Freud desde 1893 hasta 1940



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II. Hay dos condiciones para dar por concluido el análisis: que el paciente no padezca más a causa de sus síntomas y haya superado sus angustias y sus inhibiciones; y que el analista juzgue haber hecho conciente en el enfermo tanto de lo reprimido, esclarecido tanto de lo incomprensible, eliminado de la resistencia interior, que no quepa temer que se repitan los procesos patológicos.

Para que la perturbación no retorne ni se sustituya por otra, el Yo no tenía que estar alterado. La etiología de las perturbaciones neuróticas es mixta: son pulsiones hiperintensas (factor constitucional) y es efecto de traumas prematuros (factor accidental). En el caso de predominio traumático el análisis conseguirá, merced al fortalecimiento del Yo, sustituir la decisión deficiente de la edad temprana por la correcta tramitación. La intensidad constitucional de las pulsiones y la alteración perjudicial del Yo, adquirida en la lucha defensiva, son los factores desfavorables para el análisis y capaces de prolongar su duración.



III. El factor constitucional es de intensidad de las pulsiones. Domeñamiento de la pulsión se utiliza para enunciar que la mezcla de la libido con la pulsión de muerte torna inocua a ésta. La tramitación duradera de una exigencia pulsional o domeñamiento quiere decir que la pulsión es admitida en su totalidad dentro de la armonía del Yo, no sigue más su camino propio hacia la satisfacción. Para domeñar o tramitar duraderamente una exigencia pulsional, la intensidad cumple un papel primordial, como por ejemplo en la pubertad y menopausia, en que emergen refuerzos de ciertas pulsiones y pueden desencadenar una neurosis. El domeñamiento fracasa con el refuerzo, las represiones se alzan. El mismo refuerzo lo pueden provocar influjos accidentales.

En el sano toda decisión de un conflicto pulsional vale sólo para una determinada intensidad de la pulsión, en relación con la robustez pulsional y robustez del Yo. Si el Yo se relaja las pulsiones dominarán y pueden aspirar a sus satisfacciones sustitutivas por caminos anormales. La salud depende de proporciones de fuerzas entre las instancias del aparato anímico.

Todas las represiones acontecen en la primera infancia como medidas de defensa. En años posteriores no se consuman represiones nuevas pero se conservan las antiguas para gobernar las pulsiones. Las represiones infantiles no se pueden mantener frente a un acrecentamiento de la intensidad de las pulsiones. Los conflictos nuevos son tramitados por post-represión. El análisis hace que el Yo maduro emprenda una revisión de las represiones: algunas serán liquidadas, otras reconocidas, pero se las edificará de nuevo sobre un material más sólido. Estos nuevos diques tienen una consistencia diversa y no cederán fácilmente al acrecentamiento pulsional.

El desarrollo siempre arrastra estratos anteriores; la evolución libidinal produce sustituciones de estadios cuya transmudación no acontece de modo integral, fragmentos de la organización anterior persisten junto a la más reciente. Por eso en la plasmación definitiva pueden conservarse restos de las fijaciones anteriores. Igual ocurre en el trabajo analítico: sectores del mecanismo antiguo permanece intocado. El factor cuantitativo de la intensidad pulsional se contrapone a los empeños defensivos del Yo; el resultado final del trabajo analítico dependerá de la proporción relativa entre las fuerzas de las instancias en recíproca lucha.



V. Para el éxito del tratamiento son decisivos los influjos de la etiología traumática, la intensidad de las pulsiones que es preciso gobernar y la alteración del Yo. Respecto del Yo, la situación analítica consiste en aliarse a él con el fin de someter sectores no gobernados de su Ello e integrarlos en la síntesis del Yo. Tiene que ser un Yo normal, pero en la práctica, éste se asemeja al del psicótico en alguna cosa. El monto de aproximación y distanciamiento de estos extremos designa la medida de alteración del Yo. Los grados de alteración son originarios o adquiridos. Si se adquirió fue en el curso del desarrollo. Desde el comienzo el Yo tiene que procurar el cumplimiento de su tarea: mediar entre el Yo y el mundo externo al servicio del principio de placer. Si adopta una actitud defensiva tanto con el mundo externo como con su Ello, y a tratar sus exigencias como peligros externos, es que comprendió que la satisfacción pulsional llevaría a conflictos con el mundo exterior. Más tarde se agregará un tercer factor (el Superyo). Para cumplir su tarea y evitar el peligro, la angustia y el displacer, se vale de mecanismos de defensa, de los cuales represión (esfuerzo de desalojo y suplantación) es uno de ellos. Contra el peligro interno no hay huída posible, entonces los mecanismos de defensa están condenados a falsificar la percepción interna y posibilitarnos una noticia deficiente y desfigurada de nuestro Ello. Los mecanismos sirven para apartar peligros pero el precio es demasiado alto, el gasto dinámico que se requiere así como las limitaciones del Yo que conllevan demuestran ser unos pesados lastres para la economía psíquica. Y no son resignados después de socorrer al Yo en los años difíciles. Estos mecanismos se fijan en el interior del Yo, devienen modos regulares de carácter, que se repiten frente a situaciones parecidas. Pasan a ser infantilismos, se afanan en conservarse cuando ha pasado su idoneidad. El Yo fortalecido se sigue defendiendo de peligros que no existen en la realidad objetiva, y se ve forzado a rebuscar situaciones de la realidad para justificar sus modos defensivos. Los mecanismos mediante una enajenación del mundo exterior, ganan más y más terreno, y debilitando el Yo favorecen el estallido de la neurosis.

El análisis tiene que lidiar entonces no sólo con el Ello, hacerlo conciente, sino con el Yo, corregirlo. Los mecanismos retornan en la cura como resistencia, porque es tratada como un nuevo peligro. El efecto terapéutico se liga con el hacer conciente lo reprimido. Estas resistencias son inconscientes, están segregadas dentro del Yo. Durante el trabajo con las resistencias el Yo no deja que afloren los retoños de lo reprimido. Bajo la reescenificación de los conflictos defensivos se producen mociones de displacer que pueden provocar una transferencia negativa y cancelar el análisis. Hay una resistencia a la puesta en descubierto de las resistencias. No solo son resistencias contra el hacer concientes los contenidos del Ello, sino contra la cura. Al efecto que en el interior del Yo tiene el defender es la alteración del Yo. El análisis puede costear sólo unos volúmenes determinados de energía.



VIII. En la mujer la envidia del pene, y en el hombre la revuelta contra su actitud pasiva, femenina, conducta frente al Complejo de Castración o “protesta masculina” son características del análisis. Ésta desautorización de la feminidad empieza en la niñez con la represión de la actitud pasiva, ya que presupone la castración; también en la mujer el querer alcanzar la masculinidad es acorde con el Yo en la etapa fálica, pero luego sucumbe a la represión. Grandes sectores del complejo son transmudados para contribuir a la edificación de la feminidad, del deseo del pene al deseo del hijo. Pero muchas veces el deseo de masculinidad se conserva en lo Icc y produce efectos. Lo que sucumbe a la represión es lo del sexo contrario. El hombre puede desatar una transferencia negativa; la mujer puede caer bajo grave depresión.
La escisión del Yo en el proceso defensivo (1940)
El Yo del niño se encuentra al servicio de una poderosa exigencia pulsional que está habituado a satisfacer, hasta que es aterrorizado por una vivencia que le enseña que proseguir con esa satisfacción le traería un peligro real difícil de soportar. Se produce un conflicto entre la exigencia de la pulsión y el veto de la realidad objetiva. Responde al conflicto con dos reacciones contrapuestas: rechaza la realidad objetiva con ayuda de ciertos mecanismos y no se deja prohibir nada; y al mismo tiempo reconoce el peligro de la realidad objetiva, asume la angustia y busca defenderse de él. Esto produjo una desgarradura del Yo. Las dos reacciones contrapuestas subsistirán como núcleo de una escisión del Yo.

El niño frente a la ausencia de genital de la niña piensa que crecerá; no puede pensar que no lo tiene porque la repugnancia sería demasiado grande. Pero cuando percibe una amenaza por su actividad onanista despierta el recuerdo de la niña, y empieza a creen en la realidad objetiva del peligro de castración. Entonces se crea un sustituto del pene, desmintiendo la realidad objetiva pero salvando su propio pene. Produce un desplazamiento de valor, transfiriendo el significado del pene a otra parte del cuerpo de la niña, auxiliado por la regresión. Ese tratamiento de la realidad objetiva le permite seguir masturbándose, pero desarrolla un síntoma que prueba que ha reconocido el peligro: crea un fetiche por desplazamiento, y aflora una angustia ante el castigo del padre. Con ayuda de la regresión aparece como angustia a ser devorado por el padre.


La negación (1925)
La negación en la terapia tiene el efecto contrario; cuando se pide lo más inverosímil el paciente nombre lo más correcto. Un contenido de representación o pensamiento reprimido puede irrumpir en la conciencia a condición de que se deje negar. Es una cancelación de la represión, pero no una aceptación de lo reprimido. Hay una aceptación intelectual, se permite al contenido acceder a la conciencia. Negar algo significa aceptar algo que preferiría reprimir, el juicio adverso es el sustituto intelectual de la represión. Por medio del símbolo de la negación el pensar se libera de las restricciones de la represión y se enriquece con contenidos indispensables para su operación.

El juicio tiene que atribuir o desatribuir una propiedad a una cosa, (si algo percibido debe ser acogido en el interior del yo) y admitir o impugnar la existencia de una representación en la realidad, (si algo presente como representación dentro del Yo puede ser reencontrado en la percepción). Lo no real es interior, lo real está afuera. No solo es importante que un objeto de satisfacción posea la propiedad buena, y merezca ser acogida en el Yo, sino que se encuentre en el mundo exterior y pueda apoderarse de él.

Todas las representaciones provienen de percepciones, son repeticiones de éstas, por lo que su existencia acredita la realidad de lo representado. La oposición entre objetivo y subjetivo se establece porque el pensar posee la capacidad de volver a hacer presente, reproducir la representación por lo que no hace falta que el objeto siga estando. El fin del examen de realidad es reencontrar un objeto con la representación, convencerse que todavía está ahí. Además no siempre la reproducción de la percepción en la representación se repite con fidelidad. El examen de realidad controla el alcance de las desfiguraciones. Pero para el examen de la realidad tienen que haberse perdido objetos que procuraron una satisfacción objetiva.

El juzgar es la acción intelectual que elige la acción motriz, conduce del pensar al actuar. En el extremo sensorial a raíz de las percepciones el Yo envía al sistema P pequeños volúmenes de investidura por los que toma muestra de los estímulos externos para volver a retirarse tras cada uno de estos avances. El juzgar es el ulterior desarrollo de la inclusión dentro del Yo o la expulsión de él que originariamente se rigieron por el principio de placer. Su polaridad corresponde a la oposición de los dos grupos pulsionales: la afirmación como sustituto de la unión pertenece al Eros, y la negación, sucesora de la expulsión, a la pulsión de muerte. La función del juicio se posibilita por la creación del símbolo de la negación que permite una independencia respecto de las consecuencias de la represión y de la compulsión del principio de placer. Además en el Icc no hay símbolo ni representación para el no y el reconocimiento del Icc por parte del Yo se exprese en una fórmula negativa.


Conferencia 29: Revisión de la doctrina de los sueños (1932)
También los sueños punitorios son cumplimientos de deseo, pero no de las mociones pulsionales, sino de la instancia criticadora, censuradora y punitoria de la vida anímica (Superyo) de quien depende la censura onírica. Las personas que han vivido un trauma psíquico se ven remitidas por el sueño con harta regularidad a aquella situación. También las primeras vivencias sexuales del niño están enlazadas con impresiones dolorosas de angustia, prohibición, desengaño y castigo a los cuales aduce el sueño, por lo tanto su carácter displacentero choca con el presupuesto de que el sueño es cumplimiento de deseo. Esas mismas vivencias van adheridos los deseos pulsionales incumplidos, imperecederos, que a lo largo de la vida donan la energía a la formación de sueños y en su violenta pulsión aflorante esfuerzan hacia la superficie también material de episodios sentidos como penosos. El trabajo del sueño se empeña en desmentir el displacer mediante desfiguración.

En la neurosis traumática los sueños desembocan en angustia. En este caso falla la función del sueño. El sueño es un intento de cumplimiento de deseo. Bajo ciertas circunstancias como la fijación inconsciente a un trauma (no ligado) debe resignar su tarea.


Conferencia 32: Angustia y vida pulsional (1933)
La angustia es un estado afectivo, determinadas sensaciones de la serie placer-displacer con las correspondientes inervaciones de descarga y su percepción. El nacimiento es el evento que deja tras sí esa huella afectiva. La primera angustia es por los cambios en la actividad del corazón y los pulmones: es tóxica. La angustia realista se produce frente al peligro real, un daño esperado de afuera, está al servicio de la autoconservación; la neurótica en cambio es enteramente enigmática, carente de fin. La angustia realista produce un estado de atención sensorial incrementada y tensión motriz que se llama apronte angustiado. A partir de ese estado se desarrolla la reacción de angustia. O bien el desarrollo de angustia, la repetición de la antigua vivencia traumática, se limita a una señal para desembocar en la huida, o lo antiguo prevalece, toda reacción se agota en el desarrollo de angustia y el estado afectivo resultará paralizante y desacorde con el fin.

La angustia neurótica puede ser: un estado de angustia libremente flotante, pronta a enlazarse de manera pasajera con cada nueva posibilidad que emerja (angustia expectante); ligada firmemente a determinados contenidos de representación en las fobias; y la angustia histérica que acompaña a síntomas o emerge de manera independiente como ataque o estado prolongado.

La expectativa angustiada tiene un nexo con la economía de la libido en la vida sexual. Se provoca una excitación pero no se satisface, en reemplazo de esta libido desviada de su aplicación emerge la angustia. La angustia neurótica se genera por transmudación directa de la libido producto de la represión de la representación que es desfigurada hasta volverse irreconocible, y cuyo monto de afecto es mudado en ésta.

Angustia y síntoma ambos se subrogan y relevan entre sí. En la fobia inicia su historia patológica con un ataque de angustia, que repite frente al mismo objeto del cual crea una inhibición, una limitación funcional del Yo, y por esa vía se ahorra el ataque de angustia. En el síntoma, a su vez, si impide al enfermo manifestarse (ej. su ceremonial), cae en un estado de angustia del cual su síntoma lo protegía.

Aquello a lo cual se tiene miedo en la angustia neurótica es a la propia libido. A diferencia de la angustia real el peligro es interno, y no se discierne concientemente.

En las fobias un peligro interior se traspone a uno exterior. De ésta forma cree poder defenderse mejor mediante la huida. En la fobia sobreviene un desplazamiento.

La angustia se genera porque la libido se ha vuelto inaplicable.

El Yo es el único almácigo de la angustia, y cada una corresponde a los tres vasallajes del yo: respecto del mundo exterior (realista), del Ello (neurótica), y del Superyo (conciencia moral).

La función de la angustia señal indica una situación de peligro. En la histeria de angustia se trata de la represión típica de las mociones de deseo provenientes del complejo de Edipo: la investidura libidinosa del objeto madre se muda en angustia por la represión y se presenta como anudada al sustituto padre. No es la represión la que crea la angustia, sino ésta la que se muda en represión. El varoncito siente angustia ante una exigencia de su libido, ante el amor de su madre, pero ese enamoramiento le aparece como un peligro interno del que debe sustraerse mediante la renuncia a ese objeto, porque provoca un peligro externo. El peligro real, externo, es la amenaza de castración, la pérdida de su miembro. En el curso de su fase fálica, en la época de onanismo, el castigo encuentra refuerzo filogenético. La angustia de castración es uno de los motores de la represión. En la mujer aparece la angustia a la pérdida del amor que se continúa a la angustia del lactante. Repiten en el fondo la angustia de nacimiento (la castración es también la imposibilidad de reunificación con la madre o su sustituto). A cada fase le corresponde una condición de angustia: peligro del desvalimiento psíquico, peligro de la pérdida de objeto de amor, la heteronomía de la primera infancia, el peligro de la castración, y la angustia al superyo. Con el tiempo las situaciones peligrosas son desvalorizadas por el fortalecimiento del yo, pero sólo de forma incompleta. Los neuróticos permanecen infantiles en su conducta hacia el peligro y no han superado condiciones de angustia anticuadas.

El Yo nota que la satisfacción de una exigencia pulsional emergente convocaría una de las situaciones peligrosas, esa investidura debe ser sofocada y entonces pone en marcha a la represión cuando no se siente suficientemente fuerte. Cuando puede desempeñar esa tarea lo hace incluyendo la moción pulsional en su organización, incurriendo a una técnica idéntica al pensar normal: con pequeños volúmenes de investidura dirige una investidura tentativa, logra anticipar la satisfacción de la moción pulsional dudosa y reproducir la sensación de displacer que corresponde al inicio de la situación de peligro temida. Se pone en juego el principio de placer-displacer que lleva a cabo la represión de la moción pulsional peligrosa (suscita el automatismo placer-displacer). Puede suceder que el ataque de angustia se desarrolle plenamente y el yo se retire de la excitación chocante, o en vez de salir al encuentro con una investidura tentativa, lo hace con una contrainvestidura que se conjuga con la energía de la moción reprimida para la formación de síntomas, o es acogida en el Yo como formación reactiva. El principio de placer-displacer rige los procesos en el interior del Ello provocando alteraciones profundas en la moción pulsional. En muchos casos la moción pulsional reprimida retiene su investidura libidinal, otras veces su libido es conducida por otras vías, cuando el Complejo de Edipo es destruido dentro del Ello, bajo el influjo del mismo conflicto que fue iniciado por la señal de angustia.

El Yo es endeble frente al Ello, se empeña en llevar a cabo sus órdenes. Ese Yo es parte del Ello mejor organizada, orientada hacia la realidad. El Yo influye sobre los procesos del Ello cuando por medio de la señal de angustia pone en actividad el principio placer-displacer. Inmediatamente vuelve a mostrar su endeblez, renunciando mediante la represión a un fragmento de su organización, consintiendo que la moción pulsional reprimida permanezca sustraída a su influjo de manera duradera.

La angustia neurótica se ha mudado en angustia realista. Pero no es el daño de la persona de forma objetiva, porque es a nivel anímico; lo esencial en el nacimiento como en cualquier otra situación de peligro es que provoque en el vivenciar anímico un estado de excitación de elevada tensión que sea sentido como displacer y del cual uno no pueda enseñorearse por vía de descarga. Se llama factor traumático a un estado así, en que fracasan los empeños del principio de placer, y a través de la serie angustia neurótica- angustia realista- situación de peligro se llega a la conclusión que la angustia es la emergencia de un factor traumático que no puede ser tramitado según la norma del principio de placer. El principio de placer no nos resguarda de daños objetivos, sino sólo de nuestra economía psíquica, y éste está lejos de la pulsión de autoconservación. Sin embargo solo la magnitud de la suma de excitación convierte a una impresión en factor traumático, paraliza la operación del principio de placer y confiere su significatividad a la situación de peligro. Por lo tanto las represiones originarias nacen directamente a raíz del encuentro del Yo con una exigencia libidinal hipertrófica proveniente de factores traumáticos, y crean la angustia como algo nuevo. En “inhibición…” la angustia era la descarga directa del exceso de libido; ahora la angustia es la reacción frente a exigencias libidinales consecuencia directa del factor traumático (lo no ligado) y como la señal de que amenaza la repetición de un factor así.


(Resumen de las pulsiones). El individuo sirve a dos propósitos: la autoconservación y la de la especie. Posee pulsiones Yoicas (todas las que tienen que ver con la conservación y el engrandecimiento de la persona) y las sexuales (aquellas que exigían la vida sexual infantil y perversa). El Yo es el poder limitante, represor y las aspiraciones sexuales lo reprimido, cuya energía es la libido.

La pulsión se distingue del estímulo en que proviene de fuentes de estímulo dentro del cuerpo, actúa con una fuerza constante y la persona no puede huirle. La pulsión posee fuente, objeto y meta. La fuente es un estado de excitación corporal; la meta la cancelación de la excitación; y en el camino entre la fuente y la meta la pulsión adquiere eficacia psíquica. Es cierto monto de energía que esfuerza en determinada dirección. Las metas pulsionales pueden ser activas o pasivas. La meta puede alcanzarse en el cuerpo propio o en un objeto externo. Mociones pulsionales de una fuente pueden acoplarse a las de otra y compartir su destino, una satisfacción puede ser sustituida por otra. También el vínculo con la meta y el objeto pueden variar: pueden permutarse por otros, siendo el vínculo con el objeto el más fácil de aflojar. La modificación de la meta y el cambio de vía de objeto en la que interviene nuestra valoración social es la sublimación. Hay pulsiones de meta inhibida, que se detienen en el camino hacia la satisfacción, de suerte que sobrevienen una investidura de objeto y una aspiración continua.

Las pulsiones sexuales son plásticas, capaces de cambiar de vía sus metas, admiten subrogaciones dejándose sustituir una satisfacción pulsional por otra. Las pulsiones de autoconservación en cambio no admiten diferimiento, son imperativas.

La función sexual se produce por un desarrollo de un gran número de pulsiones parciales provenientes de distintas fuentes somáticas que con independencia recíproca pugnan por alcanzar una satisfacción y la hallan en el placer de órgano. No todas estas pulsiones serán acogidas en la organización definitiva de la función sexual; muchas serán dejadas de lado por inutilizables, mediante represión; algunas serán desviadas de su meta y aplicadas como refuerzo de otras mociones; otras sirven para la producción de un placer previo. Hay varias fases de la organización provisional, pregenitales (oral, sádico-anal, fálica) y la genital, cuando la organización sexual definitiva se ha llevado a cabo, que se establece tras la pubertad y en la cual los genitales femeninos hallan el reconocimiento que los masculinos habían conseguido antes. En la fase sádico-anal hay dos estadios: en el anterior reinan las tendencias destructivas de aniquilar y perder, y en el posterior de guardar y poseer. En mitad de éstas emerge el miramiento hacia el objeto como precursor de una posterior investidura de amor. También la fase oral posee subestadios: el primero es la incorporación oral y falta toda ambivalencia en el vínculo con el pecho; en el segundo relacionado con el morder (sádico-oral) muestra la ambivalencia. Mucho de las configuraciones se han conservado posteriormente y se ha procurado una subrogación duradera en la economía libidinal y en el carácter de la persona.

El ano corresponde embriológicamente a la boca que ha migrado hacia abajo; el interés pulsional de la caca traspasa a objetos que pueden darse como regalo (la caca es el primer regalo del que se desprende por amor a su cuidadora). De manera análoga al cambio de vía del significado en el lenguaje, el interés por la caca se transpone en el aprecio al oro y el dinero, y también hace su contribución a la investidura afectiva del hijo y del pene. De acuerdo a la teoría de la cloaca, el hijo nace como un fragmento de caca, la defecación es el arquetipo del acto de nacimiento. El pene le aparece al niño como algo separable del cuerpo (cuando toma noticia que no todos lo poseen) y lo sitúa en analogía con el excremento (primer fragmento de corporeidad al que debió renunciar). Son tratados como equivalentes, subrogados mediante símbolos comunes. En la niña el deseo de tener un pene se transmuda en deseo de tener un hijo. También influyen en la formación de carácter, en que orden ahorro, terquedad son consecuencia de que el erotismo anal no haya sido elaborado hasta su acabamiento.

El yo es reservorio de libido, del que parten las investiduras libidinosas de los objetos y regresan, mientras gran parte permanece continuamente dentro del yo. Sin cesar se trasmuda libido yoica en libido de objeto y viceversa. Por lo tanto no son de diferente naturaleza, por tanto libido puede designarse a la energía psíquica en general.

Las pulsiones sexuales (Eros) se oponen a las pulsiones de agresión, cuya meta es la destrucción. Sadismo es cuando la satisfacción sexual se anuda a la condición de que el objeto sexual padezca dolores, maltratos y humillaciones, y masoquismo cuando la necesidad consiste en ser uno mismo ese objeto maltratado. Ciertos ingredientes son acogidos en la sexualidad normal y son perversiones cuando refrenan a las otras metas sexuales y las reemplazan por las propias metas. En ambos estamos ante mezcla entre ambas clases de pulsión, del Eros con la agresiva. Las pulsiones eróticas introducirán la diversidad de sus metas sexuales, y las otras consentirán aminoraciones de su tendencia (agresiva). Las mezclas pueden descomponerse, y tales desmezclan tendrán las más graves consecuencias para la función.

El masoquismo, además de su meta sexual, es una aspiración que tiene por meta la destrucción de sí mismo. El Ello incluye originariamente todas las mociones pulsionales, por lo tanto el masoquismo es más antiguo que el sadismo, que es la pulsión de destrucción vuelto hacia fuera. Las pulsiones muestran unos afanes por reproducir un estado anterior; en el momento en que uno de estos estados ya alcanzados sufre una perturbación, nace una pulsión a recrearlo y produce fenómenos como la compulsión de repetición. Expresa la naturaleza conservadora de las pulsiones. En el ámbito anímico vivencias infantiles se repiten en sueños y reacciones, y especialmente en la transferencia, contrariando al principio de placer. Esta se impone más allá del principio de placer. Si alguna vez la vida surgió de la materia inanimada, tiene que haber nacido una pulsión que quisiera volver a cancelarla reproduciendo el estado inorgánico. Esta es la autodestrucción, o pulsión de muerte que contrarían el afán de las pulsiones de vida (de aglomerar cada vez más sustancia viva en unidades mayores) sino que reconducen a lo vivo al estado inorgánico. De la acción eficaz conjugada y contraria de ambas surgen los fenómenos de la vida. Por lo tanto la pulsión de muerte se pone al servicio del Eros y vuelta hacia fuera se expresa como agresión.

La necesidad inconsciente de castigo que acompaña toda neurosis se comporta como un fragmento de la conciencia moral, y corresponde a una porción de agresión interiorizada y asumida por el Superyo. Una parte de la agresión vuelta hacia el mundo exterior regresa y es ligada por el Superyo y vuelta sobre el Yo como sentimiento inconsciente de culpa; otra parte permanece muda como pulsión de destrucción libre en el Yo y el Ello.

En la institución primera del Superyo se empleó aquel fragmento de agresión hacia los padres que el niño no pudo descargar a consecuencia de su fijación de amor, así como de las dificultades externas. Aquellas personas en que este sentimiento es muy potente tendrán una reacción terapéutica negativa: la solución de un síntoma produce un refuerzo momentáneo del mismo y del padecimiento.

Nuestra cultura se ha edificado a expensas de las aspiraciones sexuales inhibidas, reprimidas y utilizadas para nuevas metas (sublimadas). Pero también las pulsiones de agresión dificultan la convivencia y amenazan la perduración de la sociedad; que limite su agresión es el mayor sacrificio que se pide.
Más allá del principio de placer (1920)




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