Escuela y control de la sexualidad en el área rural en el Perú



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El control de la sexualidad en el área rural en el Perú. A propósito de la salud, la educación y el cuerpo de las mujeres


Maria Emma Mannarelli
En el 2004 tuve dos oportunidades de acercarme a la vida de las mujeres en las zonas rurales en el Perú contemporáneo. Una de ellas estuvo relacionada con un proyecto que intentaba reducir la deserción de niñas en las escuelas rurales de Quispicanchi, Cuzco1. El proyecto suponía la condición de múltiples procesos ligados al ejercicio de derechos y a la práctica de la igualdad. La otra ocasión fue pensar y fundar una línea de estudios en una institución feminista que había trabajado intensamente el tema de los derechos reproductivos con mujeres en las zonas rurales de extrema pobreza en el Perú2. La posibilidad de publicar algunas observaciones sobre ambas experiencias me anima a escribir estas líneas.
Debo decir que este escrito es una primera elaboración de esas experiencias, y por lo tanto sufre de ese inconveniente. Si bien como historiadora me he dedicado básicamente a temas urbanos coloniales y republicanos, la situación de lo rural en el Perú no me ha sido ajena. Las ciudades en el Perú estuvieron impregnadas de servidumbre, y los vínculos que han establecido sus habitantes han reproducido el vínculo servil del paternalismo agrario. Además, por distintas circunstancias profesionales, como coordinar una maestría en género, sexualidad y políticas públicas en la Universidad de San Marcos, y trabajar en años pasados en una organización feminista las condiciones de vida de las mujeres en el campo peruano no ha sido un tema del todo extraño para mí. Por estos motivos tenía preguntas específicas en torno a la cultura sexual y emocional de las zonas rurales. Mientras trabajé en el Centro de la Mujer Flora Tristán se construyó una agenda feminista que en algún momento tuvo como eje los derechos sexuales y reproductivos, y se hicieron esfuerzos importantes por plantear esa perspectiva en el marco del trabajo con promotoras en las áreas rurales3.
La reflexión sobre sociedades rurales, mujeres y sexualidad no se ha desarrollado con la misma intensidad que otros temas afines, y un punto dramáticamente pendiente en las agendas del movimiento de mujeres en el Perú, es el de los derechos sexuales y reproductivos en el campo. Si bien la antropología y otras ciencias sociales han analizado temas como la unidad doméstica, la familia y los sistemas de parentesco, la cultura sexual rural no ha sido tratada como tal en nuestra academia4. Por otro lado, si bien los enfoques de género han ampliado las interpretaciones sobre las identidades sexuales, la sexualidad ha sido un tema que no se ha tratado de manera principal5. Este se encuentra con dificultades interpretables para abordarlo.
Por otro lado, los estudios llamados de género han estado atravesados por tensiones de variado tipo. En un extremo se han ubicado algunos organismos bilaterales de cooperación cuyas presiones políticas han banalizado el concepto en cuestión, desanimando posturas críticas; de lo que han resultado observaciones superficiales. En el otro polo, El Vaticano, a través de sus representantes, la jerarquía católica local, ha satanizado el término, asociándolo con la crisis de instituciones como la familia –pretendiendo que existe una sola- y deslegitimando reivindicaciones ciudadanas que reclaman el reconocimiento de la diversidad sexual, y en general de los movimientos que protestan contra la exclusión inspirada en preferencias sexuales. El género se ha convertido en tabú y canaliza temores y ansiedades traducidas en intolerancia y amenazas. Posiciones como éstas encuentran un espacio propicio en sociedades donde las posibilidades de debatir y reflexionar sobre los derechos sexuales no son parte de la cultura pública.
Es también clave entender el significado del desplazamiento de lo sexual por lo reproductivo como una tendencia de muchas ONG de mujeres, y trascender aquella dicotomía. Aquí el reto es proponer investigaciones cuyas perspectivas vinculen el control de la sexualidad, las formas de autoridad y la organización del Estado; tal desafío requiere un punto de vista inclusivo y una noción de proceso.
Aprovecho también para plantear las ideas de algunos autores que me han ayudado últimamente a preguntar, y a probar respuestas acerca del ejercicio de la sexualidad y la organización de la sociedad. Se trata primero de Norbert Elias6, que es uno de los autores más sugerentes para pensar el supuesto binomio individuo y sociedad. Al trazar la ruta civilizatoria –occidental y europea por cierto- su obra ofrece una posibilidad de insertar el cuerpo, sus expresiones y sus impulsos en este acontecer. Al hacer esto, señala rutas para entender cómo la naturaleza de los vínculos define la experiencia y permite pensar la cultura emocional. Me llamaba siempre la atención la supuesta naturalidad corporal y la ausencia de pudor y de cierto tipo de represiones en las sociedades agrarias europeas que este autor identifica. Todavía está pendiente una lectura feminista de su obra, es decir, cómo se experimentó la diferencia sexual en estas sociedades. Puesto de forma complementaria: cómo las desigualdades de recursos de poder entre hombres y mujeres hicieron que la represión del cuerpo fuera diferente –¿de grado y de clase?- entre ellos.
Me parecía también ésta una ocasión para seguir profundizando las distintas dimensiones de lo público y lo privado, y cómo en el campo –sin que sea privativo de éste- las relaciones de parentesco y la unidad doméstica exceden las paredes de la casa, e inundan otros ámbitos. A esto venía la idea de cómo el poder doméstico está encarnado en las instancias que ostentan una inspiración y una función pública. Una tendencia como esta ofrece pistas para seguir pensando en cómo funciona el patriarcado, esta vez como el “gobierno de los padres”7.
Las investigaciones sobre la sexualidad, como decía, se han concentrado en sociedades urbanas. Tal constatación tiene varias explicaciones en las cuáles no se detiene este texto. Solo quisiera decir que la complejidad de las interdependencias de las sociedades urbanas donde los vínculos de parentesco tienden a excluirse de los espacios públicos como de las instancias de poder político, ha aumentado y que esto exige una presión particular sobre las personas. Esta mayor y más variada presión sobre la conducta de las personas ha generado conflictos psíquicos particulares. Entonces, disciplinas como la psiquiatría, la sexología y la psicología intentan interpretar y auxiliar a los individuos en aquellos avatares8. El Psicoanálisis, como instrumento analítico y filosofía de la cultura, también se ha concentrado en los individuos y su experiencia urbana. Las ciencias sociales tienen sus propias contribuciones, pero igual el contraste sigue siendo fuerte. Sin embargo, vale la pena señalar que la vida sexual de la población campesina muchas veces ha sido pretexto para opiniones de carácter más bien proyectivo, inconscientes, de los estudios en cuestión.
Como atinadamente señaló John Boswell, “lo rural” es a veces una abreviatura de un fenómeno más complejo9, lo que anima a pensar lo rural en combinación con lo jerárquico. Podría considerase que el impulso sexual en las sociedades jerárquicas tiene una regulación particular que la distingue de sociedades que ostentan otras formas de clasificación y de vínculos entre las personas. La regulación de la sexualidades en sociedades jerárquicas está inspirada en la desigualdad, que implica que la autoridad y la presión, como parte del control, queda fuera de los individuos; la transformación psíquica es menor. La represión se instala fuera, y sus mecanismos de censura provienen del estatus social, del prestigio que ostenta el que reprime o aquella instancia que presiona. Por último, las sociedades rurales tradicionales tienen una densidad de interdependencias menor.
En las sociedades tradicionales las unidades políticas no trascienden del todo ni expresamente los lazos de parentesco. La organización social rural le confiere a la unidad doméstica y a los vínculos de parentesco un conjunto de regulaciones, una capacidad de control y de emisión de reglas. Es preciso tomar en cuenta estas consideraciones para pensar tanto en las actitudes hacia la sexualidad como en las relaciones de poder y criterios de autoridad en el mundo familiar rural.
En las sociedades marcadas por la tradición “antiguo régimen” y por sus vínculos vasalláticos, el ejercicio del poder está de tal forma indiferenciado que las instancias públicas reguladoras del ejercicio sexual no se identifican como tales en su intervención doméstica. La altamente permeable frontera entre el parentesco, y las instancias públicas o proto-estatales, marca los patrones de regulación del impulso, que son básicamente domésticos. Además, en el campo peruano la presencia pública es débil, y cuando existe está subsumida en el mundo concreto y simbólico del parentesco; es indiferenciada. La sofisticación burocrática, la organización estatal pública exige la distancia de la sangre.
En estas sociedades el Estado no tiene autoridad ni medios necesarios para regular aspectos de la vida personal de las personas. No existe una autoridad central pública; el poder está atomizado. En contraste con la debilidad del Estado, las funciones de la familia en el campo orquestan el ejercicio de justicia como personal y gregario. La unidad doméstica es el espacio del aprendizaje, provee pautas para la división del trabajo, organiza el empleo del tiempo, orienta las pautas matrimoniales; ofrece seguridad y protección personal. Cabe entonces preguntarse cómo se piensa la calidad de la relación entre marido y mujer, y cómo ésta se encuentra influida por los vínculos de sangre. Se trata de comunidades organizadas mediante relaciones sexuales predeterminadas, característica que debería ser considerada para entender tanto las sanciones como las desviaciones en materia sexual de la norma.
Por otro lado, es claro que no se trata de una ausencia de autoridad; hay una, pero no es la pública. Los que ocupan la escena pública se portan como patriarcas (lo que también se aprecia en sociedades urbanas). Es importante pensar en lo que tal tendencia expresa, y en sus repercusiones en la regulación de un orden más igualitario.
La ausencia de separación entre la unidad doméstica y las formas de poder político estatal puede explicar la discrecionalidad en el ejercicio del poder, y la presunta negligencia de la autoridad. Se trata, en términos de Durkheim, de sociedades mecánicas; en términos de Castoriadis, sociedades heterónomas; de allí que la búsqueda femenina de autonomía sea aparentemente tan poco viable y conflictiva. Esta frontera poco definida tiene efectos en la forma en que la gente se trata; de estas configuraciones derivan autoridades personales inspiradas en lealtades que obedecen a racionalidades de la sangre. Es como si se reprodujera un orden natural, donde la creación de nuevas instituciones que ofrezcan nuevos sentidos no tiene mayor lugar.
Entonces, las actitudes hacia el impulso sexual, así como hacia la violencia sexual y la doméstica a las que van unidas, convendrían ser pensadas considerando, por ejemplo, “la confianza que se deposita en las familias para que administren el castigo a las personas” pertenezcan a éstas o no (Boswell, 55). Esta confianza se apoya y se subordina a la lealtad familiar. Muchos de los asuntos relevantes para el grupo, la comunidad, derivan de los vínculos familiares. De éstos emana la ética, las costumbres y las leyes; lo que a su vez hace juego con la gravitación del código de honor. La preeminencia de tales códigos funciona como un obstáculo a la autonomía de las mujeres.
La sexualidad pues, es algo más que un tema; para empezar es un impulso cuyas modalidades de contención expresan la producción de la cultura. En su regulación invierten todas las sociedades y se crean instituciones con ese fin. La calidad de los vínculos entre las personas expresa también las maneras en que la sexualidad está elaborada en una sociedad. La sexualidad y, de alguna manera, lo que implica el género, no es analogable a otros componentes de las identidades, tales como lo étnico o la clase. La cuestión del impulso y de su control resulta un gran diferenciador.
Podría ser enriquecedor discutir la asociación de la sexualidad con la naturalidad, -como tiende a hacerse en algunos proyectos que trabajan la cuestión de género en el campo- considerando que es el instinto que las sociedades humanas han normado primero, como imperativo cultural. Esto no quiere decir que no existan sociedades donde la sexualidad se ejerce con más naturalidad que en otras. Habría que preguntarse si conviene asociar la dificultad para hablar de sexualidad unívocamente a ideas falsas y/o a la falta de información. Quizás también intervenga un pudor propio de la represión del impulso, asociado con cuestiones de poder. Por eso, la naturaleza de las relaciones entre hombres y mujeres es de gran relevancia para entender las regulaciones de la sexualidad en relación con el acceso al poder, al reconocimiento y al prestigio.
Para terminar con estas reflexiones introductorias quiero plantear preguntas generales que me parecen pertinentes para una reflexión sobre el ejercicio de la sexualidad en el Perú. Me parece necesario pensar en qué medida la experiencia de la sexualidad resulta en una modificación sustancial del aparato psíquico, que a su vez revierte en un proceso de individualización; es decir, en una más aguda diferenciación del mundo interno de la realidad social, en donde el yo se convierte en un importante mediador. Así, aparece otro camino de exploración: cómo la organización jerárquica de la sociedad, en la medida en que bloquea el proceso de autocoacción e internalización de la norma, inhibe también la domesticación de la sexualidad. Entonces, ¿cuáles son las presencias sociales y de qué tipo son los vínculos que llevan a la contención del impulso?
El discurso público sobre la sexualidad

La forma de experimentar la sexualidad es una compleja confluencia de factores a desentrañar para entender la cantidad de elementos que intervienen y cómo lo hacen. Supone una determinada definición de las fronteras del mundo privado y público. Esto quiere decir que para entender el significado de la experiencia del sujeto propiamente dicha, debe prestarse atención a las configuraciones del mundo doméstico y a sus relaciones e intercambios con las instancias que están más allá de las fronteras de ese universo. En el Perú se aprecia un proceso histórico específico en el que los límites de estas dos esferas y sus interrelaciones merecen una reflexión particular.


Aprovecho para señalar algunos criterios que tendrían que tomarse en cuenta para reflexionar sobre el ejercicio de la sexualidad en las comunidades rurales, y particularmente altoandinas quechuas: la particularidad de sus espacios privados, los patrones de cortejo y de iniciación sexual; la escasez de instituciones estatales; la tensión entre la dinámica comunal y la gravitación de la servidumbre; la combinación de las jerarquías con la complementariedad en términos de la relación entre hombres y mujeres.
La producción del material sobre sexualidad, su difusión y su uso entre promotora/es de salud y de educación, maestra/os y padres y madres de familia que caracteriza los proyectos que motivan estas reflexiones se inscribe en una tendencia contemporánea e inédita en el Perú; sobre todo si se tiene en cuenta que la discusión sobre la sexualidad ha estado ausente en el ámbito público en nuestro país. El Estado y los grupos dirigentes se han resistido a elaborar un discurso laico sobre la conducta sexual, lo que ha tenido repercusiones negativas en la elaboración de una cultura cívica y en la creación de actitudes ciudadanas acordes a la responsabilidad individual. En nuestro país la moral sexual y su control ha sido delegada a las instituciones eclesiásticas, que han asociado al sexo a la impureza, y a la reproducción. Así, en el discurso dominante se excluyó el sexo y las relaciones sexuales como una fuente de enriquecimiento personal, de satisfacción individual, de comunicación entre las personas y como una búsqueda legítima de gratificación.
Esto ha impactado negativamente en la emergencia de una moral laica que oriente la conducta sexual, y al mismo tiempo ha sido un serio obstáculo para la producción de una cultura cívica inspirada al margen del tutelaje, la cultura de la hacienda y la moral de la servidumbre10. La presencia clerical, lo mismo que la servidumbre, resulta un freno para la intimidad y para la disolución de los vínculos jerárquicos en el universo familiar11. Entonces, pertenecemos a una tradición marcada por la ausencia de espacios donde compartir ideas y reflexiones sobre la experiencia íntima.
Cabe agregar que las prescripciones sobre el comportamiento sexual recayeron de manera muy desequilibrada sobre las mujeres. Esto generó una baja autorregulación de la sexualidad masculina, que ha afectado la vida de los colectivos en general y la de las mujeres y niñas en particular. Entonces, los proyectos educativos, al propiciar espacios públicos en los que se reflexione sobre la sexualidad, están contribuyendo notablemente a la creación de una cultura cívica donde las opiniones personales son respetadas.
Educación y mujeres

Vale la pena tener en cuenta lo que ha significado en la historia de Occidente, por lo menos, la asistencia de niñas y mujeres a la escuela. Intento una síntesis que ojalá no desmerezca las dimensiones de este proceso, pero sí que nos sitúe ante las proporciones del caso.


La escolaridad femenina ha implicado una transformación profunda de los ámbitos tanto públicos como privados, así como de la frontera existente entre ambos. Ha ocurrido un cambio, aunque paulatino no poco radical, de las estructuras de las relaciones humanas; se expresó en nuevos hábitos –formalmente vinculados a la higiene- , en una estructura psíquica más diferenciada y en giros fundamentales en lo que se refiere a la regulación de la sexualidad, de la agresividad y de las funciones corporales. En este proceso también intervinieron intensamente los padres, y sus demandas a las autoridades públicas, lo que fue modificando su manera de sentir y concebir a sus propios hijos e hijas12.
Tales modificaciones que redefinen los contornos de lo privado y de lo público, llevan consigo un nuevo intercambio de poderes entre ambas esferas. La familia se vuelca más hacia los hijos, hacia el hijo hombre primero, y el rol maternal se asocia más inequívocamente a lo femenino. Hay una inversión emocional paternal distinta en la descendencia, lo que implica volver a repartir el poder dentro de la casa, la que se va cerrando y resignificando. El vínculo privado entre padres e hijos se intensifica y se le da un nuevo contenido emocional, tornándose esta relación en el eje del mundo familiar.
Este es un proceso complejo que exige renuncias a estilos tradicionales de estar con los demás y la creación de nuevas fuentes de gratificación, de reconocimiento y de autoridad; y es complejo también porque estos cambios están muy vinculados a una nueva dimensión de lo público, que es precisamente dónde se va ubicando la escuela, que a su vez es el lugar al que los padres encargarán el aprendizaje infantil, actividad realizada anteriormente dentro de los confines domésticos, ya sea en el campo, en el taller de otras unidades domésticas, o en algún otro espacio familiar donde se realizaran actividades productivas.
En este proceso los cambios en el comportamiento afectivo y sexual – patrones de reproducción, tasas de fertilidad, la autorregulación de la sexualidad masculina, entre muchos otros,- juegan un papel central. El desarrollo de los sistemas educativos entraña una erosión de los sistemas tradicionales de obtención de prestigio, y por lo tanto puede modificar la presión sobre la conducta sexual masculina y femenina aunque normalmente en direcciones diferenciadas.
Parece importante recordar que en algunas sociedades el trabajo doméstico de las mujeres jóvenes en hogares distintos a los de origen, pudo revertirse y no se convirtió en un rasgo organizador de la vida de éstas gracias al desarrollo de la escuela, que también trajo cambios sustanciales en los patrones matrimoniales. La tendencia a la servidumbre se atenuaba a medida que se abrían otras posibilidades vitales, o laborales en el caso de mujeres que se enrolaban al trabajo industrial o a otros sectores de la economía. Además, en esta figuración debe considerarse la presencia del protestantismo y su mayor eficacia en el control del impulso sexual. Entre otras cosas esto puede deberse a que la presión de esa iglesia no contrastó tanto a hombres y mujeres, a diferencia de la católica, que virtualmente renunció a embridar el ejercicio sexual masculino.
En países donde la escuela ha devenido una institución diferenciada, la expansión de los espacios públicos, -entendidos como lugares donde la interacción de las personas que lo habitan está regida por criterios más o menos igualitarios, y diferenciados de la domesticidad- ha sido concomitante a la difusión de la palabra escrita. A través de ésta la ley pública ha entrado a la casa a través del padre ciudadano, y de la alfabetización de las mujeres. Pienso que esta idea es un punto de partida interesante para profundizar la reflexión sobre la escuela y cómo ésta se conecta con las relaciones de género, con la atenuación de las jerarquías, con la palabra escrita y el control de la violencia sobre los más carentes de recursos físicos y simbólicos.

Tendencias generales y transformaciones en las áreas rurales andinas

Los cambios en los patrones de relación entre hombres y mujeres en las áreas rurales en el Perú apuntan en varias direcciones, y varían en modalidades e intensidades según las dinámicas locales. Como afirma Jeanine Anderson (2001) las transformaciones que experimentan las áreas rurales tienen que ver con la intensidad de las migraciones, la difusión de medios masivos de comunicación, de mercados y carreteras; y la cobertura casi universal de la educación básica. Estas tendencias, entre otras cosas producen una redefinición de los vínculos personales y familiares, y aparecen más claramente las diferencias generacionales.


El material producido por Manuela Ramos, especialmente a raíz de su proyecto Reprosalud13, sugiere un cambio en los patrones de crianza, en las relaciones entre adultos y jóvenes; una mayor inversión o demanda emocional que se expresa en el deseo de los padres que la situación cambie en la vida de sus hijas, y que no se repitan sus miserias. Se aprecia un proceso de transformación intenso: se desarrollan nuevas identidades, se amplían las redes sociales y se adquieren nuevos grupos de referencia. En síntesis, se observa una mayor complejidad de las interdependencias; es decir, la estructura de los vínculos parece volverse más densa.
Estas nuevas distancias y proximidades necesitan ser elaboradas y es difícil cuando las instancias extradomésticas son difusas y /o las autoridades siguen portándose como jefes familiares. Los poderes locales se expresan en un tono doméstico en el tratamiento tanto de la cosa pública, como en la manera de encarar el conflicto intrafamiliar. Sin embargo, es importante señalar que estas características no son privativas del mundo rural.
Como señala Patricia Oliart para el caso de Quispicanchi, se trata de comunidades muy expuestas, que experimentan cambios de una intensidad inédita, pasando por situaciones de desintegración y reconstrucción, que al mismo tiempo generan “confusiones y nuevas claves para entender el mundo”14. Así, la estructura familiar –y su capacidad para reproducirse social y productivamente- está afectada por diversos factores que plantean interrogantes precisas acerca del sentido de la asistencia de las niñas a la escuela. La migración masculina, en combinación con otros factores, cambia las expectativas hacia la conyugalidad, y la educación de las mujeres también va adquiriendo otros significados. Aparecen expectativas diferentes con respecto a las jóvenes de parte de sus familias como de sí mismas. Esto se relaciona con una ruptura de los patrones de división por sexo y por edad.
Sin embargo, cuando se observan las rutas dibujadas por las mujeres para resolver un asunto de salud, así como otros procesos descritos en el proyecto Reprosalud, llama la atención la permanente referencia a familiares y/o a amigas o vecinas secundariamente. Aparece de nuevo el problema de la ausencia de anonimato, del gregarismo, de la falta de privacidad; a esto se agrega la fuerza del poder doméstico.

En todo caso, vale la pena recordar que en sucesivos encuentros con las mujeres una queja permanente fue el exceso de trabajo que deben asumir las mujeres, en contraste con los hombres. A esto se agrega la sobrecarga de trabajo sufrida por las mujeres, el monolingüismo y analfabetismo femenino, la marginación y segregación política, la violencia doméstica, los sucesivos y no siempre deseados embarazos; además del acecho de la mortalidad materna.


En términos de la responsabilidad pública de la escuela y de la asistencia de las niñas en particular, es clave considerar que en estas comunidades está teniendo lugar un conflicto intenso entre la sobrevivencia de patrones conservadores de conducta sexual, y exploraciones más individuales de la sexualidad - amor y sexo, sexo recreativo, curiosidad. La familia tradicional parece que está recurriendo a todo lo que tiene a la mano para encarar el problema, lo que no parece ser mucho. Esta situación que afecta fuertemente a las comunidades según lo observado por Patricia Oliart. Se aprecian entonces transformaciones profundas en las vidas de las mujeres, -pierde peso el matrimonio convenido y significado sus rituales-, que al mismo tiempo no encuentran solución de continuidad dada la escasez de referencias públicas que hace que la familia tradicional vuelva a ser punto de referencia y de protección, pero sin la legitimidad que pudo haber tenido antes.
La escuela se puede convertir en otro ámbito para el cortejo. Allí no funciona la mirada de los padres, el control doméstico se debilita con la escuela; la comunidad y los poderes familiares dejan de proteger la sexualidad femenina. Aquí la escolaridad tiene un desafío particular frente a las mujeres: crear y fortalecer liderazgos y responsabilidades extradomésticas en las niñas15. La otra cara de la moneda es el reto de dotar a hombres y mujeres de recursos sociales y personales para reorientar el ejercicio de la sexualidad.
Padres y madres recurren a las instancias públicas para enfrentarse al conflicto. El uso de ese recurso, más allá de las limitaciones que éstas tengan, revela las expectativas de la población ante este tipo de instituciones; y entre éstas figura la escuela, como presunta instancia extradoméstica. Esto explica las expectativas educativas de padres y madres entrevistados en las visitas a las escuelas de Quispicanchi, así como el afán de maestros y maestras por encontrar en los talleres de capacitación recursos formativos para lidiar con estas nuevas exigencias. Esta experiencia habla tanto de las funciones de la autoridad pública en la orientación de la vida cotidiana, como de lo que implican éstas en términos de transformaciones personales.
Las modificaciones de la conducta sexual tanto de hombres como de mujeres han sido un ingrediente clave en la incorporación de las mujeres en la escuela en general. Por otro lado, dicha incorporación también ha incidido en la tasa de fecundidad de las colectividades que han experimentado este proceso.

Entonces la escuela está jugando un rol crucial aquí, en la medida en que la experiencia sexual de las mujeres está buscando cauces diferentes a los tradicionales. Esto merece atención especial ante la precariedad de otros espacios de sociabilidad – pese a una progresiva diferenciación de los espacios comunales que expresan el desarrollo y la existencia de otra clase de vínculos- que orienten la autorregulación del impulso de hombres y mujeres.


Niñas y escuela

La calidad de la educación y el acceso igualitario de las mujeres a la escuela es un punto crítico en el Perú rural, donde una de cada cuatro niñas entre los doce y los diecisiete años la abandona. Las niñas que continúan sus estudios acumulan años de atraso escolar y ya en tercero de primaria cuatro de cada cinco niñas tienen una edad superior a la adecuada. La extra edad se combina con la menarquia que las convierte en "mujeres" en tercero o cuarto de primaria, configurando de esta forma una situación propicia para el abandono de la escuela16. Indicadores tales como matrícula, permanencia, deserción y extraedad, afectan particularmente a la población escolar femenina. Este problema aparece más difícil de solucionar si no se identifican algunas de las circunstancias en las que se inscribe. Entre las más importantes me interesa señalar la división sexual del trabajo doméstico, la subordinación femenina en ese ámbito y la exclusión de las mujeres en el mundo público17.


La información disponible sobre educación, formación formal, calidad de la docencia, acceso a bibliotecas y a la palabra escrita en general en el Perú nos revela un escenario terriblemente crítico. Pese a que las brechas educativas entre hombres y mujeres parecen acortarse, las que separan campo y ciudad siguen presentando un carácter dramático. Por momentos ocurre que todo está reñido con la asistencia y permanencia de las niñas a la escuela: desde el Estado y su débil presencia y autoridad para hacer que los maestros asistan a la escuela con puntualidad.
Para ser más contundente aún: el marcado analfabetismo femenino y la crónica debilidad de la asistencia de las niñas a la escuela particularmente en el campo y en este caso en las escuela de Quispicanchi, inhibe de manera seria las posibilidades democráticas en nuestro país, además de ser una atentado contra los derechos básicos de las personas. De allí que los propósitos de ciertos proyectos sean, además de urgentes, un desafío de grandes proporciones, y que es indispensable asumirlo teniendo en cuenta la perspectiva de las niñas sobre todo.
En comunidades como Quispicanchi las desigualdades son mayores, al igual que en aquellas donde el latifundio sometió a hombres y mujeres a la condición servil. La cultura de la hacienda exigió la ausencia de escuela, así como de cualquier otra instancia pública que pudiera ejercer una presión sobre el señor y su clientela18. El afianzamiento de los poderes domésticos y la inspiración jerárquica, lamentablemente no fueron privativos de la cultura de la hacienda. Estas características, además de marcar la vida campesina familiarizada con ella y rozando la servidumbre cuando no sujeta a ésta, también impregnaron terrenos que iban más allá de sus confines: la administración estatal por ejemplo. Todo esto ha tendido a fortalecer una tradición gregaria cuya existencia ayuda a entender el aislamiento y la sobrevivencia de actitudes patriarcales, es decir, de poderes domésticos –incluso aparentemente insignificantes- ejercidos en su mayoría por hombres como padres, sin mayor fiscalización ni presión de instancias cívicas.
Familia, escuela y sexualidad

Varios de los problemas vinculados a las restricciones del ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos se ligan con la configuración de lo doméstico. Por otro lado, la prédica fundamentalista laica así como la de la Iglesia católica enarbolan a la familia como una de las piedras angulares de su mandato cultural y político. Sin embargo, da la impresión que los proyectos relacionados a la población femenina en las áreas rurales le han prestado poca atención al universo familiar, a la conyugalidad, a la domesticidad. Políticamente es muy importante para las mujeres detenerse en este tema.


Reflexionar sobre lo público y lo privado en las áreas rurales pasa por revisar las nociones de familia, de unidad doméstica, de linaje. En la medida en que los proyectos en general interactúan con mujeres y comunidades donde los vínculos de parentesco son omnipresentes y cuya gravitación raramente se ve equilibrada por efectivas instancias públicas diferenciadas, sería útil discutir un concepto de familia más amplio, que incluyera las variadas dimensiones de la domesticidad.
Para tomar en cuenta estas consideraciones es importante dejar de lado una visión estática y esencialista de “la” familia. Como lo demuestran las investigaciones realizadas, se trata de familias que están en cambio permanente. Las autoridades domésticas han perdido peso en relación al control familiar de la sexualidad femenina. Pero se trata de una transición trunca, lo que explica las nuevas formas de violencia o quizás su intensificación.
En procesos históricos similares, el sistema educativo y lo que éste implica para el proyecto vital de las mujeres, se constituye en instancia que propicia la postergación del inicio sexual, en cuanto ofrece motivos para no embarazarse, ya que aparecen otras metas de realización vital, y otras fuentes de gratificación personal que pueden ayudar a posponer el encuentro sexual.
No está demás comentar que la naturaleza de los vínculos familiares, y su evolución, no puede entenderse sin las referencias provenientes de otras instituciones del entorno. Así, los vínculos de los progenitores con otras instancias locales en relación al control de la sexualidad, es la historia de un permanente intercambio.
En las comunidades en cuestión, la familia de la joven ha perdido sus recursos para ejercer presión sobre la pareja de ésta. El embarazo de la chica sin la responsabilidad del novio atenta contra ella y la inferioriza. Por otro lado, el reconocimiento del padre es un paliativo de dudosa eficacia, ya no da seguridad en el sentido estricto. De allí la importancia de dotar a las mujeres de un recurso social apreciado, que en este caso puede ser la educación. Mientras tanto, los progenitores deben seguir compartiendo el control de la descendencia femenina con otras instancias comunales, que dadas las circunstancias no abundan. La búsqueda de nuevas formas del control de la sexualidad crea entre los adultos, además de un rechazo –tal como estaría ocurriendo en Quispicanchi- frente a las nuevas posibilidades, una angustia particular. Esta situación se agrava mientras no se divisan formas alternativas y eficaces de regulación. Las familias están sometidas a una presión mayor y el conflicto entre progenitores y descendencia puede crecer y elevar la violencia doméstica.
En otras experiencias históricas el ingreso masivo y permanente de las niñas a la escuela ha supuesto una profunda transformación en la estructura familiar y en las relaciones de poder en el ámbito doméstico. Ha generado estilos y patrones distintos y propios de ejercicio de autoridad. En el caso de las escuelas de rurales, y de Quispicanchi en particular, significa que la carga laboral doméstica tendrá que ser asumida por alguien, por algún miembro de la familia dada la estrechez económica de las comunidades locales.
Si las relaciones de poder son desfavorables para las mujeres, será difícil para ellas negociar con los cónyuges, y es probable que tengan que sobrellevar el peso laboral de la unidad doméstica. En condiciones de inequidad de género, la asistencia de las niñas a la escuela de manera sostenida agrega más responsabilidades a la ya recargada rutina casera. Si los hombres adultos no se comprometen con ella, la servidumbre doméstica femenina tenderá a aumentar. Agréguese a esto la presión sobre las mujeres para asistir a la Escuela de Padres, y su exclusión formal –aunque quizá no informal de acuerdo a la opinión de los y las promotore/as- de las instancias de toma de decisiones. De aquí la importancia de la Escuela de Padres; las AMAPAFAS (asociaciones de madres y padres de familia), como espacios donde pueda desplegarse la voz de las mujeres, y en donde el dominio masculino sea interpelado.
A propósito de jerarquías, la tensión en la relación entre maestros y padres es otro elemento detectado en la dinámica del proyecto educativo en mención, y es más o menos evidente que en buena medida está relacionada con la jerarquía y con las relaciones de poder. La escuela puede minar el poder paterno, y eventualmente empoderar a las mujeres. Habría que preguntarse a cambio de qué renuncian los hombres a sus fuentes de autoridad doméstica tradicionales y a las relaciones que las sustentan.
En consecuencia, el empoderamiento de las mujeres es una condición para negociar una distribución más equitativa de la carga laboral doméstica. Si esto no ocurre, la asistencia de las niñas a la escuela no se puede garantizar. La permanencia de las niñas en la escuela tiene que ver de muy cerca con la situación de sus madres en concreto, y es claro cómo las jerarquías domésticas afectan la asistencia de las niñas a la escuela.
La ampliación del sistema educativo que incluye a las niñas y la presencia de espacios extradomésticos que incide en el derecho a la salud en el caso de las mujeres, tiene repercusiones en la naturaleza de los vínculos entre las personas, y está expresando un proceso consustancial que es la redistribución de los poderes y los cambios en los patrones de ejercicio del poder. Este hecho remite a lo que podría ser el desmoronamiento de una jerarquía donde maestro/as tenían el poder incuestionado en el aula y en la escuela en general. Pareciera que la igualdad de género, en este caso en el aula, conlleva no solo formas diferentes de relacionarse y tratarse, sino que ello implica un cuestionamiento profundo de la autoridad tradicional, vertical y paternalista, como la del señor de la hacienda. Al promover vínculos igualitarios entre niños y niñas, lo que significa empoderar a las niñas, se domestica la agresividad y el dominio de la virilidad infantil.
Familia, conyugalidad y matrimonio

“a él (al marido) le respetamos, le tenemos miedo” “si no le atendemos así por eso nos dejan” (Motta, 8). “nosotros somos como sus hijas para ellos” (Ibid.).


Pablo Macera y Santiago Foros, autores de Nueva Crónica del Perú siglo XX, nos recuerdan que en el Perú en el censo de 1993, 2 488 779 personas se declararon convivientes; que el 27% de los hogares en el Perú tiene base convivencial; que el número de hogares de parejas convivientes se ha incrementado y el de matrimonios ha disminuido. En las dos últimas décadas del siglo XX la mayoría se casó porque las mujeres se embarazaron. Sin embargo se ha retrasado la edad de casarse. No sólo eso, sino que en los últimos años el matrimonio se redujo a la mitad (Macera y Forns, 2000: 234-235). Aquí es pertinente hacerse la siguiente pregunta ¿cómo se organiza una sociedad donde el matrimonio no es una institución de consenso? o planteada de otra manera ¿cómo se ordena el lado "desordenado" de la sociedad? ¿qué significa que en el Perú alrededor de un cuarto de las familias sean matricentrales? ¿cómo se organiza una sociedad en la que el matrimonio y la familia clásicamente entendida, -ya sea extendida o nuclear- tienen una vigencia restringida? ¿qué implica la coexistencia de diversas formas de organización familiar en el espacio nacional?
Ciertamente, hablar de las familias pasa por abordar la sexualidad; y si algo suena verosímil en el caso del Perú, es que ésta discurrió –por lo menos desde el periodo colonial- de manera notable fuera de la institución matrimonial. Por otro lado, entre las cosas que más llaman la atención del material revisado, particularmente en el caso de las intervenciones de Manuela Ramos y le proyecto Reprosalud, es la asociación que se encuentra entre matrimonio y servidumbre; es este un rasgo conspicuo: las mujeres sirven a los hombres y tal rasgo se combina con la obediencia femenina.
Otro punto afín es la existencia de arreglos matrimoniales familiares19, que pueden ser enfocados como una expresión de las fuerza de los poderes domésticos y de escasos niveles de diferenciación y de individuación. Esto tiene sensibles implicancias en términos del ejercicio de la libertad y de los derechos. Nuevamente, es inevitable asociar a estas circunstancias la ausencia de regulación pública, que es la otra cara de la moneda, de escuela y de proyecto vital.
Por eso es importante en el Perú considerar la gran variedad de estructuras familiares existentes, resultado tanto de una combinación de vertientes culturales diversas como de una jerarquía social particularmente marcada, la que articula sin homogenizar. Esto no es ajeno, sino todo lo contrario, a las formas y a los rasgos del comportamiento estatal, que interactúan con los patrones de ejercicio de la autoridad privada.
Pensar la familia también pasa por entender la cultura emocional de una sociedad. En la configuración del mundo sentimental intervienen de manera decisiva la calidad de los vínculos que establecemos, tanto entre los adultos como entre adultos e infantes. Las formas de relacionarse se definen por el grado de autocontrol y de inversión emocional. Este proceso configura de manera sustantiva el flujo y la naturaleza de los afectos en las sociedades en general. Esta posibilidad es necesaria entenderla a la luz de una reflexión sobre los procesos histórico culturales, que de cuenta de las variedades en conflicto que forman parte de la configuración social del Perú.
Me parece que es importante aclarar que las familias observadas no necesariamente son aquellas en las que los infantes concentran la inversión emocional –para bien o para mal- del grupo doméstico, ni algo estático. Esto implica el desarrollo de una estructura familiar peculiar, un nivel de intimidad, una red específica de vínculos donde la descendencia es un eje central20. Un rasgo propio de sociedades tradicionales es que las familias no tienen como centro de atención muy diferenciada a los niños, y menos aún a las niñas. Tal característica podría explicar actitudes que afloraron en los proyectos que convocan esta reflexión; es el caso de la escasa participación de los padres en la tarea educativa escolar que parecen detectar ciertas intervenciones. En aquéllas la inversión emocional en la descendencia suele ser menor, o de otra naturaleza. Podría decirse que los niños no son el centro emocional del ámbito familiar. Esto no quiere decir que éstos no son importantes o no queridos, simplemente que el vínculo en sí, entre padres e hijos, en términos íntimos, no es el eje de la vida familiar.
Poderes privados, domesticidad ampliada, división sexual del trabajo

“¿Dónde nos podemos escapar del esposo?” (Estrada, 22). “Pocas veces solicitan ayuda a instancias como la policía; prefieren hacerlo ante los padres, padrinos o autoridades locales” (Loayza, 14).



La tenue presencia de la administración pública en buena parte del territorio nacional supone un gran dominio de la cultura doméstica y la ausencia de referencias extradomésticas. Esto tiene que ver con un desequilibrio de poder entre hombres y mujeres, donde la fuerza de los grupos familiares sigue siendo grande, y donde la gravitación de la opinión de los pares masculinos es mucha. Incluso la voz pública es la del patriarca, la de los padres, no la de los hombres vistos como disociados de su grupo familiar
Una de las situaciones más resistentes, y menos cuestionadas, es que lo doméstico sigue siendo el ámbito exclusivo de la mujer. Si bien esta idea parecen compartirla promotores y hombres de las comunidades en cuestión, es muy posible que existan diferencias en su formulación. De todas formas, es imprescindible señalar las diferentes concepciones y dinámicas de lo doméstico en el campo. Las sociedades rurales conllevan sus propias formas de organizar la familia, la unidad doméstica. Aquí lo doméstico parece expandirse más allá de las fronteras de la casa, en términos de la acepción arquitectónica.
Estamos suponiendo que en la casa, por lo menos en principio, existe una división sexual del trabajo medianamente rígida21. Este está sustentando la sobrecarga de trabajo experimentada y aludida por las mujeres entrevistadas; situación que se convierte en un punto particularmente crítico, sobre todo si se le agrega el hecho de que la unidad doméstica incluye las faenas agrícolas y el pastoreo. A esto hay que sumarle la exclusión de las mujeres de participar con su propia voz en los espacios públicos.
A la luz de esto parece útil encontrar mecanismos para promover una división del trabajo doméstico en donde se asuman actitudes que no deterioren el estatus femenino ni subvalore a las mujeres. La preeminencia de las jerarquías sexuales en el mundo familiar puede ser un serio límite para la equidad de género en la escuela. Las propuestas igualitarias trabajadas en la escuela pueden revertirse en un mundo doméstico donde las mujeres siguen siendo las que más trabajan, y las más propensas a sufrir la violencia doméstica, y actuarla sobre su prole. El mundo familiar sigue siendo una referencia, más que el de los derechos y las instituciones públicas, que dicho sea de paso son muy precarias. El código de honor doméstico, sigue prestando contenidos para el trato entre niños y niñas. Y eso quiere decir que también funciona en la cabeza de los maestros y de los promotores de salud.
La maternidad es un tema complejo y es necesario recordar que la asociación entre maternidad y feminidad se construye en Occidente durante un proceso que desemboca en la crisis de lo que se conoce como Antiguo Régimen. Aparece como parte de un discurso público –burgués y urbano- y se asocia lo maternal a una fuente de la identidad sexual. La creación de este símbolo va de la mano con la emergencia del Estado nación moderno. Supuso cerrar la casa, redefinirla y replantear sus fronteras con la calle. Exigió también descarnar a las mujeres para así entregarles el cetro doméstico. La crianza de la descendencia obtuvo un significado distinto, y recayó en las mujeres como un mandato público. Pero esta nueva adscripción demandó también la expansión de la educación femenina a la cual el Estado tuvo finalmente que responder y ceder. El Estado se responsabilizó, donde encontró terreno fértil, de regular esa privacidad donde la madre se encargaba del cuerpo y del alma de los infantes. Este nuevo deber maternal estuvo acompañado por una discusión de los derechos de las mujeres que criaban. Luego conseguirían votar e ingresar a los institutos y a las universidades.
En términos de procesos de larga duración, el desarrollo de la escuela y la incorporación de niñas y jóvenes, ha traído consigo una redefinición de la maternidad. Si bien ésta significó serias restricciones vitales y ciudadanas en un inicio, a mediano y largo plazo la asistencia del contingente femenino a las aulas fortaleció a las madres de familia contra maltratos y discriminación enfatizando aspectos de los derechos sexuales y reproductivos como derechos humanos. Empoderar a las mujeres es un recurso clave para que puedan evitar y negociar la sobrecarga laboral doméstica que conlleva la asistencia de las niñas a la escuela. En caso contrario, la asistencia de las niñas a la escuela puede instigar la violencia doméstica. En sociedades más tradicionales, pero al mismo tiempo dinámicas y contemporáneas, tal empoderamiento se sujeta a un cierto nivel de reconocimiento y defensa de ejercicio ciudadano, especialmente en las esferas concernientes a los derechos sexuales y reproductivos.
En contraste con tendencias como éstas, lo que estamos viendo en la experiencia escolar es ciertamente importante: el empoderamiento infantil. La presencia y la voz infantil puede convertirse en una presión sobre la conducta de los adultos. En la escuela de Pampacancha (Quispicanchi) niños y niñas reclamaban puntualidad, y devenían en presión sobre los profesores. Aparece la posibilidad de elección; son menos sumisos. La presencia infantil se va convirtiendo en un mecanismo de control de la conducta de los adultos, de los padres y de maestras y maestros
Esto que ocurre en la escuela gracias al proyecto, contrasta con otros estilos de trato que responden a una todavía fuerte gravitación de la domesticidad y de la servilización. Por ejemplo, una niña, vestida con un buzo azul a modo de uniforme cuidó a la hija de una maestra durante los tres días de uno de los talleres que incluyó el proyecto sobre deserción escolar, y de hecho no fue a la escuela22. Las alusiones a cómo las maestras –¿sólo ellas?- servilizan a las niñas no estuvieron ausentes en las reuniones del proyecto educativo en mención. Y esto tiene una versión conspicua en el mundo doméstico. Algunos maestros y maestras viven acompañados de niños o niñas que estudian en su misma escuela, y no siempre están ajenos al servicio doméstico; además, los propios docentes, mujeres como hombres, veían con naturalidad que las niñas se encargaran del cuidado de los hermanos menores.
Tales actitudes se relacionan a la sobrecarga de trabajo femenino en la unidad doméstica, las altas tasas de fertilidad, y una determinada concepción de la división sexual del trabajo, que no encarga a los niños el cuidado de hermanas y hermanos menores. Este punto reitera que un tema sobre el cual habría que volver y reflexionar es el de las tareas domésticas considerando su valor y discutir el problema en términos de cómo están organizadas y en qué medida y por qué se asocian a lo inferior y devaluado.




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