Esfera Michael Crichton



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BETH


Un alférez llevó a Norman hasta su camarote, que era pequeño y gris, más parecido a la celda de una prisión que a cualquier otra cosa. La bolsa que había traído estaba sobre la litera; en un rincón se hallaba una consola y un teclado de ordenador y, al lado, un grueso manual con tapas azules.

Se sentó sobre la dura e incómoda cama, y se reclinó contra una tubería de la pared.

—Hola, Norman —dijo una voz suave—. Me alegra ver que te metieron en esto a la fuerza. Todo este asunto es culpa tuya, ¿no?

En el vano de la puerta había una mujer de pie.

Beth Halpern, la zoóloga del equipo, era un paradigma de contrastes: alta y angulosa, de treinta y seis años, se le podía llamar bella, a pesar de sus rasgos fuertes y de las características casi masculinas de su cuerpo. En los años transcurridos desde que Norman la vio por última vez, Beth parecía haber acentuado aún más sus facetas masculinas. Era levantadora de pesas y también corredora pedestre, de manera que las venas y los músculos le resaltaban en el cuello y los antebrazos. Por debajo de los pantalones cortos asomaban unas poderosas piernas. Llevaba el cabello corto, apenas un poco más largo que el de un hombre. Pero al mismo tiempo usaba joyas y maquillaje, y se movía de modo seductor. Su voz era suave y los ojos grandes y límpidos, en especial cuando hablaba sobre los seres vivos que estudiaba; en esos momentos, Beth se volvía casi maternal. Uno de sus colegas de la Universidad de Chicago se había referido a ella como «madre naturaleza con músculos».

Norman se puso de pie y ella le dio en la mejilla un beso rápido e indiferente.

—Mi cuarto es contiguo al tuyo. Oí que habías llegado. ¿Cuándo entraste?

—Hace una hora. Me parece que todavía soy presa del shock —comentó Norman—. ¿Crees todo esto? ¿Crees que es real?

—Sí, lo creo.

Beth señaló el grueso manual azul que estaba al lado del ordenador.

Norman lo cogió y leyó el título: Reglas que rigen la conducta del personal durante las operaciones militares secretas. Hojeó páginas de denso texto jurídico.

—Viene a decir —resumió Beth— que debes mantener la boca cerrada o pasarás mucho tiempo en una prisión militar. Y nada de llamadas, ni internas ni al exterior. Sí, Norman, creo que tiene que ser real.

—¿Hay una nave espacial ahí abajo?

—Hay algo ahí abajo. Es muy emocionante. —Beth empezó a hablar con más rapidez—. ¡Vamos! Nada más que para la Biología, las posibilidades producen vértigo. Todo lo que sabemos sobre la vida es resultado de estudiar la que hay en nuestro propio planeta; pero en cierto modo toda la vida que hay en la Tierra es lo mismo: todo ser vivo, desde las algas hasta los seres humanos, está construido, básicamente, según el mismo plan, con el mismo ADN. Ahora tenemos la oportunidad de ponernos en contacto con vida que es por completo diferente. En todos los sentidos. Resulta emocionante. ¡Vaya si lo es!

Norman asintió con la cabeza, aunque en realidad estaba pensando en otra cosa.

—¿Qué dijiste respecto a que no se pueden hacer llamadas internas ni al exterior? Prometí a Ellen que la llamaría.

—Bueno, traté de llamar a mi hija y me dijeron que los enlaces de comunicación están cortados. No resulta fácil creerlo, porque la Armada tiene más satélites que almirantes; pero juran y perjuran que no hay línea disponible para llamar afuera. Barnes dijo que daría su aprobación a un cablegrama. Eso es todo.

—¿Qué edad tiene Jennifer ahora? —preguntó Norman.

Se sintió complacido por haber podido rescatar el nombre de la memoria. ¿Cómo se llamaba el marido? Era físico, según recordaba, o algo así. Un hombre de cabello muy rubio, color arena. Tenía barba y usaba corbatas de lazo.

—Nueve. Ahora es lanzadora de la Liga de Menores de Evanston. No es muy buena estudiante, pero es una excelente lanzadora. —En su voz había un matiz de orgullo—. ¿Cómo está tu familia? ¿Ellen?

—Muy bien, y los niños también. Tim se encuentra ya en segundo año de la facultad, en Chicago, y Amy se halla en Andover. ¿Cómo está...?

—¿George? Nos divorciamos hace tres años —dijo Beth—. George pasó un año en el CERN, en Ginebra, buscando partículas exóticas, y creo que encontró lo que quería: la mujer es francesa y él afirma que es una excelente cocinera. —Se encogió de hombros—. De todos modos, en mi carrera me va bien. Durante todo el año pasado estuve trabajando con cefalópodos: calamares y pulpos.

—¿Y fue interesante?

—Sí. Fue muy interesante llegar a conocer la apacible inteligencia de estos seres, de los pulpos, en particular. Produce una sensación extrañísima... No sé si sabes que el pulpo es más astuto que un perro, y sería una mascota muy superior. Se trata de un ser maravilloso, listo, muy emocional... Lo que sucede es que nunca pensamos en ellos de esa manera.

—¿Aún los comes?

—Ah, Norman —dijo Beth sonriendo—. ¿Todavía relacionas todo con la comida?

—Siempre que es posible —dijo él al tiempo que se daba unas palmadas en el vientre.

—Pues entonces no te va a gustar la comida de este sitio: es terrible. Pero, respondiendo a tu pregunta, he de decirte que no —aclaró ella, haciendo sonar los nudillos—. Nunca podría comer un pulpo, sabiendo lo que sé en la actualidad acerca de ellos..., lo cual me trae algo a la memoria: ¿qué sabes en realidad de Hal Barnes?

—Nada. ¿Por qué?

—Anduve haciendo preguntas, y resulta que Barnes no pertenece a la Armada. Es un ex de la Armada.

—¿Quieres decir que pasó al retiro?

—Pasó al retiro en mil novecientos ochenta y uno. Primero recibió preparación como ingeniero aeronáutico en el Instituto de Tecnología de California, y después de retirarse trabajó para la «Grumman» durante un tiempo. Luego fue miembro de la Comisión Naval de Ciencias, perteneciente a la Academia Nacional; después, subsecretario adjunto de Defensa, miembro del CAASD, el Consejo para Análisis de la Adquisición de Sistemas de Defensa, y miembro de la Comisión de Ciencias de Defensa, que asesora a los comandantes en jefe de las tres fuerzas y al secretario de Defensa.

—¿Sobre qué los asesora?

—Sobre adquisición de armas —dijo Beth—. Es un hombre que pertenece al Pentágono y que aconseja al Estado respecto a la compra de armas. Así que..., ¿cómo llegó a estar al frente de este proyecto?

—Ni idea —respondió Norman; sentado en su litera, se quitó cada zapato con el otro pie, y, de pronto, se sintió cansado; Beth estaba apoyada contra el marco de la puerta—. Pareces estar en muy buen estado físico.

«Hasta sus manos se ven fuertes», pensó.

—Tal y como se hallan las cosas, ésa es otra cosa buena —dijo Beth—. Tengo mucha confianza en lo que se avecina. ¿Y con respecto a ti? ¿Crees que te las arreglarás bien?

—¿Yo? ¿Por qué no habría de hacerlo? —Norman se echó un rápido vistazo a la familiar barriga; Ellen siempre le estaba insistiendo para que hiciera algo al respecto y, de cuando en cuando, él se animaba e iba al gimnasio durante algunos días, pero nunca lograba deshacerse de la panza. En verdad, no le importaba demasiado: tenía cincuenta y tres años y era profesor universitario, ¡qué diablos!, pero en ese instante cayó en la cuenta de lo que había dicho Beth—. ¿Qué quieres decir con eso de que tienes confianza en lo que se avecina? ¿Qué es lo que se avecina?

—Bueno, son sólo rumores por ahora. Pero tu llegada parece confirmarlos.

—¿Qué rumores?

—Nos envían ahí abajo.

—¿Dónde es ahí abajo?

—Al fondo del mar. A la nave espacial.

—Pero se encuentra a trescientos metros. La están investigando con robots sumergibles.

—Hoy en día, trescientos metros no representan una profundidad tan grande —dijo Beth—. La tecnología le puede hacer frente. En este mismo instante hay allí buzos de la Armada y, según corre la voz, ellos han montado un habitáculo para que nuestro equipo pueda descender y vivir en el fondo del mar durante una semana, más o menos, y abrir la nave espacial.

Norman experimentó un súbito escalofrío. Cuando trabajaba con la FAA había estado expuesto a toda suerte de horrores. Una vez, en Chicago, en el sitio en el que se había precipitado un avión (cuyos restos estaban diseminados por todo el campo de una finca), había pisado algo esponjoso y lleno de líquido; pensó que era un sapo, pero se trataba de la mano cercenada de un niño, con la palma hacia arriba. En otra ocasión, había visto el cuerpo carbonizado de un hombre, todavía unido a su asiento por el cinturón de seguridad, sólo que el asiento había sido despedido y había caído, con el respaldo deshecho, en el patio trasero de una casa suburbana, al lado de la pequeña piscina de plástico de los niños.

Y en Dallas, Norman se había quedado observando con fijeza a los investigadores técnicos que, subidos a los tejados de las casas de los suburbios, recogían partes de los cuerpos y los metían en bolsas...

Trabajar en un equipo dedicado a desastres aéreos exigía el ejercicio del más extraordinario control psicológico, para evitar ser abrumado por lo que se veía. Pero nunca existía peligro personal alguno, ningún riesgo físico. El único era el de las pesadillas.

Pero ahora, la perspectiva de descender trescientos metros bajo el océano para investigar un naufragio...

—¿Te encuentras bien? —preguntó Beth—. Estás pálido.

—No sabía que alguien estuviera hablando de ir allá abajo.

—No son más que rumores —lo tranquilizó Beth—. Descansa un poco, Norman. Creo que lo necesitas.



LA SESIÓN DE INSTRUCCIONES


El equipo FDV se reunió en la sala de instrucciones poco antes de las once. A Norman le interesaba ver el grupo que había elegido seis años antes, reunido ahora por vez primera.

Ted Fielding era macizo y buen mozo, y a los cuarenta años aún tenía el aspecto de un muchacho; se hallaba a sus anchas, con pantalones cortos y una camisa deportiva. Era astrofísico del Laboratorio de Propulsión a Chorro, en Pasadena, y había efectuado importantes trabajos sobre la estratigrafía planetaria de Mercurio y de la Luna, aunque había ganado popularidad por sus estudios sobre los canales Mángala Vallis y Valles Marineris, de Marte. Localizados en el ecuador marciano, estos enormes canales llegaban a los cuatro mil kilómetros de longitud y algo más de cuatro kilómetros de profundidad, lo que representa que son diez veces más largos y el doble de hondos que el Gran Cañón del Colorado. Y Fielding había estado entre los primeros que llegaron a la conclusión de que el planeta cuya composición era más parecida a la de la Tierra, no era en modo alguno Marte, como se había pensado con anterioridad, sino el diminuto Mercurio, con su campo magnético similar al de nuestro planeta.

Fielding tenía un modo de ser abierto, jovial y pomposo. Por pertenecer al JLP[9], había aparecido en televisión toda vez que se hacía un vuelo de circunvalación en una nave espacial y, a causa de ello, el astrofísico gozaba de cierto renombre. No hacía mucho se había vuelto a casar con una locutora que leía el pronóstico meteorológico en un canal de televisión de Los Angeles; tenían un hijo pequeño.

Ted era un viejo partidario de la teoría de que había vida en otros mundos, y también defensor del SETI[10], al que otros científicos consideraban una pérdida de tiempo y de dinero. Dirigió a Norman una amplia sonrisa.

—Siempre supe que esto iba a ocurrir, que tarde o temprano habríamos de obtener pruebas de vida inteligente de otros planetas. Ahora, por fin, las tenemos, Norman. Este es un momento grandioso. Y me complace, de manera especial, la forma.

—¿La forma de qué?

—Del objeto que hay allá abajo.

—¿Qué pasa con la forma?

Norman no había oído ningún comentario respecto a ella.

—Estuve en la sala de monitores observando la información televisual que envían los robots. Están empezando a definir la forma del objeto que se encuentra debajo del coral... y no es redonda. No es un platillo volante —dijo Ted—. ¡Gracias a Dios! A lo mejor esto hace que se llame a silencio el grupo de fanáticos de los platillos volantes. —Sonrió—. A quien sabe esperar le llega su recompensa, ¿eh?

—Creo que sí—concedió Norman.

En realidad no sabía bien qué quería decir Fielding, pero Ted tenía tendencia a hacer citas literarias, pues se veía a sí mismo como un hombre del Renacimiento, y las citas al azar, de Rousseau y Lao-tsé eran una manera de recordárselo a su interlocutor. Sin embargo, en Fielding no había maldad alguna. En una ocasión, alguien había dicho que Ted era «un tipo que se conocía todas las marcas registradas», y eso también se hacía extensivo a su manera de hablar. En Ted Fielding había una inocencia, casi una ingenuidad, entrañable y genuina. A Norman le caía simpático.

Pero no estaba tan seguro respecto de Harry Adams, el reservado matemático de Princeton, a quien Norman no había visto durante seis años. Harry era un hombre de color, alto y muy delgado, que usaba gafas con montura metálica y tenía el entrecejo siempre fruncido. Llevaba una camiseta con la leyenda: «Los matemáticos lo hacen en la forma correcta», que era la clase de prenda que se pondría un estudiante y, por cierto, Adams aparentaba tener menos de los treinta años que tenía; resultaba evidente que era el miembro más joven del grupo... y se podía demostrar que el más importante.

Muchos teóricos argumentaban que la comunicación con seres extra-terrestres sería imposible porque los humanos no tendrían nada en común con ellos. Estos pensadores sostenían que así como el cuerpo humano representaba el resultado de muchas y sucesivas evoluciones, lo mismo ocurría con el pensamiento; al igual que pudo haber pasado con nuestro cuerpo, nuestra forma de pensar también pudo haber seguido un cauce diferente, no había nada de inevitable en nuestra manera de mirar el Universo.

Los hombres ya tenían problemas para comunicarse con seres inteligentes del propio planeta, como los delfines, por la sencilla razón de que estos animales viven en un ambiente muy distinto y poseen aparatos sensoriales también muy diferentes.

No obstante estas consideraciones, los hombres y los delfines podrían parecer casi idénticos, comparados con las vastas diferencias que nos separaban de un extra-terrestre, un ser que era el producto de miles de millones de evoluciones divergentes ocurridas en otro ambiente planetario. Sería poquísimo probable que un ser así viera el mundo tal como lo vemos nosotros; de hecho, lisa y llanamente podría suceder que ni siquiera lo viese; tal vez fuera ciego, y conociera el mundo a través de un muy desarrollado sentido del olfato, o de la temperatura o de la presión. Podría no existir manera de comunicarse con un ser así, podría ser que no hubiera una base común de diálogo directa. Según lo planteó uno de esos científicos, «¿cómo se le explicaría el poema de Wordsworth sobre los narcisos a una culebra acuática ciega?».

El conocimiento que era más factible que pudiera ser compartido con los extra-terrestres sería el de las matemáticas. Por eso el matemático del equipo iba a desempeñar un papel decisivo. Norman lo había seleccionado porque, a pesar de su juventud, Adams ya había hecho importantes contribuciones en varios campos diferentes.

—¿Qué piensas de todo esto, Harry? —preguntó Norman, dejándose caer sobre una silla que tenía a su lado.

—Pienso que está clarísimo —respondió Harry—. Es una pérdida de tiempo.

—¿Y esa aleta que hallaron bajo el agua?

—No sé lo que es, pero sí sé lo que no es: no es una nave espacial procedente de otra civilización.

Ted, que estaba de pie cerca de ellos, se volvió con gesto de disgusto. Era evidente que Harry y Ted ya habían sostenido esta misma conversación.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Norman.

—Un sencillo cálculo dijo Harry, agitando la mano con desdén—. Trivial, en realidad. ¿Conoces la ecuación de Drake?

Y aunque Norman la conocía ya que era una de las famosas propuestas que figuraban en la bibliografía sobre vida extra-terrestre, pidió:

—Refréscame la memoria.

Harry suspiró con irritación y sacó una hoja de papel.

—Es una ecuación para un cálculo de probabilidades.

Escribió:
p=fp nh fl fi fc
—Esto quiere decir —continuó— que la probabilidad de que en cualquier sistema cuyo centro sea una estrella se desarrolle vida inteligente es función de la probabilidad de que esa estrella tenga planetas, de la cantidad de planetas habitables, de la probabilidad de que formas simples de vida se desarrollen en un planeta habitable, de la probabilidad de que las formas inteligentes de vida se desarrollen a partir de las simples, y de la probabilidad de que esas formas inteligentes de vida intenten establecer una comunicación interestelar dentro de cinco mil millones de años. Eso es todo lo que dice la ecuación.

—Ya —murmuró Norman.

—Pero la cuestión es que no tenemos pruebas —continuó Harry—. Tenemos que hacer conjeturas sobre cada una de estas probabilidades, sin salvarnos de ninguna. Y es muy fácil conjeturar en un solo sentido, como hace Ted, y llegar a la conclusión de que es probable que haya miles de civilizaciones inteligentes. Es igualmente fácil conjeturar, como hago yo, que es probable que haya nada más que una sola civilización: la nuestra. —Alejó de sí el papel—. Y, en ese caso, sea lo que sea lo que está allá abajo, no proviene de una civilización extra-terrestre, por lo que todos estamos malgastando nuestro tiempo aquí.

—Entonces, ¿qué es lo que hay allá abajo? —volvió a preguntar Norman.

—Es una absurda expresión de esperanza romántica —dijo Adams mientras se subía las gafas que se habían deslizado por la nariz.

En el matemático había una vehemencia que preocupaba a Norman. Seis años atrás, Harry Adams todavía era un chico de la calle, cuyo oscuro talento lo había llevado, en un solo paso, de un hogar deshecho de los barrios bajos de Filadelfia, hasta los cuidados prados verdes de Princeton. En aquel entonces, Adams era juguetón, estaba contento por el giro que había dado su suerte. ¿Por qué lo veía tan agrio ahora?

Adams era un teórico extraordinariamente dotado; su reputación era firme por sus estudios sobre las funciones de densidad probabilística pertenecientes a la mecánica cuántica, que estaban más allá de la comprensión de Norman, aunque Adams las había resuelto cuando tenía diecisiete años. Pero lo que sí podía entender Norman era a Adams mismo, y éste ahora parecía tenso y crítico, incómodo en el grupo. O quizá eso tenía que ver con la presencia del matemático. A Norman le había preocupado cómo se integraría Harry, ya que había sido un niño prodigio.

En realidad, solamente existían dos clases de niños prodigio: los matemáticos y los músicos. Algunos psicólogos sostenían que sólo había una clase, porque la música tenía una estrechísima relación con las matemáticas. Aunque existían niños precoces muy dotados en otras áreas, como la literatura, la pintura y el atletismo, los únicos campos en los que un chico podía situarse al mismo nivel que un adulto eran los de las matemáticas y la música. Desde el punto de vista psicológico, estos niños eran complejos: a menudo solitarios, aislados de sus pares, y hasta de su familia, como consecuencia de los dones que tenían, por los cuales eran tanto admirados como envidiados. Con frecuencia, las aptitudes de trato social se hallaban atrasadas, lo que hacía que las interacciones con un grupo fuesen incómodas. Y era probable que, por su condición de niño procedente de un barrio bajo, los problemas de Harry se hubieran visto aumentados. En una ocasión le había contado a Norman que, cuando él estaba aprendiendo las transformaciones de Fourier, los demás chicos aprendían a copular. Así que, a lo mejor, ahora Harry se estaba sintiendo incómodo en el grupo.

Pero parecía haber algo más... Daba la impresión de hallarse casi iracundo.

—Esperen un poco —dijo Adams—. Dentro de una semana van a tener que reconocer que todo esto no fue otra cosa que una tremenda falsa alarma. Nada más.

«Eso es lo que tú esperas», pensó Norman y, una vez más, se preguntó por qué.

—Bueno, yo creo que es emocionante —opinó Beth Halpern sonriendo con jovialidad—. En lo que a mí concierne, aun la más remota posibilidad de hallar una nueva forma de vida resulta emocionante.

—Es cierto —dijo Ted—. Después de todo, Harry, existen más cosas entre el cielo y la Tierra de las que puede soñar tu filosofía.

Norman miró al último miembro del equipo, Arthur Levine, el biólogo marino, que estaba en el otro extremo de la sala. Se trataba de la única persona a la que Norman no conocía. Era un hombre regordete, pálido e inquieto, sumido en sus propios pensamientos. Norman estaba a punto de preguntarle qué pensaba, cuando el capitán Barnes entró dando zancadas y con una pila de carpetas debajo del brazo.

—Bienvenidos a en medio de ninguna parte —dijo—, y ni siquiera pueden ir al baño. —Todos rieron con nerviosismo—. Les pido disculpas por haberles tenido esperando, pero no disponemos de mucho tiempo, así que vayamos derechos al grano. Si apagan las luces, podremos empezar.

La primera diapositiva mostraba un barco de gran tamaño, con una complicada superestructura en la popa.

—El Rose Sealady —dijo Barnes—. Es un buque tendedor de cables submarinos, contratado por Transpac Communications para establecer una línea telefónica submarina desde Honolulú hasta Sidney, Australia. El Rose zarpó de Hawai el veintinueve de mayo de este año y, para el dieciséis de junio, ya había alcanzado la parte occidental de las Samoa, en medio del Pacífico. Estaba tendiendo un nuevo cable de fibra óptica, que tiene una capacidad de conducción de veinte mil transmisiones telefónicas simultáneas y está cubierto por un denso entretejido de metal y plástico, de una excepcional resistencia a las roturas. El barco ya había tendido más de cuarenta y seis mil millas náuticas de cable, a través del Pacífico, sin que se produjeran contratiempos de ninguna índole. La siguiente.

Era un mapa del Pacífico, con un gran punto rojo.

—A las diez de la noche del diecisiete de junio la nave estaba situada aquí, a mitad de camino entre Pago Pago, en la Samoa norteamericana, y Viti Levu, en las Fidji, cuando un tremendo tirón hizo que la nave se estremeciera. Sonaron las alarmas y la tripulación se dio cuenta de que el cable se había desgarrado y roto por efecto del choque contra un obstáculo sumergido. De inmediato consultaron las cartas de navegación en busca de un escollo submarino, pero no hallaron obstáculo alguno. La tripulación izó el cable suelto, lo cual requirió varias horas, ya que, en el momento del accidente, había más de un kilómetro de cable arriado detrás del barco. Cuando examinaron el extremo cortado vieron que estaba limpiamente seccionado o, para decirlo con las palabras de un tripulante, «como si hubiera sido cortado con unas enormes tijeras». La siguiente.

Ésta mostraba una sección del cable de fibra, sostenido ante la cámara por la curtida mano de un marinero.

—Como pueden apreciar, la naturaleza de la rotura sugiere la existencia de alguna clase de obstrucción artificial. El Rose salió a todo vapor hacia el norte, de vuelta al escenario del hecho. La siguiente.

En esta diapositiva, se veía una serie de líneas blanquinegras desgarradas, con una región de picos pequeños.

—Éste es el barrido de sonar que el barco hizo originariamente. Si no saben leer barridos sonáricos les será difícil interpretarlo; pero aquí pueden ver la delgada obstrucción, en forma de filo de cuchillo, lo que es compatible con la idea de que un barco o un avión hundidos hayan producido el corte del cable.

»La compañía fletadora, la Transpac Communications, notificó lo ocurrido a la Armada y nos solicitó cualquier información que tuviésemos sobre esa obstrucción. Esto es un trámite de rutina: siempre que se produce la rotura de un cable submarino se le notifica a la Armada, por si tenemos conocimiento de algún obstáculo. Si se trata de un buque hundido que contiene explosivos, la compañía que tiende el cable necesita saberlo antes de comenzar las reparaciones. Pero, en este caso, la obstrucción no figuraba en los archivos de la Armada... y la Armada se interesó en el asunto. De inmediato destacamos la nave exploradora que teníamos más próxima al sitio del incidente, el Ocean Explorer, que salió de Melbourne y llegó al lugar el veintiuno de junio de este año. La razón del interés de la Armada era la posibilidad de que esa obstrucción fuera un submarino atómico chino, de la clase «Uujan», equipado con misiles SY-2, pues sabíamos que los chinos habían perdido uno de ese tipo, más o menos en esta zona, en mayo de mil novecientos ochenta y cuatro. El Ocean Explorer barrió el fondo del mar en ese lugar, para lo cual utilizó un complejo sonar de emisión lateral, que produjo esta imagen del fondo.

La imagen en colores tenía tal claridad que parecía tridimensional.

—Como pueden ver, el fondo del mar aparece plano, con excepción de esta sola aleta triangular, que sobresale unos ochenta y cuatro metros sobre el suelo oceánico. La ven aquí —dijo Barnes, señalando—. Ahora bien: la dimensión de esta aleta es mayor que la de cualquier aeronave conocida, ya sea de Estados Unidos o de la Unión Soviética. Todo esto resultó muy enigmático al principio. La siguiente.

Vieron un robot sumergible al que hacían descender, mediante una grúa, por el costado de un barco. El robot consistía en una serie de tubos horizontales, con cámaras y luces alojadas en el centro.

—Antes del veinticuatro de junio, la Armada había emplazado el transporte de VOD Neptune IV, y el Vehículo Operado a Distancia Scorpion, que ustedes ven aquí; se hizo descender para que fotografiara el ala. La imagen que devolvió mostraba, con claridad, algún tipo de plano de control. Aquí está.

En el grupo se oyeron murmullos: la imagen en colores, iluminada con crudeza, mostraba un fondo coralino plano, del que sobresalía una afilada aleta gris, de bordes agudos y apariencia aeronáutica y, sin duda alguna, artificial.

—Ustedes notarán que, en esta región, el fondo del mar consiste en masas achaparradas de coral muerto. El ala, o la aleta, desaparece dentro del coral, lo que sugiere que el resto de la nave podría estar sepultado debajo de ese coral. Se practicó una exploración del fondo con SLS[11] de resolución ultraalta para determinar cuál era la forma de lo que había debajo del coral. La siguiente.

Apareció otra imagen sonárica en colores, compuesta por puntos finos en vez de líneas.

—Como pueden ver, la aleta parece estar unida a un objeto cilindrico sepultado debajo del coral. El objeto tiene un diámetro de cincuenta y siete metros y se extiende en una longitud de ochocientos veintiséis metros con veinte centímetros, hacia el oeste, antes de ahusarse y rematar en una punta.

Hubo más murmullos en el grupo de espectadores.

—Así es —continuó Barnes—: ese objeto cilindrico tiene media milla marina de largo. Su forma es semejante a la de un cohete o una nave espacial, y por cierto que se le parece; pero, desde el principio, tuvimos el cuidado de referirnos a este objeto como «la anomalía».

Norman echó un vistazo a Ted, quien sonreía mientras miraba la pantalla. Pero al lado de Ted, en la oscuridad, Harry Adams frunció el entrecejo y se empujó las gafas hacia el puente de la nariz.

Después, la luz del proyector se apagó y la sala quedó sumida en la oscuridad. Se oyeron protestas y Norman escuchó que Barnes decía:

—¡Maldita sea, otra vez, no!

Alguien se apresuró para llegar a la puerta y entonces hubo un rectángulo de luz.

Beth se inclinó hacia Norman y dijo:

—Aquí se les corta la corriente todo el tiempo. Reconfortante, ¿eh?

Instantes después, volvió la luz, y Barnes prosiguió:

—El veinticinco de junio, un vehículo SCARAB, que se controla a distancia, cortó un trozo de aleta de cola y lo trajo a la superficie. Se analizó y se descubrió que era de una aleación de titanio, dentro de un panal de resina epóxica. La tecnología necesaria para efectuar la adhesión de esos materiales metálico-plásticos es, hasta este momento, desconocida en la Tierra. Los expertos confirmaron que la aleta no pudo tener su origen en este planeta..., si bien dentro de diez o veinte años es probable que sepamos cómo fabricarla.

Harry Adams gruñó, se inclinó hacia adelante e hizo una anotación en su libreta.

—Mientras tanto —siguió explicando Barnes— se utilizaron otras naves robots para colocar cargas sísmicas en el lecho marino; los análisis sísmicos demostraron que la anomalía sepultada era de metal, que era hueca y que tenía una estructura interna compleja. Después de dos semanas de estudio intensivo llegamos a la conclusión de que la anomalía era alguna clase de nave espacial. La verificación final llegó el veintisiete de junio, por parte de los geólogos: las muestras testigo que habían extraído del fondo marino indicaban que el lecho oceánico había sido mucho menos profundo en el pasado, quizá de no más de veinticuatro o veintisiete metros de profundidad. Esto explicaría la presencia del coral, que cubría la nave con un espesor promedio de nueve metros. Los geólogos afirmaron que, por consiguiente, la nave había estado en nuestro planeta durante trescientos años, como mínimo, y tal vez desde mucho antes: quinientos y hasta cinco mil años.

»Aunque a regañadientes, la Armada llegó a la conclusión de que, en verdad, habíamos encontrado una nave espacial procedente de otra civilización. La decisión del Presidente, dada a conocer ante una asamblea especial del Consejo Nacional de Seguridad, fue que se debía abrir la nave espacial. De modo que, a partir del veintinueve de junio, se convocó a los miembros del equipo FDV. El día primero de julio, el habitáculo submarino DH-7 fue bajado hasta su emplazamiento previsto, cerca del sitio en el que estaba la nave espacial. El DH-7 albergaba nueve buzos de la Armada, quienes trabajaron en un ambiente saturado con gas exótico. Esos buzos procedieron a efectuar tareas preliminares de perforación... Y creo que lo dicho les pone al tanto de las novedades —concluyó Barnes—. ¿Preguntas?

—¿Se ha llegado a conocer la estructura interna de la nave espacial? —inquirió Ted.

—Por el momento, no. La nave parece estar construida de tal manera que las ondas de choque se transmiten alrededor de la coraza exterior, que es tremendamente fuerte y está bien diseñada, lo cual impide que las cargas sísmicas brinden una imagen clara del interior de la nave.

—¿Y si se emplean en este caso técnicas pasivas para ver lo que hay dentro?

—Lo hemos intentado —respondió Barnes—. Análisis gravimétrico, negativo. Termografía, negativa. Trazado de correspondencias de resistividad, negativo. Magnetómetros protónicos de precisión, negativos.

—¿Dispositivos de escucha?

—Desde el día uno tuvimos hidrófonos en el fondo del mar, pero no se registran sonidos procedentes de la nave..., por lo menos hasta ahora.

—¿Y qué sucedería con otros procedimientos de inspección a distancia?

—La mayoría de ellos entrañan el empleo de radiaciones, y no nos atrevemos a irradiar la nave en estos momentos.

Harry dijo:

—Capitán Barnes, observo que la aleta no parece haber experimentado daños, y que el casco da la impresión de ser un cilindro perfecto. ¿Cree usted que este objeto se estrelló en el océano?

—Sí —respondió Barnes, quien daba la impresión de estar inquieto.

—¿Así que este objeto soportó un impacto contra el agua, a elevada velocidad, y no sufrió ni un raspón ni una abolladura?

—Bueno, es de una extraordinaria fortaleza.

Harry asintió con la cabeza.

—Ya lo creo que tiene que serlo...

—¿Qué están haciendo, exactamente, los buzos que ahora se encuentran allí abajo? —preguntó Beth.

—Buscan la «puerta de calle» —sonrió Barnes—. Por el momento tuvimos que volver a los procedimientos arqueológicos clásicos: estamos cavando zanjas exploratorias en el coral, en busca de algún tipo de entrada o escotilla. Confiamos en hallarla dentro de las próximas cuarenta y ocho horas. Una vez que la hayamos descubierto, entraremos. ¿Alguna otra pregunta?

—Sí —dijo Ted—. ¿Cuál fue la reacción de los rusos ante este descubrimiento?

—No se lo hemos dicho a los rusos —respondió Barnes.

—¿No se lo han dicho?

—No, no lo hicimos.

—Pero éste es un acontecimiento increíble, un hecho sin precedentes en la historia de la Humanidad. No sólo en la historia de Norteamérica. No cabe duda de que deberíamos compartirlo con todas las naciones del mundo. Esta es la clase de descubrimiento que podría unir a la totalidad de la especie humana.

—Tendría usted que hablar con el Presidente dijo Barnes—. Desconozco las razones que hay detrás de ella, pero ésa fue la decisión que él tomó. ¿Alguna otra pregunta?

Nadie dijo nada; pero todos los miembros del equipo intercambiaron miradas.

—Entonces, supongo que eso es todo —concluyó Barnes.

Las luces se encendieron y se oyó el ruido de las sillas cuando los asistentes se pusieron de pie y se desperezaron. En ese momento, Harry Adams dijo:

—Capitán Barnes, debo manifestarle que me siento muy ofendido por esta reunión informativa.

Barnes quedó sorprendido.

—¿Qué quiere decir, Harry?

Los demás se detuvieron y miraron a Adams, que permanecía sentado en su silla, con una expresión de irritación:

—¿Fue decisión suya revelarnos la noticia con delicadeza?

—¿Qué noticia?

—La noticia relativa a la puerta.

Barnes rió con nerviosismo.

—Harry, les acabo de decir que los buzos están cavando zanjas exploratorias en busca de la puerta...

—Yo diría que desde hace tres días, es decir, desde que empezaron a traernos en avión, ustedes ya tienen idea de dónde está la puerta. Es más: yo diría que en estos momentos ya lo saben con exactitud. ¿Me equivoco?

Barnes no dijo una palabra; sólo mantuvo en el rostro una sonrisa congelada.

«¡Por Dios! —pensó Norman, mirando a Barnes—, Harry tiene razón.» Se sabía que Harry poseía un cerebro tremendamente lógico, de una capacidad deductiva sorprendente y fría; pero Norman nunca lo había visto en acción.

—Sí —dijo al fin Barnes—, tiene razón.

—¿Conocen la situación de la puerta?

—La conocemos, sí.

Hubo un momento de silencio y entonces Ted exclamó:

—¡Pero esto es fantástico! ¡Es de lo más fantástico! ¿Cuándo descenderemos para entrar en la nave espacial?

—Mañana —dijo Barnes, sin quitar la vista de Harry, el cual, a su vez, lo miraba con fijeza—. Los minisubmarinos los bajarán de dos en dos, mañana por la mañana.

—¡Esto es emocionante! —se entusiasmó Ted—. ¡Fantástico! ¡Increíble!

—Así que —dijo Barnes, todavía observando a Harry— todos ustedes deberían tratar de dormir... si es que pueden.

—«Sueño inocente, sueño que entreteje la desmadejada seda de la cautela» —recitó Ted, el cual no dejaba de moverse en su silla, presa de gran excitación.

—Durante lo que resta del día vendrán oficiales técnicos y de suministros, para medirlos y equiparles a ustedes. Si hubiera otras preguntas —dijo Barnes— pueden verme en mi oficina.

Salió de la habitación y la reunión se disolvió. Cuando los demás salieron en fila, Norman se quedó atrás, con Harry Adams, que no se había movido de su asiento y observaba al técnico, mientras éste enrollaba la pantalla portátil.

—Lo que acabamos de ver fue todo una representación —dijo Norman.

—¿Sí? No veo por qué.

—Dedujiste que Barnes nos estaba ocultando lo de la puerta.

—Y hay mucho más que no nos confiesa —dijo Adams con tono frío—. No nos revela ninguna cosa importante.

—¿Por ejemplo?

—El hecho —manifestó Harry, poniéndose por fin de pie— de que el capitán Barnes sabe muy bien por qué el Presidente decidió mantener esto en secreto.

—¿Lo sabe?

—El Presidente no tenía alternativa, dadas las circunstancias.

—¿Qué circunstancias?

—Él sabe que el objeto que está ahí abajo no es una nave espacial extra-terrestre.

—Entonces, ¿qué es?

—Creo que está bastante claro.

—Para mí, no —confesó Norman.

Adams sonrió por primera vez. Fue una sonrisa leve, despojada de buen humor.

—No lo creerías si te lo dijera —contestó.

Y salió de la sala.


EXÁMENES


Arthur Levine, el biólogo marino, era el único miembro de la expedición a quien Norman Johnson no había conocido antes. «Ésta es una de las cosas para las que no habíamos hecho planes», pensó Norman. Él supuso que cualquier contacto que se produjera con una forma desconocida de vida tendría lugar en tierra; no había tomado en cuenta la posibilidad más obvia: que si una nave espacial descendiera al azar en algún lugar del planeta, lo más probable era que lo hiciese en el agua, ya que cubre el setenta por ciento del globo. Al echar una mirada retrospectiva, resultaba evidente que el equipo FDV necesitaría un biólogo marino.

Norman se preguntó qué más resultaría obvio al echar una mirada retrospectiva.

Encontró a Levine inclinado sobre la barandilla de babor. El biólogo provenía del Instituto Oceanógrafico de Woods Hole, en Massachusetts.

La mano de Levine estaba húmeda cuando Norman se la estrechó. El biólogo parecía hallarse incomodísimo y, al fin, admitió que se encontraba mareado.

—¿Mareado en el océano? ¿Un biólogo marino? —preguntó Norman.

—Yo trabajo en el laboratorio —repuso Levine—. En casa. En tierra firme. Donde las cosas no están moviéndose todo el tiempo. ¿Por qué se sonríe?

—Lo siento —manifestó Norman.

—¿Considera gracioso que un biólogo marino se maree en el mar?

—Me parece incongruente.

—Muchos de nosotros nos mareamos —informó Levine, y contempló el mar con fijeza—. Mire ahí —prosiguió—, miles de kilómetros de superficie lisa. Nada.

—Es el océano.

—Me da escalofríos —dijo Levine.

—¿Qué piensa usted? —preguntó Barnes, ya de nuevo en su oficina.

—¿Sobre qué?

—Sobre el equipo, ¡Cristo!

—Es el mismo equipo que elegí, pero seis años después. Básicamente es un buen grupo, formado por gente muy capaz, desde luego.

—Quiero saber quién se va a desquiciar.

—¿Por qué habrían de hacerlo? —preguntó Norman.

Contempló a Barnes y vio la delgada línea de sudor que el marino tenía sobre el labio superior: el comandante mismo estaba sometido a muchas presiones.

—¿A trescientos metros de profundidad? —planteó Barnes—. ¿Viviendo y trabajando en un pequeño habitáculo? Tenga presente que no voy a entrar con buzos militares, que fueron entrenados y que saben conservar el control de sí mismos. ¡Por Dios, voy a llevar a unos cuantos científicos! Y necesito que todos tengan una historia clínica limpia. Quiero estar seguro de que nadie se volverá loco.

—Tal vez le sorprenda lo que voy a decirle, capitán, pero los psicólogos no pueden predecir eso con mucha exactitud. Me refiero a quién puede sufrir trastornos.

—¿Aun cuando eso se deba al miedo?

—Por el motivo que fuere.

Barnes frunció el entrecejo.

—Creía que el miedo era su especialidad.

—La ansiedad es uno de los aspectos que me interesa investigar y, en función de los perfiles de personalidad, le puedo revelar quién es propenso a padecer una ansiedad aguda, en una situación de gran tensión emocional. Pero no puedo predecir quién, sometido a esa tensión, va a experimentar un colapso mental y quién no lo hará.

—Entonces ¿para qué sirve usted? —dijo Barnes con irritación, y lanzó un suspiro—. Lo lamento. ¿Quiere, al menos, entrevistarlos o someterlos a algunos tests?

—No existen esos tests —contestó Norman—. Al menos ninguno que sirva para algo.

Barnes volvió a suspirar.

—¿Y qué opina de Levine?

—Se marea en el mar.

—No hay movimiento alguno bajo el agua, así que eso no es problema. Pero ¿qué piensa de él como persona?

—Yo me preocuparía —repuso Norman.

—Tomaré debida nota de este comentario. ¿Y cuál es su opinión sobre Harry Adams? ¿Es arrogante?

—Sí; pero es probable que eso resulte conveniente. Estudios realizados demostraron que las personas que revelaban mayor eficacia para enfrentarse con las presiones eran de las que desagradaban a los demás, personas a las que se describía como arrogantes, seguras de sí mismas, irritantes.

—Puede que sea así—admitió Barnes—. Pero ¿qué pasó con el famoso trabajo de investigación de Adams? Hace unos años, él fue uno de los principales partidarios del SETI; y ahora, cuando encontramos algo, de pronto se vuelve muy negativo. ¿Recuerda usted ese trabajo de Adams?

Norman no lo recordaba y estaba a punto de decirlo, cuando entró un alférez.

—Capitán Barnes, aquí está el perfeccionamiento visual que usted quería.

—Bien —dijo Barnes, miró de soslayo una fotografía y la puso sobre el escritorio—. ¿Qué pasa con el clima?

—No hay cambios, señor. Los informes de satélite confirman que tenemos cuarenta y ocho más menos doce sobre nuestro emplazamiento.

—¡Diablos! —exclamó Barnes.

—¿Hay problemas? —preguntó Norman.

—El clima se nos está poniendo malo —dijo Barnes—. Es posible que tengamos que abandonar nuestro apoyo de superficie.

—¿Eso significa que usted cancelará la inmersión?

—No. Bajaremos mañana, como se planeó.

—¿Por qué Harry cree que lo que hay allá abajo no es una nave espacial? —preguntó Norman.

Barnes frunció el entrecejo y empujó unos papeles que tenía sobre la mesa.

—Voy a decirle algo: Harry es un teórico y las teorías son nada más que eso, teorías. Yo trato con hechos concretos, y el hecho es que allá abajo tenemos una maldita cosa muy antigua y muy extraña. Y quiero saber qué es.

—Pero si no es una nave espacial extra-terrestre, ¿qué es?

—Esperemos hasta llegar allá abajo, ¿le parece? —Barnes echó un vistazo a su reloj—. En estos momentos el segundo habitáculo ya debe de haber sido anclado en el lecho marino. Empezaremos a bajarlos a ustedes dentro de quince horas, y hasta entonces, tenemos mucho que hacer.

—No se mueva... así, doctor Johnson. —Norman estaba de pie, desnudo, y sintió que las dos puntas metálicas de un calibrador de compás le pinchaban la parte posterior de los brazos, justo por encima del codo—. Un poco más..., muy bien. Ahora se puede meter en el tanque.

El joven médico naval se hizo a un lado y Norman subió la escalerilla del tanque metálico, que estaba lleno de agua hasta el borde. Cuando Norman se sumergió, el agua se derramó por los costados del recipiente.

—¿Para qué es todo esto? —preguntó Norman.

—Lo siento, doctor Johnson, pero si usted quisiera sumergirse por completo...

—¿Qué...?

—Es nada más que un momento, señor...

Norman tomó aire, hundió la cabeza en el agua y volvió a emerger.

—Ya está bien. Puede salir—dijo el militar, y le tendió una toalla.

—¿Para qué es todo esto? —volvió a preguntar Norman, mientras bajaba por la escalerilla.

—Contenido adiposo total del cuerpo —dijo el militar—. Tenemos que conocerlo, para calcular sus estads sat.

—¿Mis estads sat?

—Sus estadísticas de saturación. —El médico hizo unas marcas en la planilla que tenía consigo—. ¡Dios mío! Usted se sale de la gráfica.

—¿A qué se debe eso?

—¿Hace mucho ejercicio, doctor Johnson?

—Algo.

Ahora Norman se estaba poniendo a la defensiva. Y la toalla era demasiado pequeña para envolverle la cintura. ¿Por qué la Armada usaba toallas tan raquíticas?



—¿Bebe?

—Un poco.

Norman ya estaba claramente a la defensiva: no había duda al respecto.

—¿Puedo preguntarle cuándo fue la última vez que consumió una bebida alcohólica, señor?

—No sé. Hace dos o tres días. —Tenía problemas para retroceder en los recuerdos hasta San Diego; ¡le parecía tan lejano!—. ¿Por qué?

—Está bien, doctor Johnson. ¿Tiene problemas con las articulaciones, las caderas o las rodillas?

—No. ¿Por qué?

—¿Episodios de síncope, desmayos, pérdida fugaz de la visión?

—No...

—¿Podría sentarse allí, señor?



El militar señaló un banquillo que estaba al lado de un dispositivo electrónico adosado a la pared.

—A decir verdad, me gustaría que me dieran algunas respuestas —dijo Norman.

—Tan sólo mire muy fijo el punto verde, con los ojos completamente abiertos...

Norman sintió una breve ráfaga de aire en los ojos y parpadeó de forma instintiva. Con un chasquido, salió del dispositivo una tira impresa de papel. El militar la arrancó y le echó un vistazo.

—Muy bien, doctor Johnson. Si quisiera venir por aquí...

—Le agradecería que me diese alguna información —pidió Norman—. Me gustaría saber qué pasa.

—Entiendo, señor, pero tengo que acabar su examen a tiempo para su siguiente sesión de instrucciones, que tendrá lugar a las mil setecientas horas.

Norman estaba tendido boca arriba, y varios técnicos le clavaron agujas en ambos brazos y otras en la pierna y en la ingle. El imprevisto dolor le hizo gritar.

—Esto es lo peor de todo, señor —explicó el militar, mientras guardaba las jeringuillas en un recipiente con hielo—. Trate de mantener este algodón apretado contra el pinchazo, aquí...

Un broche le apretaba las fosas nasales, y tenía una boquilla de aire entre los dientes.

—Esto es para medir su CO2 dijo el militar—. Tan sólo espire. Así. Haga una profunda inspiración, ahora espire...

Norman espiró y miró el diafragma de goma que, al inflarse, hacía que una aguja subiera por una escala.

—Vuelva a intentarlo, señor. Estoy seguro de que puede hacerlo mejor.

Norman no pensaba lo mismo, pero de todos modos repitió la prueba.

Entró otro militar, que traía en la mano una hoja de papel cubierta de cifras.

—Aquí está su RS —dijo.

El primer militar frunció el entrecejo.

—¿Barnes ha visto esto?

—Sí.

—¿Y qué ha dicho?



—Que estaba bien, que se continuara.

—Excelente. Él es el patrón. —Se volvió hacia Norman—. Intentemos con una sola inspiración grande, doctor Johnson, si le parece bien...

Las agujas metálicas de los calibradores de compás le tocaron el mentón y la frente, y una cinta le rodeó la cabeza. Ahora los calibradores tomaban medidas desde la oreja hasta el mentón.

—¿Para qué es esto? —preguntó Norman.

—Para proveerlo de un casco de inmersión, señor.

—¿No bastaría con ponérmelo para probarlo?

—Éste es el método que seguimos aquí, señor.

La cena consistió en macarrones con queso, que estaban quemados por abajo. Norman los apartó a un lado después de comer un poco.

El militar apareció en la puerta.

—Hora de la reunión informativa de las mil setecientas horas, señor.

—No voy a ir a ninguna parte —declaró Norman— hasta que me den algunas respuestas. ¿Qué demonios es todo esto que me están haciendo?

—Examen rutinario de satprof, señor. Las disposiciones de la Armada exigen que se haga antes de que un hombre descienda al fondo del mar.

—¿Y por qué estoy fuera de la gráfica?

—¿Cómo dice, señor?

—Usted comentó que yo estaba fuera de la gráfica.

—Ah, eso. Usted es un poco más pesado que lo que indican las tablas de la Armada, señor.

—¿Hay algún problema con mi peso?

—No creo que lo haya, señor.

—Y los otros exámenes, ¿qué mostraron?

—Señor, tiene usted muy buena salud, considerando su edad y su estilo de vida.

—¿Y qué hay respecto a la inmersión? —preguntó Norman, esperando, en parte, no estar en condiciones de hacerla.

—¿Respecto a ir allá abajo? Hablé con el capitán Barnes. No habrá problema alguno, señor. Ahora, si me hiciera el favor de venir por aquí a la sesión de instrucciones, señor...

Los demás miembros estaban sentados con indolencia; todos tenían una tacita para café, hecha de espuma de estireno. Norman se sintió contento de ver a los otros integrantes del equipo. Se dejó caer en una silla, al lado de Harry.

—¡Jesús! ¿Te hicieron el maldito examen médico?

—Sí —respondió el matemático—. Me lo hicieron ayer.

—Me pincharon la pierna con una aguja larga —explicó Norman.

—¿De veras? A mí no me hicieron eso.

—¿Y qué te pareció respirar con ese broche en la nariz?

—Tampoco me hicieron eso —dijo Harry—. Parece que recibiste una especie de tratamiento especial.

Norman estaba pensando lo mismo, y no le agradaron las conclusiones a las que llegó. Se sintió cansado de repente.

—Muy bien, tenemos muchas cosas que tratar y tan sólo tres horas para hacerlo —dijo un hombre enérgico que apagó las luces al tiempo que entraba en la sala. Norman ni siquiera había podido verlo bien, y ahora era una voz en la oscuridad—. Como saben, la ley de Dalton rige las presiones parciales de mezcla de gases o, tal como se representa aquí, en forma algebraica...

Apareció el primero de los gráficos:


PPa = Ptot X % VOLa.
—Ahora pasemos revista a cómo se podría hacer el cálculo de la presión parcial, en valor absoluto expresado en atmósferas, que es el procedimiento que empleamos con más frecuencia...

Las palabras carecían de sentido para Norman. Trató de prestar atención, pero a medida que los gráficos seguían apareciendo y la voz zumbaba en forma monótona, sus párpados se volvían cada vez más pesados y terminó por quedarse dormido.

—... se les llevará abajo en el submarino y, una vez que estén en el módulo-hábitat, se les someterá a una presión de treinta y tres atmósferas. En ese momento haremos que cambien a una mezcla de gases, ya que, más allá de las dieciocho atmósferas, no es posible respirar la atmósfera de la Tierra...

Norman dejó de escuchar, pues lo único que lograban estos detalles técnicos era aterrorizarlo. Volvió a quedarse dormido; pero se despertaba de tanto en tanto.

—... pues el carácter tóxico del oxígeno sólo se hace presente cuando el PO2 va más allá de cero coma siete ATA durante períodos prolongados...

»La narcosis causada por el nitrógeno, en la que éste se comporta como anestésico, se produce en atmósferas compuestas por mezclas de gases, si, en el tenor de DSD, el valor de las presiones superiores llega más allá de uno coma cinco ATA...

»... en general, es preferible el circuito abierto de demanda, pero ustedes usarán un circuito semicerrado, con fluctuaciones de inspiración comprendidas entre seiscientos ocho y setecientos sesenta milímetros...

Norman volvió a dormirse.

Cuando terminó la sesión regresaron andando a sus camarotes.

—¿Me perdí algo? —preguntó Norman.

—En verdad, no. —Harry se encogió de hombros—. Tan sólo un montón de física.

Norman llegó a su diminuto cuarto gris y se metió en la litera. En la pared brillaba un reloj que marcaba: 23:00. Norman tardó un rato en entender que eso quería decir «11 p.m.» [12] «Dentro de nueve horas —pensó— comenzaré a descender.» Después, se durmió.






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