Freud desde 1893 hasta 1940



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III. El Yo y el Superyo: En la fase oral es imposible distinguir entre investidura de objeto e identificación. Las investiduras de objeto parten del Ello, el Yo recibe noticia de ellas y busca satisfacerlas o defenderse mediante la represión. El Ello sólo resigna sus objetos mediante una erección del objeto en el Yo; introyectándolo e identificándose con él. El carácter del Yo es una sedimentación de las investiduras de objeto resignadas.

Otro punto de vista enuncia que esta transposición de elección erótica de objeto en una alteración del Yo permite a éste dominar al Ello y profundizar sus vínculos con el Ello. Cuando el Yo cobra los rasgos del objeto se impone al Ello como objeto de amor; transpone libido de objeto en libido narcisista, resignando las metas sexuales y sublimando las mociones pulsionales. El Ello es el gran reservorio de la libido. La libido que afluye al Yo a través de las identificaciones produce el narcisismo secundario.

Los efectos de las primeras identificaciones serán universales y duraderos. La identificación con el padre de la prehistoria personal es una identificación inmediata y directa anterior a cualquier investidura de objeto. Las elecciones de objeto del primer período sexual tienen su desenlace en la identificación primaria, responsable de la conformación del Superyo. Dos factores intervienen: la disposición triangular Edípica y la bisexualidad constitucional del individuo.

La identificación primaria es la de los progenitores de la prehistoria personal, del complejo de Edipo, la identificación secundaria es la investidura de objetos en la que el Yo toma los rasgos de ellos para ser tomado por objeto de sí mismo.

El niño desarrolla una investidura de objeto hacia la madre, apuntalado en el pecho como ejemplo arquetípico de elección de objeto. Del padre se apodera por identificación. Por refuerzo de los deseos sexuales hacia la madre y la percepción del obstáculo que representa el padre, nace el complejo: la identificación con el padre se vuelve hostil, se trueca en el deseo de eliminarlo y sustituirlo. La relación se vuelve ambivalente. Con la caída del complejo se resigna la investidura de objeto de la madre: se reemplaza por una identificación con la madre o un refuerzo de la identificación-padre.

En la niña más que en el varón las identificaciones introducen en el Yo al objeto resignado: cuando renuncia al padre retoma y destaca su masculinidad y se identifica con el padre que es el objeto perdido. Depende de que sus disposiciones masculinas posean intensidad suficiente.

Por lo tanto el desenlace de la situación Edípica depende de la intensidad de las disposiciones sexuales. Otro de los modos en que la bisexualidad interviene en el destino del complejo, es en caso de duplicación del mismo: el niño tiene Edipo positivo y negativo al mismo tiempo, posee una actitud ambivalente hacia el padre y una elección tierna hacia la madre, pero simultáneamente se comporta como niña, mostrando una actitud femenina hacia el padre y una hostil hacia la madre. Esto dificulta penetrar en las constelaciones de las elecciones de objeto e identificación primarias. El Edipo Completo culmina cuando las cuatro aspiraciones se desdoblan de tal manera de que surge una identificación padre y madre; la identificación padre retendrá el objeto madre del complejo positivo y el padre del complejo invertido; y lo mismo la identificación madre. Estas identificaciones que son alteraciones del Yo se enfrentan al otro contenido del Yo como Superyo. No es un residuo de las primeras elecciones de objeto del Ello, sino que son una formación reactiva frente a ellas. Su vínculo con el Yo no es sólo una advertencia (ser como el padre) sino es también una prohibición (no puede ser como el padre = debe resignar a su madre como objeto de amor). Debe su génesis a la represión del Complejo de Edipo. El padre fue el obstáculo para la realización de los deseos y el Yo se fortaleció de la represión erigiendo sobre sí el mismo obstáculo: al padre. Toma prestada del padre su fuerza, conserva su carácter en el Superyo y cuanto más intenso fue el complejo y más rápido se produjo su represión, tanto más riguroso devendrá el Superyo como sentimiento inconsciente de culpa del Yo.

La génesis del Superyo es el resultado de dos factores biológicos: el desvalimiento y la dependencia del ser humano durante su infancia, y el Complejo de Edipo. El Superyo es la representación del representante de nuestro vínculo parental. Es la herencia del Complejo de Edipo, expresión de las más potentes mociones y los más importantes destinos libidinales del Ello. Mediante su institución el Yo se apodera del complejo y se somete al Ello. El Yo representa el mundo exterior; el Superyo es el abogado del mundo interior: del Ello. La tensión entre las exigencias de la conciencia moral y las operaciones del Yo es sentida como sentimiento de culpa.

La diferenciación entre Yo y Ello es la expresión necesaria del influjo del mundo exterior. El Superyo se genera por aquellas vivencias que llevaron al totemismo. Las vivencias del Yo parecen perderse, pero si se repiten con frecuencia e intensidad en muchos individuos se transponen en vivencias del Ello cuyas impresiones son conservadas por herencia. El Ello albergo los restos de innumerables existencias-yo y cuando el Yo extrae del Ello la fuerza para su Superyo, saca plasmaciones yoicas más antiguas.

IV. Las dos clases de pulsiones: El Yo se encuentra bajo la influencia de la percepción; el Ello bajo las pulsiones; pero el Yo está sometido a la acción de las pulsiones lo mismo que el Ello, del que no es más que un sector modificado.

Hay dos tipos de pulsiones: las sexuales o Eros, formadas por las pulsiones sexuales no inhibidas, las sublimadas y de meta inhibida, y las pulsiones de autoconservación; y la pulsión de muerte, encargada de reconducir al ser vivo al estado inerte. El Eros persigue la meta de complicar la vida mediante la reunión, la síntesis de la sustancia viva dispersada en partículas para conservarla.

Ambas se comportan de manera conservadora en sentido estricto, pues aspiran a restablecer un estado perturbado por la génesis de la vida. La vida sería un compromiso entre dos aspiraciones: la causa de que continúe la vida y la pugna hacia la muerte. Con cada una de estas clases de pulsiones se coordinaría un proceso fisiológico particular: anabolismo y catabolismo. En cada fragmento estarían activas ambas en una mezcla desigual. Como consecuencia de la unión de los organismos elementales en seres pluricelulares se consiguió neutralizar la pulsión de muerte de las células singulares y desviar hacia el mundo exterior las mociones destructivas por mediación de la musculatura. La pulsión de muerte se exteriorizaría como pulsión de destrucción dirigida al mundo exterior y a otros seres vivos. La pulsión de destrucción es sincronizada a fines de la descarga al servicio del Eros. La esencia de una regresión libidinal estriba en una desmezcla de pulsiones y a la inversa, el progreso tiene por condición un suplemento de componentes eróticos.

En la vida anímica hay una energía desplazable que puede agregarse a una moción erótica o destructiva y elevar su investidura. En las pulsiones sexuales parciales, es posible comprobar algunos procesos similares: se comunican entre sí, una puede donar su intensidad a otra que proviene de otra fuente; la satisfacción de una puede sustituir la de la otra. Esta energía activa tanto en el Yo como en el Ello proviene del acopio libidinal narcisista, o sea, Eros desexualizada. Esta libido trabaja al servicio del principio de placer para facilitar ciertas descargas. Esta energía de desplazamiento es libido desexualizada o sublimada, pues seguiría perseverando con el propósito del Eros de unir y ligar.

Al principio toda libido está acumulada en el Ello, en tanto el Yo está formándose. El Ello envía una parte de esta libido a investiduras eróticas de objeto luego de lo cual el Yo fortalecido procura apoderarse de esta libido de objeto e imponerse al Ello como objeto de amor. El narcisismo del Yo es un narcisismo secundario, sustraído de los objetos.

Las mociones pulsiones se revelan como retoños del Eros. Las pulsiones de muerte son esencialmente mudas y casi todo el alboroto de la vida parte del Eros. Las pulsiones de destrucción dirigidas hacia afuera han sido desviadas del sí mismo propio por la mediación del Eros.



V. Los vasallajes del Yo: El Yo se forma desde identificaciones que toman el relevo de investiduras del Ello resignadas. Las primeras de estas identificaciones se contraponen como Superyo. El Superyo es el heredero del Complejo de Edipo y conserva su carácter originario: su capacidad para contraponerse al Yo y dominarlo. Es el monumento recordatorio de la endeblez y dependencia en que el Yo se encontró. Al descender de las primeras investiduras de objeto del Ello lo pone en relación con las adquisiciones filogenéticas de éste y lo convierte en reencarnación de anteriores formaciones yoicas. Se sumerge en el Ello por lo que se distancia del Yo.

En la clínica se produce en algunos casos una reacción terapéutica negativa en la que el paciente refuerza sus síntomas frente a una mejoría en el tratamiento. No prevalece la voluntad de curar sino la necesidad de estar enfermos. Esta resistencia a la cura es más poderosa que otros como la inaccesibilidad narcisista, la actitud negativa frente al médico o la ganancia de la enfermedad. Se trata de un sentimiento de culpa que halla su satisfacción en la enfermedad y no quiere renunciar al castigo del padecer. Ese sentimiento de culpa es mudo para el enfermo.

En la neurosis obsesiva el sentimiento de culpa es hiperexpreso, y el Yo se revuelve frente a ellos y produce formaciones reactivas. El Superyo está influido por el Ello Icc.

En la melancolía el Superyo ha arrastrado la conciencia pero el Yo se confiesa culpable y se somete al castigo. El objeto al que se dirige la cólera ha sido acogido en el Yo por identificación. En ambos casos el sentimiento de culpa es conciente.

En la histeria el sentimiento de culpa permanece Icc, el Yo se defiende de la percepción penosa con que lo amenaza la crítica del Superyo, y lo reprime. En este caso se vale de la misma arma que está al servicio del Superyo, contra su amo. Mantiene lejos el material a que se refiere su sentimiento de culpa.

El Superyo proviene también de lo oído y es una parte del Yo accesible a la conciencia desde representaciones palabra Prcc (conceptos, abstracciones); pero la energía de investidura le es aportada por las fuentes del Ello.

La conservación del objeto garantiza la seguridad del Yo. En la neurosis obsesiva la regresión a la organización pregenital hace posible que los impulsos de amor se traspongan en impulsos de agresión hacia el objeto. La pulsión de destrucción queda liberada y quiere aniquilar al objeto. El Yo se revuelve contra estas tendencias con formaciones reactivas y medidas precautorias, y permanecen en el Ello. El Superyo se comporta como si el Yo fuera responsable de ellas. El Yo desvalido se defiende contra el Ello agresivo y el Superyo castigador. Consigue inhibir las acciones más groseras de ambos, y el resultado es un automartirio y al final, una martirización sistemática del objeto. El Ello es totalmente amoral, el Yo se empeña en ser moral y el Superyo es hipermoral, incluso cruel. Cuanto más se empeñe el ser humano en limitar su agresión, más severo se torna su Superyo. La explicación se halla en que el Superyo es sublimación, identificación con el arquetipo paterno que fue desexualizado; se produjo una desmezcla pulsional, el componente erótico no tiene fuerza para ligar la destrucción y ésta se libera como agresión de la que toma su fuerza y crueldad. También la desmezcla se puede producir por regresión (como en la neurosis obsesiva).

Las pulsiones de muerte se tornan inofensivas por mezcla con componentes eróticos, se desvían hacia fuera como agresión y en buena parte prosiguen su trabajo sin obstáculos.

El Yo, entonces, está encargado de establecer el ordenamiento temporal de los procesos anímicos y someterlos al examen de la realidad; aplaza las descargas motrices y gobierna los accesos a la motilidad por medio del pensamiento; se enriquece desde afuera y desde el Ello al cual sustrae libido, transforma las investiduras de objeto del Ello en conformaciones del Yo; con ayuda del Superyo se nutre de las experiencias de la prehistoria almacenadas en el Ello.

Sufre la amenaza de tres clases de peligros: del mundo exterior, de la libido del Ello y de la severidad del Superyo. El Yo pretende mediar entre el mundo y el Ello, hacer que el Ello obedezca al mundo y que el mundo cumpla los deseos de él. Es el auxiliador del Ello, pero también es su siervo.

Hay dos caminos por el que el contenido del Ello puede penetrar en el Yo: uno es el directo, el otro a través del Superyo.

Mediante su trabajo de identificación y sublimación, presta auxilio a las pulsiones de muerte para dominar a la libido, pero cae en el peligro de sucumbir a ellas. A fin de prestar ese auxilio, él mismo tuvo que llenarse con libido, y devenir subrogado del Eros. Pero como la sublimación tiene por consecuencia una desmezcla pulsional y liberación de Thánatos sobre el Superyo, su lucha contra la libido lo expone al peligro del maltrato y de la muerte.

El Yo es el almácigo de la angustia; desarrolla el reflejo de huida retirando su propia investidura de la percepción amenazadora o del proceso del Ello. Frente al Superyo el Yo produce la angustia de la conciencia moral. El núcleo en torno al cual se deposita esta angustia es la angustia de castración.
Inhibición, síntoma y angustia (1926)
V. (Neurosis obsesiva). En la histeria de conversión no se presenta la angustia, los síntomas más frecuentes son procesos de investidura permanentes o intermitentes. Sustituyen a un decurso excitatorio perturbado concentrando toda la energía en ese fragmento.

En la neurosis obsesiva los síntomas son o bien prohibiciones, medidas precautorias, penitencias, o satisfacciones sustitutivas con disfraz simbólico. También la inclinación a la síntesis puede provocar satisfacción en la prohibición. Se asiste aquí a una lucha continuada contra lo reprimido, y el yo y el superyo participan en la formación de síntoma. La situación inicial de la neurosis obsesiva así como de la histeria es la defensa contra las exigencias libidinosas del complejo de Edipo. Cuando el Yo da comienzo a sus intentos defensivos se propone como meta rechazar la organización fálica hacia el estadio anterior sádico-anal. Entonces el estadio fálico se ha alcanzado en el momento del giro hacia la neurosis obsesiva.

La regresión se puede explicar por una desmezcla de pulsiones, en la segregación de los componentes eróticos que al comienzo de la fase genital se habían sumado a las investiduras destructivas de la fase fálica. La regresión es el primer éxito del Yo en la lucha defensiva contra la exigencia de la libido. El complejo de castración es el motor de la defensa y ésta cae sobre las aspiraciones del complejo de Edipo. La represión es sólo uno de los mecanismos de que se vale la defensa. En el período de latencia, que se caracteriza por el sepultamiento del complejo de Edipo, se consolida el Superyo y se levantan las barreras éticas del Yo. En la neurosis obsesiva se le agrega la degradación regresiva de la libido, el Superyo se vuelve particularmente severo, el Yo desarrolla en obediencia al Superyo elevadas formaciones reactivas de la conciencia moral, la compasión, la limpieza. Se proscribe la tentación a continuar con el onanismo de la primera infancia que se apuntala en representaciones regresivas (sádico-anales); todo onanismo sofocado fuerza en la forma de acciones obsesivas una aproximación cada vez mayor a su satisfacción.

Junto a la represión y la regresión un nuevo mecanismo de defensa son las formaciones reactivas dentro del Yo, que son exageraciones de la formación normal del carácter. El Superyo no puede sustraerse de la regresión y desmezcla de pulsiones del Ello.

En el período de latencia la defensa contra la tentación onanista es la tarea principal que produce una serie de síntomas que se repiten y presentan el carácter de un ceremonial. La libido se coloca en los desempeños que están destinados a ejecutarse automáticamente: lavarse, vestirse, la locomoción, la inclinación a la repetición. La sublimación de componentes de erotismo anal desempeña un papel en la neurosis.

En la pubertad la organización genital se reinstala con gran fuerza, se vuelven a despertar las mociones agresivas iniciales y un sector de las nuevas mociones libidinosas se ve precisado a marchar por las vías que prefiguró la regresión, y a emerger en condición de propósitos agresivos y destructivos. La lucha contra la sexualidad continúa bajo banderas éticas, el yo se revuelve contra mociones crueles y violentas provenientes del Ello, (en realidad lucha contra deseos eróticos); el Superyo hipersevero se afirma en la sofocación de la sexualidad. Lo que defiende ha devenido mas intolerante; aquello de lo que se defiende más insoportable, todo producto de la regresión libidinal.

La representación obsesiva desagradable deviene conciente, pero antes ha atravesado la represión, y ha emergido desfigurado, como un sustituto de una imprecisión onírica o vuelto irreconocible mediante un absurdo disfraz. La represión elimina el carácter afectivo y la agresión aparece como un mero contenido de pensamiento. El Superyo se comporta como si la moción agresiva le fuera notoria en su verdadero texto y con pleno carácter de afecto. El Yo debe registrar un sentimiento de culpa y asumir una responsabilidad que no puede explicarse. Por medio de la represión el Yo se ha clausurado frente al Ello en tanto permanece accesible a los influjos que parten del Superyo. Pero también hay neurosis obsesivas sin sentimiento de culpa, se ahorra percibirlo mediante otra serie de síntomas, acciones de penitencia, etc. Tales síntomas significan al mismo tiempo satisfacciones de mociones pulsionales masoquista reforzadas por la regresión.

La tendencia general de la formación de síntoma es entonces la satisfacción sustitutiva a expensas de la denegación. El Yo cada vez más limitado, paralizado en su voluntad, se ve obligado a satisfacer sus síntomas.



VII. Caso del pequeño Hans: En las zoofobias el Yo procede contra una investidura de objeto libidinosa del Ello (del complejo de Edipo positivo o negativo) porque ceder a ella procura la castración. La corriente tierna (hacia la madre) es erótica, la agresiva (hacia el padre) depende de la pulsión de destrucción. En las neurosis el Yo se defiende de las exigencias libidinosas. Tras la formación de la fobia la ligazón con la madre ha sido reprimida y la formación sintomática es una sustitución en torno de la moción agresiva.

En el desarrollo libidinal el sadismo es un subrogado de la pulsión de agresividad. Las pulsiones vienen siempre ligadas en diversas proporciones de mezcla. La investidura sádica de objeto también es libidinosa y la moción agresiva puede ser sujeto de represión del mismo modo que la libidinosa erótica.

Tan pronto como se discierne peligro a la castración el Yo da la señal de angustia e inhibe el proceso de investidura amenazador del Ello a través de la instancia placer-displacer. Al mismo tiempo se produce la fobia. La angustia de castración recibe otro objeto y una expresión desfigurada (ej: ser mordido por el lobo en vez de ser castrado por el padre). La formación sustitutiva esquiva un conflicto de ambivalencia (el padre es un objeto amado y temido), y suspende el desarrollo de la angustia ya que en la fobia es facultativa: sólo emerge cuando su objeto es percibido. Impone al Yo una limitación, produce una inhibición. El peligro pulsional lo es porque conlleva un auténtico peligro exterior: la castración. La fobia sustituyó un peligro exterior por otro, nada cambió económicamente. A diferencia de la angustia realista el contenido de la angustia permanece inconsciente y solo deviene conciente la desfiguración.

En la agarofobia le quita su carácter peligroso mediante una regresión temporal y emerge como la condición bajo la cual omite la angustia: si una persona de su confianza lo acompaña como cuando niño.

La fobia se establece después que se vivencia en un circunstancia un primer ataque de angustia y reaparece cuando no se puede observar la condición protectora. En la neurosis el peligro es al castigo del Superyo eco del castigo de castración (interiorizado). El Superyo es el padre apersonal; la angustia se ha transmudado en angustia social o de la conciencia moral del cual el Yo se sustrae cumpliendo ciertos preceptos. La angustia es la reacción frente a la situación de peligro y el Yo se la ahorra evitando la situación. Los síntomas son creados para evitar la situación de peligro que es señalada mediante el desarrollo de angustia.

En el inconsciente no hay nada que pueda dar contenido a nuestro concepto de la aniquilación de la vida. La castración representa además la separación de las heces y el destete. La angustia de muerte es análoga a esta, el Yo reacciona por haber sido abandonado por el Superyo protector. A raíz de las vivencias que llevan a la neurosis traumática es quebrada la protección contra los estímulos exteriores y en el aparato ingresan volúmenes hipertróficos de excitación: no se limita a una señal-afecto sino que es también producido a partir de las condiciones económicas de la situación. La angustia como señal afecto de peligro es hacia la pérdida; la primera pérdida es el nacimiento, la separación de la madre (castración de la madre de acuerdo a la ecuación hijo = pene). Pero sin embargo la madre es aún ignorada como objeto, ergo, el nacimiento no es vivenciado subjetivamente como separación. Además la separación se siente como dolor y duelo, no como angustia.



VIII. En el estado de angustia se reproduce una vivencia que reunió las condiciones para un incremento del estímulo como el señalado y para la descarga por determinadas vías; el nacimiento es una vivencia arquetípica, sin embargo existe angustia sin el arquetipo del nacimiento. La angustia es una reacción frente al peligro que se suscitará cuando se presente un estado semejante. En la situación originaria la reacción fue justificada. En el nacimiento la inervación dirigida a los órganos de la respiración prepara la actividad pulmonar. Este acuerdo a fines falta en las posteriores reproducciones, de manera que reacciones con los viejos modelos. En cambio para prevenir el peligro es acorde con los fines.

En el nacimiento el peligro no es psíquico; el feto nota una perturbación en su libido narcisista; grandes sumas de excitación irrumpen y producen displacer. Muchos órganos se conquistan elevadas investiduras. Las fobias más tempranas no admiten reconducción al acto del nacimiento. El apronte angustiado surge más tarde y se mantiene durante el desarrollo anímico. En el niño la angustia se produce cuando la imagen mnémica de la persona añorada es investida intensivamente, al principio de forma alucinatoria. La reacción es frente a la ausencia del objeto (en la castración el objeto es el falo, y en la angustia primordial la separación de la madre) porque sabe por experiencia que satisface sus necesidades; la situación peligrosa es el aumento de la tensión de necesidad frente a la cual es impotente. La insatisfacción en que las magnitudes de estímulo alcanzan un nivel displacentero establece una analogía con la vivencia de nacimiento, la repetición de la situación de peligro. La perturbación económica por el incremento de magnitudes de estímulo en espera de tramitación, en caso del lactante que solo puede ser descargada por la madre. El niño sólo guarda de su nacimiento esta caracterización del peligro. La situación peligrosa que recuerda al nacimiento, al ser resuelta por un objeto exterior, se desplaza de la situación económica a su condición, la pérdida de objeto. Ahora el peligro es la ausencia de la madre, y da la señal de angustia tan pronto ella se ausenta, antes que sobrevenga la situación económica temida. La angustia es entonces una señal para evitar la situación de peligro. En la castración la alta estima narcisista por el pene se basa en la garantía de la reunión con la madre con el coito, sustituyendo al órgano por su propia persona. La privación de éste produce una nueva separación, y un nuevo desvalimiento a una tensión displacentera de la necesidad. La angustia del Superyo se puede explicar por angustia a la falta de amor de aquel, la exclusión de la horda, y la angustia de muerte (siendo el Superyo representante del destino).

La angustia es un estado afectivo que sólo puede registrarla el Yo producto de procesos devenidos en el Ello que pueden ser que active una de las situaciones peligrosas para el Yo (condicionamientos a partir de la situación de peligro primera), o que en él (Ello) se produzca una situación análoga al trauma de nacimiento y la angustia sobreviene automáticamente.

El desarrollo Yoico recibe cierta condición de angustia de acuerdo a la fase en la que se encuentre: en la etapa oral el desvalimiento; en la anal la pérdida de objeto; en la fálica la castración y en el período de latencia la angustia frente al Superyo.





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