G. S. Kirk y J. E. Raven Los filósofos presocráticos


CAPÍTULO I - LOS PRECURSORES DE LA COSMOGONÍA FILOSÓFICA



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CAPÍTULO I - LOS PRECURSORES DE LA COSMOGONÍA FILOSÓFICA

Se examinan, en este largo capítulo preliminar, algunas ideas que no son estrictamente "filosóficas", sino de contexto mitológico más que racionalista; pueden, sin embargo, considerarse como preludios significativos de los intentos propiamente racionales por explicar el mundo, intentos que comenzaron con Tales.


No nos ocupamos de la mitología como tal, sino de conceptos que, aunque expresados en el lenguaje y a través de los personajes del mito, no son de naturaleza mitopoyética, sino resultado de un modo de pensar directo, empírico y no simbólico. Estas visiones .cuasi-racionalísticas del mundo se interesan, en general, por su primera historia, partiendo de su real nacimiento o creación. Era incidental para su modo de pensar el intento (hecho sobre todo por Hesíodo en la Teogonía) de sistematizar las múltiples divinidades de la leyenda, haciéndolas derivar de un antepasado común o par de antepasados al principio del mundo. Sólo unos pocos debieron dedicarse a la activa investigación de la ascendencia del mundo, tanto si era principalmente mítica como en Hesíodo o fundamentalmente racional como en los pensadores milesios. Les interesaban más la estructura general del mundo presente y los hechos de la experiencia común, campo en el que gozó de una amplia aceptación una visión ingenua, extrovertida y general, aunque parcialmente mítica. Aparece de vez en cuando en Homero y se describe brevemente en el parágrafo 1. En los parágrafos 2 y 3 se examinan conceptos a los que los griegos mismos concedieron más tarde importancia cosmogónica: los de Océano y Nyx (la Noche). Los parágrafos 4, 5 y 6 estudian versiones especiales, todas de carácter primariamente no filosófico, pero que tratan de temas cosmogónicos: las diversas ideas cosmogónicas asociadas a Orfeo en primer lugar, la Teogonía de Hesíodo en segundo y los puntos de vista sugestivos, aunque fragmentarios de Alemán y de Ferécides de Siro (de una extensión un tanto desproporcionada) en tercer lugar. Por último, en el § 7 consideramos, con brevedad, los pasos necesarios para el tránsito a una aproximación racional más plena.
Se harán, en algunos puntos, referencias a la mitología comparada de las culturas precedentes del Oriente próximo, en especial de la babilonia, egipcia e hitita. Existen grandes semejanzas entre algunas de las historias teogónicas y cosmogónicas griegas con los mitos teogónicos de estas grandes civilizaciones ribereñas y sus vecinos. Tales similitudes nos ayudan a explicar algunos detalles de las concepciones griegas hasta Tales inclusive. Las traducciones de los principales textos no griegos pueden encontrarse convenientemente expuestas en Ancient Near Eastern Texis relating to the Old Testa-mení, Editados por J. B. Pritchard (Princeton, 3.a ed., 1969), a los que nos referimos bajo las siglas Pritchard ANET. Compendios útiles, todos en la serie Pelican, son los de H. Frankfort y otros, Before Philosophy (Hardmondsworth, 1949), cuyo título original es The Intellectual Adventure of Ancient Man (Chicago University Press, 1946), O. R. Gurney, The Hittites (Hardmondsworth, ed. rev. 1961) y G. S. Kirk, The Nature of Greek Myths (Hardmondsworth, 1974), cap. XI.
Poco diremos, en este capítulo, sobre el desarrollo del concepto del alma. La idea homérica de la psyche o alma-aliento como una imagen insustancial del cuerpo, al que da vida y sobrevive con una existencia desgraciada y exangüe en el Hades, es tan familiar que no necesita descripción aquí. The Greeks and the Irrational de E. R. Dodds (Berkeley, 1951) o el capítulo 5.° de Theology of the Early Greek Philosophers de Jaeger (Oxford, 1947) nos dan una buena información de la idea popular, prefilosófica, del alma. Fue posiblemente Pitágoras el primer griego que, de un modo explícito, la consideró como algo de importancia moral y Heráclito quien primeramente señaló que su conocimiento era aplicable al conocimiento de la estructura del cosmos. Sin embargo, la concepción de que la sustancia del alma está emparentada con el éter, o la sustancia de los astros, parece que había existido ya durante algún tiempo, como parte del complejo cuerpo de creencias populares, al lado de la concepción homérica distinta de un alma-aliento, a juzgar por algunos textos poéticos del siglo v a. C. Estos antecedentes quedarán compendiados en los capítulos sobre Tales, Anaxí-menes y Heráclito.
El objeto principal de los primeros esfuerzos conscientes por explicar el mundo se redujo a la descripción de su crecimiento a partir de un comienzo simple y, en consecuencia, completamente comprensible. Las cuestiones referentes a la vida humana parece que pertenecieron a un tipo de investigación diferente a la tradición poética, de hecho, en la que continuaron aún siendo válidos los viejos supuestos heredados, si bien fueron, en ocasiones, incompatibles. Veremos, además, que se imaginaron de un modo antropomórfico, en términos de un progenitor o par de progenitores, el estado original del mundo y el método de su diversificación. Esta relación genealógica subsistió incluso después que los filósofos mi-lesios abandonaron definitivamente el armazón mitológico tradicional discutido en el § 7. Parte de la originalidad de Heráclito consiste en haber rechazado radicalmente tal aproximación.
1. LA INGENUA VISIÓN DEL MUNDO
Una concepción popular de la naturaleza del mundo, que puede entreverse principalmente en referencias homéricas dispersas, es, grosso modo, la siguiente: el cielo es una semiesfera sólida, similar a un cuenco (Il. 17, 425 xa/lkeon ou)rano/n , cf. Píndaro, N. 6, 3- 4; ou)rano\n e)j polu/xalkon en Il. 5, 504; Od. 3, 2; sidh/reon ou)rano/n en Od. 15, 329 y 17, 565. Es de suponer que fueran estos epítetos metálicos los que le transmitieron la solidez y el brillo. El cielo cubre la tierra plana. La parte inferior del espacio existente entre la tierra y el cielo hasta las nubes inclusive contiene a)h/r ο neblina; la parte superior (llamada a veces ουρανός mismo) es ai)qh/r, éter, el aire superior brillante que, en ocasiones, conciben como ígneo. Cf. Il. 14, 288 ( e)la/th ) di' h)e/roj ai)qe/r' i(/kanen, "el abeto, a través del aire llegaba al éter". Bajo su superficie, la tierra se extiende ampliamente hacia abajo y ahinca sus raíces dentro del Tártaro o sobre él:
1 Homero, Il. 8, 13 (habla Zeus)

1 O cogiéndole le lanzaré al Tártaro nebuloso, muy lejos, donde hay una sima profundísima bajo tierra; allí hay puertas de hierro y un umbral broncíneo, tan profundo bajo el Hades cuanto el cielo dista de la tierra.
2 Hesíodo, Teogonía 726 (Τάρταρον)


2 En torno a él (Tártaro) un cerco broncíneo está tendido; a uno y otro lado, en triple muralla, está desparramada la Noche en torno a su garganta; encima están las raices de la tierra y del mar estéril.

El circuito de Tártaro es, por tanto, "broncíneo" (y, en consecuencia, firme, inflexible) como el cielo; su simetría queda también reflejada en la equidistancia entre el cielo y la superficie de la tierra y la superficie de ésta y sus raíces —porque "Hades" del último verso de la cita 1 parece ser una variante ilógica de un "tierra" original como en el verso 720 de la Teogonía τόσσον e)/nerq' u(po\ ge~j o(/son ou)rano/j e)st' a)po\ gai/hj ("tan profundo bajo tierra cuanto el cielo dista de ella"). Existía una cierta vaguedad sobre la relación entre Hades, Erebo y Tártaro, si bien éste era, sin duda alguna, la parte más baja del inframundo. La simetría entre inframundo y supramundo no era completa, ya que a la forma del Tártaro no se la concebía normalmente como semies-férica y la del cielo resulta, con frecuencia, complicada por la idea de que el Monte Olimpo, morada de los dioses, se funde con él. Según una concepción distinta, la tierra se extendía hacia abajo indefinidamente:


3 Jenófanes, fr. 28 (= 180)



(Cf. Estrabón, 1, p. 12 Cas.)


3 El límite superior de la tierra es el que vemos ante nuestros pies, en contacto con el aire; pero su parte inferior se prolonga indefinidamente.

Es esta una formulación posterior, pero que, de nuevo, es más popular que intelectual.


El vasto río de Océano fluía, según la concepción popular, en torno al borde del disco terrestre. Este concepto tuvo una considerable importancia en el pensamiento precientífico griego y se discute en la sección siguiente.

2. OCÉANO


i) Como río que circunda la tierra, y fuente de todas las aguas.
4 Homero, Il. 18, 607 (Hefesto)


4 Coloca dentro la fuerza poderosa del río Océano, a lo largo del borde del bien construido escudo.


5 De palabra afirman (los griegos) que Océano, partiendo de la salida del sol, fluye en torno a la tierra toda, pero de hecho no lo demuestran.

6 Homero, Il. 21, 194 (Zeus)




6 A éste ni el poderoso Aqueloo le iguala, ni la gran fuerza de Océano, de profunda corriente, de quien, en verdad, todos los ríos, todo mar, las fuentes todas y los profundos pozos dimanan.

Las referencias en 4 (en que no cabe duda de que se concibe redondo el escudo hecho para Aquiles), en 8 y algunos de los epítetos aplicados a Océano —en especial afo/rrooj, "refluyente" (lo que probablemente significa "que refluye hacia sí mismo")— sugieren que Océano ciñe la superficie circular de la tierra, aunque los poemas homéricos no lo enuncien de un modo explícito. Distintos pasajes de Eurípides, Heródoto (5) y de otros demuestran que la idea de un Océano circundante tuvo una amplia aceptación, aunque, en pasajes ocasionales de Homero, especialmente en la Odisea, hubiera empezado a aparecer un uso más libre, i. e., su concepción como un vasto mar exterior. La cita 4 concibe a Océano como un río, visión que tuvo también una amplia aceptación, ya que son frecuentes las referencias a las corrientes, r(oai/, de Océano, y es de suponer que, en dicha concepción, se creyera que estaba formado por agua dulce; la cita 6 le considera como la fuente de todas las aguas, tanto saladas como dulces, incluidas dentro de su órbita, lo mismo las superficiales que las subterráneas. La idea de que el agua salada es simplemente agua dulce a la que la tierra confirió, de alguna manera, una cualidad distintiva tuvo una amplia predicación en el período científico.


La concepción de que un río circunda la tierra difiere de otros elementos de la imagen popular del mundo en que no se basa tan claramente en la experiencia. Es ésta una formulación posterior, pero que, de nuevo, es más popular que intelectual. El cielo parece semiesférico y a algunos les parece impenetrable; se le denomina, en consecuencia, "broncíneo" y Anaxímenes y Empédocles lo consideran incluso hieli-no o sólido. La tierra aparece plana y el horizonte circular, si bien la experiencia no puede sugerir, con la misma facilidad, que el horizonte último esté limitado por un río de agua dulce. Es posible que algunos viajeros trajeran noticias de vastos mares allende el Mediterráneo, pero dichos mares serían, sin duda, salados, si bien es igualmente posible qué la imagen de las fuentes que manan burbujeantes de la tierra sugirieran la idea de ríos subterráneos, aunque dicha imagen no exige de por sí la idea de un río circundante. Debemos, en consecuencia, admitir la posibilidad de que esta concepción popular se originara en las grandes civilizaciones ribereñas de Egipto y de Mesopotamia, que, de alguna manera, se introdujeron en Grecia, donde la revistieron con una forma específica propia. Hemos de ver que (págs. 141 ss.) de estas civilizaciones adoptó probablemente Tales su idea de que la tierra flota sobre el agua; y las coincidencias de detalle entre las versiones griegas de ciertos mitos y las babilonias o hetitas prueban que ya en la época de Hesíodo y probablemente mucho antes, se incrustaron en el pensamiento griego concepciones que no nacieron en el área egea, ni en centros culturales de lengua griega, próximos a ella, antes de su incorporación a Grecia. Tales coincidencias se estudian brevemente en las páginas 74 ss., 77 ss. Las aisladas referencias de Homero a Océano como origen de todas las cosas en la segunda parte de la presente sección (pág. 29) parecen concluir que esta imagen es una probable alusión a ideas mitológicas de origen no griego. En las versiones babilonias y en algunas de las egipcias se consideraba que la tierra estaba en estado de desecación o de emergencia en medio de las aguas primigenias2. No es de extrañar que una idea semejante se pudiera desarrollar en Mesopotamia, cuya tierra firme se formó de las marismas existentes entre dos ríos, ni en Egipto, donde la tierra fértil emergía cada año a medida que cedían las inundaciones del Nilo. La tierra que surge de una extensión indefinida de agua primigenia continúa estando rodeada de agua, circunstancia que parece ofrecer un motivo plausible, aunque no seguro, para la formación del concepto griego de Océano3. En este desarrollo popular del tema del agua originaria se considera a la tierra, una vez emergida, sólidamente arraigada y se constriñe a la extensión indefinida del agua (que no siempre se concibió limitada por encima, i. e., con superficie) dentro de un vasto río, aunque no necesariamente ilimitado4.



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