Freud desde 1893 hasta 1940


Sobre las perturbaciones psicógenas de la visión (1910)



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Sobre las perturbaciones psicógenas de la visión (1910)

La ceguera histérica es una de las perturbaciones psicógenas típicas de la visión. En la histeria nace por autosugestión. Los ciegos histéricos lo son sólo para la conciencia, en lo inconsciente son videntes. En los enfermos predispuestos a la histeria está presente una inclinación a disociar a consecuencia de lo cual muchos procesos inconscientes no se continúan hasta lo conciente. Para la escuela francesa los histéricos enceguecen por la disociación entre procesos concientes e inconscientes en el acto de ver; su representación de no ver es la expresión del estado psíquico, no la causa.

Desde el psicoanálisis la vida anímica es un juego de fuerzas que se promueven y se inhiben las unas a las otras. Cuando un cierto grupo de representaciones permanece en lo inconsciente, no infiere una incapacidad constitucional para la síntesis, sino que asevera que una revuelta activa de otros grupos de representaciones ha causado el aislamiento y la condición de inconsciente de aquel grupo. Se llama represión (esfuerzo de desalojo) al proceso que depara ese destino a uno de los grupos. El fracaso de la represión es la condición previa de la formación de síntoma.

Las representaciones han entrado en una oposición con otras mas intensas del Yo, y por eso cayeron en la represión. Cada pulsión busca imponerse animando las representaciones adecuadas a su meta. Esas pulsiones entran en conflicto de intereses, y las oposiciones entre las representaciones son la expresión de las luchas entre las pulsiones singulares. Hay una inequívoca oposición entre las pulsiones que sirven a la sexualidad y las que tienen por meta la autoconservación (yoicas).

En el desarrollo psicogénico de las pulsiones, éstas comienzan siendo numerosas pulsiones parciales que adhieren a las excitaciones de regiones del cuerpo. Atraviesan un complicado proceso de desarrollo antes de poder subordinarse a las metas de la reproducción. Libido designa a la energía de las pulsiones sexuales. La cultura nace a expensas de las pulsiones sexuales parciales, que tienen que ser sofocadas, limitadas y guiadas hacia metas superiores. En las neurosis el Yo se siente amenazado por las exigencias de las pulsiones sexuales y se defiende de ellas mediante unas represiones que no siempre alcanzan el éxito deseado, sino que tienen por consecuencia formaciones sustitutivas de lo reprimido y penosas formaciones reactivas del yo.

Los mismos órganos y sistemas de órganos están al servicio tanto de las pulsiones sexuales como de las yoicas. No se puede servir a dos amos al mismo tiempo. Mientras más íntimo sea el vínculo en que un órgano dotado de esa doble función entre con una de las grandes pulsiones, tanto más se rehusará a la otra. Cuando las dos funciones básicas están en discordia, desde el yo se mantiene una represión contra la pulsión sexual parcial respectiva, y produce consecuencias patológicas. Si la pulsión sexual parcial que se sirve del ver se ha atraído a causa de las hipertróficas exigencias, la contradefensa de las pulsiones yoicas produce que las representaciones se reprimen y queda perturbado el vínculo del ojo y del ver con el yo y la conciencia. El órgano se pone por entero a disposición de la pulsión sexual reprimida. La pulsión reprimida, coartada de un ulterior despliegue psíquico, acrecienta su imperio sobre el órgano que la sirve. La pérdida del imperio conciente sobre el órgano es la formación sustitutiva de la represión fracasada.


Sobre la dinámica de la transferencia (1912)
Todo ser humano por efecto conjugado de sus disposiciones innatas y de los influjos que recibe en su infancia, adquiere una especificidad determinada para el ejercicio de su vida amorosa, y las pulsiones que satisfará, así como las metas que habrá de fijarse. Disposición y azar determinan el destino del hombre. Esto da por resultado un clisé que se repite de manera regular en la trayectoria de la vida, en la medida en que lo consientan las circunstancias exteriores y la naturaleza de los objetos de amor asequibles. Solo un sector de esas emociones ha recorrido el pleno desarrollo psíquico: ese sector está vuelto hacia la realidad objetiva, disponible para la personalidad conciente. Otra parte de las mociones libidinosas ha sido demorada en el desarrollo, está apartada de la personalidad conciente y la realidad objetiva, y sólo tuvo permitido desplegarse en la fantasía o ha permanecido por entero en lo inconsciente. Y si la necesidad de amor de alguien no está satisfecha de manera exhaustiva por la realidad, se verá precisado a volcarse con unas nuevas representaciones-expectativa libidinosas hacia cada nueva persona que aparezca. Es normal que la investidura libidinal aprontada en la expectativa de alguien que está parcialmente insatisfecho se vuelva hacia el médico. Esa investidura se atendrá a modelos, se anudará a uno de los clisés, insertará al médico en una de las series psíquicas que ha formado. No solo las representaciones-expectativa concientes han producido la transferencia, sino también las rezagadas o inconscientes.

La transferencia se hace intensa en neuróticos bajo análisis; y es la más fuerte resistencia al tratamiento, así como la portadora del efecto salutífero, como condición del éxito. Cuando las asociaciones libres fallan, se deniegan verdaderamente, es porque está bajo el impero de una ocurrencia relativa al analista.

La más poderosa palanca del éxito se muda en el medio más potente de resistencia. Este proceso no es característico del psicoanálisis sino de la neurosis.

Una condición previa de toda psiconeurosis es la introversión de la libido: disminuye el sector de la libido susceptible de conciencia, vuelta hacia la realidad, y en esa medida aumenta el sector de ella entrañada de la realidad objetiva, inconsciente. La libido se ha internado por el camino de la regresión y reanima los imagos infantiles. Todas las fuerzas que causaron la regresión se elevan como resistencias al trabajo para conservar ese estado. La introversión se produjo por una frustración de la satisfacción exterior. La libido disponible había estado bajo la atracción de las partes de complejos inconscientes. Para liberarla es preciso vencer la atracción de lo inconsciente, cancelar la represión (esfuerzo de desalojo) de las pulsiones inconscientes y sus producciones. Cada acto del paciente se forma como compromiso entre las fuerzas cuya meta es la salud y las reprimidas.

Si se persigue un complejo patógeno desde su subrogación conciente (síntoma) hasta su raíz inconsciente, hay una zona donde la resistencia se hace nítida y la ocurrencia que surja aparece como un claro compromiso entre sus requerimientos y los del trabajo de investigación. En este punto sobreviene la transferencia: algo del material del complejo es transferido sobre el psicoanalista, esa transferencia da una ocurrencia inmediata y se anuncia mediante una resistencia (ej: detención de las ocurrencias). Siempre que se aproxima a un complejo patógeno, primero se adelanta hasta la conciencia la parte susceptible de transferencia, y es defendida.

En la cura analítica la transferencia se presenta como el arma más poderosa de la resistencia, y la intensidad será efecto de ésta última.

Hay dos tipos de transferencias: una positiva, de sentimientos tiernos, y una negativa de sentimientos hostiles. La positiva puede ser amistosa (susceptible de conciencia) y erótica (inconsciente). La transferencia que puede resultar como resistencia de la cura es la negativa, o una positiva de mociones eróticas reprimidas. El otro componente, el conciente, es el portador del éxito.

La ambivalencia de las orientaciones del sentimiento es lo que mejor nos explica la aptitud de los neuróticos para poner sus transferencias al servicio de la resistencia. El enfermo actúa sus pasiones sin atender a la situación objetiva real. El médico quiere constreñirlo a insertar esas mociones en la trama del tratamiento (lucha entre intelecto y vida pulsional, discernir y actuar). La transferencia brinda el servicio de volver actuales y manifiestas las mociones de amor escondidas y olvidadas de los pacientes.


Sobre la iniciación del tratamiento (1913)
No se debe ceder frente al paciente que niega sus ocurrencias: esto es producto de la resistencia. Pueden confesar que se guardó algo, ha hecho a un lado ciertos pensamientos, o lo atareó la imagen de la habitación donde se encuentra. Todo lo que se anuda a la situación presente corresponde a una transferencia sobre el médico, la que prueba ser apta para la resistencia. Desde ésta se encuentra con rapidez el acceso al material patógeno. También los primeros síntomas o acciones casuales merecen un interés particular. Puede que la sesión se divida en una parte inhibida y una cordial, y lo utilizará como material.

Mientras que las ocurrencias y comunicaciones afluyan sin detención, no hay que hablar de la transferencia. Sólo se hablará de ella cuando sea resistencia para la cura.

A su vez solo se comunicará al paciente el significado de tal o cual ocurrencia una vez que se haya establecido una transferencia operativa, un rapport. No hará más que crear mayores resistencias cuanto mayores aciertos tenga. El paciente sólo con el tiempo lo introducirá en una de los imagos de aquellas personas de quienes estuvo acostumbrado a recibir amor. No vale de nada informar al paciente sobre sucesos de su vida, ya que esto no asegura que los recordará y sortearán las resistencias al acceso conciente. El enfermo sabe sobre la vivencia reprimida en su pensar, pero le falta la conexión con aquel lugar donde se halla de algún modo el recuerdo reprimido. Solo puede producirse un cambio si el proceso conciente de pensar avanza hasta ese lugar y vence las resistencias de la represión.

El motor más directo de la terapia es el padecer del paciente y el deseo que ahí se engendra de sanar. Es mucho lo que se debita de la magnitud de esta fuerza pulsional, pero ésta, de la cual cada mejoría trae aparejada su disminución, tiene que conservarse hasta el final. Por sí sola es incapaz de eliminar la enfermedad: no conoce los caminos que se deben recorren y no suministra los montos de energía necesarios contra las resistencias. El tratamiento analítico remedia ambos déficit. Las magnitudes de afecto se suplen movilizando las energías aprontadas para la transferencia y mediante las comunicaciones muestra al enfermo los caminos para guiar esas energías.


La predisposición a la neurosis obsesiva (1913)
Para la contracción de neurosis hay causas constituciones y accidentales. Las predisposiciones dependen del recorrido que hayan hecho las funciones psíquicas hasta alcanzar el estado característico de la persona normal. Toda vez que un fragmento de función quede en el estadio anterior se produce un lugar de fijación a los cuales la función puede regresar en caso de que se contraiga enfermedad por una perturbación exterior. Nuestras predisposiciones son inhibiciones del desarrollo.

La secuencia temporal con que las afecciones irrumpen la vida corresponden al orden: histeria, neurosis obsesiva, paranoia, demencia precoz. Las formas patológicas histéricas se observan en la primera infancia; la neurosis obsesiva muestra sus síntomas en el segundo período de la infancia; las otras psiconeurosis (parafrenia) aparecen después de la pubertad. Éstas últimas, caracterizadas por manía de grandeza, extrañamiento del mundo de los objetos y dificultad de transferencia, se producen por fijación en un estadio de desarrollo libidinal anterior al establecimiento de la elección de objeto, en la fase del autoerotismo y del narcisimo.

La primera fase del desarrollo de la función libidinosa es la del autoerotismo, en la cual pulsiones parciales singulares buscan su satisfacción de placer en el cuerpo propio, y luego la síntesis de todas las pulsiones parciales en la elección de objeto, bajo el primado de los genitales, al servicio de la reproducción. En medio hay un estadio de narcisismo en que la elección de objeto coincide con el yo. Previo a la plasmación final, las pulsiones parciales se reúnen en la elección de objeto ajeno, pero aún no está instituido el primado de las zonas genitales. Las pulsiones parciales que gobiernan la organización pregenital de la vida sexual son anal-eróticas y sádicas. Las pulsiones parciales asumen en la neurosis la subrogación de las genitales.

En el caso analizado, la paciente comenzó con fantasías sádicas de paliza que fueron sofocadas, y luego vino un período de latencia que pasó por un desarrollo moral de alto vuelo. Posteriormente la primera gran frustración, desvalorización de la vida genital, hizo caer su vida sexual en el estadio infantil del sadismo. En este caso la predisposición a la neurosis obsesiva es revelada por el estadio de desarrollo más alto y luego es activada por regresión. En otros casos la organización sexual que contiene la predisposición nunca vuelve a ser superada del todo una vez que se estableció.

En la elección pregenital del objeto la oposición masculino-femenina introducida por la función de reproducción, no había estado aún presente. Hay, en cambio, oposición entre aspiraciones de meta pasiva y activa, que más tarde se suelda con la oposición entre los sexos. La actividad es sufragada por la pulsión de apoderamiento (sadismo) al servicio de la función sexual. La corriente pasiva es alimentada por el erotismo anal.

En las formaciones de carácter sustituye la represión por unas formaciones reactivas y sublimaciones. También la ratificación de la organización sádico-anal cuando se resignan las funciones genitales produce una mudanza de carácter por la regresión de la vida sexual al estadio pregenital. No solo es su precursora (de la fase genital) sino su sucesora y relevo una vez que éstos han cumplido su función.

La pulsión de saber es un brote sublimado, elevado a lo intelectual, de la pulsión de apoderamiento.

La predisposición histórico-genética a una neurosis sólo queda completa cuando toma en cuenta la fase del desarrollo yoico en que sobrevino la fijación a la vez que la libidinal. Un apresuramiento del desarrollo yoico constreñiría una elección de objeto mientras que la pulsión sexual no ha alcanzado todavía su plasmación última. Dejaría como secuela una fijación en el estadio del orden sexual pregenital.

La histeria tiene un vínculo íntimo con la última fase del desarrollo libidinal, que se singulariza por el primado de los genitales y la introducción de la función reproductora. Esta adquisición sucumbe a la represión, supone una regresión al nivel bajo el imperio de la sexualidad masculina que fue reprimida cuando elevó a la vagina a la condición de zona erógena dominante en detrimento del clítoris como órgano rector. En la histeria sobreviene una reactivación de la sexualidad masculina y una lucha defensiva contra esta producto de las pulsiones yoicas.
Introducción al Narcisismo (1914)
I. Narcisismo: un individuo total retiene su libido en el interior del yo y no desembolsa nada de ella en investidura de objeto. Da a su cuerpo propio un trato parecido al que daría al cuerpo de un objeto sexual, hasta alcanzar la satisfacción plena. Puede cobrar el significado de una perversión que ha absorbido toda la vida sexual de la persona. Sin embargo una colocación de la libido narcisista es parte del desarrollo sexual regular. Es un complemento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación.

El destino de la libido sustraída de los objetos fue conducido al yo, y surgió una conducta narcisista. Este narcisismo, que nace por replegamiento de las investiduras de objeto es secundario, que se edifica sobre la base del primario.

Este último presupone una originaria investidura libidinal del Yo, cedida después a los objetos. Hay una oposición entre libido Yoica y libido de Objeto. Cuánto más gasta una, más se empobrece la otra. En el enamoramiento se desarrolla la segunda, resignando la personalidad a favor de la investidura de objeto, y el opuesto está en la fantasía de los paranoicos. Al comienzo éstas están juntas en el estado del narcisismo y son indiscernibles y sólo con la investidura de objeto se vuelve posible diferenciar una energía sexual (libido) de una energía de las pulsiones Yoicas.

No está presente desde el comienzo una unidad comparable al Yo: debe desarrollarse. Las pulsiones autoeróticas son iniciales, por tanto debe agregarse una nueva acción para que se constituya el narcisismo.

La separación entre libido Yoica y libido de objeto es la insoslayable prolongación de la división entre pulsiones sexuales y pulsiones Yoicas. La separación de las pulsiones sexuales respecto de las Yoicas no hace más que reflejar la doble función del individuo: que es fin para sí mismo y eslabón dentro de una cadena de la cual es tributario contra su voluntad, portador mortal de una sustancia inmortal

II. Tanto en casos de enfermedad, como en la hipocondría o incluso cuando se duerme, cuando los genitales se encuentran en estado de excitación toda la investidura del mundo externo es introvertida hacia el Yo. La actividad por la cual un lugar del cuerpo envía a la vida anímica estímulos de excitación sexual es la erogenidad. Algunas zonas del cuerpo (zonas erógenas) pueden subrogar a los genitales y comportarse de manera análoga a ellos.

Al comienzo la libido yoica quedó ocultada tras la libido de objeto, ya que las primeras satisfacciones sexuales autoeróticas se apuntalan en funciones vitales de autoconservación. Las pulsiones sexuales se apuntalan en la satisfacción de las pulsiones yoicas, y más tarde se independizan. Las personas encargadas de la nutrición y el cuidado devienen los primeros objetos sexuales. El niño elige sus objetos tomándolos de vivencias de satisfacción. Pero en algunos casos no eligen su posterior objeto de amor según el modelo de la madre, sino según la propia persona. Se buscan a sí mismos como objeto, exhiben el tipo de elección de objeto narcisista. El narcisismo primario puede expresarse de manera predominante en su elección de objeto.

Se ama, entonces: según el tipo narcisista a lo que uno es, a lo que fue, a lo que querría ser, a la persona que fue parte de si mismo (hijo); y según el tipo de apuntalamiento a la mujer nutricia, o al padre protector.

III. El narcisismo originario está expuesto al peligro del complejo de castración (angustia por el pene en el varón, envidia del pene en la niña).

Mociones pulsionales libidinosas sucumben a la represión cuando entran en conflicto con representaciones éticas y morales. La represión parte del Yo, del Ideal por el cual mide su yo actual. La formación del ideal sería la condición de la represión de parte del Yo. Sobre el ideal del yo recae el amor de sí mismo. El narcisismo aparece desplazado a esta nueva formación que posee todas las perfecciones valiosas. Como en el ámbito de la libido, el hombre es incapaz de renunciar a la satisfacción una vez gozada, no quiere privarse de la perfección narcisista de su infancia, y proyecta su ideal como un sustituto del narcisismo perdido en la que él fue su propio yo ideal.

La sublimación es el proceso que atañe a la libido de objeto y consiste en que la pulsión se lanza a otra meta distante de la satisfacción sexual. La idealización es un proceso que envuelve al objeto, sin variar de naturaleza, que es engrandecido y realzado psíquicamente. Es posible tanto en el campo de la libido Yoica como la de Objeto. La sublimación ocurre con la libido; la idealización con el objeto.

La formación del ideal aumenta las exigencias del yo y es el más fuerte favorecedor de la represión. En cambio la sublimación es la vía de escape que permite cumplir la exigencia sin dar lugar a la represión.

Hay una instancia psíquica cuyo cometido es asegurarse la satisfacción narcisista proveniente del ideal del Yo, observando al Yo actual y midiéndolo con el ideal (Superyo). Es característico de nuestra conciencia moral.

La incitación para formar el ideal del yo, cuya tutela se confía a la conciencia moral, partió de la influencia crítica de los padres. Grandes montos de libido homosexual fueron convocados para su formación, y encuentran satisfacción en éste. Todo lo que uno posee y ha alcanzado cada resto del primitivo sentimiento de omnipotencia corroborado por la experiencia, contribuye a incrementar el sentimiento de sí. El sentimiento de sí depende de la libido narcisista. El ser amado constituye la meta y la satisfacción en la elección de objeto narcisista. La investidura libidinal de objetos no eleva el sentimiento de sí, la dependencia con el ser amado tiene el efecto contrario: lo rebaja. El que ama ha sacrificado un fragmento de su narcisismo y solo puede restituirlo por el ser amado.

Las relaciones del sentimiento de si con el erotismo pueden exponerse:

-según que las investiduras amorosas sean acordes con el yo: el amor es otra función del Yo. El amar rebaja la autoestima, y el ser amado, hallar un objeto de amor, poseer al objeto, vuelven a elevarla.

-según que hayan experimentado una represión: la investidura de amor es sentida como grave reducción del yo, la satisfacción de amor es imposible y el re-enriquecimiento del yo sólo se vuelve posible por el retiro de la libido de los objetos. El retroceso de la libido de objeto al yo, su mudanza en narcisismo vuelve a establecer un amor dichoso de cuando libido objeto y yoica eran la misma cosa.

El desarrollo del Yo consiste en un distanciamiento respecto del narcisismo primario y engendra una intensa aspiración a recobrarlo. Acontece mediante el desplazamiento de la libido a un ideal del yo impuesto desde afuera y la satisfacción se obtiene mediante el cumplimiento de ese ideal.

El Yo ha emitido las investiduras libidinosas de objeto, se empobrece a favor de éstas y se enriquece por satisfacciones de objeto y cumplimiento del ideal.

Una parte del sentimiento de sí es primario, el residuo del narcisismo infantil; otra parte brota el cumplimiento del ideal del yo; una tercera de la satisfacción libidinal de Objeto.

El ideal del yo impuso difíciles condiciones a la satisfacción libidinal con los objetos. Donde no se ha desarrollado un ideal la aspiración sexual ingresa inmodificada en la persona como perversión.

El enamoramiento es un desborde de la libido yoica sobre el objeto. Cancela las represiones y restablece las perversiones. Eleva el objeto sexual a ideal sexual: se idealiza lo que cumple la condición de amor infantil.

Donde la satisfacción narcisista tropieza con impedimentos reales, el ideal sexual puede ser usado como satisfacción sustitutiva. Se ama siguiendo el tipo de la elección narcisista de objeto, lo que uno fue o lo que no tiene o le falta para alcanzar el ideal del yo. La insatisfacción por el incumplimiento del ideal libera libido homosexual que se muda en conciencia de culpa, (angustia social).
Puntualizaciones sobre el amor de transferencia (1915)
La paciente durante la transferencia positiva, cambia la escena, de la terapia al analista, se declara sana. Pero toda cuanto estorbe proseguir la cura puede ser la exteriorización de una resistencia. La paciente ya no intelige nada, parece absorta en su enamoramiento y todo esto surge en un punto en que debía recordar un fragmento penoso y reprimido de su autobiografía. La resistencia se sirve de éste para inhibir la prosecución de la cura. La resistencia como agente provocador acrecienta el enamoramiento ya presente, invocando la acción eficaz de la represión.

Uno llama lo reprimido a la conciencia para resolverlo, no para volver a reprimirlo. Hay que dejar subsistir en el enfermo necesidad y añoranza, y guardarse de apaciguarlas.

Si cede ante la necesidad de amor del paciente, este último habría conseguido aquello a lo cual aspiran todos los enfermos en análisis: actuar, repetir en la vida aquello que sólo deben recordar, reproducir como material psíquico. Ella sacaría a relucir todas las inhibiciones y reacciones patológicas de su vida, y concluiría en arrepentimiento y refuerzo de su inclinación represora. Por otro lado pondría término a la posibilidad de influir mediante tratamiento analítico. Consentir una apetencia amorosa es tan funesto como sofocarla. Debe guardarse de desviar la transferencia y ahuyentarla, y al mismo tiempo de corresponderle.

Pero también puede ocurrir que la paciente se muestre recalcitrante e indócil; haya arrojado todo interés por el tratamiento y no tenga respeto alguno por el médico.

El amor no conlleva ningún rasgo nuevo que brote de la situación presente, sino que se compone por entero de repeticiones y calco de reacciones anteriores, incluso infantiles. La meta a partir de la transferencia será descubrir la elección infantil de objeto y las fantasías urdidas.

La resistencia no crea al enamoramiento, lo encuentra y se sirve de él exagerándolo. Éste consta de reediciones de rasgos antiguos y repite reacciones infantiles. Ese es el carácter esencial de todo enamoramiento: repetir modelos infantiles. Esto constituye su carácter compulsivo. El amor de transferencia permite discernir con más nitidez su dependencia a estos modelos, se muestra menos flexible y modificable. La diferencia con el amor normal es que es provocado por la situación analítica, es empujado por las resistencias, y carece en alto grado del miramiento por la realidad objetiva, es menos prudente y cuidadoso, más ciego.


Puntualizaciones psicoanalíticas descritas autobiográficamente:

Caso Schreber (1911)


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