguéis os diré yo: 'Aquí estoy'». El padre y maestro, al llegar a este punto culminante, no puede contener su emoción y prorrumpe en estas palabras: «Hermanos amadísimos, ¿puede haber algo más dulce para nosotros que esta voz del Señor, que nos invita? Mirad cómo el Señor, en su bondad, nos indica el camino de la vida».

185

El camino de la vida conduce al Reino. Pero, se nos advierte, «hemos de saber que nunca podremos llegar allá a no ser que vayamos corriendo con las buenas obras». Nuestro padre y maestro no quiere que nos fiemos sólo de su palabra; nos remite a Jesucristo, «Preguntemos al Señor», nos dice. Él mismo lo ha hecho recorriendo, con una lectura personal, el salmo 14. De nuevo estamos haciendo «lectura divina». El salmo 14 pone en nuestra boca, en la boca de cada uno de nosotros, la pregunta: «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y descansar en tu monte santo?.» (v. 1). «Escuchemos, hermanos»—recalca el autor— «lo que el Señor nos respon­de a esta pregunta». Jesucristo, en efecto, responde, nos contesta: «Aquel que anda sin pecado y practica la justicia; el que habla con sinceridad en su corazón y no engaña con su lengua; el que no le hace mal a su prójimo»... (v. 2-3). Y prosigue el Señor hablando a su discípulo con frases tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento—no importa, siempre es él quien habla en am­bos— sobre tema tan trascendental. La conclusión es esta: «Hemos preguntado al Señor, herma­nos, quién es el que podrá hospedarse en su tienda y le hemos escuchado cuáles son las condicio­nes para poder morar en ella».

186

El prólogo de la Regla de san Benito, como tantas obras de la Antigüedad y de la Edad Media cristiana, nos revela cómo leían la Biblia nuestros Padres en la fe.



182

Sal 33,11.

183

Jn 12,35.

184

Is 58,9; 65,24.

185

R Bpról., 12-20.

186

R Bpról., 22,39.

Capítulo X: Frutos
47


Ya queda dicho que la lectio es una lectura desinteresada. Se lee por leer. Se penetra en la lectura como si se entrara en la sala de audiencia de Dios, de Jesucristo. Lo que interesa es estar con Dios, con Jesús; escuchar su voz para responderle primero, en la misma lectio, con palabras y luego, a lo largo de la vida, con obras. Pero todo esto no significa que el hombre no recoja otros frutos de su diálogo con Dios, además de la gran merced de haber sido recibido en audiencia.

Muchos y muy sabrosos son los frutos de la lectio divina. Según san Benito, nos conduce a la perfección; según san Bernardo, nos infunde sabiduría; según san Ferreolo, engendra el fervor espiritual; según Bernardo Ayglier, disipa la ceguera de la mente, alumbra el entendimiento, sana la debilidad del espíritu, sacia el hambre del alma, engendra la compunción de corazón187. Resumiendo los frutos de la «lectura de Dios» entre los monjes antiguos, se ha escrito: «La lectio divina era el paraíso del monje, el lugar de sus deleites espirituales. Ella le consolaba en sus pruebas, le purificaba de sus pasiones, le mantenía fervoroso en el servicio divino y le procuraba las lágrimas de la compunción, la voz de su oración y el alimento de su contemplación» . La

188

lista, sin duda alguna, podría alargarse fácilmente. Imposible tratar aquí de todos los frutos de la lectio; veamos, al menos, algunos de los más sobresalientes.



Una mentalidad bíblica

Puede decirse en primer lugar que el contacto personal, asiduo y profundo con la Palabra de Dios engendra en el lector lo que se ha llamado una «mentalidad bíblica». Las ideas, las expre­siones, las imágenes de la Escritura se convierten cada vez más en su patrimonio espiritual. Su fe se nutre de las verdades de la Biblia; su vida moral se ajusta a los preceptos, directrices y modelos contenidos en la Biblia; sus ideas e imaginaciones, tantas veces inútiles y aun peligro­sas, son sustituidas con gran ventaja por las ideas y las imágenes de la Biblia, es decir, por las ideas y las imágenes de Dios, de Jesús, de los amigos de Dios. Uno se acostumbra a pensar como naturalmente en las realidades de la salvación, se eleva con facilidad a ellas. Piensa y habla con la Biblia y como la Biblia. A imitación de Cristo, halla en la Biblia un arsenal de armas con que vencer la tentación. La Biblia, en una palabra, llega a formar parte integrante de su personalidad, o por mejor decir, ésta termina por ser transformada por la lectura de la Biblia. Casiano, entre otros muchos, aconseja: «Una vez arrojada toda preocupación y todo pensamiento terrestre, aplícate con asiduidad y sin intermisión a la lectura sagrada, hasta que la incesante 'meditación' impregne tu espíritu y, por así decirlo, la Escritura te transforme a su semejan­za».

189

187

Bernardo Ayglie r, Speculum monachorum, ed. H. Walte r, Friburgo de Brisgovia, 1901, p. 200.

188

G. M. Colombás, El monacato primitivo, II , Madrid, 1975, p. 357.

189

Casiano, Conl. 14,10.

Una total renovación
48


En la «lectura divina», efectivamente, ocurre lo que dice san Ireneo: Dios nos coge con sus dos manos, la Palabra en el exterior y el Espíritu en el interior. Y nos cambia radicalmente. Que la lectio representa en la vida espiritual un papel purificador, es una afirmación constante de los Padres y los autores monásticos. Que la Biblia nos ayuda eficazmente a proseguir con esperanza el combate espiritual, lo afirma el propio san Pablo: «Es un hecho que todas las antiguas Escritu­ras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que, entre nuestra constancia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza» . A este propósito escribía san Basilio de

190

Cesárea: «Como tienes el consuelo de la Sagrada Escritura, no tendrás necesidad de mi ni de nadie para apreciar lo justo, pues te basta con poseer el consejo del Espíritu Santo y su guía para el bien» . Que la lectio constituye un precioso instrumento de reforma, de renovación y de

191

progreso espiritual, lo demuestra apodícticamente la historia, especialmente la historia monásti­ca. En la Regla de San Benito toda mención de la lectura suele ir acompañada de la idea de edificación. La lectio, en efecto, edifica, construye el alma, en el sentido fuerte del verbo latino; porque el hombre es lo que lee. El «hombre nuevo», que empezamos a ser en el bautismo, llega así a su madurez. El monje fiel a la práctica de la lectio se convierte en «hombre de Dios», servi­dor y testigo de la Palabra; un «hombre de Dios» sensible a su presencia y a las inspiraciones de su voluntad, «lleno de su Espíritu de sabiduría, solícito a la santa alabanza, dispuesto a servir a Dios en todas las circunstancias de la vida de comunidad y ser testigo del Señor por medio de su vida».

192

Todos los que, fascinados por la Palabra de Dios, entran en la escuela de esta Palabra y per­severan en ella, realizan el famoso tema de Orígenes, desarrollado por san Bernardo y otros autores espirituales: «concebir la Palabra en el corazón». Dice Orígenes: «No podrías ofrecer a Dios algo de tu mente o de tu palabra si primero no concibes en tu corazón lo que fue escrito»193. ¿Qué quiere decir con esto? Que para ser interlocutores válidos de Dios es necesario que la Escritura esté enraizada en nosotros, que la Escritura se haya convertido en nuestra propia sus­tancia, o, lo que es lo mismo, que Cristo, Palabra de Dios, se haya formado en nosotros. ¿No es ésta la verdadera meta de la «lectura divina» como de todo el conjunto de elementos que integran la vida cristiana? ¡Concebir la Palabra de Dios en el corazón! La Palabra salvadora, acogida en las debidas condiciones, forma a Cristo en nosotros, nos hace, de verdad, cristianos.

190

Rom 15,4.

191

San Basilio de Cesárea, Ep. 283: PG 32,1019.

192

Congreso de los abades benedictinos de Í967, en Cuadernos monásticos 11 (1976) 390.

193

Orígenes, Hom. 13 in Ex., 3.

Una piedad objetiva
49


La lectio divina, además, confiere a la piedad un carácter objetivo. Lejos de basarla en imagi­naciones y sentimentalismos inconsistentes, la edifica sobre hechos, modelos y misterios reales con que el cristiano procura identificarse. La centra en Dios, o más exactamente, en Cristo y en la Santísima Trinidad. Iñaki Aranguren, con estilo incisivo, ha escrito que sin la lectio divina en el sentido más propio de la expresión —lectura de la Palabra de Dios contenida en la Escritura­ «la oración contemplativa caería en el nihilismo, en el más calenturiento subjetivismo o en la sensiblería más patológica».

194

Una vida de oración

La «lectura divina» favorece y vivifica la vida de oración.

Los monjes antiguos la apreciaban en primer lugar como una disciplina para concentrar sus pensamientos, impidiendo el vagabundeo del espíritu, por usar una expresión de Evagrio Póntico195 Además, procura la paz, la serenidad, la consolación, sin las cuales la vida de ora­ción carece de asiento. La interpretación de las cosas visibles e invisibles, de la vida y de la historia humana, «desde el punto de vista de Dios», que procura la lectura de la Biblia; el cono­cimiento del designio de Dios sobre la humanidad y sobre cada uno de los hombres, designio que consiste en el deseo de comunicarse al hombre, unirse a él, prolongar hasta él la comunión de vida que constituye el misterio íntimo de Dios, produce en el alma una gran paz. El lector creyente y asiduo de las Escrituras sabe, con certeza inquebrantable, que alguien piensa en él, que alguien sale a su encuentro, que alguien está con él. Su alma se siente fortalecida como con la presencia de un Amigo. Todo esto, claro es, fomenta una vida de unión consciente, intensa, con Dios.

Una experiencia de Dios

Más aún: la lectio divina, practicada con fidelidad, produce la experiencia de Dios.

«Experiencia» es un vocablo utilizado abusivamente en tiempos modernos. En realidad, no implica nada esotérico. Significa simplemente la «gracia de oración íntima», el affectus divinae gratiae de que habla san Benito , el paladear y saborear las realidades divinas, como enseña

196

constantemente la tradición patrística. Es cierto sentimiento de estar unido a Dios por medio de Cristo en la oración.



194

I. Aranguren

(1972) 258.

, Realización humana de una vida en exclusiva para la oración en Surge 30

195

Evagrio Póntico, Prácticos, 6: PG 40, 1224.

196

10. RB 20,4.

La oración, la oración viva y verdadera, que brota al contacto de la Palabra de Dios, es uno de sus mejores frutos. O, más bien, forma parte de la lectio. Como también es elemento consti­tutivo de la misma la meditatio, con la que hacemos en nuestro espíritu un espacio donde resue­ne la Palabra de Dios. L. Alonso Schókel resume la tradición patrística y monástica cuando escribe: «Que al resonar esa Palabra, el espacio de nuestro espíritu se ensanche para recibir mayor resonancia. En ese espacio interior está Dios presente en su palabra. Y entonces nuestro espíritu toma otra palabra de Dios, para responderle, en forma de himno y oración; y otra vez la deje resonar internamente, para que esta palabra, ahora nuestra, toque a Dios en el espacio inte­rior. Así continúa el diálogo, la unión con Dios, que es gracia y salvación; la unión personal en una palabra, que es verdaderamente divina y humana. Dios, hablando en nuestra lengua, al modo humano, nos ha buscado y nos ha encontrado; y, al encontrarnos Dios, nosotros le hemos encontrado, en el misterio de su Palabra».
50


197

Una gran felicidad

El monasterio, escribe Thomas Merton, es una escuela en que el monje aprende del mismo Dios a ser feliz. Es cierto. Y también es cierto que la lectio divina, observancia monástica esen­cial, contribuye a ello de modo preeminente, excepcional y único. El salmo primero lo dice claramente: Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos, sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.



198

No sólo .Dios nos dice en la lectio cómo ser felices, sino que la misma lectio es nuestra feli­cidad. San Jerónimo, maestro indiscutible en todo lo referente a la «lectura divina», tiene páginas bellísimas sobre este tema. Conocía por experiencia las delicias escondidas en las Escrituras para quienes saben descubrirlas. «Yo te pregunto, hermano carísimo»—escribe a san Paulino de Ñola—: «Vivir entre estas cosas, meditarlas, no saber nada, no buscar nada fuera de ellas, ¿no te parece que es tener ya aquí en la tierra una morada del reino celeste?» . Y a Paula, su fiel

199

discípula en la vida ascética y la lectura de la Biblia: «¿Qué manjares, qué mieles puede haber más dulces que conocer la providencia de Dios, penetrar sus secretos, examinar el pensamiento del Creador y ser enseñados en las palabras de tu Señor, objeto que son de burla por parte de los sabios de este mundo, pero que están henchidas de sabiduría espiritual? Allá se tengan otros sus riquezas, beban en copas engastadas de perlas, brillen con la seda, gocen del aura popular y, a fuerza de variedad de placeres, no sean capaces de vencer su opulencia. Nuestras delicias sean meditar en la ley del Señor día y noche, llamar a la puerta que no se abre, recibir los panes de la Trinidad, y, pues va delante el Señor, pisar las olas de este siglo».

200

197

L. Alonso Schükel, La Palabra inspirada, Barcelona, 1966, p. 338-339.

198

Sal 1, 1-2.

199

San Jerónimo, Ep. 53,10.

200

Id., Ep. 30,13.

¿Sería erróneo afirmar—paradójicamente— que el más sabroso fruto de la lectio divina es la propia lectio divina? La lectura que busca origina la lectura que halla; la lectura laboriosa, afa­nosa, ascética, engendra la lectura sosegada, dulce, contemplativa, mística.


51


Capítulo XI: Complementos

La «lectura divina» tiene varios complementos, más o menos interesantes. Retengamos tres: la meditatio, la collatio y la eructatio. Como son términos técnicos, conviene enunciarlos en latín.

Meditatio

El más importante de estos tres elementos es, sin duda alguna, la meditatio; tan importante que forma parte de la propia lectio y a menudo se identifica con ella.



Meditatio y meditan (o meditare) no son vocablos fáciles de traducir. Desde luego no signifi­can «meditación» y «meditar», tal como se entienden hoy, al cabo de una larga evolución semán­tica. Poco a poco, en efecto, conforme iba predominando el elemento racional en materia de oración y contemplación, el sentido de meditatio fue sufriendo una importante transformación, hasta convertirse en una reflexión sobre las verdades de la fe. Pero al principio y durante largos siglos su significado era otro. En realidad, tanto meditatio como meditan o meditare tienen va­rias acepciones y matices. En la antigüedad cristiana y, sobre todo, monástica, el término melete (en griego) o meditatio (en latín) reviste sobre todo dos sentidos: primero, aprender un texto de memoria—a veces los Evangelios, normalmente el salterio, etc.— a base de repetirlo en voz alta; éste era el único medio de «leer» la Biblia de los analfabetos, pero incluso los que sabían leer aprendían textos de memoria para seguir rumiándolos cuando no era hora de leer. Segundo, recitar de memoria, o leyéndolo, un texto determinado.

201

La meditatio o melete no la inventaron los monjes ni los cristianos. Tanto en el mundo gentil como en el judío, se practicaba de antiguo. Es sabido que algunas escuelas filosóficas exigían de sus adeptos que aprendieran de memoria ciertas sentencias y se ejercitaran en repetirlas en voz alta. Los judíos, por su parte, practicaban —y algunos siguen practicando— la meditatio de la Biblia.



André Chouraqui nos proporciona algunas informaciones muy interesantes sobre el particular. Dice el salmo primero: «Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos..., sino que su

201

Para la melete o meditatio, véase: E. von Severus, Das wort Meditan im Sprachge- brauch der Heüigen Schrift, en Geisí und Leben 26 (1953) 365-375; H. Bacht, «Medi-



tatio» in den áltesten Mónctisquetlen, ibid. 28 (1955) 360 -373; A. de Vogüé, Les deux fonctions de la méditation dans les Regles monastiques anciennes, en Revue d'histoire de la spiritualité 51 (1975) 3-16; F. Rwppert, Meditatio- Ruminatio. Une mét­hode traditionnelle de méditation, en CC 39 (1977) 81-93.

gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche 202. El hombre no se enamora de la ley, sino de la torah, cuyo primer sentido es todo lo que emana de Dios, su Palabra creadora y todo lo que la expresa; en primer lugar, los escritos que la revelan. Este deseo del hombre —es mejor traducir «deseo» en vez de «gozo»—, se manifiesta en una actitud concreta: haga, verbo que se traduce normalmente por «meditar». De hecho su primer significado es «gemir», «gruñir», «mu­sitar», «hablar». Expresa el gruñido del león, el arrullo de la paloma, el gemido del hombre. Sólo por derivación del sentido la palabra haga puede traducirse por «expresar», «monologar» o, más lejanamente, por «meditar», «soñar», «imaginar». Pero ya estamos lejos de los primeros significados, que son siempre concretos e inmediatos. La meditación no se hace en abstracto, sino que implica una actitud: abrir la torah de Yahvé, deseada porque es amada, y musitar el texto día y noche. No se trata de exageraciones ^orientales, sino de musitar la torahsin cesar, de verdad; aun mientras se duerme, se come y se viaja. Chouraqui confiesa haberlo experimentado cuando estaba traduciendo la Biblia al francés. «El deseo nacido del amor provoca una unión esencial del amante y del amado». Lo sugiere el texto : la torah de Yahvé se convierte también
52


203

en «su» torah, en la torah del hombre. «Hay como una muerte a sí mismo y un renacer a la luz del amor: el hombre se ha transformado él mismo en torah de Yahvé y no puede hacer otra cosa que musitarla día y noche. No porque se esfuerce en hacerlo, sino gratuitamente, porque se ha vuelto tal bajo la moción del amor».



204

Las técnicas de enseñanza heredadas dé la Biblia «tienden a desposar al hombre, indisoluble­mente, con la torah de Yahvé». Se trata de apropiársela, de engullirla. Esto puede verse en las Yeshivot, escuelas teológicas de Jerusalén que perpetúan las tradiciones heredadas de la Biblia. Más que a un aula universitaria, la Yeshivah se parece a «un campo de batalla donde cada uno, de dieciséis a dieciocho horas diarias, no musita su torah, sino que la vocea en un alboroto difí­cilmente concebible cuando no se lo ha oído. Con este régimen, el estudiante llega a conocer muy rápidamente sus textos de memoria; para él la torah de Yahvé se ha convertido en su torah, viva hasta la obsesión en su espíritu constantemente tenso hacia una misma dirección».

205

Estas observaciones de Chouraqui parecen extremadamente iluminadoras para comprender lo que pretendían, ante todo, los monjes antiguos y medievales al practicar la meditatio: asimilar mejor lo que leían, asimilarlo por completo, mediante una especie de masticación y digestión comparables a las de los rumiantes. En realidad, tanto en los autores antiguos como en los me­dievales aparecen con frecuencia los vocablos ruminatio y ruminare como sinónimos de medita­tio y meditare. J. B. Lotz compara la meditatio a un buen enólogo que conserva y agita sobre la lengua un vino generoso hasta que ha gustado completamente su sabor, absorbiéndolo entera-

202

Sal 1, 1-2.

203

Sal 1,2.

204

A. Chouraqui, Entenas, Israel!, en VS 129 (1975) 799-801.

205

Ibid., p. 801.

mente 206. A. Louf «piensa involuntariamente en la apacible e interminable rumia de las vacas» a la sombra de un árbol; «la imagen es un poco trivial, pero elocuente: evoca el reposo, la quie­tud, una total concentración, una paciente asimilación»207. F. Ruppert prefiere ruminatio a medi­tatio, aun reconociendo que son sinónimos, porque resiste mejor al peligro del intelectualismo; la ruminatio, según él, consta de dos partes: primera, repetir con frecuencia e incluso continua­mente una palabra o un texto; segunda, saborear y asimilar interiormente esa palabra. La imagen de la masticación, la digestión y la asimilación interior conviene mejor al efecto que se pretende: hacer pasar la Palabra de Dios no a la cabeza, sino al corazón208.



Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos