G. S. Kirk y J. E. Raven Los filósofos presocráticos


CAPÍTULO VI - HERÁCLITO DE ÉFESO



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CAPÍTULO VI - HERÁCLITO DE ÉFESO


FECHA Y VIDA


190 Diógenes Laercio, ix 1 (DK 22 a 1)




190 Heráclito, hijo de Blosón (o, según algunos, de Heraclón) de Éfeso. Tuvo su acmé en la Olimpíada 69. Llegó a hacerse sumamente altanero y desdeñoso, como se deduce también con claridad de su libro, en el que dice: «El conocimiento de muchas cosas no enseña a tener inteligencia, pues, de ser así, hubiera enseñado a Hesíodo, a Pitágoras y hasta a Jeno-janes y Hecateo»... acabó por convertirse en un misántropo; se retiró del mundo y vivió en los montes, alimentándose de hierbas y plantas. Convertido por esta causa en un hidrópico, bajó a la ciudad y en enigmas le preguntaba a los médicos si ellos serían capaces de convertir en seco el tiempo lluvioso. Como éstos no le entendían, se enterro en un estercolero, en la esperanza de que, con el calor del estiércol, se iba a evaporar la hidropesía. Como ni aun así lo consiguió, murió a la edad de sesenta años.

La información de que Heráclito alcanzó su acmé, i. e., la edad de cuarenta años, en la Olimpíada 69 (504-501), procede, sin duda, del cronógrafo Apolodoro, que fija la edad media de Heráclito unos cuarenta años después de la supuesta acmé de Anaxímenes y del abandono de Jenófanes de la ciudad de Colofón. No hay motivos serios para dudar de la datación de Apolodoro en este caso, puesto que Heráclito mencionó a Pitágoras, Hecateo y Jenófanes 113 y a él aludió, tal vez, indirectamente Parménides (293; también el fr. 8, 55 y ss., 302). No obstante, se han hecho, intentos por colocar su actividad filosófica en una época posterior a la que razonablemente puede sugerir la fijada por Apolodoro, i. e., después del año 478 a. C. (e incluso, lo que es más improbable, después de Parménides); tales intentos no han tenido aceptación y se apoyan en hipótesis poco plausibles como la de que no es posible encontrar en Éfeso una huella de autogobierno (sugerido por el fr. 121, según el cual los efesios habían exiliado al amigo de Heráclito, Hermodoro) hasta después de su liberación de Persia, hacia el año 478. Es posible que Heráclito viviera más de los sesenta años que le asigna Apolodoro (la edad a la que se decía que había muerto Anaxímenes y también Empédocles, según Aristóteles); podemos aceptar provisionalmente que estaba en la mitad de su vida al final del siglo vi y que su actividad filosófica más destacada había cesado ya hacia el año 480 a. C.


Citamos el resto de la información de 190 como una muestra de la clase de ficción biográfica que proliferó en torno al nombre de Heráclito. Diógenes nos dice también que rehusó componer leyes para los efesios, prefiriendo jugar con los niños en el templo de Ártemis. La mayoría de estas historias se basan en dichos muy conocidos del propio Heráclito; muchas de ellas pretendían ridiculizarle y las inventaron, con maliciosa intención, pedantes helenísticos, resentidos de su aire de superioridad. Deducen su acusada misantropía, p. e., de su crítica de la mayoría de los hombres (p. e., 194), su vegetarianismo de una mención de contaminación por sangre en 241, su funesta hidropesía de la afirmación "es muerte para las almas convertirse en agua" de 229. Se le conocía como un oscuro propositor de enigmas y se dice que esta afición le costó la vida, ya que los médicos, que critica en el fragmento 58 (pág. 276), no hicieron nada por salvarle. Se afirma que se enterró él mismo en el estiércol porque había dicho (cf. fr. 96) que los cadáveres valen menos que el estiércol; y su expresión "siendo exhalado" se refiere a su teoría de las exhalaciones procedentes del mar. Los únicos detalles que podemos aceptar como seguros son los de que vivió en Éfeso, que procedía de una vieja familia aristocrática 114 y que estuvo en malas relaciones con sus conciudadanos.

"el oscuro"


Timón de Flíunte, el escritor satírico del siglo iii, denominó a Heráclito ai)nikth/j, "enigmático" (Dióg. Laercio, ix 6). Esta crítica justa de su estilo dio origen más tarde al epíteto casi invariable de σκοτεινός, obscurus en latín (Cicerón, de finibus Η 5, 15, etc.). Otra calificación corriente en el período romano fue la de "el filósofo llorón". Este último juicio es totalmente trivial y se basa, en parte, en referencias humorísticas a su idea de que todas las cosas fluyen como los ríos (cf., p. e., Platón, Crat. 440 c, los que creen en el flujo son como gentes con catarro) y, en parte, en la conocida atribución de μελαγχολία por parte de Teofrasto (Dióg. Laercio ix 6), con la que quiso significar "impulsividad" (cf. la descripción de Aristóteles en Ét. Nic. Η 8, 1150 b 25) y no "melancolía" en su sentido posterior y moderno.

EL LIBRO DE HERÁCLITO


192 Diógenes Laercio, ix 5




192 El libro a él atribuido se titula, por su contenido principal, Sobre la naturaleza, y está dividido en tres secciones: sobre el universo, la política y la teología. Se lo dedico al templo de Ártemis e intencionadamente lo escribió, como algunos dicen, de un modo un tanto oscuro para que sólo tuvieran acceso a él los influyentes* y no fuera fácilmente despreciado por el populacho... Su escrito gozó de tanta reputación que, por este motivo, le asignaron incluso discípulos, los llamados heraclíteos. * Otros traducen: los capaces de entenderlo.

Los biógrafos e historiadores antiguos de la filosofía supusieron que todos los presocráticos escribieron uno o más libros (aunque tenían dudas sobre Tales, cf. pgs. 134 ss.)· Dieron por supuesto, sin duda, que Heráclito escribió uno y Diógenes nos dice que su título era: Sobre la naturaleza. Este título se le asignaba normalmente a las obras escritas por aquellos a quienes Aristóteles y los peripatéticos llamaron "filósofos naturales" y no hay por qué considerarlos auténticos en todos los casos: cf. nota 1 de pág. 156. No es probable que la división en tres secciones haya sido original y sugiere que Diógenes o su fuente pensaba en una edición o colección de sentencias, hecha probablemente en Alejandría, que seguía un análisis estoico de las partes de la filosofía. Diels sostuvo que no escribió un libro seguido, sino que simplemente adujo, repetidas veces, una serie de opiniones cuidadosamente formuladas γνωμαι. Este punto de vista ha tenido pocos defensores, pero quizá tenga un elemento de verdad. Los fragmentos transmitidos tienen un marcado aspecto de declaraciones orales, expuestas en una forma concisa y chocante y fáciles, por tanto, de recordar; no dan la impresión de ser extractos procedentes de una redacción continua. El único óbice a este punto de vista es el fr. 1 (194), una sentencia de estructura complicada que se asemeja mucho a la introducción escrita de un libro. Es posible que, cuando adquirió fama de sabio, se hiciera una colección de sus declaraciones más famosas, componiéndose para ello un prólogo especial. Es evidente, en todo caso, que los fragmentos que poseemos (y no todos los registrados en DK son totalmente auténticos) fueron, en su mayor parte, más apotegmas orales que partes de un tratado discursivo; lo que concuerda con sus intenciones oraculares (cf. pág. 306) 115. Concuerda también con sus puntos de vista sobre el conocimiento divino (205 y 206) y sobre la incapacidad de la mayoría de los hombres para responder a la verdadera naturaleza de las cosas, incluso cuando reciben la ayuda de un logos o de una aclaración (revelación) como la de Heráclito mismo. La sugerencia de 192 de que los "heraclíteos", a los que también mencionan Platón y Aristóteles, eran adictos al libro es, casi con seguridad, una conjetura; su importancia radica en la implicación de que no había "escuela" de discípulos directos en Éfeso 116. No se le conoce ningún seguidor destacado hasta Cratilo, contemporáneo (probablemente) de Platón, más viejo que él, quien desarrolló un heracliteísmo degradado, exagerando y combinando, a la vez, la creencia de Heráclito en la inevitabilidad del cambio y su propia creencia (muy corriente en su época) en la significación de los nombres.



ESPECIALES DIFICULTADES DE INTERPRETACIÓN
Como ya hemos observado, Heráclito tenía fama en la antigüedad por su oscuridad; no cabe duda de que sus declaraciones eran, con frecuencia, crípticas, probablemente intencionadas, y parece que Platón y Aristóteles pusieron escaso empeño por penetrar en su real significación. Teofrasto, de quien depende la tradición doxográfica posterior, basó, por desgracia, su interpretación en Aristóteles. No parece que tuviera acceso a un libro completo suyo, ni siquiera (a juzgar por la omisión de toda referencia salvo la simple alusión en el de sensu) a una colección completamente representativa de sus aisladas declaraciones y se quejó, de hecho, de que o estaban incompletas o eran incompatibles. Los estoicos deformaron aún más la versión. Le adoptaron como su máxima autoridad entre los antiguos, en cuestiones físicas sobre todo, y, en algunos aspectos, desarrollaron con precisión sus ideas, p. e., en lo referente a su ideal del o(mologoume/nwj zh=n, vivir de acuerdo con la naturaleza (cf. p. e., 195). En otras cuestiones, en cambio, readaptaron radicalmente sus opiniones a sus propias y especiales exigencias —p. e., cuando le atribuyeron la idea de la ecpyrosis, la consunción periódica de todo el mundo mediante el fuego—. Las fuentes de información posteriores al fundador del estoicismo, Zenón de Citio, aceptaron esta interpretación particular de Heráclito, estimulados, tal vez, por Teofrasto y que, aunque puede concordar con alguna de sus sentencias transmitidas, es incompatible con otras y está en total desacuerdo con su concepto fundamental de la medida en el cambio natural: cf. más adelante págs. 283-288 y nota de pág. 292.
Tanto Platón como Aristóteles aducen escasas citas directas de Heráclito y no se interesaron, en realidad, por emitir un juicio objetivo exacto de sus predecesores más antiguos. Platón le menciona, en ocasiones, en un tono humorístico e irónico e insiste, sobre todo, en una de sus opiniones, sc. "todas las cosas fluyen" —pa/nta r(ei= ο pa/nta xwrei=, que se le atribuye libremente en sus diálogos—. El mismo Platón, según Aristóteles en Met. A 6, 987 a 32, estuvo influenciado en su juventud por el énfasis que Cratilo puso sobre esta opinión; lo cierto es que a todos los pensadores presocráticos les impresionó el dominio del cambio en el mundo de nuestra experiencia y Heráclito no constituyó una excepción. Es probable que expresara la universalidad del cambio con mayor claridad que sus predecesores, aunque lo más importante para él era la idea anversa de la medida inherente al cambio, la estabilidad subsistente. Es posible que Platón se dejara influenciar por las exageraciones sofísticas del siglo v, cuando deformó esta particular concepción de Heráclito; Aristóteles aceptó la interpretación platónica del flujo e incluso la exageró aún más. En otras referencias le ataca porque niega el principio de contradicción, al afirmar que los opuestos son "lo mismo", y en esta interpretación se equivoca, una vez más, al enjuiciarle anacrónicamente de acuerdo con sus propias estructuras de un marcado carácter lógico. Es evidente que Heráclito no pretendió significar con su expresión "lo mismo" tanto que eran "idénticos" cuanto que no "esencialmente distintos".
A la vista de los defectos propios de Aristóteles respecto a la valoración de los pensadores antiguos, es más seguro intentar la reconstrucción del pensamiento de Heráclito mediante una funda-mentación directa sobre sus genuinos fragmentos transmitidos y, ni aun así, podemos esperar más que una inteligencia muy limitada, debido sobre todo a que, como notó Aristóteles, no empleó las categorías de la lógica formal y propendió a describir la misma cosa (o aproximadamente la misma cosa) bien como un dios, ora como una forma de materia, bien como una regla de conducta o principio que era, no obstante, un constitutivo físico de las cosas. Fue, sin duda, más metafísico que sus precursores jonios y se interesó menos por el mecanismo del desarrollo y del cambio que por la realidad unificadora que les subyace.

EL PENSAMIENTO DE HERÁCLITO


1) Los hombres deberían tratar de comprender la coherencia subyacente a las cosas; está expresada en el Logos, la fórmula o elemento de ordenación de todas ellas.
194 Fr. 1, Sexto, adv. math. vii 132





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