Física de la espiritualidad



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Se sintetizan a continuación los principales componentes y características de cada uno de ellos:


+Pulmones – Corazón: Más allá de las funcionalidades orgánicas y biológicas conocidas, los pulmones y el corazón son dos potentísimos instrumentos al servicio de la Consciencia. Los primeros, por medio de la respiración consciente, que tantas personas utilizan ya cotidianamente en sus prácticas de silencio, recogimiento, oración o meditación, percibiendo claramente la armonía, el sosiego y la apertura de consciencia que proporciona. Y el corazón, a través de capacidades neuronales, electromagnéticas, de procesamiento de información y de impulso de acciones y toma de decisiones tan amplias e intensas, que opera como otro cerebro del cuerpo humano, además del cerebro de la cabeza o cerebro-mente.
+Cerebro de la cabeza - Glándula Pineal: La operatividad fundamental del cerebro de la cabeza no radica en el tratamiento de la información, que, al hilo de lo que se acaba de exponer, corresponde al cerebro-corazón, sino en ser un sensacional sistema de comunicación hacia el interior del cuerpo y hacia el exterior. Para ello, funciona en íntima asociación con la glándula pineal, que es una auténtica antena de radio-frecuencia instalada estratégicamente en la parte superior del cráneo para recibir y emitir.
+Cuerpo Energético – Sistema Inmunitario: El ser humano no sólo dispone de un cuerpo físico, sino, igualmente, de un cuerpo energético, que rodea al físico (la célebre aura) e interacciona directamente con él. Concretamente, el cuerpo energético –que se moldea y configura vibracional y energéticamente desde lo que en la Parte II de este texto se denomina estado consciencial de cada persona- determina la actitud ante la vida de cada cual, que, a su vez, es lo que más influye en el sistema inmunológico. Y éste, por fin, es el que determina la edad biológica del ser humano, que es distinta de la edad cronológica, siendo la mejor y mayor fuente de salud y juventud.
+Periné – Coxis: El periné o perineo, situado en el piso de la pelvis, es un punto de gran sensibilidad sexual. Se halla exactamente entre el orificio y el anillo anal y los labios menores y el orificio vaginal, en el caso de la mujer, y el arranque escroto o saco escrotal, en el hombre. En cuanto al coxis o cóccix, se localiza debajo del sacro y es la última pieza de la columna vertebral, siendo vestigio del esqueleto de la cola que tuvo en su momento el cuerpo del ser humano actual y que todavía se halla presente en el embrión humano desde el final de la cuarta semana hasta el inicio de la octava, del desarrollo embrionario. Y ambos conjuntamente dan forma a un espacio altamente energetizado desde el punto de vista sexual y catalizador hacia todo el organismo, fundamentalmente a través de la conexión columna vertebral - bulbo raquídeo - cerebro de la cabeza – glándula pineal, de la fuerza y la energía sexual, cuya funcionalidad va más allá del placer físico, y proporciona a la sexualidad el carácter sagrado que le otorgaron antiguas culturas.
+Doble hélice del ADN: El ADN es una molécula bicatenaria; es decir: está formada por dos cadenas dispuestas de forma antiparalela y con las bases nitrogenadas enfrentadas. Aunque el ADN existe en muchas conformaciones, en los organismos vivos y en el ser humano, el ADN sólo se ha observado en estructuras de doble hélice, que la genética denomina ADN A, B y C, y se presenta como una doble cadena de nucleótidos, en la que las dos hebras están unidas entre sí por unas conexiones denominadas puentes de hidrógeno. Los segmentos de ADN que llevan la información genética son llamados genes, presentes en cada una de las células del cuerpo humano, que almacenan la mayor parte del ADN dentro del núcleo celular. Y en las células, el ADN está organizado en estructuras llamadas cromosomas que, durante el ciclo celular, se duplican antes de que la célula se divida. Todo lo cual dibuja un colosal escenario de vida donde la genética ha venido dando valor únicamente a una parte del ADN, en el que se inserta el llamado genoma humano y supone sólo un 4 por 100, aproximadamente, del ADN total, tildando al resto, esto es, al 96%, como ADN “chatarra” o “basura”. Sin embargo, de chatarra no tiene nada y menos de basura, pues contiene elementos y componentes tanto activos como durmientes con propiedades y capacidades que sólo ahora se comienzan a intuir.

Dado lo sorprendente y extraño que para muchos puede parecer bastante de lo señalado en los cinco apartados anteriores, el presente texto se detendrá con cierto detalle en cada uno de ellos. Así, en el próximo capítulo -donde nuestro recién iniciado viaje de búsqueda tendrá su segunda etapa a través de la “Práctica del Ahora” y el análisis del “momento presente”- se abordará en su inicio el segundo de ellos: cerebro de la cabeza – glándula pineal. Posteriormente, en el Capítulo 5 se hará lo propio con el ADN. Y, finalmente, en el Capítulo 6, titulado precisamente Apuntes conscienciales sobre la corporeidad humana, se centrará en los otros tres binomios enunciados de la mano del análisis de cerebro-corazón, la interacción sistema inmunitario - cuerpo energético y la sexualidad sagrada.




CAPÍTULO 2

PRÁCTICA DEL AHORA


La mente humana y el cerebro de la cabeza
La mente humana, situada orgánicamente en el cerebro de la cabeza, es un maravilloso producto de la evolución del planeta Tierra. Constituye una avanzadísima computadora biológica con unas funcionalidades tan extensas, diversas y especializadas que, como la ciencia reconoce, aún no han podido ser suficientemente analizadas ni comprendidas. De hecho, como ya se reseñó al final del capítulo precedente y se insistirá aquí, el cometido principal de la mente, unida a la glándula pineal, la pituitaria y el “Tercer Ojo”, no es el procesamiento y tratamiento de la información (funcionalidad ésta, como también se examinará, que es la competencia fundamental del cerebro-corazón), sino la comunicación con el interior y el exterior del ser humano, conformando un espléndido sistema de intracomunicación (con los células del organismo y el núcleo o corazón de cada una) e intercomuniciación (con los demás seres humanos, con la Madre Tierra y con el conjunto del Cosmos y lo que algunos llaman la Internet Cósmica).
Para hacer factible esta amplia gama de prestaciones, el cerebro ubicado en la cabeza se estructura en dos hemisferios. El izquierdo opera como un procesador en serie; y el derecho, como un procesador en paralelo. Ambos están completamente separados -sólo se unen por medio de un cuerpo calloso compuesto por 300 millones de fibras- y se ocupan de cosas diferentes, debido a una división del trabajo resultado de la citada evolución.



VELOCIDAD DE PROCESAMIENTO

DE LOS COMPONENTES CEREBRALES

COMPONENTE

VELOCIDAD (Bytes por segundo)


Hemisferio derecho


40

Hemisferio izquierdo


De 1 a 10 millones

Conjunto armonizado (*)


40.000 millones

(*) Cuando el cuerpo calloso que une a de los hemisferios se halla armonizado y los conecta adecuada y equilibradamente.

Las prestaciones directamente relacionadas con el mundo tridimensional y la esfera físico-material de las personas están radicadas en el hemisferio izquierdo, que piensa lineal y metódicamente y se centra en el pasado y el futuro. Registra el colosal collage de cuanto ocurre y acontece; analiza detalles y más detalles de los mismos detalles; clasifica y organiza toda esa información; la asocia con todo lo que aprendimos en el pasado; y la proyecta hacia el futuro con sus posibilidades y alternativas. Para ello, utiliza los datos facilitados por nuestros sentidos -los que derivan de ver, palpar, oír, oler y degustar-; procesa la experiencia adquirida y los instintos básicos, como el de conservación que, cual mamíferos, poseemos; y, como herramienta de supervivencia en el medio tridimensional, posibilita que cada uno se considere un ser individual y fabrique mentalmente la noción de un yo y una personalidad. Es el ego con el que, olvidando otras dimensiones de nuestro ser, transitamos por un mundo hacia el que volcamos nuestros deseos, apegos, miedos y frustraciones, pero que contemplamos, a la par, como ajeno y hostil.


El hemisferio izquierdo piensa con lenguaje. Se trata del diálogo interno que continuamente pone en conexión el yo con el mundo exterior. Ello hace posible que nuestras ideas y sueños estén conectados a una realidad compartida, evitando que se conviertan en delirios (esquizofrenia, trastorno bipolar...). También es la vocecilla que me indica “No olvides pasarte por el supermercado y comprar esto y aquello para la comida de mañana”; la inteligencia que me recuerda cuándo tengo que ir a una cita o planchar la ropa. Y, lo más notable -relacionado con lo ya reseñado- es la voz que me dice que existo como yo; la que forja mi ego y me convierte en un ser individual. Bajo su influjo, me contemplo como una sola persona sólida, fragmentada del flujo de energía de alrededor, separada del otro y de lo otro y con sentido de sus límites corporales: dónde empiezan y dónde terminan, dejando de ser átomos y moléculas que se mezclan con los de los objetos y cosas que me rodean.
Sin embargo, es mucho menos conocido; sólo en la actualidad algunas investigaciones empiezan a mostrar que la mente proporciona igualmente utilidades de excelencia al servicio, no de la tridimensionalidad, sino de otra dimensión del ser humano que trasciende lo físico-material. De ello se ocupa el hemisferio derecho, que se centra en el aquí y ahora mismo; y mantiene abierto los conductos y canales que permiten que el ser humano y su cuerpo interactúen con la unidad material y no material a la que pertenece y en la que se integra. En este orden, aporta funciones y mecanismos que se mueven en el campo de lo irracional, intuitivo y sensitivo; vive plenamente el presente más allá del tiempo y el espacio; y percibe y trata información que los sentidos físicos no pueden aportar.
El hemisferio derecho piensa en imágenes. La información le llega en forma de flujos de energía de manera simultánea desde todos nuestros sistemas sensoriales, hasta conformar el cuadro completo de la apariencia del momento presente –cómo se ve, a qué huele, a qué sabe, qué se siente y cómo suena el presente-. Permite que nos contemplemos como seres de energía conectados a la energía de nuestro entorno; seres de energía -interconectados a la familia humana y al planeta- que estamos aquí para hacer del mundo un lugar mejor. Y, con esta percepción, nos vemos perfectos y hermosos.
Así, el potencial operativo de la mente es colosal, inmenso. Tanto que, como si fuera un ordenador de última generación, su rendimiento no depende estrictamente de ella, sino de la cualificación del usuario. Y si en los ordenadores, tal cualificación viene definida por los conocimientos y pericia del operador, en el caso de la mente está en función del estado de consciencia de cada ser humano. Por lo que cabe afirmar que la mente está al servicio de la consciencia, de la que se ocupa con extensión la Parte II de este texto.
Con esta base, cuando el estado consciencial que experimenta una persona, hace que se perciba y contemple sólo en esfera físico-material y no se percate de su dimensión interior -que es nuestro verdadero Yo-, la mente activa una especie de piloto automático -valga el símil- que suple tal déficit. Se trata del ego, que desarrolla un yo y una personalidad ante las necesidades de conservación y actuación en el mundo tridimensional. Frente al Yo interior, es un yo no sólo pequeño, sino también falso, en el sentido de que es una creación de la mente, un objeto mental. Pero no es menos cierto que resulta imprescindible para la supervivencia y actividad del ser humano ante la ausencia de un mando consciente.
En cambio, cuando el estado de consciencia que la persona experiencia, le permite percibir su dimensión interior y el verdadero Yo asume la dirección consciente, el piloto automático, el ego, no es preciso, por lo que la mente lo mantiene desactivado. Además, en vez de usar y canalizar su energía y capacidad para el funcionamiento y desarrollo del ego, las pone al servicio del Yo profundo.
Y para que esto se despliegue en toda su potencia, el cerebro de la cabeza forma una sensacional pareja con la glándula pineal.

Cerebro de la cabeza – Glándula Pineal
La glándula pineal o epífisis es una pequeña formación ovoidea y aplanada (mide unos cinco milímetros de diámetro), que descansa sobre la lámina cuadrigémina, en el tercer ventrículo cerebral, justo a la altura del punto intermedio entre ambos ojos. Es conocida por encargarse de tareas como regular los ciclos de día y noche o segregar melatonina (se vende en farmacias para tomarla cuando se hacen viajes y cambia el horario) y constituye un antioxidante muy potente. Igualmente, dado que se une vía ganglio cervical superior y núcleo supraquiasmático hipotalámico a la retina, se le considera parte de las vías visuales, convirtiendo la información lumínica en secreción hormonal. En este marco, estas son las principales funciones que se le suelen reconocer a la glándula pineal:
+Controla el inicio de la pubertad.
+Armoniza el sistema vegetativo con el medio ambiente, a través de la vista, y probablemente también del resto de los sentidos.
+Induce al sueño.
+Probablemente, regule los ritmos circadianos.
+Es un interruptor que modula la intensidad de funcionamiento de todos los centros neuroendocrinos hipotalámicos. Y por último:
+Previene una calificación prematura en la infancia, al evitar las síntesis esteroideas, favoreciendo el crecimiento óseo por este mecanismo, indirecta y directamente a través de la DA y GH.

No obstante, sus funcionalidades van mucho más allá y se asocian a lo que René Descartes intuyó, cuando afirmó que es el lugar donde el alma se une al cuerpo y, sobre todo, a lo que antiguas culturas conocían acerca del chakra del tercer ojo (por ejemplo, en diferentes tradiciones hindúes, la concentración en meditación se hace sobre este punto preciso del cuerpo), ligado al hecho de que la pineal es auténtica antena de radio-frecuencia instalada estratégicamente en la parte superior del cráneo para recibir y emitir. Además, la pineal convierte ondas electromagnéticas en estímulos neuroquímicos, como comprobaron los científicos Vollrath y Semm, que tienen artículos publicados al respecto en la revista Nature en 1988.


Esto permite que la interacción entre el cerebro de la cabeza y la glándula pineal -con los que también funcionan asociados la glándula pituitaria- configure un espléndido sistema de comunicación hacia el interior del cuerpo y hacia el exterior que, entre otras cosas, permite al ser humano disponer de potencialidades mayoritariamente desconocidas. Verbigracia:
+facultades psíquicas como la intuición, la premonición o la telequinesia;
+capacidades de comunicación con su biología interior (órganos, sistemas, aparatos, tejidos, células…) y de auto-sanación hacia toda ella;
+poder de transmisión energética (sanación incluida) hacia sus congéneres y toda la Naturaleza, que puede ser aplicado tanto mediante el contacto físico (abrazos, caricias, manos…) como a distancia (por medio de la meditación y la visualización):
+notabilísimas funcionalidades de conexión e intercambio de información con los demás seres humanos (telepatía); la Humanidad en su conjunto (a través de los campos mórficos y morfogenéticos y de la red consciencial humana); y el planeta Tierra, el sistema solar y el Cosmos en su conjunto (con acceso –canalizaciones, inspiraciones, descargas de información durante el sueño nocturno…- a los que algunos denominan la Internet Cósmica).



CAPACIDAD TELEPÁTICA Y DE SANACIÓN

“Poderes” como la telepatía o la sanación deben ser desmitificados. Todos los tenemos y se activan en un punto concreto del proceso evolutivo, pues son una condición natural del desarrollo consciencial. No obstante, se pueden desplegar sin esta ligazón con la evolución consciencial, pero quienes así practiquen estos “poderes” los encontrarán vacíos de contenido, sin sustancia, y sólo les servirán para presumir vanidosa y egóicamente de ellos.


La facultad telepática y la capacidad de sanación tienen una misma base: la empatía total. En la sanación, la empatía se da con la persona afectada, mientras que la telepatía se produce desde la Unicidad con la consciencia global.
El método es sencillo: hacer desaparecer el “yo” y conectar desde el ser con el ser interior de la otra persona.


Por tanto, la operatividad fundamental del cerebro de la cabeza no radica en el tratamiento de la información, que corresponde, como se desarrollará en el Capítulo 6, al cerebro-corazón, sino en ser un sensacional sistema de comunicación interior y exterior. Para ello, la conjunción con la pineal es crucial. Esta glándula no podría desarrollar por sí sola tamaña funcionalidad, como simplemente los ojos no explican la visión. Se pueden puede tener los ojos perfectos, pero se precisa de un área cerebral que interprete la imagen. Es como un ordenador: se pueden disponer de todos los programas, pero si la pantalla no funciona, no se ve nada. La pineal capta el campo electromagnético como si fuese un teléfono móvil, pero la comunicación tiene que ser interpretada en áreas cerebrales, como por ejemplo, el cortex frontal.



Vamos a contar mentiras
¿Y qué es lo que sucede cuando el ser humano se empeña en usar el cerebro de la cabeza, no como sistema de comunicación, sino para tratar la información?. Pues que se desperdician sus capacidades que transcienden lo tridimensional y se concentran todos los esfuerzos en las de perfil físico-material. De este modo, el tratamiento de la información es enormemente parcial y sesgado, e introduce la vida cotidiana en una serie de mentiras y errores que afectan sensiblemente al sentido del yo, a la consciencia acerca de uno mismo y a la percepción sobre cuestiones tan primigenias como lo que significa pensar o lo que es vivir el presente. Entre tales mentiras, sobresalen la media docena que se enuncian de manera sintética a continuación

No es verdad que sea consustancial tener una voz en la cabeza que habla sin parar
Cuando el ego está al mando, basta con que se reflexione o medite un momento para constatar que los pensamientos acuden a la mente sin previo aviso, de manera espontánea y sin autorización por nuestra parte, sin que intervenga nuestra voluntad. Parecen obedecer al dictado de algo o alguien ajeno a nosotros mismos, como si estuviéramos poseídos por una entidad extraña con sus propios deseos y prioridades.
Nos cuesta enorme trabajo cortar ese flujo permanente y descontrolado de pensamientos. También resulta difícil concentrarse en uno concreto, pues enseguida otros pugnan por entrar en escena. Y su autonomía llega al extremo de que ni siquiera podemos evitar aquéllos que nos desagradan; por más que nos fastidien, vuelven a aparecer cuando les viene en gana.
Es más: los pensamientos han logrado tal poder, que aceptamos su dominio como lo más normal del mundo. Cada uno de nosotros y la civilización y cultura vigentes, la visión imperante, estima lógico que no podamos poner coto a su ritmo incesante, centrarnos en uno específico o liberarse de los que nos disgustan.
Pero esto es una gran mentira: no es un hecho consustancial al ser humano tener en el interior de la cabeza una especie de voz que habla sin parar y con autonomía y criterio propios. Esto se produce cuando el referido piloto automático está encendido. Si el ser humano eleva su grado de consciencia, el piloto se desactiva y el Yo verdadero toma la dirección, teniendo capacidad sobrada para controlar la mente, ya sea para acallarla o para concentrarla en un tema o asunto concreto sin interferencias o injerencias de pensamientos no invitados. Cuando aumentamos el nivel consciencial, los pensamientos están a nuestro servicio, y no nosotros al servicio de ellos.

No es verdad que nuestro Yo y nuestros pensamientos sean lo mismo
Nuestra rendición ante los pensamientos ha llegado al extremo de que confundimos su voz con nosotros mismos. Nos identificamos con ellos, permitimos que nos capten hasta el punto de unir a ellos nuestro sentido del yo y tejemos lo que pomposamente denominamos personalidad sobre un crisol de pensamientos que fluyen, refluyen, juzgan, prejuzgan, etiquetan y clasifican a su entero antojo.
Es ciertamente sorprendente, pues es obvio que los pensamientos campan a sus anchas. Pero, aún así, terminamos creyendo que nosotros somos nuestros pensamientos, identificándonos con ellos. De este modo, los pensamientos fabrican en nosotros un falso ego: el reiterado piloto automático, totalmente ficticio y de carácter puramente ilusorio, que afirmamos solemnemente como nuestro yo.
Pues bien, ésta es otra gran mentira: la segunda del listado. La realidad es que nuestro verdadero Yo nada tiene que ver con ese falso y pequeño yo ni con nuestros pensamientos. Los seres humanos tenemos un Yo profundo absolutamente ajeno a ese ego y a los pensamientos; y para el que éstos no son sino instrumentos para la acción en el mundo en el que vivimos.

No es verdad que exista el pasado
Ahora bien, el absurdo no termina aquí, sino que es aquí donde empieza. Primero, porque no se trata de una voz en el interior de la cabeza, sino de muchas voces que pugnan y discuten entre sí, pues tenemos muchos pensamientos, y a menudo, contradictorios y enfrentados. Y en segundo lugar, porque los pensamientos están condicionados no por el presente, sino por el pasado, por nuestras experiencias y recuerdos. Esto nos introduce en un espectacular embrollo, porque el pasado no existe ni existirá. Creer en la existencia del pasado es la tercera gran mentira, asumida sin rechistar cuando es escaso el grado de consciencia sobre quién se es y lo que es real.
La memoria del pasado es algo que surge como forma mental en el momento presente; cuando pasó lo que pasó, lo hizo como presente y después dejó de ser real para configurarse en una creación u objeto mental. Además, tal memoria ni siquiera es del todo certera, pues muchos sucesos del pasado los rememoramos desde la interpretación subjetiva de nuestra pequeña historia personal -sufrimientos y goces, éxitos y fracasos-. Y ésta suele estar marcada por la insatisfacción, bien por no haber alcanzado lo deseado o porque, habiéndolo conseguido, inmediatamente aspiramos a algo más, a algo nuevo que haga nuestra vida más placentera, completa o genuina.
De este modo y aunque no nos percatemos del desatino, nuestra identidad, personalidad y sentido del yo, quedan a merced de unos pensamientos contradictorios que responden a la interpretación subjetiva por parte del ego insatisfecho de un pasado inexistente. Ante esto, no puede sorprendernos que nuestro sentido del yo se halle estrechamente ligado a una sensación de frustración o, al menos, de carencia de algo, de emociones o cosas. El piloto automático, a falta de dirección consciente, no da para más. Por lo que una gran parte de las personas notan que sus vidas no están llenas y cunde el desasosiego, configurado ya como santo y seña de la sociedad actual.

No es verdad que exista el futuro
¿Qué hacer ante el desasosiego?. Pues como el ayer no nos satisface, miramos hacia el mañana. Se trata de una huida hacia adelante en toda regla. Sobre ella se construye otra falacia, la cuarta gran mentira: el futuro.
Puenteando el presente, pasando por encima de él, proyectamos el pasado, con sus frustraciones y carencias, hacia el futuro. Pero éste es sólo otra invención de la mente, otro objeto mental. El futuro sólo es real cuando ya no es un objeto mental, es decir, cuando deja de ser futuro y se transforma en el momento presente. Sin embargo, al observar el mundo que nos rodea, es fácil constatar que el futuro se ha convertido en una droga a la que se mantiene enganchada una ingente cantidad de personas. La gente se aferra al futuro cual tabla de salvación –también muchos buscadores-. Lo consideran imprescindible para salir del agujero emocional en el que han caído, para experimentar nuevos sentimientos y sensaciones, para poseer los objetos que precisan o les ilusionan, para completarse, para ser felices.

Desde luego, el futuro es útil para las cosas prácticas, pero más allá no tiene ningún sentido. Está claro que cada cosa que hacemos requiere tiempo para completarse; y que hay acciones que han de ejecutarse hoy con la mirada en el mañana o que forman parte de una cadena de tareas que transcienden el ahora. Pero en lo que corresponda hacer en este ahora, no son futuro, sino presente. Y en éste me debo ocupar de lo que me tengo que ocupar, sean cuales sean sus implicaciones o consecuencias en el tiempo. Son las ocupaciones del momento presente, no las pre-ocupaciones por el mañana.


La realidad es que gastamos muchísima energía en las pre-ocupaciones, mientras que ponemos escasa atención en llevar a cabo las ocupaciones de la mejor manera posible. En lugar de diferenciar entre ocupaciones y pre-ocupaciones y centrarnos exclusivamente en las primeras, nos metemos en una cadena sin fin donde el pasado condiciona el futuro; y éste, cuando llega, se añade al pasado y vuelve a condicionar el futuro. La droga del futuro nos tiene desquiciados.
El futuro no existe, excepto en la mente, como un pensamiento. El pequeño yo, el ego, está siempre esperando encontrarse a sí mismo en algo que hallará en el momento próximo; anda siempre en camino hacia lo que sea. Y esto, lógicamente, provoca estrés: la enfermedad mental más común y extendida en nuestra civilización.

No es verdad que vivamos en el presente
Si a cualquier persona se le pregunta si vive en el antes, en el ahora o en el después, nos mirará con cara de sorpresa por la teórica imbecilidad de la pregunta y contestará de inmediato que en el ahora. Es lógico, pues en nuestra carencia de consciencia estamos convencidos de que vivimos en el hoy; ni en el ayer, ni en el mañana, sino en el presente. Sin embargo, esto es mentira: la quinta de la relación.
Ojalá fuera verdad que vivimos el presente, pero, como consecuencia de las cuatro mentiras anteriores, por el bajo grado de consciencia, la mayoría de hombres y mujeres estiman en su fuero interno, aunque sea inconscientemente, que el momento próximo es más importante que el actual. Y pasan sus días en plena incapacidad para vivir en el único sitio donde la vida existe: el momento presente.
La razón es sencilla de entender. El ego es una creación mental surgida de la identificación con nuestros pensamientos. Como tal, se nutre y se recrea en las invenciones y objetos mentales, espantándole todo lo que sea real. Por eso anda siempre dando bandazos entre el pasado y el futuro, meros objetos mentales. Y por eso no le gusta el momento presente, que es lo único auténticamente real.
El falso yo vive en constante oposición al momento presente o, simplemente, lo niega. Ha convertido el momento presente en su enemigo. Para él nunca es suficiente. Rara vez hay algún momento que le guste. Y cuando esto ocurre, el momento presente pasa rápidamente y se queda en el mismo estado que antes. Las quejas mentales son una manifestación de esta confrontación con el momento presente. El ego está instalado en un estado casi permanente de queja mental. Nada le agrada ni parece bastarle. Halla defectos y motivos de protesta hasta en lo más placentero o deseado. Es como se alimenta el falso y pequeño yo: posicionándose y reafirmándose contra lo que es, contra la vida. Imponemos juicios y reducimos a las personas a un puñado de etiquetas y conceptos mentales. Y al encarcelar a los otros con los pensamientos, nosotros mismos entramos en la prisión mental.
El ego se percibe a sí mismo contra la vida, contra el Universo, contra el resto de lo que existe, que, en su labor como piloto automático, contempla cual amenaza. Es una colosal locura que aún se hace mayor debido a que el ego también necesita el mundo que le rodea para cumplir su misión y satisfacer sus aspiraciones. El ego pasa sus días -y con él los seres humanos que con él se identifican- en el tremendo conflicto de rechazar el momento presente, lo único real, la vida. Y lo agudiza necesitando de un mundo que, a la par, estima una amenaza.

No es verdad que seamos lo que somos
La última mentira que aquí se va a destacar es una especie de corolario de las cinco precedentes y el máximo exponente de las consecuencias del reducido nivel consciencial. Radica en el hecho de que cada uno está convencido de que vive su vida. No puede ser de otra manera -nos decimos. Nos consideramos conscientes de lo que hacemos, de lo que queremo... de lo que somos. Pero tampoco esto es verdad.
No tenemos consciencia de nuestro ser real, el verdadero Yo, sino del piloto automático con el que nos identificamos; de un ser que nuestra mente, ante la ausencia de mando consciente, ha tenido que inventar por necesidades de supervivencia y actuación en la tridimensionalidad. Hemos desarrollado una consciencia de los objetos: no somos lo que somos, sino lo que pensamos que somos; nos vemos a nosotros mismos como objetos mentales. El ego forjado por los pensamientos ha sido creado como objeto mental: mi pequeño yo, mi pequeña historia, mis emociones. Y este objeto mental busca su felicidad en los objetos físicos y mentales: en las cosas materiales, en las creencias o teorías mentales y en las emociones estimulantes.
Sin duda, todas estas cosas tienen su lugar en este mundo, pero no para que nos identifiquemos con ellas. Es imposible que nos encontremos a nosotros mismos con objetos y formas ajenas a nuestro Ser. Pero lo hacemos. Y el resultado final es la frustración, la insatisfacción: la demencia derivada de la pérdida de conexión con una dimensión más profunda del ser humano, nuestro verdadero Yo. Podemos activar tal conexión mediante la elevación del grado de consciencia. ¿Cómo conseguirlo?. Resulta de gran ayuda examinar nuestra dimensión profunda a través de su relación con el único sitio donde la vida realmente existe: el ahora. A ello se dirigen los próximos apartados. Vaya por delante que en esa dimensión no existe el tiempo; que nada tiene que ver con los pensamientos, conceptos, juicios y definiciones; y que no se identifica ni se llena con objetos materiales, mentales y emocionales.
Para adentrarnos en la dimensión profunda del ser humano y su relación con el ahora, es crucial que primero reconozcamos y desvelemos interiormente las mentiras que han sido sintetizadas y por las que ha discurrido nuestra vida. Este reconocimiento es la llave que abre el acceso a esa otra dimensión: adquiramos consciencia del contenido y consecuencias reales de las mentiras reseñadas y convirtamos esa consciencia en la llave que conduce a nuestra dimensión más profunda. ¿Cuál es la puerta en cuya cerradura hay que introducir la llave?. La puerta es la esencia subyacente del momento presente. Veamos por qué con la ayuda de las aportaciones de Eckhart Tolle vertidas en obras como El poder del ahora, Practicando el poder del ahora y La nueva conciencia (GAIA, Ediciones; Madrid, 2001, 2003 y 2007, respectivamente).

Las dos dimensiones del momento presente
Como ya se ha resaltado, el momento presente es el único sitio donde la vida existe. La vida llena y abundante es la eterna, la que no está sujeta al tiempo, un continuo momento presente en el que lo eterno se desenvuelve. Nuestra dimensión profunda se encuentra donde el ego nunca la buscaría: en el aquí y ahora. No obstante, el momento presente cuenta también con dos dimensiones: la superficial y cambiante; y la subyacente y fija.
La primera es la forma del momento presente, sus contenidos percibidos por nuestros sentidos. Y es cambiante. De un momento a otro varían los sonidos, silencios y ruidos; las luces y las sombras; la respiración y otras facetas corporales; las circunstancias personales y del entorno; las situaciones, lugares y paisajes; los estados de ánimo; la temperatura y la climatología; los olores y lo que el tacto toca; los pensamientos que transitan por la mente; los sentimientos y emociones, etcétera.
La segunda, la esencia subyacente por debajo de las formas, es la existencia, la vida misma, que siempre es ahora y nunca será no ahora. La existencia es “ser”; y “ser” es ahora; no cuando fue, ni cuando será; no es un pensamiento o un objeto mental. Es el ahora; es “Ser”; es lo “Real”.
El ego, en su pilotaje automático, transitando entre creaciones mentales, ni sabe en qué consiste la esencia subyacente del momento presente. Sólo reconoce su aspecto superficial, la forma del ahora, que muta cada día, cada hora, cada minuto e, incluso, cada segundo. Por ello, el pequeño yo cree que es el propio momento presente el que se transforma de momento en momento. Casi ni existe, llega a pensar, dada su volatilidad, oscilando entre el momento que ya ha pasado y el que después vendrá.
Pero hay una esfera no superficial del momento presente que escapa a la comprensión del ego. Valga el ejemplo de un río, verbigracia: el muy milenario Guadalquivir, el Baetis o Beitis de antes de los tartesios, que fluye desde tiempos remotos por tierras andaluzas. El falso yo, sentado a su orilla, sólo atiende a las formas y observa el curso de sus aguas, que en un punto concreto varía a cada momento o baja más o menos caudaloso. Es incapaz de entender que el río, por encima de tales cambios, es el río; que el Guadalquivir existe y es con independencia de las formas que adopte, más allá del discurrir de sus aguas, de las modificaciones de su caudal y del transcurrir del tiempo.
Lo mismo ocurre con el ser humano, que, como el momento presente, cuenta con una dimensión superficial -su forma percibida por los sentidos- y otra subyacente. La primera es la persona temporal, cuya fisonomía y circunstancias mutan a cada momento y cuyo fin, al cabo de unas pocas décadas, se halla en el cementerio. Allí serán enterrados o quemados todos sus anhelos, dramas, temores, ambiciones, éxitos y fracasos; allí quedará su forma reducida a polvo o ceniza. Por el contrario, la esencia subyacente no sabe de variaciones ni de muertes. Es inalterable, es la existencia, es el ser; el verdadero Yo, no el falso y pequeño yo; lo único real.
Contemplar lo transitorio y efímero del momento presente -sea de un río o de un ser humano- es una buena manera no sólo de percibir la forma, sino, igualmente, de percatarse de la esencia subyacente: el ser; el ahora ajeno a las formas y sus modificaciones. Se “es” en el ahora, en el momento presente. La forma de éste sí se transforma continuamente, pero sólo la forma. Por debajo del cambio hay algo que no tiene forma. Y ese algo no es “algo”; es sólo algo cuando pensamos en él y pretendemos llevarlo al mundo del ego. Pero, realmente, carece de forma, no es un objeto mental: es Ser, Existir, este momento, ahora.
No se puede ir más allá de este punto con el entendimiento. De hecho, ni hace falta ni es conveniente. Paramos el ajetreo incesante de los pensamientos, nos contemplamos a nosotros mismos y sentimos internamente que “ser es existir” y “existir es ser”. ¡Ya está!. Ni más, ni menos. No necesitamos pensar en que existimos y somos. Se trata, sencillamente, de tomar consciencia de ser, de existir. La mente está a nuestro servicio, no al revés; la mente está al servicio del Ser, no a la inversa. Y “ser” conlleva atributos y potestades que pierden su esencia -se desnaturalizan- si son mentalmente tratados. Ser, existir, no precisa de racionalización alguna. Cuando intentamos situarlo al nivel del entendimiento, lo convertimos mentalmente en “algo”; lo empaquetamos en un objeto mental; y desvirtuamos de modo lamentable su esencia y entidad. Si lo nombramos, clasificamos y etiquetamos, ya no es real, sino una interpretación mental que nada tiene que ver con lo real.

Espacio” y nueva interacción con la vida


Por todo lo visto, hay una estrecha ligazón entre el momento presente -su forma y su dimensión subyacente- y la esencia subyacente del ser humano. Es obvio que si el momento presente existe con sus dos dimensiones, es porque Yo existo. Si Yo no existiera, no habría momento presente ni en su forma ni en su fondo.
Verbigracia: si usted está aquí y ahora leyendo estas palabras -sentado en un sitio u otro, solo o acompañado, en silencio o no, con una temperatura mayor o menor, luciendo el sol o lloviendo…- es porque usted <> (ser), porque existe. Si no existiera –ser, lo subyacente- no habría este momento de lectura en ninguna de sus posibles y cambiantes circunstancias -la forma-. Y cuando termine de leer o haga un descanso, la forma del ahora será distinta a la del momento en el que inició la lectura o la del momento actual. Sin embargo, “algo” no habrá cambiado: el hecho de que usted “es y existe”.
Por tanto, el momento presente está absorbido en el Ser. Es en el Ser en donde existe la dimensión profunda del momento presente, su esencia subyacente y fija, la existencia, la vida. Y también es en el Ser donde existe la dimensión superficial y cambiante del ahora -su forma, sus contenidos-. Por ello, el Ser es el “espacio” en el que emanan las formas del momento presente.
Para que exista el momento presente en sus dos dimensiones es imprescindible que Yo exista. Y este hecho tan obvio nos acerca espectacularmente al Yo verdadero, al que es y existe más allá de las formas cambiantes del continuo momento presente. Más allá de lo variable y mutable que hay en nuestra vida actual o, incluso, en la cadena de vidas que podemos transitar en nuestra encarnación en el plano humano, hay “algo” que no cambia: el hecho de que Yo existo; y de que si no existiera, todo lo demás tampoco existiría, pues mi Ser es la referencia obligada para que exista todo lo demás que muta y se transforma de un momento a otro. Mi dimensión subyacente –ser, existir- es la esencia de la dimensión subyacente del ahora, del momento presente. Y conforma el espacio en el que el momento presente se desenvuelve.
Este hecho es de enorme trascendencia para la vida cotidiana de cualquiera de nosotros, y son muchas y muy notables sus implicaciones en nuestra existencia, en el ahora. Al ego le parece una locura, pero hay que volver a subrayar que la única demencia es la suya cuando intenta filtrar todo por el único plano que él conoce: el mental. Pero lo real es el Ser, el Yo verdadero. Y su existir explica el momento presente en sus dos dimensiones. El Ser es el espacio en el que surgen las formas del ahora.

El Ser es la consciencia misma que permite afirmar “Soy el que soy”. Todo lo demás es consciencia de objetos. La consciencia del Ser significa estar concentrado en Ser; existir en alerta y en el único sitio en donde la vida es posible: el ahora. El ahora es el Ser y en su espacio surgen las formas del momento presente, aunque el Yo verdadero esté más allá de las formas y no se llene de sus contenidos.



Una sencilla práctica
Para vislumbrar lo que significa Ser, sirve un sencillo ejercicio. Basta con dejar un lapso entre dos pensamientos de los que bullen en nuestra mente. Concentrémonos e intentemos que haya un instante -uno sólo por pequeño que sea- entre ambos. Cada uno de estos pensamientos es un objeto mental. El lapso que conscientemente dejamos entre ellos es la presencia del Ser, el Yo verdadero. Los pensamientos van y vienen incluso cuando dormimos. En el lapso en el que los interrumpimos radica la consciencia: estar muy despierto sin nombrar o interpretar el momento. Simplemente, quietud en alerta. Una quietud que está presente, igualmente, en el movimiento, en la acción. Para el Yo verdadero, la quietud es movimiento, y el movimiento es quietud.
Y los seres humanos estamos en condiciones de lograr que en nuestra vida, la consciencia que percibimos durante el referido lapso sea no sólo un corto instante entre dos pensamientos, sino que florezca e impregne toda ella, de modo que el Yo verdadero coja las riendas, en lugar del ego, y que la mente esté a nuestro servicio, no al revés. En realidad, todo consiste en ser consciente de que Yo soy, de que existo, y de que mi ser y existencia es tanto la dimensión subyacente del ahora –inmutable, inalterable- como el espacio en el que surge y se despliega la forma del momento presente –mutable, variable-. Y con esta toma permanente de consciencia se produce la conexión entre nuestro Yo profundo –interior, eterno y situado más allá de la mente- y el mundo y circunstancias que nos rodean –exterior, efímero y mental-, que quedan así bajo el mando del Yo verdadero.
La nueva visión que esta toma de consciencia aporta, es extraordinaria. Yo Soy; y todo es y se desenvuelve porque Yo Soy. Si Yo no fuera, nada sería. Yo Soy es la razón de cuanto existe. Y, como veremos en próximos capítulos, mi Yo Soy es idéntico al Yo Soy del otro y sólo se explica y se sostiene en la Unidad del Ser Uno.

Otra práctica elemental y espiritual
La citada nueva visión eleva nuestro grado de consciencia por arriba del correspondiente a la consciencia de los objetos y transforma el “no” inconsciente y demente a la vida en su “sí” consciente y cuerdo; plasma en el ahora una nueva interacción con la vida que conlleva un rotundo sí a la misma que no es sólo mental, sino consciente, interiormente sentido. Esta nueva interacción radica en abandonar toda oposición o resistencia contra el momento presente y la forma y contenidos con las que aparece. La práctica que ello conlleva es fácil de exponer: dejar de nombrar, etiquetar y clasificar todo lo que nos rodea y a nosotros mismos; cesar de interpretar y enjuiciar cada cosa del mundo de los objetos, cada persona que encontramos, cada situación o acontecimiento, cada acción propia o ajena, cada pensamiento...
Se trata de dejar de discutir con lo que es. Es una práctica elemental: es lo que hacen las plantas, los árboles o los animales. Y es una práctica espiritual: hace que aflore el Ser, el Yo profundo. Conseguimos la alineación interior con el momento presente; aceptamos su forma, sus contenidos cualesquiera que sean, de manera abierta y amistosa. No polemizamos con lo que es y que no puede ser de otra manera que como ya es. Lo cual no supone ni resignación ni inacción. Al contrario: hace la acción mucho más eficiente, pues se actúa alineado con la vida, no desde la negatividad del ego. Al no poner a otras personas en prisión mental, tampoco me meto en ella yo mismo. Y al no juzgar, siento y genero una paz que se convierte en bendición para cada persona que encuentro.
Comprobaremos que esta práctica, ejercitada de modo continuo en el presente, proporciona una gran sensación de libertad. No en balde, dejamos de estar atrapados en la pequeña historia del ego. Ya no hay piloto automático: El Ser toma el mando.

Consciencia del Yo Soy y no oponerse a la vida
Al ego le parecerá increíble que mediante prácticas tan primarias se pueda expandir la dimensión espiritual del ser humano. Le gustan prácticas espirituales más complicadas, especialmente las que proponen multitud de pasos que se extienden durante meses o años de ejercitación. Como le aterra el presente y se alimenta de la confrontación con la vida, con el ahora, le encanta la idea de estar largo tiempo practicando cómo llegar al futuro, cómo ser mejor. El pequeño yo se nutre de tiempo y desea tiempo para llegar a donde sea, incluso a Dios. Demasiados buscadores espirituales responden inconscientemente al mismo patrón y, en lugar de coger por los cuernos el toro del momento presente y vivir y ser de verdad en él, transitan por un laberinto de lecturas, escuelas, prácticas meditativas y experiencias, esperando conseguir la iluminación en un futuro próximo.
Pero la consciencia del Yo Soy y no oponerse a la vida no precisa de tiempo, pues sólo requiere el ahora. Tampoco de libros, ni conocimientos, ni estados meditativos. Nada de eso. Todo es simple e inmediato: Ser y existir, en paz con la vida; dejar de enjuiciar y etiquetar; aceptar lo que es; permanecer continuamente alineado con la forma del momento presente, un momento que es siempre el mismo, el ahora, aunque adopte formas diferentes. Desaparecen los pensamientos que antes surgían involuntariamente para juzgar y etiquetar cuanto nos rodeaba y ocurría, incluido a nosotros mismos. Fluye sin obstáculos la dimensión profunda de nuestro ser, abriéndose el espacio interior que permite al momento presente -incluidos su forma y contenidos- ser lo que es. Siento íntimamente -no sólo mentalmente- el sí al ahora. Y percibo, lo que no tiene forma, el verdadero Yo, el atemporal, el que nada tiene que ver con la pequeña historia personal del falso yo cuando funcionábamos bajo la batuta del ego.
Al verdadero Yo lo siento como presencia. Es la consciencia pura de Ser, un estado que es alerta y, a su vez, espacio. Muchas personas, tras años de prácticas meditativas, no captan tal presencia porque buscan un objeto mental. Pero no es esto ni se le parece. Es “consciencia”: “alerta” y “espacio”. Nos percatamos de que somos el espacio para todo lo que sucede, para cada situación, sea de gozo o de dolor; constatamos que somos el espacio para el mundo exterior y traemos a él nuestra dimensión profunda.


+Las personas más difíciles de amar son las que más lo necesitan.


+Saca la basura de tu mente. Basura es todo aquel pensamiento que te distraiga de lo que realmente importa: estar presente plenamente en este momento, aquí, ahora.
+Si pierdes el sentido del humor, estás perdido.
+Morir no es triste; lo triste es que la gente no sepa vivir.
+No hay nada que perder.
+ Cuando por fin logres vivir el presente, te sorprenderá todo lo que puedes hacer y lo bien que lo haces.
+Es el camino el que da la felicidad, no el destino.
+Cuando tengas miedo, saca tu espada y corta tu mente en pedacitos.
-¿Dónde estás?: Aquí. ¿Qué hora es?: Ahora. ¿Qué eres?: Este momento.
De la película “El Guerrero Pacífico”, dirigida por Víctor Salva en 2006, adaptación cinematográfica de la obra autobiográfica de Dan Millman “El camino del guerrero pacifico”.


La práctica del ahora, tan directa y sencilla, nos ayuda a elevar el grado de consciencia mucho más que cien libros o técnicas de meditación. Cuando el nivel consciencial aumenta, se establece la conexión entre la dimensión interior y exterior, espiritual y material, del ser humano. Y la mente, en su sabiduría, apaga el piloto automático del ego. La toma de consciencia permite que el verdadero Yo tome la dirección consciente del ser humano y se transforme en lo que somos: el espacio en donde todo es.



Actuar en las dos dimensiones
Como se desarrollará en el próximo capítulo, la “consciencia” se relaciona con “ser” y cuenta con dos esferas inseparablemente unidas: “consciencia de lo que se es” y “consciencia de lo que es”. En términos que se acaban de citar, la primera se refleja en estar “alerta”: sé y siento lo que soy (toma de consciencia de lo que se es). Y la segunda, con el “espacio”: sé y siento lo que es, sé que soy el espacio en el que surgen las formas del ahora (toma de consciencia de lo que es). Como también se indicó, “Yo soy el que soy” sintetiza de modo rotundo la consciencia de ser en su doble perspectiva: consciencia de lo que soy -consciencia de Ser-, esto es, alerta; y consciencia de lo que es -consciencia de lo Real-, es decir: mi ser como espacio en el que surgen las formas.
Como escribió William Shakespeare y puso en boca de Hamlet, “Ser, o no ser: ese es el dilemma” (To be, or not to be: that is the question) (Hamlet. Acto Tercero, Escena I). Y Ser, significa poder afirmar con legitimidad y certeza “Soy el que soy”. Permanecer alerta siendo y sintiendo en el ahora mi ser verdadero y subyacente, eterno, inmutable. Y constatar cómo mi ser es la forma del momento presente, lo que explica y en donde se despliegan los contenidos cambiantes del ahora. Nada es, por tanto, ajeno a mí mismo: ni, por supuesto, mi Yo verdadero, pues es mi ser; ni tampoco las formas mutables del ahora continuo, pues yo soy el espacio en el que existen y se desenvuelven.
Y tomo consciencia de que cada situación cuenta con estas dos dimensiones, que no están confrontadas, sino en armonía: la profunda y multidimensional del Ser y la de las formas del mundo tridimensional. Nuestro componente corporal está en el mundo tridimensional y, desde luego, en él hay que actuar y hacer cosas. Y, bajo el mando del Yo verdadero, acometo las ocupaciones que correspondan, pero sin perder la consciencia de Ser. Por esto precisamente, la mente no activa el piloto automático: ignora las pre-ocupaciones y sitúa los pensamientos a nuestro servicio. Los que aparezcan en ella, serán los útiles y pertinentes para el ejercicio de las ocupaciones; si surgen otros, ya no tienen importancia porque no pueden hacernos infelices. Podremos seguir usando la mente muy eficazmente cuando la necesitemos, pero con la capacidad de ir más allá del pensamiento.
Los conceptos ya no son importantes. Disfrutamos de un saber mucho más profundo que el que se plasma en conceptos mentales. Una sabiduría innata para el Ser interior que emana del estado sin pensamiento, en quietud y alerta. Actuamos libres de culpa y sin estrés; sin los apegos e insatisfacciones del ego; y sin resistencia al momento presente. En el fondo sentimos un estado de alerta que es la esencia del Ser. Y al adquirir esta conexión con el Yo verdadero no utilizo el ahora en otra cosa –ni acumular conocimientos, ni meditar, ni experimentar…- que no sea Amar.
En el momento presente nuestra acción será sólo y absolutamente Amor incondicional. Un Amor que no es de este mundo, porque el mundo tridimensional es forma, y este Amor radica en lo que no tiene forma, en nuestra dimensión profunda que proyectamos a las formas del momento presente. Observamos sin enjuiciar, que en el mundo exterior cada persona tiene sus ocupaciones, pero que en el interior todos tenemos un mismo y único propósito: traer el Cielo a la Tierra; vivir en las dos dimensiones y ser una puerta para que la dimensión informe fluya y entre en el mundo de las formas para convertirlo no en algo hostil, sino bondadoso, con Amor.
Ya alcancé el “Conócete a ti mismo”: soy consciente de lo que soy –alerta- y de lo que es Real –espacio-; y siento mi Ser profundo estrecha e inseparablemente ligado a la Unidad. Un estremecimiento de quietud y movimiento me recorre energéticamente cuando me inunda tal conocimiento de mí mismo. ¡Tantas travesías buscándolo por fuera en piloto automático, y resulta que lo encuentro en mi interior cuando conscientemente decido tomar el mando de mi vida!. Y “ahora” que lo siento, sé que es un estado más allá de los pensamientos e imposible de captar como objeto mental.
Tal es así que ésta es la mejor manera de expresar el conocimiento de uno mismo: uno no puede conocerse a sí mismo porque uno no es uno, sino Uno. Indefinible, innombrable, indescriptible e infinito; no admite definición porque ningún pensamiento –ninguno- puede abarcarlo. Y entre ese Uno y Yo, no hay diferencia ni separación alguna.
Yo Soy el Ser Uno hasta el punto de que no puedo explicar con palabras la realidad de la Unión. Soy la Sabiduría y, sin embargo, me es imposible utilizar los conceptos, no tengo ningún pensamiento o definición de quién Soy porque lo real escapa de las categorías mentales. Soy un continuo momento presente en el que lo eterno se desenvuelve. Soy Creación. Soy la Consciencia e Inteligencia que me hacen Creador. Soy Creación y Creador. Soy el Espacio en el que todo surge. Soy el Amor incondicional que el ego no entiende y que Yo -un estado de Dios, Dios mismo- plasmo en el plano humano para que el Amor fluya en la tridimensionalidad.

Ojos nuevos para otro mundo mejor posible
Siento en lo más íntimo que Yo soy el Milagro. El mundo es, ni más ni menos, un reflejo de mi consciencia; y lo transformo por medio del incremento del grado consciencial. Y, como se resaltó en el capítulo anterior, mi vida es mi responsabilidad al 100 por 100; tanto mis actos y pensamientos, como los de aquéllos que se relacionan conmigo (se pormenorizará seguidamente al respecto a propósito del “ho´oponopono”).


NUEVA VISIÓN

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CONÓCETE A TI MISMO



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CONSCIENCIA



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PRESENTE: AQUÍ Y AHORA



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ALERTA / ESPACIO




-----} ESPACIO -----}

{----- ESPACIO {-----

Ser humano

Ser Humano


Momento presente

Momento

presente


Dimensión

Subyacente



Dimensión

Superficial



Dimensión

Subyacente



Dimensión

Superficial



Ser

Cuerpo,

vida física



Sucesos,…

Ser

{----- ALERTA {-----

-----} ALERTA -----}



Ser Humano

Dimensión

Subyacente


Ser Humano

Dimensión

Superficial


M.Presente

Dimensión

Subyacente


M.Presente

Dimensión

Superficial


V ^

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----------------} “TRAER EL CIELO A LA TIERRA }----------------




El mundo no se puede cambiar pensando en cómo hacerlo con programas; no hace falta pensar cómo transformar el mundo. Descubro que para hacer otro mundo mejor posible, sólo se precisan ojos nuevos (elevación del grado de consciencia) para “Ver” el mundo. La esencia del Ser es la nueva consciencia que cambia el mundo –las formas- a través de mí (como decía San Pablo: “Si tú fueras mejor, el mundo sería mejor”).


El verdadero Yo dirige conscientemente mi persona. De hecho, vivo una Vida Impersonal. Actúo y realizo las ocupaciones del ahora y, al hacerlo sin cargas, en libertad plena, no doy otra cosa que lo que esencialmente soy; es decir: Amor. Así, transformo el mundo invisiblemente. También mediante palabras escritas o habladas que, de repente, vienen a mi pluma o a mi boca aunque no son mías; y por las acciones que tomo en el mundo ante ciertas situaciones, sabiendo que proceden de lo profundo del Ser y llevan energía de paz.
El nuevo mundo es el reflejo de este cambio interior. Y lo estoy construyendo Yo contigo, que eres Yo, como Yo soy Tú. Este es nuestro destino en el momento presente más allá de los pequeños destinos personales de cada uno. Concentrados en el Ser, desplegamos Amor y conectamos la tridimensión con esa dimensión que no tiene forma, con la Consciencia, Ser, Amor.

Ho´oponopono
El denominado ho´oponopono es una práctica ancestral fundamentada en la consciencia de ser y en la doble dimensión de ésta como “alerta” y “espacio”. Recordando lo que se acaba de subrayar, la consciencia se relaciona con “ser” y cuenta con dos esferas indisolublemente ligadas: “consciencia de lo que se es” y “consciencia de lo que es”. La primera se refleja en estar “alerta”: sé y siento lo que soy (toma de consciencia de lo que se es, de quien soy). Y la segunda, con el “espacio”: mi ser es el espacio en el que surgen las formas del ahora (toma de consciencia de lo que es, de lo que es la realidad). “Yo soy” –Soy el que soy- sintetiza esta doble perspectiva, como se verá en el próximo capítulo. Permanezco en alerta siendo y sintiendo en el ahora mi ser verdadero y subyacente, eterno, inmutable. Y constato cómo mi ser es la forma del momento presente, lo que explica y en lo que se despliegan los contenidos cambiantes del ahora.
Nada es, por tanto, ajeno a mi Ser: ni mi Yo verdadero, pues es mi Ser mismo; ni las formas mutables del ahora continuo, pues yo soy el espacio en el que existen y se desenvuelven. Al adquirir esta conexión con el Yo verdadero, no utilizo el ahora en otra cosa que no sea para Amar. Y comprendo y acepto que tengo el 100 por 100 de la responsabilidad de todas las cosas que me ocurren y suceden a mi alrededor y de la globalidad de las formas mutables del momento presente, del ahora, de la vida. El pecado no existe, ni nadie nos juzga, pero cada uno tiene la completa responsabilidad de su vida y de los hechos, relaciones, encuentros y eventos que en ella se producen.
Este convencimiento estaba presente en antiguas culturas. Y en ese mismo convencimiento se basa precisamente el ho´oponopono, que nos recuerda que la vida es realmente una cadena de vidas físicas y que guardamos en nuestra memoria trascendente, en el “disco duro” sutil de cada uno, todos los pensamientos generados y experiencias acontecidas a lo largo de la citada cadena vital. Son estos pensamientos (los plenos de Amor, pero también los dolorosos y funestos) y experiencias (las llenas de Amor, pero igualmente las carentes de él y que han causado daño a nosotros mismos o a los demás) los que mantenemos en nuestro disco duro y proyectamos hacia la dimensión superficial –formas y contenidos- del momento presente y del mundo exterior, que es moldeada por nosotros mismos a semejanza nuestra.
El ho´oponopono proviene de tradiciones indígenas del Pacífico, en general, y de la cultura hawaiana, en particular. Literalmente significa “acertar el paso” o “corregir el error”. De acuerdo con arcaicas creencias, el error proviene de experiencias dañinas y pensamientos frustrantes desplegados en otras vidas y que se acumulan en la memoria en la que almacenamos nuestra existencia –cadena de vidas-. Esta memoria trascendente -incluida la parte de la misma contaminada por tales experiencias y pensamientos faltos de Amor- aflora y se manifiesta en nuestra vida actual, reflejándose y explicando multitud de actos, sucesos y circunstancias que vivimos y nos rodean.
Ante esto, la práctica del ho´oponopono nos enseña a que conscientemente agradezcamos a nuestro Ser profundo las cosas bellas y hermosas que ahora vivimos -cual modo de subrayar y poner en valor la parte (archivos del disco duro) repleta de Amor que la memoria trascendente atesora- y reconozcamos y asumamos como responsabilidad propia, la totalidad de las vivencias dolorosas del presente –cual forma de eliminar y borrar la parte (archivos del disco duro) carente de Amor que la misma memoria guarda-. De esta manera, el ho´oponopono ofrece la posibilidad de revalorizar los archivos, con Amor, y eliminar los sin Amor, liberando la energía de experiencias y pensamientos cargados de daño y error que son causa y origen de desequilibrios, desasosiegos, insatisfacciones, enojos, enemistades y enfermedades.
El ser humano es una unidad energética y vibracional en la que conviven tres gamas o modos vibratorios: Espíritu o Yo verdadero –en terminología ho´oponopono, “Aumakua”, “Superconsciente” o Padre-; cuerpo físico, con la mente y el intelecto como componente más desarrollado –“Uhane”, “Consciente” o Madre-; y alma, que, junto al ADN sutil (<>), almacena las experiencias acumuladas durante la cadena de vida –en ho´oponopono se llama “Unihipili”, “Subconsciente” o “Niño Interior” a esta conjunción de energía consciencial-.
Pues bien: éste último componente es el responsable de todo lo que proyectamos desde nuestro disco duro hacia las formas del mundo exterior. El “Unihipili” acumula los archivos de memoria, tanto de esta vida como de las restantes de la cadena de vidas que recorremos en nuestra encarnación en el plano humano; y lanza sus contenidos a las formas del momento presente, moldeándolas a nuestra semejanza.
Sin embargo, el ser humano consciente está en condiciones de incidir sobre esa memoria y los archivos, para afianzar las experiencias y pensamientos plenos de Amor –que se manifiestan en hechos positivos y hermosos de nuestra vida de ahora- y eliminar los llenos de odio, frustración y resentimiento –que se plasman en circunstancias y vivencias negativas y dolorosas de la vida presente-.
¿Cómo hacerlo?. Por medio del Uhane o Consciente, que es a quien corresponde decidir que aceptamos al 100% la responsabilidad de nuestra vida. Esta aceptación posibilita que trabajemos en el archivo que haya generado la situación que nos afecta en la actualidad, en la idea de que todo en nuestra vida nos llega para que borremos energías perniciosas guardadas en la memoria trascendente, o afiancemos los archivos llenos de Amor que también atesora.

Comunicación con nosotros mismos
Para la puesta en práctica del Uhane con esta finalidad, debemos dejar a un lado la racionalidad y el intelecto, confiar en nuestra dimensión subyacente –Espíritu, Amor- y trabajar con las herramientas que el ho´oponopono ofrece. Son sencillas y directas. La más fructífera consiste en establecer una comunicación fluida y constante entre el Uhane o Consciente y el Aumakua o Ser profundo.
Así, para fijar y potenciar en la memoria los pensamientos y experiencias de Amor, es suficiente con que desde el Uhane digamos “Gracias” o “Te quiero” a nuestro Ser interior ante las cosas hermosas de nuestra vida cotidiana. Y para borrar los pensamientos y experiencias sin Amor, basta con que digamos “Lo siento: perdóname por la parte de mí que ha creado esto y lo ha traído aquí, lo ha puesto en mí o lo ha proyectado a otro o a los demás”. Y recordando siempre que damos gracias o pedimos perdón a nosotros mismos, no a alguien o algo ajeno a mí. No hay nada fuera que nos traiga nada; no somos pecadores ni culpables; nadie nos juzga. Nuestro Espíritu sólo nos pide que desde el Consciente digamos “Gracias” o “Lo siento”. Creas lo que crees; y si Yo lo he creado, Yo lo puedo cambiar. Esto es aceptar el 100% de responsabilidad de nuestra vida.
Ho´oponopono impulsa, por tanto, una comunicación consciente con nuestro Ser interior para que éste tome el mando y afiance o borre, según el caso, partes concretas de nuestra memoria trascendente. Y la respuesta ante tal comunicación es automática, aunque no la proporciona el intelecto, sino nuestra energía divina, a la que conscientemente dejamos fluir y operar para recalcar o eliminar componentes de la memoria. El intelecto y la mente no tienen capacidad para incidir en la memoria trascendente: ni saben donde está ni conocen el archivo dañado. Por lo mismo, tampoco debemos permitir que forjen expectativas sobre los efectos e impactos de la respuesta que se produzca, pues el intelecto carece de información para ponderar lo que determinada circunstancia realmente nos reporta: hay situaciones negativas que evitan otras peores; acontecimientos dolorosos que nos abren las puertas de la felicidad o de la consciencia, etcétera.
Ni siquiera tengo que pensar qué archivos del disco duro son los que deseo afianzar o borrar; sólo dar las gracias o pedir perdón ante los avatares, situaciones y contactos de la vida. Nuestro Espíritu o Aumakua conoce muy bien la parte de nuestra memoria que a continuación se debe poner en valor o limpiar. No hay que saber ni pensar. Ho´oponopono es aceptar que hay una parte de mí que es más sabia. Hay que aprender a confiar en uno mismo, en nuestro Ser interior; mientras mayor sea la confianza, más intensa será la toma de mando por parte del Yo verdadero. Y mejores resultados se obtendrán en el trabajo con nuestra memoria trascendente.
Cuando confiamos, algo pasa, algo se transforma. Sólo tenemos que “observar”. Y potenciar o limpiar constantemente, repitiendo las palabras o frases y sabiendo que estamos impulsando el afianzamiento o el borrado. Por las experiencias acumuladas en la cadena de vidas, tenemos multitud de pensamientos y archivos dañados, así que hay que borrar permanentemente hasta que llegue un momento en el que el Unihipili o Niño Interior lo haga de forma automática. La elevación del grado de consciencia facilitará la revalorización o eliminación de archivos de manera natural; y en ese trabajo interior encontramos nuestra verdadera Esencia.
Y asumir la responsabilidad íntegra de nuestra vida implica, igualmente, aceptar la responsabilidad por los pensamientos y acciones de las demás personas que aparecen en ella. Lo cual, lejos de ser una rémora agotadora, es una magnífica oportunidad, pues si soy responsable, todo eso lo puedo cambiar. La gente que llega a nuestras vidas y con las que nos relacionamos de un modo más o menos familiar y estrecho, no lo hace por casualidad, sino porque compartimos archivos con Amor, sin Amor o de ambos tipos. Esto es lo que nos une en la dimensión de las formas, pues en la dimensión subyacente estamos unidos en la Esencia divina.
Cuando son archivos dañinos, la otra persona dirá cosas que nos molestan, realizará actuaciones que nos causan dolor o padecerá enfermedades. Ante ello, lejos de contrariarnos y reaccionar defensivamente o con agresividad, seamos conscientes de que no es sino una proyección de mí y ocasión para borrar tales archivos. Así que digo “Te quiero” o “Lo siento, por la parte de mí que ha creado esto y lo ha traído aquí o a ti”, para desactivar el archivo contaminado, que se eliminará no sólo para mí, sino también para el otro. Quien toma la responsabilidad es el que borra.
A muchos les parecerá increíble, pero el camino más fácil es asumir la responsabilidad completa de nuestra vida, incluidos todos los hechos, circunstancias y personas que nos rodean; los pensamientos y actos propios y los de aquéllos que se relacionan con nosotros. En todo lo que llega y acontece hay que ver una preciosa oportunidad para que el Ser interior coja el mando y potencie o limpie los archivos (pensamientos, actos, experiencias,…) con o sin Amor, respectivamente, guardados en nuestra memoria trascendente. La paz empieza en nosotros, por lo que decir “Gracias” o “Te amo” es el mejor regalo que podemos hacerle al mundo.
Ho’oponopono apoya la restauración del equilibrio y la armonía en la persona y, a través de ella, de la Creación. Ayuda a que el ser humano sea permanentemente consciente de su Ser profundo, desactivando el piloto automático del ego, generando paz y consiguiendo que nuestros actos se basen en la inspiración. En este orden, hay que diferenciar bien entre intuición e inspiración -términos que hemos usado con reiteración a lo largo del texto-. La primera procede de la memoria trascendente: algo que ya pasó puede volver a repetirse y la intuición nos avisa (los sueños premonitorios son un exponente de ello). La inspiración, en cambio, es algo nuevo: una guía que emana desde nuestro Yo verdadero y nos ofrece algo novedoso para nosotros y nuestra vida.
Ho´oponopono va más allá de la Ley de Atracción porque no es posible controlar todo lo que tenemos en el inconsciente, pero que, no obstante, estamos proyectando y plasmando en nuestras vidas. Con Ho´oponopono se atrae lo que se agradece, lo cual coloca al Amor Incondicional, Contra Resistencia, en primer lugar.
La ciencia actual empieza a avalar todo lo que subyace en el Ho´oponopono de la mano del estudio de la Consciencia y la dinámica consciencial. La Parte II de este texto se centra monográficamente en ello.




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