Esfera Michael Crichton



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DENTRO DE LA NAVE


En el vestuario del Cilindro A, Norman se puso su traje. Tina y Jane le ayudaron a colocarse bien el casco, y cerraron el cerrojo de resorte del aro que había en el cuello del traje. Norman sintió el gran peso de los tanques de respiración autónoma que tenía a la espalda, y las correas apretadas sobre los hombros. Notó gusto a aire metálico, y hubo un chasquido cuando se activó el intercomunicador de su casco.

Las primeras palabras que oyó fueron:

—¿Qué opinas de «Estamos en el umbral de una grandiosa oportunidad para la especie humana»?

Norman rió, agradecido porque la voz de Ted había roto la tensión.

—¿Lo encuentras gracioso? —preguntó Ted, ofendido.

Norman miró al otro lado de la habitación y vio a Ted, enfundado en su traje y con su casco amarillo en el que se leía: «fielding».

—No —respondió Norman—. Es sólo que estoy nervioso.

—Yo también —confesó Beth.

—No hay por qué estarlo —dijo Barnes—. Confíen en mí.

—¿Cuáles son las tres mentiras más grandes que se dicen en el DH-8? —preguntó Harry, y volvieron a reír.

Se apiñaron en la diminuta esclusa de aire, hubo un entrechocar de cabezas protegidas por cascos, y la escotilla de la izquierda se cerró herméticamente mediante el giro de un volante. Barnes dijo:

Muy bien, basta respirar en forma normal —abrió la escotilla externa y dejó al descubierto la masa de agua negra, pero el agua no subió al compartimiento—. El habitáculo está bajo presión positiva —dijo Barnes—, así que el nivel del agua no ascenderá. Ahora mírenme y procedan como yo lo hago. No quiero que se desgarren el traje.

Desplazándose con torpeza debido al peso de los tanques, Barnes se puso en cuclillas al lado de la escotilla, se cogió a las agarraderas laterales, se dejó ir y desapareció con un suave chapoteo.

Uno tras otro, se dejaron caer al lecho oceánico. Norman jadeó cuando el agua, a una temperatura muy próxima a la de congelación, le envolvió el traje. De inmediato, el psicólogo oyó el leve zumbido de un minúsculo ventilador, al ponerse en marcha los calefactores eléctricos del traje.

Los pies de Norman tocaron un suave suelo lodoso. En la oscuridad, miró en derredor y vio que estaba debajo del habitáculo. Justo delante, a unos cien metros, se hallaba la refulgente parrilla rectangular. Barnes ya estaba adelantándose a zancadas, inclinándose dentro de la corriente, desplazándose con lentitud, como si caminase sobre la superficie lunar.

—¿No es fantástico?

—Cálmate, Ted —aconsejó Harry.

Beth dijo:

—En realidad, resulta extraño ver qué poca vida hay aquí abajo. ¿Lo habéis observado? Ni una gorgonia, ni un caracol, ni una esponja, ni un pez solitario. Nada, excepto un vacío suelo marino de color pardo. Éste tiene que ser uno de esos puntos muertos que hay en el Pacífico.

Una luz brillante le llegó a Norman desde atrás, proyectando su propia sombra hacia adelante, sobre el lecho del mar. El psicólogo se dio vuelta y vio a Jane Edmunds, que sostenía una cámara y un foco, encerrados dentro de una voluminosa cobertura impermeable.

—¿Estamos grabando todo esto?

—Sí, señor.

—Trata de no hacer mal tu papel —bromeó Beth.

—Lo estoy intentando.

Se encontraban ya más próximos a la parrilla. Norman se sintió mejor al ver a los otros buzos que estaban trabajando allí. A la derecha se encontraba la erguida aleta, que se extendía fuera del coral; era una enorme y suave superficie oscura que, al alzarse hacia la superficie, empequeñecía a los buzos que tenía a su lado.

Barnes los guiaba; pasaron la aleta y descendieron por un túnel practicado en el coral. Tenía unos dieciocho metros, era estrecho y estaba recorrido por un rosario de luces. Caminaban en fila india. «La impresión es como la de bajar a una mina», pensó Norman.

—¿Esto es lo que cortaron los buzos?

—En efecto.

Norman vio una estructura parecida a una caja, de acero acanalado, rodeada por tanques de presión.

—Exclusa adelante. Ya casi llegamos —indicó Barnes—. ¿Están todos bien?

—Hasta ahora, sí —respondió Harry.

Entraron en la exclusa y Barnes cerró la puerta. El aire entró con un siseo intenso. Norman miraba cómo el agua descendía hasta más abajo del visor de su casco; después, hasta la cintura, las rodillas y, finalmente, hasta el suelo. El siseo se detuvo. Todos pasaron por otra puerta y luego la cerraron herméticamente.

Norman se volvió hacia el casco metálico de la astronave. El robot había sido apartado a un lado. Norman tenía la sensación de estar parado al lado de un gran avión de pasajeros: una superficie metálica curva y una portezuela al ras de esa superficie. El color era gris mate, lo que le confería un aspecto desagradable. A su pesar, Norman estaba nervioso; y al escuchar el modo de respirar de los demás, se dio cuenta de que también ellos lo estaban.

—¿Todo bien? —preguntó Barnes—. ¿Se encuentran todos aquí?

—Esperen la videograbación, por favor —pidió Jane Edmunds.

—Muy bien.

Todos se alinearon al lado de la puerta, pero seguían con los cascos puestos. «Esta imagen no va a ser gran cosa», pensó Norman.

Edmunds: Corre la cinta.

Ted: Querría decir algunas palabras.

Harry: Por Cristo, Ted. ¿Nunca vas a terminar con eso?

Ted: Creo que es importante.

Harry: Adelante, pronuncia tu discurso.

Ted: Hola. Soy Ted Fielding. Aquí, al lado de la puerta de la astronave desconocida que se descubrió...

Barnes: Un momento, Ted. «Aquí, al lado de la puerta de la astronave desconocida» suena como «aquí, en la tumba del soldado desconocido».

Ted: ¿No le agrada?

Barnes: Bueno, creo que produce asociaciones equívocas.

Ted: Supuse que le agradaría.

Beth: ¿Tienen algún inconveniente en que sigamos adelante, por favor?

Ted: Bueno no importa.

Harry: ¿Qué, ahora te vas a poner a hacer pucheritos?

Ted: No importa. Nos arreglaremos sin comentarios sobre este momento histórico.

Harry: Muy bien, excelente. Abrámosla.

Ted: Creo que todos saben cómo me siento. Considero que debimos haber hecho algunos breves comentarios para la posteridad.

Harry: ¡Muy bien, haz tus malditos comentarios!

Ted: Oye, hijo de puta, ya estoy harto de tu actitud de superioridad, de sabelotodo...

Barnes: Detened la cinta, por favor.

Edmunds: Cinta detenida, señor.

Barnes: Dejemos que los ánimos se serenen.

Harry: Considero que toda esta ceremonia es completamente ajena a la cuestión.

Ted: Pues bien, yo considero que no es ajena a la cuestión. Es lo apropiado.

Barnes: Bueno. Yo lo haré. Que ruede la cinta.

Edmunds: Cinta rodando.

Barnes: Les habla el capitán Barnes. Ahora estamos a punto de abrir la tapa de la escotilla. Presentes conmigo, en esta histórica ocasión, se hallan Ted Fielding, Norman Johnson, Beth Halpern y Harry Adams.

Harry: ¿Por qué soy el último?

Barnes: He dicho los nombres de izquierda a derecha, Harry.

Harry: ¿No es extraño que al único negro del grupo se le mencione al final?

Barnes: Harry, les he nombrado de izquierda a derecha, según nos hallábamos situados.

Harry: Y después de la única mujer. Yo soy profesor titular, y Beth solamente es profesora adjunta.

Ted: Sabes, Hal, quizá se nos deba identificar por nuestro título académico completo y por las instituciones a las que pertenecemos...

Harry: ¿Qué tiene de malo el orden alfabético...?

Barnes: ¡Ya es el colmo! ¡Ni pensarlo! No hay vídeo.

Edmunds: Cámara apagada, señor.

Barnes: ¡Por Dios!

Dio la espalda al grupo mientras meneaba la cabeza, cubierta por el casco. Con un movimiento seco, levantó la placa metálica, dejó al descubierto los tres botones y apretó uno: una luz amarilla parpadeó: «lista.»

—Que todo el mundo se mantenga con el aire interno —ordenó Barnes.

Los visitantes continuaron respirando por medio de sus tanques, por si los gases del interior de la nave espacial fuesen tóxicos.

—¿Todos listos?

—Listos.


Barnes apretó el botón que decía: «abierta.» Centelleó una señal: «ajuste de la atmósfera.» Luego, con un sonido sordo de rodamiento, la puerta se abrió, deslizándose en sentido lateral, exactamente como la de un avión. Durante unos momentos, Norman no vio nada más allá, excepto negrura. Los investigadores avanzaron con cautela, encendieron sus linternas y las enfocaron a través de la puerta abierta: vieron vigas y un conjunto de tubos metálicos.

—Verifique el aire, Beth.

Beth apretó el émbolo de un pequeño monitor de gas que llevaba en la mano, y la pantalla de lectura se encendió.

—Helio, oxígeno, vestigios de CO2 y vapor de agua. Las proporciones son correctas. Es la atmósfera presurizada.

—¿La nave corrige su propia atmósfera?

—Así parece.

—Bien. De uno en uno.

Barnes fue el primero en quitarse el casco; inhaló el aire.

—Parece bueno. Metálico, produce una ligera comezón, pero está bien.

Hizo unas cuantas inhalaciones profundas, y después asintió con la cabeza. Los demás se quitaron el casco y lo colocaron sobre la cubierta.

—Así está mejor.

—¿Vamos?


—¿Por qué no?

Hubo una breve vacilación y entonces Beth pasó rápidamente entre los demás. —Las damas primero.

Los restantes miembros del grupo la siguieron. Norman echó un vistazo hacia atrás y vio todos los cascos amarillos sobre el suelo. Jane Edmunds, sosteniendo la cámara de vídeo contra el ojo, dijo:

—Siga adelante, doctor Johnson.

Norman se dio la vuelta y pasó al interior de la nave espacial.




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