Esfera Michael Crichton



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LA PUERTA


—No creo en absoluto que eso sea lo adecuado dijo Ted en tono airado—. Bajamos hasta aquí a fin de que fueran seres humanos quienes entraran en esa nave extra-terrestre, y opino que deberíamos hacer aquello para lo que hemos venido: llevar a cabo una entrada con seres humanos.

—De ninguna manera —respondió Barnes—. No podemos correr ese riesgo.

—Tiene que pensar en esto —argüyó Ted— como si fuera un sitio de excavaciones arqueológicas. Es más grandioso que Chichén Itzá, más grandioso que Troya, más grandioso que la tumba de Tutankamón. No cabe duda alguna de que es el campo arqueológico más importante de la historia de la especie humana. ¿Y usted pretende que sea un maldito robot quien abra esa nave? ¿Dónde está su sentido de destino humano?

—¿Y dónde está su sentido de autoconservación? —preguntó Barnes a su vez.

—Expreso mi profundo desacuerdo, capitán Barnes.

—Queda debidamente registrado —repuso el capitán, y se dio la vuelta para no mirarlo—. Ahora, prosigamos con esto. Tina, dénos la información televisada.

Ted farfullaba, pero se quedó callado cuando dos grandes monitores, situados frente a ellos, se encendieron de repente. En la pantalla de la izquierda vieron la compleja estructura tubular metálica del robot, que dejaba expuestos motores y engranajes. Estaba colocado ante la nave espacial, cuya pared era de metal gris y convexa.

En esa pared había una puerta, que se parecía mucho a la portezuela de un avión de pasajeros. La segunda pantalla brindaba una vista más próxima. Esta imagen provenía de una cámara de vídeo montada en el robot mismo.

—Es bastante similar a la puerta de un avión —comentó Ted.

Norman le echó una rápida mirada a Harry, que sonreía en forma enigmática. Después, miró a Barnes, que no parecía estar sorprendido; Norman se dio cuenta de que Barnes ya sabía lo de la puerta.

—Me pregunto cómo se explica tal paralelismo en el diseño de la puerta —dijo Ted—. La probabilidad de que eso haya ocurrido por casualidad es astronómicamente pequeña. ¡Caramba! ¡Esa puerta es del tamaño y de la forma perfectos para un ser humano!

—Es cierto —reconoció Harry.

—Es increíble —observó Ted—. Absolutamente increíble.

Harry sonrió, pero no dijo nada.

La cámara televisiva del robot se desplazó a izquierda y a derecha, recorriendo el casco de la astronave. Se detuvo sobre la imagen de un panel rectangular, montado a la izquierda de la puerta.

—¿Pueden abrir ese panel?

—Estamos trabajando en ello, señor.

Con un zumbido constante, la garra del robot se extendió hacia el panel. Pero la zarpa era desmañada: arañaba el metal, en el que dejaba una serie de rasguños centelleantes; no obstante, el panel permanecía cerrado.

—Ridículo dijo Ted—. Es como mirar a un bebé.

La garra prosiguió arañando el panel.

—Eso deberíamos hacerlo nosotros mismos —insistió Ted.

—Usar succión —pidió Barnes.

Otro brazo se extendió, éste provisto con una ventosa de goma.

—Ah, el amigo del fontanero —dijo Ted con desdén.

Mientras observaban, la ventosa se adhirió a la superficie y se aplastó contra ella. Después, con un «clic», se abrió la tapa del panel.

—¡Por fin!

—No puedo ver...

Aunque la vista del interior del panel era borrosa, pues estaba desenfocada, se podía distinguir lo que parecía ser una serie de protuberancias metálicas redondas de color rojo, amarillo y azul, sobre las cuales había intrincados símbolos en blanco y negro

—Miren: rojo, azul y amarillo. Ésta es una revelación importantísima —dijo Ted.

—¿Por qué? —preguntó Norman.

—Porque sugiere que los extra-terrestres tienen el mismo equipo sensorial que nosotros. En lo visual, pueden percibir el universo de Ja misma manera, con los mismos colores, utilizando la misma parte del espectro electromagnético. Eso ayudará, de modo incalculable, a establecer contacto con ellos. Y todas esas marcas en blanco y negro... ¡Tiene que ser parte de su escritura! ¡Imaginaos, escritura de seres de otro planeta! —sonrió con entusiasmo—. ¡Éste es un gran momento! Me siento un verdadero privilegiado por estar aquí.

—Foco —pidió Barnes.

—Estamos enfocando ahora, señor.

La imagen se volvió aún más borrosa.

—No, para el otro lado.

—Sí, señor. Nos hallamos enfocando.

La imagen cambió lentamente y se resolvió en un enfoque nítido.

Ahora se veía que, en realidad, las protuberancias que habían visto borrosas eran tres botones de color amarillo, rojo y azul, cada uno de los cuales tenía dos centímetros y medio de diámetro y presentaba bordes moldeados o fresados. También vieron con toda claridad que los símbolos que estaban sobre los botones eran una serie de rótulos nítidamente estarcidos.

De izquierda a derecha, los rótulos rezaban «emergencia lista», «EMERGENCIA BLOQUEADA» y «EMERGENCIA ABIERTA».

En inglés.

Se produjo un instante de silencio, debido al estupor. Y entonces, con mucha suavidad, Harry Adams se echó a reír.

LA NAVE ESPACIAL


—Eso es inglés dijo Ted, sin apartar los ojos de la pantalla—. Inglés escrito.

—Sí —corroboró Harry—. Ya lo creo que lo es.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Ted—. ¿Se trata de una broma?

—No —dijo Harry, que se hallaba tranquilo y casi ajeno a la cuestión. —¿Cómo es posible que esta astronave tenga trescientos años de antigüedad y lleve instrucciones en inglés moderno?

—Piensa un poco —le aconsejó Harry.

Ted frunció el entrecejo.

—Quizá esta nave espacial extra-terrestre está, de alguna manera, presentándose ante nosotros de un modo que haga que nos sintamos cómodos.

—Piensa un poco más —dijo Harry.

Se produjo un breve silencio.

—Bueno, si es una astronave extra-terrestre...

—No es una astronave extra-terrestre —dijo Harry. Se produjo otro silencio. Después, Ted planteó:

—Bueno, ¿por qué no nos dices, de una buena vez, lo que es, ya que estás tan seguro de ti mismo?

—Muy bien —admitió Harry—. Es una nave espacial norteamericana.

—¿Una nave espacial norteamericana? ¿De ochocientos metros de largo? ¿Fabricada con tecnología que no poseemos? ¿Y estuvo sepultada durante trescientos años?

—Por supuesto —dijo Harry—. Fue obvio desde el comienzo. ¿Estoy en lo cierto, capitán Barnes?

—Lo habíamos tomado en cuenta —reconoció Barnes—. El Presidente lo había tomado en cuenta.

—Y ésa es la razón por la que los rusos no fueron informados...

—Exactamente.

Ted se sentía frustradísimo. Cerró los puños, como si quisiera golpear a alguien y miró a cada integrante del grupo.

—Pero ¿cómo lo supiste?

—La primera pista —dijo Harry— provino del estado de la nave en sí: no muestra daño alguno; su aspecto es el que tenía originariamente. Y, sin embargo, cualquier nave espacial que se estrelle en el agua tiene que experimentar daños. Aun a velocidades bajas de entrada, a unos tres mil doscientos kilómetros por hora, digamos, la superficie del agua es tan dura como el hormigón. No importa cuan fuerte sea esta nave, cabría esperar un cierto grado de destrucción a causa del impacto contra el agua. No obstante, la nave está indemne.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que no descendió en el agua.

—No entiendo. Tuvo que haber volado hasta aquí...

—No voló hasta aquí. Llegó aquí.

—¿Desde dónde?

—Desde el futuro —dijo Harry—. Esta es alguna especie de astronave terrestre que se fabricó, en realidad que se fabricará, en el futuro, y que viajó hacia atrás en el tiempo y apareció bajo nuestro océano hace varios centenares de años.

—¿Por qué iba a hacer eso la gente del futuro? —gimió Ted. Resultaba evidente que se sentía desilusionado porque lo había privado de su nave espacial, de su gran momento histórico. Se derrumbó sobre una silla y clavó la mirada en la pantalla de los monitores.

—No sé por qué la gente del futuro puede hacer eso contestó Harry—. No estamos allá aún. Quizá fue un accidente, tal vez no tuvieron esa intención.

—Sigamos adelante y ábranla —decidió Barnes.

—Abriendo, señor.

La mano del robot se desplazó hacia adelante, en dirección al botón «abierta», y apretó varias veces. Se produjo un sonido como de campanas al entrechocar los metales, pero nada ocurrió.

—¿Qué es lo que anda mal? —preguntó Barnes.

—Señor, no logramos hacer presión sobre el botón; el brazo extensor es demasiado grande y no cabe dentro del panel.

—Está bien.

—¿Intento con la sonda?

—Intente con la sonda.

La garra retrocedió y una delgada sonda de aguja se extendió hacia el botón. La sonda se deslizó hacia adelante, ajustó su posición con delicadeza, tocó el botón, apretó... y resbaló.

—Intentando de nuevo, señor.

Otra vez la sonda apretó el botón; y volvió a resbalar.

—Señor, la superficie es demasiado resbaladiza.

—Sigan tratando de conseguirlo.

—¿Saben? —dijo Ted, pensativo—, ésta sigue siendo una situación notable. En realidad es más notable que el contacto con seres de Otro planeta. Yo ya estaba casi seguro de que la vida extra-terrestre existe en el universo, pero... ¡el viaje por el tiempo! Con franqueza, en mi condición de astrofísico, tenía mis dudas. Por todo lo que sabemos es imposible, lo contradicen las leyes de la física. Y, sin embargo, ahora tenemos la prueba de que viajar por el tiempo es posible... ¡y que nuestra propia especie lo hará en el futuro! —Ted estaba sonriente con los ojos muy abiertos y feliz otra vez. «Hay que admirarlo», pensó Norman. ¡Era tan maravillosamente indomable!

—Y henos aquí... —continuó Ted— ¡en el umbral de nuestro primer contacto con nuestra especie procedente del futuro! Piensen en esto: ¡vamos a encontrarnos con nosotros mismos que venimos, o vienen, de un tiempo futuro!

La sonda apretó de nuevo; y una vez más, sin éxito.

—Señor, no podemos hacer presión sobre el botón.

—Ya lo veo —dijo Barnes, poniéndose de pie—. Muy bien, apáguelo y sáquenlo de allí. Ted, parece que, después de todo, se va a cumplir su deseo: tendremos que entrar y abrirla de forma manual. Pongámonos los trajes.




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