G. S. Kirk y J. E. Raven Los filósofos presocráticos



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ii) El significado de la afirmación principal. — El contexto demuestra que Teofrasto consideraba la cita adecuada a la opinión que acababa de atribuir a Anaximandro, de que "todos los cielos y los mundos dentro de ellos" proceden de lo Indefinido. La expresión e)c w(~n... (el plural es por presunción genérico) añade que, puesto que proceden de lo Indefinido, a ello retornarán también "necesariamente; porque se pagan mutua pena y retribución" ... Por la versión de Ps.-Plutarco, 101 c se deduce que, al emplear la frase "los cielos y los mundos dentro de ellos", se refería Teofrasto a a)/peiroi ko/smoi, mundos innumerables. Pero existe una fuerte objeción a la interpretación de que las palabras citadas de Anaximandro se refieran a mundos innumerables, que nacen de lo Indefinido y en ello se convierten, al perecer. La palabra a)llh/loij demuestra que la retribución se la hacen mutuamente las partes que son el sujeto de la sentencia. ¿Podemos realmente creer que lo Indefinido divino cometiera injusticia contra sus propios productos y que tenga que retribuirles? Tal hecho es, seguramente, intolerable y, en caso de que así fuera, Teofrasto (cualquiera que fuera la significación que le atribuyera a "cielos" y "mundos") se equivocó respecto a la adecuada aplicación de la sentencia de Anaximandro 84. Desde hace mucho se ha venido observando que las cosas que cometen injusticia deben ser iguales entre sí, diferentes aunque correlativas; y lo más probable es que éstas sean las sustancias opuestas que componen el mundo ya diferenciado 85.

iii) Los opuestos. — Veremos más adelante (118, 121) que la producción de algo que podría describirse como "opuestos" era para Anaximandro un estadio esencial de la cosmogonía; es, por tanto, razonable suponer que desempeñaron una función importante en su concepción de la evolución del mundo. La interacción de opuestos es básica en Heráclito, quien parece que corrigió deliberadamente a Anaximandro mediante su paradoja de "discordia es justicia" (cf. fr. 80, 211). Anaximandro es el primero en quien aparece claramente el concepto de sustancias naturales opuestas (esta concepción reaparece en Heráclito, Parménides, Empédocles, Anaxágoras y en los Pitagóricos, con seguridad ya desde Alcmeón). Influyó, sin duda, en Anaximandro la observación de los principales cambios de las estaciones, en que el calor y la sequedad del verano parecen lanzarse en picado contra el frío y la lluvia del invierno. Anaximandro explica el constante intercambio entre sustancias opuestas mediante una metáfora legalista, tomada de la sociedad humana: la prevalencia de una sustancia a expensas de su contrario es "injusticia"; acontece, entonces, una reacción mediante la inflicción de castigo, que restaura la igualdad —algo más que la igualdad, puesto que el infractor se ve también privado de parte de su sustancia original—, que se la da a la víctima, además de la suya propia, lo que, a su vez (podría inferirse), conduce a κόρος, al hartazgo por parte de la primera víctima, que, entonces, comete injusticia contra el agresor inicial. De este modo, su concepción de la continuidad y estabilidad del cambio natural recibió su impulso de esta metáfora antropomórfica. Los principales opuestos en cosmogonía eran la sustancia caliente y la fría —llama o fuego y bruma o aire—, que, juntamente con la sequedad y humedad, son también los opuestos cosmológicos más importantes implicados en los numerosos cambios del mundo natural. Los aisló probablemente Heráclito (fr. 126) antes de que Empe-docles los erigiera en elementos standard irreductibles. Hemos de ser cautelosos respecto a la idea de los opuestos de Anaxi-mandro, ya que es posible, p. e., que los peripatéticos sustituyeran por sus propias formulaciones abstractas, lo caliente y lo frío, etc., las expresiones mucho más concretas del propio Anaximandro, para quien el mundo podía estar compuesto de sustancias que, conservando sus propias tendencias individuales contrarias a las de algunas otras, no tenían por qué ser necesariamente descritas, de un modo formal, como opuestas, i. e., como lo duro y lo blando, p. e., sino simplemente como fuego, viento, hierro, agua, hombre, mujer, etc.

iv) "La fijación del Tiempo". — La frase final de la cita "según la fijación del Tiempo" amplifica la metáfora de la injusticia. ¿Qué clase de fijación hace el Tiempo? La palabra τάξις sugiere la prescripción de castigo por un juez, o más adecuadamente, la fijación de tributo (como las listas de tributos en Atenas). Lo que se prescribe o fija, en estos casos, es la cuantía del castigo o pago y difícilmente puede ser esto el objetivo primario de la fijación del Tiempo. Éste debe controlar la limitación temporal del pago; su cuantía tiene el carácter de una restitución total, más una multa proporcionada. La idea de un tiempo-límite es adecuada: la injusticia del verano debe repararse dentro de los límites de un período de invierno aproximadamente igual; la de la noche, durante el período del día, etc. No puede significarse un período uniforme, ya que el Tiempo hace la fijación adecuada a cada caso particular. La sentencia de Solón "juicio llevado a cabo por el Tiempo", sorprendentemente similar, aducida una generación antes aproximadamente, confirma que la idea adicional de inevitabilidad está implícita en esta curiosa personificación del Tiempo:

111 Solón, fr. 24, Diehl, versos 1-7:



111 ¿Por qué cesé antes de conseguir los objetivos por los que reuní al pueblo? Podría testificar a mi favor, en el tribunal del Tiempo, la gran madre de las divinidades Olímpicas, la negra Tierra, cuyos mojones, fijos en muchas partes, yo removí en una ocasión; antes era ella esclava, (mas) ahora (es) libre.

La Tierra justifica aquí la demanda de Solón porque con el lapso del tiempo se ha convertido en libre; esto es lo que significa el proceso del Tiempo, sin que se quiera aludir a un tiempo-límite determinado. Es la inevitabilidad de la retribución la que, aquí y en otras partes, recalca una y otra vez Solón; de un modo semejante, podemos inferir, debe la injusticia en Anaximandro ser inevitablemente castigada más pronto o más tarde —pero, en este caso, los períodos deben ser supervisados y fijados adecuadamente a cada caso, por tratarse de los grandes cambios estacionales, al igual que de otros menos importantes.

v) El original de la paráfrasis de Teofrasto. — Hemos sugerido en la pág. 177 s. que (literalmente) "el nacimiento de los seres existentes procede de aquello en lo que se convierten al perecer" puede ser una paráfrasis de Teofrasto a algún dicho de Anaximandro que aquél creyó que podía refundirse en la fórmula aristotélica corriente. Si la declaración de Anaximandro precedía inmediatamente a su sentencia sobre la retribución de los opuestos (como parece sugerir la frase transicional kata\ to\ xrew/n), es de suponer que se ocupara también del comportamiento de los opuestos en el mundo diferenciado. Es posible que Anaximandro —es una sugerencia— expresara en su contexto el sentimiento (que pudo haber engañado a Teofrasto) de que las sustancias que se oponen pagan retribución cada una a su propio opuesto y a ningún otro; p. e., la sustancia caliente a la fría y no a la pesada o a la dura. Es ésta una hipótesis necesaria a su teoría sobre la estabilidad cósmica, evidente en nuestra época, pero no entonces, puesto que también Heráclito la recalcó para sus propios fines. Es posible que el axioma fuera formulado en términos tan generales y en un contexto tan incompleto que Teofrasto malentendiera su adecuada referencia.
MUNDOS INNUMERABLES
i) Sucesivos más bien que coexistentes. — Teofrasto atribuyó a Anaximandro cierta pluralidad de mundos, cuando dijo: "...alguna otra sustancia de infinita extensión espacial, de la que nacen todos los cielos y los mundos dentro de ellos" (101 a). Parece que Teofrasto, que adujo el fragmento de la mutua retribución de las cosas en satisfacción de su injusticia como pertinente, de algún modo, a este proceso, se equivocó en dicha relación (págs. 179 ss.). Sabemos que, en sus versiones doxográficas, estos mundos plurales eran a)/peiroi, i. e. infinitos o innumerables. Se ha discutido mucho sobre si dichos mundos innumerables eran sucesivos en el tiempo (de modo que nuestro mundo tenga realmente un fin y sea sucedido indefinidamente por otros) o si eran coexistentes. Zeller defendió la primera interpretación; Burnet, en cambio, la última. Cornford demostró la falacia de muchos de los argumentos de Burnet y logró que la interpretación de Zeller gozara del favor general (cf. CQ 28, 1934, 1 ss. y Principium Sapientiae, 177 ss.).

ii) ¿Es plausible incluso la admisión de mundos sucesivos en Anaximandro? — Hemos sugerido en otra parte (CQ N. S. 5, 1955, 28 ss.) que es posible que Anaximandro no creyera, en realidad, en ningún tipo de mundos innumerables y esta sugerencia (apoyada por Kahn, op. cit., 46-53) es debatida más ampliamente aquí.


Si la concepción de los cuerpos celestes pudo sugerir a algunos (aunque no ciertamente a Anaximandro, quien los vio como aperturas en anillos de fuego, págs. 200 ss.) la idea de mundos coexis-tentes, "la manifestación de la naturaleza" no sugiere en absoluto la idea de mundos sucesivos distintos, i. e. (tal es, sin duda, la interpretación de Teofrasto y de sus modernos seguidores) distintos de los cambios sucesivos en el estado del mundo uno y continuo. Estos últimos aparecen imaginados en las catástrofes míticas, producidas por el fuego y las inundaciones que Platón describe en el Timeo, 22c-E, y sugeridas, hasta cierto punto, por fenómenos naturales (cf. págs. 205 s.). Pero no había razón para sugerir que el mundo entero iba a ser destruido, o que, de serlo, fuera a suce-derle otro. Sería contrario, tanto al transfondo mítico entero del pensamiento griego, como a los dictados del sentido común, creer en un ciclo de mundos separados y su aparición en Anaximandro sería sorprendente en grado sumo. No le resultaría, en cambio, manifiesta dicha rareza a cualquiera que estuviera ya familiarizado con los cambios radicales del sfai=roj de Empédocles (págs. 409 ss.) y con la teoría atomista de Leucípo y Demócrito, de que mundos innumerables nacen y perecen a lo largo de un espacio infinito (pág. 581) e inclinado ya, tal vez, a malinterpretar a Heráclito en el sentido de que postuló una sucesión de mundos (pág. 292 n. 1). Es posible, por tanto, que Teofrasto, ante un problema específico, haya hecho una atribución falsa y anacrónica. El motivo se lo procuraron, como ya hemos sugerido, los argumentos de los atomistas en pro de la existencia de mundos innumerables como dijo, con otras palabras, de modo sucinto e influyente, Aristóteles en el pasaje siguiente.

iii) ¿Atribuyó Teofrasto argumentos atomistas a Anaximan-dro?


112 Aristóteles, Fís. Γ 4, 203 b 23


112 ...y puesto que no se agotan en nuestra inteligencia, parece que tanto el número como las magnitudes matemáticas y lo que está fuera del firmamento son infinitos. Pero si lo que está fuera es infinito, parece asimismo que es infinito el cuerpo y los mundos; pues ¿qué razón hay para que existan en una parte del vacío más que en otra?
Este pasaje aduce, según el criterio de Aristóteles, la quinta y más importante razón del desarrollo de un concepto de infinitud. El argumento de que, si lo que está fuera de los cielos es infinito, es también el cuerpo infinito y que, si el cuerpo es infinito, los mundos son también infinitos, se deriva de los atomistas, en los que, sin duda, está pensando Aristóteles en este pasaje. Es posible que este razonamiento haya impulsado a Teofrasto a suponer que el primer y más destacado creyente en un cuerpo infinito (como creyó que implicaba to\ a)/peiron) —a saber, Anaximandro— postuló también mundos infinitos, que se comportarían como los de los atomistas, en cuanto que serían coexistentes y también sucesivos, i, e., nacerían y perecerían continuamente. Parece que fue Aristóteles el que supuso que los mundos innumerables eran de este tipo, en la última parte de la cita 116. Si halláramos pruebas de que Teofrasto creyó que los mundos de Anaximandro eran tanto coexistentes como sucesivos, constituirían una vigorosa sugerencia de que aplicó razonamientos atomistas a Anaximandro. Si hallamos testimonios de que Teofrasto creyó que los mundos de Anaximandro eran a la vez coexistentes y sucesivos, éstos constituirían una positiva sugerencia de que le atribuyó una argumentación atomista.

iv) Los testimonios doxográficos pueden sugerir que Teofrasto atribuyó a Anaximandro mundos de tipo atomista. — Si se acude a las fuentes doxográficas para una ulterior elucidación de las opiniones de Teofrasto, los testimonios resultan ser confusos y, hasta cierto punto, erróneos. Así una de las dos fuentes gemelas de Aecio (Ps.-Plutarco; cf. Aecio, ii 1, 3, DK 12 a 17) atribuye la creencia en mundos innumerables solamente a los atomistas, mientras que la otra (Estobeo) se los atribuye además a Anaxi-mandro, Anaxímenes, Arquelao, Jenófanes (!) y Diógenes de Apolonia. Ninguna de las dos versiones puede representar la correcta opinión de Teofrasto, aunque es posible que ambas hayan surgido de una generalización de los argumentos atomistas. Aecio (i 7, 12, DK 12 a 17) registra una nueva confusión entre la hipótesis de mundos innumerables y la opinión general de que las estrellas eran dioses. Es improbable que estas confusiones (que también aparecen en Cicerón) procedan de la simple manifestación teofrastea de que Anaximandro postuló mundos sucesivos. Dos testimonios importantes manifiestan opiniones decisivas:



113 Simplicio, Fís. 1121. 5


113 Pues los que supusieron que los mundos eran infinitos en número, como los seguidores de Anaximandro, Leucipo y Democrito y, después de ellos, los de Epicuro, supusieron que nacían y perecían durante un tiempo infinito, naciendo siempre unos y pereciendo otros; y afirmaban que el movimiento era eterno...

Este comentario a 112 representa probablemente la opinión del propio Simplicio y no reproduce el juicio directo de Teofrasto. Podría, sin embargo, esperarse que Simplicio hubiera recibido influjo de la interpretación de Teofrasto y esta misma interpretación aparece, en verdad, en una fuente anterior a Simplicio, fuente que depende de la tradición teofrastea a través de un conducto diferente (hay una confusión con Anaxágoras en la primera parte):


114 Agustín, C. D. viii 2 non enim ex una re sicut Thales ex umore, sed ex suis propriis principiis quasque res nasci putavit [Anaximandro], quae rerum principia singularum esse credidit infinita, et innumerabiles mundos gignere et quaecumque in eis oriuntur; eosque mundos modo dissolvi modo iterum gigni existi-mavit, quanta quisque aetate sua manere potuerit.
114 Pues creyó (Anaximandro) que las cosas nadan no de una sola sustancia, como Tales del agua, sino cada una de sus propios principios particulares. Creyó que estos principios de las cosas singulares eran infinitos y que daban origen a mundos innumerables y a cuantas cosas en ellos nacen; y sostuvo que estos mundos, ya se disuelven, ya nacen otra vez, según la edad a ¡a que cada uno es capaz de sobrevivir.



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