G. S. Kirk y J. E. Raven Los filósofos presocráticos



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141 Anaxímenes dijo que el primer principio era aire infinito, del cual nacen las cosas que están llegando al ser, las ya existentes y las futuras, los dioses y las cosas divinas; las demás nacen de sus productos (de él). La forma del aire es la siguiente: cuando es muy igual es invisible a la vista, pero se manifiesta por lo caliente, lo húmedo y el movimiento. Está en constante movimiento, ya que no podrían cambiar cuantas cosas cambian, sí no se moviera. Tiene manifestación distinta según se densifique o se haga más sutil; pues cuando se disuelve en lo que es más sutil, se convierte en fuego; los vientos, en cambio, son aire en periodo de condensación; de aire comprimido se forma la nube, condensado aún más, surge el agua; con un grado mayor de condensación nace la tierra y, con la máxima condensación posible, las piedras. De donde resulta que los componentes más importantes de la generación son opuestos, a saber, lo caliente y lo frío.

Las citas 139, 150 y 159 contienen toda la información que, en referencia nominal directa, adujo Aristóteles respecto a Anaxí-menes y nuestra tradición depende, sobre todo, de Teofrasto, quien, según Diógenes Laercio, ν 42, escribió una monografía especial sobre él (cf. pág. 19). Simplicio nos conserva, en 140, una corta versión de la explicación de Teofrasto sobre el principio material. En el caso presente, la versión de Hipólito es más amplia que la de Simplicio, si bien una inspección a 141 nos demuestra que esta mayor extensión se debe fundamentalmente a una mera expansión verbal y una interpretación adicional (no siempre basada en Teofrasto). La expresión πίλησις (pilei=sqai) respecto a la condensación del aire aparece también en el compendio (148) del Ps.-Plutarco y es probable que la empleara Teofrasto; dicho vocablo era un término de empleo corriente en el siglo iv y no parece necesario que Anaxímenes lo usara personalmente bajo esta misma forma, en contra de la opinión de Diels y de otros.


Anaxímenes explícito que la materia sustancial originaria era la forma fundamental de los constitutivos del mundo diferenciado, puesto que llegó a manifestar que podía convertirse en otros componentes del mundo, como mar o tierra, sin perder su propia naturaleza. Simplemente se condensaba o se rarificaba, i. e., alteraba su manifestación según su mayor o menor presencialidad en un determinado lugar. Este expediente resuelve la objeción posible de Anaximandro al principio de Tales (105 y págs. 171 ss.) y que fue la que le impulsó a postular una materia originaria indefinida. También el principio aéreo de Anax.'menes tenía una extensión indefinida —circunda todas las cosas, según se nos informa en (108 y 160), y Teofrasto lo definió como a)/peiron, infinito. No podemos conocer con exactitud su intencionalidad respecto al término aire, αήρ significaba, en Homero, y a veces en la prosa Jonia posterior, "neblina", algo visible y oscurecedor; y la cosmogonía de Anaximandro incluía una neblina húmeda, parte de la cual se coagulaba para formar una especie de tierra viscosa (pág. 208). Lo que Anaxímenes quiso decir probablemente en 160 es que todas las cosas estaban rodeadas por pneu=ma kai\ a)h/r, "viento (o aliento) y aire" y que el alma estaba emparentada con este aire; lo que sugiere que para él a)h/r no era neblina, sino, como supuso Heráclito en 141, el aire atmosférico invisible. Confirma esta suposición el hecho de que describiera a los vientos como formas de aire ligeramente condensadas (140, 141), si bien es absolutamente cierto que Heráclito no incluyó al aire entre los componentes del mundo (p. e., 218) y fue necesario que Anaxágoras (470) hiciera hincapié en su sustancialidad, i. e. su corporeidad. Parece, pues, como si Anaxímenes supusiera simplemente que alguna parte al menos del aire atmosférico era sustancial y forma básica, de hecho, de la sustancia, aunque no adujo ninguna relevante demostración de su sustancialidad capaz de convencer a sus inmediatos sucesores. Sería ésta una suposición muy singular, si bien debemos recordar que pneu=ma en el sentido de aliento estaba dotado de existencia real, aunque no era visible. No era, sin embargo, totalmente insensible y su presencia se manifestaba mediante propiedades tangibles —"lo frío y lo caliente, lo húmedo y el movimiento" en términos de Hipólito. El aire atmosférico no se manifiesta, a veces, mediante ninguna de estas propiedades.
Teofrasto bosquejó las formas principales que el aire adopta como resultado de la condensación y rarefacción. Eran suficientemente obvias y se basaban, de un modo claro, en la observación de los procesos naturales —la procedencia de la lluvia de las nubes, la aparente condensación del agua en tierra, la evaporación, etcétera. Todos los presocráticos aceptaban estos cambios, si bien sólo Anaxímenes los explicó en términos exclusivos de densidad de un único ingrediente96. Podemos preguntarnos por qué se cita al aire en concreto como la forma normal o básica de la materia, ya que, desde el punto de vista del cambio natural que en el mundo acaece, podría ser el agua, con igual derecho, el elemento fundamental y el aire una variante rarificada. A juzgar por 160 (páginas 233 ss.), donde se compara al aire cósmico con el pneu=ma ο aliento, que tradicionalmente se concibe como el alma-aliento o ψυχή, dadora de vida, parece deducirse que Anaxímenes consideró el aire como el aliento del mundo y, en consecuencia, como su fuente eterna y divina; cf. también pág. 236. Pudo haberle parecido, además, que el aire tenía alguna de las cualidades indefinidas de la sustancia originaria de Anaximandro (al no estar naturalmente caracterizado por ningún opuesto particular); y tenía, asimismo, la ventaja de ocupar una vasta región del mundo ya desarrollado. A primera vista parece que abandonó el principio de la oposición general dentro del mundo (que, en breve, iba a renovar Heráclito en una forma anaximandrea, aunque con alguna modificación) y que perdió, en consecuencia, incluso los motivos metafóricos de injusticia y retribución respecto al cambio natural. Adquirió, en cambio, una nueva y especial significación una pareja de opuestos —lo raro y lo denso— y podría argüirse, con absoluta legitimidad, que todos los cambios se deben a sus mutuas reacciones (cf. más adelante pág. 220). No cabe la menor duda de que participó de la suposición de Tales de que la materia estaba, en cierto modo, viva, suposición que confirmaría la constante movilidad del aire —especialmente si sólo se le concedía categoría de tal, cuando era perceptible. Teofrasto redujo, como de costumbre, estas suposiciones a la fórmula de "movimiento eterno", añadiendo que todo cambio depende de este movimiento.
De su manifestación de que "las demás cosas surgen de éstos" en 140 in fine y de su vaga e imprecisa paráfrasis en 141 init. (cf. Cicerón, Acad. ii 37, 118, DK 13 a 9) resulta que Anaxímenes no creyó que cualquier clase de sustancia natural pudiera explicarse como una forma directa de aire, sino que había algunas formas básicas (fuego, aire, viento, nube, agua, tierra y piedra) de las que se componían las demás. La conclusión que de esta interpretación se deduce, en el caso de ser correcta, es importante, puesto que hace de Anaxímenes el pionero de la idea de que hay elementos de los que se componen otros objetos —idea que Em-pédocles fue el primero en alumbrar formalmente. Parece, sin embargo, cuestionable la fundamentación de dicha interpretación, ya que no existe ningún otro testimonio de que alguien intentara dar, antes de Empédocles, una explicación detallada de sustancia alguna que no fueran los principales elementos cósmicos. Dado que los milesios encontraron su expediente explicativo de la pluralidad, parece más concorde con su peculiar modo de ser que Anaxímenes se adhiriera a él. Teofrasto, por otra parte, propendía precisamente a añadir compendios generalizadores como éste, engañosos con frecuencia, a una lista específica 97. Sin embargo, la dificultad de que el aire se convirtiera en rocas o en matas de mirtos pudo haber sorprendido a Anaxímenes y haberle sugerido las ventajas de la mezcla como un mecanismo adicional (cf. Guthrie, HGP I, 122 s.). En cualquier caso, J. Barnes acierta, cuando rechaza la idea de que Anaxímenes fuera como un "Boyle presocrático" y que su física fuera "fundamentalmente cuantitativa" (op. cit., I, 45 s.).

ii) Lo caliente y lo frío se deben a la rarefacción y la condensación.


143 Plutarco, de prim. frig. 7, 947 f (DK 13 β 1)


(Cf. Pro-blemata 34, 7, 964 a 10.)


143 ...concedamos que ni lo frío ni lo caliente pertenecen a la sustancia, como pensó Anaxímenes cuando era viejo, sino que son disposiciones comunes de la materia que sobrevienen en los cambios; pues afirma que lo que se comprime y se condensa es frío, mientras que lo que es raro y «laxo» (por emplear sus propias palabras) es caliente. Por lo que no carece de fundamento su afirmación de que el hombre emite lo caliente y lo frío por la boca: el aliento se enfría cuando se comprime y se condensa con los labios, pero, cuando se abre la boca, el aliento se escapa y se calienta por su rarefacción. Aristóteles atribuye esta teoría a su ignorancia [de Anaximenes]...

Parece que Plutarco tuvo acceso a una cita genuina de Anaxí-menes, ya que dice expresamente que la palabra χαλαρός "laxo", al menos, la empleó Anaxímenes mismo y no hay razón alguna para dudar de dicha afirmación. Plutarco depende conceptualmente de un pasaje perdido de Aristóteles; el pasaje procedente de los Problemas aristotélicos discute el fenómeno, del modo que se sugiere en la continuación a 143, pero no menciona por su nombre a Anaxímenes. Éste adujo, sin duda, el ejemplo del aliento para demostrar que la rarefacción y la condensación del aire pueden producir no simplemente variaciones obvias como las de dureza y blandura, densidad y tenuidad, sino una variación de lo caliente y lo frío, que parecen tener escasa relación con la densidad. Si nos basáramos únicamente en esta prueba, deberíamos esperar que el ejemplo constituyera una parte del argumento de que la condensación y rarefacción pueden producir alteraciones completamente inesperadas y ser, por tanto, los causantes de cualquier clase de diversidad.


Hipólito, sin embargo, sugiere en 141 que lo caliente y lo frío desempeñan una función vital en la generación: en otras palabras, Anaxímenes siguió atribuyendo una especial importancia a las principales sustancias cosmogónicas de Anaximandro, la materia sustancial caliente y la fría. El extracto de Simplicio, procedente de Teofrasto (140) no lo menciona en absoluto, pero es improbable que Hipólito o su fuente inmediata fueran los autores exclusivos de esta sugerencia. Es difícil de comprender, sin embargo, cómo estas sustancias opuestas podían ser fundamentales en el esquema de Anaxímenes y es sumamente probable que Teofrasto, al observar que le daba cierta prominencia al calor y al frío, sugiriera que eran para Anaxímenes, como lo eran para Aristóteles y para él mismo, uno de los elementos esenciales de la γένεσις. (Los cuerpos simples se componían, según los peripatéticos, de materia prima informada por calor o frío o por humedad o sequedad.) Es ésta una interpretación anacrónica que nos expedita la aceptación de la interpretación lógica que Plutarco mismo sugiere, a pesar de estar expresada todavía en términos peripatéticos. ¿Pudo siquiera Anaxímenes haber pensado que la temperatura variaba en relación directa a la densidad? También se dan cosas tales como, por ejemplo, la piedra caliente o el aire frío. Es posible que no se le ocurriera dicha dificultad, puesto que es cierto, en general, que la escala ascendente de densidad representa también una escala descendente de temperatura, desde el fuego hasta las piedras; y en cuanto al aire, no suele darnos la sensación de algo especialmente frío o especialmente cálido (por lo menos, en el Mediterráneo). Es posible, a su vez, que pareciera que el ejemplo del aliento comprimido por los labios ilustraba la prueba de que la densidad puede afectar a la temperatura, sin implicar que sea así siempre en el mismo grado 98.

iii) El aire es divino.


144 Cicerón, N. D. i 10, 26 post Anaximenes aera deum statuit eumque gigni esseque immensum et infinitum et semper in motu, quasi aut aer sine ulla forma deus esse possit... aut non omne quod ortum sit mortalitas consequatur.
144 Después Anaxímenes determinó que el aire es un dios, que tiene nacimiento, es inmenso e infinito y está siempre en movimiento, como si el aire sin forma alguna pudiera ser un dios... o todo ¡o que tiene nacimiento no fuera mortal.

145 Aecio, i 7, 13




145 Anaximenes (dice que) el aire (es dios); es necesario entender, respecto a los que así se expresan, (que se refieren a) las fuerzas que penetran completamente los elementos o los cuerpos.

146 S. Agustín, C. D. viii 2 iste [Anaximander] Anaximenen discipulum et successorem reliquit, qui omnes rerum causas aeri infinito dedit, nec deos negavit aut tacuit; non tamen ab ipsis aerem factum, sed ipsos ex aere ortos credidit.


146 Éste (Anaximandro) dejó por discípulo y sucesor a Anaximenes, quien atribuyo las causas todas de las cosas al aire infinito y no negó la existencia de los dioses ni se callo respecto a ellos; no creyó, sin embargo, que ellos produjeran el aire, sino que ellos mismos nacieron de él.

Los pasajes 1 y 3 de los mencionados afirman que, según Anaximenes, un dios o dioses nacieron del aire primigenio; Hipólito escribió también, en la primera frase de 141, que "dioses y cosas divinas" surgieron del aire. Es posible, en consecuencia, que Teo-frasto no dijera simplemente que el aire primigenio era, en sí mismo, divino (cf. la afirmación de Aristóteles, en 108, según la cual Anaximandro y la mayoría de los físicos consideraban que su materia sustancial originaria era divina). Es probable, pues, que Anaxímenes mismo dijera algo sobre los dioses y puede inferirse razonablemente que su mención se encaminó a resaltar el hecho de que tal como aparecían en el mundo procedían ellos mismos del aire omnicircundante, que era verdaderamente divino. Pudo, en este caso, Anaxímenes haber sido precursor de Jenófanes y de Heráclito en lo que respecta a sus críticas de las divinidades de la religión convencional; no hay, sin embargo, pruebas de que llegara a negar realmente su existencia, más allá de la posición de Heráclito. Que el aire mismo es divino lo dan a entender tanto la generalización de Aristóteles como Aecio en 145, quien da una descripción de tinte estoico respecto a la clase de divinidad implícita en las palabras "poderes que penetran completamente los elementos o cuerpos", i. e., alude a una capacidad motriz y organizadora, inherente, en grados diversos, a los constitutivos del mundo 99.



COSMOGONÍA
148 Ps.-Plutarco, Strom. 3 (cf. DK 13 a 6)





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