Freud y la corriente psicodinámica



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Para entender qué es la psicología y las conclusiones sobre el ser humano a las que ha llegado es necesario saber de dónde vienen ciertas ideas, de qué manera se han ido reformulando y en qué supuestos se basan. 0, lo que es lo mismo, es necesario entender cómo ha ido transformándose el estudio de la psique a lo largo de la historia, a través de diferentes enfoques o «escuelas» que han ido desarrollando sus teorías y sus líneas de investigación en paralelo, aunque retroalimentándose en numerosas ocasiones.

Así que volvamos por un momento a la Europa de finales del siglo XIX, poco después de la aparición del enfoque estructuralista en psicología, para hablar sobre uno de los psicólogos más famosos de la historia: Sigmund Freud.

FREUD Y LA CORRIENTE PSICODINÁMICA

Divanes, terapia psicológica basada en el discurso, distintos test de personalidad en los que hay que interpretar unas manchas ... Gran parte de las ideas asociadas popularmente con la psicología forman parte de la escuela psicológica de la psicodinámica, iniciada por el psiquiatra y neurólogo austríaco Sigmund Freud a finales del siglo XIX, cuando los discípulos de Wundt empezaban a propagar por el mundo la buena nueva de la psicología experimental. En vez de limitarse a estudiar el funcionamiento del sistema nervioso en laboratorios, Freud decidió estudiar las psicopatologías y el papel que tenía en ellas lo que él llamó «el inconsciente» para explicar, a partir de los casos que había observado, cómo funciona la psique humana.

Aunque la idea de que una parte de la mente de las personas permanece oculta a la consciencia no se le puede atribuir a Freud, él fue el primero en desarrollar una serie de teorías acerca de esta parte escondida de la psique relacionadas con el propio funcionamiento del cuerpo. Asímismo fue el primero en remarcar la diferencia entre los conceptos «mente» y «consciencia». Y es que, aunque tradicionalmente se daba por supuesto que el ser humano es básicamente racional y gobierna sus actos a través de la consciencia, para Freud ni siquiera los individuos más sanos son capaces de conocer más que una pequeña parte de lo que ocurre en su psique. En su opinión, prácticamente todos los actos y los procesos mentales son consecuencia de las fuerzas ocultas que se encuentran en el inconsciente de cada persona. Excepto una pequeña parte de sentimientos y pensamientos que va emergiendo a la consciencia, todo lo demás permanece detrás de un telón mental que nadie será capaz de apartar jamás, por mucho que lo intente. La parte inconsciente de la psique humana siempre estará ahí, incluso tras haber sido sometida a psicoterapia.

Esta idea de una psique cuyo motor es la lucha entre contenidos latentes, ocultos a la consciencia, y los contenidos manifiestos, que pueden ser expresados a través de diferentes conductas y formas de representación, es la que estructura la mayoría de las teorías y metodologías de intervención psicoterapéutica que se proponen desde la corriente psicodinámica, que entiende la mente como algo en constante movimiento, fruto de la tensión psíquica entre lo que puede ser expresado y lo que permanece oculto.

El interés de Freud por la vertiente inconsciente de la psique se debió principalmente a la influencia que ejercieron en él Josef Breuer y Jean-Martin Charcot. El primero, médico que se convirtió en el mentor de Freud en Viena, le contó a Freud el caso de Anna O., pseudónimo de una de sus pacientes con síntomas nerviosos a la que durante dos años, de 1880 a 1882, había estado tratando con hipnosis y pidiéndole que verbalizara todo lo que sentía. Breuer creía que la hipnosis era útil para que los pacientes reviviesen traumas y conflictos emocionales y se liberasen de ellos a través de la palabra, un método al que denominó catarsis. De algún modo, intuía que había una parcela de la mente en la que quedaban registrados aquellos pensamientos que resultaban tan estresantes para una persona que la consciencia se encargaba de borrar pero que generaban una serie de síntomas en el cuerpo cuyas causas eran difíciles de identificar. Ésta es una idea que Freud rescataría más tarde en sus teorías del psicoanálisis. El segundo, Jean-Martin Charcot fue un médico francés que dio clases a Freud entre 1885 Y 1886, cuando este último viajó a París para estudiar allí durante un tiempo. Charcot era, además de pionero en el ámbito de las neurociencias, muy conocido por sus estudios sobre la histeria, un término que en aquella época se usaba para designar una serie de síntomas que presentaban algunas mujeres. La histeria era un fenómeno desconcertante, porque se podía expresar de varias formas y a través de unos síntomas aparentemente poco relacionados entre sí, como por ejemplo una emocionalidad excesiva (risas o llantos), desmayos o hasta parálisis y cegueras transitorias, y Charcot se propuso arrojar algo de luz sobre el tema buscando indicios de causas biológicas que explicasen estos extraños casos. Creía que la histeria era una enfermedad hereditaria con base biológica y que se expresaba siguiendo algunas leyes, independientemente de la cultura a la que perteneciese la paciente, pero que podía ser tratada mediante la hipnosis, una técnica basada en la sugestión con la que se venía trabajando desde el siglo XVIII. Freud quedó impresionado por lo que creía que eran pruebas de que una técnica relacionada con el inconsciente podía funcionar para tratar casos clínicos.

LA APARICIÓN DEL PSICOANÁLISIS



A la vuelta de París, Freud abrió una consulta privada y empezó a ofrecer tratamiento psicológico partiendo de la premisa de que muchos casos en los que la salud mental se veía comprometida tenían sus causas en recuerdos traumáticos que permanecían en la parte inconsciente de la psique. Esto lo llevó a desarrollar el conjunto de teorías y técnicas del psicoanálisis entre 1890 y 1900. Entre las ideas que desarrolló Freud cobra especial importancia las que hacen referencia a un concepto llamado libido, o energía psíquica. Como buen psicoanalista, Sigmund Freud creía que la mente, lejos de tener su razón de ser en una estructura fija, está en tensión permanente, en un continuo fluir de sensaciones y pensamientos. Y llegó a la conclusión de que los contenidos de la mente pueden ser entendidos como una especie de energía psíquica que circula constantemente a través de un sistema de cámaras y válvulas y que, por lo tanto, puede liberarse o reprimirse, pero nunca desaparecer, tal y como estipula el principio de conservación de la energía. Así pues, para Freud la mente puede ser ilustrada como una especie de máquina de vapor en constante funcionamiento, pero que, a la vez, ha de lidiar con la presión dejando ir (pero no eliminando) gas por sus válvulas. Según esta teoría, todos tenemos de manera innata una energía psíquica que nos permite movernos hacia unos objetivos para satisfacer necesidades pero que, a la vez, puede

DATO CURIOSO

La idea de la lucha entre los impulsos y las fuerzas psíquicas que intentan reprimir esos deseos y necesidades hizo que una par- te de los seguidores de la corriente psicodinámica empezasen a desarrollar test proyectivos para estudiar la personalidad de sus pacientes. Uno de los más famosos es el test de Rorschach, desarrollados en la primera mitad del siglo xx por Hermann Rorschach, que intentaba analizar el modo en el que ciertos contenidos del inconsciente son proyectados. hacia fuera e influyen en el modo en el que se les da significado a una serie de manchas de tinta simétricas cuya principal característica es que no significan nada. Otros test proyectivos son aquellos en los que se le pide al paciente que dibuje algo para así intentar interpretar sus rasgos de personalidad a partir de cómo va plasmando gráficamente las figuras. Dos de los más conocidos son el test casa-árbol-persona, que durante muchos años se han ido utilizando tanto en el ámbito clínico como en el educativo. los test proyectivos carecen de valor científico, si bien son muy conocidos e icónicos.

ocasionarnos problemas si no sabemos «darle una salida». A su vez, los impulsos psíquicos producidos por la excitación interna que puede vincularse a una necesidad se llaman pulsiones, y pueden adoptar distintas formas en su lucha por calmar ese estado de agitación que las ha provocado. Esta lucha interna en la psique de todo ser humano también queda plasmado en otro de los planteamientos teóricos más importantes de Freud: la teoría de las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte, conocidas también como Eros y Thanatos, y que vio la luz en su libro Más allá del principio del placer, publicado en 1920. Según esta teoría, el ser humano se mueve entre la inclinación por la conservación de nuestro bienestar y la atracción por la muerte: por un lado tendemos a preocuparnos por la propia integridad y mantenemos vinculadas a nosotros todas aquellas cosas relacionadas con la vida (como todas las partes del cuerpo o incluso las parejas sexuales), pero por otro también nos sentimos atraídos por la muerte, por la desaparición de todo aquello que vinculamos a la idea del yo y por la entrada en un estado de tranquilidad; al morir dejamos de desear cosas porque ni actuamos ni podemos ser estimulados. Esta dicotomía entre las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte, según Freud, ayudaría a explicar fenómenos como el sadismo o el sadomasoquismo. También es de relevancia la teoría del desarrollo psicosexual de Freud. Éste creía que el hecho de satisfacer o no las necesidades expresadas a través de la libido durante la infancia deja unas huellas en el inconsciente de las personas que pueden ocasionar problemas (fijaciones) y provocar crisis más adelante si estos conflictos ligados al pasado no se comprenden y resuelven. Por este motivo, las hipótesis con las que empezaron a trabajar los psicoanalistas para tratar a sus pacientes tenían que ver con su historia vital de los primeros años de desarrollo. Otro aspecto en el que Freud sentó precedentes. Poco después de volver de París, se dio cuenta de que no hacía falta utilizar la hipnosis para hacer que las personas accedieran a ciertos contenidos que habían estado ocultos hasta entonces, sino que podía recurrir a la interpretación de los sueños, a la interpretación de actos fallidos (o deslices) y, muy especialmente, a la técnica de la asociación libre. El padre del psicoanálisis creía que los sueños contienen visiones y sensaciones en las que ciertos pensamientos inconscientes se manifiestan mediante símbolos, y que otros contenidos latentes se manifiestan durante la vigilia a través de actos fallidos en los que la persona realiza una acción involuntaria (como por ejemplo, cuando se da un lapsus linguae al sustituir una palabra por otra). La técnica de asociación libre, además de ser el principal método de investigación del inconsciente que usó Freud, hacía innecesario sugestionar a los pacientes. Consistía, básicamente, en hacer que éstos se relajasen y dijeran en voz alta los pensamientos que en ese momento pasaban por su cabeza, muchas veces mientras se hallaban acostados en un diván o similar, mientras su terapeuta los escuchaba atentamente, inmerso en una especie de meditación a la vez que trataba de averiguar qué fuerzas inconscientes estaban detrás de los malestares de sus clientes. Freud creía que la técnica de asociación libre, además de ser más eficaz que la hipnosis a la hora de hacer emerger contenidos de lo inconsciente, evitaba el riesgo de que el psicoanalizado reprodujera las ideas del psicoanalista que lo estaba sugestionando, en vez de trabajar con sus propios pensamientos. El terapeuta debía guiar al paciente a la hora de hacer emerger manifestaciones ocultas de su psique, y su trabajo era en parte ayudar a que éste expresase sus pulsiones a través del lenguaje.

Con este método, ciertos contenidos no quedaban expresados de manera totalmente manifiesta ni se revelaban de manera literal, sino que salían a la luz bajo un disfraz, y era tarea del psicoanalista saber detectarlos e interpretarlos. Es importante tener esto en cuenta, porque para Freud el inconsciente es inaccesible, y por lo tanto sólo pueden ser conocidas las diferentes maneras en las que sus contenidos se expresan emergiendo a través de los sueños, las asociaciones libres y los deslices. Nunca se llega a un punto en el que todo lo que permanece en el inconsciente se revela, algo que tampoco sería deseable. Lo que causa problemas no es la existencia en sí de lo inconsciente, sino los conflictos que pueden generar los contenidos que fluyen a través de él al entrar en contacto con otro tipo de fuerzas.

Hay que tener en cuenta que las ideas y las teorías de Freud se basaban fundamentalmente en estudios de caso, lo cual significa que no se apoyaban en la realización de experimentos sistemáticos en un ambiente de laboratorio. Esto, además de valerle críticas muy duras por parte de científicos que defendían la necesidad de usar más variedad de métodos de investigación, tenía el inconveniente de que el número de individuos que podía estudiar era muy reducido. En Viena, Freud y sus primeros seguidores extraían sus conclusiones a partir de sus experiencias con pacientes neuróticos, lo cual limitaba bastante la variedad de casos que tenían que afrontar. Fue más adelante, cuando las influencias freudianas llegaron a otros países, cuando el psicoanálisis empezó a aplicarse de forma más extensiva en pacientes con trastornos psicóticos, diferentes modelos educativos y todo tipo de parcelas del conocimiento abordables desde la psicología.

CRÍTICA AL PSICOANÁLISIS Y ARQUETIPOS DE JUNG

Cuando Freud fundó la Asociación Psicoanalítica Vienesa en el año 1908, el psicoanálisis ya gozaba de cierta popularidad y la nueva corriente contaba con numerosos seguidores que habían empezada a formarse en esta práctica terapéutica. Sin embargo, a medida que el psicoanálisis ganaba repercusión, también aumentaban los diferentes puntos de vista sobre cómo funcionan las fuerzas inconscientes de la psique humana. Este hecho, sumado a lo controvertidas que resultaban muchas de las ideas de Freud, hizo que sus teorías fuesen muy cuestionadas.

Uno de los puntos del psicoanálisis de Freud que generó más polémica fue su teoría sexual, según la cual la sexualidad infantil y los diferentes modos en los que ésta puede ser satisfecha tienen un papel crucial en la aparición de síntomas neuróticos cuando se llega a la adultez y el cuerpo intenta ajustarse a apetitos no atendidos en su momento. El énfasis que Freud puso en el sexo (entendido de manera muy amplia como la satisfacción de un deseo, no necesariamente como la unión de los genitales) le granjeó el rechazo de buena parte de la sociedad, pero también motivó que algunos de sus alumnos se distanciasen de sus ideas. Esto es lo que ocurrió, por ejemplo, con Alfred Adler y Carl Gustav Jung, que además discrepaban con Freud en algunos pilares teóricos del psicoanálisis ortodoxo, como la idea de la dicotomía entre las pulsiones de vida y las de muerte. Para ver hasta qué punto llegaron a ser cuestionadas las teorías de Freud, basta con detenerse en las ideas de Carl Jung.



Jung, además de cuestionar la importancia de los conflictos sexuales, rechazaba la filosofía materialista de su maestro y defendía la idea de que la investigación del psiquismo debía tener una orientación más humanística y espiritual. Al contrario que Freud, el cual sostenía que el psiquismo existe como algo inseparable de la materia (el cuerpo y su manera de relacionarse con su entorno físico), Jung creía que lo inconsciente tiene una vertiente espiritual que trasciende al individuo pero que, a la vez. influye en todos sus actos y su manera de percibir la realidad. Llegó a la conclusión de que además de una parte de la mente en la que las experiencias propias quedan fuera del alcance de la consciencia, existe un inconsciente colectivo, algo que pertenece no ya a la persona sino a toda la humanidad. Jung explicó que este inconsciente colectivo se estructura a través de una serie de formas simbólicas (arquetipos) que son fruto del conocimiento y la memoria que todos compartimos como miembros de la misma especie. Así, aunque superficialmente los arquetipos puedan variar dependiendo de la cultura y la persona, todos ellos se dan tanto en las mentes individuales (a través de sueños o relatos propios) como en los productos culturales, como los mitos, las religiones o los deportes. De este modo, Jung señaló que en todas las culturas existe el arquetipo del héroe, del sabio o del bromista, entre otros.