Freud desde 1893 hasta 1940



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VII: La identificación: Es la más temprana exteriorización de ligazón afectiva con otra persona. Desempeña un papel en la prehistoria del complejo de Edipo: el varoncito manifiesta un interés hacia su padre, toma al padre como su ideal o modelo. Al mismo tiempo emprende una investidura de objeto sexual de la madre apuntalada en las necesidades básicas. Ambos lazos confluyen en el Complejo de Edipo. El padre le significa un estorbo, su identificación con él cobra un tinte hostil y quiere sustituirlo. La identificación es ambivalente: puede tornarse tierna o querer eliminarlo. Es un retoño de la fase oral en la que el objeto anhelado se incorpora por devoración y se aniquila.

El Complejo puede sufrir una inversión y tomarse a la madre como objeto para el cual la identificación es precursora; en un caso es lo que el niño quisiera ser, en el segundo lo que quisiera tener. La diferencia radica en que la ligazón recaiga en el sujeto o en el objeto.

La identificación es parcial porque solo toma rasgos. Puede ser: por identificación de la persona no amada (ej. en la histeria, si el amor de objeto es hacia el padre y la identificación hostil hacia la madre, puede heredar su tos, en la voluntad de sustituirla, su síntoma expresa el amor de objeto por el padre y la conciencia de culpa) o de la persona amada (la identificación reemplaza la elección de objeto, el Yo toma sobre sí las propiedades del objeto). Hay otra identificación en la que prescinde de relación con la persona copiada: se basa en el poder o querer ponerse en la misma situación, y bajo la conciencia de culpa aceptan el sufrimiento emparejado.

-La identificación es la forma más originaria de ligazón afectiva con un objeto;



-Sustituye una ligazón libidinosa de objeto por la vía regresiva mediante introyección del objeto en el Yo;

-Puede nacer a raíz de cualquier comunidad que llegue a percibirse en una persona que no es objeto de las pulsiones sexuales.

En nuestro Yo hay una instancia que se separa del resto del Yo y puede entrar en conflicto con él, es el ideal del Yo, que se encarga de la auto-observación, la conciencia moral, la censura onírica e influencia en la represión. Es la herencia del narcisismo en que el Yo se contentaba a sí mismo, pero que toma las influencias del medio.


La organización genital infantil (1923)
En la niñez se produce la elección de objeto que en conjunto con las aspiraciones sexuales se dirigen a una persona única y pretenden alcanzar su meta. La unificación de las pulsiones parciales, su subordinación al primado de los genitales y al servicio de la reproducción no se produce en la infancia sino después de la pubertad. Sin embargo el apogeo de los genitales y el quehacer genital cobran una significatividad dominante. Esta organización genital infantil a diferencia del adulto posee una particularidad: sólo desempeña un papel el genital masculino o falo. Es una zona excitable, ocupa su interés, y más tarde se exteriorizará como un esfuerzo de investigación, como curiosidad sexual. En el curso de las indagaciones descubre que no es un patrimonio común de todos los seres semejantes a él; frente a las primeras impresiones de falta de pene, la desconocen, piensan que ya crecerá hasta arribar a la conclusión de que estuvo pero fue removido. La falta de pene es resultado de una castración y se produce un temor a la pérdida propia. Las primeras pérdidas produjeron daños narcisistas: a raíz de la pérdida del pecho materno, de la deposición de las heces, de la separación del vientre de la madre. Pero sólo se puede hablar de castración cuando representa una pérdida de los genitales.

La castración es a modo de castigo, y sólo las personas despreciables del sexo femenino (culpables de las mismas mociones prohibidas en que él incurrió) habrían perdido el genital. Pero las personas respetables, como su madre, lo siguen conservando.

Cuando aborda los problemas de la génesis y el nacimiento de los niños la madre perderá el pene y se edificarán teorías destinadas a explicar el trueque del pene a cambio de un hijo (como la teoría de la cloaca). Nunca se descubren los genitales femeninos.

La elección de objeto introduce la primera oposición sujeto-objeto. En el estadio sádico-anal la oposición es activo-pasivo; en la fálica la oposición es falo-castrado; sólo con la culminación del desarrollo en la pubertad la polaridad sexual coincide con masculino-femenino. Lo masculino es el sujeto, la actividad y el pene; lo femenino el objeto, la pasividad.


El sepultamiento del complejo de Edipo (1924)
El complejo de Edipo sucumbe a la represión y es seguido por el período de latencia. Se viene a pique a raíz de las dolorosas desilusiones acontecidas. La niña quiere ser objeto de amor del padre, pero vivirá una reprimenda por parte de él. El varón considera a la madre su propiedad, pero experimenta como la madre le quita amor y cuidados para dárselos a un recién nacido. Estos acontecimientos, la falta de satisfacción esperada, son inevitables. Así, el Complejo de Edipo caería a causa de una imposibilidad interna (desde un punto de vista ontogenético).

También cae por llegado el tiempo de su disolución. Es un fenómeno heredado y tiene que desvanecerse cuando llega la fase evolutiva siguiente (desde el punto de vista filogenético)

La fase fálica, contemporánea al Complejo de Edipo, no prosigue su desarrollo hasta la organización genital definitiva, sino que es relevada por el período de latencia. Cuando el niño vuelca su interés sobre el miembro genital masculino, lo deja translucir por su vasta ocupación manual en ellos, pero hace la experiencia de que los adultos no están de acuerdo con ese obrar. Sobreviene la amenaza de que se le arrebatará. Primero el niño no presta obediencia a la amenaza; hay dos experiencias por las que se prepara para la pérdida de partes muy apreciadas de su cuerpo: el retiro del pecho materno y la separación del contenido del intestino. Solo tras hacer una nueva experiencia empieza el niño a contar con la posibilidad de la castración: la observación de los genitales femeninos. La falta de pene ha vuelto representable la pérdida de propio pene y la amenaza de castración posteriormente.

La sexualidad del niño se puede ver en la actitud edípica hacia sus progenitores; la masturbación es sólo la descarga genital de la excitación sexual perteneciente al complejo. El complejo de Edipo ofrece dos posibilidades de satisfacción: una activa, situándose en el lugar del padre (a raíz de lo cual es sentido como un obstáculo); y una pasiva: sustituir a la madre y hacerse amar por el padre. La intelección de que la mujer es castrada puso fin a las dos posibilidades de satisfacción derivadas del complejo. Ambas conllevan a la pérdida del pene: la masculina en calidad de castigo, y la femenina como premisa. Si la satisfacción amorosa cuesta el pene, estallará un conflicto entre el interés narcisista y la investidura libidinosa de los objetos parentales. El Yo del niño entonces, se extraña del Complejo de Edipo. Las investiduras de objeto son resignadas y sustituidas por identificación. La autoridad del padre, introyectada en el Yo, forma el núcleo del Superyo, que toma prestada su severidad, perpetúa la prohibición del incesto y asegura al Yo contra el retorno de la investidura libidinosa de objeto. Las aspiraciones libidinosas son desexualizadas y sublimadas, son inhibidas en su meta y mudadas en mociones tiernas. Se inicia el período de latencia que interrumpe el desarrollo sexual del niño. El extrañamiento del Yo respecto del Complejo de Edipo es producto de la represión, pero equivale a la destrucción del complejo. Si esto último no se logra, el complejo subsistirá en el inconsciente y más tarde exteriorizará su efecto patógeno.

En la niña el clítoris se comporta como un pene, pero es demasiado corto y se siente inferior. Tiene la esperanza de que crezca. La niña no comprende su falta sino que lo explica mediante el supuesto de que poseyó un miembro igualmente grande y lo perdió por castración. La niña acepta su castración, como un hecho consumado, mientras que el niño tiene miedo frente a la posibilidad de su consumación. La muchacha se desliza a lo largo de la ecuación simbólica, del pene al hijo. Su Complejo de Edipo culmina con el deseo de recibir como regalo un hijo del padre. Ambos deseos, de poseer un pene y recibir un hijo, permanecen en el Icc, donde se conservan con fuerte investidura y preparan la posterior sexualidad.
El problema económico del masoquismo (1924)
El dolor y el placer dejan de evitarse y se constituyen en metas. El Principio de Nirvana tiene el propósito de reducir a cero las sumas de excitación. Placer y displacer no corresponde a aumento y disminución de una cantidad o “tensión de estímulo”. No depende del factor cuantitativo sino de un carácter de él cualitativo. El principio de Nirvana, súbdito de la pulsión de muerte, experimentó una modificación por la cual devino principio de placer. Esta modificación fue la pulsión de vida que se conquistó un lugar junto a la pulsión de muerte en la regulación de los procesos vitales. El principio de Nirvana expresa la tendencia de la pulsión de muerte cuya meta es conducir la inquietud de la vida a la estabilidad de lo inorgánico; el principio de placer, el guardián de la vida, subroga la exigencia de la de la libido, y su modificación, el principio de realidad, el influjo del mundo exterior.

El masoquismo se expresa de tres formas: como condición de excitación sexual (erógeno), como expresión de la naturaleza femenina, y como norma de la conducta de vida (moral). En el primero, el placer de recibir dolor, se encuentra el fundamento de las otras dos formas. La tercera es un sentimiento inconsciente de culpa.

En el masoquismo femenino las escenificaciones de los perversos responden a fantasías de personas masoquistas que desembocan en el acto onanista o figuran la satisfacción sexual por sí solos. El masoquista quiere ser tratado como un niño pequeño, desvalido y dependiente. Ponen a la persona en una situación femenina: castrado, poseído sexualmente o parir.

Se basa en el masoquismo primario, erógeno, el placer de recibir dolor. La excitación sexual se genera como efecto colateral a raíz de una serie de procesos internos para lo cual basta que la intensidad rebase ciertos límites cuantitativos. La excitación de dolor y displacer tendrían esa consecuencia. En el ser vivo la libido se enfrenta con la pulsión de destrucción que querría desagregarlo y llevarlo a la condición de estabilidad inorgánica. La tarea de la libido es volver inocua esta pulsión desviándola (con ayuda de la musculatura) hacia fuera hacia los objetos del mundo. Un sector de esta pulsión se pone al servicio de la función sexual: es el sadismo. Otro sector no obedece este traslado, permanece en el interior y es ligado libidinosamente con la ayuda de la coexcitación sexual: el masoquismo erógeno originario.

Se produce una mezcla y una combinación de proporciones variables entre las dos pulsiones. Se encuentran contaminadas. A una mezcla puede corresponderle una desmezcla.

La pulsión de muerte en el interior del organismo (el sadismo primordial) es idéntica al masoquismo. Después que su parte primordial fue trasladada afuera, en el interior permanece el genuino masoquismo erógeno, que devino un componente de la libido pero tiene como objeto al ser propio. Es un testigo de la ligazón entre Eros y Thánatos. El sadismo proyectado puede ser introyectado y producir un masoquismo secundario que se añade al originario.

El masoquismo erógeno acompaña a la libido en sus fases de desarrollo: la angustia de ser devorado por el padre (o animal totémico) proviene de la organización oral; el deseo de ser golpeado por él de la sádico-anal; la castración interviene en el contenido de las fantasías masoquistas como sedimento del estadio fálico; las situaciones de ser poseído sexualmente y parir derivan de la organización genital.

En el masoquismo moral no importa quien infrinja el padecimiento; son los casos de reacción terapéutica negativa por sentimiento inconsciente de culpa. Este sentimiento es una necesidad de castigo cuya satisfacción es el rubro más fuerte de la ganancia de la enfermedad. El Superyo tiene la función de la conciencia moral, el sentimiento de culpa expresa una tensión entre el Yo y el Superyo. El Yo reacciona con angustia de la conciencia moral ante la percepción que no está a la altura de los reclamos de su Superyo. Él posee el arquetipo a que puede aspirar el Yo. El Superyo es subrogado tanto del Ello como del mundo exterior. Debe su génesis a los primeros objetos de las mociones libidinosas del Ello: la pareja parental. Ésta fue introyecta en el Yo a raíz de lo cual el vínculo fue desexualizado y se superó el Complejo de Edipo. El Superyo conservó caracteres esenciales de las personas introyectadas: su poder, severidad, inclinación a la vigilancia y castigo. La severidad resulta acrecentada por la desmezcla de pulsiones que acompaña la introducción en el Yo. Ahora el Superyo, la conciencia moral, se vuelve duro, cruel. El Superyo es el sustituto del Complejo de Edipo; deviene representante del mundo exterior y arquetipo para el querer alcanzar del Yo.

Las personas aquejadas por una inhibición moral poseen un sadismo acrecentado del Superyo que somete al Yo; en el masoquismo moral es un genuino masoquismo del Yo que pide castigo. En ambos casos se satisface mediante castigos.

El masoquismo moral es el testimonio de la mezcla pulsional; su peligro se debe a que desciende de la pulsión de muerte, que se ha sustraído a su vuelta hacia fuera. Tiene el valor de un componente erótico, por lo que la autodestrucción se produciría con satisfacción libidinosa.


Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos (1925)
En el varoncito el niño retiene el objeto de la madre desde el período lactante, toma al padre como rival, que se sepulta por la angustia de castración y el interés narcisista por los genitales. El complejo es doble, activo y pasivo acorde con la disposición bisexual. También quiere sustituir a la madre (actitud femenina). Anterior al complejo hay una identificación tierna hacia al padre; también en la prehistoria Edípica hay onanismo, cuya sofocación activa el Complejo de Castración. Este onanismo descarga la excitación sexual Edípica.

Inicialmente fue la madre para ambos el primer objeto; pero la niña debe resignarla como objeto. La ligazón con el padre y el deseo de tener un hijo con él fue la fuerza pulsional del onanismo infantil. El Complejo de Edipo tiene en la niña una larga prehistoria, una formación secundaria. El niño descubre la zona genital dispensadora de placer durante el chupeteo. La niña nota, en la fase fálica, el pene de un niño, y lo supone como el correspondiente superior de su órgano y cae víctima de la envidia de pene. El niño primero desmiente su percepción, más tarde cobra influencia la amenaza de castración, que volverá significativa su observación: su recuerdo lo mueve afectivamente y lo somete a la creencia en la efectividad de la amenaza. Dos reacciones resultarán: horror frente a la criatura mutilada, o menosprecio triunfalista hacia ella. La niña ha visto el pene, sabe que no lo tiene y quiere tenerlo. Se bifurca el Complejo de Masculinidad de la mujer. Puede provocar la esperanza de recibir uno o la desmentida, se rehúsa a aceptar la castración, se afirma en que posee un pene y se comporta como un varón.

Con la admisión de la herida narcisista se establece un sentimiento de inferioridad. Intenta explicarlo como castigo personal, y empieza a sentir un menosprecio por el varón.

Aunque la envidia del pene haya renunciado a su objeto no cesa de existir: pervive en el rasgo de carácter de los celos, y en la primera fase de pegan a un niño en que otro niño, del que se tiene celos debe ser golpeado.

Otra consecuencia es el aflojamiento de los vínculos tiernos con el objeto madre a quien se responsabiliza de la falta de pene. Además la madre ama más al niño que posee pene.

La masturbación clitorídea sería una actitud masculina, y el despliegue de la feminidad tendría por condición la remoción de ésta forma de satisfacción. Tras la envidia de pene se produce una contracorriente opuesta al onanismo que es un preanuncio de aquella oleada represiva que en la pubertad eliminará gran parte de la sexualidad masculina para dejar espacio a la feminidad. Esta sublevación temprana contra el onanismo fálico es producto de la afrenta narcisista enlazada con la envidia del pene, que reza: es mejor dejar de competir con el varón. El conocimiento de la diferencia anatómica la esfuerza a apartarse de la masculinidad. La libido se desliza a lo largo de la ecuación simbólica pene = hijo, resigna el deseo del pene para reemplazarlo por el deseo de un hijo y toma al padre como objeto de amor. La madre pasa a ser objeto de los celos. En la niña el Complejo de Edipo es una formación secundaria, las repercusiones del Complejo de Castración le preceden y lo preparan.

En cambio en el niño el Complejo de Castración es posterior, y produce el derrumbe del Complejo de Edipo. El Complejo de Castración produce efectos inhibidores y limitadores de la masculinidad, y promotores de la feminidad. En la niña la castración es consumada, en el niño es mera amenaza.

En el niño bajo la amenaza de castración, el Complejo de Edipo resigna sus investiduras, las desexualiza y sublima en parte. Sus objetos son incorporados al Yo como Superyo quien es su heredero. El pene debe su investidura narcisista alta a su significación orgánica para la supervivencia de la especie.

En la niña falta el motivo para la demolición del complejo. Puede ser abandonado poco a poco, tramitado por represión o sus efectos penetrar en la vida anímica normal para la mujer.
Conferencia N° 33: La feminidad (1933)
La feminidad es una predilección por metas femeninas. Hay un vínculo entre feminidad y vida pulsional. La propia constitución le proscribe a la mujer sofocar su agresividad, favorece que se plasmen mociones masoquistas, susceptibles de ligar eróticamente tendencias destructivas vueltas hacia sí mismo. La niña es menos agresiva, necesita más ternura y es más dependiente y dócil. Se la puede educar más rápidamente para el gobierno de las excreciones, lo cual es la primera concesión que da la vida pulsional infantil. El desarrollo en las primeras etapas se recorre de forma similar en ambos, hasta en la etapa fálica en que el onanismo que se manifiesta en el niño en el pene a partir de sus representaciones de comercio sexual, en la niña se conjuga en el clítoris. Ninguno de los dos conoce la vagina. Con la vuelta hacia la feminidad el clítoris debe ceder en todo o en parte a la vagina su sensibilidad.

El primer objeto de amor en el varón es la madre quien lo sigue siendo. Para la niña empieza siendo la madre, ya que las primeras investiduras de objeto se producen por apuntalamiento en la satisfacción de las grandes necesidades vitales. En la situación Edípica es el padre quien ha devenido objeto de amor para la niña y a partir de él encuentra el camino hacia la elección definitiva de objeto. La niña debe trocar de zona erógena y objeto mientras que el varoncito mantiene ambos.

La niña pasa de una fase masculina a una femenina. Los vinculos libidinosos con la madre atraviesan por tres etapas o fases y cobran los caracteres de cada una de ellas: deseos orales, sádico-anales, y fálicos (ligazón-madre preedípica). Subrogan tanto mociones activas como pasivas. Son ambivalentes, tanto de naturaleza tierna como hostil-agresiva. Los síntomas histéricos derivan de fantasías, no de episodios reales. La fantasía de seducción por el padre es la expresión del complejo en la mujer. En la prehistoria la seductora es la madre, quien, menester del cuidado corporal, provocó sensaciones placenteras en los genitales.

El destino es que está ligazón con la madre se vaya a pique y de sitio a la ligazón con el padre. El extrañamiento de la madre se produce con hostilidad, y acaba en odio. Una parte de él se supera y otra permanece. Se reprocha haber suministrado poca leche (falta de amor); el ansia del niño es insaciable, y nunca se consoló por la pérdida del pecho. Se le reprocha el hermanito, al cual se le dio el alimento que se le sacó a él. Se siente destronado, arroja un odio celoso sobre el hermano y desarrolla hacia la madre infiel una desobediencia e involuciona sobre el gobierno de las excreciones. El niño exige exclusividad, no admite ser compartido. Una fuente de la hostilidad lo proporcionan los múltiples deseos sexuales, variables de acuerdo con la fase libidinal, que no son satisfechos. Pero estos factores ocurren en ambos niño y niña, sin producir la misma enajenación en el niño con la madre. Cuando la madre prohíbe el quehacer placentero de los genitales (en la etapa fálica), y el niño erige el Complejo de Castración, la diferencia anatómica entre los sexos se imprime en consecuencias psíquicas. La niña hace responsable a la madre de su falta de pene y no le perdona ese perjuicio.

En el varón el Complejo de Castración surge por la visión de los genitales femeninos, y darse cuenta que el miembro no es necesario en el cuerpo. Empieza a creer en las amenazas, y cae bajo el influjo de la angustia de castración. En la niña se inicia por la visión de los genitales del varón, se siente perjudicada, le gustaría tener algo así, cae presa de la envidia del pene que deja huellas imborrables en su desarrollo y en la formación de su carácter. Se aferra al deseo de tener algo así, y conserva este deseo en lo inconsciente, reteniendo una considerable investidura enérgica. El deseo de obtener el pene anhelado puede llevar a una neurosis.

A partir del descubrimiento de su castración, la niña pasa por tres posibles consecuencias: inhibición sexual o a la neurosis; alteración de carácter en un complejo de masculinidad; o feminidad normal. En la inhibición la niña relaciona su placer sexual con la excitación del clítoris (subrogado del pene); ve estropearse el goce por la envidia del pene. La comparación con el varón, es una afrenta a su amor propio, renuncia a la satisfacción masturbatoria, desestima su amor por la madre y reprime gran parte de sus aspiraciones sexuales. Su amor era hacia la madre fálica; con el descubrimiento de la madre castrada la abandona como objeto de amor y prevalecen sus motivos de hostilidad. El onanismo es el poder ejecutivo de la sexualidad infantil. Cuando la envidia del pene despierta un impulso contrario al onanismo clitorídeo, y éste no quiere ceder, se entabla una lucha, en el que la niña asume el papel de la madre y expresa su descontento con el clítoris inferior en la repulsa a la satisfacción obtenida por él. Con el abandono de la satisfacción del clítoris, se renuncia a una porción de actividad. Prevalece la pasividad, la vuelta hacia el padre se consuma con ayuda de mociones pulsionales pasivas. El deseo con que la niña se vuelve hacia el padre es el deseo del pene que la madre le ha denegado y lo espera de él. La situación femenina se establece cuando el deseo del pene se sustituye por el deseo del hijo siguiendo la antigua equivalencia simbólica. El antiguo deseo masculino de poseer un pene se transluce a través de la feminidad consumada. Con la transferencia al deseo hijo-pene del padre, la niña ingresa en la situación Edípica. La madre deviene rival que recibe del padre lo que la niña anhela de él.

En el niño la amenaza de castración constriñe a resignar a la madre y la actitud con el padre como rival, y bajo el peligro a perder el pene, el Complejo de Edipo es abandonado. Se instaura como heredero un severo Superyo. En la niña el Complejo de castración prepara para la situación Edípica, la envidia del pene sustituye la ligazón con la madre por el padre. La niña permanece en él por un tiempo, y se va sola del mismo.

La segunda consecuencia tras el descubrimiento de la castración es un Complejo de Masculinidad. La niña se rehúsa a reconocerlo, carga más su masculinidad, mantiene su quehacer clitorídeo, y busca refugio en la identificación con la madre fálica o el padre. Se evita la oleada de pasividad que inaugura el giro hacia la feminidad. La elección de objeto es homosexual. Durante el Complejo de Edipo toma a su padre, pero luego regresa a su anterior complejo de masculinidad en virtud de desilusiones con el padre.

La vida sexual está gobernada por la polaridad masculino-femenina. La libido, la fuerza pulsional de la vida sexual, es una sola que entra al servicio de la función sexual tanto masculina como femenina. Es activa, pero también subroga aspiraciones de meta pasiva.

En la feminidad normal, se puede ver un alto grado de narcisismo, que influye en la elección de objeto; de hecho, la necesidad de ser amada es más intensa que la de amar. La vergüenza busca ocultar el defecto de los genitales. La elección de objeto sigue el ideal narcisista del varón que había deseado devenir. Si permaneció dentro de la ligazón padre, elige según el tipo paterno. La hostilidad que en la vuelta desde la madre hacia el padre permanece con la madre, alcanza la ligazón positiva y desborda sobre el nuevo objeto. El marido entra en posesión de la herencia materna. En el nacimiento del hijo puede revivirse una identificación con la madre, y atraer la libido disponible, de suerte que la compulsión de repetición reproduzca un matrimonio desdichado. Si el hijo es varón, la satisfacción es irrestricta ya que transfiere la ambición que debió sofocar, esperar de él la satisfacción de todo aquello que le quedó de su complejo de masculinidad.

La identificación con la madre es de dos tipos: preedípico, que consiste en la ligazón tierna con la madre, y el posterior derivado del Complejo de Edipo, que quiere eliminarla para sustituirla junto al padre. La preedípica es decisiva para la adquisición de las cualidades con que cumplirá su papel en la función sexual.
Análisis terminable e interminable (1937)




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