Estos mataron a Allende



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Las contradicciones
La preparación del escenario en el Salón Independencia del Palacio de Gobierno de Chile fue tan precipitada, debido a que no se pudo poner en práctica la operación final de «alfa uno» para suicidar a Allende en el interior del Regimiento Blindados Número 2, que los diferentes personajes que intervinieron en la trama cometieron errores burdos. Errores que podrían servir para que cualquier detective de tercera categoría de la policía ci­vil de Santiago investigara y desentrañara el crimen. Pero, la poli­cía civil de Santiago no está interesada en descubrir a los homicidas del presidente Allende. El actual Director de Investigaciones es el mismo general que dio las órdenes de «no investi­gar» a los técnicos de la Brigada de Homicidios que concurrie­ron a La Moneda a examinar SOLAMENTE la herida de tipo suicida que Allende tenía en la cabeza, después que le fue des­truida con su propia metralleta por agentes del Servicio de In­teligencia del Ejército. El mismo día 11 de septiembre, en la tarde, el general Ernesto Baeza Michelsen fue nombrado Direc­tor de Investigaciones, es decir, jefe máximo del inspector Pedro Espinoza y el resto de policías civiles que concurrieron a La Moneda. Por eso, ningún detective chileno se dedicaría a investigar y resolver el fácil caso del homicidio del Presidente de Chile.

Pero, la presión psíquica de los momentos que se vivían el 11 de septiembre, al parecer, influyó demasiado en el inspector Pedro Espinoza y sus subordinados no razonaron con claridad. Por ello no repararon en un error cometido por los agentes del SIM que prepararon el escenario del «suicidio». Y a tal punto no repararon, que el error quedó por escrito, para la Historia, en «el parte policial» levantado en La Moneda, según se conoció oficialmente el día 20 de septiembre en Santiago, por lectura del propio general Baeza Michelsen, en conferencia de prensa a los periodistas sobrevivientes de la invasión militar contra San­tiago iniciada el día 11 de ese mismo mes.

Dice el parte de la Brigada de Homicidios:

«El cadáver yacía sentado sobre un diván de terciopelo rojo granate adosado al muro oriental, entre dos ventanas que miran a la calle Morandé, con la cabeza y el tronco LEVEMENTE IN­CLINADOS HACIA EL LADO DERECHO, MIEMBROS SUPERIORES LIGERAMENTE EXTENDIDOS, EXTREMIDADES IN­FERIORES EXTENDIDAS Y UN TANTO SEPARADAS.»

Y agrega algo determinante para cualquier investigación:

«LOS PROYECTILES SUICIDAS FUERON DISPARADOS CON EL ARMA PUESTA ENTRE LAS RODILLAS Y EL CAÑÓN PEGADO A LA BARBILLA.»

¿Qué clase de arma fue la utilizada por Salvador Allende, se­gún este parte policial?

«Fusil ametrallador núm. 1.651, de fabricación soviética, en cuya culata se leía la inscripción: "A Salvador de su compañero de armas. Fidel."»

Es decir, se trataba de un fusil de grueso calibre, cuyo efec­to de retroceso es muy poderoso.

Cualquier reportero policial, y el autor de este reportaje lo fue durante largo tiempo en el periódico «La Tercera», de San­tiago, tiene una experiencia práctica en muertes de tipo suicida, con arma de fuego, y el suicida no queda sentado en una silla o mueble sin brazos laterales estrechos. Esto permite que hagamos una reconstrucción de los sucesos a partir de la afirmación de la Brigada de Homicidios, según la cual Salvador Allende se habría suicidado apoyando un fusil ametrallador tipo AK en sus ro­dillas, tras sentarse en un sofá bastante ancho; es decir, sin apoyo lateral.

En el momento de sentarse, debido a la altura del asiento del sofá (los reporteros conocíamos ese sofá bastante bien) y para sujetar la culata del fusil ametrallador con las rodillas. Salvador Allende tendría que haberse apoyado en la punta de los pies, con las piernas muy tensas, el tronco inclinado, los brazos muy flectados y la cabeza descansando sobre la punta del cañón del fusil ametrallador. Habría sido lo que se podría llamar una po­sición «incómoda», en «equilibrio inestable» hacia adelante.

Pues bien, al apretar el gatillo en esa posición y volarse me­dia cabeza, el cuerpo del «suicida» tendría que haber sufrido un sacudón primero, separándose sus rodillas, y el fusil ametra­llador habría caído con fuerza al suelo, mientras que el tronco se inclinaría hacia adelante y a la derecha, cayendo al suelo jun­to al sofá.

Sin embargo, nada de eso ocurrió. Al revés, como si el caso de Allende hubiera sido muy especial, en el cual no se cumplen las leyes del modo de morir de todo ser humano, su cadáver RÍGIDO DE INMEDIATO DESPUÉS DE LOS BALAZOS, abrió las piernas, ya rígidas, para no caer del sofá, y, lo mejor de todo, para que no hubiera duda: el fusil ametrallador quedó sobre la falda del «suicida».

Este detalle está contenido en la propia acta legal levantada por la Brigada de Homicidios, y en las declaraciones del gene­ral Javier Palacios Ruhman, el 21 de septiembre, en Bogotá, a la agencia española EFE: «Me acerqué al cadáver. El Presidente estaba sentado en la mitad del sofá tapizado de rojo CON LA METRALLETA EN LAS MANOS. El casco y la máscara de ga­ses a un lado, los anteojos en el suelo. La cara estaba hinchada y la cabeza partida en dos, como una sandía.» Fíjense ustedes como el propio general Palacios se desenmascara. Al querer dar mayores detalles pone al descubierto las incongruencias: el cadáver estaba «sentado»... «en el medio» del sofá... se destrozó «como una sandía» la cabeza con un fusil ametrallador... ¡y sin embargo la muerte y el rigor mortis le vinieron de manera ins­tantánea... dejándolo sentado... y con el fusil en la mano, des­pués del tremendo impacto de dos balas del calibre del AK soviético!

Así, la propia versión de la Brigada de Homicidios de la po­licía civil chilena, que el general Ernesto Baeza esperaba les sir­viera de escudo de protección a los altos mandos que planearon el asesinato del presidente Allende, los desenmascaró totalmente. Dejó en evidencia que:

1) El cadáver de Allende FUE ACOMODADO EN EL SOFÁ DESPUÉS DE MUERTO UNA HORA ANTES.

2) Entre las dos y ocho minutos de la tarde, momento en que Salvador Allende fue asesinado por una patrulla de penetración de la Escuela de Infantería, al mando de un capitán, y las cuatro y veinte minutos de esa misma tarde (hora en que el personal de la Brigada de Homicidios de la Policía Civil co­menzó el examen «del sitio del suceso»), el general Javier Pa­lacios Ruhman, al mando de un equipo del Servicio de Inteli­gencia, trasladó el cadáver de Allende desde el Salón Rojo al Salón de la Independencia, le cambió parte de la ropa, le puso una chaqueta, le voló la cabeza de dos balazos de fusil ametra­llador, obligó al médico Patricio Guijón Klein a servir de «tes­tigo presencial» del supuesto suicidio presidencial, y, por ór­denes del general Ernesto Baeza Michelsen, contravino las del comandante en jefe de la insurrección militar contra los civi­les chilenos, general Augusto Pinochet, que exigía que «el suici­dio» fuera certificado por los médicos militares —para mayor seguridad, por supuesto— y no por los médicos civiles.

3) Toda esta trama se hizo con tal apresuramiento, que se cometieron errores elementales, tan elementales como el de la posición del cadáver de Allende; las contradicciones entre Gui­jón y el general Palacios en sus declaraciones posteriores (como veremos más adelante); la falsedad circunstancial del comunica­do oficial de los generales insurrectos sobre la muerte de Allen­de; y lo más grave, una diferencia de DOS HORAS entre la muerte real del presidente Allende, y la muerte que señala el informe de la Brigada de Homicidios.

Este último e increíble error está contenido en las líneas fi­nales del informe policial, según versión publicada en el diario «El Mercurio», de Santiago de Chile, del día 21 de septiembre. Dice así:

«Data de muerte, a las 18.10 horas, hora en que finalizó el examen, fue estimada en seis horas.»

Ahora, es cuestión de hacer la resta. ¿Cuánto es 18.10 menos seis? es 12.10. Es decir, que según el nervioso informe pericial hecho por el inspector Pedro Espinoza Valdés, de la Brigada de Homicidios, al cadáver de Salvador Allende, éste se habría sui­cidado pocos minutos después del mediodía. ¡A la hora en que los dos aviones de combate Hawker Hunter, de la Fuerza Aérea chilena finalizaban de descargar sobre La Moneda 18 cohetes de guerra! ¡Es decir, dos horas antes de la muerte real de Allende!

Este increíble error de los expertos de la policía chilena, re­vela hasta qué punto ese examen del «sitio del suceso» fue hecho bajo presión anímica.

Por supuesto, no se puede culpar a los policías al mando del inspector Espinoza por estos errores. Hay que tener en consi­deración que cuando ellos llegaron a La Moneda, en la tarde del día 11 de septiembre, se combatía en toda la capital, y no estaba claro qué bando podía ganar la batalla. Entonces, aun cuando los policías debieron darse cuenta de que el montaje de la escena del «suicidio» de Salvador Allende era sumamente defectuoso, no pusieron reparos y, actuando «profesionalmente», se limitaron a reflejar por escrito, en el informe pericial, la escena tal como la encontraron. Total, no era la policía civil la que había montado la escena. Más que eso: en aquellos momentos, ellos no tenían la menor idea por qué se había montado una escena para hacer aparecer a Salvador Allende como suicidado. En una palabra, los expertos policiales, al actuar como actuaron y escribir de esa forma el informe pericial, se dejaron una «puer­ta de salida» para su actuación en la trama, en el caso de que más adelante los militares insurrectos hubieran sido derrotados por los civiles que combatían para defender el orden constitu­cional y democrático.

Pero no sólo el informe oficial de la Brigada de Homi­cidios revela más allá de toda duda que los testigos principales del supuesto suicidio de Allende estaban mintiendo. Comence­mos por el más importante, el general de brigada Javier Palacios Ruhman, jefe de las fuerzas de asalto blindadas y de infantería al Palacio de La Moneda.

El día 21 de septiembre, en la ciudad de Bogotá, Colombia, el general Palacios fue entrevistado por el periodista Arturo Abella, en el programa informativo de televisión «Siete en Pun­to». He aquí transcripción textual de sus declaraciones:

«Cuando rodeamos el Palacio de La Moneda, en forma de te­nazas, la aviación había destruido gran parte de la casa. Nosotros entramos sin máscara de gases y nos recibieron a balazos los miembros de la guardia personal de Allende y gritaban «El mar­xismo no se rinde». No veíamos casi nada por el humo, pero dominamos la resistencia. Cuando subí al segundo piso, en bus­ca del Presidente, las oficinas donde despachaba estaban solas y en desorden... Seguí mi camino por los sitios que no estaban destruidos. Llegué a la antesala del gran comedor de Palacio. Abrí la puerta, allí estaba Allende sentado en un sofá.

»¿Usted lo identificó a primera vista? —preguntó el perio­dista.

»No. No me pareció que era Allende. Al lado suyo, o en un rincón, había un médico de apellido Yojón o Guijón. Temblaba y casi no podía hablar. Me dijo: "Es el Presidente, es el Presi­dente". Me acerqué al cadáver. El Presidente estaba sentado en la mitad del sofá tapizado de rojo, con la metralleta en las ma­nos. El casco y la máscara de gases a un lado, los anteojos en el suelo. La cabeza estaba hinchada y la cabeza partida en dos, como una sandía. Las manos estaban negras de pólvora. No había casi sangre. Ordené a mis hombres que no tocaran nada, mientras llegaban los peritos a examinar el cadáver. Llegaron los peritos de las tres armas chilenas. Comprobaron el suicidio. Se tomaron fotografías que están en poder del Gobierno y que se­rán presentadas, si se desea verlas.

»¿Se dice que tenía heridas en varias partes del cuerpo?

»Ni una sola. Ni una sola. El peritaje lo puede demostrar. Había también en la habitación una botella de whisky. Pedí a los legistas que establecieran si el Presidente había bebido algo, la prueba fue negativa. Allende no bebió absolutamente nada.»

Es importante no perder de vista el hecho de que estas decla­raciones fueron hechas el día 21 de septiembre, en la ciudad de Bogotá, por el general Javier Palacios, quien estaba en Colombia como jefe de la delegación deportiva militar chilena al Quinto Festival Sudamericano de Cadetes. Es decir, Palacios no tenía idea del «perfeccionamiento» en Chile, de la historia del «suici­dio» de Allende centralizada ahora en las manos del general Ernesto Baeza Michelsen.

Del relato de Palacios se desprende que las tropas a su man­do entraron a la Moneda a sangre y fuego, luchando contra de­fensores del recinto QUE NO TENÍAN INTENCIÓN ALGUNA DE RENDIRSE... Bueno, si esto era así... ¿por qué se había suicidado Allende? Era un detalle muy importante que, en San­tiago, el general Baeza Michelsen ya había resuelto, adecuando coherentemente los testimonios del testigo civil —doctor Gui­jón— y la versión oficial «corregida» de la caída de La Moneda. Esto no fue una tarea fácil para el general Baeza, porque otros generales, encabezados por el propio Augusto Pinochet, habían dejado por escrito, en declaraciones apresuradas, una serie de errores y falsedades que, compiladas ordenadamente por un in­vestigador serio e imparcial, podrían destruir todas las versiones militares sobre el supuesto suicidio de Allende.

Como ha quedado establecido fehacientemente, los defenso­res de la administración constitucional chilena en el Palacio de la Moneda, no expresaron nunca su deseo de rendirse, pero, al mismo tiempo, durante toda la mañana, los mandos militares insurrectos anunciaron reiteradamente la «rendición» de Allende a través de las radioemisoras en su poder, e incluso por medio de una comunicación oficial, poco después de la una de la tarde del día 11.

Los hechos, cronológicamente, ocurrieron así:

9.20 horas del martes 11 de septiembre. Salen de La Moneda los tres edecanes militares del presidente Allende, a los cuales éste les había dicho que «los generales traidores a Chile anun­cian que atacarán este Palacio presidencial en cinco minutos más... Ustedes quedan en libertad de acción conforme les dicte su conciencia. Yo me quedaré en La Moneda y resistiré hasta el último cartucho.» Los médicos: Enrique Paris, comunista; Eduardo Paredes, socialista, varios periodistas de la Unidad Popular y parte de los ministros que acompañaban a Allende en esos momentos, fueron testigos de esta conversación. Cuando los edecanes presidenciales dejaron el Palacio y entraron al Minis­terio de Defensa (a una cuadra de distancia), la Radio Sociedad Nacional de Agricultura anunció por primera vez la rendición de Allende.

11 horas. Cuando el anunciado bombardeo de la Fuerza Aérea para esa hora no se produjo, las radios en manos de los insu­rrectos también propalaron la rendición de Allende. Pero la ver­dad era otra. Allende había pedido a los generales que suspen­dieran por diez minutos el bombardeo, para que «las mujeres y quienes lo deseen abandonen este lugar antes de la batalla final». Allende, a esa hora, reunió a todos los ocupantes de Palacio, ci­viles y militares, en el Patio de Invierno del recinto. Allí, hablándoles a los integrantes de la guardia de Carabineros de Pa­lacio —cincuenta hombres— y al general de Carabineros José María Sepúlveda Galindo, director general del Cuerpo policial militarizado, depuesto esa mañana por la insurrección del gene­ral César Mendoza Duran, integrante de la Junta Militar, les dijo que podían abandonar La Moneda quienes quisieran. Les agregó que lo único que «les pido, es que no se resistan a entre­gar sus armas cuando abandonen Palacio. Esas armas las necesi­tamos quienes vamos a hacer frente a la sublevación militar». Todos los jefes y tropas de Carabineros abandonaron La Mone­da, a medida que eran desarmados por los civiles, los cuales tuvieron que mantenerlos encañonados para evitar cualquier traición. La traición de Sepúlveda Galindo al presidente Allen­de, esa mañana, fue premiada por los integrantes de la Junta Militar, más tarde.

11.10 horas. Salen de La Moneda las primeras mujeres —en­tre ellas las periodistas Frida Modak y Verónica Ahumada. El Presidente había estado tratando, desde las nueve y media de la mañana, cuando las tropas insurrectas que rodeaban La Mo­neda hicieron los primeros disparos en contra de Palacio, que las mujeres y «los varones que no tengan armas» se fueran del recinto. A las nueve y veinticinco de la mañana, Allende, en el Salón Toesca, reunió a todas las personas que había en el recin­to para avisarles que el «general traidor Baeza Michelsen me ha anunciado que comenzará a atacar La Moneda en dos minutos más». Por esa razón, Allende dijo un breve discurso, cuya recons­trucción aproximada es la siguiente: «Del mismo modo que nin­guna revolución puede triunfar si sus dirigentes no saben asu­mir sus responsabilidades en todo momento y hasta sus últimas consecuencias, también es cierto que las muertes inútiles no contribuyen en absoluto a la causa de la revolución. Por ello ruego encarecidamente a los varones para que me ayuden a convencer a las damas para que abandonen el Palacio, ya que los que en él nos quedaremos vamos a resistir hasta el final.»

Minutos antes de las once de la mañana, en un gesto típico de la personalidad de Allende, éste se había comunicado por te­léfono con el general Baeza Michelsen para pedirle un «alto el fuego de diez o quince minutos» para permitir la evacuación de las mujeres. Beatriz Allende, hija del Presidente, estaba presen­te en esa conversación telefónica y recuerda que Allende le dijo: «General Baeza, usted que ha traicionado a la Patria, espero que por lo menos no sea traidor a lo que un hombre debe a la mujer. Respételas al menos por eso.»

A esa hora, el nerviosismo en el cuartel general de los man­dos sublevados era muy grande. La petición de tregua de Allen­de al general Baeza había sido entendida por el general Augusto Pinochet como petición de rendición. Y cuando las primeras mujeres salían de la Moneda, el general Pinochet desde su pues­to de comando en Peñalolén, llamaba desesperadamente al pues­to de coordinación, en el Ministerio de Defensa, que estaba en­cabezado por el vicealmirante Patricio Carvajal. La conversa­ción, grabada por un radioaficionado de izquierdas, fue la si­guiente:

—Déme con el vicealmirante Carvajal... Augusto llama a Pa­tricio. ..

—Momento, por favor... Un momento, mi general... Aquí está puesto cinco...

—Patricio... Mientras luego se vaya el Presidente con todos los gallos que quiera... Con todos los gallos que quiera...

—No todos... Los GAP no... No todos... En estos momentos dijeron que se rinden cinco mujeres...

—De La Moneda al avión... De La Moneda al avión, viejo... No lo paseen más... Fondeadito al tiro... Para que no haya pro­blemas... Ningún GAP con él... A los GAP hay que juzgarlos a todos... Que lo lleven escoltadito porque lo pueden quitar...

Hay que recordar que a esa hora se combatía en los sectores industriales de Los Cerrillos, Vicuña Mackenna y en todo el ra­dio central de la capital, entre Plaza Italia por el este, Univer­sidad Técnica del Estado por el oeste, el río Mapocho por el norte y Avenida Matta por el sur (un semirrectángulo de 30 por 20 cuadras, más o menos). Por otro lado, el general Augusto Pinochet, a quien no se le había hecho partícipe del plan «alfa uno» para asesinar a Allende por medio de un suicidio simula­do, estaba convencido de que el objetivo final del ataque a La Moneda era poner a Allende en un avión en la base aérea militar de Los Cerrillos y mandarlo fuera de Chile. Sin embargo, el vi­cealmirante Patricio Carvajal sí lo sabía.7

Cuando, minutos después de las 11.15, el general Augusto Pi­nochet se enteró que no había tal rendición, que las «cinco mu­jeres» no se habían rendido, como lo dijera erradamente el vice­almirante Carvajal, y que esas mujeres y algunos civiles varones habían evacuado simplemente La Moneda, y que el combate pro­seguía, ordenó una nueva tregua y pidió hablar con el presideníe Allende. De esa conversación, sólo han quedado los textos recons­truidos de las respuestas de Allende:

—Yo no hago tratos con traidores. Y usted, general Pinochet, es un traidor.

En esos momentos, el general Pinochet pidió ayuda al vice­almirante José Toribio Merino, jefe de la insurrección en la Marina, y uno de los cuatro integrantes de la autoproclamada Junta de Gobierno. Merino, al parecer, exigió por teléfono a Allende que se rindiera, a lo cual respondió Allende:

—Rendirse es para los cobardes y yo no soy cobarde. Los ver­daderos cobardes son ustedes que conspiran como los malean­tes a la sombra de la noche.

A pesar de la insistencia de los generales Pinochet y Baeza y del vicealmirante Merino, Allende se negó a rendirse y, tam­bién, se negó a entrar en tratos con ellos «porque yo soy su superior y no puedo tratar con mis subordinados en rebeldía». Esto llevó a Allende a pensar que sería útil una negociación «a segundo nivel», y encargó a Fernando Flores, ex ministro de Ha­cienda, a Daniel Vergara, subsecretario de Interior, y a Osvaldo Puccio, su secretario privado, que fueran en «embajada» al Mi­nisterio de Defensa, para discutir con los generales los términos de «un arreglo político» de la situación.

A las 11.30 horas, estos tres funcionarios del gobierno Allen­de dejaron La Moneda y fueron llevados, con escolta militar, al Ministerio de Defensa. Allí, los tres pidieron ver a los generales Pinochet, Leigh y Mendoza y al vicealmirante Merino, para «par­lamentar».

Merino y Leigh se opusieron a ello. Pinochet y Mendoza que­rían entrar en tratos con los enviados de Allende. Seguramente para forzar los acontecimientos, impedir el parlamento y seguir adelante con el plan «alfa uno» de obligar a Allende a rendirse en combate y ser asilado con menos probabilidades de testigos molestos, para enseguida suicidarlo, el general Gustavo Leigh dio la «luz verde» para el bombardeo a la Moneda. Veinte mi­nutos después de haber entrado en el Ministerio de Defensa, y sin siquiera haber conversado ni con los mandos militares responsables de ese recinto, es decir, mientras todavía hacían ante­sala, los tres enviados de Allende a «parlamentar» fueron aterra­dos testigos del bombardeo a La Moneda por dos aviones de combate Hawker Hunter.

El bombardeo comenzó a las 11.56 de la mañana. El ataque aéreo se hizo desde el norte al sur, desde el río Mapocho hacia la alameda Bernardo O'Higgins. Para las decenas de miles de santiaguinos que viven en las inmediaciones de la Plaza de la Constitución, donde estaba el palacio de los presidentes de Chi­le, las 11.56 horas del día 11 de septiembre marca el comienzo de una pesadilla: ninguno creyó que podía ocurrir lo que esta­ban viendo en esos instantes: el palacio de gobierno bombardea­do por aviones chilenos. Era el símbolo de la destrución total, física, de un bando político por otro bando político... ¡en Chile, el país de los 150 años de lucha política democrática!

¿Qué sintieron los pilotos militares que manejaban los dos aviones atacantes, en ese mismo momento? La respuesta se co­noció el sábado 24 de noviembre de 1973, setenta y cuatro días después del bombardeo, cuando el diario «El Mercurio» publicó una entrevista a los dos pilotos que habían dejado caer la muer­te y la destrucción sobre la ex casa de los presidentes constitu­cionales de su país.

«El Mercurio» pregunta a uno de los pilotos:

«¿Qué sintió cuando supo que debía bombardear La Mo­neda?

»Mucha preocupación. Fue sobrecogedor. Después de todo tenía que atacar a mi propio país, pero no hubo momentos de va­cilación ni temor. Nosotros estamos preparados para cumplir cualquier orden. ¿La precisión? Se debe al entrenamiento cons­tante que se hace sobre blancos de un tamaño menor que el Palacio de Gobierno, tambores de doscientos litros o elementos del porte de un tanque. En este caso, los rockets tienen un ma­yor grado de precisión que las bombas y fueron lanzados desde el río Mapocho, a unos ochocientos metros más o menos del blanco, a una altura de 500 metros y a una velocidad de 250 me­tros por segundo.

»¿Por qué se usaron sólo dos pilotos y dos aviones?

«Porque con eso era suficiente.

«¿Cómo se sintió anímicamente después del ataque aéreo?

«Bien. Satisfecho por la misión cumplida. Impresionado por lo que habíamos hecho. Pero en ningún caso arrepentidos ni mucho menos. Todos estábamos contentos.»

El relato del diario «El Mercurio» dice que, llamados por sus nombres claves, dos pilotos de la FACH fueron elegidos para el bombardeo. «La orden de la comandancia era inequívoca. Blanco: La Moneda», es decir, el Palacio de Gobierno. Agrega el periódico que «desde las ocho de la mañana los Hawker Hunter habían empezado a llegar al aeropuerto de Los Cerrillos (jun­to al cual está una base militar de la FACH), desde sus diversas bases en el país». En seguida, el periódico consulta detalles técni­cos a los pilotos que demolieron el Palacio de su Gobierno constitucional:

«¿Qué es un rocket y cuántos lleva cada avión?

»El día 11 de septiembre llevaba cada avión 18 rockets. El rocket es un proyectil autopropulsado, que va colocado en el ala del avión. El piloto puede seleccionar si lanzar los 18 cohe­tes juntos o si lo hace de a dos, de a cuatro, etc. Hay rockets penetrantes y explosivos. Para el ataque a La Moneda se usaron los dos tipos.

»¿Se podría decir que ésta fue una misión improvisada?

»Sí, si se considera que no se había efectuado en el terreno. Pero esto no se puede improvisar de un día para otro. Las uni­dades de combate están preparadas.

»¿Qué otra misión se realiza durante el ataque aéreo?

»Al disparar el rocket el avión filma, para que el piloto vea después el resultado de su misión.»

Nueve picadas hicieron los dos aviones de guerra entre las 11,56 y las 12,15 horas. Impactaron 18 rockets en el viejo edi­ficio, construido hace doscientos años por un arquitecto italia­no de apellido Toesca. Al terminar su trabajo de «ablandamien­to final», como lo habían bautizado los jefes de «alfa uno», había una gran destrucción en el piso superior de la parte nor­te y en toda el ala oeste. Se declaró un enorme incendio en la parte noroeste. El humo y las llamas se veían desde varios ki­lómetros de distancia.

Entre las 12,15 y 12,20 horas, el general Javier Palacios esperó la señal de rendición. Inútilmente. Ordenó un ataque de demo­lición con los cañones de los tanques Sherman, por las calles Morandé y Moneda. Al mismo tiempo, desplegó las tropas de infantería de la Escuela de Infantería y del Regimiento Tacna, en tenazas detrás de los tanques, por la calle Teatinos. Un in­tenso fuego de fusiles ametralladores y los disparos de bazooka desde el interior de la Moneda les demostraron a los atacantes que no había ninguna intención de abandonar la lucha. El avance de los tanques del Regimiento Blindados Número 2 fue detenido por el general Palacios ante la imposibilidad de poder avanzar con la infantería bajo el intenso fuego proveniente de parte de los defensores. El general Palacios, a las 13 horas, pre­guntó al general Pinochet qué hacer, ya que era imposible avan­zar con sus tropas y tomar La Moneda sin otro ataque aéreo. El general Pinochet ordenó el cese del fuego por un momento.

13,05 horas. El general Pinochet conversa con el vicealmi­rante Patricio Carvajal, en el puesto del Ministerio de Defensa y le dice que envíe a La Moneda a Osvaldo Puccio, secretario privado del presidente Allende, con una hoja en que estén escritas las condiciones de rendición incondicional. Pinochet pide a Carvajal que explique, en esa nota de petición de rendición, que «el Presidente tendrá su salvoconducto para irse del país con su familia y las personas que él quiera». Carvajal no escribe eso en la nota y ordena que Puccio salga hacia La Moneda con los términos de una rendición «incondicional» y con instrucciones de que «el Presidente debe entregarse al oficial al mando de las tropas blindadas». (Hay que recordar que el plan «alfa uno», en su fase final, que conocía Carvajal pero no el general Pinochet, con­sistía en el traslado rápido de Allende al Regimiento Blindados Número 2, para poner en práctica el «suicidio» presidencial.» Al mismo tiempo, el vicealmirante Patricio Carvajal ordena que los otros dos «parlamentarios» enviados por Allende a las 11,30 horas, es decir, Fernando Flores y Daniel Vergara, sean toma­dos prisioneros y enviados a la Escuela Militar Bernardo O'Higgins, en el barrio alto (oriental) de la capital.

Osvaldo Puccio, a bordo de un jeep militar es llevado hacia La Moneda. Pero el intenso fuego desde La Moneda y desde el Ministerio de Obras Públicas (al frente de Palacio, por su lado oriental), detiene el paso del jeep.

13,10 horas. El general Javier Palacios ordena que de nuevo avancen los tanques Sherman, disparando sus cañones, y comuni­ca a su infantería la orden de «ataque final» a La Moneda. Una cortina de balas de ametralladoras cubre los muros del palacio junto con las explosiones de los cañones de los tanques, permitiendo el avance de los infantes que, por fin, logran ponerse junto a los muros, a salvo de la respuesta de los defensores.

13,15 horas. Por los efectos de la cortina de fuego de ame­tralladoras y cañonazos sobre el blanco, cae muerto el perio­dista Augusto Olivares Becerra, defensor de Palacio, director de la Televisión Nacional y amigo personal de Allende.

Genaro Carnero Checa, presidente de la Asociación de Perio­distas Peruanos, publicó en el diario «El Expreso», de Lima, el 11 de diciembre de 1973, una reconstrucción por medio de testigos directos salvados de la hecatombe, del último día de Augusto Olivares. Un extracto de su crónica es el siguiente:

«La última visión que tengo de Augusto Olivares es en el despacho presidencial de La Moneda, antes de que Allende me ordenara abandonarlo (me cuenta en La Habana Joan Garcés, uno de los más cercanos colaboradores del Presidente héroe). Estaba con una metralleta en las manos y le decía al Presiden­te: «Vamos a convertir La Moneda en un Alcázar de Toledo... pero al revés, antifascista».

«Otras personas, ya en Lima, me han descrito las últimas horas del combate de Augusto Olivares, así como el via crucis de Mireya para rescatar su cuerpo y conservar la huella profunda de sus pasos. Son fuentes insospechables, testigos excepciona­les, que me han pedido silenciar sus nombres por razones ob­vias.

«Olivares se despidió telefónicamente de su mujer a las 6,45 del 11 de septiembre. «Las cosas marchan muy mal —le dijo—. En unos instantes más nos dirigimos a La Moneda. Un beso y mucha suerte.»

»Eran cerca de las dos de la tarde y Mireya no conocía sino rumores sobre la suerte de su esposo. Mientras tanto, el pre­sidente Allende, metralleta en mano, combatía en Palacio, bom­bardeado por sus cuatro costados. Una gigantesca humareda podía verse desde los más apartados barrios de la capital. «Es­toy segura de que Augusto está ahí —dijo Mireya a uno de nues­tros testigos—. Le conozco lo suficiente. No abandonará a Sal­vador por nada, y si éste muere, morirá con él.»

»Los teléfonos de Palacio ya no funcionaban y Mireya esperó en vano una nueva llamada. Quien informó a Mireya de la muerte de Olivares fue el autor de este relato. Me lo dijeron pe­riodistas amigos. Augusto había caído en la galería de los presi­dentes, segundo piso de La Moneda, en pleno fragor de la batalla, arma al brazo, y Allende había tenido la presencia de ánimo su­ficiente y dignidad revolucionaria para pedir un minuto de si­lencio por la muerte de su amigo.

»No podíamos, sin embargo, confirmar la noticia ni locali­zar el cadáver. Vino la noche en esa búsqueda terrible. Negaban su existencia en la Posta Central de la Asistencia Pública, en el Hospital Militar y en el Instituto Médico Legal. El subido número de cadáveres, nunca se había visto tantos, impedía cualquier identificación.

«Sólo en la madrugada, una llamada telefónica nos sacudió hasta las raíces confirmando la noticia. Era de un coronel del Ejército que notificó a Mireya la muerte de Augusto Olivares. Le indicó que aunque había toque de queda al día siguiente, ten­dría oportunidad de sepultar a su esposo. Dispondría para ello de no más de dos horas y tenía instrucciones de asegurar que el sepelio fuese en privado, lo que era casi una burla en medio del riguroso toque de queda. Se advirtió, además, que enviaría un vehículo militar, antes de las once de la mañana de ese día, miércoles 12, para «permitir la operación».

»El vehículo prometido no llegó. Pasado el mediodía, resol­vimos recurrir a la buena voluntad de un compañero chófer del Canal 7 de Televisión, del que era director Olivares. Arries­gando su vida llegó hasta la casa. Carecía del pase indispensa­ble para transitar por las calles, y en el trayecto hasta la Asis­tencia Pública, donde se encontraban los restos de Augusto, detuvieron al vehículo muchas veces. El conocido rostro de Mireya, artista y animadora de televisión muy popular, permitió franquear las patrullas y las calles de Santiago completamente desiertas y envueltas en un silencio ominoso rubricado por dis­paros de francotiradores y el tableteo de las ametralladoras fascistas.

»Una vez en la Asistencia Pública, Mireya se entrevistó con el director y otros médicos, nerviosos, traumatizados, ante el increí­ble número de víctimas de la masacre. «Ya perdimos la cuenta de los cadáveres.» Había pánico en las funerarias y costó muchísi­mos esfuerzos conseguir que una de ellas (la Santa Lucía) acce­diera a vender un ataúd ¡en 78.000 escudos! Lo que resultó impo­sible fue encontrar un carro fúnebre. Al fin convencimos a un ca­millero de la Posta Central para que nos permitiese utilizar una ambulancia para trasladar el cuerpo de Augusto hasta el Institu­to Médico Legal. Él fue quien rescató el cadáver de Olivares en La Moneda, llevándolo hasta la Asistencia Pública. Mireya in­gresó sola y altiva a buscar los restos de su esposo al depósito de cadáveres. El féretro, dentro de la ambulancia, se condujo al Instituto Médico Legal. Ahí permanecimos hasta el día si­guiente, porque los trabajadores del cementerio y del servicio de incineración estaban fuera de sus puestos. Augusto fue in­cinerado.»

Hasta aquí el relato de testigos, reconstruido por el perio­dista peruano Carnero Checa, de un trozo de esas dramáticas horas vividas por todo un pueblo.

Poco después de caer Augusto Olivares, ya a las 13.40 horas los soldados de la Escuela de Infantería logran penetrar en el primer piso del Palacio, por la puerta principal de la calle Mo­neda. Comienza allí una pequeña batalla infernal por mantener esa «cabeza de puente» en el primer piso del Palacio de Go­bierno.

A las 13.52 funcionan por última vez los teléfonos, y el di­rector de la agencia de noticias cubana Prensa Latina, Julio Timossi, desde sus oficinas en la capital, logra comunicarse con Jaime Barrios, director del Banco Central y asesor econó­mico del presidente Allende, que estaba combatiendo junto a los demás la embestida de las tropas asaltantes. Barrios dice a Timossi: «Llegaremos hasta las últimas consecuencias. Aquí cerca, Allende está disparando con su metralleta. Esto es un in­fierno; el humo nos ahoga. Augusto Olivares murió. El Pre­sidente envió hace un par de horas a Flores, Vergara y Puccio para que parlamenten. Parece que el Presidente quiere garan­tías por escrito para las conquistas sociales de los trabajadores. No creo que renuncie».

Julio Timossi tenía material para un lead de su agencia no­ticiosa, pero no pudo conseguir detalles porque la comunicación telefónica se cortó, y desde ese minuto los teléfonos no fun­cionaron más en La Moneda.

Ocho minutos después de esta última conversación telefó­nica desde la sede gubernamental, a las 14 horas, los soldados de la Escuela de Infantería ya estaban ocupando la escalera principal de acceso hacia las oficinas de la Presidencia.

Seis o siete minutos más tarde, la patrulla de penetración de la Escuela de Infantería, encabezada por el capitán Roberto Garrido, rompe la resistencia civil en la escalera principal, irrum­pe en el Salón Rojo de La Moneda, en el segundo piso. Allí se enfrenta con un grupo de cinco personas, dispara sobre ellas, se dan cuenta que han matado al presidente Allende, y en seguida son rechazados por un refuerzo civil que entra por un costado del Salón Rojo. Los soldados atacantes pierden el con­trol de la escalera principal del edificio, pero mantienen sólida­mente la ocupación en todo el primer piso del Palacio de Gobier­no.

Los defensores civiles vuelven al Salón Rojo. Entre ellos está el doctor Enrique Paris, psiquiatra, médico personal de Allende, que estaba combatiendo igual que los demás. Se inclina sobre el cadáver de Allende, que muestra los impactos de por lo menos seis balazos, a la altura del abdomen y del bajo vientre. Le toma el pulso. Señala que está muerto. Alguien, no se sabe de dónde, aparece con una bandera chilena. El propio Enrique Paris lo cubre con esa bandera. La batalla, entre el primero y el segundo piso continúa siendo furiosa. Los defensores del grupo del doctor Paris abandonan el Salón Rojo que, semi-destruido, comienza a quemarse por el techo. Separados en pequeños grupos de cuatro o cinco personas, los defensores del Gobierno constitucional siguen combatiendo, la mayoría sin saber que el presidente Allende ya estaba muerto.

Unos cuarenta minutos más tarde, alrededor de las 14.45 horas, los soldados vuelven a irrumpir en el Salón Rojo des­trozando la resistencia civil por la puerta principal de La Mo­neda, al mismo tiempo que penetran por la puerta lateral del número 80 de la calle Morandé. En ese instante, el general Pa­lacios corre hacia el Salón Rojo, por el lado oriental norte de la Casa de los Presidentes, retira la bandera ensangrentada que cubre el cadáver de Allende, y se comunica con su comandante en jefe para decirle: «Misión cumplida. Moneda tomada. Pre­sidente muerto».

Sesenta segundos después, más o menos, las radioemisoras, todas en poder de los generales insurrectos, anuncian la caída de La Moneda. Cuarenta minutos más tarde, mientras en el inte­rior del Palacio los miembros del Servicio de Inteligencia pre­paraban el escenario para el «suicidio» de Allende, tras haber destrozado la cabeza del ex Presidente con un par de balas de su fusil ametrallador, colocando el cadáver en el sofá rojo del Salón de la Independencia, los generales insurrectos difundían por las radioemisoras el siguiente comunicado: «Al ocupar La Moneda se ha afianzado la autoridad impuesta en bien de la Patria por las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile, hace nacer en este mes una nueva esperanza para la Patria y ex­presamos nuestra petición a la ciudadanía a que manifieste su adhesión a la chilenidad colocando el emblema patrio en el frente de sus casas. Esta liberación y ordenamiento de Chile no es sino una causa de alegría en este mes en que reviven en la fiesta de los hombres y las mujeres que con su sacrificio nos dieron nuestra independencia».

En La Moneda, había diez cadáveres de los civiles. De los 32 sobrevivientes, catorce estaban heridos. El general Palacios ordena que los heridos sean llevados a la Posta Central de la Asistencia Pública, bajo custodia militar. Al oír esta orden, Miriam Rupert, secretaria privada del presidente Allende, finge un desmayo. Es la única mujer en todo el grupo de defensores. Es integrada al grupo de «prisioneros a la Posta Central». En la Posta, donde reinaba una confusión enorme por el elevadísimo número de muertos y heridos, que superaban los mil quinientos a esa hora, Miriam Rupert se las arregla para escurrirse por un pasillo, vestirse con un delantal blanco como «doctora», subir a una ambulancia que sale a recoger heridos y escapar.

En el interior de La Moneda, el doctor Enrique Paris come­te un grave error. Se deja llevar por la ira del momento, y des­de el suelo, a donde está boca abajo con las piernas abiertas y las manos sobre la nuca como los demás prisioneros, grita: «¡Asesinos... Mataron al Presidente!» Los soldados lo apartan de los demás cautivos y lo llevan a la presencia del general Pa­lacios. Allí lo identifican. Paris, enfurecido, grita que él vio como habían asesinado al Presidente. Palacios ordena que Paris sea llevado al Ministerio de Defensa. En un jeep lo trasladan al edificio que está a menos de doscientos metros de La Mo­neda.

Cuatro días más tarde, el 15 de septiembre, el doctor En­rique Paris aparece hecho un guiñapo humano, balbuceante, en el Estadio Nacional, convertido en campo de concentración por los militares insurrectos. Tiene la mirada extraviada. Lo confinan a un sector de las tribunas techadas del Estadio Na­cional, con sólo una veintena de otros presos. Se le oye decir repetidamente: «Soy el buey Quiñones... el buey...,» y sus com­pañeros le escuchan sollozar. A media tarde de ese mismo día, el doctor Paris, o lo que quedaba de él, salta sobre las balaus­tradas de la tribuna presidencial. Se luxa una pierna. Los sol­dados corren hacia él y le dan de culatazos en la cabeza. Do­cenas de culatazos. Sus compañeros ven esparcirse los sesos del cadáver de Enrique Paris sobre el suelo del Estadio Nacio­nal.

Pero volvamos al 11 de septiembre, a las cuatro de la tarde, en el Palacio de La Moneda, o por lo menos a las ruinas del Palacio de La Moneda. A esa hora, ya estaba todo preparado para presentar al mundo el «suicidio» de Salvador Allende. La jefatura del espectáculo la había tomado el general Ernesto Baeza Michelsen, en comunicación directa con el general Javier Palacios y con los integrantes del Servicio de Inteligencia del Ejército. A las 16 horas del martes 11 de septiembre, Baeza estimó que el general Palacios ya no tenía nada que hacer en el espectáculo y lo relevó para que se siguiera ocupando sólo de sus «deberes netamente militares». Es decir, de finalizar la ocu­pación de La Moneda, traslado de heridos, de prisioneros y recuento de bajas militares. Según testimonio no oficial, hubo ocho muertos y 43 heridos entre los militares, más un tanque Sherman dañado, pero no inutilizado. El parte oficial, sin em­bargo, dice «dos muertos y 17 heridos». No da cuenta de ma­terial dañado.

Pero no es eso lo importante para nuestro reportaje. Lo im­portante es que el general Baeza, al relevar de su papel en el «espectáculo suicidio» de Allende al general Palacios, cometió un error. Y lo cometió porque Palacios, después de las cuatro de la tarde, ya no conversó más con el general Baeza ni con nadie involucrado en la operación de montar la escena, las decla­raciones de testigos y de «informes periciales», para tener un relato coherente del «suicidio». El general Palacios Ruhman, ese día 11 de septiembre se retiró al cuartel general, trasladado a la Escuela Militar Bernardo O'Higgins, y en los días siguientes se dedicó a asumir su parte en la «limpieza del centro de Santiago», para después preparar la participación de los cadetes en el Quinto Festival Sudamericano de Cadetes en Colombia, Bogotá, que debía empezar el viernes 21 de septiembre.

En suma, Palacios se quedó sólo con el «esquema general» de la historia oficial del suicidio simulado de Allende, y no con todos los «detalles perfeccionados» de las horas y días siguien­tes.

Por eso, al hacer declaraciones muy completas del hecho en Bogotá, las cuales reprodujimos en las páginas anteriores de este reportaje, entró en contradicciones serias con la «versión oficial» a cargo del general Ernesto Baeza Michelsen.


Algunas comparaciones
Si ustedes vuelven a leer las declaraciones del general Pala­cios en Bogotá el sábado 21 de diciembre, se encuentran con las siguientes cosas:

1) Afirma que NO HUBO RENDICIÓN en La Moneda. Que sus tropas la ocuparon «dominando la resistencia» de comba­tientes que gritaban «el marxismo no se rinde».

2) El general Palacios encontró al doctor Guijón en el in­terior de Palacio presa de un ataque de nervios porque «tem­blaba y casi no podía hablar». Es decir, tal como ocurrió, y sirvió para que lo eligieran como «testigo» bajo amenaza de acusarlo de «asesinato del Presidente».

3) El general Palacios dice que el «suicida» estaba «con la metralleta en las manos».

4) Agrega Palacios que «ordené a mis hombres que no to­caran nada». Llegaron los peritos de las tres armas chilenas. Comprobaron el suicidio. Se tomaron fotografías.»

5) Y termina el testimonio del general Palacios así: «Había también en la habitación una botella de whisky. Pedí a los le­gistas que establecieran si el Presidente había bebido algo, la prueba fue negativa. Allende no bebió absolutamente nada».

Estas son, en síntesis, las cinco afirmaciones principales del general Javier Palacios Ruhman, testigo presencial, según in­forme oficial del sitio del suceso del «suicidio» de Salvador Allende. Estas cinco afirmaciones fueron hechas el sábado 22 de septiembre de 1973, en Bogotá, porque, según las mismas palabras del general Palacios, «desgraciadamente, el señor Allen­de se suicidó. Me duele tener que decir todo esto. Pero ante las falsas versiones y calumnias que se están propalando sobre la realidad política de Chile, no hay más camino que el de la verdad. Y ésta es la verdad». La «verdad» de los cinco puntos que ya vimos.

Pues bien, 48 horas antes, el jueves 20 de septiembre, en San­tiago de Chile, a miles de kilómetros de distancia de Bogotá, el general Ernesto Baeza Michelsen, ya como director general de Investigaciones (policía civil) daba a conocer el «informe ofi­cial» sobre la materia, el cual era TOTALMENTE CONTRADIC­TORIO con las cinco afirmaciones posteriores del general Pa­lacios.

Vamos a ver:

1) El general Baeza Michelsen dijo que las tropas de Palacios entraron a La Moneda DESPUÉS que ésta se rindió. Es decir, ahora resulta que hubo RENDICIÓN. ¿Por qué? la respuesta es simple: porque solamente si Allende se hubiera rendido, habría habido alguna justificación para el suicidio. Entonces, Baeza Michelsen decidió que la versión oficial tenía que con­templar «la rendición» de La Moneda. Pero esto no lo sabía el general Palacios, que fue el encargado de tomar el lugar y, como dijo, tuvo que «dominar la resistencia» de los defensores «que nos recibieron a balazos».

Para darle «seriedad» a la tesis de la rendición, el general Ernesto Baeza Michelsen leyó a los periodistas, el jueves 20 de septiembre, el «testimonio» del doctor Patricio Guijón Klein (el cual, en diciembre de 1973, fue dejado libre incondicionalmente por las autoridades militares. Por supuesto, el doctor Guijón no cometió el error del doctor Enrique Paris). Este es el «testimonio»: «El Presidente dijo «ríndanse», que «la Payita salga primero» (la secretaria privada Miriam Contreras de Rupert), «yo saldré al final». Se produjo el movimiento. El ordenamiento. Alguien proporcionó una escoba y yo me saqué el delantal blanco de médico, que teníamos puesto para identi­ficarnos, y lo di para que sirviera como bandera blanca. En ese momento salió todo el grupo y yo quedé más o menos al final. Cuando Íbamos bajando hacia la puerta de Morandé 80, con la in­tención de rendirnos, de acuerdo a lo ordenado por el propio Salvador Allende, recordé que había dejado mi máscara de gases y volví a buscarla. Y justamente cuando voy en busca de ella pasé frente a la puerta de la habitación que había hacia el salón inmediatamente contiguo. Vi justamente frente a mí, en el lado derecho, sentado en un sofá, un sofá rojo, al presidente Allende en el preciso instante en que se disparaba con un arma colocada entre las piernas. Yo pude ver cómo el cuerpo se sa­cudía y el cráneo volaba hecho añicos. No pude precisar si fueron uno o dos disparos porque había un tenso tiroteo afuera que no me permitió reconocer los tiros del arma. Corrí inme­diatamente hacia él para ver si podía prestar alguna ayuda, pero al llegar cerca de él me di cuenta que no había nada que ha­cer. El destrozo era tan grande que aseguraba una muerte in­mediata. Desconcertado ante toda esta situación, ante este he­cho, y sin hallar otra cosa que hacer, yo ya había perdido con­tacto con el grupo, no había nadie en el salón, no hallé otra cosa que sentarme al lado de él y esperar lo que pudiera acon­tecer.»

Esta es una especie de testimonio perfecto, que debe haber complacido mucho leer al general Ernesto Baeza Michelsen. Pero, además del hecho probado más allá de toda duda de que NO HUBO RENDICIÓN en La Moneda, quedan algunos puntos oscuros: si el doctor Guijón y los demás estaban bajando por la escalera y él se había desprendido de su delantal blanco «de identificación», es decir, un seguro de vida en momentos tan dra­máticos, ¿para qué volvió a buscar la máscara de gases?, ¿de qué le podría servir ahora, rendido? ¿No era mucho más útil su uniforme de médico, delantal blanco, y sin embargo se des­prendió de él? ¿No aseguraba su vida caminando con el grupo rendido y no desprendiéndose de él? Y más todavía: si él, como médico cirujano experto, ve que un hombre se vuela «el crá­neo hecho añicos», ¿por qué corre a tomarle el pulso, y no hace, como cualquier otra persona, lo elemental, que es correr hacia el grupo de personas rendidas buscando ayuda? Y, por último, si se da cuenta de que Allende se ha suicidado y está en un salón a unas docenas de pasos de la escalera que baja a Morandé 80, ¿por qué no camina esa docena de pasos, a la carrera, y grita que el presidente se había suicidado?

No, el doctor Guijón hace todo lo que le conviene al gene­ral Baeza para «demostrar» el «suicidio» de Allende. Y el doc­tor Guijón hace eso y no lo normal en una situación tan dra­mática. El doctor Guijón «escucha» que Allende da orden de rendirse. El doctor Guijón, en actitud «heroica», se despoja de su seguro de vida, el delantal blanco, para ponerlo en un palo de escoba como bandera de rendición. El doctor Guijón regresa sobre sus pasos para buscar una inútil máscara de gases y servir de «testigo ocular» al supuesto suicidio. Y lo peor: el doctor Guijón no grita, no chilla, no corre a avisar la terrible noticia a la hilera de rendidos... No, se queda allí, a solas con el su­puesto cadáver, para esperar la llegada del general Palacios y sus hombres, para servir de testigo. Arriesga una vez más el cuello de manera inexplicable. Y mucho más inexplicable si se sabe, como se supo más tarde, que era médico cirujano de Allende no por amistad con el Presidente, ni siquiera «por or­den del Partido», ya que no pertenecía a ninguno, sino que «acepté el cargo, puesto que para uno, como médico, es un gran espaldarazo que un colega le solicite que sea el médico de un paciente de esa categoría».

Como se ve, el general Baeza se consiguió un testigo muy bueno, sin fallas, haciendo todo lo que tenía que hacer, como si supiera que iba a servir de testigo para caso tan importante. Y lo mejor es que su declaración lo hace aparecer como un hom­bre «frío, tranquilo».

Veamos ahora el segundo punto de contradicción entre el ge­neral Ernesto Baeza y el general Javier Palacios:

2) El general Palacios dice que encontró al doctor Guijón «al lado suyo o en un rincón» (no se acuerda bien el general, que tan buena memoria tiene para los detalles, como al decir «me acerqué al cadáver. El Presidente estaba sentado en la mitad del sofá tapizado de rojo, con la metralleta en las manos. El casco y la máscara de gases a un lado, los anteojos en el suelo. La cara estaba hinchada y la cabeza partida en dos, como una sandía»). Pero no se acuerda donde estaba el doctor Guijón. Era la duda, en Bogotá, sobre qué diablos habría hecho su general Baeza con el doctor Guijón, cómo saber en Bogotá dón­de había puesto Baeza, en Santiago, al «testigo clave», si al la­do del cadáver, en el sofá o en un rincón de una pieza, tal como realmente lo encontraron los soldados, presa de un ata­que de histeria por el combate feroz que se desarrollaba en el Palacio, que NO SE HABÍA RENDIDO.

Pero sigamos con este punto dos. Palacios dice que Guijón «temblaba y casi no podía hablar», y aquí un agregado litera­rio del general Palacios: «Me dijo: "Es el Presidente. Es el Presidente".» Pero el general Baeza dijo otra cosa. Recorde­mos que el general Baeza necesitaba un testigo «intelectualmente apto» para su historia. El general Baeza dijo que «el doctor Guijón estaba junto al cadáver del Presidente, y cuando en­tró el general Palacios se identificó como médico personal del señor Allende y dio cuenta de los hechos».

Y para poner en nuevos aprietos la coherencia de la histo­ria, el general Baeza cita de la declaración de Guijón esta frase: «Yo estaba sentado inmediatamente contiguo al Presidente» cuando entró «el general». Y ocurre que «el general» (Palacios), dice en Bogotá, el 22 de septiembre, que no se acuerda si Gui­jón estaba «al lado suyo o en un rincón».

3) Este punto es importante. De enorme importancia. Como vimos al examinar el informe pericial de la Brigada de Homici­dios, resulta policialmente grotesco afirmar que un hombre que se suicida sentado, en una posición inestable, con un fusil ametra­llador sujeto entre sus rodillas, quede muerto, sentado y ¡con el fusil ametrallador sobre sus rodillas! Bueno, ocurre que el informe pericial de la Brigada de Homicidios lo señala así, con todas sus letras. ¿Cómo reparar ese error? El general Baeza pla­nificó una manera, en la cual, una vez más, debía intervenir el «testigo» salvador de circunstancias difíciles. Baeza ordenó a Guijón decir que él le había dado un manotazo al arma suicida, para alejarla de sí y evitar que los soldados creyeran que era un combatiente, y que, después, el general Palacios, en un «ex­ceso de celo» para «no mover nada de la escena del suicidio», le había ordenado que la pusiera sobre las rodillas del cadáver de Allende y que, los policías civiles al «describir» la escena, ha­bían hecho sólo eso, «describir» lo que vieron. Por ello el arma reposaba sobre las rodillas del cadáver porque Palacios ordenó a Guijón que la pusiera allí.

El jueves 20 de septiembre, Baeza Michelsen leyó esa parte de la declaración del doctor Guijón, el cual la ha repetido a los periodistas en entrevistas concedidas desde diciembre pasado, cuando salió libre incondicionalmente. El testimonio es el si­guiente:

«En un momento dado retiré el arma porque yo estaba sen­tado inmediatamente contiguo al Presidente y entre los dos había muy poco espacio, entre el cadáver y yo, y el arma que­daba demasiado cerca. Entonces yo pensé que si en un mo­mento dado entraban tropas podían ver que yo quisiera defen­derme. Entonces decidí quitar el arma y colocarla en el extre­mo opuesto del sofá POSTERIORMENTE ESTO LO HICE VER AL GENERAL QUE ENTRO, QUIEN ME HIZO RESTITUIR EL ARMA A SU LUGAR».

Claro, la declaración es muy buena, pero ocurre que el ge­neral Palacios, en Bogotá, 48 horas después, decía esto otro:

«Me acerqué al cadáver. El Presidente estaba sentado en la mitad del sofá tapizado de rojo, CON LA METRALLETA EN LAS MANOS. EL CASCO Y LA MASCARA DE GAS A UN LADO, LOS ANTEOJOS EN EL SUELO. La cara estaba hinchada y la cabeza partida en dos, como una sandía».

La contradicción entre los dos testimonios es tan grande, tan brutal, que no necesita ningún comentario. Solamente reite­rar que el general Palacios tenía justificación al cometer tan tremendo error en sus declaraciones: él simplemente estaba contando cómo habían dejado el cadáver de Allende los «ex­pertos» del SIM, que construyeron la escena del «suicidio» con dos equivocaciones serias: dejar sentado el cadáver, y poner sobre sus rodillas la supuesta arma utilizada por el suicida.

4) Para completar el cuadro de «decir la verdad, nada más que la verdad», el general Palacios contó el 21 de septiembre en Bogotá que «ordené a mis hombres que no tocaran nada». «Llegaron los peritos de las tres armas chilenas. Comprobaron el suicidio. Se tomaron fotografías.»

Esto es sólo parte de la verdad. Palacios, efectivamente orde­nó a sus hombres que «no tocaran nada»... ¡pero en el Salón Rojo de la Moneda, en el cual, ardiendo, estaba el cadáver del presidente Allende después de ser asesinado por la patrulla de penetración de la Escuela de Infantería, minutos después de las dos de la tarde! El traslado del cadáver de Allende al Salón In­dependencia, a salvo del fuego del incendio provocado por los bombardeos, se hizo después de las tres de la tarde, y en esa tarea ya no tomaron parte los «hombres» del general Palacios, sino los miembros del equipo del Servicio de Inteligencia en­viados por el general Baeza Michelsen para preparar la escena del «suicidio». Palacios recibió instrucciones desde Peñialolén, de parte del general Augusto Pinochet, para dejar entrar al recinto a los «jefes del servicio de sanidad de las tres armas y de Carabineros. Pero esos jefes NO CONCURRIERON a La Mo­neda. Eso, por supuesto, Palacios no lo supo, porque a partir de las cuatro de la tarde, más o menos, se desentendió de la trama para dedicarse a la «ocultación militar definitiva del re­cinto».

Entonces, lo que realmente ocurrió, fue tal como lo cuenta el general Ernesto Baeza Michelsen —desmintiendo, sin saber­lo, al general Palacios— el jueves 20 de septiembre:

«Al constatarse la muerte del ex presidente Allende, el Man­do Militar ordenó la concurrencia de detectives y peritos de la Brigada de Homicidios al Palacio de la Moneda, mantenien­do en el mismo escenario de los hechos al doctor Patricio Guijón Klein, que aparecía como sospechoso integrante del GAP y posible autor del asesinato del Primer Mandatario». Estos po­licías fueron los que tomaron «setenta fotografías» del sitio del suceso.

En suma, Palacios dice que «llegaron peritos de las tres armas chilenas». El general Baeza dice que no, que fueron «pe­ritos de la Brigada de Homicidios». Palacios dice que los «mili­tares» tomaron las fotografías del sitio del suceso. El general Baeza dice que no, que fueron los expertos de la Brigada de Ho­micidios.

Y como un agregado lírico a esta suma de contradicciones infantiles, una frase del informe médico del cadáver de Allende, puesta ahí para «evitar dudas» respecto al «suicidio»: «Los análisis de la piel de las manos y barbilla demuestran la existencia de pólvora, provocada por el uso de arma de fuego».

Esto, en un suicidio simple, es prueba concluyente. La mues­tra de pólvora en las manos del suicida, demuestra que utilizó el arma suicida, pero ¿qué demuestra en el caso de Salvador Allende, que había estado combatiendo durante cuatro horas y media, desde las nueve y media hasta las dos de la tarde cuando fue acribillado por la patrulla de la Escuela de Infantería? Por supuesto que nada, porque después de cuatro horas y media de disparar contra las tropas invasoras, no sólo las manos de Allen­de, sino su rostro, sus ropas, todo él estaba cubierto de residuos de pólvora. Eso es concluyente.

5) El 22 de septiembre, el general Palacios fue concluyente al decir: «Había también en la habitación una botella de whis­ky. Pedí a los legistas que establecieran si el Presidente había bebido algo. La prueba fue negativa. Allende no bebió absolu­tamente nada.» Se presume que Palacios hizo esta afirmación después de haber hablado, en la noche del 11 de septiembre, en el Hospital Militar, con alguno de los médicos que hicieron la autopsia del cadáver de Allende.

Sin embargo, esta realidad, para la trama de Ernesto Baeza Michelsen no servía. Para un «suicidio» bueno de Allende, Bae­za Michelsen necesitaba un «presidente borracho», lo cual, al mis­mo tiempo, servía para el intento de desprestigio personal, en el que estaban empeñados los generales. Entonces el director general de la trama hizo poner en el informe médico final lo siguiente: «El cuerpo de Allende presentaba un noventa por ciento de alcoholemia.»
Una rectificación
Al regresar a Chile, el general Javier Palacios se encontró con la novedad de que sus tropas habían tomado «un Palacio de Gobierno rendido». Entonces, modificó sus declaraciones de Bo­gotá, y en la primera semana de octubre de 1973, ante los perio­distas democratacristianos y de derecha, los únicos sobrevivien­tes del periodismo chileno después del manotazo dado por los generales insurrectos a la prensa de izquierda, el general modi­ficó su versión de la toma de La Moneda:

«En el momento de entrar por Morandé 80 se veía izada una bandera blanca en un palo, la que posteriormente resultó ser el delantal blanco de un médico y que fue puesto por la propia Payita, por orden del señor Allende. En esos instantes salían del edificio un número aproximado de 30 civiles, todos ellos miem­bros de la guardia personal (GAP), y muchos médicos que se rindieron ante nuestras fuerzas. Al subir al segundo piso de La Moneda, ésta ya estaba transformada en un infierno por efec­tos del fuego. Paralelamente recibíamos disparos sorpresivos de tiradores emboscados en algunas oficinas.»

Es decir, un gran cambio de una declaración a otra: en la primera no hay «bandera blanca» por ninguna parte, y sí exis­te «una resistencia» un «recibimiento a balazos»; tampoco hay «civiles» que salían rendidos en la primera declaración. Sólo hay combate violento, con defensores que gritan «el marxismo no se rinde».

En la segunda declaración, las cosas cambian: los civiles ba­jan rendidos, hay bandera blanca y algunos «disparos sorpre­sivos» de «tiradores emboscados». Quedaba claro que esta decla­ración fue hecha después de una larga conversación con el ge­neral Ernesto Baeza Michelsen.

Sin embargo, los porfiados hechos siguieron evidenciando al general Palacios en su segunda declaración «rectificada». Al contar su desplazamiento dentro de La Moneda, en orden cro­nológico, queda claro que corrió hacia el Salón Rojo. Es decir, no revisó primero los salones en buen estado, donde podría ha­ber presuntos tiradores «emboscados» (entre esos salones estaba el Independencia, donde se afirmaría más tarde que Allende se habría suicidado), y en cambio, corre al Salón Rojo, que está incendiándose, y al despacho presidencial, que también se in­cendia. ¿Por qué? Claro, nadie le preguntó eso al general Pala­cios en su entrevista de prensa, ni él habría respondido a esa pregunta. Y no lo habría hecho, porque el general Palacios co­rrió hacia el Salón Rojo para buscar el cadáver de Allende, que él sabía estaba en esas dependencias, según el relato del capitán Garrido, que le señaló cómo y dónde había ametrallado al ex Presidente de la República pocos minutos después de las 14 ho­ras.

Dijo Palacios: «Mi impresión más profunda y fuerte fue ver incendiarse y destruirse el Salón Rojo y el gabinete presidencial, del cual solamente alcanzamos a salvar la espada de O'Higgins»... y el cadáver de Salvador Allende, debería haber agregado el ge­neral.

En seguida, la declaración «rectificada» del jefe de las fuer­zas de asalto y ocupación del Palacio de Gobierno de Chile, pone sus palabras de manera más coherente con las del testigo fabri­cado por Baeza Michelsen, y rehuye los elementos principales de contradicción que ya vimos en los puntos 2 y 3 de nuestro examen anterior.

Relata Palacios, en octubre:

«Al continuar nuestro avance en el interior de La Moneda y abrir las puertas que daban acceso al Salón de la Independen­cia (salón privado del Presidente), nos encontramos con el es­pectáculo del señor Allende muerto, sentado en un sofá, por los efectos de dos tiros que él mismo se había disparado, colocán­dose la metralleta —regalo de Fidel Castro— bajo la barbilla, lo que le produjo una muerte instantánea. Al entrar en dicha sala, encontramos a un hombre joven, que al ser interrogado dijo ser el doctor Guijón, que atendía los servicios médicos de la presidencia. Sintió los disparos hechos por el señor Allende en los momentos en que abandonaba la sala, y volvió, pudiendo com­probar que después de haberles ordenado que se rindieran y abandonaran La Moneda, se quedó atrás, para suicidarse.»

Claro, al parecer, el general Palacios demostró ser un poco torpe para aprenderse declaraciones sobre sucesos que no ocu­rrieron, y su versión de lo que le dijo Guijón (de acuerdo al li­breto del «suicidio para armar» que montó el general Baeza) no es muy exacta, e incluso contradictoria, pero en grado me­nor. Lo principal es que ahora desaparece el Guijón «tembloroso y balbuceante» que describió Palacios en Bogotá, y entra en es­cena un Guijón aplomado, dueño de sí mismo, que se identifica y relata claramente las cosas. Es decir, esta pieza del armado encaja mejor en el «suicidio» preparado por Baeza Michelsen.

Sin embargo, una vez más, el general Palacios se deja llevar por las impresiones reales y agrega sin necesidad: «Debo confe­sar que no reconocí a Allende, por la forma pobremente vestida en que se encontraba y por las características del suicidio, que prácticamente le partió en dos la cabeza. Tenía las manos llenas de pólvora, producto del uso de las armas que había estado ha­ciendo al disparar personalmente desde las ventanas de La Mo­neda en contra de la tropa que lo atacaba.»

Aclaremos un poco. ¿Qué cadáver no reconoció Palacios por­que estaba «pobremente vestido»? ¿Se refiere al cadáver del Allende asesinado en el Salón Rojo por la patrulla de infantería a las dos de la tarde? ¿O se refiere al cadáver del Allende «sui­cidado» en el Salón Independencia, por personal del SIM, a las tres y cuarto de la tarde?

Si se refiere al cadáver del Allende asesinado por los solda­dos en el Salón Rojo, la impresión de Palacios es correcta, por­que Allende vestía solamente una chomba de cuello subido y pantalones azules, arrugados, ahumados, manchados y sucios tras más de cuatro horas de combate; y la chomba perforada por una media docena de balazos en la región abdominal. Ese cadáver correpondía a un «no reconocí a Allende, por la forma pobre­mente vestida en que se encontraba.»

Pero si Palacios quería decir con eso que no reconoció al ca­dáver del Allende que los miembros del SIM pusieron más tarde en el Salón Independencia para simular un suicidio, entonces, está equivocado, y está planteando una duda tremenda sobre sus palabras, o sobre su equilibrio mental.

Ocurre que según el informe pericial de la Brigada de Homi­cidios, el cadáver del «suicida» Allende estaba vestido de la si­guiente manera: «Una chaqueta de tweed color gris, abotonada en el botón inferior, de dos que tiene la prenda; pullover gris con figuras geométricas parduscas y de cuello subido, camisa sport blanca, pantalones marengo, calzoncillos blancos, zapatos negros Y PAÑUELO DE SEDA AZUL CON LUNARES ROJOS EN EL BOLSILLO SUPERIOR IZQUIERDO.»

Es decir, un cadáver con chaqueta de tweed, correctamente abotonada y pañuelo de seda, azul y rojo, en el bolsillo superior izquierdo, pantalones marengo y zapatos negros. Eso no era precisamente un «cadáver pobremente vestido». El otro sí, el del Allende asesinado realmente por los soldados atacantes estaba pobremente vestido. La realidad y el mito se le cruzaron al ge­neral Palacios y en su declaración mezcló verdad y mentira: la verdad de que no reconoció el cadáver de Allende ASESINADO EN EL SALÓN ROJO, y la mentira que se refería al cadáver de Allende puesto posteriormente en el Salón Independencia para armar el «suicidio».


¿Qué hacemos con la noticia?
Como hemos visto en este reportaje, hubo serias divergen­cias de criterio para construir el suicidio de Allende, entre el general Ernesto Baeza Michelsen y el general Augusto Pinochet. El primero armó el espectáculo tratando de basar todo su «ar­gumento» en la policía civil, mientras el segundo quiso que se hiciera apoyándose sólo en los organismos médicos y de Inte­ligencia de las Fuerzas Armadas.

Esto provocó serias divergencias, hasta el punto que el miér­coles 12 de septiembre, en la tarde, el general Ernesto Baeza Mi­chelsen, a gritos, delante de funcionarios civiles de la policía de investigaciones, ofreció su renuncia al general Pinochet, gri­tando: «¡Esto nos pasa por trabajar con pijecitos hijos de puta!» El general Baeza se refería a Federico Willoughbly MacDonald, secretario de prensa de la Junta Militar, el cual había redactado un comunicado sobre «el suicidio» de Allende, que fue repartido a la prensa a las 14,30 horas del miércoles 12 de septiembre.

El comunicado de prensa había causado la ira de Baeza Mi­chelsen porque contenía inexactitudes y errores, que más tarde podrían provocar problemas, sobre todo porque aparecía como «comunicado oficial de la Junta Militar de Gobierno».

La versión que daban los generales sublevados, veinticuatro horas después de la muerte de Allende, era la siguiente, según transmisión por la radio oficial:

«La Junta Militar de Gobierno de Chile anunció oficialmente que el ex presidente Salvador Allende se suicidó y que su cadá­ver fue inhumado este mediodía. El comunicado señala que:

1) A las 13.09 horas de ayer martes, Salvador Allende ofreció rendirse incondicionalmente a las fuerzas militares.

2) Para ese efecto se dispuso de inmediato el envío de una patrulla cuya llegada a Palacio de la Moneda se vio retrasada por la acción artera de francotiradores apostados especialmente en el Ministerio de Obras Públicas que pretendieron intercep­tarla.

3) Al ingresar esta patrulla en La Moneda, encontró en sus dependencias el cadáver del señor Allende.

4) Trasladado al Hospital Militar, una comisión médica in­tegrada por los jefes de los Servicios de Sanidad de las Fuerzas Armadas y de Carabineros, junto a un médico legista, constata­ron su deceso y dictaminaron el suicidio.»

La furia del general Baeza era bastante justificada, porque según ese comunicado oficial de la Junta Militar de Gobierno, la «batalla de La Moneda» había terminado poco después de las 13 horas, mientras que era público y notorio, y además sancio­nado por un comunicado del Ministerio de Defensa del día an­terior, 11 de septiembre, que «el Palacio de La Moneda ha caído en manos de las fuerzas militares a las 14.50 horas».

Al mismo tiempo, este comunicado colocaba el «suicidio» de Allende pocos minutos después de las 13 horas, mientras que en el anochecer del día 11 de septiembre, el prefecto de Inves­tigaciones de Santiago, René Carrasco, había declarado a los corresponsales extranjeros de la Agence France Presse, United Press International y Associated Press, que «el personal de la Brigada especializada en estos servicios, comprobó la muerte del derrocado Mandatario, la cual se produjo aproximadamente en­tre las 13.30 y 14 horas de hoy».

Por último, el comunicado oficial señalaba que el cadáver de Allende había sido trasladado al Hospital Militar para ser exami­nado por los equipos de las Fuerzas Armadas, lo cual también era falso, ya que ese traslado se hizo cerca de las siete de la tarde, DESPUÉS que la Brigada de Homicidios cumplió el papel que el comunicado señalaba a «los jefes de los Servicios de Sa­nidad de las Fuerzas Armadas y de Carabineros».

El general Ernesto Baeza Michelsen hizo saber al Comando Conjunto que «ese tipo de declaraciones nos ponen en ridículo» y hace recaer «sobre nosotros» precisamente las sospechas que queremos evitar. ¡Las «sospechas» de que Salvador Allende ha­bía sido asesinado por los militares insurrectos!

Además, el general Baeza, en la tarde del día 12 de septiem­bre, tenía otro motivo grave de preocupación. Ocurre que los grupos armados civiles que participaban en el golpe de Estado, agrupados bajo el nombre genérico de Unidades Independientes por el Comando Operacional Conjunto Militar de Peñalolén, había puesto en el aire, sin autorización de los generales insurrec­tos, una radio de onda corta, la cual, a las cuatro de la tarde del día 11 de septiembre había transmitido la noticia de la muerte del presidente Allende, con un texto aproximado a éste: «Atención Chile. Atención a todo el mundo. Aquí Santiago Treinta y Tres. Este es Chile Libre. Allende ya es un cadáver. El capitán Roberto Garrido nos ha liberado de las garras del marxismo. Aquí transmite la Asociación de Chilenos Libres. Éste es Chile Libre. Allende ha sido ajusticiado por nuestros soldados glorio­sos.»

El general Baeza, al conocer esta transmisión, en la noche del día 11 de septiembre, ordenó investigar el sitio en donde estaba esa radio clandestina de las Unidades Independientes, y se encontró con la sorpresa de que la emisión había salido del Ministerio de Defensa, y que, además, sus superiores inmediatos le sugerían que no siguiera investigando.

Por último, el general Baeza sólo tenía un motivo de satis­facción: el haber logrado que la noticia del «suicidio» fabricado de Salvador Allende se demorara veinticuatro horas, para ulti­mar detalles, perfeccionar declaraciones e impedir que grupos de civiles trataran de arrebatar el cadáver del ex Presidente a las Fuerzas Armadas, descubriendo los innumerables impactos que tenía en el cuerpo.

Su satisfacción era la de un hombre que había fabricado un suicidio muy importante, incluso consiguiéndose un testigo ocu­lar insospechable, ya que era médico y civil. También había lo­grado apresurar el montaje del suicidio en el Salón Indepen­dencia de La Moneda, de tal modo que cerca de las seis y media de la tarde del día 11 de septiembre, pudo permitir que un pe­riodista del diario «El Mercurio» entrara al escenario del es­pectáculo: era el jefe de fotografía del periódico más importante de Chile, Juan Enrique Lira, quien escribió: «Alumbrado por focos de los bomberos, el presidente Allende aparecía recostado sobre un sofá de felpa, con la cabeza totalmente destrozada; tenía una ametralladora hacia un lado. En ese momento pensé que se había disparado una ráfaga de más de dos balas por el estado que presentaba la cabeza del Presidente, posteriormente solamente se encontraron dos vainillas vacías.»

Los jefes militares permitieron que Lira y otros periodistas del canal de la Universidad Católica, permanecieran cerca de un cuarto de hora en el lugar.

La situación merece el comentario que el escritor chileno Fernando Alegría, profesor en la Stanford University (Estados Uni­dos), hizo en el número de diciembre de 1973 de la revista «Ramparts»:

«La Junta publicó un comunicado que apareció en los perió­dicos. Ellos dicen que Allende se suicidó y agregan que había copiosa cantidad de huellas de pólvora en sus manos, lo cual sugiere, de acuerdo con el mismo comunicado, que el Presidente estuvo disparando por largo tiempo. Conociendo a Allende como yo lo conocí, sin embargo, estoy convencido de que él murió lu­chando, con una ametralladora en sus manos. Él estaba resuelto a seguir combatiendo en La Moneda. Si la Junta está utilizando la palabra «suicidio» metafóricamente para describir el hecho de que Allende estaba solo frente a todo un ejército, entonces puedo aceptar el comunicado oficial, aun cuando estimo que su uso de las metáforas es deplorable.»



Notas
1) Desde la firma del tratado de Ayuda Mutua con las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, la influencia sobre los institutos militares chilenos fue creciente. Desde comienzos de la década de los 60, periodistas y partidos políticos de izquierda denunciaron estos hechos, haciéndose notable la campaña a partir de 1968, en que revistas como «Causa ML» (números 2 y 3 de ese año; y 7 y 10 de 1969) dieron a conocer copias fotostáticas de los textos utilizados en las diversas escuelas mili­tares chilenas, que eran simples traducciones de los textos utilizados por el Ejército de EE.UU. Durante 1970 y 1971, la revista «Punto Final» denunció programas de cursos de anticomunismo en la Escuela Militar Bernardo O'Higgins y en la Aca­demia Naval de Playa Ancha, en Valparaíso. En 1972, los diarios «El Pueblo» y «El Rebelde», ambos de Santiago, denunciaron la presencia de miembros de la Misión Militar Norteamericana como «profesores invitados» de año completo en esas mis­mas academias militares. Esto, por supuesto, no es extraño a la filosofía del Pacto de Ayuda Militar (PAM). Las mismas fuentes anteriores citaban los siguientes hechos:

«En 1963, el Departamento de Defensa de los EE.UU. explicó en un documento al Congreso de su país, la filosofía del Pacto de Ayuda Militar en su relación con los Ejércitos latinoamericanos: El PAM también contribuye a los objetivos polí­ticos de los Estados Unidos a través de sus programas de entrenamiento que traen a este país muchos líderes militares extranjeros... pues no sólo sirve para mejorar la capacidad técnica del personal militar, sino también para exponerlos a los requerimientos de un responsable liderazgo militar en una sociedad contemporánea

«El 3 de junio de 1969, el secretario de Defensa yanqui, Melvin R. Laird, dijo ante el Congreso de su país: "...aseguro que el PAM hará cuanto pueda para ase­gurar que todo dólar invertido en ayuda donada tendrá su más efectivo uso en apoyo de la política y la seguridad de los Estados Unidos".»

"En 1963, el secretario de Defensa, Robert McNamara, dijo ante el Senado norteamericano: "La asistencia militar y la económica están frecuentemente unidas en apoyo a los objetivos de los Estados Unidos, con Fuerzas Armadas nativas pro­vistas por el programa de asistencia militar con instructores avezados y la Agen­cia para el Desarrollo Internacional aportando los elementos materiales... lo cual disminuye la vulnerabilidad de la población nativa hacia las lisonjas y amenazas de los agentes comunistas, comprometidos en el fomento de la insurrección".»

«En el año 1964, ante la misma Cámara de Representantes, el general Robert J. Wood, que era director de Asistencia Militar del Departamento de Defensa, dijo: "Hay en ejecución un Programa de Seguridad para la Alianza para el Progreso... que tiene como objetivo fundamental un liderazgo militar latinoamericano".»

Para profundizar este tema, ver Estados Unidos y el nuevo equilibrio en América Latina, de James Petras, «Revista de Estudios Internacionales», Santiago Chile, ene­ro-marzo de 1969 pp. 490 y 518.


2) Las palabras entre comillas son una reconstrucción aproximada de lo dicho por los oficiales norteamericanos asesores de la conspiración que desembocó en septiembre de 1973, y se hace en base a los discursos, arengas y reuniones en buques de la Armada y centros militares hechas por oficiales golpistas a partir de mayo de 1973. Como se denunció en los primeros diez días de septiembre, en los diarios «Puro Chile», «Ultima Hora» y revista «Chile Hoy», los oficiales golpistas que arengaban desembozadamente a los marinos y aviadores principalmente, y que afirmaban su posición en que «los americanos nos apoyan y nos han dicho tal y tal cosa», son los siguientes: coronel Juan Soler Manfredini, director de la Escuela de Especia­lidades de la Fuerza Aérea; coronel Carlos Ottone Mestre, director de la Escuela de Aviación Capitán Avalos; el teniente segundo Jaime Olavarrieta, de la Escuela de Grumetes en Isla Quiriquina; el teniente Julio Meneses, del Hospital Naval de Valparaíso; el capitán de fragata Alberto Vázquez, comandante de la Base Aero­naval de El Bolloto; el capitán de fragata Martiniano Parra, de la Base Naval de Talcahuano; comandante César Guevara Fuentes, del Grupo 7 El Bosque, de la Fuerza Aérea en Santiago, y su segundo comandante Ivan Doren, así como sus ayudantes el teniente Ernesto González y cabo Florencio Gálvez. Uno de los oficiales que más facilidad de palabra tenía en los últimos meses antes del golpe para señalar que «los americanos nos apoyan y nos dan asesoría técnica en todo», y contar detalles de las reuniones con los representantes del ejército de EE.UU. a partir de noviembre de 1972 para planificar el derrocamiento de Salvador Allende, era el coronel de aviación Ramón Gallegos Alonso, que fuera jefe de relaciones públicas de la Fuerza Aérea de Chile hasta agosto de 1973, y brazo derecho de la conspiración del ex comandante en jefe César Ruiz Danyau en la segunda quin­cena de ese mismo mes, junto con los oficiales Juan Pablo Rojas, Guillermo Na­varro Vicencio, Raúl Vargas y Antonio Quirós, en Santiago. En Antofagasta, norte de Chile, el comandante de escuadrilla Juan Cvitanic, jefe de relaciones públicas de la Base de Cerro Moreno, era otro de los que contaban a sus amigos y tra­taba de hacer propaganda al golpe relatando detalles «del apoyo americano». Tam­bién el comandante de grupo de Antofagasta, Patricio Araya Ugalde, a quien llamaban «el otro yo del general Ruiz Danyau». En el Grupo 10 de Los Cerrillos estaban Germán Fuchslocher y Carlos Alvarez, y en el Grupo 2 de Quintero (cerca de Santiago), el comandante de grupo Pablo Saldías Maripangue.

La gran mayoría de la información sobre las reuniones de oficiales chilenos con oficiales norteamericanos, a partir de noviembre de 1972, provienen de este tipo de infidencias, cuando, al parecer, los conspiradores se encontraban absolutamente seguros de que nada podría detener su maquinaria golpista. Por supuesto, hay otros tipos de fuentes también para conocer lo que pasaba en el interior del grupo conspirativo, realmente muy numeroso. Pero esas fuentes, por ahora, no se pueden citar, porque pondría en peligro las vidas de muchos chilenos, tanto civiles como militares, que siguen dentro de Chile en la fecha de publicación de este libro.


3) En estas elecciones parlamentarias, la Unidad Popular sacó casi el 44 % de la votación, lo cual, para el sistema político chileno era un verdadero triunfo, ya que ningún Gobierno chileno elegido democráticamente había logrado subir su porcentaje de votación con respecto al sacado al momento de su elección presidencial.
Un caso ilustrativo era el de Eduardo Frei: fue elegido en 1964 con el 56,0 % de
los votos; en 1965, para las elecciones parlamentarias, ese porcentaje bajó a 42,3 %; tres años más tarde, su Gobierno sacó en las elecciones municipales de 1967 el 35,58 %; y en las parlamentarias de 1969, el 21,8 %. Para el sistema pluralista de­mocrático existente en Chile hasta el 11 de septiembre de 1973, esta minoría relativa no era señal de ilegitimidad, sino simplemente de medida de apoyo o rechazo político a una gestión constitucional. Del mismo modo, en las elecciones presi­denciales de 1958, el candidato triunfante, Jorge Alessandri Rodríguez sacó sólo el 31,2 %; pero era mayor cantidad que el segundo, Salvador Allende, con 28,5 %; el tercero, Eduardo Frei, con 20,5 %; y el cuarto, el radical Luis Bossay, con 15,4 %. Sin embargo, nadie cuestionó la legitimidad de la presidencia de Jorge Alessandri.

En cambio, el Gobierno de la Unidad Popular había hecho un camino al revés: de 36 % de los votos en 1970 había llegado al 44 % en 1973, lo cual mejoraba su posición relativa en el sistema pluralista democrático. Sin embargo, los conspira­dores daban como «prueba» de la ilegitimidad del Gobierno de Allende que «sólo representaba a una minoría del 36 %», lo cual es un argumento falaz en el sis­tema político de Chile.


4) La versión de lo que ocurrió en esta reunión se conoció por boca del propio
presidente Allende, quien habló con un grupo reducido de periodistas de la Unidad Popular, en la propia Moneda, en la noche del mismo día 8 de agosto. Infortunadamente, no estoy en situación de decir los nombres de esos periodistas, porque todavía están en Chile, algunos presos y otros en la clandestinidad. Y uno asesinado, como es el caso de Augusto Olivares Becerra.
5) La existencia de la cinta magnética, un sumario de su contenido y una versión de esta reunión, también fue dada por Allende a un grupo reducido de periodistas de la Unidad Popular para fundamentar su petición de no informar so­bre estos sucesos ya que la situación estaba «extremadamente crítica». Los sucesos del día siguiente fueron casi públicos, incluso con arengas en los patios de las bases aéreas involucradas, con salidas y entradas de correos militares fáciles de identificar. Pero se respetó el acuerdo con Allende y los diarios de izquierda no informaron del hecho, en sus detalles, sino en general y de manera indirecta. Los periódicos de derecha callaron totalmente.
6) Durante la campaña presidencial, en 1970, muchos periodistas acompañaron día y noche, por sus viajes por todo Chile, a Salvador Allende, y al final de la jornada, en diversas ocasiones se planteó el problema de qué harían las Fuerzas Armadas si la Unidad Popular ganaba. Desde entonces, se supo por boca de Allende que «por lo menos tengo un general amigo, que es Torres de la Cruz». Y lo definía el propio Allende como «allendista». Incluso llegó a decir que su quinta antigüedad en el Ejército en la época (la lista era Schneider, Prats, Pinochet, Urbina, Torres de la Cruz, Bonillas) daba garantías suficientes. Más tarde, después de los sucesos de octubre de 1970, Torres de la Cruz volvió a ser citado por los asesores del Presidente en problemas militares como «leal». Cuando a partir de marzo-abril de 1973 comenzaron a ocurrir los allanamientos militares a las fábricas, funcionarios responsables de la Unidad Popular fueron a hablar con Torres de la Cruz en Punta Arenas (donde Allende lo había nombrado Intendente para «reforzar» la lucha contra el contrabando de armas de los grupos fascistas civiles desde Argentina), a fin de conocer qué pasaba en el seno del Ejército. Por supuesto, Torres de la Cruz informó que esos eran excesos propios del tipo de operación que significa­ban los allanamientos (la brutalidad, castigo a las obreras y obreros, etcétera).
7) El caso de Augusto Pinochet en el drama que vive Chile es muy particular.
Hoy, en 1974, aparece como el jefe más cruel de una Junta Militar fascista. Y sin
embargo, en 1973, hasta junio de ese año, los generales conspiradores dudaban
mucho de Pinochet, sobre todo porque siempre se mostró partidario de la línea
seguida por el comandante en jefe de la época, Carlos Prats, y porque muchos de
los cursos de Estado Mayor que dictó se daban bajo el lema impuesto por Prats de
«defensa de la constitucionalidad en caso de amotinamiento militar». El general Pinochet fue el último eslabón en cerrarse (en realidad, el general Mendoza fue informado más tarde, pero su importancia no es comparable con la de Pinochet), y la razón fundamental que dieron los generales Leigh, Bonilla, Brady y Arellano y el almirante Merino para «invitarlo» a ser jefe de la Junta, fue que con ello se impedían fracturas en el Ejército. Tal vez esta realidad de Pinochet, de ser ajeno por tanto tiempo al grupo conspirador, lo mantuvo fuera también del plan para asesinar a Allende. La participación de Mendoza en el plan de asesinato se justifica, porque desde 1971, había demostrado una aversión casi enfermiza a la Unidad Popular, llegando incluso a retardar la entrada de Carabineros para despejar las calles en la capital en las manifestaciones de oposición. Mendoza, en realidad, era conocido públicamente como «enemigo de la Unidad Popular» desde el comienzo del período de Allende.


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