García M. Colombás, m b. La lectura de Dios Aproximación a la lectio divina



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García M. Colombás, m.b.

La lectura de Dios

Aproximación a la lectio divina

Índice

Prólogo

Nota para la segunda edición Siglas usadas en las notas

Cap. I. Preliminares

El diálogo entre Dios y el hombre El problema de la «lectura divina»

Cap. II. Historia

Los Padres Los monjes Decadencia Restauración



Cap. III. El libro de los buscadores de Dios

Objeto de la «lectura divina»

Dios está en la Biblia

Cristo está en la Biblia



La esencia de la lectio divina

Cap. IV. Dios ha hablado, Dios me habla Lectura penetrada de fe Lectura personal

Cap. V. Un coloquio entrañable

Lectura sapiencial Lectura íntima Lectura orante

Cap. VI. Cualidades paradójicas

Lectura exacta y espiritual Lectura activa y pasiva Lectura privada y eclesial

Cap. VII. Una tarea ardua y penosa Lectura aten ta

Lectura asidua

Cap. IX. Tres ejemplos

San Ambrosio de Milán
Cap. VIII. Requisitos y disposiciones

Un ambiente favorable Bibliografía


Pureza de corazón

Desprendimiento y docilidad

Espíritu de oración




Santo Domingo de Guzmán

El prólogo de la Regla de San Benito

Cap. X. Frutos Una mentalidad bíblica Una total renovación Una piedad objetiva Una vida de oración Una experiencia de Dios

Una gran felicidad

Cap. XI. Complementos

Meditatio Collatio Eructatio

Cap. XII. La lectura de los Padres Objeto secundario de la lectio divina Preferencia por los Padres

Excelencias de los Padres de la Iglesia Los Padres y la Biblia



Dificultades

Los Padres monásticos

Cap. XIII. La restauración de la lectio divina

El concepto de lectio divina

Qué libros se han de leer



Peligros y enemigos

Un clima propicio

Preparación para la lectio divina

Formación en la lectio divina

Colofón


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Al leer la Biblia, los Padres no leían los textos, sino a Cristo vivo, y Cristo les hablaba. P. EVDOKIMOV.

Lectio divina es una expresión que está de moda. Tanto en los monasterios como en otros ambientes cristianos se la menciona con frecuencia. Pero ¿se sabe lo que significa realmente? ¿Se sospecha las riquezas que contiene, las resonancias espirituales profundas que puede des­pertar?

El presente opúsculo recoge el texto, apenas retocado, de unas charlas que di a las monjas benedictinas de Santa María de Carbajal y, en parte, a las de A Iba de Tormes. Era nuestro propósito —de las monjas y mío— ahondar un tema propiamente inagotable. Porque lectio divina significa «lectura de Dios», y a Dios nunca acabamos de leerle. Arte de estudiar el cora­zón de Dios, según la hermosa definición de San Gregorio Magno, la lectio participa, en cierto modo, de la infinitud de su objeto propio. Por eso, cuanto más se la estudia, más cualidades se descubren en ella, más ricos se revelan los múltiples aspectos que presenta. Y al dar por con­cluidos nuestros coloquios, tuvimos la impresión de que apenas habíamos abordado el asunto.

La misma sensación experimento ahora, al dar a los tórculos estas páginas, escritas con toda sencillez y desprovistas de todo aparato erudito. En efecto, no me ha parecido oportuno recar­garlas con discusiones y notas, sino más bien conservar en lo posible su carácter de exposición oral, llana y fraterna, que quisieron ser originariamente. Obra de edificación, no de erudición, tiende a un fin eminentemente práctico: colaborar —modestamente— a la restauración de la «lectura de Dios» en su sentido más propio. En la bibliografía me limito a citar los trabajos de que me he servido; entre ellos están los mejores —de carácter general— que se han publicado sobre la materia, y a los que acudirán con provecho cuantos lectores deseen una información más completa y precisa.

Los auditorios a quienes se dirigieron estas charlas justifican, en parte, que se subraye el aspecto monástico y benedictino —por así decirlo—de la lectura divina; en parte, explica tam­bién esta insistencia el hecho incuestionable de que los monjes y las monjas se convirtieran muy pronto en profesionales y especialistas de este método de lectura. Pero es importante declarar con fuerza desde ahora que la lectio divina no fue inventada por los monjes ni constituyó jamás un monopolio monacal. Pertenece a todos los cristianos, y aun me atrevería a decir que a la humanidad entera. Dios escribió para que todos le leyéramos y no nos cansáramos nunca de leerle.

Con fraterno y muy sincero agradecimiento dedico esta obrita a la madre María Inmaculada Alonso y a las benedictinas de Santa María de Carbajal y de Alba de Tormes, que con tanta paciencia e interés escucharon y discutieron—amigablemente— mis disquisiciones, así como también a la madre María Rosario Santiago y a las benedictinas de Zamora, por haberla inclui­do en su colección Espiritualidad Monástica.

Monasterio de Santa María de Sobrado, 24 de junio de 1979.

La lectio divina, gracias a Dios, sigue interesando a nuestros contemporáneos.
4


Particularmente, en los monasterios. Con ocasión del decimoquinto centenario del nacimiento de san Benito, se hicieron varias encuestas. Un monje italiano anónimo contestaba al cuestiona­rio: «El monje es 'el hombre de la escucha', 'abierto a todos los signos de Dios que la actualidad puede ofrecer', y, como es natural, ante todo a la Palabra de Dios en la lectio divina. En ella tiene lugar 'el encuentro del monje entero — espíritu, corazón y voluntad— con Cris­to-verdad'»1. Y el abad de Poblet sintetizaba así las respuestas de las comunidades benedictinas y cistercienses de España: «La vocación fundamental del monje —oyente de la Palabra de Dios—se expresa en la lectio. Se pone et acento en el hecho de que no es un estudio, sino una lectura orante que alimenta y conduce a la oración... Normalmente, la sagrada Escritura es el libro básico para la lectio divina... Se trata de una exigencia crítica de nuestra identidad cristia­na... Prepara el oficio divino y permite profundizar la Palabra de Dios y guardarla durante el trabajo»2.

¡Ojalá este opúsculo pueda seguir ayudando a los cristianos, dentro y fuera de los monaste­rios, a descubrir y profundizar «el corazón de Dios en las palabras de Dios»!



Zamora, monasterio de la Ascensión, 4 de agosto de 1982

Siglas usadas en las notas

CC Colleclanea Cisterciensia. Scourmont.



DIP Dizionario degli istituti di perfezione. Roma.

DS Dictionnaire de spiritualité. París.



PG Patrología Graeca. Ed. Migne.

PL Patrología Latina. Ed. Migne.

RB Regula Benedicti.

SC Sources chrétiennes. París.

SM Studia monástica. Montserrat.



VS La vie spirituelle. París.

1



Célébration du XV centenaire de la naissance de S. Benoít. Symposium romain, 17 -21 septembre 1980, en CC 43 (1981) 259. El resumen es de dom Sebastiano Bovo.

2

Ibid., p. 268.



Capítulo I: Preliminares
5


El diálogo entre Dios y el hombre

«Adán, ¿dónde estás?». La voz del Todopoderoso resonó en el Paraíso. Dios buscaba al hom­bre, que había plasmado a su imagen y semejanza. Quería hablar con él, como todos los días, cuando «se paseaba por el jardín tomando el fresco» Adán —el hombre— había desobedecido a

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su Creador y se había escondido. El pecado del hombre destruyó brutalmente la familiaridad con Dios en que había sido creado. Esto es lo que quiere decirnos el Génesis en sus primeras pági­nas.



El hombre perdió la parrhesía, esa dulce y absoluta libertad de expresión que le permitía hablar a Dios como un hijo habla a su padre, como un amigo habla con su amigo. El hombre perdió a Dios, su creador y padre, y Dios perdió al hombre, su imagen, su hijo, su interlocutor. Y desde entonces Dios sigue buscando al hombre, y el hombre tiene que buscar a Dios.

«Buscar a Dios» es una ocupación absorbente. Abarca toda la vida y toda la persona. Es como el amor a Dios: «Escucha, Israel, el Señor nuestro es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas» 4. ¿Acaso no es el amor, el deseo que tiene su origen en el amor, el móvil de nuestra búsqueda? ¿Tal vez no son amor y búsqueda de Dios dos conceptos tan próximos uno del otro que se compenetran?

Hay que buscar a Dios donde está: en los hombres, en los acontecimientos, en la Eucaristía, en lo íntimo de nuestro propio ser... ¿Dónde no está Dios? Hay que buscarle, evidentemente, en el cumplimiento de su voluntad:



Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor;

dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de lodo corazón .

5

Pero la búsqueda personal de Dios y el encuentro personal con Dios se verifica en el diálogo. El diálogo —lo ha acentuado con gran energía Martín Buber— es el lugar privilegiado donde convergen los deseos del «verdadero Dios» y del «verdadero hombre». El «verdadero Dios», el «Dios vivo», que habla y a quien se puede hablar; el Dios personal que quiere comunicarnos la plenitud de la existencia personal y se abaja para elevarnos a su mismo nivel. El «verdadero hombre», «imagen de Dios», aparición de Dios, que hace visible al Dios invisible y quiere en-

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Gen3,8-9.

4

Mc 12,29-30.

5

Sal 118,1-2.

contrar a su Creador, del que se había apartado . Así convergen la sed de Dios de encarnarse en
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6

el hombre y la sed de infinito que atormenta el corazón humano, el Deus desiderans y el Deus desideratus, como decían los autores medievales; el Dios que nos acosa porque nos desea, y el hombre que busca ansiosamente al Dios que necesita.



Para la tradición cristiana primitiva el diálogo con Dios tiene dos tiempos: la lectura y la oración. Ya san Cipriano de Cartago aconseja a Donato: «Sé asiduo tanto a la oración como a la lectura. Ora habla tú con Dios, ora Dios contigo» . San Jerónimo dice del anacoreta Bonoso:

7

«Ora oye a Dios cuando recorre por la lectura los libros sagrados, ora habla con Dios cuando hace oración al Señor» . San Ambrosio de Milán escribe: «A Dios hablamos cuando oramos, a

8

Dios escuchamos cuando leemos sus palabras».

9

San Agustín, comentando el salmo 85, dice: «Tu oración es una locución con Dios. Cuando lees, te habla Dios; cuando oras","tú hablas a Dios» . Pero la formulación más hermosa del



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diálogo entre Dios y el hombre es la de san Jerónimo cuando escribe a su discípula Eustoquia, la noble virgen romana: «Sea tu custodia lo secreto de tu aposento y allá dentro recréese contigo tu Esposo.

Cuando oras, hablas a tu Esposo; cuando lees, él te habla a ti» .

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Los mismos conceptos se hallan repetidos innumerables veces en los autores antiguos y me­dievales. Así, por ejemplo, en una carta sobre la vocación monástica: «Habla a Dios orando, escucha leyendo a Dios que te habla» . Y Bernardo Ayglier, abad de Montecasino: «Así como

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hablamos con Dios cuando oramos, así Dios habla con nosotros cuando leemos la Sagrada Escri­tura. Por eso san Benito no sólo nos exhorta a entregarnos a la oración, sino que quiere que nos ocupemos asiduamente en la lectura» . En nuestros días, el concilio Vaticano II citaba el texto

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de san Ambrosio: «Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues 'a Dios hablamos, cuando oramos, a

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Martín Buber, exegeta y filósofo judío, con un profundo sentido religioso, aunque al margen de toda perspectiva cristiana, ha sabido evocar la misteriosa Presencia que se

adivina y se siente en la Escritura y en la creación entera; asi, por ejemplo, en La vie en dialogue, París, 1959.

7

San Cipriano, Ep. 1,15 fací Donatum)

8

San Jerónimo, Ep. 3,4.

9

San Ambrosio, De officiis ministrorum 1,20,88.

10

8. San Agustín, Enarratio in ps. 85,7.

11

San Jerónimo, Ep. 22,25.

12

Ed. J. Leclercq, en Analectamonástica, III (Studia Anselmiana, 37),Ro ma, 1955, p. 193.

13

Speculum monachorum, ed. H. Walter, Friburgo de Brisgovia, 1901, p. 198.

Dios escuchamos cuando leemos sus palabras'» . Y el Congreso de abades benedictinos de 1967
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expresaba la misma idea, aunque más profusa y menos poéticamente que san Jerónimo: «Como todos los bautizados, pero de modo muy especial, el monje está siempre atento a la palabra de Dios, para recibirla, guardarla, prestarle obediencia y vivirla, y entrar así en la salvación que ella ofrece. El monje hace retornar a Dios esta palabra en su oración, tanto secreta como con­ventual».



15

En realidad, ¿qué hacen los monjes según la Regla de san Benito y la tradición? Tres cosas: orar, leer y trabajar. Trabajan por varias razones: porque es voluntad del Creador que el hombre trabaje; para ejercitar el cuerpo; porque son pobres, voluntariamente pobres, y deben ganarse el sustento; para conservar un prudente equilibrio entre las ocupaciones de cada día y evitar la ociosidad y sus consecuencias; para aliviar las necesidades de los que son más pobres que ellos. Pero, evidentemente, para trabajar no es preciso ingresar en un monasterio o hacerse ermitaño. Lo característico —aunque no exclusivo— del monje es la lectura y la oración, es decir, el man­tenimiento del diálogo con Dios, que ni siquiera el trabajo debe interrumpir. «A la oración suce­día la lectura; a la lectura, la oración», escribe san Jerónimo refiriéndose a Orígenes y sus discí­pulos16. Algo parecido acontecía en los desiertos y cenobios. Uno de los grandes elogios que se hicieron del primer monje-obispo de Occidente, san Martín de Tours, es este: «No pasó hora ni momento alguno que no dedicara a la oración o a la lectura; aunque, incluso mientras leía o hacía otra cosa, nunca dejaba de orar»17. Un monje de observancia cluniacense afirmaba: «En nuestra orden, de la lectura se pasa a la oración, de la oración a la lectura».

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La lectura se complementaba y prolongaba mediante un ejercicio muy característico que se llamó en griego melete y en latín meditatio, que normalmente era asimismo oración, como vere­mos más adelante; y la lectura y la oración se convertían a ratos en contemplación de Dios y de las cosas divinas. Siguiendo las huellas de Hugo de San Víctor, Guigo II , prior de la Gran Cartuja, construyó con estos elementos una escala de cuatro peldaños, la famosa Scala claustra­lium:



  1. Lectio.

  2. Meditatio.

  3. Oratio.

  4. Contemplatio.

14

Concilio Vaticano II, Dei Verbum, 25.

15

Cuadernos monásticos 11 (1976) 390.

16

San Jerónimo, Ep. 107,9.

17

Sulpicio Severo, Vita Marlini 26,3.

18

Dialogus inter Cluniacensem et Cisterciensem monachum, ed. Marténe - Durand, The- saurus novus anecdotorum, V, París, 1717, p. 15 73.

Enseña Guigo II que la lectio, «estudio atento de las Escrituras», busca la vida bienaventura­da, la meditatio la encuentra, la oratio la implora, la contemplatio la saborea19. La escala obtuvo gran éxito entre los espirituales. Muchos autores aluden a ella o la comentan. Otros se quedan sólo con los tres primeros peldaños. Así, un anónimo de la abadía cisterciense de Salem escribe: «La lectura es buena; la meditación, mejor; la oración, óptima. La lectura ilumina la mente, la meditación fortalece el ánimo, la oración alienta y sacia. Ésta es la cuerda triple que, según Salomón, se rompe con dificultad. En estas tres cosas consiste la vida del espíritu. Sin estas tres alas espirituales, nadie llega a ser verdaderamente espiritual».
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20

Hace bien el monje anónimo al no considerar la lectura, la meditación y la oración como grados sucesivos, sino como tres ramales de una misma cuerda. En realidad, la escala de Guigo, como tantas otras escalas espirituales, es una escala ficticia. Sus grados no se suceden uno des­pués del otro; son elementos que coexisten pacíficamente. Y no sólo coexisten, sino que se interfieren y presentan características tan semejantes que con frecuencia ,es muy difícil distin­guirlos entre sí. La íntima unión que existe entre lectio, meditatio y oratio se puede comprobar en los autores medievales, cuyos escritos están esmaltados de textos y reminiscencias de la Bi­blia. Es el fruto lógico de cierto concepto de oración entonces predominante. Para orar no hay que hacer otra cosa que leer, escuchar, rumiar y luego volver a decir a Dios todo lo que él nos ha dicho antes, después de haber volcado en estas palabras todo nuestro pensamiento, todo nues­tro amor, toda nuestra vida. De este modo la Palabra de Dios se convierte en el lugar y el medio del encuentro con él. Lectio, meditatio y oratio más que actos distintos, son diversas actitudes de un mismo gesto: el del hombre que habla con su Dios teniendo ante la vista —o al menos en la mente— la Palabra de Dios escrita.

El problema de la «lectura divina»

La lectio divina, como escribe san Benito a imitación de san Ambrosio, san Agustín y otros Padres —ya encontramos esta expresión en Orígenes (theía anágnosis)21—, es «considerada por toda la tradición»—y por el Congreso de abades benedictinos del año 1967— «como uno de los medios más adecuados y necesarios para la vida de los monjes» . Constituye una parte esencial

22

de la conversatio monástica, uno de los instrumentos tradicionales más característicos para bus­car a Dios. Posiblemente debe considerarse también como el «ejercicio espiritual» más propio del monje. Y también el que necesita una mayor atención, pues no siempre se le comprende correc­tamente, ni se le da, con demasiada frecuencia, toda la importancia que realmente tiene.

19

Guigo II, gran prior de la Cartuja, Scala claustralium, sive de modo orandi, VPL 184,476.

20

Ed. J. Leclercq, Études sur saint Bernardet le texte deses écrits, en Analecta Sacri Ordi- nis Cisteráensis 9 (1953) 181-182.



21

Orígenes, Carta a Gregorio Taumaturgo, 4: SC 148,192.

22

Cuadernos monásticos, 1 i (1976) 390.

Hemos vivido—estamos viviendo todavía— una época de restauración, tanto en la Iglesia como en nuestros monasterios. Estamos buscando nuestra propia identidad; deseamos llegar a ser lo que somos, serlo tan plenamente como podamos. Ahora bien, de las tres ocupaciones que integran la jornada del monje según san Benito, hemos restaurado dos: el oficio divino y el trabajo; incluso hemos dado a este último, por lo general, bastante más tiempo que el debido. ¿Y la lectio divina? Ha sido la cenicienta. Sigue esperando aún, en gran parte de nuestros monaste­rios, que se le otorgue el lugar de honor que le corresponde y que nunca debió perder.
9


Por fortuna, la «lectio divina», desde hace algunos años, es un tema que nos ocupa y preocu­pa. Es objeto de reuniones de estudio, como, por ejemplo, el simposio celebrado en Mount Saint Bernard en 1975, con la participación de treinta y nueve monjes y monjas cistercienses23. Nume­rosos artículos tratan de ella, con ópticas harto diferentes. Es tema de encuestas realizadas entre monjes y monjas de diferentes observancias. En las asambleas de superiores monásticos, empe­zando por el mencionado Congreso de abades de la Confederación benedictina, se ha intentado precisar su concepto y fomentar su práctica. El abad general de los cistercienses de la estrecha observancia, dom Ambrose Southey, con ocasión de la Navidad de 1978, consagró a la lectio divina una carta circular, en que, con la simplicidad característica de su orden, pone el dedo en la llaga y con indiscutible acierto ofrece una doctrina concisa y segura, y esboza las grandes líneas de un plan de restauración que merecería aplicarse sin demora24. Pero no son únicamente los abades y los monjes quienes se ocupan con renovado interés de la «lectura de Dios». Incluso en los documentos de la 31 Congregación General de la Compañía de Jesús se leen líneas tan significativas como éstas: «La lectio divina, práctica que data de los primeros tiempos de la vida religiosa en la Iglesia, supone que el lector se abandona a Dios, que le está hablando y le conce­de un cambio de corazón, bajo la acción de la espada de dos filos de la Escritura, que lo desafía continuamente a una conversión. Verdaderamente, podemos esperar de la lectura orante de la Escritura una renovación de nuestro ministerio de la Palabra y de los Ejercicios Espirituales».

25

De estos y otros documentos parejos se deducen varias cosas: que vuelve a darse importancia a la lectio divina; que se intenta restaurarla; que se reconoce que su práctica implica ciertas dificultades... Muy notable, por sus afirmaciones categóricas, es lo que dice a este respecto el llamado «Pacto de paz» de la Federación Benedictina de las Américas (Guatemala, 1970): La lectio divina «es esencial a la vida benedictina»; los monjes de san Benito «son muy conscientes de las dificultades de la vida moderna para hallar el tiempo y energía, la determinación y disci­plina necesarias para devolver a la práctica de la lectura sagrada el lugar que le corresponde»; pero «están convencidos de que sólo al restablecerla se hará la experiencia de una vida benedicti­na más significativa para ellos mismos y para sus contemporáneos» 26. Entre los cistercienses se

23

Véase CC 38 (1976) [19].

24

Versión española en Cistercium 31 (1979) 3-8: La lectio divina. Carta cir cular del Rvdmo. Abad General.



25

Citado por D. Stanley, Sugerencias para un enfoque de la lectio divina, en Cuadernos monásticos 11 (1976) 391.



26

Véase Cuadernos monásticos 11 (1976) 444.

oyen voces parecidas. Así, J. McMurry comprueba: «La importancia de escudriñar las Escritu­ras, de estudiar y meditar las palabras de la Biblia, se está apreciando hoy cada vez más, en esta era de renacimiento, no sólo en la Iglesia en general, sino también en el ámbito monástico» 27. Otro cisterciense, después de citar la frase de Jeremías: «Tu palabra me fascina», define al monje como «el hombre que se libera de una cantidad de cosas, de obligaciones, de servidumbre, para enfrentarse con la Palabra de Dios.

A veces dulce, a veces amarga, a veces una espada cortante de dos filos»... Y también: El monje es «el que en la Iglesia está callado, porque toda su tarea eclesial consiste en vivir de la Palabra de Dios» 28. En 1973, con admirable optimismo, el entonces abad primado de la Confe­deración benedictina, Rembert Weakland, decía a los superiores benedictinos de todo el mundo reunidos en congreso: «¿Qué leen los monjes en su lectio divina? La respuesta es invariable: la Biblia. Entre nosotros se ha acrecentado un verdadero amor a la Sagrada Escritura»; «la ganancia adquirida por la frecuentación de la Sagrada Escritura es positiva» 29. Y Jean Leclercq concluía el artículo Lectio divina, recientemente publicado en el Dizionario degli Istituti di Perfezione, con estas afirmaciones esperanzadoras: la «lectura divina» es más fácil de practicar, para la psicolo­gía moderna, que los métodos de oración excogitados a fines de la Edad Media; corresponde mejor al interés que hoy se tiene por las «fuentes cristianas»: la Biblia, los Padres, la liturgia, que constituyen el patrimonio común de todas las Iglesias; la Constitución dogmática Dei Ver­bum, del Vaticano II, está repleta de ideas y vocablos de la tradición de la lectio divina y puede afirmarse que toda la parte final de la misma Constitución no es más que una recomendación de la lectio, a la que recientes reglas religiosas conceden un lugar preeminente.

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Todo esto es cierto y abre el corazón a la esperanza. Pero también es verdad que se notan todavía por lo menos dos cosas negativas: bastante resistencia a restaurar plenamente una obser­vancia tan capital y no poca confusión acerca de su verdadera naturaleza.



En efecto, está aún muy arraigada la convicción de que lectio divina equivale a «lectura espi­ritual», es decir, una lectura que trata ex profeso de temas espirituales, no importa el libro en que se haga, y que se distingue netamente de la oración. Además, no pocos autores modernos dilatan desmesuradamente el concepto de lectio; así, Agustín Roberts cuando escribe: «El objeto de la lectio divina es la Palabra de Dios que llega al monje por diversos caminos individuales y colectivos: a través de la Sagrada Escritura, por la Iglesia, en la Eucaristía y el resto de la litur­gia, por el abad y los hermanos, como también por los acontecimientos concretos e históricos».

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27

J. McMurry, La Escritura y la oración monástica, en Cuadernos monásticos 11 (1976)353.


28

, Realización humana de una vida en exclusiva para la ora ción, en Surge 54.

I. Aranguren

30 (1972) 2





29

R. Weakland, Discurso de apertura del Congreso, en Congreso de los abades y priores convenjuales benedictinos celebrado en Roma en septiembre de 1973, en Cuadernos

monásticos 9 (1974) 491-492.

L. Leclercq, Lectio divina, en DIP 5,565.
30


31

A. Roberts, Hacia Cristo. La profesión monástica hoy, Buenos Aires, 1978, p. 39.



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