Física de la espiritualidad


PARTE I FÍSICA DE LA BÚSQUEDA



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PARTE I

FÍSICA DE LA BÚSQUEDA

CAPÍTULO 1

LA BÚSQUEDA COMO VIAJE


Seis textos breves para nuestro viaje de búsqueda
Son muchos, muchísimos, los seres humanos conscientes de su condición de “buscadores” (los que no son conscientes, también son “buscadores”, pero sin percatarse de tal hecho). Para ellos y para mí mismo escribí el libro Buscadores (RD Editores; Sevilla, 2009), que tiene como hilo conductor el profundo convencimiento, tan magistral y sencillamente sintetizado en el Evangelio de Lucas, de que, quien busca, halla:


Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla y al que llama se le abre.
(Evangelio de Lucas, 11, 9-10)

En mi propia búsqueda he podido constatar, directa e íntimamente, lo certero y veraz de esa frase evangélica. E, igualmente, he tenido ocasión de comprobar que en la búsqueda, si realmente queremos que se transforme en encuentro, hay que romper radicalmente con cargas, culpas, miedos y autolimitaciones mentales y atreverse a arriesgar y a dejarse fluir.


Es, por ejemplo, lo que nos muestra Elizabeth Gilbert en su novela autobiográfica Come, reza, ama, publicada en 2006 por la Editorial Viking y traducida al español por la Editorial Suma (Madrid, 2010). El texto narra su experiencia vital: después de un divorcio traumático seguido de un desengaño amoroso y en plena crisis emocional y espiritual,  decide empezar de nuevo y emprende un largo viaje, en ocasiones traumático, para reencontrarse a sí misma y ser artífice su propia felicidad. Y Gilbert llega a una conclusión final que coincide absolutamente con lo que vengo compartiendo en numerosos Talleres de Espiritualidad para Buscadores: la convicción de que existe algo llamado “Física de la Búsqueda”. ¿Qué es esto?.
La novela fue llevada al cine en 2010 respetando su título (Eat, pray, love en versión original), bajo la dirección de Ryan Murphy y con Julia Roberts interpretando el papel de Elizabeth Gilbert (Liz). Y en el tramo final de la película, la voz en off de Julia Roberts nos indica que la Física de la Búsqueda es una fuerza de la Naturaleza regida por leyes tan reales como la Ley de la Gravedad y con unas reglas propias:



Al final he llegado a creer en algo que yo llamo la Física de la Búsqueda. Una fuerza de la Naturaleza que se rige por leyes tan reales como la Ley de la Gravedad. La regla de la Física de la Búsqueda viene a decir algo así:
1º Si tienes el valor de dejar atrás todo lo que te protege y te consuele -lo cual puede ser desde tu casa hasta viejos rencores-, y embarcarte en un viaje en búsqueda de la verdad, ya sea interior o exterior…
2º Si estás dispuesto a que todo lo que te pase en ese viaje, te ilumine, y a que el que encuentres por el camino te enseñe algo…
3º…Y si estás preparado, sobre todo, a afrontar y a perdonar algunas de las realidades muy duras de ti mismo…
4º Entonces, la verdad no te será negada.
(Voz en off de Julia Roberts, en el papel de Elizabeth Gilbert, en los últimos minutos de la película Come, reza, ama)

Si estás comenzando a leer este texto es porque sientes en tu Corazón esa fuerza de la Naturaleza. Y, muy probablemente, ya te has puesto en marcha de modo consciente para un viaje -el de la búsqueda-, que supone un auténtico Retorno al Hogar. Te invito a que lo realicemos juntos recorriendo de la mano las páginas que siguen. Vamos a hacerlo ligeros de equipaje. Tan ligeros, que en nuestra mochila sólo llevaremos, como alimento espiritual para el camino, media docena de textos muy breves: los dos ya citados –el del Evangelio de Lucas y el de Come, reza, ama- y los cuatro que se enuncian a continuación, tomados de la película El laberinto del fauno, de la obra El hombre rebelde, de Albert Camus, de las Confesiones de Agustín de Hipona (San Agustín), y del libro Una llamada al amor, de Anthony de Mello, respectivamente:





Cuentan que hace mucho, mucho tiempo, en el reino subterráneo en donde no existe la mentira ni el dolor, vivía una princesa que soñaba con el mundo de los humanos: soñaba con el cielo azul, la brisa suave y el brillante sol. Un día, burlando toda vigilancia, la princesa escapó. Una vez en el exterior, la luz del sol la cegó y borró de su memoria cualquier indicio del pasado. La princesa olvidó quién era, de dónde venía; su cuerpo sufrió frío, enfermedad y dolor; y, al correr de los años, murió. Sin embargo, su padre, el rey, sabía que el alma de la princesa regresaría, quizá en otro cuerpo, en otro tiempo y en otro lugar. Y él la esperaría hasta su último aliento; hasta que el mundo dejara de girar>>
(Voz en off en el arranque de El laberinto del fauno, película de 2002 del director mexicano Guillermo del Toro, quien también escribió su guión)



Entonces comenzó el tiempo del exilio, de la interminable búsqueda de justificación, de la nostalgia sin objeto, de los interrogantes más penosos, más abrumadores, los del corazón que se pregunta: ¿dónde puedo sentirme en mi casa?>>
(Albert Camus. El hombre rebelde)



Tarde Os amé -hermosura tan antigua y tan nueva-, tarde Os amé. Y he aquí que Vos estábais dentro de mí; y yo de mí mismo estaba fuera; y por defuera yo Os buscaba. Y en medio de las hermosuras que creásteis, irrumpía yo con toda la insolencia de mi fealdad. Estábais conmigo y yo no estaba con Vos. Manteníanme alejado de Vos aquellas cosas que si en Vos no fuesen, no serían. Pero Vos derramásteis vuestra fragancia, la inhale en mi respiro y ya suspiro por Vos (...) Y encendime en el deseo de vuestra paz.
(Agustín de Hipona. Confesiones. Libro X, 27)



Tarde o temprano brota en todo corazón humano el deseo de santidad, de espiritualidad, de Dios, o como se quiera llamar. Oímos a los místicos hablar de una divinidad que les envuelve por todas partes, que está a nuestro alcance y que, si fuéramos capaces de descubrirla, podría hacer que nuestras vidas tuvieran sentido y fueran ricas y hermosas. La gente tiene una vaga idea a este respecto, y por ello lee libros y consulta a los gurús, tratando de averiguar qué es lo que deben hacer para obtener esa cosa tan esquiva que llamamos "santidad" o "espiritualidad". Para lo cual prueban toda clase de métodos, técnicas, ejercicios espirituales y fórmulas... y, al cabo de años de inútiles esfuerzos, acaban desanimados y confundidos y se preguntan en qué se habrán equivocado. Y, por lo general, se culpan a sí mismos: si hubieran practicado las técnicas con mayor regularidad, si hubieran sido más fervorosos o más generosos... tal vez lo habrían logrado. ¿Lograr qué? De hecho, no tienen muy claro en qué consiste esa santidad que andan buscando, aunque sí saben, ciertamente, que sus vidas siguen siendo un fracaso y que ellos siguen siendo unos seres angustiados, inseguros, llenos de miedo, resentidos, despiadados, avaros, ambiciosos y manipuladores. Por eso vuelven a emprender, con renovado ímpetu, el esfuerzo y el trabajo que creen imprescindibles para alcanzar su objetivo.
Nunca se han parado a considerar algo tan simple como es el hecho de que sus esfuerzos no van a llevarles a ninguna parte. Lo único que van a conseguir con sus esfuerzos es empeorar las cosas, del mismo modo que se empeoran cuando se intenta apagar un fuego con más fuego. El esfuerzo no produce el crecimiento; sea cual sea la forma que adopte (la fuerza, la costumbre, una determinada técnica o un determinado ejercicio espiritual), el esfuerzo no origina el cambio. A lo más, conduce a la represión y a encubrir el verdadero mal.
El esfuerzo sí puede modificar la conducta, pero no cambia a la persona. Piensa en la mentalidad que subyace a la pregunta "¿Qué debo hacer para alcanzar la santidad?". Es algo así como preguntar: "¿Cuánto dinero tengo que gastar para comprar tal cosa? ¿Qué sacrificio debo hacer? ¿A qué disciplina tengo que someterme? ¿Qué clase de meditación debo practicar para obtenerlo?... “Imagínate a un hombre que deseara obtener el amor de una mujer y, para ello, tratara de mejorar su apariencia, reconstruir su cuerpo, cambiar su conducta y practicar técnicas de seducción...
De hecho, no vas a conseguir el amor de los demás a base de practicar técnicas, sino a base de ser una determinada clase de persona. Y esto no se logra con esfuerzos ni con técnicas de ningún tipo. Lo mismo sucede con la espiritualidad y la santidad. No dependen de lo que hagas (no se trata de una mercancía que pueda comprarse ni de un premio que pueda ganarse); dependen de lo que seas.
La santidad no es un logro, es una Gracia. Una Gracia llamada conciencia.
(Anthony de Mello. Una llamada al amor: Meditación 31)

A propósito de estos seis textos para nuestro viaje de búsqueda, retomaré aquí parte de lo ya reflejado en el primer capítulo del libro Buscadores antes citado, empezando por subrayar que el hombre rebelde expulsado del Paraíso es una figura recurrente en numerosas mitologías y tradiciones culturales y religiosas. ¿Buscamos desde el exilio, a menudo sin siquiera saberlo, la vuelta a casa?. Pero, realmente, ¿de dónde y adónde hemos sido exiliados?; y, ¿ha sido por la fuerza -como indica el Libro del Génesis, y para siempre- o se trata de un retiro voluntario y pasajero?. En cualquier caso, el exilio, ¿por qué y para qué?. Y nuestra casa -<<¡mi casa!>>, suplicaba E.T. en la célebre película-, ¿cuál es?, ¿qué es?; y si fuera el Paraíso perdido, ¿dónde está?, ¿cómo retornar a él?. ¿…Y si ni siquiera hubiéramos salido del Paraíso y, realmente, salimos voluntariamente de él para ejercer afuera el ser divino y creador que Somos?. De nuevo martillean las palabras de Camus: nostalgia, busca de justificación, interrogantes abrumadores...


A lo largo de la historia, al corazón que se pregunta, la Humanidad le ha dado muchas respuestas y del más variado pelaje. No obstante, la práctica totalidad pueden ser encuadradas en dos grandes categorías: las que atienden exclusivamente a la realidad material -física, psíquica, sociológica, antropológica...- del hombre y la mujer; y las que contemplan una dimensión trascendente y espiritual del ser humano con el telón de fondo de una divinidad -con los atributos que sea- cual origen, causa y razón de nuestra existencia misma.
Ambas categorías continúan estando plenamente presentes y vigentes en la actualidad, aunque lógicamente moldeadas por las circunstancias y gustos del momento. De hecho, acudiendo a las librerías o navegando por Internet, se pueden hallar numerosos exponentes de ambas perspectivas. Y comprobar que en la de cariz material destacan hoy los textos englobados en un novedoso género denominado de “autoayuda”; mientras que en el lado trascendente, sobresalen los escritos que profundizan en el pensamiento metafísico y cosmogónico, y sus consejos para la vida cotidiana, no de religiones al uso, sino de antiguas culturas poco conocidas.
Dado el interés del asunto para el objetivo de estas páginas, se toma a continuación un botón de muestra de cada caso y se resume sintéticamente lo que ofrecen desde la óptica de la búsqueda que aquí ocupa. Entre los primeros, un estupendo y breve libro: El laberinto de la felicidad (Santillana Ediciones, Madrid, 2007), de Álex Rovira y Francesc Miralles. Y entre los segundos, el no menos fascinante Los cuatro acuerdos: un libro de sabiduría tolteca (Ediciones Urano; Barcelona, 2008, 7ª edición), de Miguel Ruiz.

El laberinto de la felicidad
Los textos de autoayuda se caracterizan por partir de varias consideraciones básicas que no siempre se expresan en ellos de manera abierta y patente. Primeramente y en coherencia con lo expuesto, la conceptualización del ser humano como un ser en búsqueda. En segundo lugar, la convicción de que lo buscado es, ni más ni menos, que la felicidad. Seguidamente, la constatación de que muchos hombres y mujeres sufren insatisfacción personal, con tintes hasta depresivos, al hallarse desorientados en esa búsqueda o ni siquiera ser conscientes de estar en ella. Y en cuarto y último lugar, que hay una serie de sencillos consejos relativos a nuestra vida diaria y manera cotidiana de pensar y ver las cosas que pueden ayudarnos a superar esa insatisfacción y lograr una existencia más armoniosa y venturosa. Para facilitar aún más la tarea, dichos consejos se ofrecen desmenuzados en medio de un argumento simple y atractivo cargado de simpáticas anécdotas y de rápida lectura.
A este modelo responde fielmente El laberinto de la felicidad. Un libro muy recomendable que narra la historia de una persona que perdió todo y se encontró a sí misma -su mayor tesoro- en el centro del laberinto que abre las puertas de la felicidad. La trama se desarrolla sobre el hilo conductor de cuatro interrogantes esenciales: ¿quién eres?; ¿de dónde vienes?; ¿a dónde vas?; y ¿qué haces aquí?.



¿QUIÉN ERES?

Con relación al primero de los cuatro interrogantes citados -¿quién eres?-, se ofrece una respuesta inmediata y apabullante: soy lo que decido ser. Y a partir de ella, el texto plantea cinco consideraciones complementarias:
+Quien no sueña, está muerto en vida: Al proyectar nuestros sueños, empezamos a construirlos.
+La mayoría de los obstáculos que encontramos los creamos nosotros mismos porque tenemos miedo a cumplir nuestros sueños: La mayor parte de los frenos e impedimentos con los que topamos en nuestro camino a la felicidad son imaginarios; los generamos nosotros, son nuestros miedos. Creamos nuestros propios obstáculos porque tememos llegar a donde hemos soñado. Cumplir un sueño siempre genera miedo, porque estamos acostumbrados a lidiar con las dificultades, pero no a recibir regalos de la vida. Por eso, solemos boicotearnos colocando muros entre nosotros y aquello que aspiramos conseguir.

En cuanto a los obstáculos que no creamos nosotros, los que son reales, en verdad no son obstáculos, sino trampolines: sirven para ir a lugares a los que nunca habríamos llegado por nosotros mismos.


+La felicidad siempre está más cerca de lo que pensamos, aunque la busquemos lejos: A veces vamos muy lejos para encontrar algo que en realidad tenemos muy próximo. Vemos la felicidad en lo que está lejos, pero en verdad la tenemos mucho más cerca de lo que imaginamos.
+El arte de dar y recibir amor: cada persona es un Banco de Amor. En él podemos ingresar sonrisas, abrazos, caricias, besos, mimos... Ese Banco gestiona un amor sin intereses, porque se da libremente sin esperar nada a cambio. Sea lo que sea que invirtamos, siempre saldrá a cuenta y multiplicaremos su valor. También es posible efectuar ingresos de alto valor, pero sumamente discretos: en este Banco se valora perdonar, callar a tiempo, agradecer los gestos de otros... El amor es una divisa que nunca pierde valor en la Bolsa de la Vida.
+De vez en cuando es conveniente hacer limpieza de opiniones: Cada persona tiene tres escalones en su cabeza que hay que limpiar a conciencia de vez en cuando para lograr una vida auténtica y feliz. El primero es la opinión que tenemos de los demás, que sólo sirve para crear prejuicios. El segundo es la opinión que creemos que los demás tienen de nosotros, que genera miedos, engaños y malentendidos. El tercero es la opinión que tenemos de nosotros mismos, que hace que nos miremos el ombligo e inventemos problemas.



¿DE DÓNDE VIENES?

En lo referente al segundo interrogante -¿de dónde vienes?-, los autores dan también una contestación directa: vengo de mí mismo. Con base en ella, reseñan media docena de apuntes:
+Para nacer, primero has de morir: Nunca viviremos verdaderamente a no ser que encontremos el motivo por el que estamos aquí, la razón por la que nos levantamos cada mañana.
+Por muy pequeña que sea tu ventana, el cielo sigue siendo igual de grande. Enorme verdad con harta frecuencia olvidada en medio de nuestros miedos inventados y recelos imaginarios.
+Predecimos con el pasado: en él está escrito nuestro futuro. Y no sólo en lo que hicimos o sucedió: también nuestras creencias pasadas crean nuestro futuro. ¡Lo que crees es lo que creas!. Sabiendo cómo llegamos al laberinto, sabremos cómo salir de él; recuerda por dónde entraste, y hallarás la salida. Hay muchas cosas que elegimos inconscientemente porque deseamos que así sucedan.
+Muchas personas se entierran en su propio surco (El Hombre del Surco es el personaje que utiliza el texto para explicarlo): Solemos buscar lo que creemos perdido, yendo y viniendo en un corto trayecto. Así, terminamos hundidos en un surco que nosotros mismos hemos hecho con nuestras idas y venidas. Y ya ni recordamos qué andamos buscando, qué es lo que nos metió allí.
+Hay que saber oler los caminos que tienen corazón: Debemos aprender a ver lo esencial. De esta manera, podremos ser felices y ayudar y guiar a los demás.
+La risa es algo muy serio: Es el disolvente universal de las preocupaciones. Hay que reír hasta caer al suelo. Cada vez que te ríes, desaparece un problema de tu cabeza.



¿A DÓNDE VAS?

En cuanto a la tercera cuestión -¿a dónde vas?-, el libro señala, igualmente, una respuesta rápida: al centro de mí mismo. De ella derivan siete reflexiones:
+La felicidad es el perfume de las cosas bien hechas: La felicidad no se busca: se encuentra. Y se halla en todas partes y en ninguna, porque la felicidad no es una meta, sino un perfume que desprende lo bien hecho: una puesta de sol, la caricia a un cachorro, la mirada de un ser amado, una canción sublime... cualquier cosa inolvidable. Por eso no se puede atrapar como si fuese una mariposa. En griego, mariposa se escribe “psiké”, que también significa alma. Por eso debe ser tan difícil de capturar. Querer cazar una mariposa es como desear prender el alma; y el alma se pone en las cosas, pero no está en las cosas. Es, precisamente, como el perfume de la felicidad.
+La felicidad es elegir o, mejor expresado, vivir sin miedo a elegir: Nos perdemos en el laberinto cuando permitimos que elijan por nosotros. Porque uno es aquello que elige ser, pero también lo que renuncia a ser.
+Cuando nos dejamos llevar por el éxtasis del canto y el baile, nuestros miedos salen volando.
+El miedo es el medio para descubrir lo que necesitas encontrar: Cuando se vence el temor al espantapájaros, llega la oportunidad, pues él señala justamente el lugar donde se puede encontrar alimento. Bajo nuestros miedos se halla el tesoro que andamos buscando. Pero hay que abrir la puerta del miedo; ella llevará a lo que más secretamente anhelamos. El miedo es una oportunidad porque permite conocer lo que estamos buscando. Verbigracia: el miedo a la muerte. Las personas que lo sufren, en realidad tienen un gran anhelo a la vida, pero no se atreven a vivirla según les dicta su corazón. Por eso temen morir: porque les causa amargura abandonar este mundo sin haber cumplido con su misión. ¡El miedo es el medio!: déjate instruir por él y encontrarás tu misión y el sentido de la vida.
+La cara es el espejo del alma: Con ella se puede revisar la vida de cada cual. Moldea cada mañana tu cara en consonancia con tu alma; y usa para ello la crema más barata, pues el secreto no gravita en la calidad del producto, sino en tu cualidad interior y el amor que pongas en ello.
+Cada contacto con una persona es una oportunidad para mejorar su vida: Todos tenemos cada día decenas de pequeños y grandes contactos con los demás. Nuestro reto es conseguir que su vida sea un poco mejor después de estar con nosotros. Este es el desafío, el premio gordo de cada encuentro. Ahí radica justamente el sentido de la vida.
+Con todo, el sentido de la vida es distinto para cada persona: Es uno mismo el que debe descubrirlo. Y apoyar a los demás para que también lo consigan. Hay que ser buscador de buscadores: ponerlos en el camino y ayudarles a encontrar lo que buscan.



¿QUÉ HACES AQUÍ?

Por último, en lo relativo al ¿qué haces aquí?, la conclusión es tan simple como profunda: ¡vivir!. Le acompañan tres meditaciones a modo de corolario:
+El fuego de la esperanza: Con él impregnamos lo que nos empuja y nos orienta en nuestro camino de búsqueda.
+Tú eres tu propio camino: Si eres fiel, allí donde estés te encontrarás siempre en el centro del laberinto (desde el que se puede encontrar la salida).
+Ser el niño que fuimos y hemos perdido: Recuperar las ganas de correr, reír jugar, amar... En definitiva: ¡vivir!.



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