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Sin perjuicio de ello, debe ser objeto de reparación también la incapacidad que quedará a Daniel



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Sin perjuicio de ello, debe ser objeto de reparación también la incapacidad que quedará a Daniel. Al momento de la interposición de la demanda, presenta una incapacidad por daño psicológico del 20% -como informa la Lic. Illuminati-. Se trata de un daño cierto, concreto, pero que se encuentra en evolución. Estamos en presencia de un menoscabo que “aún está produciéndose”. Ello impide una determinación precisa a la fecha.

El Sr. .. presenta un “duelo de características patológicas ya que el proceso es más intenso, o más desproporcionado con deterioro notable del funcionamiento del individuo, tanto en sus capacidades personales, como en su manera de relacionarse, siguiendo un patrón desadaptativo” (Informe individual Lic. Illuminati, pág. 17. La negrita es del original y el subrayado propio). Sufre de TRASTORNO DE ESTRÉS POSTRAUMÁTICO y de TRASTORNO DEPRESIVO MAYOR en relación directa al accidente, como explica la psicóloga informante, con alto monto de ansiedad, miedos y cuadros de angustia, que redundan en un “funcionamiento actual por debajo de sus potencialidades” con “nivel de desorganización mental que excede sus recursos internos”. Todos estos rasgos derivados del lamentable accidente que nos ocupa presentan características de “cronicidad” que “no es favorable”. Todo lo cual lleva a concluir en la existencia de un deterioro de las capacidades laborativas, debida a “REACCIÓN VIVENCIAL ANORMAL NEURÓTICA, Grado III”, la que estimada de acuerdo a los patrones de la ley 24.557 resulta en una incapacidad del 20%.

Como ya se dijo, se trata de un daño en “evolución”. Por ello, esta parte se remite al porcentaje de incapacidad que determinen los peritos a designar en autos, el cual orientará el elevado criterio de V.S. a los fines de establecer una reparación equitativa y ajustada al daño total que se consolide con el transcurso del tiempo –el cual podrá ser mayor o menor que el existente a la fecha-.

Nuevamente, a los fines de cumplir las exigencias del Art. 165 inc. 3 del C.P.C., esta parte recurre a la fórmula matemática conocida como fórmula de Vuoto utilizada antes (punto VII.1.C de esta demanda). Considerando que el Sr. Daniel .. tiene al momento de la promoción de la presente acción 43 años y 6 meses (esto es, 43,50 años), que el salario mínimo vital y móvil –como pauta orientadora- es de $630, que la edad útil mínima se extiende hasta los 65 años, y que la incapacidad total puede apreciarse en un 20%, la suma provisoria estimada por reparación de incapacidad laboral es de pesos veintitrés mil trescientos veinticinco con doce centavos ($23.325,12).

POR ELLO, SE RECLAMA UN TOTAL DE PESOS TREINTA Y SIETE MIL OCHOCIENTOS QUINCE CON DOCE CENTAVOS ($37.815,12), EN CONCEPTO DE LUCRO CESANTE E INCAPACIDAD LABORATIVA DEL SR. DANIEL A. ...
VIII.1.F.-Gastos de sepelio.

Los gastos de sepelio de Vanesa y Patricia ascendieron a la suma total de pesos cuatro mil trescientos noventa y dos con sesenta y tres centavos ($4.392,63.-), según dan cuenta los comprobantes oficiales extendidos por “Parque de Descanso S.C.” y por “Boschín Hnos. Sepelios” que se adjuntan, correspondiendo la plena reparación de los mismos, a tenor de lo prescripto por los arts. 1084 y 1085 del Código Civil.


VIII.1.G.-Valor de reposición del vehículo destruido.

Corresponde, asimismo, el pago a su hijo Franco, en su carácter de único heredero universal, del valor de reposición del automóvil Citröen conducido por Vanesa al momento del siniestro, y de su propiedad. El vehículo quedó absolutamente inservible, como puede apreciarse en las fotografías obrantes en la causa penal.

Por ello, esta parte estima el daño sufrido en la suma de pesos $6.000, que surge de descontar al valor de mercado de un automóvil de las características del embestido, el valor que como chatarra ($500) pudieran conservar sus restos.
VIII.2.-DAÑO MORAL.

El daño moral es, conceptualmente, “una modificación disvaliosa del espíritu en el desenvolvimiento de su capacidad de entender, querer o sentir, que se traduce en un modo de estar de la persona diferente de aquél en que se encontraba antes del hecho, como consecuencia de éste y anímicamente perjudicial” (ZAVALA DE GONZÁLEZ, op. cit., p. 49. En igual sentido: MOSSET ITURRASPE, Jorge, Responsabilidad por daños, t. I, Rubinzal-Culzoni, Buenos Aires, 1998, p. 334)

Ello implica que debe resarcirse toda disminución o alteración perjudicial que haya afectado la dimensión espiritual de mis mandantes como consecuencia de las pérdidas de Vanesa y Patricia, y de las importantes lesiones sufridas por Sebastián y Franco. No sólo el liso y llano dolor debe ponderarse a la hora de indemnizar el daño moral, sino que también deben contemplarse las afectaciones en el querer (aspecto volitivo del espíritu) o en el entender (aspecto intelectivo) de cada uno de los damnificados.

Por ello, y a fin de mejor ilustrar a V.S. respecto al impacto en los planos emocional, afectivo, volitivo y aún intelectivo que el luctuoso hecho ha causado a mis mandantes, es preciso efectuar algunas breves consideraciones respecto a cómo funcionaba la familia .. antes del deceso de Vanesa y Patricia, y cómo eran las relaciones entre sus miembros. Ello permitirá ponderar con mayor precisión las distintas repercusiones dañosas que deben ser reparadas.

A tales fines resulta imprescindible considerar que, antes del accidente, “la familia presentaba un funcionamiento en el cual los vínculos se caracterizaban de un apego excesivo, dependencia y sobreprotección, en especial de las mujeres hacia los varones (la madre y la hija hacia el resto de los integrantes de la familia)…el Sr. .. desde siempre ha sido el sostén económico de la familia y su señora era la encargada de las tareas domésticas, cuidado de los hijos, y funcionaba como sostén emocional de su familia…en la pareja había un nivel de comunicación muy íntimo, en el cual todas las decisiones se consultaban entre ambos. En los valores de los padres estaba como meta principal la educación formal de sus hijos…” (Ver página 01 del Informe Psicológico Familiar, elaborado por la Lic. Natalia Illuminati, que se adjunta. La negrita es del original)

Con posterioridad al hecho, y no obstante haber transcurrido más de un año y medio, puede destacarse el elevado monto de angustia tanto a nivel familiar como individual (página 02 del mencionado Informe Familiar). Como rasgos peculiares de la dinámica familiar post-accidente, la perito psicóloga informa respecto a la existencia de “desorganización”, “irritabilidad, agresión e intolerancia entre unos y otros”, “labilidad emocional” y “tendencia a la introversión” (pág. 02), todo acompañado de estrés psicológico que ha generado “preocupación insistente por las consecuencias futuras”, “sentimientos de culpa”, “colapso de la red de comunicación intrafamiliar”, “aislamiento de sus miembros” y “redistribución de roles”, entre otros cambios desfavorables.

En suma, el núcleo familiar ha sido desarticulado, con la pérdida de dos miembros significativos, que asumían roles determinantes en la organización familiar, tanto a nivel material como emocional. Además, se trata de un suceso de connotaciones particulares, ya que las fallecidas eran personas jóvenes (de las cuales no es dable prever su muerte en el corto plazo), que perecieron en circunstancias trágicas y repentinas, lo que genera un agravio moral particularizado en su intensidad. No se trata de personas que, gravemente enfermas, se sometieron a una intervención quirúrgica de riesgo y perecieron durante la misma, o por complicaciones posteriores. Eran simplemente dos personas que salieron un día de su casa a realizar actividades cotidianas, y no pudieron volver, por causa del Sr. Alberto Alberto Alberto. Ninguna previsibilidad había de que un suceso tal ocurriese, lo que –obviamente- profundiza el trastorno moral que mis mandantes sufren.

Analizaré seguidamente los daños de cada uno de ellos:


VIII.2.A.-De Daniel A.

El Sr. .. perdió súbitamente a su esposa, compañera de vida, amante, organizadora del hogar. Todo ello, a la corta edad de 41 años (40 tenía Patricia). Como refiere la psicóloga informante, la familia .. era muy unida, y “en la pareja había un grado de comunicación muy íntimo, en el cual todas las decisiones se consultaban entre ambos” (Informe Familiar, pág. 1). No se trataba de una pareja disuelta, o donde –por las vueltas de la vida y el desgaste de la convivencia- simplemente compartían un techo. No. Mi mandante y su esposa mantenían una relación afectiva muy intensa, compartiendo las decisiones diarias, y en la cual Patricia era un apoyo fundamental (inclusive, había comenzado a colaborar, agregando a su labor como ama de casa el trabajo fuera del hogar mediante una actividad de venta de carne que le había organizado Daniel).

Daniel estaba acostumbrado a un trato cariñoso por parte de su mujer, y a contar con su apoyo permanente. La pérdida de su mujer, a tan corta edad y en circunstancias tan trágicas, le ha significado la pérdida de las ilusiones de compartir el resto de su vida con la persona elegida.

La gravedad del agravio moral padecido ha sido puesto de manifiesto por nuestra doctrina y jurisprudencia, al señalar que:

la muerte del integrante de un matrimonio que se desenvolvía normalmente (sin algún radical distanciamiento afectivo entre sus componentes) ocasiona por lo común un gravísimo daño moral al cónyuge supérstite. Es que el matrimonio trasunta de ordinario una profunda unión espiritual entre los esposos, con honda compenetración vital. Dentro de regulares aspiraciones, ese vínculo se encuentra destinado a perdurar, con participación en las alegrías y penas que depara la existencia…” (CNCiv, Sala H, 04/11/1997, “L. de A., M. M. c/Brizuela, Carlos A. y ot.”, L.L. 1998-B, 609; con cita de Matilde Zavala de González)

Pero no solamente el Sr. Daniel perdió a su cónyuge sino que, en el mismo momento, perdió a su hija mayor, Vanesa Anahí, quien era una joven aplicada y promisoria. En ella estaban puestas ilusiones y esperanzas, como todo padre hace con sus hijos. Y si resulta gravemente perturbador perder al cónyuge a una edad relativamente corta, más grave aún es tener la desgracia de enterrar un hijo. Esto es, sin dudas, contrario a la ley de la vida, y representa –quizás- el grado máximo de afección moral que puede experimentar un ser humano (Así lo ha reconocido expresamente nuestra jurisprudencia- A modo de ejemplo: 3raCámCivCom, 08/10/2002, “Blanco, Alfredo y ot. c/Bocaccini, Carlos y ots.”, L.S. 098-014; 4taCámCivCom, 10-02-1997, “Videla Pastrán, Eugenio c/Cuello, J.C.”, L.S. 141-048; criterio reiterado por el mismo tribunal en L.S. 143-073)

V.S. deberá atender especialmente a las circunstancias concretas de las personas involucradas. Vanesa era una joven emprendedora, excelente estudiante, con ansias y potencial de desarrollo a nivel personal y laboral. Era, a la vez, una madre cariñosa y dedicada a su pequeño hijo Franco.

Como ya referimos, Vanesa actuaba como “mano derecha” de Daniel, ayudándole –junto a Patricia- en la actividad comercial de venta de carne que habían iniciado tiempo antes de los hechos, llevando todo lo relativo al pago de impuestos y realizando todos los trámites familiares y comerciales.

Su desempeño escolar fue siempre distinguido, habiendo obtenido el título de “Perito Administrativo Contable” y siendo condecorada con la posición de escolta de la bandera, como ya se destacara. También eran rasgos distintivos de Vanesa .. la inquietud de aprender y formarse, y la perseverancia (ver constancias de cursos de computación y pasantías en AFIP adjuntas).

Tenía habilidades para los temas legales y administrativos, lo que la había llevado a decidir estudiar abogacía (ver constancia de inscripción de pre-universitario adjunta) y postularse para ingresar en la esfera del Poder Judicial de la Nación como auxiliar (para lo cual se le había presentado una excelente oportunidad, como se demostrará) tanto para hacer experiencia en temas jurídicos como para ayudar al mantenimiento de la casa familiar (donde vivía junto a sus padres, sus dos hermanos y su hijo Franco).

Es claro que pérdidas de la índole de las sufridas por el Sr. Daniel A. .. son de difícil ponderación. Quien no haya sufrido la pérdida simultánea del cónyuge y un hijo joven –que, además, ayudaba en las tareas económicas de la familia-, seguramente no puede apreciar en plenitud el grado de afectación que tal situación causa en una persona. Agravio que, obviamente, persiste a lo largo de toda la vida en su dolorosa realidad.

La gravedad de los trastornos y perturbaciones sufridos explican que, desde el momento del accidente, una persona activa y trabajadora como era el Sr. Daniel .., no haya podido realizar ninguna actividad de carácter productivo, lo que no sólo le provoca un daño material (ante la obvia necesidad de sustento), sino que le genera “una pérdida importante de identidad, de poder, de autoridad, de estima personal y social que afecta profundamente su persona y le provoca sentimientos de inutilidad, vacío, frustración, indefensión y negativismo sobre el tiempo presente y futuro” (Ver Informe Psicológico individual correspondiente al Sr. Daniel A. .. elaborado por la Lic. Natalia Illuminati, adjunto, pág. 9). Asimismo, ha sufrido importantes repercusiones somáticas, tales como “sueños de contenido desagradable que se acompañan de activación neurovegetativa”, “insomnio crónico”, “marcado desinterés por la alimentación…significativa pérdida de peso”, “altos montos de ansiedad”, abuso del consumo de tabaco con carácter adictivo, “bradipsiquia, dificultades en mantener el hilo del pensamiento”, “ideas de desvalorización, ruina y temores”, “inquietud psicomotriz”, “dificultades en la Memoria de Fijación, de Conservación y de Evocación (las cuales exceden el deterioro esperable por la edad)”, “desorientación parcial”, hipoabulia, sumadas a las esperables consecuencias de “inestabilidad emocional”, “tristeza”, “sentimientos de minusvalía, desamparo y soledad”, “miedos” (Ver Informe respectivo, capítulo “Estado Psicológico Actual”, págs. 9/12).

Por ello, y atendiendo a los cánones generales establecidos para casos similares a través de la jurisprudencia nacional esta parte estima el daño moral total sufrido por Daniel A. en la suma de $110.000 ($50.000 por la muerte de su esposa Patricia y $60.000 por la muerte su hija Vanesa), siempre librado a lo que el prudente arbitrio de V.S. determine..
VIII.2.B.-De Sebastián A.

Sebastián tenía, al momento de producirse el accidente, 16 años. Era un adolescente normal, con una vida activa, que gustaba –como la mayoría de sus pares- de juntarse con sus amigos a jugar al fútbol, o realizar otras actividades propias de su edad. Cursaba, en ese momento, 2do Año del Polimodal en la Escuela

En el accidente de marras perdió a su madre y a su hermana. Deberá transitar la difícil etapa de la adolescencia sin la compañía y la guía de su madre, sin las atenciones y contenciones que una madre prodiga a sus hijos. A la vez, la pérdida de su hermana (cuyo innegable disvalor moral NO se reclama, a raíz de la prescripción expresa del art. 1078 C.C.), implicará que su sobrino Franco, con quien vivía y mantenía una relación afectiva estrecha, no vivirá más con Sebastián y su familia.

Su propia vida estuvo en peligro, tanto potencial como realmente. No sólo vivió cada uno de los trágicos momentos en que el camión conducido por Alberto Alberto Alberto impactaba el vehículo en que circulaba junto a su madre, su hermana y su sobrino, sino que presenció en forma directa el fallecimiento de su madre y su hermana. Fue testigo forzoso de toda la situación inmediata al siniestro, en la que vio los cadáveres de sus seres queridos. A la vez, y producto de los severos golpes recibidos, debió ser hospitalizado en el Hospital Central. Allí fue intervenido quirúrgicamente, practicándosele una “esplenectomía” (extirpación del “bazo”) como consecuencia de un severo traumatismo abdominal con rotura de bazo (Ver “hoja de epicrisis”, suscripta por el Dr. José Ignacio Mangione, en la copia certificada de historia clínica adjunta). Permaneció internado por espacio de 11 días (constancia en copia de historia clínica adjunta), debiendo con posterioridad concurrir asiduamente a controles médicos. Le quedó, como huella del accidente, una importante cicatriz abdominal que –como redestaca la Psicóloga informante- “no sólo lo afecta …por una cuestión de estética, sino también porque es la marca de una experiencia traumática, relacionada directamente con la muerte propia y ajena, que se le presenta cotidianamente” (Ver Informe individual adjunto, pág. 21)

A la vez, la operación de ablación ha dejado secuelas: como informa el Dr. Federico G. Grilli, la pérdida del bazo lleva al sistema inmunológico a sufrir alteraciones perjudiciales (“disminución del aclaración de antígenos intra y extracelulares”; “respuesta disminuida a antígenos polisacáridos”, “alteración de la fagocitosis”; ver certificado médico adjunto), que disminuyen su potencial como defensa frente a los agentes infecciosos. Se trata de “un paciente con infecciones recurrentes, principalmente de vías respiratorias altas, con vacunación antineumocóccica anual. Tiene mayor sensibilidad a infecciones por Streptococo neumonie, H. influenza, N. Meningitidis, Streptococo beta hemolítico del grupo A, pseudomonas”. A la vez, sus chances de morir por sepsis inespecíficas son entre 50 y 200 veces mayores que las de las personas no esplenectomizadas. La literatura médica describe la aparición en pacientes esplenectomizados de infecciones fulminantes (ver certificado ya referido). Es claro que existe un disvalor moral en la pérdida de salud y de potencial de curación frente a agentes patógenos harto comunes como los mencionados.

Continuando una línea cronológica, debe considerarse que inmediatamente después del accidente, Sebastián no pudo seguir estudiando. A pesar de la insistencia de su padre Daniel, Sebastián no se encontraba en condiciones psicológicas ni anímicas de cumplir los requisitos académicos de la enseñanza polimodal. Actualmente, y luego de dos intentos frustrados de retomar la actividad escolar en establecimientos donde concurren adolescentes, Sebastián está intentando continuar con sus estudios, habiéndose inscripto en un establecimiento escolar para personas adultas. Debe tenerse en cuenta que a raíz del accidente y a pesar de sus mejores esfuerzos, Sebastián perdió 2 años lectivos.

A su vez, y dado el permanente recuerdo de sus pérdidas familiares, y al igual que su hermano Gerardo, Sebastián no pudo vivir más en la casa que habitaba la familia ... Daniel debió conseguir ayuda familiar (primero de su padre, y luego de su madre y el esposo de su madre) para conseguir un lugar adonde pudiera vivir provisoriamente con su familia.

El accidente produjo importantes alteraciones en la vida de Sebastián ... Ha sufrido repercusiones somáticas: insomnio, con contenido angustioso de los sueños cuando logra conciliar el mismo; altos montos de angustia, lo que le genera dificultades para prestar atención y retener datos, como así también consumo de tabaco para calmar la ansiedad; desorden en los hábitos alimenticios. También ha presentado cambios en la personalidad, acentuándose rasgos de introversión, inhibiciones y miedos, con elaboración de duelo obstaculizada (Ver Informe Psicológico individual adjunto).

En razón de todas las afecciones morales descriptas y acreditadas, esta parte estima provisoriamente el total por daño moral en la suma de $70.000 ($45.000 por la muerte de su madre, y $25.000 por los perjuicios directos derivados del riesgo de muerte al que se vio expuesto, como así también de la internación, ablación, consecuencias físicas, psicológicas y de toda índole ya descriptas).


VIII.2.C.-De Gerardo

Gerardo .. es un adolescente, al momento del accidente en que perdiera la vida su madre y su hermana, tenía 11 años, se encuentra cursando el último año del ciclo polimodal. También trabaja en el taller de motos de su tío.

Gerardo presenta un complejo cuadro psicológico como consecuencia de la irremediable pérdida de sus seres queridos más íntimos. Su progenitora le brindaba todo su calor de madre, y el consejo y contención propias de aquél progenitor que está más frecuentemente en la casa y se hace cargo de las cuestiones cotidianas de los hijos. Su pérdida le provocó un profundo “estado de tristeza y anhedonia”, que –como bien describe la psicóloga informante- alcanza una entidad tal que puede estar enmascarando estados depresivos. A su vez, tiene temor a sufrir un accidente en auto, lo cual condiciona sus posibilidades de desarrollar actividades cotidianas (como trasladarse en vehículo) sin sufrir exacerbaciones en los montos de ansiedad elevados que presenta a causa de los hechos luctuosos. Presenta dificultades en el control de sus impulsos, concatenado con sus sentimientos de impotencia y enojo (ver informe Psicológico, pág. 25, Lic. Illuminati). Estas disfunciones psicológicas le han alterado funciones somáticas, apareciendo “insomnio” y “gran ansiedad”.

Gerardo fue un niño feliz con su familia, creció en el seno de un hogar compuesto por sus dos padres, sus dos hermanos y su sobrino al que asimilaba a un hermano. La ausencia de su madre es sufrida especialmente por hijos adolescentes –como es el caso tanto de Gerardo como de Sebastián- quienes deben transitar el camino de su desarrollo sin la contención materna, y con la asistencia de su padre gravemente afectado por el mismo hecho. Por lo demás, y como se ha sostenido jurisprudencialmente en forma constante) la muerte de una madre provoca al hijo –de cualquier edad, pero especialmente a los menores de edad- un perjuicio moral cuya existencia es innegable y surge de los hechos mismos. Es, en suma, un daño in re ipsa.

En razón de los padecimientos sufridos por tan inconmensurable pérdida, esta parte estima que el daño moral como consecuencia de la muerte de su madre en la suma de pesos cuarenta y cinco mil ($45.000).
VIII.2.D.-De Franco

El pequeño niño Franco, tenía la edad de tres años cuando presenció el accidente de tránsito en el que resultaran fallecidas instantáneamente su mamá y su abuela. También vio a su tío Sebastián sangrando al lado suyo, ya que estaba sentado en el asiento trasero del Citröen impactado. Vio un gran camión embestirlos, en medio de gritos y desesperación. Este fue, en el mejor de los casos, el desgraciado panorama que tuvo que vivir y presenciar el pequeño, y que provocó repercusiones morales de considerable entidad.

Franco era hijo de padres no casados y que ya no conformaban pareja. Como consecuencia de tal situación, el niño vivía en la casa de sus abuelos maternos. Patricia, su abuela era su “alter mater”; evidentemente era una “abuela-madre”. Patricia cuidaba del pequeño Franco mientras Vanesa estudiaba o concurría al pre-universitario, o salía a hacer trámites impositivos o de otra índole para ayudar a Daniel. Como suele ocurrir en casos en que los padres de un menor no conviven, y el progenitor que tiene el niño a su cargo es menor, los abuelos asumen un rol fundamental en la crianza del niño. Máxime cuando, como en el caso que nos ocupa, el niño vivía en casa de los abuelos. Esta solución usual –y casi podría decirse “natural”- fue reconocida expresamente por el art. 264 bis del C.C. Así, Patricia tuvo la “Guarda” de Franco desde sus primeros días de vida, ya que Vanesa era menor de edad, situación que fue consolidada en el convenio de mediación actuación Nº 28.380/2 caratulados “Vanesa Anahí, yCésar Domingo p/ Tenencia” por ante el cuerpo de Mediadores del Poder Judicial que desde ya se ofrece como prueba. Por ello, el vínculo que Franco tenía con su abuela era más intenso que el ya de por sí profundo vínculo que establecen los niños pequeños con sus abuelos. Franco ha sufrido un daño moral agravado: no sólo ha perdido al ser más significativo que tiene una persona en la vida, esto es, la madre, en una etapa clave de su vida y donde su dependencia de la madre es máxima, sino que al mismo tiempo ha perdido a su abuela materna, quien lo tenía a cargo y compartía la crianza con Vanesa. Ambas lesiones deben ser reparadas.

El duelo de Franco es cualitativamente distinto, debido a la dependencia propia de un niño de su edad con su madre. A su corta edad presenta “un trastorno de estado de ánimo específicamente depresivo” (conforme diagnóstico expedido por la Lic. en Psicología M. Leonor Marengo). Su vida de relación se halla sustancialmente alterada debido al duelo ya que, según el informe psicológico referido, “no hay juego con los otros niños ni autonomía en alguno hábitos de la vida cotidiana”. Tampoco fue posible insertarlo en una sala de cuatro años, ya que se veía invadido por la separación, reviviendo el dolor de su fatal pérdida.

La sintomatología de Franco es referida por la Licenciada tratante como: “…dependencia, sentimientos de indefensión, inseguridad y desvalimiento, retraimiento, timidez e hipersensibilidad, predominan sentimientos de tristeza, angustia, miedo y ansiedad de separación, luego del accidente presenció trastornos somáticos como trastornos de apetito (inapetencia, periodos de anorexia), alteraciones que aún se observan en su comportamiento, presentó episodios de encopresis y enuresis secundaria (diurna y nocturna)…”, padecimientos que van a marcar a Franco con el signo de la Muerte Violenta para toda su vida.

Con todo, Franco debió sufrir otra separación ya que tiene la sensación de haber perdido su anterior estilo de vida, en virtud de la reorganización forzada que produjo el desgraciado acontecimiento: dejó de vivir con su abuelo materno, para vivir con su padre, Sr. César Domingo.

A todo ello debe agregarse el daño moral que se deriva de las lesiones físicas que sufriera el pequeño como consecuencia del violento impacto del camión conducido por el co-demandado Alberto Alberto Alberto. Como da cuenta la historia clínica del Hospital “Notti” (obrante a fs. 53 vta. y ss. de la causa penal ya ofrecida), Franco Daniel registra internación en dicho nosocomio en la fecha del accidente, ingresando con “politraumatismo” (fs. 55/57) y diversas heridas, entre ellas, “cefalohematoma en arco superciliar derecho”, “escoriaciones en rostro y cuero cabelludo” (fs. 57) y “fractura de clavícula izquierda” (fs. 59). Ello requirió tratamiento ambulatorio con diversos medicamentos, y control traumatológico posterior.

Esta parte estima como daño moral sufrido por el menor Franco .. en la suma de pesos setenta y ocho mil ($78.000), importe que se discrimina de la siguiente forma: pesos sesenta mil ($60.000) por la muerte de su madre Vanesa, pesos quince mil ($15.000) por la muerte de su abuela Patricia, y pesos tres mil ($3.000) por las lesiones sufridas en el propio cuerpo.

Debe recordarse que, tal como ha sostenido la Suprema Corte de Justicia de Mendoza en un elogiable decisorio, Franco se encuentra plenamente legitimado para reclamar los perjuicios morales sufridos como consecuencia de la muerte tanto de su madre, como de su abuela:



“Cuando del hecho resulta la muerte de la víctima, los herederos legitimados para reclamar la indemnización por daño moral según lo previsto por el art.1078 del C.C., no son sólo los de grado preferente de acuerdo al orden sucesorio en el caso concreto, sino en abstracto; en consecuencia, corresponde acordar legitimación al ascendiente, aún en presencia de un descendiente…Si bien es cierto que el art.1078 del C.C. admite el reclamo del daño moral sufrido como consecuencia del fallecimiento de una persona sólo respecto a los herederos forzosos, corresponde asignar a tal mención una interpretación amplia de modo que alcance a todos aquellos que son legitimarios con vocación eventual, aunque de hecho pudieron quedar desplazados de la sucesión por la concurrencia de otros herederos de mejor grado, comprensión que se compadece con el caráter iure propio de esta pretensión resarcitoria y, además, satisface la necesidad de evitar soluciones disvaliosas. (CSN, 7/8/1997, "Badin R. y ots. c/ Pcia. de Bs.As.", LL 1998-E-194; J.A. 1998-I-224. La decisión continúa la línea jurisprudencial comenzada en sentencias del 9/12/93 (Legitimación de la abuela, LL 1994-C-546)y abandona el criterio restrictivo aplicado en Fallos 292-428 considerando 19, JA 1976-I-132)…(SCJMza, Sala I, 02/10/2002, As. 73.065, “Servicios Especiales San Antonio S.A. en J: Álvarez Quintana, Manuel y ots. c/Rojas, Dalmiro y ots.”, L.S. 312-193)





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