Fundamentos éticos para la promoción de la autonomía y la interdendencia: la erradicación de la dependencia



Descargar 154 Kb.
Página2/6
Fecha de conversión26.03.2018
Tamaño154 Kb.
1   2   3   4   5   6

Contractualismo del siglo XX


La imagen que tenemos de quiénes somos y por qué vivimos juntos configura nuestras ideas sobre los principios sociales y las personas que deberían participar en su elección. La idea corriente de que algunos ciudadanos “pagan su parte” y otros no, de que algunos son unos parásitos y otros son “normalmente productivos”, traducen al nivel de la imaginación popular la idea de que la sociedad es un mecanismo de cooperación orientado al beneficio mutuo.

El contractualismo, que hunde sus raíces en Rousseau y Kant establece que la sociedad es una empresa cooperativa, fruto del acuerdo o contrato entre iguales, para obtener ventajas comunes. Contando con ello, las teorías contractualistas clásicas se basan, generalmente, en una visión pesimista de la naturaleza humana que se compensa gracias a un orden natural optimista que siempre al final se impone. Así, según Hobbes, el miedo obliga a los hombres a reprimir sus pasiones para no caer de nuevo en el estado de la naturaleza, según Locke, la expectativa egoísta del beneficio mutuo conduce al acuerdo, etc.

Pero ¿Quiénes son los beneficiarios de este orden de bien y justicia fruto del miedo, el egoísmo, la desconfianza, etc.? Precisamente aquellos que provocan estos sentimientos en el estado de naturaleza. Es decir, las ventajas de la cooperación social son para aquellos que tienen la capacidad de acabar con ella que, movidos por la prudencia, deciden " renunciar voluntariamente" a sus aspiraciones sobre los demás para colaborar en mantener dicha cooperación, con la expectativa de obtener a cambio algo valioso

Algunas personas con diversidad funcional, debido a su reconocida situación de dependencia, nunca han sido percibidas como una amenaza para los fines de los que determinan los principios sociales, ni se ha considerado que pudieran aportar algo valioso. El resultado de esto ha sido la sistemática discriminación de estas personas en el reparto de ventajas y deberes sociales. Si hubieran de lograr algún reconocimiento o trato justo, sería en una etapa posterior del desarrollo del contrato social, inspirada por principios morales de origen religioso o, simplemente, por buenos sentimientos; pero jamás se ha propuesto la idea de un contrato fundado en la promoción de la autonomía como un objetivo más de la organización social.

Los autores contemporáneos del contractualismo se distancian de la pretensión de sus antecesores clásicos de ligar lo que dicen en sus modelos teóricos con un factible proceso histórico, orientado hacia la aceptación popular de un contrato redactado en forma de constitución. En este sentido el contractualismo contemporáneo es mucho más formal y no se centra tanto en el contenido del contrato social, sino en la forma en que ese contrato se elabora.

John Rawls propuso una teoría contractual con influencias kantianas en su formalismo racionalista. Según esta teoría, desde una hipotética posición original, seres racionales, situados bajo un velo de ignorancia que les hiciera desconocer su posición de ventaja o desventaja respecto a los demás, se pondrían de acuerdo para establecer unos principios generales de la justicia. De los múltiples y complejos elementos de la teoría rawlsiana los más relevantes para este análisis son: el velo de ignorancia, el diseño de la posición original y la lista de bienes primarios.

El propio John Rawls en la Teoría de la Justicia reconoce sus dudas sobre una posible extensión de su concepto de la justicia social hacia las personas con diversidad funcional, que por no ser plenamente cooperantes no pueden satisfacer las condiciones mínimas de participación social igualitaria. Únicamente señala que desde sus principios de justicia pueden establecerse criterios para fomentar un servicio normal de salud2; una actitud clásica con la cual se regresa al modelo médico3, en lugar de avanzar con nuevas propuestas éticas.

El “enfoque de las capacidades” ha sido desarrollado por Amartya Sen, intentando ampliar y modificar la idea de Rawls, en el ámbito de la economía como una evaluación comparativa de la calidad de vida en diferentes sociedades, aunque también se muestre interesado en cuestiones de justicia social. El concepto de capacidad de Sen consiste en un conjunto de funcionamientos (acciones) valiosos a los que el individuo puede acceder libremente gracias a que vive en sociedad.

El concepto de funcionamiento refleja las diversas cosas que una persona puede valorar hacer o ser. Los funcionamientos valorados pueden ir desde los elementales, como comer bien, no padecer enfermedades evitables, higiene, descanso, etc., hasta actividades o estados personales muy complejos, como participar en la vida comunal, disfrutar del ocio, de la sexualidad, viajar, formar una familia, todo aquello relacionado con respetarse a uno mismo y que tenga que ver con su propio concepto de vida digna. Aunque los elementales sean necesarios para llevar a cabo otros funcionamientos más complejos, el valor de los primeros no está siempre por encima de los segundos. Es más, los funcionamientos más complejos suelen ser buenos guías de las preferencias y valoración que sobre los elementales tienen las personas, aunque no se les suele considerar a la hora de diseñar políticas sociales. Por ejemplo, en las políticas sociales de atención a la diversidad funcional se suele dar mayor importancia a las necesidades médicas y a la realización de actividades básicas de la vida diaria, como el aseo o la alimentación, mientras que otras actividades como disfrutar del ocio o de viajes no se tienen en cuenta.

El conjunto de funcionamientos valiosos es variable y de límites difusos, mientras que el de los bienes primarios de Rawls es fijo, limitado y concebido a partir de un modelo normalizado de persona. La labor de una sociedad justa es producir y mantener activos estos funcionamientos, adaptando los más generales a los casos particulares y proponiendo nuevos cuando sea necesario, para así garantizar las capacidades de sus integrantes. Cuanta mayor diversidad de personas accedan a los funcionamientos necesarios para alcanzar sus fines, más funcionamientos habrá disponibles para que otros los utilicen como capacidad. Esta es una de las razones por las que creemos que es interesante no excluir la diversidad funcional de la sociedad, porque abre el espacio de posibilidades a nuevas formas de estar en el mundo que pueden ser aprovechadas por todos.

Hay autores, como Martha Nussbaum o incluso a veces el propio Sen, que, convencidos de la existencia de un conjunto privilegiado de funcionamientos a los que jamás nadie estaría dispuesto a renunciar si tuviera ocasión de elegir, se embarcan en la formal determinación de las capacidades que una sociedad justa debe ofrecer a sus ciudadanos para poner a su disposición dicho conjunto mínimo de funcionamientos necesario para ser feliz. Estos enfoques de la teoría de las capacidades resultan más rígidos y similares a las teorías clásicas del contrato social. Esto es así porque al establecer semejante conjunto de capacidades y funcionamientos, se define, una vez más por extensión, un concepto de persona que no atiende a la diversidad real de los seres humanos, sino que aplica una noción de normalidad inventada por la estadística.

Martha Nussbaum presenta un enfoque que denomina “enfoque de las capacidades” definido como una doctrina política acerca de los derechos básicos, en la que se especifican algunas condiciones para que una sociedad sea mínimamente justa.

La autora pretende defender que su versión del “Enfoque de las capacidades” es una versión extendida del contractualismo de Rawls que aporta ideas prometedoras, superiores a las que propone toda la tradición anterior del contrato social en relación con el problema de la inclusión de las personas con discapacidad. Parte de una concepción de la cooperación para la cual la justicia y la reciprocidad constituyen fines con un valor intrínseco y en la que los seres humanos están unidos por lazos altruistas además de los lazos de beneficio mutuo. Finalmente, utiliza una concepción política de la persona de raíz aristotélica entendiéndola como una criatura social y política necesitada de una pluralidad de actividades vitales. Bajo este enfoque la sociedad está unida por un abanico de afectos y compromisos de los que sólo algunos están relacionados con la productividad y el beneficio mutuo. 4.

El propósito es muy loable pero plantea dos problemas importantes. La lista de capacidades no deja de ser en muchos puntos (quizá en todos) una concepción de lo que una persona, con determinados antecedentes y experiencias culturales, opina que debe ser la vida buena. Así por ejemplo, en la primera capacidad se habla de poder vivir una vida de una duración normal, evitando morir prematuramente; pero ¿qué es una duración normal para una vida humana? Si atendemos a la historia se observa que la media estadística de la esperanza de vida humana no hace más que aumentar. Pero ese no es el verdadero problema ¿Y si nuestra duración resulta menor que la media? ¿Significa eso que no merece la pena que vivamos nuestra vida? ¿Es imposible que podamos ser felices o disfrutar de la corta existencia que nos ha tocado en suerte? Nussbaum se muestra en el fondo intransigente con los modos de vida que relativizan la importancia de alguna (o varias) de sus capacidades básicas, porque no tienen más remedio o porque así lo deciden sus dueños. Su modelo es más solidario que el del contractualismo anterior, pero impone la solidaridad forzosa de un determinado concepto de la buena vida (en esto tiene algo en común con la caridad cristiana en su asimétrica relación con el dependiente).

El otro problema, derivado del anterior, es la firme resolución de promover el desarrollo de estas capacidades básicas en todas las personas, sea cual sea su situación y preferencias. Esto supone una concesión al capacitismo, como aquel prejuicio que consiste en presuponer que unas determinadas competencias son más importantes que otras, y puede tener consecuencias desastrosas para las personas con diversidad funcional. Así, Nussbaum, en su propósito de evitar el sufrimiento asociado a vivir con una deficiencia, sostendría que es obligación de la medicina buscar soluciones a la enfermedad y a la discapacidad, y aplicarlas cuando sea preciso, para poder restaurar a la persona en su capacidad de vivir plenamente. Desde este punto de vista, por ejemplo, las personas sordas que se niegan a usar un implante coclear persisten en mantener su dignidad deteriorada, y sus médicos incurren en una grave irresponsabilidad por permitirlo.

Desde una ética de la interdependencia se reconocería que la dignidad humana se expresa en las capacidades básicas de Nussbaum, por tratarse de posibles desarrollos de la actividad humana. Pero no se retiraría, ni se consideraría disminuida dicha dignidad ante la limitación o desaparición de algunas de estas capacidades. La dignidad intrínseca es consustancial al ser humano y ninguna circunstancia la puede deteriorar, de manera que el valor de la vida de la persona jamás disminuye frente al valor de otra, sea cual sea la relación comparativa entre las capacidades de ambos. La dignidad extrínseca es la que la sociedad debería garantizar, en forma de no discriminación e igualdad de oportunidades, a partir del reconocimiento del mismo valor a la vida de todas las personas, estén de la situación que estén.

Lo que se puede extraer de este análisis del contractualismo, y de las teorías éticas que lo anteceden, desde la perspectiva de la diversidad funcional, es que su teoría sobre el origen y propósito de la sociedad describe el procedimiento mediante el cual se establecen las reglas de convivencia. Si imaginamos que la convivencia es un juego, uno de los principios normativos que establecería la teoría sería el determinar qué competencias mínimas deben reunir los jugadores para poder participar en el juego. Si el jugador no cumple con el mínimo establecido por la teoría no puede participar plenamente, se convierte en un sujeto pasivo del juego. Esto les ocurre a las personas con diversidad funcional que se sienten discriminadas porque viven en una sociedad que ha sido diseñada sin tener en cuenta su voz.

Desde el punto de vista de una ética de la interdependencia, no se trataría tanto de determinar quién puede jugar y quién no, sino más bien de determinar cómo deberían ser las reglas del juego para que cualquier jugador, fuera cual fuera su capacidad y modo de funcionar, pudiera participar en él. Es decir, se trataría de definir en qué consiste el “juego de la convivencia” siendo este el único en el que todos podemos jugar, de lo contrario se trataría del “juego de la exclusión”.





  1. Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad