Esfera Michael Crichton



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BARNES


La claraboya roja se hizo más grande y se deslizó por debajo al posarse el helicóptero. Norman estaba manipulando con torpeza la hebilla de su cinturón de seguridad, cuando un oficial uniformado de la Armada corrió hacia ellos y abrió la portezuela:

—¿El doctor Johnson? ¿Norman Johnson?

—Así es.

—¿Trae equipaje, señor?

—Sólo esto.

Norman buscó detrás de él y sacó su bolso. El oficial lo cogió.

—¿Instrumentos científicos o cosas así?

—No. Eso es todo.

—Por aquí, señor. Mantenga la cabeza baja, sígame y no pase por la parte posterior del helicóptero, señor.

Norman bajó de la cabina, agachándose por debajo de las palas. Siguió al oficial y ambos salieron de la plataforma de aterrizaje y bajaron una estrecha escalera. El pasamanos metálico estaba caliente al tacto. Detrás de Norman, el helicóptero despegó y el piloto le hizo un ademán de despedida. Una vez que el aparato se hubo alejado, notó que el aire del Pacífico estaba inmóvil y era brutalmente cálido.

—¿Ha tenido un buen viaje, señor?

—Excelente.

—¿Necesita ir, señor?

—Acabo de llegar —repuso Norman.

—Quiero decir: ¿necesita usar el excusado?

—No —dijo Norman.

—Bien. No use los baños porque están todos tapados.

—Muy bien.

—Las cañerías se hallan estropeadas desde anoche. Estamos trabajando en el problema y esperamos resolverlo pronto. —Escrutó a Norman—. En estos momentos tenemos muchas mujeres a bordo, señor.

—Entiendo.

—Hay un inodoro químico, si lo necesita, señor.

—De momento no, gracias.

—En ese caso, el capitán Barnes quiere verlo de inmediato, señor.

—Me gustaría llamar a mi familia.

—Le puede mencionar eso al capitán Barnes, señor.

Con la cabeza agachada, pasaron por una puerta, alejándose del calor del sol, y entraron en un corredor iluminado con lámparas fluorescentes. Allí se estaba mucho más fresco.

—Últimamente el acondicionador de aire no falla —informó el oficial—. Eso es algo, por lo menos.

—¿Falla a menudo?

—Nada más que cuando hace calor.

Cruzaron otra puerta y penetraron en un gran taller: paredes metálicas, bastidores para herramientas, sopletes de acetileno que despedían chispas cuando los operarios se inclinaban sobre pontones metálicos y piezas de intrincadas maquinarias, y cables que se extendían por el suelo como serpientes.

—Aquí hacemos las reparaciones de los VOR —explicó el oficial, gritando por encima del estrépito—. La mayor parte del trabajo pesado se realiza en las barcazas transbordadoras. En este sitio tan sólo hacemos algo de lo electrónico. Vamos por aquí, señor.

Atravesaron otra puerta, recorrieron otro pasillo y desembocaron en una amplia sala, de techo bajo, atestada de monitores de televisión. En la semioscuridad poblada de sombras, una media docena de técnicos se hallaban sentados frente a la pantalla en color. Norman se detuvo para mirar.

—Aquí es donde hacemos el seguimiento de los VOR —dijo el oficial—. En un momento dado, llegamos a tener tres o cuatro robots en el fondo. Amén de los MSB [2] y los BC [3], naturalmente.

Norman oía la crepitación y el siseo de las comunicaciones de radio, débiles fragmentos de palabras que no podía distinguir. En una de las pantallas vio a un buzo que caminaba por el fondo del mar; se hallaba iluminado por una fuerte luz artificial y llevaba un tipo de vestimenta que Norman nunca había visto: un traje de gruesa tela azul y un casco de color amarillo brillante y de forma extraña.

Norman señaló la pantalla:

—¿A qué profundidad está ese buzo?

—No sé. Trescientos, cuatrocientos metros, algo así.

—¿Y qué encontraron?

—Hasta ahora nada más que la gran aleta de titanio. —El oficial echó un rápido vistazo en derredor—. Ahora no se capta en ningún monitor. Bill, ¿puede mostrarle la aleta al doctor Johnson?

—Lo siento, señor —dijo el técnico—. La PrinOpComs actual está trabajando al norte de aquí, en el cuadrante siete.

—Ah. El cuadrante siete está a casi ochocientos metros de la aleta —dijo el oficial a Norman—. ¡Qué lástima! Es algo impresionante. Pero la verá más tarde, estoy seguro. Por aquí llegaremos a donde está el capitán Barnes.

Caminaron un rato por el corredor; entonces, el oficial preguntó:

—¿Conoce usted al capitán, señor?

—No. ¿Por qué?

—Tan sólo deseaba saberlo. Él estaba muy ansioso por conocerle a usted; cada hora llamaba a los técnicos en comunicaciones para que le informaran de cuándo llegaba usted.

—No —respondió Norman—. Nunca lo he visto.

—Es un hombre muy agradable.

—No me cabe duda.

El oficial echó un rápido vistazo por encima del hombro y comentó:

—No sé si sabe que corre un dicho acerca del capitán.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—Dicen que perro que ladra, no muerde.

Cruzaron otra puerta, en la que se leía «Comandante del Proyecto». Debajo de esa inscripción había una placa corrediza que rezaba «Cap. Harold C. Barnes, USN». El oficial se hizo a un lado y Norman entró en un camarote dividido por tabiques. Detrás de una pila de legajos se puso de pie un hombre fornido, en mangas de camisa.

El capitán Barnes era uno de esos militares que, por su buen estado físico, hacían que Norman se sintiera gordo y desmañado. Hal Barnes frisaba los cuarenta y cinco años. Tenía erguido porte militar, expresión alerta, cabello corto y vientre plano, y el apretón de manos fue tan firme como el de un político.

—Bienvenido a bordo del Hawes, doctor Johnson. ¿Cómo está usted?

—Cansado —contestó Norman.

—No lo dudo. ¿Vino desde San Diego?

—Sí.


—De modo que han sido unas quince horas. ¿Quiere descansar un rato?

—Me gustaría saber qué está pasando —planteó Norman.

—Es muy comprensible. —Barnes asintió con la cabeza—. ¿Qué le dijeron?

—¿Quiénes?

—Los hombres que lo recogieron en San Diego, los pilotos que lo trajeron aquí, los hombres de Guam. Quienquiera que sea.

—No me dijeron nada.

—¿Y se vio con algún reportero, con alguien de la Prensa?

—No, en absoluto.

Barnes sonrió:

—Bien. Me complace oír eso. —Con un movimiento de la mano, le indicó un asiento a Norman; el cual se sentó complacido—. ¿Le apetece tomar un café? —preguntó Barnes.

Cuando se dirigía a una cafetera eléctrica que tenía detrás de su escritorio, se apagaron las luces. La habitación quedó a oscuras, excepto por la claridad que llegaba desde una portilla lateral.

—¡Maldición! —exclamó Barnes—. ¡Otra vez, no! ¡Emerson! ¡Emerson!

Un alférez entró por una puerta que había al costado del camarote.

—¡Sí, señor! Estamos trabajando en eso, mi capitán.

—¿Qué ha sido esta vez?

—Fusibles quemados en Enfermería dos de VOR, señor.

—Creí que habíamos agregado líneas adicionales a Enfermería dos.

—Parece que sí. Pero, de todas maneras, se sobrecargaron, señor.

—¡Quiero eso reparado ahora, Emerson!

—Esperamos resolverlo pronto, señor.

La puerta se cerró; Barnes volvió a sentarse en su silla. Norman oyó su voz en la oscuridad:

—No es culpa de ellos, en realidad —dijo el capitán—. Estas naves no están construidas para la clase de carga eléctrica que les aplicamos ahora y... ¡ah, vamos!

Las luces se volvieron a encender. Barnes sonrió: —¿Dijo usted que quería café, doctor Johnson?

—Sin azúcar, por favor —pidió Norman.

Barnes le sirvió una taza.

—De todos modos, me alivia saber que no habló con nadie. En mi profesión, doctor Johnson, la seguridad es la preocupación principal..., en especial en algo como esto. Si se corre la voz respecto a este sitio, tendremos toda clase de problemas. Y ahora hay tanta gente que interviene... Demonios, CompacCinc ni siquiera quiso darme destructores, hasta que empecé a hablar sobre el reconocimiento por parte de los submarinos soviéticos: acto seguido conseguí cuatro destructores y después, ocho.

—¿Reconocimiento por parte de submarinos soviéticos? —preguntó Norman.

—Eso es lo que les dije en Honolulú. —Barnes le dirigió una amplia sonrisa—. Es parte del juego para lograr lo que se necesita en una operación como ésta. En la Armada moderna hay que saber cómo tiene que hacerse la solicitud de equipo. Pero los soviéticos no van a aparecer, por supuesto.

—¿No lo harán?

Norman percibía que se le escapaban los supuestos que estaban detrás de la conversación, y estaba tratando de recuperar el terreno perdido.

—Es muy poco probable. Claro que saben que nos hallamos aquí; nos descubrieron con sus satélites hace por lo menos dos días, pero estamos emitiendo un flujo continuo de mensajes descifrables, relativos a nuestros ejercicios de Búsqueda y Rescate en el Pacífico Sur. Los ejercicios de B y R tienen poca prioridad para los soviéticos, aun cuando suponen, sin duda alguna, que un avión se estrelló y que es verdad que estamos tratando de recuperar ojivas termonucleares, como hicimos frente al litoral de España en 1968. Pero nos dejarán solos... porque, en el aspecto político, no se quieren implicar en nuestros asuntos termonucleares, pues saben que, hoy en día, tenemos problemas con Nueva Zelanda.

—¿Es ése el tema de esta cuestión? —preguntó Norman—. ¿Ojivas termonucleares?

—No —dijo Barnes—, gracias a Dios. Si fuese algo termonuclear no faltaría, en la Casa Blanca, quien sintiera que es su deber hacerlo público. Pero este incidente lo mantuvimos alejado del personal de la Casa Blanca. La verdad es que, en este asunto, pasamos por alto hasta al JCS [4]. Todas las informaciones preliminares van directamente del secretario de Defensa al Presidente en persona. —Barnes dio unos golpecitos en el escritorio con los nudillos—. Hasta ahora, todo va bien. Usted es el último en llegar, y ahora que está aquí vamos a encerrarnos a cal y canto: nadie ni nada entrará, nadie ni nada saldrá.

Norman seguía sin entender lo que pasaba.

—Si no hay ojivas nucleares relacionadas con el accidente —preguntó—, entonces, ¿cuál es el motivo del secreto?

—Bueno —respondió Barnes—, ocurre que todavía no contamos con todos los datos.

—¿El accidente tuvo lugar en el océano?

—Sí. Debajo de donde nos hallamos sentados ahora.

—De modo que no puede haber supervivientes.

—¿Supervivientes? —Barnes pareció sorprendido—. No, no lo creo.

—Entonces ¿para qué me han llamado?

Barnes se mostró turbado.

—Bueno —explicó Norman—, por lo común me hacen ir al lugar donde hubo un accidente cuando hay alguien que ha logrado salvarse. Ése es el motivo de que hayan incluido un psicólogo en el equipo: para atender los agudos problemas traumáticos de los pasajeros que sobreviven o bien los de sus familiares: angustias, miedos, pesadillas reiterativas. Con frecuencia, la gente que sobrevive a un accidente aéreo experimenta toda clase de culpas y remordimientos, concernientes a por qué sobrevivieron ellos y no los otros. Por ejemplo, una mujer estaba sentada junto a su marido y sus hijos y, súbitamente, todos mueren y ella es la única que queda viva. Esa clase de problemas. —Norman volvió a sentarse en la silla—. Pero, en este caso, el de un avión que se estrella debajo de unos trescientos metros de agua, no puede presentarse ninguno de esos problemas. ¿Por qué estoy aquí?

Barnes lo miraba con fijeza: parecía sentirse incómodo. Desparramó los legajos sobre el escritorio.

—En realidad, éste no es el sitio en el que se estrelló un avión, doctor Johnson.

—¿Qué es, entonces?

—Es el sitio donde se estrelló una nave espacial.

Se produjo un breve silencio. Norman asintió con la cabeza:

—Entiendo.

—¿No le sorprende? —preguntó Barnes.

—No —contestó Norman—. A decir verdad, explica muchas cosas: si una nave espacial militar se estrelló en el océano, entiendo por qué no oí nada de ello en la radio, por qué se mantuvo en secreto, por qué me trajeron aquí del modo en que lo hicieron... ¿Cuándo se estrelló?

Barnes vaciló una fracción de segundo antes de responder:

—Según la estimación que hemos podido hacer —dijo—, esta nave espacial se estrelló hace trescientos años.




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