Espectadores del sufrimiento humano. Estrategias de implicación y distanciamiento



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ESPECTADORES DEL SUFRIMIENTO HUMANO. ESTRATEGIAS DE IMPLICACIÓN Y DISTANCIAMIENTO.

Concepción Fernández Villanueva,

Celeste Dávila de León

Roberto Domínguez Bilbao.

Abstract/resumen

La violencia real mostrada en los medios de comunicación y, en concreto, en las emisiones de  televisión,  induce a los espectadores a enfrentarse con el sufrimiento humano. . El presente trabajo consiste en una revisión y reflexión crítica sobre la investigación realizada en los últimos años sobre esta temática, los hallazgos  encontrados y las cuestiones que están presentes, así como las que deben ser investigadas. En primer lugar presentamos un debate sobre la función testificadora/informativa de las emisiones de violencia, las maneras como se pueden ver o interpretar los hechos presenciados y la evaluación de su valor testimonial y testificativa. En segundo lugar hacemos una revisión crítica sobre las maneras como los hechos y las víctimas son sentidas por el espectador como próximas en la medida en que se trata de daños que puede sufrir cualquier ser humano y al mismo tiempo, distantes, ya que muchas de ellas se producen en  lugares lejanos. Los conceptos de distant suffering (Boltanski, 1999),   distancia adecuada (Silverstone 2007), conexión fática  (Frosh, 2011), extrañamiento (Orgad 2011) y otros en la misma línea, nos permiten iniciar una reflexión sobre las emociones y las estrategias de responsabilización o distanciamiento de los espectadores en la experiencia de visión de hechos violentos en los medios audiovisuales.

Cfvillanueva@cps.ucm.es; mcdavila@cps.ucm.es; Roberto.dominguez.bilbao@urjc.es

El acceso al sufrimiento humano se ha hecho más frecuente para todos. Los medios de comunicación globalizan la información y con ello, la presencia de actos de sufrimiento de seres humanos desde los lugares más próximos a los más apartados del planeta. Al mismo tiempo, los medios tecnológicos permiten “acercar” cada vez más y mejor el conocimiento de los daños que sufren los seres humanos por variadas causas. Las escenas de violencia pueden ser y son cada vez más “graficas” y detalladas, la concreción y la explicitud de los daños (Weitzer y Kubrin, 2004) y la rapidez en las informaciones es cada vez mayor. Con un intervalo de tiempo muy corto después de ocurrir las catástrofes o las acciones de conflicto los espectadores a miles de kilómetros de distancia no solo conocen de cerca las heridas, las muertes, las pérdidas de seres queridos o enseres personales, sino que participan en la visión y quizás en la experiencia de dolor, horror o sufrimiento de sus congéneres.

Todo este conjunto de escenas se pueden clasificar como escenas violentas, especialmente aquellas en las que hay agresores y víctimas.1 Pero a diferencia de la violencia que se muestra en las películas y productos de ficción, los daños que se presentan son vistos como reales, es decir, con efectos en personas vivas y, de alguna manera, en sujetos similares a los espectadores.

Para abordar la recepción de este tipo de violencia y los mecanismos con que los espectadores se hacen cargo (o no) de ella, apenas nos sirve la enorme cantidad de investigación que se ha realizado sobre efectos de violencia en los medios, ya que en su mayor parte, esa investigación versa sobre violencia ficticia (Wilson et al., 1997) o sobre aspectos tan generales como el aumento de los índices de frecuencia de toda la violencia emitida (Gerbner y Gross, 1976). No obstante, algunas de sus conclusiones y de sus líneas de interés son aplicables a los análisis de esta violencia más humanizada y real. Los procesos de narcotización o habituación a la visión de escenas, la desensibilización o el aumento del miedo y la sensación de peligro, son interesantes y aportan no pocos elementos de reflexión y dimensiones posibles de ser investigadas. Recientemente se han llevado a cabo multiples estudios sobre cuestiones mas concretas, por ejemplo, el desarrollo de psicopatías o problemas de conducta y de riesgo , pero casi siempre mediatizada por factores de personalidad (Ferguson et al. 2011).

En general, los estudios sobre efectos de la exposición a la violencia suelen concluir resaltando los efectos negativos, ya sea por la excitación o activación emocional negativa producida por las escenas, por la imitación de los actos violentos que genera, por la sucesiva falta de reacción empática a las víctimas, o por la insensibilidad y falta de respuesta ante los daños (Bushman, B. J., Huesmann, L. R., y Whitaker, J. L., 2009).

No obstante, como han señalado algunos autores (Gunter, 2008; Comstock, 2008) la influencia negativa de la emisión de violencia no se ha ponderado de forma realista y ha dado lugar a una serie de mitos (Potter, 2003) que desde la divulgación de la literatura científica han pasado a la conciencia ciudadana y han creado una predisposición a proyectar negatividad sobre todos los productos audiovisuales que contengan violencia. Por otro lado, en la evaluación por parte de los espectadores de la violencia que visualizan, y, por tanto, en sus efectos, hay que tener en cuenta de forma particularmente importante las pretensiones de los emisores, sus intenciones y la evaluación moral con la que es presentada. No resulta concebible que la violencia se emita sin haber pasado antes por un filtro de los emisores, que desde su perspectiva ética hayan evaluado o apreciado como será la mirada evaluativa de los espectadores, la “mirada moral”. El mismo filtro se puede utilizar para ocultar otros hechos que podrían ser mostrados y sin embargo no lo son. Los argumentos y razones morales, psicológicas o éticas de los emisores siempre establecen unas maneras, códigos o regla por las cuales muestran o no muestran determinando hechos o los muestran de una u otra forma.

Con relación a los atentados terroristas como el 11S o el 11 M, Silverstone (2002 ) afirma que los medios seleccionan, representan y traducen las imágenes que muestran para que los espectadores las vean desde una determinada posición. Las imágenes están limitadas por los controles impuestos e interpretadas según los criterios morales de los emisores. El contraste entre la televisión norteamericana y las emisiones de Al Jazzira sobre el 11S son significativamente distintas, ya que las primeras están más mediatizadas que las segundas por mostrar las intenciones y la peligrosidad de los agresores. La cadena Al Jazzira obligó a aceptar que “otros” hablaran de los occidentales, cuando lo común era lo contrario, nuestro discurso es el que hablaba de “ellos”. La necesaria consideración de ese discurso produjo un efecto movilizador en la representación occidental de los agresores. La posición ética y las intenciones de los emisores se muestran a través de mecanismos indirectos de construcción y presentación de los agresores y las victimas, así como de contextualización histórica de los hechos. Para ello se utilizan imágenes de acontecimientos anteriores o imágenes prototípicas que representan y evalúan las causas y las consecuencias de los hechos actuales. El procedimiento es la comparación por analogía con estas representaciones del imaginario histórico presente en el acervo cultural de las sociedades (Silverstone, 2002) que se mantienen en el sistema cognitivo desde la infancia (Hardgrave, 2003). Las escenas prototípicas de violencia se pueden despertar o activar, rememorar cuando se ven otras parecidas. Y con ellas, los sentimientos o emociones correspondientes. Se trata de un proceso llamado “transferencia de la mirada” (Tisseron, 2003). La transferencia de la mirada se hace entre escenas del mismo tipo o serie, particularmente entre escenas de la realidad, pero también se puede producir desde las escenas de ficción a otras de realidad. Los medios juegan con estas posibilidades de comparación, superposición y clasificación de las diversas escenas presentando con ello un panorama de los hechos comprensible y evaluativo.

Un mecanismo muy frecuente y repetido que incide en la evaluación moral de los hechos violentos y en la legitimación de los agresores es la presentación de los daños como inevitables, colaterales, no pretendidos, o necesarios para evitar un mal mayor. Por el contrario la presentación compasiva y empática de las víctimas mostrando su sufrimiento, su inocencia o su desprotección, es un mecanismo que apunta a la deslegitimación de Los agresores (Fernández Villanueva et al. 2004). En esta misma línea podríamos constatar otras formas de legitimar más indirectas, por ejemplo, estetizar el horror (Reinhardt, 2007; Sliwinski, 2009) como se hizo en la guerra de Irak mostrando los bombardeos desde lejos como si fuese una película y evitando la exhibición de la presencia humana y de las consecuencias en las victimas, lo que Chouliaraki (2006) denomina Sublimación televisiva. La ocultación del sufrimiento humano en personas especificas tiende a suspender (inhibir) la calificación del agresor, incluso dificulta la calificación de los daños como daños. De este modo, los medios audiovisuales favorecen o participan en la legitimación de los daños.



¿Simplemente espectadores o testigos?

Las imágenes del 11S, del 11 M o las fotografías del Holocausto son claros ejemplos de cómo los espectadores hemos sido testigos de grandes conflictos sociales, y las imágenes de los tsunami y los terremotos nos confrontan con los desastres naturales. Pero ¿en qué medida se puede decir que los espectadores se convierten en testigos de ello o más bien son simples “visualizadores”, espectadores que no necesariamente realizan un reconocimiento público de los hechos que observan? ¿en qué indicios se sitúan las pruebas de la veracidad de una emisión televisiva sobre catástrofes y sobre todo, dadas las características morales de la violencia interpersonal, las pruebas de veracidad de los hechos violentos?

Los autores que se ocupan de la cuestión han suscitado un debate irresuelto por el momento en el cual se oponen varias perspectivas:

El autor más insistente defensor de los efectos testificativos de la visión de imágenes violentas es Ellis en su influyente obra “Seeing Things” (2001). De acuerdo con su perspectiva, la fotografía, el cine y la televisión nos llevan a una relación de encuentro directo con las imágenes y los sonidos, a una experiencia distinta de la información mostrada a través de un texto escrito. La validez del texto escrito depende de la validez de quien lo escribe, de la credibilidad que este escritor le merezca al espectador, mejor dicho, al lector. La imagen no necesita de estas relaciones interpersonales en las cuales la veracidad del testimonio tiene que ser juzgada, la evidencia aparece en la propia imagen, la testificación a través de los medios implica un cierto elemento de “escucha directa” de un acontecimiento, es decir, algo adicional al relato. A este proceso lo denomina la experiencia de la testificación (mundane witness) (Ellis, 2008).

En coherencia con esta idea, Dayan (2006) presenta la noción de “mostración”. El acto de enseñar (to show) conlleva siempre una mostración o demostración en cierto modo. Los actos de mirada, la mostración del sufrimiento, implica una dimensión performativa en el sentido que le da Austin (1962). Toma de antemano la actitud de condolencia y la intención de denuncia. Para las víctimas la mostración de su sufrimiento expresa reconocimiento y, en este sentido, resultan eficaces de cara a la testificación. Mucho más cuando las imágenes proceden de contextos ocultos o privados que posteriormente se hacen públicos. Por ejemplo, las escenas de tortura producidas en cárceles que son conocidas posteriormente por el público a través de los medios. Estas imágenes se validan como hechos importantes en la historia de las sociedades.

En consecuencia, la resonancia moral de esta nueva modalidad de nuestra experiencia es la complicidad en los acontecimientos terribles que, sin embargo, no podemos alterar. La responsabilidad que tal conocimiento nos plantea es una combinación de implicación y pasividad en la que es indudable que ”no podemos decir que no sabemos”.

Asimismo, Peters (2008) enfatiza el valor de testimonio que tiene la imagen por sí misma. ”Ver” es sinónimo de “ being there” (estar allí), de “haber presenciado” los hechos que se ven. De este modo, cuando vemos a través de la televisión determinados hechos ya no podemos decir que no sabemos. Las imágenes poseen valor testimonial, del cual se deriva la responsabilidad social, que impone al espectador obligaciones morales y políticas. Desde su punto de vista la imagen nos sitúa en el momento presente cuando los hechos están sucediendo, por lo cual es obligatorio responsabilizarse de lo que antes no conocíamos. La función de testificación se produce porque nos presentan una experiencia de un modo diferente de la que recibimos de fuentes secundarias. Sin embargo sus efectos para los espectadores no son similares a los que experimentan los testigos en un proceso judicial real. Los testigos de un hecho judicial son marcados por un acontecimiento y “ponen toda la carne en el asador” en cada testificación. Tienen cierto poder de establecer la “verdad”pero pueden sufrir consecuencias reales por el hecho de corroborar una situación. Los testimonios judiciales pueden acarrear sanciones penales o consecuencias interpersonales fuertes e importantes. . Los espectadores de la televisión por el contrario no son testigos judiciales de los acontecimientos que ven, sino los receptores del testimonio de algún otro autor, por lo tanto, la testificación de los hechos mostrados por televisión se caracteriza por la falta de poder para establecer la verdad de las situaciones y también por la seguridad del espectador, sobre todo por esto último, ya que si en la testificación real se ponen en riesgo las consecuencias legales para el individuo, en la testificación de la mirada a través de la televisión no se derivan esas consecuencias.

Ante estos argumentos Ellis (2008 defiende su punto de vista insistiendo en que, evidentemente, la testificación a través de ver escenas en la televisión no es lo mismo que la posición del testigo jurídico, pero la experiencia de mundane witness contiene tres elementos:



  1. Proporciona al espectador una visión de los intentos comunicativos y le permite y le anima a una actitud más crítica en la búsqueda de información.

  2. Hace consciente al espectador del proceso mismo y de su construcción y reconstrucción en la comunicación. Así la testificación combina con elementos de otros niveles, por ejemplo la credibilidad de la fuente o de otros espectadores.

  3. Estos elementos actúan teniendo en cuenta un tercer elemento: la complejidad discursiva del lenguaje audiovisual que nos plantea dónde está el significado.

La testificación mundana produce una conciencia de acontecimientos alrededor de los cuales la gente construye un mundo amplio de realidad, las noticias nos plantean una pintura, una descripción de la sociedad contemporánea en la que no es necesaria nuestra intervención, excepto para los casos de votos o elecciones. Sin embargo, necesitamos ser conscientes de lo que ocurre, porque esto implica unas consecuencias en nuestras decisiones inmediatas. La “consciencia” entonces es el primer elemento de la experiencia de la testificación.

En conclusión, la testificación produce una conciencia de lo social. Nos transporta desde la desatención a los asuntos civiles, hacia la implicación y el compromiso, o la aquiescencia. Pero hay que añadir un elemento adyacente. Algunos acontecimientos importantes producen una fascinación, por ejemplo las catástrofes como la del 11S, el tsunami de 2002 o la muerte de la princesa Diana de Gales en 1997. Estos acontecimientos pueden ser traumáticos y tener implicaciones importantes en el estado de conciencia de las personas o producen sentimientos de miedo, de pánico o de dolor. Estos acontecimientos especiales exceden los niveles normales de empatía, son acontecimientos de los cuales no simplemente se es consciente, sino que tienen resonancias en la experiencia inmediata y despiertan la conciencia de la fragilidad. La testificación mundana nos lleva a la responsabilidad de saber las implicaciones de las acciones de los otros como una precondición del conocimiento de nosotros mismos, como resultado de esto asumimos un sentimiento de responsabilidad hacia lo que vemos en la tele. Esta responsabilidad no es lo que un testigo jurídico llama a atestiguar, aunque tiene rasgos significativos en común con la posición de testigo en un juicio. La testificación mundana conlleva un cierto sentido de que ver las cosas implican posiciones sociales y compromisos emocionales.

Otros autores cuestionan la importancia de la visión directa de los hechos a través de la televisión, porque entienden que los hechos mostrados por los medios audiovisuales tienen un componente claro de interpretación, son witnessing texts. Las emisiones son un tipo de textos que, como tales, tienen que ser interpretados para producir algún tipo de efecto. Para que se produzca la función de producir un conocimiento sobre la verdad de unos hechos, los espectadores tienen que hacer un juicio de realidad, es decir, reconocer que las imágenes que se demuestran pertenecen a la realidad. Para hacer este acto de reconocimiento es necesario atender a una ecología de ideas, que se producen alrededor de las emisiones. Frosh (2006) entiende por ecología de ideas el contexto que corrobora la información presentándola dentro del mismo mundo testimonial. Dicho contexto de informaciones situadas dentro de una configuración política e interpersonal determinada, las legitima o las cuestiona, las corrobora o las niega. Las audiencias las clasifican y las asocian con un tipo de textos, y un tipo de producciones. Las sitúan en las categorías de realidad, ficción, documental, informativo, etc. Pero más allá de las clasificaciones juzgan las intenciones de los emisores y desde la proyección de intenciones mediatizan sus percepciones y sus emociones.

Se mantiene una esfera de indiferencia hacia los extraños en la cual los sentimientos potenciales de hostilidad son neutrales, sin requerir que los individuos estén presentes. La pantalla actúa como una barrera y también como una ventana permitiéndonos mantener una distancia considerable de lo que vemos y, por lo tanto, nos prepara para escribir un conocimiento anestesiado.



Implicación emocional, responsabilidad y distanciamiento del sufrimiento distante

Los medios de comunicación audiovisual hacen posible una cierta conexión entre los individuos de todas partes de nuestro mundo globalizado. Pero de qué tipo de conexión se trata. Hills (2007) explicita la cualidad de esta conexión y la define en términos psicoanalíticos de “vinculo” interpersonal primario tomando como referencia al psicoanalista Winnicott. Como el resto de las informaciones, la visión de violencia conecta a los individuos entre sí, les hace sentirse miembros de la misma comunidad humana, de los mismos sentimientos y los mismos problemas.

El problema es si esa conexión es suficiente para concluir en implicación emocional y responsabilidad. Frosh (2011) plantea la idea de la “conexión fática”, conexión vacía de responsabilidad y emociones que pueden favorecer los medios en un mundo globalizado. La testificación a través de los media produce y mantiene una base de equivalencia civil entre extraños sobre la cual es posible ponerse en el lugar del otro, pero este ponerse en el lugar del otro no se produce de forma automática ni de la misma forma en todas las condiciones. La fuerza implicativa de los medios en la acción de los espectadores no está clara. Las formas lingüísticas y comunicativas que crean y difunden los medios interpelan a los espectadores de los contextos que comparten el mismo capital cultural. La interpelación lingüística y la construcción de significados compartidos y relatos culturales o morales valorados socializan a los individuos y de algún modo reconstruyen, afirman o movilizan los principios morales en los que se fundamentas la acción social. Pueden movilizar los sentimientos y los valores, pero hay que investigar con mucho más detalle las formas en las que lo hacen.

La simple visión del sufrimiento distante no es suficiente para inducir la compasión o la lastima por las víctimas. Luc Boltanski (1999) creó una tipología sobre las condiciones de la compasión o las formas como se pueden experimentar las escenas de sufrimiento distante: se puede enfatizar la denuncia, la empatía con las víctimas o la estetización del sufrimiento.


La simple función “fática” o la estetizacion del sufrimiento no basta para inducir a la implicación emocional, la empatía que puede llevar a la transformación de la acción social y los principios y valores morales. Pero la conexión total, excesiva, la confusión con el otro, tampoco parece lo más adecuado ni deseable, ni sería posible. Entre la simple función fática de los medios y la posibilidad de influir en el desarrollo de una cultura cosmopolita, ética y justa, se sitúa la dimensión “distancia apropiada” entre el espectador y los otros que aparecen en pantalla (Silverstone, 2003). El “mundo” está más cerca, pero la distancia apropiada necesaria para la responsabilidad social de los que observan a sus semejantes en situaciones difíciles o injustas depende de la existencia de un vínculo no simplemente fático. Un vínculo de cercanía psicológica, de empatía, de responsabilidad por las víctimas. Un vinculo que podemos llamar identificación.

La identificación incluye la implicación en el otro, interés, atracción, seguimiento, vivencia de sus experiencias (Konij y Hoorn, 2005) de sus acciones (Hardgrave, 2003) o de sus emociones (Zillman, 1994; Nathanson y Yang, 2003). Cuando la identificación se produce con héroes o personajes de películas o series, los espectadores incluso anticipan sus acciones y sus reacciones (Cohen, 2004; Eyan y Cohen, 2006). El proceso psicológico de identificación consiste en ponerse en el lugar del otro (o parte del otro) y participar de su experiencia, lo que se ha llamado apropiación de las escenas por especularidad (Fernández Villanueva, Revilla Castro y Domínguez Bilbao, 2011). El espectador se puede encontrar consigo mismo y reconocer como propio cualquier fragmento de experiencia de otros, sean éstos personas o incluso animales. Una condición necesaria para que se produzca la identificación es precisamente que el espectador se pueda imaginar en una experiencia similar a la que ha visto. Que pueda establecer un vínculo imaginativo o imaginario con los personajes, formulado de la siguiente manera: “lo que veo me podría o me puede ocurrir a mí”. Por ello, lo que les ocurre a personas parecidas, cercanas ya sean física o psicológicamente es lo que más probabilidades tiene de producir identificación en los espectadores. Por ejemplo, las imágenes del atentado terrorista del 11 de Marzo de 2004 en Madrid suscitaron en los espectadores españoles un vínculo identificatorio más fuerte que la guerra de Irak o las imágenes del 11S de Nueva York (Fernández Villanueva et al, 2011). La violencia domestica cercana puede ser más perturbadora emocionalmente que las imágenes muy fuertes de una guerra lejana.

Algunas investigaciones recientes apuntan al posible efecto positivo de la visión de violencia en el desarrollo de una nueva sensibilidad de las víctimas, de todo tipo de víctimas aunque estén distantes al espectador (Benín y Cartwright, 2006; Chouliaraki, 2008, Brown y Wilson, 2009). El sufrimiento lejano se puede convertir en cercano y despertar actitudes de compasión, responsabilidad y protección. En este caso es necesario que se presente a las víctimas como humanas, semejantes en cierto modo al espectador y psicológicamente cercanas.

Si se presenta a las víctimas alejadas del espectador por una distancia cultural insalvable, o incluso deshumanizadas, no se produce la identificación. Por el contrario, se puede facilitar lo que Orgad (2011) denomina extrañamiento (estrangement). Una especie de ceguera la visión de lo que nos hace iguales, un extrañamiento de lo que debía ser familiar y próximo. Una “desfamiliarizacion”, una incapacidad de ver las dimensiones que uniforman a la víctima y al espectador.

El extrañamiento bloquearía el sentimiento de compasión y lástima, y el espectador quedaría libre del sufrimiento empático y de la preocupación por los otros. Se puede hablar de una desvinculación identificativa o extrañamiento cuando el espectador percibe demasiada distancia de los personajes, lo cual ocurre en ocasiones con personas de otra cultura, otras características, otras mentalidades o ideologías o simplemente con personas o situaciones consideradas previamente como diferentes. La distancia psicológica hace imposible la especularidad y la empatía.

Las estrategias de distanciamiento son muy variadas (Cohen 2001). Un mecanismo de presentación de la información coherente con el extrañamiento y que favorece esta actitud es la deshumanización de las víctimas. Sería el mecanismo más potente para que el espectador se desinteresara por el dolor de las victimas, pero también el más infrecuente. Existen muchos otros mecanismos que sin ser tan evidentes y potentes podrían actuar en el mismo sentido. Por ejemplo, se puede presentar la violencia contra víctimas humanas sin hacerlas presentes, sin mostrar su sufrimiento. Este mecanismo llamado sublimación (Chouliaraki 2006) impide la empatía, dificulta la identificación y termina por justificar en cierto modo o encubrir la responsabilidad o culpabilidad de los agresores, en cierto modo contribuye a legitimar la violencia. En otros casos, sin embargo, el efecto de invisibilizar a las víctimas puede contribuir a evitar el sufrimiento de los espectadores si son demasiado próximos.

Otros mecanismos de presentación contribuyen a reducir o evitar la identificación. La “estetización” convierte la violencia en un espectáculo que sólo sirve como válvula de escape para contener otras emociones (Seaton, 2005), pero nada tiene que ver con la sensibilidad hacia el sufrimiento. Algunos hechos violentos tan deslegitimados e inmorales como la tortura pueden ser ignorados, tolerados o consentidos si se presentan como poco importantes, se trivializan o se ironizan mediante la burla o el “kitsch”. Las caricaturas de las escenas de Guantánamo colocados en objetos que se pueden comprar en tiendas de recuerdo provocan una integración de la tortura en la cotidianidad y un distanciamiento burlesco de las victimas. Esto favorece según Sturken (2007) que los ciudadanos toleren y se sientan cómodos con la situación de Guantánamo y legitimen, por extensión y similitud, el uso de la tortura en otras situaciones posibles.

La compasión y la responsabilidad por otros se busca intencionadamente en organizaciones no gubernamentales y en las iniciativas públicas de los gobiernos, secundadas o presentadas en los medios. Pero también en ellas se pueden detectar ciertos mecanismos que desplazan la atención de los espectadores hacia elementos ajenos al sufrimiento y a la posibilidad de incidir en el cambio de la situación de dichas víctimas, que alejan al espectador de lo verdaderamente importante. Chouliaraki (2011) señala el peligro de ciertas campañas de sensibilización hacia el sufrimiento que son presentadas por personajes famosos, con un énfasis inadecuado o exagerado en el narcisismo de quienes muestran aspectos de la situación o hablan de las víctimas, insistiendo principalmente en su supuesta bondad y a la vez mostrando la manifiesta belleza de los actores y actrices que las presentan, lo cual centra la atención del espectador en el personaje, desplazándolo de la dimensión política de las situaciones. Asimismo se corre el peligro de publicitar y enfatizar las “marcas” de las organizaciones humanitarias que se ocupan de estos problemas, desplazando el interés hacia el otro por el interés narcisista de las organizaciones.

Una mención especial merecen los mecanismos de consuelo (Walma Van Der Molen y De Pundert 2003) que se utilizan en la presentación de ciertas informaciones destinadas a paliar los efectos emocionales negativos de los hechos terribles que ocurren en entornos próximos o lejanos. Algunos de estos mecanismos consisten en la eliminación de cierta explicitud de los daños, ciertas escenas demasiado graficas o cercanas. Otros inducen al distanciamiento de las situaciones que se muestran, explican por ejemplo la escasa probabilidad de que los hechos ocurran en el contexto próximo. Tanto la eliminación de las escenas más crudas y gráficas como el acento en la lejanía geográfica o social de los hechos son estrategias tranquilizadoras del miedo y la angustia que serian los principales efectos emocionales de las informaciones, pero con ello se corre el riesgo de afectar la identificación con las víctimas y aumentar la distancia psicológica hacia ellas. La eliminación de algunas escenas o señalar que los hechos no pueden afectar a los espectadores se utilizan principalmente en programas informativos destinados al público infantil en los mas que escasos medios de comunicación que preparan emisiones específicas para este publico. Si aplicamos la misma lógica a las escenas que ven los adultos, se podría reducir la probabilidad de identificarse o reducir la fuerza de la identificación con las víctimas.

Las emociones que los espectadores, niños y adultos, experimentan ante la violencia real son muy fuertes e importantes. Tanto unos como otros, pueden sentir miedo, simpatía, identificación y culpa, estrés y malestar (Cohen y Seu, 2002; Seu, 2010; Fernández Villanueva Domínguez Bilbao y Revilla Castro, 2011). Pero lo que más nos interesa de cara a evaluar el efecto de los medios en su provocación es que están mediatizadas por el orden moral, y las actitudes y posiciones sociales y morales de los espectadores. Por ello son mucho más que reacciones fisiológicas o sentimientos. Se acompañan de relatos con significados culturales y con evaluaciones morales de los actos vistos en las escenas de violencia (Butny y Ellis, 2007). Los relatos culturales anteriores a la visión de los hechos designan culpables o inocentes, dignos e indignos, y pueden ser el inicio de un proceso de autorreflexión, de comparación con las víctimas y los agresores, de debate moral muy fructífero. Por ello, la emisión de violencia televisiva o en otros medios audiovisuales tiene un alcance social y moral muy relevante, que desborda con mucho las cuestiones de la activación fisiológica, la imitación de conductas o la desinhibición. Se pueden anticipar posibles vivencias similares a las que se han visto y, como consecuencia implicarse en la acción política necesaria para evitarlas o desarrollarlas, sancionarlas o absolverlas. En esa construcción y desarrollo de relatos y normativas morales las formas de presentación de la imagen son muy relevantes, ya que pueden suscitar, insistir, conducir o sugerir las explicaciones, las retóricas, las argumentaciones legitimatorias o deslegitimatorias de los hechos violentos.

Ante la experimentación de emociones negativas y fuertes el público desarrolla y utiliza ciertos mecanismos para evitar el sufrimiento y para distanciarse de las víctimas. Seu (2010) señala una amplia variedad de estrategias de negación que los espectadores adultos utilizan para evitar la identificación. Algunas consisten en referirse al medio que presenta la información, señalar sus intenciones. Otras en denegar la veracidad de la información “matar al mensajero” (Sep, 2011), y otras en negar las posibilidades de incidir en lo que se muestra. La actitud distanciadora y desimplicativa enunciada como “nosotros no tenemos la solución, solo conocemos el síntoma, no las causas” es muy frecuente. Así aparecen argumentaciones sobre si los medios son legítimos para emitir la información, si la información ofrecida es veraz y confiable, o si los espectadores tienen capacidad para entender lo que pasa e incidir en ello. Estas estrategias tan comunes y conocidas afectan sin duda la generación de emociones y sentimientos y actitudes morales en una perspectiva dinámica que juega con la reflexividad de los sujetos, las referencias a la cultura, a las responsabilidades de cada cual en la reacción contra la violencia producida en el mundo.

CONCLUSIONES

De la literatura analizada en este trabajo se desprende una primera conclusión: Para que se produzca implicación de los espectadores en el sufrimiento de las víctimas mostradas en las emisiones televisivas es necesario un proceso de identificación, es decir, una cercanía particular del espectador a la víctima que le lleve a considerar a ésta como un ser humano, real y creíble, similar a él, e incluso intercambiable por él en determinadas condiciones. La ausencia de identificación, llamada extrañamiento, estatización, sublimación del sufrimiento, o fatiga de la compasión se produce a través de estrategias de negación, o protección y distanciamiento con respecto al sufrimiento humano mostrado, que desvían al espectador de las víctimas.

Una segunda conclusión se refiere a la capacidad de los medios de comunicación de incidir en la identificación de los espectadores y de suscitar su empatía y su implicación emocional y moral. La interpretación del espectador sobre la veracidad de las escenas y su filtro moral, que clasifica el sufrimiento en justo o injusto, es fundamental en la producción de identificación y empatía con las víctimas. Los medios de comunicación que desean apelar a la responsabilidad pueden desarrollar el potencial de los espectadores para identificarse. Son, por tanto, agentes morales con una gran responsabilidad en la acción Social y colectiva. La manera en la que dichos medios presentan la información a través de sus estrategias de información y comunicación favorecen la consideración por parte de los espectadores de la humanización de las víctimas o, por el contrario, la burla, la distancia o la insensibilidad, lo que tiene el enorme poder de no producir un testimonio de la realidad como injusta.

La diferencia entre que la información caiga en los espectadores como un agujero negro conectivo o como un movilizador de la empatía y de los principios y valores morales de protección y compasión a las víctimas puede depender en gran medida de la forma de presentación de la información. Las justificaciones y excusas de los espectadores forman un vocabulario extenso de pasividad moral en nuestra sociedad, porque las negaciones son parte de una estrategia de defensa que supone implícitamente acusaciones hacia los agresores o hacia los factores sociales.

Ante esta situación se puede optar por estrategias no responsabilizadoras que disminuyan la capacidad emotiva de las noticias, o aniquilen "la calidad humana de la víctima”. Por un sentimentalismo mercantilizado que reduzca el testimonio a un simple voyeurismo o, peor aún, a desprecio o burla de las víctimas. Por el contrario, se puede optar por presentar el sufrimiento haciendo sentir lo narrado como “nuestro”, las victimas como seres que comparten nuestra propia humanidad, sin perder por ello la mayor objetividad posible.

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1 El concepto de violencia no es uniforme para todas las personas. Por ejemplo, los espectadores suelen incluir dentro del concepto violencia las escenas de catástrofes naturales. No obstante, nosotros definimos la violencia como violencia interpersonal, humana, es decir, aquella en la que hay agresores y víctimas, como es el caso de los conflictos bélicos o sociales. Las reflexiones que realizamos y la literatura que recogemos hace referencia principalmente a la violencia humana, aunque muchos de los hallazgos se pueden extender y son válidos para el análisis de los efectos de la exposición al sufrimiento producido por los fenómenos naturales.


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