Filosofia del siglo XX y servicio social herman c. Kruse



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FILOSOFIA DEL SIGLO XX Y

SERVICIO SOCIAL

HERMAN C. KRUSE

Editorial ECRO

1970

Ningún asistente social está obligado a aceptar la filosofía de cualquier otro, pero debe tener una filosofía de algún tipo. Las piedras fundamentales de tal filosofía están sugeridas en este libro; están dadas, sin embargo, con la más plena comprensión que otras y aún más fundamentales, pueden ser reveladas muy pronto”


MARY RICHMOND

(“What is Social Case Work”, 1922, pág. 257)

Queremos un pensamiento aplicado, es decir, una filosofía concreta –o, como decía Politzer de la psicología- una filosofía cuyo objetivo lo constituya la situación dramática que el hombre vive en relación con los otros”.
LEON ROZITCHNER

(“Persona y comunidad”, 1962. pág. 11)

INDICE

INTRODUCCION…………………………………….. pág. 4


Cap. I – EL SERVICIO SOCIAL COMO HECHO

EMPIRICO……………………………………pàg. 5


Cap. II – DE LA FILOSOFIA A LA CIENCIA

¿Y DESPUES?.........................................pág. 12


Cap. III – DEL SUBJETIVISM0 PSICOLOGICO

AL NEOPISITIVSMO……………………..pág. 16


Cap. IV – LA POSICION MARXISTA Y SUS

PROYECCIONES…………………………pág. 19


Cap. V – LA FILOSOFIA EXISTENCIAL Y EL

SERVICIO SOCIAL………………………..pág. 28


Cap. VI – HACIA UNA FILOSOFIA PERTINENTE

DEL ACTUAL SERVICIO SOCIAL

LATINOAMERICANO……………………..pág. 41

INTRODUCCION
El tema de la filosofía del Servicio Social es una constante que nos ha acosado desde hace 20 años. Exactamente en 1949 ingresamos por primera vez a una escuela de Servicio Social y, promediando por ese entonces nuestra licenciatura en Teología, bajo el impacto de la teología dialéctica de Kart Barth, nos chocó profundamente lo que se enseñaba como filosofía o principios del Servicio Social.
Sin embargo, pasaron 10 años antes que pudiéramos hacer una primera aproximación al tema, al escribir nuestro primer texto de organización de la comunidad. De ese trabajo –en reiteradas ocasiones nos negamos a autorizar su reproducción- poco queda en pié hoy en día. Y, justamente una de las pocas cosas que han resistido el embate de los años es el análisis crítico de los orígenes de la Filosofía del Servicio Social como pensamiento que refleja las corrientes en boga a fines del siglo pasado y principios del actual.

Una segunda oportunidad de acercamiento parcial al tema nos la brindó ISAL en 1966, cuando fuimos invitados a escribir un artículo sobre “Ideología y Servicio Social” que también consideramos superado en varios aspectos.

Finalmente, la responsabilidad de tener que dictar el discurso de clausura del IV Seminario Regional Latinoamericano de Servicio

Social, nos condujo a otro acercamiento parcial al tema y nos llevó a analizar dos antropologías filosóficas dialécticas que creemos tienen mucho que aportar al Servicio Social: la de Marx y la de Kierkegaard.

Hoy nos proponemos reacercarnos al tema, no para tratar nuevas facetas particulares, ni para modernizar conceptos ya emitidos que consideramos superados, sino para ir a las bases mismas y abrir una serie de vais que tal vez podamos transitar más adelante o

-qué satisfacción sentiríamos- que puedan recorrer otros. El tema que nos proponemos es contrastar el Servicio Social con la Filosofía del siglo XX, para abrir al primero nuevas vías de interpretación y praxis.

Nuestro agradecimiento a la AS Renée Dupont de Gracia y al Dr. Julio de Santa Ana, quienes tuvieron la gentileza de leer el primer manuscrito de este trabajo haciéndonos llegar valiosos comentarios
Herman C. Kruse

Montevideo, agosto de 1969.
CAPITULO I

EL SERVICIO SOCIAL COMO HECHO EMPÍRICO

El punto de partida de nuestro estudio es una realidad dada. Lo abordaremos, en primer lugar, como un hecho empírico. Pero en cuanto nos aproximamos a él, la más elemental observación nos indica que bajo el rótulo “Servicio Social” se comprende, en América Latina una gran variedad de actividades diferentes que en el fondo responden a concepciones distintas de lo que se entiende por tal.


Sin entrar a considerar las concepciones teóricas sostenidas por individuos aislados, sin respaldo institucional, creemos que en este momento co-existen en el Continente cuatro concepciones diferentes del Servicio Social que las denominaremos:


  • la concepción beneficial

  • la concepción para-médica

  • la concepción aséptica

  • la concepción desarrollista

Estas concepciones han cumplido ya su ciclo de vida útil y este es el momento en que se está gestando una quinta, que nos atrevemos desde ya a calificarla como: la concepción revolucionaria.


Pasemos revista, ahora, a los principales rasgos de las concepciones ya cristalizadas y vigentes.


  1. La concepción beneficial

Cronológicamente, la más antigua de estas concepciones es la que ve en el Servicio Social una forma tecnificada de ejercer la caridad y la filantropía. Tiene su origen en los esfuerzos privados que dieron lugar a un buen número de instituciones de ayuda que funcionan en el Continente. Prevaleció en la formación de buena parte de las primeras generaciones de asistentes sociales, en especial, las graduadas en escuelas católicas. Y todavía predomina en los consejos directivos –muy conservadores- de las mencionadas instituciones y en los grupos de “alta sociedad” que organizan tés, rummy-canastas y desfiles de modelos, de beneficencia.


Para esta concepción, el Servicio Social es una técnica, cuyo objetivo es atender lo más científicamente posible a los necesitados, ayudándolos a incorporarse a las formas normales de vida en su medio. De los dos elementos en tensión que intervienen en el proceso de ayuda, el dador y el necesitado, se interesa más en el primero que en el segundo.
Es una forma de ayuda esencialmente paternalista que procura conducir al “asistido” a un cierto modo de vida, determinado fundamentalmente por patrones morales. De modo que no aspira tanto a erradicar las causas de los problemas como a insertar al necesitado en un determinado tipo de conducta. La labor del asistente social es vista como una especie de ministerio laico. De ahí, que la diferencia entre el profesional en Servicio Social y otros que se preocupan por problemas similares, como el sacerdote –cura, pastor o aún rabino- y la hermana de caridad o la diaconisa, sea sólo de grado, no de calidad técnica. Pues en última instancia, se sobre-entiende que una gran dosis de amor al prójimo o la entrega vital a ciertos ideales, puede compensar la falta de conocimientos técnicos. No interesa tanto en el profesional su capacitación científica como su devoción a ciertos principios y su consagración a una causa.
Obviamente, cuando predomina esta concepción, los salarios profesionales son sumamente bajos, con la buena disculpa que sería ofender la conciencia del asistente social ofrecerle un salario mayor, dado que es alguien que ha renunciado a las tentaciones y placeres mundanales, para dedicarse a una obra de bien. Sucede así que la profesional –para esta concepción no es comprensible que haya hombres en la profesión- que comenzó siendo buscada por su nombradía (y alguna vez por su doble apellido) termina siendo la mandadera del grupo de figuras de la sociedad que patrocinan la institución o el movimiento. Hemos conocido instituciones de este tipo que, en última instancia, sólo servían para conseguir servicio doméstico barato a las familias “sostenedoras de la obra”.
La estructura mental conservadora de esas figuras omnipotentes a veces transmitida y asimilada por las colegas más viejas –las tan mentadas “monstruos sagrados”, “vírgenes iracundas”, “papisas”, etc.- impide que el profesional joven pueda siquiera insinuar que hay una etiología de los problemas más allá de las fallas de personalidad individual. De modo que, en ese marco institucional, el Servicio Social sólo sirve para paliar situaciones personales de individuos dispuestos a responder –por lo menos exteriormente- a los requisitos ideológicos que condiciona la ayuda. En algún raro caso, la labor profesional puede llegar al plano curativo, siempre y cuando que la causa de los problemas sea individual.


  1. La concepción para-médica

La segunda concepción del Servicio Social apareció a fines de la década del 20 y prevaleció en algunas esferas oficiales –especialmente en el ámbito de los Ministerios de Salud Pública- hasta 1950. Derivó de la particularísima óptica con que algunos médicos latinoamericanos vieron el Servicio Social de Francia y de Bélgica. Con una sospechosa unilateralidad, estos médicos no observaron lo que de particular y propio tenía el Servicio Social, sino que apenas vieron al asistente social profesional como un auxiliar del médico.


Así fue como surgieron los primeros cursos en Chile y en el Uruguay. Pero mientras en Chile, mediante el asesoramiento de expertas europeas la profesión de asistente social rápidamente tomó su rumbo de Servicio Social, en el Uruguay, lo que los organizadores de esos cursos hicieron fue mucho más grave: de su original desvirtuamiento nominal, pasaron a un desvirtuamiento formal. Por su constante uso de la técnica de la visita domiciliaria, las primeras generaciones de asistentes sociales fueron conocidas popularmente como “las visitadoras”. En Uruguay recibieron oficialmente ese título.

Las materias que integraron el curriculum de esos cursos fueron exclusivamente para-médicas y así no hubo ninguna dificultad en convertir a las visitadoras en auxiliares del médico. Las visitadoras podían vacunar, dar inyecciones, hacer lavados de estómago, enseñar a bañar bebés y preparar mamaderas. La visita domiciliaria no sirvió entonces como un instrumento para el conocimiento del cliente en interacción con su medio familiar, elemento básico para compilar hallazgos que permitieran redactar una historia social que sirviese de punto de partida para establecer un diagnóstico y un tratamiento sociales, sino que la visita domiciliaria apenas fue una prolongación de control para el tratamiento médico.


Se habló mucho de trabajo en equipo, pero con una concepción muy particular del mismo. El equipo no era un grupo de profesionales que, en plano de igualdad, hacían aportes diferentes a la terapia integral de un paciente. El equipo era una “corte imperial” donde el médico-rey indicaba a sus pajes que era lo que debían de hacer para completar o implementar su labor, eje y centro de todo tratamiento.
Sería injusto para con las visitadoras no agregar algo más. Hubo muchas que se rebelaron contra esa situación dependiente y “sui géneris”. Mediante becas o, simplemente, mediante lecturas del poco material que se podía conseguir sobre Servicio Social, fueron asimilando una visión de lo que era esta profesión y que les había sido ocultada durante su formación. Muchas, introdujeron así en su labor el método de casos, pero administrativamente esto era “una extra” que ellas hacían sin que nadie se lo pidiera. Los requerimientos de los jefes de los servicios –médicos siempre- eran mucho más simples y algunos, ni siquiera miraban con simpatía estas extralimitaciones funcionales

.

Esta imagen para-médica del rol del asistente social impidió que distintos servicios y programas de bienestar social, seguridad social, etc., creados o renovados luego de sentido el impacto de la crisis del 30 incluyeran al asistente social entre sus técnicos. Carencia que, en muchos casos, no se ha subsanado todavía.




  1. La concepción aséptica

La tercera concepción del Servicio Social arribó a nuestro Continente con los becarios de los programas interamericanos y luego, con la serie de escuelas que se abrieron a su influjo con el asesoramiento de las Naciones Unidas. Nos llegó de golpe la concepción norteamericana del Servicio Social, elaborada en ese país a lo largo de casi 50 años de evolución profesional y adaptada a sus instituciones: las “agencias”, algo entre nosotros desconocido. El medio siglo que media entre la Escuela de la Filantropía de Nueva York y la V Conferencia Internacional de Servicio Social, había sido un inquieto medio siglo de búsquedas y hallazgos condicionados por una sociedad con problemas o idiosincrasia propios y muy distintos a los nuestros.


Después de Pearl Harbor, los E.E.U.U., lanzados a la guerra con una herida sangrante, quisieron ponerse a cubierto de nuevas “traiciones” y tomaron buen cuidado de alinear, en función de sus intereses bélicos y económicos, a la retaguardia hemisférica.
Una producción efectiva de materias primas vitales: el cobre chileno, el estaño boliviano, el petróleo venezolano, la carne río-platense, exigían operarios sanos. Una guerra de resultados aún inciertos, reclamaba una reserva de hombres preservada de las enfermedades endémicas. Comenzaron a funcionar así, a nivel continental, algunos programas de alcance social, como, por ejemplo, el Servicio Cooperativo Interamericano de Salud Pública. En estos programas, concebidos por expertos norteamericanos, el asistente social tenía su lugar en el equipo de técnicos. Y donde no los había –o su capacitación tenía una orientación diferente- un generoso sistema de becas los capacitó en los E.E.U.U.
Estos profesionales empezaron a traer al país una visión nueva de las posibilidades de la profesión, dado que la evolución del Servicio Social en los E.E.U.U. había sido muy distinta que en Europa, hasta ese momento, nuestro único modelo de referencia. El Servicio Social norteamericano ya había sentido la influencia de los reformadores pioneros, de la escuela diagnóstica de Mary Richmond, del impacto psicologizante de la “Penhsylvania School” y del profundo sacudón de los efectos de la crisis del `’29 y había elaborado tres métodos básicos para trabajar con los problemas de los individuos, los grupos y las comunidades. Estos métodos básicos habían sido concebidos para ser aplicados en un marco institucional muy preciso, las “agencias”, derivadas de los servicios filantrópicos finiseculares cuyo objetivo único era ofrecer “servicio” social.
Nosotros nos deslumbramos con la metodología, con el decantamiento de experiencias científicas controladas, con la profunda formación sociológica y psicológica en contraste con nuestra formación para-médica y para-jurídica, con el “status” del asistente social en el equipo de profesionales. Y nos pusimos a copiar –expertos de Naciones Unidas mediante- los programas de las escuelas norteamericanas.
A nadie se le ocurrió, entonces, que ese Servicio Social era una técnica transplantada que, para dar frutos, exigía ciertos requisitos que no se habían dado en nuestros países. Nosotros no teníamos “agencias”. Nuestras instituciones eran –principalmente al sur de la línea ecuatorial- o el remanente anquilosado de los esfuerzos de la caridad y la filantropía, o los frutos dispersos de una sucesión de concepciones doctrinarias distintas del Estado, esterilizadas por la burocracia, la falta de miras, la inadecuación de los recursos asignados y la corrupción política y administrativa.
Cuando los asistentes sociales llegaron a esas instituciones y quisieron aplicar su esquema teórico de “investigación-diagnóstico-tratamiento” para hacer trabajo de casos o, más aún, cuando intentaron aplicar esas “cosas raras” que eran hace 15 años los métodos de grupo y comunidad, para los que estaban en las instituciones fue como si hubieran llegado seres de otro planeta.
El resultado de esa inadecuación entre la formación del profesional y el marco institucional dentro del que debían actuar fue el choque, la pugna, la depresión y, para muchos, la frustración… Era difícil comprender qué sucedía, por qué esos métodos nuevos, científicos, universalmente aceptados no tenían andamiento en nuestros organismos públicos. A veces se chocaba con un reglamento, otros con un jefe y siempre, contra una estructura institucional.
Diez años después es fácil criticar esa concepción del Servicio Social. Debemos reconocer, sin embargo, con toda integridad cuáles fueron sus valores y sus flaquezas. En el haber positivo le reconocemos su preocupación científica seria, su inquietud por experimentar y crear instrumentos más eficientes, su valor revulsivo sobre toda la profesión y su impacto sobre la calidad de la enseñanza impartida a las nuevas generaciones de asistentes sociales. En su deber negativo, la gran falla de esta concepción –que en última instancia fue la que condujo a su fracaso- fue su adhesión indiscriminada a la corriente que sostenía el fin de las ideologías: la praxis del Servicio Social se convirtió en un hacer aséptico, descomprometido. Eso explica por qué se copiaron métodos de acción social extranjeros, sin preocuparse por su adecuación o no a nuestra realidad continental, una realidad subdesarrollada con rasgos y características que esterilizaban el hacer del Servicio Social que se orientó en esa línea aséptica.


  1. La concepción desarrollista

Cuando ya estaba ampliamente difundido el sentido de frustración de los asistentes sociales por el divorcio entre su formación teórica y sus posibilidades prácticas en las instituciones, por la ineficacia del método de caso para resolver problemas de fondo, por la imposibilidad funcional de ir a la causa de los problemas, un hecho político sacudió el Continente: la Revolución Cubana.


Vista por los E.E.U.U. como un peligro, el entonces presidente Kennedy decidió afrontarla con una acción social de vastas proporciones. Fue así como en la reunión del CIES de agosto de 1961, con Punta del Este, la OEA aprobó un enorme programa que se denominó “Alianza para el Progreso”.
Los proyectos de la Alianza para el Progreso trascendieron lo estrictamente político, abordando lo económico y lo social y, por supuesto, implicaron también al Servicio Social. Su punto de partida fue un hecho real, tangible, incontrastable: los países de América Latina eran –y desgraciadamente siguen siendo- subdesarrollados. El propósito de la Alianza para el Progreso era atacar el subdesarrollo. ¿Cómo? Con una pluralidad de proyectos económicos y sociales, y algunos cambios estructurales secundarios que viabilizaran a los países latinoamericanos para lograr un “despegue” del subdesarrollo. Tras de todo eso, estaba la concepción del subdesarrollo como etapa anterior y previa al desarrollo, de la que se podía emerger con determinadas cuotas de inversión y algunos cambios en el sistema de tenencia y explotación de la tierra, en los sistemas administrativo y fiscal, lógicamente, superando los desniveles en la balanza de pagos, etc.
A ocho años de la reunión de Punta del Este, Kennedy yace asesinado y para todos es obvio el fracaso de la Alianza para el Progreso. Algo que ya había previsto el delegado de Cuba, Ernesto “Che” Guevara, en el discurso cuando explicitó por qué ese país no signaba los protocolos de la Alianza.1
En el marco de la Alianza para el Progreso se realizaron a nivel continental una pluralidad de proyectos que dieron participación al Servicio Social. En ellos la profesión canalizó sus frustraciones anteriores y regañó la inquietud por la reforma social que se había perdido desde los pioneros. Además –hecho fundamental- la profesión se quitó el velo ideológico. La Alianza para el Progreso tuvo la franqueza de presentarse como lo que realmente era: un programa político. Y las ciencias sociales, comprometidas con ella, empezaron a ver con claridad que el fin último de su acción era un fin político.
Las resoluciones de los Congresos Panamericanos de Servicio Social de la década del ‘60 –San José de Costa Rica, 1961; Lima, Perú, 1965, y Caracas, Venezuela 1968- son un buen ejemplo del desarrollismo en Servicio Social.
En un reciente trabajo con Ezequiel Ander Egg sobre dichos congresos 2 destacamos de la reunión de San José: “Nuevos temas empezaron a ser tratados en las reuniones interamericanas, con un lenguaje que nada tenía que ver ni con los pulimientos diplomáticos, ni con las exquisiteces tecnocráticas. Atrás de los discursos y de los debates empezó a decorrerse el velo que había ocultado hasta entonces a la agonista real y empezamos a conocer el verdadero rostro de nuestra América. En la década del 60 se pudo decir sin tapujos que el Continente padecía casi todos los rasgos típicos del subdesarrollo: analfabetismo, desnutrición, déficit de viviendas, explosión demográfica, bajos salarios, desempleo, etc., etc. En cambio no había llegado la hora de explicar el por qué profundo de esos déficits y, consecuentemente, las soluciones que se esbozaron fueron parciales o inadecuadamente paliativas”.
En Lima, tras el considerando realista de que “los programas de Servicio Social no están actualmente estructurados para responder a las exigencias del desarrollo”, se le recomendó al Servicio Social que “forme parte integral de la política y planeamiento del desarrollo nacional”, previo orientar su acción para ello. A entender de los congresistas, eso exigía a los profesionales un requisito básico de “competencia, derivada de un conjunto de conocimientos, una ética referida a una filosofía y principios del Servicio Social, una técnica y un sistema de formación”. También se recomendó a los asistentes sociales tener un conocimiento adecuado de los indicadores del desarrollo. Se recomendó seguidamente que la política del Servicio Social integrara tres elementos: sus valores, objetivos basados en necesidades reales y los recursos disponibles. Asimismo, comprendiendo que la profesión carecía de una definición clara de sus funciones en el desarrollo, lo cual repercutía en “una deficiente formulación de los objetivos de la enseñanza”. se recomendó precisar esa definición, revisar los objetivos de las escuelas y se requirió a las asociaciones profesionales que dieran prioridad al fortalecimiento del liderazgo profesional en el doble sentido de que existía “falta de adaptación a la realidad de cada país de los elementos conceptuales y técnicos elaborados en culturas extrañas. Y falta de creatividad para elaborar conceptos y técnicas propias de cada región o país”.
Si embargo, en Caracas, a nivel de los participantes más lúcidos, el problema del desarrollismo apareció parcialmente superado. Amplios sectores del Servicio Social ven ahí con claridad la falacia de las bases de la Alianza para el Progreso, pues el subdesarrollo no es la etapa anterior al desarrollo, de la cual se puede salir mediante un “despegue” monetarista. El desarrollo de los países industrializados tiene por precio: “nuestro subdesarrollo”. Paliar los efectos sin atacar las causas es una acción en vano que el Servicio Social conoce como tal de su propio ejercicio profesional. Seguir atando el Servicio Social al caso del desarrollismo es esterilizar concientemente la efectividad de nuestra acción profesional.
El período desarrollista tuvo, innegablemente, algunos valores para la evolución del Servicio Social: ya hemos mencionado la caída del velo ideológico. También consideramos positivo que se haya comprendido que no es la acción aislada la que puede tener la necesaria incidencia sobre el marco social. Desde esta década está perfectamente en claro que el Servicio Social puede y debe planear y ejecutar grandes proyectos interinstitucionales de profunda repercusión social que deben responder a una política de la profesión ante las necesidades reales de la comunidad, de la región o del país. Momentáneamente, ello no es posible por cuanto tales planes requieren la anuencia del Estado y no es compatible una acción social profunda con gobiernos –como la mayoría de los entonces actuales gobiernos latinoamericanos- que sólo se preocupan por mantener el “statu-quo”.
La concepción desarrollista es ya un camino agotado y ha llegado la hora de reconceptualizar el Servicio Social, capitalizando las enseñanzas y los logros de las etapas anteriores, pero mirando alrededor, la problemática real que sufre nuestro Continente y, hacia adelante, las metas de liberación y cambio que queremos alcanzar. Quisiéramos que este trabajo pudiera contribuir a esa ardua tarea de reconceptualización que los asistentes sociales tenemos por delante.


CAPITULO II
DE LA FILOSOFÍA A LA CIENCIA, ¿Y DESPUÉS?
A principios de este año (1969) conversábamos en Concepción (Chile) con un grupo de colegas que criticaban mi recurrente intención de dotar al Servicio Social de una nueva filosofía. Para ellos, el rumbo de la historia es el inverso: de la filosofía a la ciencia y una ciencia sólo es verdaderamente tal, cuando ha roto definitivamente su cordón umbilical con la “mater philosophía”.
La posición tiene precedentes tan prestigiosos como Martín Heidegger. Desde hace 40 años, el existencialista alemán ha anunciado una obra que prolonga la reflexión de “Sein und Zeit”(“El ser y el tiempo” ) y, con motivo del coloquio organizado por la UNESCO para celebrar el sesquicentenario del nacimiento de Kierkegaard, adelantó sus meditaciones respecto a dos cuestiones candentemente vinculadas a nuestro tema: a) ¿Es que ha entrado la Filosofía, en la época presente, en su estado final?; b) ¿Qué tarea le queda reservada al pensar al final de la Filosofía?.
En la siguiente cita del maestro alemán podemos ver la coincidencia de su pensamiento con el de los citados colegas:
Final significa acabamiento, reconcentración sobre las posibilidades más extremas. Pensamos en esas posibilidades de una manera demasiado angosta en tanto nos reduzcamos a esperar un despliegue de nuevas filosofías en el viejo estilo. Esto equivaldría a olvidar que desde la época de la filosofía griega, hace su aparición un rasgo característico de la Filosofía, a saber: el desarrollo de diversas ciencias en el interior del horizonte abierto por la filosofía. El desarrollo de las ciencias es a su vez su emancipación de la Filosofía y el establecimiento de su autosuficiencia. Su despliegue llega hoy a su cumbre en todos los sectores del ente. Parece no ser más que una descomposición de la filosofía, pero en realidad es, sin más, su acabamiento.
Bástenos con mencionar aquí la emancipación de la psicología, de la sociología, de la antropología, convertida en antropología cultural, el papel de la lógica como logística y semántica. La filosofía se transforma en ciencia del hombre, ciencia de todo aquello que puede llegar a ser, para éste, objeto de su técnica, mediante la cual se instala el hombre en el mundo, elaborándolo según los múltiples modos de las fabricaciones que lo van configurando” 3
Sin embargo, Heidegger expresa más adelante en su trabajo:

... las ciencias continúan hablando del ser del ente, en la suposición –que no pueden dejar de hacer- de sus categorías regionales. Se contentan con no decirlo. Pueden sin duda, desde ese momento, renegar de su origen filosófico; pero no pueden sin embargo, rechazarlo. Pues lo que había siempre en aquello que las ciencias tienen de científica es su origen a partir de la filosofía”. 4


A partir de este punto es que creemos que le queda reservada una tarea a la filosofía del Servicio Social que aún no se ha emprendido y que será laborioso concretar. La ciencia es una sola: su división en distintas disciplinas no responde a otro hecho que la incapacidad de captar el conjunto del todo, cuando éste está compuesto por partes tan voluminosas y complejas como el cuerpo de conocimientos de las ciencias en la actualidad. Difícilmente nadie recibió el apodo de “Homo Universalis” después de Leonardo y hay quienes sostienen que el último fue el Dante en el 1300. Ciertamente, ya nadie podría aspirar a recibirlo en el siglo XX.
El asistente social, como tecnólogo social, durante su formación profesional recibe una pluralidad de conceptos parcelados que, si desea que le sean útiles como marco referencial para su acción profesional, debe reunir en una unidad conceptual. Las escuelas de Servicio Social no ofrecen a sus alumnos, por ejemplo, un concepto del hombre; apenas si le dan una serie más o menos amplia de conocimientos biológicos, psicológicos, sociológicos, antropológicos, jurídicos, etc., sobre el ser humano, totalmente dispersos.
Decíamos que a partir de ese punto le queda reservada una tarea a la Filosofía. Sí, siempre y cuando que esa tarea no la emprenda la cibernética como teme Heidegger:
No es preciso ser profeta para ver que las ciencias modernas, en su trabajo de instalación, no van a tardar en ser determinadas y regidas por la nueva ciencia de base, la cibernética. Esta ciencia corresponde a la determinación del hombre como ser cuya esencia es la actividad en un medio social. La cibernética es, en efecto, la teoría que tiene como objeto el manejo de la planificación posible y de la organización del trabajo humano... La explicación de la filosofía en varias ciencias autónomas, las cuales se hacen cada día, sin embargo, más decididamente intercomunicantes entre sí, constituye el acabamiento legítimo de la Filosofía. La filosofía finaliza en la época presente. Ha encontrado su lugar en la consideración científica de la humanidad que actúa en un medio social. El rasgo fundamental de esta determinación científica es, por lo demás, su carácter cibernético, es decir, técnico”. 5
Cuando hace un lustro propusimos por primera vez el uso de máquinas electrónicas en Servicio Social, no encontramos ningún eco positivo entre los colegas. A esta altura ya es evidente, por lo menos para los docentes más lúcidos, la perspectiva de su uso con fines pedagógicos. Quedan abiertas, además, sus posibilidades ilimitadas para cooperar en la construcción de tipos y modelos, y para ratificar o rectificar tipos de acciones en la programación. No dudamos del valor incalculable de la máquina como auxiliar, pero no podemos ocultarnos el hecho de que el fabuloso éxito de la cibernética tiende a hacer olvidar: uno, que la máquina es un producto del hombre y, segundo, que la máquina no funciona sola, es el hombre quien la alimenta de datos y es la mente del hombre la que la gobierna y la hace funcionar en su provecho.
Para Heidegger, la tarea que le queda reservada todavía al pensar al final de la Filosofía, es el conocimiento del “lichtung” (el claro, lo abierto): “desde un extremo a otro de la Filosofía, lo abierto que reina ya en el ser mismo, en el estado de presencia, permanece impensado en cuanto tal” 6 Pero esta tarea, ciertamente no vemos como pueda vincularse con el Servicio Social.
Pero no todos los pensadores contemporáneos aceptan la idea el “acabamiento de la filosofía”. Algunos, creen que esta disciplina ha entrado en crisis en algunos aspectos y otros, -tal vez con demasiado optimismo- la consideran en plena lozanía. Ejemplo de la primera posición es el pensador venezolano Juan Antonio Nuño, quien considera que:
La Filosofía contemporánea es, antes que nada, una forma subsidiaria de pensamiento: en cualquier caso, se trata de corrientes conceptuales en radical estado de decadencia: o de otras filosofías o de alguna ciencia o de problemas sociales o individuales del hombre”.7
Nuño ataca en términos muy duros a la que el llama “filosofía oficial” o “academismo filosófico”, pues a su entender, no afronta los problemas actuales sino que se reduce a repensar los viejos problemas, lo cual conduce a sacralización y esterilidad, a dogmatismo y escepticismo. Pero Nuño entiende que paralelamente a esa “filosofía profesional” hay un camino para el pensar:
No es ni necesario ni recomendable caer en esquematismos proféticos, pero puede afirmarse sin temor a deformar mayormente el cuadro de consideraciones ideológicas inmediatas, que las perspectivas del desarrollo filosófico se presentan en la divergencia de tres caminos. O encasillamiento metafísico que insta en postular una exigencia de rigurosidad autónoma y una preeminencia de principio para lo filosófico: o metodologismo cientificista que reduzca la tarea reflexiva al papel instrumental de una disciplina normativa y formal; o ideologismo práctico que dirija la actividad filosófica hacia la liquidación efectiva de ideologías parciales, por su superación a través de la crítica de la razón histórica” 8.
Tendrían entonces algo para aportar al Servicio Social, dos corrientes filosóficas de gran vigencia en el siglo XX: el empirismo lógico o neo-positivismo y el marxismo. De nuestra parte, también creemos que mucho puede aportar al Servicio Social el existencialismo. Pasaremos seguidamente a analizar los aportes reales, ya realizados o potenciales, pasibles de ser concretados, por esas tres corrientes filosóficas al Servicio Social.




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