Esfera Michael Crichton



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FDV


Se produjo un silencio. Norman oía el zumbido sordo del acondicionador de aire, y, al fondo, de forma más débil, las comunicaciones de radio que tenían lugar en la habitación contigua. Miró la taza de café que tenía en la mano y notó que el borde estaba mellado. Luchaba por asimilar lo que Barnes le estaba diciendo, pero su mente se movía con morosidad, en círculos...

«Trescientos años atrás», pensó. Una nave espacial de trescientos años de antigüedad. Pero si el programa espacial no tenía trescientos años... Apenas si llegaba a los treinta. Entonces, ¿cómo una nave espacial podía tener trescientos años? Era imposible; Barnes tenía que estar equivocado... Pero ¿cómo podría Barnes caer en semejante equivocación? La Armada no enviaría todas esas naves, toda esa gente, a menos que se hallase segura de lo que había allí abajo... una nave espacial de hacía trescientos años.

¿Cómo era posible? No podía ser cierto. Tenía que haber algo más. Norman volvió sobre eso una y otra vez, y no llegó a ninguna parte. Tenía la mente aturdida y conmocionada.

—... absolutamente ninguna duda al respecto —estaba diciendo Barnes—. Podemos estimar la edad, con gran precisión, tomando como referencia el crecimiento del coral. El del Pacífico crece a razón de dos centímetros y medio por año, y el objeto, lo que quiera que sea, está cubierto por una capa de coral de unos cinco metros; eso es mucho coral. Por supuesto, esos pólipos no crecen a una profundidad de trescientos metros, lo que significa que, en algún momento del pasado, la actual meseta submarina se hundió hasta una profundidad mayor. Los geólogos nos dicen que eso ocurrió hace casi un siglo, por lo que podemos suponer que la nave espacial tiene alrededor de trescientos años. No obstante, podríamos estar equivocados, ya que, en verdad, podría ser mucho más antiguo... Podría tener mil años.

Barnes volvió a ordenar los papeles que tenía sobre su escritorio; formó pilas y les emparejó el borde.

—No tengo problema en decirle con toda franqueza, doctor Johnson, que este asunto me aterra, y que ése es el motivo por el que usted se halla aquí.

Norman movió la cabeza.

—Sigo sin entender.

—Lo hemos traído —explicó Barnes— debido a su relación con el proyecto FDV.

—¿El proyecto FDV? —se sorprendió Norman.

Estuvo a punto de agregar: «Pero si el FDV era una broma.» Aunque al ver lo serio que se mostraba Barnes, se alegró de haberse contenido a tiempo.

Sin embargo, el FDV era una broma. Todo en él había sido una broma, desde el mismísimo comienzo.

En 1979, en los días en que declinaba el gobierno de Cárter, Norman Johnson era profesor adjunto de psicología en la Universidad de California en San Diego. Sus investigaciones se dirigían de modo especial a la dinámica de grupo y a las angustias y, en ocasiones, había prestado servicio en los equipos de la FAA en escenarios de desastres aéreos. En aquellos tiempos, los principales problemas de Norman habían sido los de hallar una casa para Ellen y los niños, continuar con sus publicaciones y preguntarse si la UCSD le concedería el nombramiento de profesor titular. Las investigaciones de Norman eran consideradas brillantes, pero la psicología tenía la mala fama de ser proclive a seguir las modas intelectuales, y el interés por el estudio de la angustia estaba decayendo, ya que muchos investigadores habían llegado a considerarla como un trastorno mental de naturaleza puramente bioquímica, al que sólo se podía tratar con terapia farmacológica. Un científico llegó a afirmar: «La angustia ya no es un problema para la psicología. Nada queda por estudiar.» De manera análoga, la dinámica de grupo se tenia por anticuada, una técnica que había conocido su momento de esplendor en las reuniones de creatividad, y en los brainstorming realizados en las empresas a comienzos de la década de los setenta, pero que ahora estaba atrasada, y marchita.

Norman no podía comprenderlo. Él tenía la impresión de que la sociedad norteamericana era, cada vez más, una sociedad en la que la gente trabajaba en grupos, no sola; que el furioso individualismo había sido reemplazado por las interminables reuniones de directivos empresarios y las decisiones tomadas en equipo. A Norman le parecía que, en esta nueva sociedad, la conducta de grupo era más importante, no menos. Y no creía que la angustia, considerada como problema clínico, se pudiera resolver con pildoras. Él creía que una sociedad en la que el medicamento que más se recetaba era el Valium, debía definirse como una sociedad con problemas sin resolver.

Hasta que no llegó la preocupación por las técnicas directivas japonesas, en los años ochenta, el campo de investigación de Norman no logró un nuevo punto de apoyo en la atención académica. Hacia la misma época, se reconoció que la dependencia que producía el Valium era motivo de grave preocupación, y se volvió a considerar todo el tópico de la terapia farmacológica para combatir la angustia. Mientras tanto, Johnson pasó varios años sintiéndose como si sus actividades carecieran de importancia. (Durante casi tres años no se le había aprobado una sola subvención para sus investigaciones.) De modo que, tanto el nombramiento para la cátedra, como hallar una casa, eran problemas muy reales.

Durante la peor etapa de esta época, a fines de 1979, un solemne abogado joven, que provenía del Consejo Nacional de Seguridad de Washington, fue a ver a Norman. El visitante se sentó con una pierna cruzada sobre la otra y daba nerviosos tironcitos a uno de sus calcetines. Le dijo a Norman que había ido para solicitar su ayuda como psicólogo.

Norman contestó que, si podía hacerlo, le ayudaría.

Sin dejar de tirar del calcetín, el abogado manifestó que deseaba hablarle sobre «una grave cuestión de seguridad nacional, a la que hoy se enfrenta nuestro país».

Cuando Norman le preguntó cuál era ese problema, el abogado le respondió:

—Sencillamente, que este país carece, por completo, de preparación para el caso de que se produzca una invasión de seres extra-terrestres. No la tenemos en ningún terreno.

El hecho de que el abogado fuera joven y que, mientras hablaba, mirara su calcetín con fijeza, hizo que Norman pensara, al principio, que el hombre estaba turbado porque lo habían enviado a cumplir una misión descabellada; pero cuando el abogado levantó la mirada, Norman comprendió, para asombro suyo, que hablaba completamente en serio.

—Esta vez nos podría coger con la guardia baja —dijo el abogado—. Me refiero a una invasión extra-terrestre.

Norman tuvo que morderse los labios.

—Es probable que sea cierto —admitió.

—Los del gobierno están preocupados.

—¿Sí?


—Existe la sensación, en los niveles más altos, de que se deberían trazar planes para una contingencia de ese tipo.

—Usted quiere decir planes para el caso de que se produzca una invasión de seres extra-terrestres...

Norman se las arregló para no reír.

—Quizá «invasión» sea un término demasiado fuerte. Suavicémoslo y hablemos de «contacto». Contacto con seres extra-terrestres.

—Entiendo.

—Usted ya interviene en los equipos que prestan ayuda en los accidentes de aviación civil, doctor Johnson. Sabe cómo funcionan esos grupos de emergencia. Necesitamos de usted para la composición óptima de un equipo destinado a ocuparse de accidentes de aviación que se enfrente con una invasión extra-terrestre.

—Entiendo —dijo Norman mientras se preguntaba cómo podría salir con tacto de esa situación.

Se veía muy claro que la idea era absurda, y Norman sólo podía interpretarla como un desplazamiento: el gobierno, enfrentado a tremendos problemas que no podía resolver, había decidido pensar en alguna otra cosa.

Entonces el abogado tosió, propuso un estudio y nombró una cuantiosa cifra, equivalente a una subvención de dos años para investigaciones.

Norman vio la oportunidad de comprarse la casa, y aceptó.

—Me complace que se halle usted de acuerdo en que el problema es real.

—Ah, sí —dijo Norman.

Se preguntó qué edad tendría aquel chico, y calculó que alrededor de veinticinco años.

—Tan sólo tendremos que conseguirle su pase de seguridad.

—¿Necesito un pase de seguridad?

—Doctor Johnson —dijo el abogado, cerrando de golpe su maletín—, este proyecto es ultrasecreto.

—No tengo inconveniente —dijo Norman.

Hablaba en serio. Aunque podía imaginar la reacción de sus colegas si alguna vez se enteraban de esto.

Lo que había empezado como una broma, pronto se volvió, lisa y llanamente, una extravagancia: durante el año siguiente, Norman voló cinco veces a Washington, para celebrar reuniones con funcionarios de alto nivel, del Consejo Nacional de Seguridad, por el tema del peligro inminente, incluso apremiante, de una invasión extra-terrestre.

El trabajo que hacía se mantenía en el mayor secreto. A una de las primeras preguntas, respecto a si el proyecto se debería transferir a la DARPA [5] (entidad perteneciente al Pentágono), los funcionarios decidieron que no. Hubo preguntas acerca de si se debía pasar a la NASA y, una vez más, se decidió no hacerlo. Uno de los representantes del gobierno había dicho:

—Ésta no es una cuestión científica, doctor Johnson. Es una cuestión de seguridad nacional. Y no queremos airearla.

A Norman le sorprendía siempre el nivel de los funcionarios con los que se le decía que se reuniera. En cierta ocasión, uno de los subsecretarios de Estado más antiguos empujó a un lado los documentos que tenía sobre el escritorio (estaban relacionados con la crisis más reciente en Oriente Medio) y le preguntó:

—¿Qué piensa en relación a la posibilidad de que los extra-terrestres nos puedan leer la mente?

—No sé —respondió Norman.

—Bueno, el problema que me planteo es éste: ¿cómo vamos a poder formular una posición oficial de negociación, si nos pueden leer el pensamiento?

—Podría ser uno de los problemas —coincidió Norman echando un furtivo vistazo a su reloj.

—Demonios, ya es bastante grave que los rusos intercepten nuestros cablegramas en clave; sabemos que los japoneses y los israelíes han descifrado todos nuestros códigos, y rezamos para que los rusos no puedan hacerlo todavía. Pero usted entiende lo que quiero decir, dónde radica el gran problema... Me refiero a la lectura de la mente.

—Ah, sí, claro.

—Su informe tendrá que tener eso en cuenta.

Norman prometió que así sería.

Un miembro del personal de la Casa Blanca le dijo:

—Usted comprenderá que el Presidente deseará hablar en persona con esos extra-terrestres: él es así.

—Ya —dijo Norman.

—Y lo que quiero decir es que el valor publicitario que hay aquí, en la aparición ante el público, es incalculable: el Presidente se encuentra con los extra-terrestres en Camp David. ¡Qué importante para los medios de comunicación!

—Importantísimo —volvió a coincidir Norman.

—Por tanto, los extra-terrestres necesitarán que un hombre, que vaya como avanzada, les informe de quién es el Presidente y cuál es el protocolo para hablar con él, pues no se puede permitir que el Presidente de Estados Unidos hable por televisión con gente de otra galaxia, o de donde fuere, sin preparación previa. ¿Cree usted que los extra-terrestres hablen inglés?

—Es dudoso —respondió Norman.

—Así que es posible que alguien necesite aprender el idioma de ellos. ¿No es así?

—Resulta difícil de decir.

—Quizá los extra-terrestres se sientan más cómodos si se encuentran con un hombre de avanzada que pertenezca a una de nuestras minorías étnicas —dijo el hombre de la Casa Blanca—. De todos modos, es una posibilidad. Piénselo.

Norman prometió que lo pensaría.

El enlace con el Pentágono, un general de División, llevó a Norman a almorzar y, durante el café, le preguntó, como de pasada:

—¿Qué clase de armamento cree usted que pueden tener estos seres?

—No estoy seguro—contestó Norman.

—Bueno, pues ése es el quid de la cuestión, ¿no? ¿Y qué piensa respecto a los puntos vulnerables que puedan tener? Quiero decir si estima que los extra-terrestres son siquiera seres humanos.

—Es cierto. Podrían no serlo.

—A lo mejor son como insectos gigantes. Y nuestros insectos pueden soportar mucha radiación atómica.

—Sí —convino Norman.

—Podríamos ser incapaces de tocar esos seres —planteó el hombre del Pentágono con tono lúgubre; después, se le iluminó el rostro—. Pero dudo de que puedan resistir el impacto directo de un dispositivo nuclear de gran número de megatones. ¿No lo cree usted?

—No —contestó Norman—. No creo que puedan.

—Eso los desintegraría.

—Por supuesto.

—Las leyes de la física...

—Exacto.


—El informe que usted elabore tiene que dejar bien en claro este punto: la vulnerabilidad de los extra-terrestres a un ataque nuclear.

—Sí—dijo Norman.

—No queremos que cunda el pánico —advirtió el hombre del Pentágono—. Sería un disparate hacer que todo el mundo se inquietase. ¿No es cierto? Sé que el JCS se va a tranquilizar cuando se les diga que estos seres son vulnerables a nuestras armas termonucleares.

—Tendré eso presente —prometió Norman.

Después de un tiempo, las reuniones terminaron y lo dejaron tranquilo para escribir su informe. Mientras pasaba revista a las conjeturas que se habían publicado respecto a la vida extra-terrestre, consideró que el general de División del Pentágono no estaba tan equivocado, después de todo: la verdadera cuestión relativa al contacto con seres de otros planetas (si es que había alguna verdadera cuestión) era la referente al pánico. El pánico psicológico. La única experiencia humana importante con seres extra-terrestres había sido la emisión radiofónica hecha por Orson Welles, en 1938, de La guerra de los mundos... y la respuesta humana fue inequívoca: la gente se había aterrorizado.

Norman presentó su informe, titulado Contacto con posibles formas de vida extra-terrestre. El NSC [6] se lo devolvió, con la sugerencia de que modificara el título para que «sonase más técnico», y de que eliminara «cualquier sugerencia de que el contacto con seres de otros planetas sólo era una posibilidad, ya que, en algunos sectores del gobierno, ese contacto se tenía por cierto».

Una vez corregido, el trabajo de Norman fue clasificado como «Ultrasecreto», bajo el título: Recomendaciones para las distintas actuaciones del equipo humano de contacto con formas desconocidas de vida (FDV). Norman consideraba que ese Equipo de Contacto con las FDV exigía personas muy equilibradas. En su informe, el psicólogo había afirmado que...

Barnes abrió una carpeta y dijo:

—No sé si reconocerá esta cita: «Los equipos de contacto que se encuentren con una Forma Desconocida de Vida (FDV) tienen que estar preparados para recibir un serio impacto psicológico. Es casi seguro que se produzcan reacciones de ansiedad extrema. Hay que establecer cuáles son los rasgos de personalidad de quienes son capaces de soportar una angustia extrema, y esos individuos deben ser relacionados para componer con ellos el equipo.

»No hubo suficiente evaluación de la angustia que se podría generar al ocurrir la confrontación con formas desconocidas de vida. Se desconocen los miedos que puede desencadenar el contacto con una nueva forma de vida, y no se pueden predecir por completo. Pero la consecuencia más probable de ese contacto es el terror absoluto.» —Barnes cerró la carpeta con un movimiento brusco—. ¿Recuerda quién dijo eso?

—Sí —repuso Norman—. Lo recuerdo.

También recordaba por qué lo había dicho.

Como parte de las tareas para el NSC, Norman había dirigido estudios sobre dinámica de grupo referentes a la ansiedad psicológica. Siguiendo los procedimientos de Asch y Milgram, preparó varios ambientes para diversos ensayos; ninguno de los integrantes de los grupos sabía que estaba siendo sometido a una prueba. En uno de los casos, a un grupo de sujetos se le dijo que tomara un ascensor para ir a otro piso, donde participarían de una experiencia. El ascensor quedó detenido entre dos pisos; entonces, mediante un cámara oculta de televisión, se observó a quienes se hallaban dentro.

Hubo muchas variaciones de este tipo de prueba: en ocasiones, al ascensor se le ponía un cartel que decía: «En reparación.» Unas veces, existía comunicación telefónica con un supuesto mecánico; en otras, no. Hubo casos en que se cayó el techo y las luces se apagaron; en otros, el suelo del ascensor estaba hecho de una resina acrílica transparente.

Un experimento consistía en que se hacía subir a los sujetos a un camión, y un «líder experimentado» los llevaba al desierto. Una vez allí, el líder se quedaba sin combustible y, después, sufría un «ataque cardíaco» y dejaba a todos desamparados.

En la versión más grave, a los sujetos se los hacía viajar en un avión privado y, en pleno vuelo, era el piloto quien sufría un «ataque cardíaco».

A pesar de las quejas tradicionales que se producían a causa de tales pruebas (que eran sádicas, que eran artificiales y que, de alguna manera, los sujetos percibían que las situaciones no eran reales), Johnson adquirió considerable información sobre el estrés que en esos grupos causaba la ansiedad.

Descubrió que las reacciones de miedo eran mínimas cuando se trataba de un grupo pequeño (cinco sujetos, o menos); cuando los miembros se conocían bien entre sí; cuando los integrantes del grupo se podían ver los unos a los otros y no estaban aislados; cuando compartían metas comunes definidas y límites fijos de tiempo; cuando en los grupos había gente de diferentes edades y de ambos sexos; y cuando los integrantes presentaban una personalidad con elevado grado de resistencia fóbica, medida a través de los tests de LAS [7] correspondientes a la ansiedad, lo que, a su vez, se relacionaba con la condición atlética.

Con los resultados de estos estudios se elaboraron densas tablas estadísticas, si bien, en esencia, Norman sabía que se había limitado a verificar lo que dictaba el sentido común: si uno quedara atrapado en un ascensor, sería preferible compartir ese problema con unas cuantas personas atléticas y relajadas, a las que uno conociera, y también que las luces se mantuvieran encendidas, y saber que alguien estaba trabajando para librarnos de esa situación. A pesar de ello, se daba cuenta de que los resultados que había obtenido contradecían lo que indicaba la intuición, como ocurría con la composición del grupo. Los integrados sólo por hombres o sólo por mujeres reaccionaban peor al estrés que los grupos mixtos; los conjuntos de personas que tenían más o menos la misma edad se desenvolvían mucho peor que los de gente de diferentes edades. Y quienes actuaban todavía peor eran los grupos preexistentes, los constituidos para el cumplimiento de otro propósito. En un momento dado, Norman había hecho participar a un equipo de baloncesto que luchaba por el campeonato, y ese grupo perdió su control emocional casi apenas comenzada la prueba.

Aunque sus investigaciones eran interesantes, Norman continuaba intranquilo respecto al objetivo subyacente a su trabajo (la invasión extra-terrestre), al que, desde su punto de vista personal, consideraba una conjetura que lindaba con lo absurdo. Norman se sentía turbado por tener que presentar su trabajo; sobre todo después de haberlo reescrito a fin de que pareciese más importante de lo que él sabía que era.

Se sintió aliviado cuando el gobierno de Carter se mostró en desacuerdo con el informe. No fue aprobada ninguna de las recomendaciones que había hecho el doctor Johnson. En el gobierno no estaban de acuerdo con él respecto a que el miedo representara un problema: opinaban que las emociones humanas predominantes serían el asombro y el respeto reverencial. Más aún: en las áreas gubernamentales se prefería que el contacto lo hiciera un equipo numeroso integrado por treinta personas entre las que debía haber tres teólogos, un abogado, un médico, un representante del Departamento de Estado y otro del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, un grupo selecto del poder legislativo, un ingeniero aero-espacial, un exobiólogo, un físico nuclear, un antropólogo cultural y un periodista popular de la televisión, para que coordinara todas las informaciones.

Fuese como fuese, el presidente Cárter no salió reelegido en 1980, y Norman no volvió a oír hablar de su propuesta FDV. No oyó absolutamente nada durante seis años.

Hasta ese momento.

Barnes dijo:

—¿Se acuerda del equipo FDV que propuso?

—Por supuesto.

Norman había propuesto un equipo integrado por cinco miembros: un astrofísico, un zoólogo, un matemático, un lingüista y un psicólogo. La tarea de este último consistía en controlar la conducta y las actitudes de los integrantes del equipo de trabajo.

—Déme su opinión sobre esto —pidió Barnes, y le tendió una hoja de papel.


EQUIPO PARA INVESTIGACIÓN DE ANOMALÍAS

---personal de la USN [8] / miembros de apoyo

1. Harold C. Barnes, capitán USN, comandante del proyecto.

2. Jane Edmunds, O.S. USN 1C, técnica en procesamiento de datos.

3. Tina Chan, O.S. USN 1C, técnica en electrónica.

4. Alice Fletcher, O.S. USN, jefe de apoyo habitáculo Satprof.

5. Rose C. Levy, 2C USN, apoyo habitáculo Satprof.

---miembros civiles del equipo

1. Theodore Fielding, astrofísico y geólogo planetario.

2. Elizabeth Halpern, zoóloga y bioquímica.

3. Harold J. Adams, matemático y especialista en Lógica.

4. Arthur Levine, biólogo marino y bioquímico.

5. Norman Johnson, psicólogo.
Norman leyó la lista:

—Con excepción de Levine, éste es el equipo FDV civil que propuse originariamente. Hasta los entrevisté y los sometí a pruebas, en aquel entonces.

—Exacto.

—Pero usted mismo dijo que no era probable que hubiese supervivientes. Ni que existiese vida dentro de esa nave espacial.

—Sí —reconoció Barnes—. Pero ¿qué pasaría si estuviese equivocado? —El militar echó un vistazo a su reloj—. A las mil cien horas daré instrucciones a los miembros del equipo. Quiero que venga y me diga qué opina de ellos. Después de todo, obedecimos las recomendaciones que usted hizo en su informe sobre FDV.

«Ustedes obedecieron mis recomendaciones —pensó Norman, con una sensación angustiosa—. ¡Dios mío, si yo sólo lo hacía para pagar una casa!»

—Sabía que usted no desaprovecharía la oportunidad de ver sus ideas puestas en práctica —dijo Barnes—. Esa es la razón de que lo haya incluido como psicólogo del grupo, aunque un hombre más joven sería más apropiado.

—Aprecio eso —manifestó Norman.

—Estaba seguro de que lo haría—dijo Barnes, sonriendo con alegría, y le tendió una mano musculosa—. Bienvenido al equipo FDV, doctor Johnson.




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