Freud desde 1893 hasta 1940



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I. El decurso de los procesos anímicos es regulado en parte por el principio de placer. Lo pone en marcha una tensión displacentera y adopta tal orientación que su resultado coincide con una disminución de aquella. La exposición metapsicológica tiene en cuenta el papel económico. Placer y displacer dependen de la cantidad de excitación presente en la vida anímica y no ligada. El aparato se afana por mantener lo más bajo posible la cantidad de excitación presente en él. El principio de placer es el modo de trabajo primario del aparato anímico y se deriva del principio de constancia. Sin embargo existen también fuerzas que contrarían este principio.

Una de las inhibiciones el principio de realidad que pospone la satisfacción tolerando el displacer. Otra fuente de desprendimiento de displacer surge de los conflictos y escisiones producidos en el aparato, por medio de la represión de ciertas pulsiones que se les cohíbe la satisfacción. Si consiguen procurarse una satisfacción por ciertos rodeos, es sentido por el aparato como displacer. El principio de placer sufre otra ruptura en el momento en que las pulsiones ganan un placer en obediencia a ese principio. Todo displacer neurótico es un placer que no puede ser sentido como tal.



II. La neurosis traumática sobreviene tras conmociones mecánicas u accidentes que aparejaron riesgo de muerte. La causación se sitúa en el factor sorpresa: el terror.

La angustia designa un estado de expectativa frente al peligro y preparación para él.

El miedo requiere un objeto determinado.

El terror se produce cuando se corre un peligro sin estar preparado.

En la angustia hay algo que protege contra el terror. La vida onírica de la neurosis traumática reconduce al enfermo una y otra vez a la situación de su accidente de la cual despierta con renovado terror. El enfermo está fijado psíquicamente al trauma. La función del sueño resultó afectada y desviada de sus propósitos.

En el juego del fort-da, el niño arroja lejos de sí un juguete con un fuerte y prolongado “o-o-o-o” (fort = se fue). Cuando jugaba con un carretel, lo atraía hacia sí tirando del piolín mientras decía “da” (acá está). La más de las veces sólo se observaba el juego del fort. El juego se entramaba con su renuncia pulsional de admitir la partida de la madre. La repetición iba conectada a una ganancia de placer de otra índole. Presupone la existencia de tendencias situadas más allá del principio de placer, originarias e independientes.



III. En la cura psicoanalítica el enfermo se ve forzado a repetir lo reprimido como vivencia presente, en vez de recordarlo. Esta reproducción tiene siempre un fragmento del complejo de Edipo que se juega en el terreno de la transferencia. En éste momento la anterior neurosis se sustituyó por una neurosis de transferencia. Lo reprimido no ofrece resistencia alguna a la cura. La resistencia proviene de los mismos estratos de la vida psíquica que llevaron a la represión. El yo coherente se opone a lo reprimido. En el primero, de modo inconsciente, se encuentra el núcleo del yo. La resistencia parte del Yo, y la compulsión a la repetición se adscribe a lo reprimido inconsciente. La resistencia del Yo está al servicio del principio de placer. Quiere ahorrar el displacer que produciría la liberación de lo reprimido. La compulsión de repetición hace revivenciar operaciones de mociones pulsionales reprimidas que provocan displacer al Yo. La compulsión a la repetición devuelve, además de vivencias que puede hacer sentir placer para un sistema, otras que bajo ningún punto de vista puede producir placer.

El florecimiento temprano de la vida sexual infantil estaba destinado a sepultarse porque sus deseos eran inconciliables con la realidad. La pérdida de amor y el fracaso dejaron un daño permanente del sentimiento de sí, como cicatriz narcisista, que provocará más adelante un sentimiento de inferioridad. La investigación sexual así como el vínculo establecido con el progenitor sucumbieron al desengaño. Los neuróticos repiten en la transferencia todas estas ocasiones indeseadas y dolorosas reanimándolas. Las pulsiones que estaban destinadas a conducir a la satisfacción llevaron a displacer; y más allá de eso se la repite compulsivamente. Este eterno retorno de lo igual se instaura más allá del principio de placer. A esto se adhieren los sueños traumáticos y el juego del fort-da.



IV. La conciencia es sólo una función de los procesos anímicos. Brinda percepciones de excitación que provienen del exterior, y sensaciones del interior. El Prcc está vuelto hacia el mundo externo y envuelve los otros sistemas psíquicos. Todos los procesos excitatorios de los otros sistemas dejan como secuela huellas permanentes que son la base de la memoria. Los más permanentes son los dejados por un proceso que nunca llegó a la conciencia. Si permanecieran siempre concientes pronto reducirían la aptitud de este sistema para la recepción de nuevas excitaciones. Para un sistema es inconciliable el devenir-conciente y dejar como secuela una huella mnémica. En el sistema Cc el proceso excitatorio deviene conciente pero no le deja suela; todas las huellas se producen a raíz de la propagación de la excitación a los sistemas internos contiguos. La conciencia surge en reemplazo de la huella mnémica. En la Cc a diferencia de los otros sistemas psíquicos, el proceso de excitación no deja tras sí una alteración permanente en sus elementos sino que se agota en el devenir conciente. Esto es porque el sistema Cc está en constante contacto con el mundo exterior.

La superficie o corteza en contacto con el mundo sirve como órgano receptor de estímulo. Por el incesante embate de los estímulos externos sobre la superficie de la vesícula, la sustancia de ésta se alteró hasta una cierta profundidad, de modo que el proceso excitatorio discurriese de distinta manera en los estratos más profundos. La corteza ofrece las condiciones favorables para la recepción de estímulos y no es susceptible de ulterior modificación. El paso de la excitación ya no puede imprimir ninguna alteración permanente a sus elementos. En el avance de un elemento al otro la excitación tiene que vencer una resistencia, y la reducción de ésta es un proceso de facilitación, que crea la huella permanente. En la Cc no subsisten resistencias de pasaje de esa índole entre un elemento y otro. La energía de investidura quiescente (ligada) no es conducida en la Cc sino la móvil (libre) susceptible de descarga.

Esta vesícula flota en medio de mundo cargado de energías y sería aniquilada si no estuviera provista de una protección antiestímulo. La superficie más externa se vuelve inorgánica, y opera apartando estímulos como una membrana. Las energías externas se propagan con una fracción de su intensidad. Los estratos contiguos que continúan vivos pueden recibir los volúmenes de estímulos filtrados. El estrato externo al morir preservó a los otros de sufrir tal destino. La tarea de protegerse es más importante que la de recibirlos. El organismo está dotado de una reserva enérgica propia, y en su interior se despliegan formas particulares de trasformación de la energía, y debe preservarlas del influjo nivelador de las energías hipergrandes. Estos estratos se internaron en lo profundo del cuerpo, pero parte quedó atrás en los órganos sensoriales, que tienen dispositivos destinados a recibir acciones estimuladoras específicas, y mecanismos preventivos para una ulterior protección contra volúmenes de estímulo y apartamento de variedades inadecuadas tomando solo pizcas del mundo exterior.

Los procesos anímicos inconscientes son atemporales. El tiempo no altera nada en ellos, no pueden representarse temporalmente y su ordenamiento no es temporal. Nuestra representación del tiempo corresponde al modo de trabajo del sistema Prcc.

El sistema Cc o estrato cortical sensitivo recibe también excitaciones desde adentro, pero la protección desde adentro es imposible, y recibe excitaciones desde los estragos más profundos de manera directa. Esto determina la prevalencia de sensaciones de placer-displacer por sobre los estímulos externos, y la orientación de la conducta respecto de las excitaciones internas que produzcan una multiplicación de displacer demasiado grande. Se tenderá a tratarlas como si obrasen desde afuera a fin de poder aplicarles el medio defensivo. Este es el origen de la proyección.

Las excitaciones externas que poseen fuerza suficiente para perforar la protección son traumáticas. Un trauma provocará una perturbación en la economía energética del organismo y pondrá en acción la defensa. El principio de placer quedará abolido; el aparato quedó avasallado por grandes volúmenes de estímulo que penetraron, y la tarea es dominar el estímulo ligando psíquicamente los volúmenes de estímulo a fin de conducirlos a su tramitación.

Donde la protección fue perforada, afluyen continuas excitaciones al aparato, y es movilizada la energía de investidura a fin de crear en el entorno del punto de intrusión una investidura energética de nivel correspondiente. Se produce una contrainvestidura que empobrece los otros sistemas, rebajando cualquier otra operación psíquica. Un sistema de elevada investidura es capaz de recibir nuevos aportes de energía y trasmudarlos en investidura ligada. Cuanta mayor energía quiescente posea, mayor será su fuerza ligadora.

Hay dos formas de energía, una investidura en libre fluir que esfuerza en pos de su descarga, y una quiescente de los elementos del sistema. La ligazón consiste en un pasaje de libre fluir al estado quiescente.

La neurosis traumática es resultado de la ruptura de la protección antiestímulo del órgano anímico. El terror es producto de la falta de apronte angustiado que conlleva la sobreinvestidura de los sistemas que reciben el estímulo. A falta de éste los sistemas no están en buena situación para ligar los volúmenes de excitación sobrevivientes. El apronte angustiado constituye la última trinchera de la protección. Los sueños que reconducen al enfermo a la situación no están al servicio del cumplimiento de deseo, contribuyen a otra tarea: buscan recuperar el dominio sobre el estímulo por medio de un desarrollo de angustia cuya omisión causó la neurosis. Esta función es independiente y más originaria que el propósito de ganar placer. Los sueños de angustia son una excepción al cumplimiento de deseo. Obedecen a la compulsión de repetición que se apoya en el deseo de convocar lo olvidado y reprimido. Hubo un tiempo anterior a la tendencia del sueño al cumplimiento de deseo.

En los casos de herida física, la conmoción mecánica al ser una de las fuentes de excitación sexual y los dolores al ser un poderoso influjo sobre la distribución de la libido, liberan el quantum de excitación sexual cuya acción traumática es debida a la falta de apronte angustiado, y ligarían el exceso de excitación al reclamar una sobreinvestidura narcisista del órgano doliente.



V. Las excitaciones que ingresan al aparato sin el resguardo de la protección, adquieren la mayor importancia económica y dan ocasión a perturbaciones. Las fuentes de esa excitación interna son las pulsiones: los representantes de todas las fuerzas eficaces del interior del cuerpo que se transfieren al aparato anímico. Las mociones pulsionales obedecen al proceso libremente móvil que esfuerza en pos de la descarga. En el inconsciente las investiduras pueden trasferirse, desplazarse y condensarse. Estos procesos que ocurren en el inconsciente son el proceso primario, y el que rige la vida de vigilia el secundario, que posee investidura ligada. La tarea de los estratos superiores (Prcc-Cc) es ligar las excitaciones de las pulsiones del proceso primario. El fracaso de la ligazón produce una perturbación análoga a la neurosis traumática. Solo tras una ligazón se produce el imperio del principio de placer con su modificación en el principio de realidad. En el juego infantil se repite la vivencia displacentera. Además el niño repite activamente para dominar lo que vivió pasivamente; pero exigirá la identidad de la impresión. El reencuentro de la identidad por la repetición constituye una fuente de placer. En el analizado, en cambio, la compulsión a la repetición de la transferencia se sitúa en todos los sentidos más allá del principio de placer. Las huellas mnémicas reprimidas de sus vivencias infantiles subsisten en estado libre, y son insusceptibles del proceso secundario. Esta condición es esencial para formar, adhiriéndose a los restos diurnos, una fantasía de deseo figurada en el sueño.

La compulsión a la repetición es un carácter universal de las pulsiones. La pulsión es un esfuerzo, inherente a lo vivo, de reproducción de un estado anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras externas. Las pulsiones tienen una naturaleza conservadora. Todas las pulsiones quieren reproducir algo anterior, dirigidas a la regresión, al restablecimiento de lo anterior. La meta es un estado antiguo, inicial que lo vivo abandonó y al que aspira a regresar por todos los rodeos de la evolución. La meta de la vida es la muerte, lo inanimado estuvo antes que lo vivo.

En algún momento por intervención de fuerzas se suscitó en la materia inanimada las propiedades de la vida. La tensión generada pugnó por nivelarse: así nació la primera pulsión, de regresar a lo inanimado. Hasta que decisivos influjos externos se alteraron de tal modo que forzaron a la sustancia aún sobreviviente a desviarse respecto del camino vital originario y dar rodeos más complicados antes de alcanzar la meta. Estos rodeos son retenidos por las pulsiones conservadores, que luchan contra influencias que podrían ayudar al organismo a alcanzar su meta vital por el camino más corto. Son pulsiones parciales destinadas a asegurar el camino hacia a la muerte y alejar otras posibilidades de regreso a lo inorgánico que no sean las inmanentes. Las pulsiones sexuales son conservadoras en el mismo sentido que las otras en cuanto espejan estados anteriores de la sustancia viva, son resistentes a injerencias externas, y conservan la vida por lapsos más largos. Las pulsiones que llevan a la muerte buscan el camino más corto; las sexuales llegadas a cierto punto, se lanzan hacia atrás para volver a retomar el camino y prolongar la duración del trayecto. Tanto el progreso evolutivo como involutivo es resultado de fuerzas externas que esfuerzan a la adaptación, y las pulsiones intentan conservar la alteración impuesta. Un mayor perfeccionamiento se alcanza como resultado de la represión de las pulsiones sobre lo cual se edifica lo más valioso que hay en la cultura humana. La pulsión aspira a su plena satisfacción, que consiste en la vivencia primaria de satisfacción; toda sublimación o formación sustitutiva es insuficiente para cancelar su tensión y la diferencia entre la satisfacción hallada y la pretendida engendra el factor pulsionante. El camino a la satisfacción es obstruido por las resistencias; entonces no queda más que avanzar por la otra dirección.

VI. Las pulsiones Yoicas (de muerte) provienen de la animación de la materia inanimada y quieren restablecer la condición originaria; las sexuales reproducen estados primitivos del ser, pero la meta es la fusión de dos células sexuales germinales diferenciadas. Si esta unión no se produce la célula germinal muere. Sólo bajo ésta condición puede prolongar la vida. Desde el punto de vista biológico, el soma o cuerpo es mortal, pero las células germinales son potentia, inmortales en cuanto son capaces de desarrollarse en un nuevo soma. Hay un componente pronunciado hacia la muerte, excepto el material genésico y hereditario. Desde el psicoanálisis este material corresponde a las pulsiones sexuales que aspiran a la renovación de la vida y la realizan.

Una parte de las pulsiones Yoicas que hasta ahora eran tratadas como opuestas a las sexuales, tienen también una parte libidinosa que se ha tomado por objeto al yo propio. Estas pulsiones de autoconservación narcisista debieron computarse entre las pulsiones sexuales libidinosas. Las pulsiones sexuales entonces son yoicas y de objeto, contrapuestas a las pulsiones de muerte. La pulsión sexual es el Eros que conserva y une, y tiende a la cohesión. La unión genésica produce un efecto fortalecedor y rejuvenecedor. El proceso vital del individuo lleva a la nivelación de tensiones (a la muerte), mientras que la unión con una sustancia viva o un individuo diferente aumenta estas tensiones, introduce nuevas diferencias vitales. La tendencia dominante de la vida anímica es la de rebajar la tensión interna de estímulo. La reproducción produjo una ventaja que fue mantenida durante la evolución; las pulsiones que quieren producir la unión sexual repetirían algo que una vez ocurrió por casualidad y se afianzó por ser ventajoso. El Eros procura esforzar las partes de las sustancia viva hacia otras y cohesionarlas. Las pulsiones sexuales son parte de este Eros vueltos hacia el objeto. Actúa desde el comienzo de la vida y entra en oposición a la pulsión de muerte.

La afirmación del carácter regresivo de las pulsiones descansa, también, en la compulsión a la repetición.

VII. Una de las tareas más tempranas e importantes del aparato es ligar las mociones pulsionales que le llegan, sustituir el proceso primario que gobierna en ellas por el secundario. La ligazón es un acto preparatorio que introduce el principio de placer. El principio de placer es una tendencia que está al servicio de la función de mantener el aparato exento de excitación, y mantener en el mínimo el monto de excitación. La función participa en la aspiración de volver hacia lo inorgánico. El acto sexual trae aparejado una momentánea extinción de una excitación extrema. La ligazón acomoda la excitación para luego tramitarla hacia la descarga.

Los procesos no ligados provocan sensaciones más intensas que los ligados. Los primarios son más tempranos. Las pulsiones de vida aportan tensiones cuya tramitación es sentida como placer, mientras que las pulsiones de muerte parecen realizar su trabajo en forma inadvertida.



El Yo y el Ello (1923)
I. Conciencia e Inconsciente: La conciencia es una cualidad de lo psíquico que puede añadirse a otras cualidades o faltar. La conciencia es una expresión descriptiva que invoca la percepción más inmediata y segura. Un elemento psíquico, (ej. una representación) no es conciente de forma duradera. El estado de la conciencia pasa con rapidez y puede volver a serlo bajo ciertas condiciones. Mientras tanto estuvo latente, fue susceptible de conciencia. Ha sido inconsciente desde el punto de vista descriptivo.

Desde el punto de vista dinámico, puede haber representaciones que no puedan ser concientes porque cierta fuerza se resista a ello. La represión (esfuerzo de desalojo) es el estado en que estas representaciones se encontraban antes de hacerse concientes y la resistencia es la fuerza que produjo y mantuvo la represión.

Hay dos modelos de Inconsciente: lo latente, susceptible de conciencia, y lo reprimido, insusceptible de conciencia. La primera es preconsciente y el segundo es inconsciente. El Prcc está mucho más cerca de la Cc que el Icc. En el sentido descriptivo hay dos clases de Icc, en el dinámico solo uno.

La conciencia depende del Yo; él gobierna los accesos a la motilidad, a la descarga de las excitaciones en el mundo exterior. Es la instancia anímica que ejerce un control sobre los procesos parciales, y que por la noche aplica la censura onírica. De él parten las represiones, que se contraponen al Yo y produce resistencias. Hay en el Yo algo inconsciente que se comporta como lo reprimido, exterioriza efectos sin devenir conciente. Hay una oposición entre el Yo coherente y lo reprimido escindido de él. Esta concepción estructural confirma que todo lo reprimido es Icc, pero lo Icc no coincide con lo reprimido. Una parte del Yo es Icc, no latente (no Prcc), es un tercer Icc, no reprimido.





II. El Yo y el Ello: La conciencia es la superficie del aparato anímico, es el primero desde el mundo exterior, espacialmente. Son Cc todas las percepciones que nos vienen de afuera (sensoriales) y de adentro sensaciones y sentimientos. La diferencia entre una representación Icc y Prcc es que la primera se consuma en algún material desconocido, y la Prcc se añade a la conexión con representaciones-palabra. Estas representaciones-palabra son restos mnémicos, fueron percepción y pueden devenir de nuevo concientes. Los restos son contenidos en sistemas contiguos al Prcc, por lo cual sus investiduras fácilmente pueden transmitirse hacia delante. En el caso de reanimación de un recuerdo la investidura se conserva en el sistema mnémico, mientras que en la alucinación o la percepción nace cuando la investidura desborda desde la huella mnémica sobre el elemento P y lo traspasa enteramente. Lo que quiere devenir conciente tiene que trasponerse en percepciones exteriores, a través de las huellas mnémicas.

Los restos de palabras provienen de percepciones acústicas a través de lo cual es dado un origen sensorial para el Prcc. La palabra es el resto mnémico de la palabra oída.

La manera de hacer Prcc lo Icc es restableciendo mediante el análisis, aquellos eslabones intermedios de palabras.

Las sensaciones displacenteras esfuerzan a la alteración y a la descarga, y el placer, en cambio se produce por la disminución de la investidura energética. Lo que deviene conciente como placer y displacer es un otro cuantitativo-cualitativo. Eso otro que se comporta como una moción reprimida puede desplegar fuerzas pulsionantes sin que el Yo note la compulsión. Sólo una resistencia a la compulsión, un retardo de la reacción de descarga hace conciente eso otro. También sensaciones y sentimientos sólo devienen concientes si alcanzan al sistema P. Las representaciones Icc necesitan eslabones de conexión Prcc, en cambio las sensaciones Icc no, ya que afloran directamente a la conciencia. Por mediación de las representaciones palabra los procesos internos de pensamiento se convierten en percepciones. A raíz de una sobreinvestidura del pensar los pensamientos devienen percibidos real y efectivamente como si fueran externos.



El Yo se ve a partir del sistema P, primero pasa por el Prcc, que se apuntala en los restos mnémicos, pero es además Icc. Esto otro en que se continúa el Yo y se comporta como Icc es Ello. El individuo es un Ello desconocido e inconsciente sobre lo cual se asienta el Yo, desde el sistema P, como si fuera su núcleo. El Yo no envuelve al Ello por completo sino en la extensión en que el sistema P forma su superficie. El Yo no está tajantemente separado del Ello, confluye hacia abajo con él. Pero también lo reprimido confluye con el Ello, es una parte de él. El Yo lleva además un casquete auditivo que se le asienta transversalmente.

El Yo es la parte del Ello alterada por la influencia directa del mundo exterior, con mediación de sistema P. Se empeña por hacer valer sobre el Ello el influjo del mundo externo, y reemplazar el principio de placer por el de realidad. La percepción es para el Yo como la pulsión para el Ello. Al Yo se le asigna el acceso a la motilidad. Toma las fuerzas del Ello, al que suele cumplir sus deseos haciéndolos pasar como la voluntad propia. Es una proyección psíquica de la superficie del cuerpo, además de representar la superficie del aparato.

La autocrítica y la conciencia moral son inconscientes y exteriorizan sus efectos. El sentimiento inconsciente de culpa desempeña un papel económico en un gran número de neurosis y levanta los más poderosos obstáculos para la curación.




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