Falacias ¿Qué es una falacia?



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Falacias
¿Qué es una falacia?

Una falacia es un error de razonamiento. De la manera en que los lógicos utilizan el término, no designa cualquier error o idea falsa, sino errores típicos que surgen frecuentemente en el discurso ordinario y que tornan inválidos los argumentos en los cuales aparecen.

Un argumento, cualquiera que sea el tema al que se refiere, por regla general trata de establecer la verdad de su conclusión. Pero los argumentos pueden fallar de dos maneras en ese propósito. La primera es suponer alguna proposición falsa como una de las premisas del argumento.

La segunda forma en que el argumento puede fracasar en el intento de establecer la verdad de su conclusión es que sus premisas no la impliquen.

Aquí nos hallaremos en la región específica del lógico, cuyo interés principal es el de las relaciones lógicas entre las premisas y la conclusión.

Un argumento cuyas premisas no implican su conclusión es un argumento cuya conclusión puede ser falsa aun si todas sus premisas fuesen verdaderas. En estos casos, el razonamiento no es bueno y se dice que el argumento es falaz, o que es una falacia.

Hay muchas formas en las que puede equivocarse el razonamiento, muchos tipos de errores que se pueden cometer en un argumento. Cada falacia, como usamos aquí el término, es un tipo de argumento incorrecto.

Puesto que las falacias son genéricas, podemos decir que dos argumentos diferentes cometen o incurren en la misma falacia. Esto es, que exhiben el mismo tipo de error en el proceso de razonamiento.

En lógica, se acostumbra reservar el término "falacia" para los argumentos que, aun cuando sean incorrectos, resultan persuasivos de manera psicológica. Algunos argumentos son incorrectos en forma tan obvia que no pueden convencer ni engañar a nadie. Pero las falacias son peligrosas porque la mayoría de nosotros llegamos alguna vez a ser engañados por ellas. Por tanto, definimos una falacia como un tipo de argumento que puede parecer correcto pero que demuestra, luego de examinarlo, que no lo es. Es conveniente estudiar estos argumentos erróneos porque se puede evitar más eficazmente caer en las trampas que tienden una vez que se conocen. Estar prevenido es estar bien armado contra esas trampas.

¿Cuántos tipos de falacias, de errores en los argumentos, se pueden distinguir? Aristóteles, el primer lógico sistemático, identificó trece tipos de falacias;' recientemente, ¡se han identificado más de 113 No hay un número preciso de falacias, puesto que contarlas depende mucho del sistema de clasificación utilizado. Distinguiremos aquí 17 tipos de falacias - los errores más comunes y engañosos del razonamiento divididos en dos grandes grupos, llamados falacias de atinencia y falacias de ambigüedad. Su manejo le permitirá al estudiante detectar los principales errores en el razonamiento y promoverá la sensibilidad necesaria para detectar otros errores parecidos.


A. Falacias de atinencia

Cuando un argumento descansa en premisas que no son pertinentes para su conclusión y, por lo tanto, no pueden establecer de manera apropiada su verdad, la falacia cometida es de atinencia. "lnatinencia" quizás describe mejor el problema, pero las premisas con frecuencia son psicológicamente atinentes para la conclusión, y esto explica la aparente corrección y persuasividad.

En forma tradicional, se han dado nombres latinos a muchas falacias, algunos de ellos -como "ad hominem" - han llegado a formar parte de lenguajes como el inglés o el español. En lo que sigue utilizaremos lo mismo su nombre latino que el castellano.
1. El argumento por la ignorancia: argumento ad ignorantiam:

Es el error que se comete cuando se argumenta que una proposición es verdadera sobre la base de que no se ha probado su falsedad o, a la inversa, de que es falsa porque no se ha probado su verdad. Al reflexionar un poco, podemos percatarnos de que existen muchas proposiciones falsas cuya falsedad aún no se ha probado y de que existen muchas proposiciones verdaderas cuya verdad no se ha demostrado; así, nuestra ignorancia sobre cómo probar o refutar una proposición no establece su verdad ni su falsedad. Esta apelación falaz a la ignorancia aparece en forma más común en la investigación científica mal entendida -donde consideran de modo equivocado como falsas las proposiciones cuya verdad no puede establecerse - al igual que en el mundo de la seudociencia, donde las proposiciones acerca de los fenómenos psíquicos y otros similares se consideran falazmente verdaderas porque su falsedad no ha sido establecida concluyentemente.

Es famoso en la historia de la ciencia el argumento ad ignorantiam utilizado para criticar a Galileo, cuando mostró a los principales astrónomos de su época las montañas y valles que se podían ver en la superficie de la luna . Algunos eruditos de esa época, absolutamente convencidos de que la luna era una esfera perfecta, como había enseñado por siglos la teología y la ciencia aristotélica, argumentaron contra Galileo que, aun cuando en apariencia vemos montañas y valles, la luna de hecho es una esfera perfecta, dado que todas sus irregularidades aparentes son llenadas con una sustancia cristalina invisible. Y esta hipótesis, que salva la perfección de los cuerpos pesados, ¡no podía ser refutada por Galileo! La leyenda nos dice que Galileo trató de poner en evidencia el argumento ad-ignorantiam ofreciendo como caricatura otro del mismo tipo. Incapaz de probar la no existencia de la supuesta sustancia transparente que llenaba los valles, él propuso la hipótesis igualmente probable de que sobre la capa de sustancia invisible de la luna, había picos montañosos aún más altos, pero hechos de cristal y, por tanto, ¡invisibles! Lo cual, señaló él, no podía ser refutado por sus críticos.

Quienes se oponen tenazmente a un cambio radical, con frecuencia están tentados a argumentar en su contra sobre la base de que no se ha probado todavía que el cambio es conveniente o seguro. Tal prueba, por regla general, es imposible de construir a priori y a lo que apela la objeción es a la ignorancia mezclada con el temor. Tal apelación toma con mucha frecuencia la forma de preguntas retóricas que sugieren, pero no afirman de manera directa, que los cambios propuestos conllevan peligros desconocidos.

Por ejemplo, cuando se comenzó a considerar en los años setenta la posibilidad de desarrollar una tecnología para cortar y recombinar el

DNA (lo que se llama "ingeniería genética"), algunas personas que buscaban prohibir ese tipo de investigaciones apelaron a nuestra ignorancia acerca de sus consecuencias a largo plazo. Un crítico, formulando su apelación ad-ignorantiam en un lenguaje altamente emotivo, escribió en una carta a Science:

“Si se permite al Doctor Frankenstein producir sus monstruos biológicos. . . ¿cómo podernos estar seguros de lo que sucederá alguna vez que las pequeñas bestias escapen de su laboratorio?

Por supuesto, el hecho de que no se hayan obtenido ciertas evidencias o resultados luego de haberse buscado de modo activo en las formas calculadas para hallarlos puede, en algunas circunstancias, revestir una significativa fuerza argumentativa. Por ejemplo, cuando se hacen pruebas para determinar si una nueva droga es segura, comúnmente se proporciona a ratones o a otros roedores durante períodos prolongados de tiempo. La ausencia de cualquier efecto tóxico sobre los roedores se toma como evidencia (aunque no como evidencia conclusiva) de que la droga probablemente no es tóxica para los seres humanos. La protección a los consumidores con frecuencia descansa en evidencia de este tipo. En circunstancias como éstas no confiamos en la ignorancia, sino en nuestro conocimiento o convicción de que si el resultado en el que estamos interesados tiene lugar, entonces habría ocurrido en alguna de las pruebas realizadas. Este uso de la incapacidad para probar algo supone, por regla general, que los investigadores están altamente capacitados y que es muy probable que hubieran descubierto la evidencia buscada si en realidad existiera. Aun así, se llegan a cometer errores trágicos en esta esfera; pero si las normas de calidad son muy altas - si -lo que exigen es una prueba conclusiva del carácter inofensivo de un medicamento, que nadie puede proporcionar - los consumidores no tendrían la posibilidad de acceder a tratamientos médicos de gran valor que incluso pueden llegar a salvar vidas humanas.

De manera parecida, cuando una investigación de seguridad no proporciona evidencia de conducta impropia por parte de la persona investigada, sería erróneo concluir que la investigación nos ha dejado en la ignorancia. Una investigación minuciosa habrá de "aclarar" el asunto en cuestión. En algunos casos, no extraer una conclusión es una forma incorrecta de razonamiento, lo mismo que sería el extraer una cierta conclusión.

Hay un contexto especial en el cual la apelación a la ignorancia es común y apropiada, a saber, el de un juzgado, donde un acusado se considera inocente hasta que no se ha probado su culpabilidad. Adoptamos este principio porque reconocemos que el error de condenar a un inocente es más terrible que el de absolver al culpable -y así la defensa en un caso penal puede reclamar legítimamente que si el fiscal no ha probado la acusación más allá de toda duda razonable, el único veredicto posible es el de no culpabilidad.


2. La apelación inapropiada a la autoridad- argumento ad verecundiam:

Cuando intentamos resolver un problema o cuestión complicada, es del todo razonable orientarse por el juicio de un experto reconocido que haya estudiado con cuidado la materia. Cuando argumentamos que una conclusión determinada es correcta sobre la base de que un experto ha arribado a esa opinión, no cometemos una falacia. De hecho, tal recurso a la autoridad es necesario para la mayoría de nosotros en casi todos los ámbitos. Por supuesto, el juicio de un experto no es una prueba conclusiva.

Los expertos con frecuencia están en desacuerdo y aun cuando estén de acuerdo pueden equivocarse, pero una opinión experta seguramente es una forma razonable de apoyar una conclusión.

La falacia ad verecundiam ocurre cuando se hace una apelación a personas que no tienen credenciales legítimas de autoridad en la materia en discusión . Así, en una discusión sobre moralidad, una apelación a las opiniones de Darwin, autoridad indiscutible en biología, sería falaz, como lo sería la apelación a las opiniones de un gran artista, como Picasso, para elucidar un asunto económico. Pero se debe tener cuidado en determinar qué autoridad es razonable para dirimir un determinado asunto y cuál se debe rechazar. Mientras que Picasso no es un economista, su juicio puede tener cierto peso cuando se discute el valor económico de una obra de arte, y el papel de la biología en las cuestiones morales puede hacer que, en algún momento, la autoridad de Darwin en esos asuntos sea pertinente.

Los ejemplos más flagrantes de apelaciones erróneas a la autoridad aparecen en los "testimonios" publicitarios. Se nos anima a manejar un automóvil de determinada marca porque un famoso golfista o jugador de tenis afirma su superioridad; se nos dice que debemos beber cierto refresco porque alguna estrella de cine o jugador de futbol muestra su entusiasmo por él. Siempre que la verdad de una proposición se afirma sobre la base de la autoridad de una persona que no tiene especial competencia en esa esfera, se comete la falacia de apelación equivocada a la autoridad.

Ésta parece consistir en un error muy simple que resulta fácil de evitar, pero hay circunstancias en las cuales la apelación falaz es muy tentadora y, por lo tanto, intelectualmente peligrosa. He aquí dos ejemplos: en la esfera de las relaciones internacionales, en la cual las armas y la guerra desempeñan, por desgracia, un papel importante, una opinión o la otra frecuentemente se apoyan apelando a aquellos que tienen una competencia especial en el diseño o construcción de armas. Por ejemplo, físicos como Robert Oppenheimer o Edward Teller pueden de hecho tener el conocimiento para proporcionar juicios autorizados acerca de cómo ciertas armas pueden o no funcionar, pero su conocimiento en esta esfera no les otorga una sabiduría especial para determinar las metas políticas que deben perseguirse. Una apelación al juicio de un distinguido físico sobre la conveniencia de ratificar cierto tratado internacional sería, así, un argumento ad verecundiam. De manera parecida, admiramos la profundidad y sensibilidad de la literatura -digamos en las novelas de Alexander Solzhenitsyn o de Saul Bellow- pero recurrir a su juicio en el contexto de una disputa política sería una apelación ad verecundiam.

En ocasiones es difícil saber si un determinado "experto", reputado como autoridad en un determinado campo, es confiable. Ese juicio ha de hacerse cuidadosamente y podemos llegar a encontrarnos con que hemos confiado en forma errónea en la autoridad de alguien, tomándolo como experto. Si la reputación del experto se mantiene íntegra, sin embargo, la elección no ha de considerarse propiamente una falacia. E l error es de razonamiento -la falacia ad verecundiam- cuando la apelación es por completo inapropiada y hemos confiado en una autoridad ilegítima.
3. Pregunta compleja

De todas las falacias que se utilizan en el razonamiento cotidiano, una de las más comunes es la de formular una pregunta de tal forma que se presupone la verdad de alguna conclusión implícita en esa pregunta; es probable que la pregunta misma sea retórica y no busque genuinamente una respuesta. Pero al formular con seriedad la pregunta, muchas veces se logra de modo falaz el propósito de quien interroga.

Así, el ejecutivo de una compañía de servicios puede preguntar por qué el desarrollo privado de recursos es más eficiente que cualquier control público. O un casateniente puede preguntar respecto a un incremento propuesto sobre el impuesto predial "¿qué puede esperarse de la mayoría de los votantes, quienes son arrendatarios y no propietarios y, por tanto, no tienen que pagar el impuesto, si la carga fiscal sobre los demás se hace aún más pesada?" Tales preguntas, que aparecen a menudo en los editoriales de los periódicos o en los programas televisivos de opinión, buscan lograr la aceptación de la verdad de ciertas proposiciones - que el desarrollo privado es más eficiente que el control público, o que un nuevo impuesto predial es injusto, o que los arrendatarios no resienten los efectos de ese impuesto- sin tener que presentar razones para afirmar o defender esas supuestas verdades. La pregunta compleja es, quizás, el recurso más socorrido del llamado "periodismo amarillista”. Su presencia resulta sospechosa siempre que es acompañada de un tajante "sí" o "no".

El peligro que presentan las preguntas complejas, en especial cuando se presentan ante un cuerpo legislativo (o cualquier otra instancia encargada de tomar decisiones), ha hecho que se otorgue una posición privilegiada, en el procedimiento parlamentario, a la moción de dividir la pregunta. Así, por ejemplo, una moción de que el cuerpo "posponga un determinado asunto por un año", puede sabiamente dividirse en la decisión de posponerlo y, si esto se hace, entonces determinar la longitud del aplazamiento. Algunos miembros pueden apoyar calurosamente el aplazamiento mismo, aun cuando encuentren demasiado largo el período de un año; si no tuviera prioridad la oportunidad de dividir la pregunta, el cuerpo legislativo podría haber caído en la trampa de decidir forzosamente sobre una moción que, dada su complejidad, no podría decidirse con inteligencia.

Con frecuencia, el presidente de debates, que tiene el deber de promover un debate plenamente racional, solicitará la moción de dividir la cuestión antes de comenzar el debate sustantivo.

La complejidad falaz puede aparecer en el discurso de distintas maneras. En su forma más explícita ocurre en un diálogo en el que una de las partes plantea una cuestión que es compleja, una segunda parte la responde y la primera parte extrae entonces una inferencia falaz basada en la respuesta. Por ejemplo:



ABOGADO: Los datos parecen indicar que sus ventas se incrementaron como resultado de la publicidad tendenciosa. ¿No es así?

TESTIGO: ¡No!

ABOGADO: Pero usted admite, entonces, que su publicidad es tendenciosa ¿Cuánto tiempo ha estado incurriendo en ese tipo de prácticas?

Es más común, sin embargo, que la falacia tome la forma menos explícita y más truculenta en la cual un solo hablante, o escritor, plantea deliberadamente la pregunta compleja, la responde él mismo y luego extrae la inferencia falaz. O, en forma aún menos explícita, la pregunta compleja puede plantearse y se puede extraer la inferencia falaz sin que siquiera se haya enunciado la respuesta a la pregunta, sino tan sólo sugerido o presupuesto.


4. Argumento ad hominem

La frase "ad hominem " se traduce como "contra el hombre”. Nombra un ataque falaz dirigido no contra la conclusión que uno desea negar, sino contra la persona que la afirma o defiende. Esta falacia tiene dos formas principales, porque hay dos maneras diferentes en las cuales se puede dirigir el ataque.


A. El argumento ad hominem abusivo

En las disputas violentas o contenciosas es muy común menospreciar el carácter de los interlocutores, negar su inteligencia o racionalidad, cuestionar su integridad y así sucesivamente. Pero el carácter personal de un individuo es lógicamente irrelevante para la verdad o falsedad de lo que dice la persona, o para la corrección o incorrección del argumento que sostiene esa persona. Sostener que las propuestas son malas o falsas porque las proponen los "radicales" (de izquierda o de derecha) es un ejemplo típico de la falacia ad hominem abusiva.

Las premisas abusivas son irrelevantes -pero muchas veces pueden persuadir por medio del proceso psicológico de transferencia. Ahí donde se puede evocar una actitud de desaprobación sobre una persona, el campo de la desaprobación emocional se puede extender lo suficiente para incluir el desacuerdo con las afirmaciones que la persona hace.

Por supuesto hay muchas variaciones en las pautas del abuso ad hominem. Algunas veces, el oponente es acusado de ser ateo o comunista. Otras, se condena una conclusión tan sólo porque es compartida por las personas que supuestamente son viciosas o de un carácter perverso.

Muchos piensan que Sócrates, en su famoso juicio en Atenas, fue hallado culpable de impiedad, a causa, en parte, de su íntima asociación con personas ampliamente conocidas como desleales al Estado y rapaces en su conducta. La "culpabilidad por asociación" fue sugerida de manera reiterada en los Estados Unidos de Norteamérica durante los años cincuenta por el Comité para las actividades antinorteamericanas de la Cámara de Representantes, cuando se alegaba mala conducta en buena parte por el apoyo proporcionado por el acusado a causas políticas como la de las libertades civiles y la igualdad racial, a las que también apoyaba el partido comunista. Como el argumento ad hominem abusivo comúnmente toma la forma de atacar la fuente o génesis de la posición opuesta -la cual por supuesto no es relevante para su verdad- se llama a veces la "falacia genética " .

Hay un contexto en el cual un argumento que parece ad hominem no es falaz. En las cortes o tribunales, cuando se presenta un testimonio y se demuestra que quien lo emite es probadamente un perjuro, este argumento puede invalidar el testimonio. Se pueden hacer este tipo de esfuerzos para " impugnar" al testigo, para cuestionar su veracidad. El argumento no es falaz si la credibilidad del testigo y su testimonio puede así ser socavado; pero uno cometería una falacia si concluye, a partir de ello, que necesariamente lo que afirma es falso. Por otra parte, para impugnar a un testigo no basta con afirmar que es mentiroso, esto se debe mostrar a partir de la pauta de conducta que hasta entonces ha seguido el testigo, o de la inconsistencia del testimonio presentado.

Un ejemplo legendario de la variedad abusiva de ad hominem surgió también en un tribunal en Gran Bretaña. Allí, la práctica de la ley con frecuencia ha distinguido entre fiscales y defensores; los primeros preparan los casos para la Corte y los segundos los defienden. Por regla general, su cooperación es admirable, pero en ocasiones ha dejado mucho que desear . En una de estas ocasiones, el defensor ignoró el caso por completo hasta que llegó el día del juicio, y confió en el fiscal para investigar el caso de su cliente, y preparar el expediente del caso. Al llegar a la Corte unos momentos antes del inicio de la sesión, recibió el expediente preparado por el fiscal . Sorprendido ante su delgadez, lo abrió para hallar dentro una nota que decía: "No hay causa, ataque al abogado de la parte acusadora".
B. El argumento a d hominem circunstancial

Esta variante de la falacia ad hominem se basa en la irrelevancia que existe entre las creencias que se defienden y las circunstancias de sus defensores.

Un oponente debe aceptar (o rechazar) alguna conclusión, se argumenta falazmente tan sólo debido a su empleo, nacionalidad o a otras circunstancias. Esto puede sugerir, de manera infortunada, que un clérigo tiene que aceptar una proposición determinada porque su negación sería incompatible con las Sagradas Escrituras. Un candidato político, se puede alegar, debe apoyar una determinada política puesto que es la que explícitamente defiende la plataforma de su partido. Tal argumento es irrelevante para la verdad de la proposición que se discute -simplemente presiona la aceptación de ella por parte de algún individuo debido a las peculiares circunstancias de este último, a su situación o convicciones. Los cazadores, acusados de barbarismo o de sacrificar animales indefensos simplemente por diversión, a veces replican a sus críticos: " ¿Por qué come usted la carne de los animales sacrificados?" Pero esta réplica es llanamente un argumento ad hominem, esa réplica ni siquiera sirve para probar que es correcto sacrificar la vida animal en favor de la diversión humana, sino tan sólo que los críticos no pueden criticar de manera consistente esa conducta debido a sus propias circunstancias - en este caso, el hecho de que no son vegetarianos.

El término tu quoque, que significa "tú también", se usa a veces para nombrar esta variedad de la falacia ad hominem circunstancial.

Las circunstancias del oponente no son el punto a discutir cuando se argumenta seriamente. Por ello, las premisas no tienen ninguna pertinencia.

Llamar la atención sobre esas circunstancias puede resultar psicológicamente efectivo al ganar el asentimiento para la conclusión que se defiende frente al oponente, pero no importa qué tan persuasivo pueda ser, este argumento es, en esencia, una falacia.

Un ejemplo clásico del argumento ad hominem circunstancial aparece en el diálogo de Platón llamado Critón, en el cual las leyes míticas de Atenas - el Estado personificado - hablan a Sócrates, tratando de probarle que era incorrecto huir de la sentencia de muerte que le había impuesto la corte ateniense:

De todos los atenienses, tú has sido el residente más constante en la ciudad que, como nunca has dejado, se supone que amas . .. Ni tienes curiosidad alguna de conocer otros estados o sus leyes, tus afectos no van más allá de tu Estado, nosotras somos tus favoritas y has consentido en que te gobernemos... Más aún, tú pudiste, en el curso del juicio, si hubieras querido, haber obtenido la penalidad menor; el Estado que ahora rehúsa dejarte ir, pudo permitírtelo entonces. Pero pretendes que prefieres la muerte al exilio y que no tenías miedo alguno de morir. Y ahora has olvidado estos nobles sentimientos”.

Las circunstancias del oponente se usan con frecuencia, en forma falaz, como si fueran las razones suficientes para rechazar la conclusión que sostienen - como cuando se argumenta, sin pertinencia con respecto a la verdad de la conclusión, que su juicio está dictado por su situación especial, más que por el razonamiento o la evidencia . Un argumento cuya conclusión es favorable a alguna minoría merece sin embargo ser discutido sobre la base de sus propios méritos; es falaz atacarlo tan sólo sobre la base de que es presentado por un miembro de esa minoría y, por tanto, que sirve a fines particulares. Como otro ejemplo, los fabricantes pueden, presumiblemente, tender al apoyo de medidas arancelarias -pero cuando sus argumentos en favor de una tarifa son rechazados sólo sobre la base de que son manufactureros y, por tanto, se espera que piensen así, se comete una falacia ad hominem circunstancial.

No es difícil ver la conexión entre las variedades abusiva y circunstancial del argumento ad hominem; el último se puede reconocer como un caso particular del primero. El primer uso del argumento ad hominem circunstancial acusa particularmente al adversario de incurrir en una inconsistencia - entre sus creencias o entre lo que dice y hace - lo cual viene a ser un tipo de abuso o reproche. El segundo uso de los ataques ad hominem circunstanciales acusa al adversario de estar tan influido por sus prejuicios que sus razones alegadas son meras racionalizaciones o conclusiones dictadas en realidad por el interés propio. Y esto es ciertamente una forma de abuso. Este tipo de argumento ad hominem se llama con frecuencia "envenenar la fuente", por razones obvias.




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