G. S. Kirk y J. E. Raven Los filósofos presocráticos



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nota 1 del texto griego:

1 u(gro/n, χιόνι mss.; κίονι Aecio, iii 10, 2 (DK 12x25). γυρόν (Roe-per) es una corrección plausible al inadmisible u(gro/n; de su significado original de "curvado" (p. e., de un anzuelo o de las espaldas de un jorobado) llegó también a significar "redondo". Es posible, por tanto, que στρογγύλον sea una glosa interpolada. Hemos sustituido, p. e., xi/oni por κίονος, tal vez debiéramos leer κίονι liqi/nw| (cf. Diels, Doxogra-phi Graeci, 218); en cualquier caso, el sentido no ofrece duda. (Kahn, op. cit., 55 s. no resulta convincente).
122 A) Dice que la tierra tiene forma cilíndrica y que su espesor (altura) es un tercio de su anchura. — B) Su forma (de la tierra) es curva, redonda, semejante a un fuste de columna; nosotros caminamos sobre una de sus superficies planas; la otra está en el lado opuesto.

123 Aristóteles, de caelo Β 13, 295 b 10




123 Hay algunos, como Anaximandro entre los antiguos, que dicen que la tierra está en reposo a causa de su equilibrio. Pues es propio de lo que está asentado en el centro no inclinarse en absoluto más hacia arriba, o hacia abajo o hacia los lados; es imposible que se mueva a la vez en direcciones opuestas, de modo que está en reposo por necesidad.

124 Hipólito, Ref. I, 6, 3 (precede a 122 b)




124 La tierra está en lo alto y nada la sostiene; se mantiene en reposo por su equidistancia de todas las cosas.

En estos dos pasajes se nos informa de que la tierra tiene una forma cilindrica y de que los hombres viven sobre su superficie superior. No hay duda de que significa (como cree Kahn) que la superficie de la tierra es cóncava —o convexa, por esta causa. El término guro/j se refiere a su sección circular, de acuerdo con la visión tradicional (cf. págs. 29-30 arriba sobre Océano); cf. LSJ s. ν. gu=roj. Tampoco la mención de una superficie inferior en 122 β implica que estuviera también habitada (contra Kahn, 56 y 84 s.). Su anchura es tres veces mayor que su espesor —una proporción análoga a las distancias de los cuerpos celestes—. Explica su evidente estabilidad de una manera nueva y supone un avance radical sobre la idea de Tales de que flotaba sobre el agua (idea que renovó y modificó Anaxímenes, pág. 227). Es de suponer que sean los anillos celestes, de los que el sol es el mayor (125), aquello en cuyo centro está la tierra. Anaximandro no se refería al mundo como totalidad ni decía que éste estaba en el centro de lo Indefinido, aunque no cabe duda de que habría aceptado esta idea si la hubiera tenido a su alcance. En cualquier caso, rompió totalmente con la idea popular de que la tierra debía de estar sostenida por algo concreto y que debía de tener "raíces"; su teoría del equilibrio fue un salto brillante hacia el campo de lo matemático y del a priori —que no habría intentado dar, podría sugerirse, de haber aplicado a su cosmogonía la acción vortical y tenía a su alcance, por así decirlo, para explicar la estabilidad de la tierra. Respecto a las implicaciones más amplias de la teoría de Anaximandro, cf. más extensamente Kahn, op. cit., 76-81.


ii) Los cuerpos celestes.
125 Hipólito, Ref. i 6, 4-5




125 Los cuerpos celestes nacen como un círculo de fuego separado del fuego del mundo y rodeado por aire (cf. 121). Hay espiraciones, ciertos pasos en forma de tubo, por los que se muestran los cuerpos celestes; por eso, cuando se cierran los orificios de espiración tienen lugar los eclipses. La luna aparece unas veces creciente y otras menguante, según el cierre o abertura de los pasos. El círculo del sol es 27 veces mayor que el de la tierra y 18 veces el de la luna; el sol está más arriba y los círculos de las estrellas fijas más abajo.

126 Aecio, ii 20, 1



(Cf. Aecio, ii 25, 1, DK12A22, en lo referente a la luna).


126 Anaximandro dice que el sol es un círculo 28 veces mayor que la tierra, semejante a una rueda de carro que tuviera sus radios huecos y estuviera llena de fuego y que lo mostrara, por alguna parte, a través de una abertura como a través de la boquilla de un fuelle.

127 Aecio, π 21, 1



127 Anaximandro dice que el sol es igual a la tierra, pero que el círculo de donde tiene su orificio de espiración y por el que es llevado en derredor es 27 veces mayor que la tierra.

128 Aecio, π 16, 5




128 Anaximandro dice que los cuerpos celestes son llevados por los círculos y las esferas sobre los que cada uno camina.

El sol y la luna son cada uno una apertura en anillos sólidos separados como las pinas de las ruedas de los carros. Dichos anillos se componen de fuego rodeado por aire (considerado como bruma que lo encubre) y de la única apertura de cada uno de ellos emerge fuego como el aire de la boquilla de un fuelle; los símiles de las ruedas de carro y de los fuelles derivan tal vez del mismo Anaximandro. Los eclipses y las fases de la luna se deben al cierre total o parcial de la abertura y no aduce —como es típico— razón alguna de este cierre. La abertura del sol es del mismo tamaño que la superficie de la tierra (127) —opinión muy peculiar, que Heráclito contradice en el fr. 3; el diámetro de su círculo es 27 veces mayor (28 en 126)92 y el círculo de la luna es 19 veces el diámetro de la tierra (o 18 presumiblemente); la evidente laguna de 125 se ha llenado siguiendo a Aecio, ii 25, 1, quien aduce la información correspondiente a 126 respecto a la luna, añadiendo únicamente que los círculos del sol y de la luna están oblicuos. Hay que suponer, aunque no se nos dice nada, que los círculos de las estrellas (cf. más abajo) fueran nueve o diez veces mayores que el diámetro de la tierra y que estaban más próximas a ella (125 fin.). Anaximandro, pues, dio a la estructura del mundo una base matemática, desarrollando la suposición (que ya aparece en Homero y en Hesíodo, cf. 1 y su comentario) de que está ordenado —incluso de modo groseramente cuantificable y de que es determi-nable. Es posible que esta idea de las distancias proporcionales influyera a Pitágoras.


La descripción de las estrellas ofrece ciertas dificultades, a) 125 fin. menciona a las estrellas fijas como las más próximas a la tierra. Es posible que, como creyó Diels, exista otra laguna en la información y que se mencionara también a los planetas. La creencia de que las estrellas fijas y los planetas equidistaban de la tierra aparece implícita, tal vez, en la información de Aecio, ii 15, 6 (DK 12 a 18) y lo sugieren las series de distancias proporcionales: 1 (diámetro de la tierra) —x—18 (anillo de la luna) — — 27 (anillo del sol), x, la distancia a averiguar, en este caso, debe ser la de las estrellas y planetas; tiene que ser 9 para que pueda encajar dentro de las series, y no queda ningún otro número disponible que permita fijar una distancia diferente a las estrellas y los planetas, b) 128 menciona a los círculos y las esferas de las estrellas (mientras que 125 habla de un círculo de estrellas al principio y de círculos al final). Ambas informaciones son incompatibles entre sí y es posible que aludiera a una esfera para las estrellas fijas y a anillos para los planetas, si bien esta suposición contradice el argumento de que las estrellas fijas y los planetas deben equidistar de la tierra, ya que no habría, en este caso, espacio para una esfera y para los anillos. Es imposible, en efecto, la admisión de una esfera, a pesar de ser la explicación más simple de las estrellas fijas: la explicación cosmogónica (121) decía que un globo de llama se separó por rotura del vapor que circundaba la tierra y se cerró después en círculos (evidentemente de aire-bruma) que formaron el sol, la luna y las estrellas. No cabe la más mínima posibilidad de que parte de la esfera de llama continuara siendo una esfera después de su ruptura. Debe suponerse, en consecuencia, que cada estrella, los planetas incluso, tenía su propio círculo; que todos ellos tienen un mismo diámetro y que se inclinan sobre innumerables planos diferentes. No eclipsan al sol ni a la luna (cf. p. e. Homero, Il. 20, 444 y ss.; 21, 549). Si su centro es el mismo que el de la tierra, quedan sin explicar las estrellas circumpolares (que no se ponen) —lo mismo acontecería en el caso de que fuera una esfera— y, si sus centros están a distancias diferentes a uno y otro lado del eje de la tierra —lo que explicaría que algunas estrellas no se pongan— infringirían igualmente el equilibrio descrito en 123 y 124. Tal vez no pensó Anaximandro en esta dificultad y es probable que atribuyera el movimiento del sol sobre la eclíptica, la declinación de la luna y los movimientos de los planetas al viento (cf. 132), los movimientos de Este a Oeste se debían a la rotación de los círculos (cf. φέρεσθαι en 128) en los planos de sus circunferencias.
Está claro que gran parte de la astronomía de Anaximandro es especulativa y apriorística —lo que no equivale a decir que sea precisamente mística o poética (cf. Kahn, op. cit., 94 s.). Mas bien, desarrolla, con una mayor amplitud, la simetría del universo, supuesta en Homero y Hesíodo, la precisa más y la relaciona más estrechamente con la observación de «sentido común» de un tipo un tanto incompleto y casual.

iii) Fenómenos meteorológicos.


129 Hipólito, Ref. i 6, 7


nota 1 del texto griego:

1 e)k th=j a)tmi/doj - a)nadidome/nhj Cedreno—; los mss. registran una lectura evidentemente corrupta (DK 1 p. 84 n.) que implica, de implicar algo, que la exhalación procede de la tierra. También a Heráclito se le atribuyó una doble exhalación (p. 294 n. 1), una sutileza de Aristóteles probablemente. Cedreno (siglo ii d. C.) registra a veces la lectura correcta: p. e., la cita 129 demuestra que su corección e)kpi/ptwn en 130 al e)mpi/ptwn de los mss. es correcta.
129 Los vientos surgen cuando se separan los vapores más sutiles del aire y se ponen en movimiento al juntarse; las lluvias nacen del vapor que brota de las cosas que están debajo del sol y los relámpagos, cuando el viento, al escaparse, escinde las nubes.

130 Aecio, iii 3, 1-2






130 (Sobre los truenos, relámpagos, rayos, huracanes y tifones.) Anaximandro dice que todos estos fenómenos acontecen a causa del viento; pues, cuando, constreñido en una densa nube, se abre paso por la fuerza a causa de su delgadez y ligereza, entonces la ruptura produce el ruido y su choque contra la negrura de la nube origina el relámpago.

131 Séneca, Qu. Nat. ii 18 Anaximandrus omnia ad spiri-tum rettulit: tonitrua, inquit, sunt nubis ictae sonus... (véase DK12A23). .


131 Anaximandro todo lo refirió al viento; el trueno es, dijo, el ruido de una nube golpeada...

Estos pasajes sugieren que Anaximandro participó de la modalidad jonia, más o menos tipificada, de explicar los fenómenos meteorológicos (en su actual significación). Los principales elementos de este esquema son: el viento, la evaporación del mar y la condensación de las masas de vapor que forman las nubes. Todos los testimonios al respecto se basan, como es natural, en Teofrasto, de quien podemos sospechar que no siempre resistió a la tentación de aducir las explicaciones "adecuadas", cuando no se aportaba ninguna, de ciertos fenómenos naturales, que, a su juicio, despertaron el interés de todos los presocráticos. La explicación del viento en 129 (cf. también Aecio, iii 7, 1, DK 12 a 24) es muy complicada; nótese que es algo que se debe a "la separación" de la parte más sutil del aire. La lluvia se origina por condensación (es de suponer) de vapores húmedos evaporados por el sol; el viento origina la mayoría de los demás fenómenos (130, 131), incluso, probablemente, los movimientos en dirección norte-sur del sol y de la luna (cf. 132, 133). La cita 132, junto con la 133, es ambigua en este punto —podría ser la exhalación (como piensa Kahn, op. cit., pág. 66), más que los vientos mismos, la que causa estos movimientos, aunque 131 sugiere que Aristóteles interpretó que fueron estos últimos. El hecho de que concentre su interés especial en el viento, producto del aire, puede sugerir una cierta interconexión con Anaxímenes, quien explicó el relámpago de la misma manera que él, si bien, en un apéndice a 130, se le distingue a aquél por su aducción de un paralelo especial (el destello de los remos en el agua; cf. 158). Sobre ello y el § (iv) cf. la interesante discusión, más amplia, de Kahn, op. cit., 98-109. En la página 102 enfatiza el paralelo entre el fuego meteorológico del rayo, que emana del viento, y el de los anillos celestiales.



iv) La tierra se está secando.
132 Aristóteles, Meteor. Bl, 353 b 6

132 Pues en un principio era húmeda toda la región en torno a la tierra, mas, al ser secada por el sol, la parte vaporosa origina los vientos y las revoluciones del sol y de la luna, mientras que el resto es mar; creen, en consecuencia, que el mar está disminuyendo por estarse secando y que terminará por secarse del todo ...de esta opinión fueron, según cuenta Teofrasto, Anaximandro y Diógenes.

Es de utilidad el poder disponer de la atribución de Teofrasto, referida por Alejandro (y confirmada por Aecio m, 16, 1), aunque debe advertirse que el único nombre que Aristóteles menciona en conexión con la concepción de la desecación del mar es el de Demócrito (Meteor. Β 3, 356 b 10, DK 68 a 100). Aristóteles había dicho previamente (Meteor. A 14, 352 a 17) que los que creían que el mar se estaba secando debieron estar influidos por ejemplos locales de este proceso (proceso que, podemos hacer notar, era muy claro en Mileto en el siglo vi); él mismo les reprochó su falsa inferencia y señaló que, en otros lugares, el mar estaba subiendo y que había también períodos alternantes de sequedad y lluvia, a los que denominó el "gran verano" y "gran invierno" en un "gran año"93.


Es evidente que si Anaximandro creyó que el mar se iba a secar para siempre, esta creencia tenía que suponer una seria traición a su principio, enunciado en el fr. 110, de que las cosas son castigadas por su injusticia, porque la tierra firme, al rebasar sus límites, habría invadido al mar sin pagar retribución. Además, aunque sólo se menciona al mar, es razonable concluir que, puesto que explica la lluvia por condensación de los vapores (129), la desecación del mar conduciría a la desecación de toda la tierra. Se nos podría objetar que es equivocada toda nuestra interpretación del fragmento, cuando lo concebimos como una afirmación de la estabilidad cósmica; ¿no podría ser la desecación de la tierra el preludio de su reabsorción en lo Indefinido? Tal interpretación, contestamos, es imposible, ya que, si la sequedad destruyera la tierra, este hecho cualificaría implícitamente a lo Indefinido mismo como seco e ígneo, contradiciendo así su propia naturaleza; y aun así siguen teniendo validez los argumentos derivados de la contextura del fragmento. El axioma del fragmento puede mantenerse, no obstante, si se sostiene que la disminución del mar es solamente una parte de un proceso cíclico: cuando el mar está seco comienza un "gran invierno" (en términos aristotélicos, que pudieron derivarse de teorías anteriores) y, a su vez, se llega al otro extremo, cuando la tierra es inundada por el mar y retorna, tal vez, al cieno.
Refuerza la probabilidad de que éste fuera el pensamiento de Anaximandro el hecho de que Jenófanes, otro jonio de una generación posterior, postuló ciclos de desecación de la tierra y su retorno al limo; cf. págs. 259 ss. Jenófanes, impresionado, sin duda, por la existencia de fósiles de vegetales y de animales incrustados en rocas lejanas al mar, dedujo que la tierra fue alguna vez barro, pero no argumentó que el mar se fuera a secar más aún, sino que todo retornaría al limo; los hombres desaparecerán, pero el ciclo continuará: se secará la tierra firme y los hombres volverán a ser producidos de nuevo. También para Anaximandro los hombres nacieron, en última instancia, del limo (133, 135) y, aunque el paralelismo no es completo, es muy estrecho. Es posible que Jenófanes corrigiera y modificara a Anaximandro, que también estaba familiarizado con los grandes períodos legendarios de fuego y diluvio de las épocas de Faetón y Deucalión y que, impresionado por la retirada del mar de la línea costera Jonia, aplicara dichos períodos a toda la historia de la tierra.

ZOOGONÍA Y ANTROPOGONÍA


133 Aecio, ν 19, 4


133 Anaximandro dijo que los primeros seres vivientes nacieron en lo húmedo, envueltos en cortezas espinosas (escamas), que, al crecer, se fueron trasladando a partes más secas y que, cuando se rompió la corteza (escama) circundante, vivieron, durante un corto tiempo, una vida distinta.
134 Ps.Plutarco, Strom. 2


134 Dice además que el hombre, en un principio, nació de criaturas de especie distinta, porque los demás seres vivos se ganan la vida en seguida por si mismos y que sólo el hombre necesita de una larga crianza; por esta razón, de haber tenido su forma original desde un principio, no habría subsistido.
135 Censorino, de die nat. 4, 7 Anaximander Milesius vide-ri sibi ex aqua terraque calefactis exortos esse sive pisces seu piscibus simillima animalia; in his homines concrevisse fetusque ad pubertatem intus retentos; tunc demum ruptis illis viros mu-lieresque qui iam se alere possent processisse.
135 El milesio Anaximandro creyó que del calentamiento del agua y de la tierra nacieron peces o animales muy semejantes a ellos; en su interior se formaron hombres en forma de embrión, retenidos dentro hasta la pubertad; una vez que se rompieron dichos embriones, salieron a la luz varones y mujeres, capaces de alimentarse.

136 Hipólito, Ref. ι 6, 6




136 Los animales nacen de lo húmedo evaporado por el sol. El hombre fue, en un principio, semejante a otro animal, a saber, el pez.

137 Plutarco, Symp. viii 730 e (DK 12 a 30)






nota 1 al texto griego:

1 La sustitución de Empeño galeoi/94 del imposible παλαιοί de los mss. es una enmienda brillante que tiene su base en otro pasaje de Plutarco, de soll. an. 33, 982 a, en donde se dice que el tiburón produce un huevo y que alimenta a su cría dentro de sí mismo hasta que se hace mayor; Aristóteles había observado este hecho en Η. Α. Ζ 10, 565 b 1. Es posible que la palabra "como los tiburones" sea una observación incidental de Plutarco (nótese su caso: nominativo y no acusativo), quien conoció su peculiaridad a través de Aristóteles; y es natural que lo citara como una ilustración a la idea de Anaximandro.

137 Ésta es la razón por la que veneran también [los Sirios] al pez, por creer que es de raza similar y pariente, y a este respecto filosofan de un modo más razonable que Anaximandro; pues éste manifiesta que los peces y los hombres no nacieron de los mismos padres, sino que los hombres, en un principio, nacieron dentro de los peces y dentro de ellos se criaron, como los tiburones, y que, cuando fueron capaces de cuidarse por si mismos, salieron a la luz y se posesionaron de la tierra.



Ésta es prácticamente toda la información que poseemos acerca de las evidentemente brillantes conjeturas de Anaximandro respecto a los orígenes de la vida animal y humana. Los primeros seres vivos nacieron del limo (que, en otros lugares, se llama i)lu/j) por efecto del calor del sol: esta explicación llegó a convertirse en una interpretación clásica y hasta Aristóteles llegó a aceptar la generación espontánea en tales casos. Subyace, tal vez, a dicha teoría la observación de las moscas que habitan en lugares pantanosos y de los gusanos de arena que abundan en las cálidas arenas de las orillas del mar. Sin embargo, los primeros seres vivos no eran de este tipo, sino que estaban cubiertos de escamas espinosas —como los erizos de mar, según sugerencia de Cornford. Parece que Aecio (133) registra una información especial sobre este tipo de creaturas, que es de suponer que fueran anteriores a los animales semejantes a los peces en que fueron criados los hombres. El empleo de φλοιός en su texto nos recuerda el símil de la corteza usado en la explicación cosmogónica (121); tanto el globo de llama como el caparazón espinoso se separaron de en torno al núcleo mediante su ruptura en pedazos (en esta ocasión se usa περί y no a)porrh/gnusqai).
Es muy discutido el significado de las palabras finales de 133; μετά-, en los compuestos nuevos del griego tardío, implica de ordinario un cambio más que una sucesión y probablemente significa que las creaturas, una vez salidas de su cascara, continuaron viviendo una vida diferente (i. e. sobre tierra firme) durante un corto tiempo. Es posible que Anaximandro tuviera cierto conocimiento de las dificultades de adaptación al medio ambiente 95. Tal idea no sería menos sorprendente que su inteligente observación de que el hombre (con sus nueve meses de gestación y su debilidad durante varios años) no podría haber sobrevivido en las condiciones primitivas sin una cierta protección especial. Y fue esta consideración la que le indujo a conjeturar que el hombre se crió en una especie de pez —probablemente porque la tierra fue, en su origen, húmeda y los primeros animales fueron los del mar.
El primer intento conocido por explicar, de un modo racional, el origen del hombre fue el de Anaximandro. Además, los principios generales del desarrollo del nacimiento (cf. 121 en particular) son semejantes: la humedad está contenida en un tegumento corti-coso y el calor, de alguna manera, causa una expansión o explosión de la cascara y la liberación de una forma completa en su interior. No todos los sucesores de Anaximandro se ocuparon de la historia del hombre (se interesaron más por su actual condición) y ninguno le aventajó en la meditada ingeniosidad de sus teorías. A pesar de que nuestras fuentes son muy incompletas, nos muestran que su explicación de la naturaleza, no obstante ser una de las más antiguas, fue una de las más amplias en su alcance y la más imaginativa de todas.




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