Esfera Michael Crichton



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DH-8


—Ustedes son los últimos en llegar —comentó Barnes—. Apenas tenemos tiempo para hacer un recorrido rápido, antes de que abramos la nave espacial.

—¿Ya están listos para abrirla? —preguntó Ted—. Maravilloso. Estaba hablando de eso con Norman. Éste es un momento tan importante, nuestro primer contacto con vida extra-terrestre, que tendríamos que preparar un breve discurso para cuando abramos esa cosmonave.

—Habrá tiempo para pensar en eso —dijo Barnes, echándole un rápido vistazo a Ted—. Primero les mostraré el habitáculo. Por aquí.

Les explicó que el habitáculo DH-8 consistía en cinco cilindros grandes, designados con letras, de la A hasta la E, y que el Cilindro A, en el que estaban en ese momento, era la esclusa de aire. Luego los llevó a un vestuario adyacente; allí había trajes de tela gruesa que colgaban fláccidos, en la pared, junto a cascos amarillos moldeados, del tipo de los que Norman había visto usar a los buzos; los cascos tenían aspecto futurista. Dio varios golpecitos con los nudillos a uno de ellos: era de plástico, y sorprendentemente ligero. Vio el nombre «johnson» esparcido sobre el cristal del visor.

—¿Vamos a usar estos cascos? —preguntó.

—Exacto —repuso Barnes.

—Entonces, ¿iremos al exterior?

Norman sintió una punzada de alarma.

—En algún momento, iremos. No se preocupe por eso ahora. ¿Siguen sintiendo frío?

Ambos asintieron. Barnes hizo que cambiaran su ropa por monos ajustados de poliéster azul, que se adherían al cuerpo. Ted frunció el entrecejo.

—¿No crees que nos dan un aspecto bastante ridículo?

—Es posible que no sean el último grito de la moda —dijo Barnes—, pero evitan la pérdida de calor debida al helio.

—El color no es favorecedor —objetó Ted.

—Al cuerno con el color —fue la respuesta de Barnes, quien les entregó luego dos chaquetillas ligeras.

Norman sintió algo pesado en uno de los bolsillos, y extrajo de él una batería eléctrica.

—Las chaquetillas tienen un circuito en su interior, que las calienta mediante electricidad —explicó Barnes—. Son como las mantas eléctricas, que es lo que ustedes van a usar para dormir. Síganme.

Fueron al Cilindro B, que alojaba los sistemas de energía y de sustentación de la vida. A primera vista, el cilindro parecía un gran cuarto de calderas, pues estaba lleno de tuberías multicolores y de ajustes auxiliares utilitarios.

—Aquí es donde generamos todo nuestro calor, energía y aire. —Barnes señaló las características destacadas del lugar—. Generador de CI en ciclo cerrado, de doscientos cuarenta ciento diez; celdas de combustible accionadas por hidrógeno y oxígeno; monitores SED; procesador de líquidos, que funciona con baterías de platacinc. Y allí está la suboficial principal, Fletcher, Alice Fletcher.

Norman vio una figura de huesos grandes, que, con una pesada llave inglesa en la mano, trabajaba entre las cañerías, de espaldas a ellos. Alice Fletcher se volvió, les brindó una amplia sonrisa y los Saludó agitando una mano llena de grasa.

—Parece saber lo que está haciendo —observó Ted con aprobación.

—Así es —dijo Barnes—, aunque todos los sistemas principales de apoyo son superfluos. Fletcher es tan sólo nuestra redundancia final. En realidad, van a darse cuenta de que todo el habitáculo es autorregulable.

Sobre el mono de cada uno, Barnes prendió una pesada placa.

—Llévenlas en todo momento, aun cuando no son más que una precaución, ya que las alarmas se activan de forma automática si las condiciones para el mantenimiento de la vida caen por debajo de un nivel óptimo. Pero eso no va a ocurrir porque hay sensores en cada sala del habitáculo. Ustedes se habituarán al hecho de que el ambiente se ajusta en forma continua ante la presencia de una persona. Las luces se encienden y se apagan, al igual que las lámparas térmicas, y los respiraderos producen un silbido para seguir el rastro de las cosas. Todo es automático, no deben preocuparse. Los sistemas principales son superfluos: podemos perder corriente, podemos perder aire, podemos perder el agua por completo, y estaremos bien durante ciento treinta horas.

Para Norman, ciento treinta horas no parecía ser un período muy largo. Hizo el cálculo mentalmente: algo más de cinco días. Cinco días tampoco parecían ser demasiado tiempo.

Pasaron al cilindro siguiente; las luces se encendieron con un sonido seco cuando los tres hombres entraron. El Cilindro C estaba destinado al alojamiento del personal. Había literas, retretes y duchas «con abundancia de agua caliente, como van a comprobar». Barnes les mostraba el lugar con orgullo, como si se tratara de un hotel.

Todo el alojamiento tenía un grueso aislamiento. El suelo se hallaba acolchado y las paredes y los techos estaban cubiertos con capas de suave espuma de goma, lo que hacía que el interior tuviera el aspecto de un sofá demasiado mullido. No obstante, y a pesar de los colores brillantes y del evidente cuidado que se había tenido al hacer la decoración, a Norman el lugar seguía pareciéndole estrecho y agobiante, pues las portillas eran diminutas y sólo mostraban la negrura del océano que les rodeaba. Y en todos los resquicios que dejaba libre el tapizado veía gruesos pernos y espeso blindaje de acero que servían para recordar dónde se hallaban realmente los ocupantes del cilindro. Norman se sentía como si estuviera dentro de un enorme pulmón de acero... y pensó que esa comparación no estaba muy lejos de la verdad.

Agachando la cabeza, los tres hombres pasaron estrechos mamparos e ingresaron en el Cilindro D, el cual era un pequeño laboratorio con bancos y microscopios en el nivel superior, y una unidad compacta de equipo electrónico en el inferior.

—Ésta es Tina Chan —dijo Barnes, presentándoles una mujer muy serena.

Todos se estrecharon la mano. Norman pensó que Tina Chan mostraba una calma casi antinatural, hasta que se dio cuenta de que la mujer era una de esas personas que casi nunca parpadean.

—Deben ser buenos con Tina —estaba diciendo Barnes— porque ella es nuestro único enlace con el exterior. Se halla a cargo de las operaciones de comunicación y también de los sistemas sensores. De hecho, de toda la parte electrónica.

Tina Chan estaba rodeada por los monitores más voluminosos que Norman había visto en su vida. Tenían el aspecto de los televisores de los años cincuenta. Barnes explicó que algunos equipos no funcionaban bien en la atmósfera de helio, comprendidos los tubos de los televisores; dijo que en los primeros tiempos de los habitáculos submarinos, esos tubos tenían que ser reemplazados casi a diario, pero que ahora estaban revestidos y blindados con sumo detalle, y que ésa era la razón de que fueran tan voluminosos.

Al lado de Tina Chan había otra mujer, Jane Edmunds, a quien Barnes presentó como la archivista de la unidad.

—¿Qué es una archivista? —preguntó Ted.

—Soy suboficial de primera clase, y trabajo en el procesamiento de datos, señor —aclaró la mujer con formalidad.

Jane Edmunds llevaba gafas y estaba de pie, muy tiesa. A Norman le hacía pensar en una bibliotecaria.

—Procesamiento de datos... —repitió Ted.

—Mi misión consiste en atender las grabaciones digitales, los materiales visuales y las cintas de vídeo, señor. Cada aspecto de este momento histórico se está registrando, y yo mantengo todo bien archivado.

«En realidad, es una bibliotecaria», pensó Norman.

—Ah, excelente —comentó Ted—. Me complace oír eso. ¿Película o cinta?

—Cinta, señor.

—Conozco bien la cámara de vídeo —dijo Ted sonriendo—. ¿En qué tipo de cinta graban? ¿De media pulgada o de tres cuartos?

—Señor, empleamos una imagen producida por exploración de datos, con una resolución de dos mil pixels por cuadro, con polarización lateral, y cada pixel lleva una escala de doce tonos de gris.

—Ah...

—Es un poco mejor que los sistemas comerciales con los que usted puede estar familiarizado, señor.



—Sí, entiendo —dijo Ted; pero se recuperó con facilidad y charló un rato con ella sobre asuntos técnicos.

—Ted, parece estar muy interesado en cómo vamos a registrar esto —observó Barnes, el cual daba la impresión de estar incómodo.

—Sí, así parece.

Norman se preguntó por qué eso molestaba a Barnes. ¿Estaba preocupado por el registro visual o era que pensaba que Ted iba a tratar de robar el espectáculo? ¿Y realmente Ted intentaba robar el espectáculo? ¿Le preocupaba a Barnes que todo eso apareciera como una operación civil?

—No, las luces exteriores son de un gas halógeno contenido en un tubo de cuarzo, con una potencia de ciento cincuenta vatios —decía Jane Edmunds—. Estamos grabando en el equivalente a medio millón de ASA, lo que es bastante. El verdadero problema es que se produce una dispersión de retorno; no cesamos de luchar contra ella.

—Observo que el equipo de apoyo se halla formado, en su totalidad, por mujeres —dijo Norman.

—Sí —confirmó—. Todos los estudios realizados sobre buceo a gran profundidad demuestran que, para las operaciones hechas en inmersión, las mujeres son superiores a los hombres, ya que desde el punto de vista físico tienen menor tamaño y consumen menos alimentos y aire, y en el aspecto fisiológico son más fuertes y poseen mayor resistencia. El hecho es que, desde hace mucho tiempo, la Armada reconoció que todos sus submarinistas deberían ser mujeres.

—Barnes rió—. Pero pruebe a instrumentar esa conclusión. —Echó un vistazo a su reloj—. Será mejor que nos pongamos en marcha. ¿Vamos, Ted?

Reanudaron el recorrido. El cilindro final, el Cilindro E, era más espacioso que los demás. Había allí almacenes de cinta, un televisor y un amplio salón de estar y, en la cubierta de abajo, un comedor y una cocina. La marinera Rose Levy, la cocinera, era una mujer de cara enrojecida y acento sureño; estaba de pie debajo de gigantescos ventiladores de succión. Le preguntó a Norman cuál era su postre favorito.

—¿Mi postre favorito?

—Sí, doctor Johnson. Me gusta hacerle a todo el mundo su postre favorito, si es que puedo. Y usted, doctor Fielding, ¿tiene preferencia por alguno?

—Por la tarta de lima —repuso Ted—. Me encanta la tarta de lima.

—Puede hacerse, señor —dijo Rose Levy con una gran sonrisa; luego, se volvió hacia Norman—. Todavía no me ha dicho cuál es el suyo, doctor Johnson.

—El pastel de fresas.

—No hay problema, pues en el último transbordador submarino bajaron unas preciosas fresas de Nueva Zelanda. ¿Quizá le gustaría comer el pastel esta noche?

—Me encantaría, Rose —contestó Norman con toda franqueza.

Después, miró por el negro cristal de la portilla. Desde las portillas del Cilindro D podía ver la parrilla rectangular iluminada que se extendía por el fondo del mar a lo largo de la sepultada astronave de ochocientos metros de longitud. Varios buzos, luminosos como luciérnagas, se desplazaban sobre la refulgente superficie de la parrilla.

Norman pensó: «Estoy a trescientos metros por debajo de la superficie del océano y estamos hablando sobre la posibilidad de tomar de postre pastel de fresas.» Pero cuanto más lo pensaba, más sentido le encontraba: la mejor manera de hacer que alguien se sienta cómodo en un ambiente nuevo consiste en ofrecerle comida que le sea familiar.

—Las fresas me producen urticaria —dijo Ted.

—Su tarta la haré con moras —dijo Rose sin inmutarse.

—¿Y crema batida? —preguntó Ted.

—Bueno, pues...

—No se puede tener todo —argüyó Barnes—. Y una de las cosas que no se pueden tener a treinta atmósferas de una mezcla de gases es crema batida, porque la crema no se puede batir. Pongámonos en marcha.

Beth y Harry estaban aguardando en la pequeña y acolchada sala de conferencias, que se hallaba justo encima del comedor. Ambos llevaban puesto un mono y una chaquetilla provista de calefacción. En el momento en que entraron los tres hombres, Harry estaba meneando la cabeza.

—¿Os gusta nuestra celda acolchada? —Hizo presión contra las paredes cubiertas de aislante y les produjo leves depresiones—. Es como vivir en una vagina.

—¿No te gustaría volver al útero, Harry? —preguntó Beth.

—No —respondió Harry—. Ya estuve ahí. Y con una vez fue suficiente.

—Estos monos son bastante malos —comentó Ted, dando tirones del poliéster que se le adhería.

—Realza muy bien tu panza —bromeó Harry.

—Calmémonos —sugirió Barnes.

—Con algunas lentejuelas podrías pasar por Elvis Presley —dijo Harry.

—Elvis Presley está muerto.

—Ahora es tu oportunidad —respondió Harry.

Norman miró en derredor y preguntó:

—¿Dónde está Levine?

—Levine no lo logró —se apresuró a responder Barnes—. Sintió claustrofobia en el submarino que lo traía y tuvimos que enviarlo de regreso. Esas cosas pasan.

—Entonces, ¿no tenemos biólogo marino?

—Nos arreglaremos sin él.

—Odio este condenado mono —protestó Ted—. Realmente lo odio.

—A Beth le queda muy bien el suyo.

—Sí, a Beth sí.

—Y también hay mucha humedad aquí —se quejó Ted—. ¿Siempre hay tanta humedad?

Norman ya había notado que la humedad era un problema, pues todo lo que tocaban se hallaba un poco mojado, pegajoso y frío. Barnes había previsto el peligro de infecciones y de resfriados leves, y les había entregado frascos de una loción para la piel y gotas para los oídos.

—Creí oírle decir que la tecnología estaba por completo resuelta —dijo Harry.

—Lo está —respondió Barnes—. Créanme, esto es un lujo en comparación con los habitáculos de diez años atrás.

—Diez años atrás —dijo Harry— dejaron de hacer habitáculos porque la gente seguía muriendo en ellos.

Barnes frunció el entrecejo.

—Eso fue un accidente.

—Hubo dos accidentes —le recordó Harry—, con un total de cuatro personas muertas.

—Eran circunstancias especiales —objetó Barnes— que no tuvieron que ver ni con la tecnología ni con el personal de la Armada.

—Maravilloso —dijo Harry—. ¿Cuánto tiempo dijo que vamos a permanecer aquí abajo?

—Como máximo, setenta y dos horas.

—¿Está seguro de eso?

—Es el reglamento de la Armada.

—¿Por qué? —preguntó Norman perplejo.

Barnes agitó la cabeza.

—Nunca —dijo—, nunca pregunte las razones de las reglamentaciones de la Armada.

El intercomunicador hizo un ruido seco, y Tina Chan dijo:

—Capitán Barnes, tenemos una señal de los buzos. Ahora están montando la esclusa de aire. Faltan pocos minutos para la apertura.

El ambiente de la sala cambió de inmediato: la excitación era palpable. Ted se frotó las manos y dijo:

—Supongo que se han dado cuenta de que, aun sin abrir la nave espacial, ya hemos realizado un descubrimiento de suma, de trascendente importancia.

—¿Sí? ¿Y cuál es? —preguntó Norman.

—Hemos mandado al diablo la hipótesis del suceso único —dijo Ted, echando una rápida mirada a Beth.

—¿La hipótesis del suceso único? —preguntó Barnes.

—Se refiere al hecho de que los físicos y químicos tienen tendencia a creer en la existencia de vida inteligente extra-terrestre —dijo Beth—, en tanto que los biólogos no. Muchos biólogos opinan que el desarrollo de vida inteligente en la Tierra precisó de tantas etapas peculiares que eso representa un suceso único en el universo, suceso que no puede haberse reproducido jamás en otra parte.

—¿La inteligencia no surgiría una y otra vez? —inquirió Barnes.

—Pues, apenas si surgió en la Tierra —dijo Beth—. La Tierra tiene cuatro mil quinientos millones de años de antigüedad, y la vida unicelular apareció hace tres mil novecientos millones de años, es decir, apareció casi de inmediato hablando en términos geológicos. Pero la vida siguió siendo unicelular durante los tres mil millones de años siguientes. Después, en el período cámbrico, alrededor de seiscientos millones de años atrás se produjo una explosión de complejas formas de vida. Al cabo de cien millones de años el océano estaba lleno de peces; luego se pobló la tierra firme; a continuación, el aire. Pero, en realidad, no se sabe por qué tuvo lugar la explosión. Y, puesto que dicha explosión no se produjo durante tres mil millones de años, lo más probable es que, en otro planeta, nunca llegue a producirse. Y aun después del cámbrico, la cadena de acontecimientos que condujo hasta el hombre parece ser tan especial, tan incierta, que los biólogos creen que hubiera sido posible que no se produjera jamás. Tan sólo tomemos en cuenta el hecho de que si los dinosaurios no hubiesen sido eliminados, hace sesenta y cinco millones de años, por un cometa o por lo que fuere, entonces los reptiles podrían seguir siendo la forma dominante en la Tierra, y los mamíferos nunca habrían tenido la oportunidad de asumir el control. Sin mamíferos no hay primates, sin primates no hay simios, y sin simios no hay hombre... En la evolución se dan muchos factores aleatorios, existe mucho de suerte. Ésa es la razón por la que los biólogos creen que la vida inteligente podría ser un suceso único en el Universo, un suceso que sólo se dio aquí.

—Excepto que ahora —intervino Ted— sabemos que no es un suceso único, porque ahí afuera hay una enorme nave espacial.

—Personalmente, no podría sentirme más satisfecha —declaró Beth, y se mordió el labio.

—No pareces estar satisfecha —observó Norman.

—Te diré: no puedo evitar sentirme nerviosa. Hace diez años, Bill Jackson, en Stanford, dictó una serie de seminarios sobre vida extra-terrestre. Esto ocurrió inmediatamente después de haber obtenido el premio Nobel de Química. Jackson nos había dividido en dos grupos: uno diseñó la forma de vida extra-terrestre y resolvió todo de manera científica. El otro grupo trató de determinar la forma de vida y comunicarse con ella. Jackson dirigía todos los trabajos y, como científico riguroso que era, no permitía que nadie se dejara llevar por el entusiasmo. En una ocasión le presentamos el boceto del ser que proponíamos, y Jackson nos dijo con mucha dureza: «Muy bien. Pero, ¿dónde está el ano?» Ésa fue su crítica, aunque lo cierto es que muchos animales de la Tierra carecen de ano, pues existen toda clase de mecanismos excretores que no precisan de un orificio especial. Jackson Supuso que el ano era necesario, sin embargo no lo es. Y ahora... —Beth se encogió de hombros—, ¿quién sabe qué habremos de encontrar?

—Lo sabremos, y bien pronto —dijo Ted.

El intercomunicador volvió a sonar:

—Capitán Barnes, los buzos tienen la esclusa de aire montada en su sitio. Ahora, el robot está listo para penetrar en la nave espacial.

—¿Qué robot? —preguntó Ted.




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