Espiritualidad escolapia


Preocupación por la familia y amor a las niñas



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8. Preocupación por la familia y amor a las niñas.
Es una característica muy especial de Madre Paula. Su lema “Salvemos las familias enseñando el santo temor y amor de Dios a las niñas, y que su Majestad sea glorificada por medio de sus tiernos corazones”.
El amor es el eje fundamental en su pedagogía. Es el mismo amor de Dios el que se manifiesta y traduce en amor a los hermanos. Es el motor que pone en marcha toda la actividad.
Su obra educativa fue un desbordamiento del amor de Dios que la consumía. Una de sus antiguas alumnas decía: “Madre Paula amaba al pobre y al rico; para todos guardaba palabras de bondad. Tenía el corazón grande para Dios y para los hombres”.
Es el mismo amor de Dios que encuentra su prolongación en el amor a los educandos. Ella quería hacer sentir a las niñas el ardor de este amor que el Espíritu había derramado en su corazón.
El amor de Madre Paula es un amor profundamente femenino, lleno de delicadeza, de bondad, de intuición, que sabe descubrir en cada niña lo que necesita. Tenía una habilidad especial para darse cuenta de las necesidades de los otros.
Se ha dicho que quien es capaz de mirar sin complejos el rostro de un niño, es capaz de encontrar a Dios en la oración. Hacerse como niño es sintonizar con el corazón de los niños, con su actitud de autenticidad y confianza.
9. Amor a la Iglesia, al Instituto y a Calasanz.
El amor a la Iglesia, a Madre Paula le venía ya de lejos: desde niña se sintió muy ligada a la parroquia, a la Iglesia local. Allí aprendió a conocer a Dios y se implicó de maneras diversas en el servicio a la Iglesia, perteneciendo a distintas cofradías y siendo catequista de pequeños. Por esto su empeño de que su obra fuera reconocida por la Iglesia.
M. Paula deseaba ardientemente que el Instituto por ella fundado fuera reconocido por la Santa Sede. Primero vinieron las aprobaciones diocesanas, por mano de los Obispos; pero ella aspiraba a un reconocimiento de manos del mismo Pontífice y a una aprobación de las Constituciones. En una carta al Padre Fucile dice: “Pido para que el Instituto sea declarado digno hijo de la Iglesia”. “La suprema aprobación Pontificia de nuestro Instituto es nuestro bienestar, nuestra dicha, nuestra última y verdadera gloria”.
Ponía esta tarea en manos del Señor y por esto sabemos que “de noche y de día le estoy clamando al Todopoderoso”. Su corazón estaba tan deseoso de este reconocimiento, que su oración era incesante. Pero no por ello se descuidaban todos los pasos posibles. A M. Paula le toca rezar. Ella pensaba que el Papa, Pío IX, discípulo de las Escuelas Pías, pondría el broche
En otra carta a este mismo padre escolapio encontramos:

Oh, Reverendísimo Padre, más de mil veces me he encontrado con el espíritu a las sagradas plantas de nuestro Santo Padre el Sumo Pontífice, desahogándole mi interior y pidiéndole que nos conceda ser unas verdaderas hijas de nuestro glorioso Padre S. José de Calasanz”.


El 9 de mayo de 1860, salió de la Congregación de Obispos y Regulares el Decreto de Aprobación, en forma de Breve, con el cual “Su Santidad aprueba y confirma dicho Instituto de Hermanas, que se llaman Hijas de María...esperando para tiempo más oportuno la aprobación de las Constituciones”. Es un paso importantísimo. La Iglesia aprueba y confirma el Instituto dedicado a la educación de las niñas, dedicándose a ello con los votos de castidad, obediencia, pobreza y el de enseñanza.
Pero el proceso tenía que continuar: El 17 de julio de 1870 fueron aprobadas, ad experimentum las Constituciones Han de transcurrir diecisiete años para alcanzar el paso definitivo. Es León XIII, quien, el 7 de enero de 1887, concede la aprobación definitiva.

M. Dolores Vidal, escolapia, nos dice: “Especialmente Madre Paula no cabía en sí de gozo por haberlo logrado; y realmente dicen que es favor pocas veces alcanzado por los Fundadores, y que se tiene muy en cuenta si llega el caso de la beatificación del siervo o sierva de Dios”.


M. Paula podía entonar el “Te Deum Laudamus”. Su amado Instituto, inspirado en la espirutualidad y pedagogía de Calasanz, quedaba ya aceptado por la Iglesia.

LAS ACTITUDES VIVENCIALES

MÁS CARACTERÍSTICAS DE MADRE PAULA

Podemos decir que la persona es un todo y sus manifestaciones son la expresión más genuina de la vivencia interior. Cada persona tiene unas cualidades y también unos aspectos en los que se ha trabajado con más intensidad y que se manifiestan externamente. Son aspectos necesarios para vivir el carisma propio y muy adecuados para desarrollar la misión característica.


El P. Giner, escolapio, marca cinco virtudes como muy características y específicas de la espiritualidad calasancia. Son: pobreza, humildad, sencillez, paciencia y alegría. Madre Paula, como fiel hija de Calasanz, son la base de su espiritualidad.
Pobreza y austeridad.
Sabemos como Calasanz amó la pobreza, la “santa pobreza” y de que manera la experimentó a lo largo de su vida. La pobreza material puede quedarse en lo externo si no es fruto de una pobreza espiritual que transforma el corazón y que, sólo se experimenta, si la persona es tocada por Dios en lo íntimo de su ser.
Calasanz quiso que su Orden viviera la pobreza con radicalidad, “Pobres de la Madre de Dios”. Y quiere que sus religiosos la experimenten con alegría. Sólo se puede vivir así si la entrega es total, y lo pone todo al servicio del Reino. Según Calasanz, la pobreza capacita al religioso para el ejercicio de la misión, porque le proporciona un amor y una sintonía con los niños pobres. Así es como la persona encuentra la verdadera riqueza. No es un camino fácil; él mismo nos dirá que “es un tesoro escondido, encontrado por pocos”.

Calasanz llegó a este encuentro, que le hace saborear los dones de Dios e impulsa y favorece la entrega a los demás. Por eso nos habla de pobreza apostólica.


Una experiencia similar fue la de Madre Paula. Las Constituciones de 1853 recogen casi literalmente lo que dicen las de Calasanz de 1622 sobre la pobreza. “Las religiosas deben amar y conservar firmemente en toda su pureza, como muralla firmísima de la religión, la venerable pobreza, madre de la preciosa humildad y de las demás virtudes, cuyos efectos procurarán todas experimentar algunas veces”.
Por circunstancias familiares, ya de niña vivió la austeridad, la escasez de medios; pero fue transformando esta pobreza material en riqueza interior, a medida que se iba olvidando de si misma y entregándose a los demás, sobre todo a las niñas y a las más necesitadas.
Amante de la pobreza, y sintiéndose dependiendo de su Dios, escogía lo más pobre. La austeridad se refleja tanto en la vida personal como en la vida comunitaria. Quería que en todo brillara la pobreza.
En las fundaciones carecían de lo más necesario. En la casa de Sabadell, por ejemplo, no tenían ni muebles, ni lo necesario para acudir a su subsistencia. Cuando las visitó el P. Fucile, no tenían ni silla para ofrecerle, y tuvieron que utilizar los cofres que ellas habían traído.
Las viviendas eran sencillas, los enseres de las habitaciones y las pertenencias personales, escasas y austeras. Dedicaban lo mejor para el colegio y ellas se quedaban con la parte más miserable.
Su celda de Olesa nos revela la sencillez de su vida. Con su manera de vestir siempre dio testimonio de una gran austeridad. Soportó las dificultades de los viajes y de las numerosas fundaciones. Gracias a esta austeridad pudo dotar a las escuelas de medios para la buena formación de las alumnas. Se fijaba especialmente en las niñas necesitadas. Quería que sus escuelas atendieran de manera especial a las niñas pobres.
Humildad
De la verdadera pobreza brota la humildad y la sencillez. Calasanz llamó a la pobreza “madre de la humildad”. El P. Sapa afirma que la humildad es el núcleo fundamental de la doctrina espiritual de Calasanz. El P. Adolfo García, Durán en un estudio sobre ambas virtudes en Calasanz, dice que fue precisamente desde este ángulo como Calasanz hizo su lectura profunda del evangelio y desde donde descubrió la “kénosis” de Cristo, a quien él imitó y que todo escolapio ha de imitar.
Los padres de la Iglesia identificaron a los humildes con los pobres de espíritu, sabiendo que la verdadera humildad no es la que lleva a desvalorizarse, sino la que reconoce la propia fragilidad y que todo lo que tenemos es venido de la mano de Dios.
Para Calasanz era necesaria, si se quería obtener algún fruto en la misión con los niños, porque es el único camino para entender en profundidad las cosas del espíritu y para crecer en el amor a Dios y a los hermanos. “Conceda el Señor a todos ustedes gran espíritu de profunda humildad. Cuanto más profunda sea ésta, más alta será y más grande la virtud del conocimiento y amor de Dios y del prójimo”, escribía Calasanz.
Se podría decir que la humildad es la característica más genuina de la espiritualidad escolapia.
Si así fue en Calasanz, sabemos como sobresalió esta virtud en Madre Paula. Su vida fue un testimonio valioso. Todos los que la conocieron coincidían en decir que fue la virtud que en ella sobresalía. “Era una madre muy humilde...” El P. Calasanz Rabaza dice de ella: “¡Una madre muy humilde, muy humilde!” .
Como buena hija espiritual de San José de Calasanz pronto captó el valor de la humildad como buen cimiento de la santidad, de una vida de fidelidad y de entrega a Dios, y supo vivir su consagración en un camino de abandono total, de oscuridad, de pobreza, de obediencia y de humildad.
La humildad en M. Paula no es indecisión, ni falta de carácter o una mera sumisión, sino una respuesta de amor, un vaciamiento de si misma para poder estar habitada por Él. Es una actitud que la acompaña toda su vida, un proceso que la va transformando poco a poco hasta la plena identificación con Cristo. Para M. Paula la humildad fue un camino de amor. Ella nos dice “Con la humildad y la obediencia nos uniremos a Jesucristo”.
En la Positio se nos dice: “La humildad de San José de Calasanz la supo asimilar bien. El amor y el ejercicio de esta virtud aparecen muy marcados a lo largo de su vida”.
Cuando sus alumnas de Olesa le decían que era una santa, ella contestaba: “Callad, callad,. Yo no puedo hacer milagros. Sólo deseo que Jesús haga el milagro de admitir a una pobrecita como yo en su compañía, y permitir que le ame para siempre”.
Sencillez
Calasanz nos dice: “La santa simplicidad es muy amada del Señor. Y con los verdaderamente sencillos suele conversar con gusto”.
Paula habría meditado muchas veces las palabras del evangelio, “si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos”.
La sencillez va muy unida a la humildad. La escolapia ha de ser sencilla para comprender a los pequeños, para acercarse a ellos. Se ha de hacer pequeña con los pequeños, dejando penetrar en su corazón las palabras del Maestro. De ninguna manera ha de buscar grandezas y todo su actuar ha de ser muy sencillo.
En el modo de mirar y de escuchar se manifiesta la actitud interior de una persona. Paula tenía una mirada penetrante y sin dobleces. Sus preferencias eran por lo sencillo, lo pobre. Esta sencillez le proporcionaba la acogida, el buen trato, la preocupación por los demás y la sensibilidad para captar las necesidades de las niñas.

Paciencia.
La paciencia fue tan grande en Calasanz, que se le ha comparado con Job. Paciencia en las adversidades, en las persecuciones, en los malentendidos, en las enfermedades. Calasanz recomienda: “Es necesario pedir al Señor paciencia y más paciencia”. Esta paciencia también se necesita en el trato diario con los niños, trabajando con ellos día tras día, sin cansancio. “Con tenaz paciencia y caridad hemos de empeñarnos en dotar a los niños de toda cualidad”.

Esta virtud se puede considerar como una parte de la virtud de la fortaleza. Madre Paula siempre se mostró paciente ante muchas dificultades. Tuvo que esperar largos años y con mucha paciencia las aprobaciones religiosas y civiles del Instituto, de las Constituciones, de cada Escuela. Soportó con gran paciencia la enfermedad y el desgaste ocasionado por la edad. Se dice que soportó con heroica paciencia su última enfermedad.



La tarea educativa precisamente requiere mucha paciencia, ya que educar es esperar a que las semillas plantadas en el corazón de las niñas y de los niños den fruto en el tiempo oportuno. Madre Paula da muestras siempre de un amor paciente y generoso. Se afirma de ella que “derrochaba paciencia en su trabajo pedagógico con las niñas”.
Gozo y alegría
La alegría y el gozo son como el clima, el ambiente en que se desarrollan las demás virtudes. San Pablo nos recomienda “estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres”.
Calasanz nos dice: “Procure vivir alegremente, que si, junto con la paciencia, hace acopio de alegría, hará obras muy meritorias”.
¿Madre Paula fue alegre? Por fuera tenía que vivir la alegría que le proporcionaba el trato cordial y amable que atraía a las niñas. De ella se decía que vivía con gozo la realidad que se le imponía. Pudo alcanzar la edad de 90 años con el gozo sereno de q uien ha cumplido la misión encomendada, a pesar de los escollos del camino. El gozo anidaba en su alma y los pequeños detalles de la vida se lo aumentaban. Ante las dificultades no se amedrentaba: procuraba poner solución y no perdía la paz ni la alegría profunda.
En una carta al P. Jenaro Fucile exclama: “Dios ha llenado de santo júbilo nuestras almas y enajenado de placer nuestros corazones”. Es la expresión de un gozo muy hondo. En otra carta también dirigida al mismo padre le expresa “el gozo y alegría que experimenta mi alma”.
No es un gozo pasajero. Es un gozo profundo y tan íntimo y totalizante, que le cuesta expresarlo con palabras. Por esto le escribe de nuevo al Padre Fucile: “El gozo de mi alma no soy capaz de poderlo ponderar con la pluma en esta carta”.
En su necrología leemos: “Su vida se fue haciendo cada vez más semejante a la del Maestro”. Ella expresaba los deseos que tenía de unirse con el Señor definitivamente, “Y esto lo decía con tanta alegría y confianza, que causaba una santa envidia a todas las religiosas”.
Una persona puede estar alegre cuando se siente amada por Cristo. Ante este amor nace el deseo ardiente de amarle con su mismo amor. Esto se hace realidad especialmente en momentos de dificultad, porque se comparte la misma suerte que Jesucristo.
La alegría, el gozo, es el testimonio más claro de que el Señor puede dar sentido en plenitud a nuestra vida. Alegría que nace de una relación profunda con Dios y sincera y cordial con los hermanos.

¿QUÉ PODEMOS APRENDER DE MADRE PAULA?



  • El ser buenas observadoras de los signos de los tiempos para salir al paso de las necesidades de la sociedad en la cual nos ha tocado vivir.




  • Descubrir la realidad de la marginación de la mujer en muchos aspectos y con características distintas en cada país y trabajar para que pueda ocupar el lugar que le corresponde.




  • Una intimidad con Dios que nos da la fuerza necesaria para continuar trabajando por el Reino.




  • Gran fe y un profundo espíritu de oración.




  • Sencillez y humildad como base necesaria para vivir ancladas en el Señor.




  • Bondad atractiva y trato amable, especialmente con los más necesitados de amor y atención.




  • Espíritu luchador y coraje para seguir adelante a pesar de todas las dificultades que encontremos en el camino.




  • Trabajo infatigable, pensando siempre en el bien que podemos reportar a los demás.




  • Cercanía a cada persona, comprensión solícita y una humanidad sin límites.




  • Alegría suave, gozo interior y gran serenidad frente a la vida.




  • Amor entrañable, hecho de sacrificio y entrega constante.

Ella nos ha legado su ejemplo personal y unas Constituciones que marcan nuestra manera concreta de seguir a Jesucristo y trabajar para la extensión de su Reino de Amor, de Verdad y de Justicia.


A Madre Paula nos encomendamos para que siga bendiciendo a la Escuela Pía, que tanto amaba, a nosotras, sus hijas, seguidoras de la tarea por ella empezada, y a todas las personas que colaboran en este ministerio de la educación.





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