García M. Colombás, m b. La lectura de Dios Aproximación a la lectio divina


Preparación para la «lectio divina»



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Preparación para la «lectio divina»

Si se mantiene el concepto auténtico de «lectura divina» se mantendrá ipso facto la neta distin­ción entre ella y el estudio. Esto no implica, claro es, ningún desprecio para el estudio. Una vida espiritual profunda requiere, por lo general, una buena formación intelectual, teológica, en quienes son capaces, y tienen oportunidad de adquirirla. Dom Ambrose Southey, como de ordi­nario, acierta plenamente cuando escribe: «La lectio divina se refiere a un tipo de conocimiento

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Orígenes, In Io. 1,6.

especial; el estudio, a un conocimiento más conceptual. Como es natural, no hay que reaccionar exageradamente contra la insistencia actual sobre la inteligencia de Occidente, cayendo en un anti-intelectualismo. No; ambos conocimientos van a la par. Son complementarios, y no mutua­mente exclusivos» . En todo caso, hoy día todo el mundo está de acuerdo en que se necesita
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cierta preparación para la lectio. Algunos, como dom Gaillard, no dudan en afirmar que la lec­tio, «en el contexto actual, supone una cultura y formación rigurosa». Acaso exagere un poco dom Gaillard. Pero es cierto que la lectura de la Biblia presenta muchas dificultades, y sería una lástima que no nos aprovecháramos de los abundantes y excelentes instrumentos que nos ofrece la exégesis moderna para abordarla con fruto. De no poseer una iniciación a la Biblia suficiente, su lectura podría decepcionar al lector novel. No pocas de sus páginas casi darían la razón al librepensador inglés que escribió: «Se trata de una historia de tanta lascivia, sodomía, carnicería al por mayor y horrible depravación que las más viles de las otras historias, compendiadas en un libro monstruoso, podrían apenas equiparársele».

Formación en la «lectio divina»

Mucho más importante que la preparación intelectual en vistas a leer mejor el corazón de Dios, es, sin duda, la formación misma en la «lectura divina», que se pretende restaurar.



Una restauración de esta envergadura, impuesta de repente, sin una larga preparación, sin una catequesis previa, equivaldría, en muchas comunidades de monjes y, sobre todo, de monjas, a una auténtica revolución. Para evitar traumas, debería realizarse con la más exquisita prudencia y la más acendrada caridad. Imponer por real decreto la «lectura divina», en toda su pureza y a rajatabla, sería una imprudencia desastrosa. Hay que respetar infinitamente— como Dios las respeta— a las personas, a cada una de las personas. Cada cual tiene su capacidad, su formación, sus costumbres, su carisma y... sus años. Lo importante es proponerse este ideal, convencerse de que la «lectura divina» es lo nuestro —lo benedictino, lo cisterciense y lo de la Iglesia, como se expresa claramente en la constitución Dei Verbum— y esforzarse individual y comunitaria-mente, pero sin obligar a nadie, por practicarla lo mejor posible.

Dom Ambrose Southey propone, para la formación en la «lectura divina», el siguiente plan:

1.° A nivel de comunidad, establecer en el horario un tiempo suficiente tanto para la lectio como para el estudio; que este horario, de hecho, se pueda seguir; que la comunidad tenga una idea exacta de lo que es y requiere la lectio divina.



2.° A nivel individual, el maestro de novicios explicará la verdadera naturaleza de la lectio y sus principales dificultades, y buscará con los novicios el modo y medio de superarla; habituará a los novicios, poco a poco, a la lectio divina, dedicándole cada día media hora o una hora ente­ra; probablemente, los novicios necesitarán que les guíen en la elección de libros, al menos al principio; «de cuando en cuando, sería conveniente una confrontación sobre la lectio, de modo que puedan ser compartidas las experiencias sobre la misma... Puede ser también conveniente el organizar, de un modo u otro, un 'Evangelio compartido'».

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A. Southey, o.c, p. 7.

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Ibid., p. 8.

Como se ve, dom Ambrose Southey hace hincapié en la formación personal más que en la comunitaria, en la formación de cada novicio en particular y no sólo de los novicios como gru­po. Es, en efecto, en el noviciado donde el monje debe aprender teórica y prácticamente en qué consiste la lectio. De este modo se irá implantando de verdad en cada monasterio un ejercicio que, como el propio dom Ambrose Southey reconoce, no es fácil, sino que «exige realmente esfuerzo y sacrificio. Pero, si conseguimos progresar»—añade—, «dará frutos de gran trascen­dencia en la calidad de nuestra vida monástica, y se enriquecerá la dimensión contemplativa de nuestros monasterios».

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Colofón

Las fraternidades de la Virgen de los Pobres, que han conservado o restaurado no pocos valores fundamentales del monacato, practican la «lectura divina». Su Regla habla de ella de un modo exacto y práctico. Todos los días se debe consagrarle una hora entera. En el lenguaje simple y directo propio de este hermoso documento espiritual, se dice a cada uno de los herma­nos: «No puedes prescindir de este alimento cotidiano, con el que Dios te fortalecerá el espíritu y lo ayudará a orar mejor. Esta misma lectura, si la haces bien, será cada vez más un encuentro con Dios, una oración.

Será, ante todo y sobre todo, lectura de la Biblia; por eso se llama lectio divina, porque la Escritura es la Palabra de Dios, y cada día Dios te hablará en ella. Debes recibir su Palabra en tu alma con infinito respeto y en la pureza de un corazón de niño, que sea enteramente escucha y acogida. Tratarás de encontrar en ella la Voluntad de Dios sobre ti.

Debes creer en la Presencia de Jesús en esas palabras, a través de las cuales él te habla al corazón. Para ayudarte a venerarla, una Biblia abierta estará siempre presente en el oratorio. La Biblia debe ir formando tu alma poco a poco. Debería llegar a constituir tu única lectura, como lo fue para tantas generaciones de monjes.

No podrá ser así desde el principio, pues la comprensión del texto sagrado pide un esfuerzo serio de reflexión y asimilación, y, además, tu corazón no será bastante puro ni bastante despe­gado de los goces de tu propia inteligencia. Pero a medida que el Señor te despegue de ti mismo, irás prefiriendo cada vez más su sola Palabra».

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Habla aquí, sin duda alguna, un «anciano» experimentado en la «lectura de Dios»; alguien que conoce su naturaleza y sabe cómo practicarla. Sus consejos, tan sencillos y auténticos, constituyen el mejor colofón imaginable para el presente opúsculo.

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Ibid.

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Au coeur méme de l'Égtise. Une recherche monastique, Desclée de Brouwer, 1966, p. 131.


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