G. S. Kirk y J. E. Raven Los filósofos presocráticos


LAS FUENTES DE LA FILOSOFÍA PRESOCRATICA



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LAS FUENTES DE LA FILOSOFÍA PRESOCRATICA


A. CITAS DIRECTAS


Los fragmentos actuales de los pensadores presocráticos se conservan citados en los autores antiguos posteriores a ellos, desde Platón, en el siglo IV a. C, hasta Simplicio, en el siglo VI d. C, e incluso, en raras ocasiones, en los escritores bizantinos tardíos, como Juan Tzetzes. La fecha de una cita no es, naturalmente, una guía fidedigna de la exactitud de su fuente. Así, Platón se muestra extraordinariamente descuidado en sus citas de todo tipo de fuentes; mezcla, con frecuencia, citas con paráfrasis, y su actitud para con sus predecesores no es muchas veces objetiva, sino humorística e irónica. El neoplatónico Simplicio, en cambio, que vivió todo un milenio después de los presocráticos, adujo citas evidentemente fieles, en particular de Parménides, Empédocles, Anaxágoras y Diógenes de Apolonia y no por motivos de ornato literario, sino porque, en sus comentarios sobre la Física y el De caelo de Aristóteles, le fue preciso exponer las opiniones de éste sobre sus predecesores, transcribiendo sus propias palabras. Simplicio lo hizo, a veces, con una extensión mayor que la indispensable porque, como él mismo nos dice, una determinada obra antigua se había convertido en rareza.
Aristóteles, al igual que Platón, adujo, en comparación con otros autores, citas directas relativamente escasas y su valor principal radica en su carácter de recapitulador y crítico de los pensadores precedentes.
Además de Platón, Aristóteles y Simplicio, pueden destacarse, como mención especial, las siguientes fuentes importantes de extractos literales:
i) Plutarco, el filósofo académico, historiador y ensayista del siglo II d. C., incorporó a sus extensos Ensayos Morales numerosas citas (frecuentemente alargadas, interpoladas o refundidas por él mismo) de los pensadores presocráticos.
ii) Sexto Empírico, el filósofo escéptico y físico de finales del siglo II d. C., expuso las teorías de Enesidemo, que vivió dos siglos antes y se basó, en gran medida, en fuentes helenísticas. Cita muchos pasajes antiguos relativos al conocimiento y la credibilidad de los sentidos.
iii) Clemente de Alejandría, el docto director de la Escuela Catequística, vivió en la segunda mitad del siglo II d. C. y en los primeros años del III. Converso al cristianismo, mantuvo, sin embargo, su interés por la literatura griega de todo tipo e hizo gala de un amplio conocimiento y notable memoria en sus comparaciones entre el paganismo y el cristianismo y adujo frecuentes citas de poetas y filósofos griegos (sobre todo en su Protréptico y en los ocho libros de Stromateis o Misceláneas).
iv) Hipólito, teólogo del siglo III d. C., afincado en Roma, escribió una Refutación de todas las herejías en nueve libros; atacó las herejías cristianas, acusándolas de ser renacimiento de la filosofía pagana. La herejía noeciana, por ejemplo, era un resurgimiento de la teoría de la coincidencia de los opuestos de Heráclito, disputa que trató de demostrar mediante la aducción de diecisiete sentencias de éste, muchas de las cuales hubieran quedado, de otro modo, desconocidas.
v) Diógenes Laercio compiló, probablemente en el siglo III d. C., en diez libros, las Vidas de filósofos famosos, triviales en sí, pero importantes desde nuestro punto de vista. En sus noticias doxográficas y biográficas, que proceden principalmente de fuentes helenísticas, incluyó breves citas ocasionales.
vi) El antologista del siglo v d. C, Juan Estobeo, reunió, en su Antología, extractos de carácter educativo procedentes de toda clase de literatura griega, en especial sentencias éticas. Él nos ha conservado, en una forma con frecuencia bastante adulterada, muchos fragmentos presocráticos (sobre todo de Demócrito). Sus fuentes principales fueron los manuales y compendios que proli-feraron en el período alejandrino.
Además de en las principales fuentes mencionadas, aparecen esporádicamente citas sobre los presocráticos en algunos otros autores: en el epicúreo Filodemo; en los estoicos, como Marco Aurelio, y eclécticos, como Máximo de Tiro; en los escritores cristianos, además de Clemente e Hipólito, por ejemplo en Orígenes ; ocasionalmente en Aecio (cf. B, 4, b), si bien son raras en él las citas directas; en autores técnicos, como el médico Galeno, el geógrafo Estrabón y Ateneo, el antologista de los banquetes y simposios; y no menos importantes en escritores neoplatónicos, desde Numenio, Plotino, Porfirio y Jámblico (los dos últimos escribieron sobre Pitágoras) hasta Proclo y, naturalmente, el inestimable Simplicio.
Hemos de subrayar, para concluir estas notas sobre las fuentes de las citas directas, que no era necesario que el autor de una cita hubiera visto la obra original, puesto que los sumarios, antologías y compendios de todo tipo, conocidos ya desde Hipias (pág. 147 n. 2) y producidos en gran número en los tres siglos siguientes a la fundación de Alejandría, fueron considerados como un sustituto adecuado de la mayoría de los originales de carácter técnico en prosa.

B. TESTIMONIOS


1) platón es el primer comentarista de los presocráticos (si bien existían referencias ocasionales en Eurípides y Aristófanes). Sus comentarios, sin embargo, están, en su mayor parte, inspirados, al igual que muchas de sus citas, por la ironía o el divertimiento. Así, sus referencias a Heráclito, Parménides y Empédo-cles son, con más frecuencia que lo contrario, festivos obiter dicta, parciales o exagerados, más que juicios históricos moderados y objetivos. Hecha esta salvedad, su información es muy valiosa. Un pasaje, Fedón 96 ss., ofrece una perspectiva útil, aunque breve, de las preocupaciones físicas del siglo v.
2) aristóteles prestó más atención que Platón a sus predecesores filosóficos y comenzó algunos de sus tratados, sobre todo en la Metafísica A, con un examen formal de sus opiniones. Sus juicios, sin embargo, están frecuentemente deformados debido a su consideración de la filosofía precedente como un titubeante progreso hacia la verdad que él mismo reveló en sus doctrinas físicas, en especial las concernientes a la causación. También aporta, naturalmente, muchos juicios críticos agudos y valiosos y un cúmulo de positiva información.
3) teofrasto acometió la empresa de historiar la filosofía precedente, desde Tales a Platón, como parte de su contribución a la actividad enciclopédica organizada por su maestro Aristóteles —lo mismo que Eudemo emprendió la historia de la teología, astronomía y matemáticas, y Menón la de la medicina—. Escribió, según la lista que de sus obras nos da Laercio, dieciséis (o dieciocho) libros de Opiniones físicas (u Opiniones de los físicos; el genitivo griego es Fusikw~n docw~n); más tarde fueron compendiados en dos volúmenes. Sólo subsiste, en su mayor parte, el último libro: Sobre la sensación. Simplicio copió importantes extractos del primero: Sobre los principios materiales, en su comentario a la Física de Aristóteles. (Algunos de estos extractos de Simplicio derivan de comentarios perdidos hechos por el destacado comentarista peripatético Alejandro de Afrodisia.) En su primer libro, Teofrasto trató a los diferentes pensadores en un orden cronológico aproximado, añadiendo su ciudad, patronímico y, a veces, su fecha y mutua relación. En los libros restantes siguió un orden cronológico solamente dentro de las principales divisiones lógicas. Además de la historia general, escribió obras especiales sobre Anaxímenes, Empédocles, Anaxágoras, Arquelao y (en varios volúmenes) sobre Demócrito, desgraciadamente perdidas, y es de suponer que experimentara grandes dificultades para consultar las fuentes originales de estos pensadores. Sus juicios, incluso sobre estos autores, a juzgar por los testimonios disponibles, se derivaron, con frecuencia, directamente de Aristóteles, sin que se esforzara mucho por aplicar una crítica nueva y objetiva.
4) la tradición doxográfica: a) Su carácter general. — La gran obra de Teofrasto se convirtió para el mundo antiguo en la autoridad normativa de la filosofía presocrática y es la fuente de la mayoría de las colecciones de "opiniones" posteriores ( do/cai, a)re/skonta o placita). Estas colecciones adoptaron formas diferentes, i) Se consideraba, en sección aparte, reproduciéndolos de un modo muy similar a la disposición de Teofrasto, cada uno de los temas más importantes y se trataba sucesivamente a los diferentes pensadores dentro de cada sección. Éste fue el método de Aecio y su fuente los Vetusta Placita (cf. pág. 20). ii) Los doxógrafos biográficos consideraron juntas todas las opiniones de cada filósofo —acompañadas de los detalles de su vida—, opiniones suministradas, en una gran medida, por la febril imaginación de biógrafos e historiadores helenísticos, como Hermipo de Esmirna, Jerónimo de Rodas y Neante de Cícico. Su resultado queda ejemplificado en el revoltijo biográfico de Diógenes Laercio. iii) Otro tipo de obra doxográfica aparece en las Diadoxai/, o cómputos de sucesiones filosóficas. Su creador fue el peripatético Soción de Alejandría, que escribió, hacia el año 200 a. C, una clasificación de los filósofos precedentes dispuestos por escuelas y relacionó a los pensadores conocidos en mutua línea descendente de maestro a discípulo (Soción no hizo más que extender y formalizar un proceso comenzado por Teofrasto). Además distinguió claramente la escuela jonia de la itálica. Muchos de los compendios doxográ-ficos patrísticos (en especial los de Eusebio, Ireneo, Arnobio, Teodoreto —que usó también a Aecio— y San Agustín) se basaron en las breves relaciones de los escritores de sucesiones, iv) El cronógrafo Apolodoro de Alejandría compuso, en la mitad del siglo II a. C., una relación métrica de las fechas y opiniones de los filósofos. Se informó, en parte, en la división en escuelas y maestros de Soción y, en parte, en la cronología de Eratóstenes, que había asignado, de un modo razonable, fechas a artistas, filósofos y escritores, así como a sucesos políticos. Apolodoro rellenó las lagunas que dejó Eratóstenes basándose en principios completamente arbitrarios: supuso que la acmé, o período de la máxima actividad de un filósofo, tenía lugar a la edad de cuarenta años y la hizo coincidir lo más posible con una fecha de las más importantes épocas cronológicas, por ejemplo la toma de Sardes en 546 / 5 a. C. o la fundación de Turios en 444 / 3. Además hizo siempre al supuesto discípulo cuarenta años más joven que su supuesto maestro.
b) Aecio y los "Vetusta Placita". — Dos de los compendios doxográficos transmitidos, muy semejantes entre sí, se derivaron independientemente de un original perdido —la colección de Opiniones, obra de Aecio, un compilador del siglo II d. C. probablemente, cuyo nombre conocemos por una referencia de Teodoreto y que de no ser por esta circunstancia hubiera quedado totalmente desconocido. Dichos compendios son el Epítome de las opiniones físicas, en cinco libros, falsamente atribuidos a Plutarco, y los Extractos físicos, que, en su mayor parte, aparecen en el libro I de la Antología de Estobeo. (Del primero, muy leído, derivaron algunas de sus informaciones el pseudo-Galeno, Atenágoras, Aquiles y Cirilo.) Diels, en su magna obra Doxographi Graeci, dispuso ambas fuentes en columnas paralelas, como los Placita de Aecio. Ello constituye nuestra autoridad doxográfica más extensa, si bien no es siempre la más precisa.
La obra de Aecio no se basó directamente en la historia de Teofrasto, sino en un compendio intermedio de la misma producido probablemente en la escuela posidonia durante el siglo I a. C. A esta obra perdida la llamó Diels los Vetusta Placita. A las opiniones registradas por Teofrasto se añadieron en ella otras estoicas, epicúreas y peripatéticas, y mucho de lo que derivó de Teofrasto fue sometido a reformulación estoica. Aecio mismo añadió más opiniones estoicas y epicúreas, así como unas cuantas definiciones y comentarios introductorios. Varrón hizo un uso directo de los Vetusta Placita (en el de die natali de Censorino) y Cicerón en la breve doxografía Académica priora II, 37, 118.
c) Otras fuentes doxográficas importantes. — i) Hipólito. El primer libro de su Refutación de todas las herejías, llamado Philosophoumena, en otro tiempo atribuido a Orígenes, es una doxografía biográfica que contiene informaciones aisladas de los principales filósofos. Las secciones sobre Tales, Pitágoras, Empé-docles, Heráclito, los eléatas y los atomistas proceden de un compendio biográfico banal y son de escaso valor, mientras que las dedicadas a Anaximandro, Anaxímenes, Anaxágoras, Arquelao y Jenófanes, que proceden de una fuente biográfica más completa, son de mucho más valor. Sus comentarios sobre el segundo grupo son, en muchos puntos, más detallados y menos imprecisos que los correspondientes de Aecio. ii) Los Stromateis pseudo-plutarqueos. Estas breves "Misceláneas" (que hay que distinguir del Epítome, procedente de Aecio y también atribuido a Plutarco) están conservadas en Eusebio y proceden de una fuente semejante a la del segundo grupo de Hipólito. Difieren de éste en que se concentran sobre el contenido de los primeros libros de Teofrasto, los que se ocupan del principio material, la cosmogonía y los cuerpos celestes; están llenos de verbosidad y son de una hinchada interpretación, si bien contienen algunos detalles importantes que no aparecen en ninguna otra parte, iii) Diógenes Laer-cio. Aparte de detalles biográficos tomados de muchas fuentes, de algunos datos cronológicos útiles procedentes de Apolodoro y epigramas deplorables nacidos de la pluma de Diógenes mismo, aduce normalmente las opiniones de cada pensador en dos apuntes doxográficos distintos: el primero (que él mismo denominó kefalaiw/dhj o versión compendiada) procede de una fuente biográfica sin valor, similar a la que usó Hipólito en el primer grupo, y la segunda (la e)pi\ me/rouj o exposición detallada) proviene de un epítome más completo y fidedigno, semejante al que Hipólito empleó para su segundo grupo.
5) conclusión. — Conviene recordar que se conocen muchos escritores que, independientes de la tradición directa de Teofrasto, dedicaron obras especiales a los primeros filósofos. Heráclides Póntico, por ejemplo, académico del siglo IV a. C, escribió cuatro libros sobre Heráclito, y lo mismo hizo el estoico Cleantes, mientras que Aristóxeno, el discípulo de Aristóteles, escribió biografías, entre las que incluye una sobre Pitágoras. Debe admitirse, en consecuencia, la posibilidad de que aparezcan juicios esporádicos no procedentes de Teofrasto en fuentes eclécticas tardías, como Plutarco o Clemente, si bien dichos juicios, en su mayoría y en la medida en que podemos reconocerlos, manifiestan señales de influencia aristotélica, estoica, epicúrea o escéptica. La fuente principal de información sigue siendo Teofrasto y su obra nos es conocida a través de los doxógrafos, las citas de Simplicio y el de sensu, cuya transmisión ha llegado hasta nosotros. De todo ello se deduce, con absoluta evidencia, que experimentó un intenso influjo aristotélico —quien, como ya se ha dicho, no pretende, como debió pretenderlo Teofrasto, una extrema objetividad histórica.
No tuvo Teofrasto un éxito mayor que el que cabía esperar en la inteligencia de los móviles de un período anterior al suyo y con un mundo de pensamiento diferente. Otro defecto suyo consistió en que, una vez acuñado un canon general de explicaciones, en especial para los hechos cosmológicos, propendió a imponerlo, tal vez con demasiada audacia, en casos en que carecía en absoluto de pruebas, casos que no parecen haber sido infrecuentes. Es, por consiguiente, legítimo sentirse completamente seguro de la intelección de un pensador presocrático sólo cuando la interpretación de Aristóteles o de Teofrasto, incluso en el caso en que ésta pueda reconstruirse con toda precisión, queda confirmada por los extractos correspondientes, completamente auténticos, procedentes del filósofo en cuestión.




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