Entre lenguaje y comunicación: ¿Por qué interesa estudiar la enunciación



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Entre lenguaje y comunicación: ¿Por qué interesa estudiar la enunciación?

Gastón Cingolani


“Intentar arrancar los signos para alcanzar la verdadera significación, es como intentar pelar una cebolla para alcanzar la verdadera cebolla”.

C.S. Peirce

¿Por qué interesa estudiar la enunciación?
Dos definiciones sobre el lenguaje han sido las dominantes entre los estudios modernos (digamos, los que se desarrollaron a partir del siglo XIX) que se ocuparon del mismo1:

1) El lenguaje es expresión del pensamiento.

2) El lenguaje es un instrumento de comunicación.

Ambas concepciones fueron las ideas motoras del desarrollo de la llamada lingüística moderna, la que se desplegó con mayor fuerza principalmente después de la publicación del Curso de Lingüística General en 1916.2 La primera concepción ha estado presente en la cultura occidental por siglos; ya los griegos entendían el lenguaje bajo esa impronta. Digamos que la segunda es una sobreadaptación funcional, típicamente moderna: la pregunta misma “¿para qué sirve el lenguaje?” da origen a una respuesta instrumental: “Sirve para…”, respuesta que se completó, desde las primeras décadas del siglo XX, así: “Sirve para comunicar”. Los desarrollos técnicos y teóricos de los últimos cien o doscientos años, crucialmente vinculados con la prosperidad de las tecnologías de reinvención de los intercambios lingüísticos a nivel masivo e interpersonal (imprenta, diario, teléfono, fonógrafo, cine, radio, televisión), claramente, condicionaron esta definición.


¿Una lingüística es una ciencia del lenguaje?

Por mucho que la lingüística moderna se esforzó en organizar una ciencia del lenguaje autónoma, sobre todo desde la década de 1920, una importante cantidad y variedad de problemas quedaron por resolver. Es así que surge, ya en la segunda mitad del s. XX, lo que se llamó, un poco informalmente al principio, una teoría de la Enunciación.3 Esta teoría parte de considerar específicamente ciertos problemas del lenguaje: los que escapan a considerar a la lengua como un simple reservorio de significados, y los que estructuran la subjetividad en el lenguaje.4 Es así que progresivamente, el lenguaje será incorporado a la lista de objetos que las ciencias actuales entienden como del orden de la complejidad. A tal punto que algunas ideas sobre él han entrado en decadencia:

- la idea de que el lenguaje es relativamente simple, digamos, reductible a la expresión del pensamiento del individuo o de la comunidad;

- la idea de que su materialización (las lenguas particulares de cada comunidad) es un mero “código” capaz de enlazar a los individuos de una cultura;5

- la idea de que es, por excelencia, tanto el instrumento de expresión del pensamiento como de la comunicación humana;

- la idea de que puede explicarse por su función comunicativa, intencional, y por lo tanto, que está regulado por mecanismos homogéneos (o bien lingüísticos o bien psicológicos o bien sociológicos, etc.).

Para desterrar estas simplificaciones, ha sido imprescindible además abandonar la idea de sostener una ciencia autónoma (la lingüística) y avanzar hacia la articulación de los dispares aportes de la antropología, la lógica y la matemática, la psicología, las ciencias cognitivas, la biología y la semiótica.

Problemas entre el lenguaje y pensar, hablar, comunicarse


Resumamos los principales aspectos que la teoría de la enunciación ayudó a revisar de aquellas anteriores concepciones.

La idea de que las expresiones lingüísticas son representaciones de lo que cada sujeto piensa y siente, estuvo históricamente ligada al desarrollo de la lógica y la filosofía del lenguaje.

La limitación principal de esta idea tiene que ver con el problema de la representabilidad lenguaje-pensamiento:

-¿cuál es el grado de representatividad de la expresión lingüística de lo que procesamos “mentalmente”? ¿qué aspectos de lo que “pensamos”, “sentimos”, “imaginamos”, etc. puede verse representado en un enunciado verbalizado? Siglos de debates, más algunas décadas de estudios empíricos, han llevado a la conclusión de que tal representatividad es –en el mejor de los casos− parcial, “defectuosa”, o imposible. Depende de una fe en lo dicho, y de una eficacia en sus efectos: basta que perdamos esa fe, o que no produzca los resultados deseados, para que el lenguaje se torne un mal útil.6

-¿es que pensamos en palabras, o en frases? La discusión filosófica tiene larga cola, pero ni siquiera las corrientes cognitivistas que consideran al proceso mental como análogo al de una computadora se han convencido de que la sustancia del pensamiento tenga una traducción exacta en palabras o proposiciones, o sea reducible a operaciones lógicas. En cualquier caso, las conclusiones apuntan a que es preferible recorrer un camino más complejo pero menos inocente.

Es evidente, también, que el énfasis casi exclusivo en la relación entre el “emisor” y su mensaje (o sobre el “receptor” frente a un mensaje) no aporta una mejora: en la relación pensamiento-palabra, básicamente lo que interesa se ha limitado a una sola instancia: la que vincula un individuo con el mensaje que produce (o bien, a partiendo de un mensaje, lo que puede interpretar de él un individuo). ¿De qué naturaleza es esa relación? ¿cómo se caracteriza a ese individuo, es un sujeto, y en tal caso, de qué tipo? ¿Qué consecuencias trae considerar sólo una de esas dos instancias, es decir, o bien la “emisión”, o bien la “recepción”? Ciertamente, esta focalización en uno solo de los polos o instancias proviene de la suposición que mensaje y sujeto encarnan la relación entre lenguaje y pensamiento. Queda afuera la dimensión social, producto o emergente de lo que se conoce específicamente como comunicación. ¿Qué sentido tiene estudiar el pensamiento “sin” lo social, es decir, qué clase de cosa es un pensamiento “aislado”? Y a su vez, ¿Qué se estudia del lenguaje fuera de su pertinencia en la comunicación?

Esto tiene una historia. Las gramáticas y las retóricas por lo general,7 han estudiado el “significado” del mensaje a secas: el lenguaje no es ningún misterio, en tanto podamos representar lo que queremos decir, o comprendamos “lo que se ha dicho”. Los estudios empíricos sobre esto también datan del siglo XX; pero lejos de despejar una enorme cantidad de problemas, sólo comprobaron que esto no era así. Una pregunta tan habitual como “¿podrías decirme la hora?”, es respondida sensatamente con la información solicitada (“ocho y cuarto”), o con un sarcástico y terminante: “sí, puedo”. Torpe, la broma resulta del atenerse a responder lo que efectivamente se preguntó. Más difícil es explicar (vale decir, buscar al mismo tiempo los mecanismos lingüísticos y sociales que se articulan) por qué respondemos sensata o “correctamente”; o mejor dicho: por qué consideramos correcta a la primera de las respuestas, y un pueril juego de palabras a la segunda. Incluso, alguien podría responder: “no, no puedo, el reglamento me lo impide”, lo que justificaría no sólo que la respuesta sea “seria” (y no una broma) sino que además le daría claramente otro sentido a la pregunta: no se preguntó la hora, se consultó la posibilidad de saberla, algo muy diferente. Por problemas parecidos, se adosó a estos estudios la ampliación al contexto: comprender el contexto social en el que algo se dice, permite explicar que hay una vinculación estrecha entre texto lingüístico y la situación de interacción o, más ampliamente, el mundo de referencia. Esto no le trajo pocos problemas a la lingüística, cada vez más imprecisa; o peor aún, según la corriente, cada vez más terca y encerrada en estudiar la lengua sin consideración del contexto.
Más problemas: ¿se pueden hacer cosas con palabras?

Ciertos tipos de frases o palabras, llamadas “performativos”, tuvieron gran interés entre los lingüistas británicos a partir de la década de 1960.8 Estos habían notado que para prometer algo, alguien debía decir necesariamente “yo prometo ‘x’”, para jurar alguien debía decir obligatoriamente “juro”, para abrir una sesión de un Consejo, la persona indicada debía decir “declaro abierta la sesión”, para condenar o absolver judicialmente, un juez debía decir “declaro culpable/inocente a…”, para casar, un sacerdote o un juez dirá “los declaro marido y mujer”, etc. Esos actos de habla no describen ni informan sobre algo, sino que efectivamente hacen algo, cumplen el hecho a través de fórmulas lingüísticas. Pese a ello, se demostró luego también que la enunciación lingüística de tales fórmulas es condición necesaria pero no suficiente: fuera de contexto, o en boca de alguien no autorizado, o incluso siendo “insincero”, no hay promesa, ni bautismo, ni casamiento ni apertura de sesiones, por más que se pronuncien tales palabras. Este límite es importante, ya que lo que sostiene el efecto de las palabras no es, precisamente, algo lingüístico: lo que da sentido a esos enunciados está arraigado en normas y condiciones que se da una comunidad a sí misma. Ahora bien, ¿las reglas sociales, que expresan un pensamiento colectivo, se rigen estrictamente por la palabra? En tal caso, ¿es lo mismo la palabra oral que la escrita? No podemos detallar aquí la vastedad de asuntos que involucran las diferentes materialidades: todo eso que se moviliza alrededor de la palabra (y que no es lingüístico, sino “contextual”, “cultural”, “normativo”, etc.) es inevitablemente diferente si se trata de un intercambio oral cara a cara o mediatizado, o si se materializó en alguno de los tantos tipos de escrituras manuales, mecánicas, digitales, etc. La lingüística tradicional no ha podido dar cuenta de ello. La teoría de la enunciación ha encarado ese tipo de problemas.


¿Y la intencionalidad?

También se han involucrado dimensiones psicológicas. De hecho, el fundamento de varias teorías lingüísticas con pretensión comunicacional, emplearon el concepto de “intencionalidad” a fin de resolver el asunto de “lo que se quiso decir” con ello (por caso, los teóricos de los actos de habla que recordábamos antes). Cuando las palabras no alcanzan a traducir el significado de un mensaje, surge la posibilidad de considerar la intencionalidad de quién lo ha dicho. ¿Prometió con la intención de cumplir o de engañar? Este agregado nunca ha resuelto nada, y el obstáculo está a la vista: lo único que se materializa en un mensaje es el mensaje mismo, mientras las intenciones permanecen inaccesibles. Es innegable que hablar, como cualquier otra acción social, está cargado de intencionalidad. Pero dos motivos debilitan el factor intencionalidad para ser tomado en cuenta: por un lado, la intención sólo se presume, es decir, permanece opaca para todos los actores involucrados (incluso, para el propio “emisor” o actor), y entre ellos siempre cabe la posibilidad de un desacuerdo en cómo interpretar la “verdadera” intencionalidad de una acción o un mensaje; por otra parte, la intención es una reducción exagerada de quién sabe qué cosa muy diferente al lenguaje, y muy compleja para ser tomada a la ligera; y por último, el sentido del mensaje o la acción social no puede agotarse en la intencionalidad, ya que no hay identificación o traducción plena entre acción o mensaje e intención, al tiempo que la intención no es el fundamento único de producción de un mensaje (mucho menos aún, como se suele decir, desde que Freud inventó el inconsciente).

Ahora bien, ¿por qué diversas teorías lingüísticas y sociológicas han tenido la necesidad de involucrar algo como la intención, es decir, algo que no está en la acción o en el mensaje mismo ni tampoco lo puede traducir? Porque claramente el sentido de un discurso no está sólo en el discurso.9

Un iceberg completo: discurso-operaciones.


Nos aproximamos peligrosamente a la célebre metáfora de la punta de hielo que sobresale inocente: el discurso (un texto lingüístico, pero sucede igual con cualquier tipo de materialidad significante) es apenas un fragmento de algo construido y que hay que reconstruir. El resto del iceberg no está hecho sólo de intenciones, ni de significados o códigos…sino de operaciones. En última instancia, ¿qué otra cosa son las intenciones, los significados, los códigos, sino también resultado de operaciones que producen sentido? En este punto, la teoría de la enunciación hizo emerger en el campo del lenguaje el concepto clave de operación. La operación es lo que produce que algo tenga sentido: por sí mismo, un mensaje, un objeto cualquiera, no significan nada. Para que ello suceda, los individuos deberán producir operaciones mentales que son las que finalmente atribuirán algún(os) sentido(s) a ese objeto inerte. Así, la operación es la configuración misma de una significación a nivel mental, donde “mental” implica afectos, sentimientos, acciones intencionales o no, y reglas instituidas por convención o por hábito. ¿Cómo se produce una operación? ¿En qué consiste? Aún intentando simplificarlo, es inevitable caer en la abstracción: una operación es una puesta en relación de dos elementos o términos (mentales) por intermedio de un tercero. Si yo pienso que alguien A es semejante a otro alguien B, la idea de “semejanza” está operando la relación entre A y B. A y B son los términos; “semejanza” es la operación. Operación implica poner en relación con algún sentido.10

Ahora bien, como no tenemos acceso inmediato a las operaciones, sino mediado por los rasgos perceptibles en la superficie de un discurso (marcas o marcadores), lo que hacemos siempre frente a un discurso es un trabajo mental de construcción o re-construcción de esas operaciones.

Para aclararlo un poco más: un discurso es un objeto físico, perceptible (a través de alguno de los cinco captores sensoriales: vista, oído, tacto, gusto y olfato), que siempre está compuesto u organizado de algún modo (materializado en un soporte reconocible culturalmente: desde un simple saludo que puede hacerse con un gesto corporal, hasta la complejidad de un programa de televisión). Los rasgos que lo componen, y que evidencian alguna organización, se llaman marcas o marcadores. Como dice Culioli, el marcador “es una especie de resumen, de concentrado de procedimientos que desencadenan y activan representaciones”.11 Las representaciones no son tales sin las operaciones que producimos como sujetos de sentido. Cada marcador es la huella de una operación:

Toda unidad textual…no será considerada como una entidad plenamente constituida, sino como un término provisto de una historia, y cuya forma misma contiene la huella de operaciones a las cuales no tenemos acceso directo. En este sentido, toda forma es un marcador de operaciones. Estas operaciones nosotros las reconstruimos por la simulación de un discurso metalingüístico que se esfuerza por hacer un modelo de la actividad de lenguaje en su relación con las lenguas específicas, gracias a una teoría de los observables, a un sistema de representación metalingüístico y a procedimientos de razonamiento.

Así, todo término puede ser considerado (en producción) como el resultado material de una cadena compleja de operaciones mentales; en reconocimiento, será construido como un desencadenante de operaciones análogas en el que recibe el texto. Insisto sobre el margen de ajuste que indica el adjetivo análogas. Subrayo con ello que no se trata de una simple operación que invierte el flujo, que decodifica sentido previamente codificado. Siempre hay reconstrucción, por lo tanto ajuste, equivalencia y riesgo de alteración. (A. Culioli, Pour une linguistique de l´énonciation, Tomo 3, Paris, Ophrys, 1999, pp. 102-103.)
¿Qué hacemos con los problemas?

El lenguaje pues no es un modo de “codificar” mensajes. El lenguaje es una facultad mental cuya actividad permite inteligir el mundo a partir de signos, signos que se producen y se comprenden en interacción con los signos de otros individuos que producen signos. Como sostiene Peirce, pensamiento y signo son estrictamente sinónimos. Surge, entonces, la pregunta de si el pensamiento es anterior o posterior al discurso. Podemos decir que no es ni anterior, ni posterior, ni tampoco se agota sólo en él: es todo ese movimiento que va de las operaciones al discurso (en producción) y viceversa (en reconocimiento). Alrededor de un discurso hay, entonces, siempre como mínimo dos instancias de pensamiento, dos efectos de sentido producidos. Esto es lo que implica –como mínimo− cada acto de comunicación.

Es importante remarcarlo: las operaciones de producción de un discurso no son necesariamente las mismas que interpretan ese mismo discurso. Ese “no necesariamente” es lo que abre, cada vez, la necesidad de ajuste12 y regulación entre los actores que intervienen en cada acto singular de producción de sentido.

Insistamos, entonces: ¿el lenguaje sirve para comunicar? No, si creemos –como el pensamiento funcionalista y la pragmática británica− que fue hecho para eso. En el mismo sentido que los ojos no fueron producidos genéticamente para la vista, al lenguaje no le antecede ningún proyecto. Pero en el sentido de que el lenguaje posibilita la facultad de intentar intercambiar sentido. Efectivamente, se lo usa para eso, satisface en alguna medida la acción de “comunicar”. Ahora bien, ese “uso” es adaptativo, es decir, se saca de él el mejor provecho posible en función del esfuerzo humano de intentar comunicarse con otros humanos. Pero, como bien se sabe, de ninguna manera arriba a resultados “perfectos”. ¿En qué radica la “imperfección”? El lenguaje se emplea como un medio de representación y de interpretación; es decir, el que produce un mensaje, intenta representar algo, y el que recibe ese mensaje, intenta interpretar eso representado. Lo que se produce para que otro (o yo mismo en otro momento) interprete de alguna determinada manera, está sujeto a infinidad de variaciones y condiciones de diferente naturaleza, lo que reduce abruptamente la probabilidad de que la nueva interpretación (en reconocimiento) se corresponda idénticamente con la esperada (=desfasaje). Está claro que representar algo (en producción) e interpretarlo (en reconocimiento) no es sólo un asunto de información transmitida, sobre el objeto en común. Cuando este tipo de situaciones se produce (y se produce todo el tiempo en sociedad) también se está comunicando acerca de las relaciones entre quienes se relacionan, acerca de las relaciones entre el que produce el mensaje y el mensaje mismo, acerca de las relaciones entre la imagen de quienes se relacionan, etc.

Intentando resumir, nos reencontramos con dos de las problemáticas más atendidas por la teoría de la enunciación.

1- “lo mismo” (=la misma idea, el mismo objeto) puede representarse de múltiples maneras, y –por la misma razón− también el mismo mensaje puede dar lugar a diferentes interpretaciones… Parafraseando a una lingüista contemporánea, si es posible decir de más de una manera “la misma cosa”, es también porque nunca decimos exactamente tal “cosa”.13 Por lo tanto, el sentido de un discurso no se deja reducir a una codificación de pensamientos, conceptos, significados, referencias, interés, intencionalidad conciente. Requiere una laboriosa actividad en cada individuo. Y el analista trabajará, a partir de discursos materialmente constituidos, intentando reconstruir las operaciones que los producen o los interpretan.

2- la posibilidad de la “mismidad”, de la identidad entre pensamiento y expresión, tiene un impacto crucial sobre la coincidencia entre producción de un mensaje y su posterior recepción e interpretación, es decir, entre lo que se llama comunicación: la idea de que lo que podemos decir o hacer sea interpretable tal como deseamos o como “verdaderamente significa” es algo que asedia todo fenómeno de sentido. Todos los individuos nos manejamos con esa hipótesis casi como si fuera una certeza. Pero es improbable que ambos coincidan. Por lo tanto, hay siempre como mínimo dos instancias en que lo anterior sucede: una entre las operaciones y el discurso efectivamente (material e históricamente) producido; otra entre ese discurso efectivamente (material e históricamente) producido y sus posteriores consecuencias (interpretaciones, lecturas, efectos, acciones realizadas a partir de aquél). Dicho de otra manera: si bien el lenguaje no está hecho para la comunicación, eso que llamamos comunicación emerge como un resultado de al menos dos interacciones con el lenguaje. Por lo tanto, para estudiar el lenguaje es preciso comprenderlo en el complejo intercambio “comunicacional”. Y para poder comprender la comunicación es necesario tener una teoría del lenguaje que no lo defina como un mero código o como un objeto simple. Es decir, al analista le espera trabajar dos veces (como mínimo) sobre el mismo discurso (una vez en relación a sus operaciones de producción, y otra con sus operaciones de reconocimiento), y deberá luego cotejar las distancias entre una instancia y la otra. Ahora bien, ni la producción ni el reconocimiento se reducen a fenómenos lingüísticos: lo que produce sentido en cualquier caso involucra necesariamente operaciones que se materializan, también, en gestos, sonidos no lingüísticos, imágenes, cuerpos, espacios, silencios y vacíos. Es decir, es necesario recurrir a operaciones que interactúan necesariamente con el lenguaje de la palabra, pero que no se agotan en él.

Algunos ejemplos a modo ilustrativo


En sus inicios, la teoría de la enunciación focalizó su interés en ciertos términos lingüísticos que generaban algunos problemas: a diferencia de la mayoría de los términos que funcionan aproximadamente como una “etiqueta” que le da el nombre a las cosas del mundo (perro, árbol, esperanza, electricidad), estos términos cambian de referencia según quién los enuncia: Yo, , aquí, ahora y una serie extensa pero acotada de términos llamados “deícticos”, los que tenían la particular propiedad de requerir información contextual inmediata para comprender a qué o a quién refieren.

También los términos “modalizantes” fueron de su interés: al principio se trató de los adverbios que introducen una marcación de la actitud del hablante sobre lo que éste dice. Comparemos:

1-“Terminó la fiesta”

2-“Lamentablemente terminó la fiesta”

3-“Seguramente terminó la fiesta”

La ausencia de “adverbio de modo” en (1) parece darle un estilo “objetivo”, puramente “informativo” al enunciado, el mismo enunciado que parece transformarse cuando intervienen tales adverbios en (2) y (3). En (2) el hablante expresa su sentimiento sobre el asunto, y en (3) sus dudas.

Con los avances de la teoría, se advirtió que no todo es un asunto del semantismo de las palabras. Y que no era un problema de los términos como de sus relaciones, que también están organizando el sentido. Por ejemplo, a través de las posiciones de los términos en la frase:

4-“Lamentablemente terminó la fiesta” vs. 5-“La fiesta terminó lamentablemente”

donde la diferencia es que en (4) lamentablemente recae sobre todo el enunciado /terminó la fiesta/ y en (5) sólo sobre el predicado, calificando el modo en que terminó: /”cómo terminó”  lamentablemente/.

-a través de las determinaciones:

6-“Tengo auto”, vs. 7-“Tengo un auto” vs. 8-“Tengo el auto”

en cada opción de determinación puede marcar aquí, por ejemplo, que se asume de manera diferente el conocimiento previo que puede tener el interlocutor sobre el auto del que habla…

-el aspecto de los verbos:

9-“De chico iba a Mar del Plata” vs. 10-“De chico fui a Mar del Plata”

donde en (9) se postula un pasado extendido, usual, y en (10) un pasado puntualizado;

-las interpelaciones:

11-“Estás serio”, 12-“¿Estás serio?”, 13-“¡Estás serio!”, 14-“Eh! ¡Estás serio!”, 15-“Uh! Estás serio”

(11) marca una afirmación, a cargo de quien habla, (12) un pedido de corroboración, (13) una sorpresa, (14) un llamado de atención y (15) una decepción, es decir, todas actitudes diferentes del enunciador respecto de su interlocutor o co-enunciador…

-ciertos verbos llamados “epistémicos”, como pensar, creer:

16-“Pienso en Juan”, 17-“Creo en vos”, 18- “Pienso que Juan va a venir”, 19-“Creo que Juan vino”

donde (16) y (17) pienso y creo describen una acción del que habla, en (18) y (19) no describen una acción: introducen la suposición o la duda del que habla sobre lo que dice a continuación del conector que.

Claramente, el núcleo vivo de todos esos casos no está en los términos, sino en las relaciones; y tampoco en los significantes o significados de esos términos, sino en las operaciones de las cuales ellos son el resultado. Estas y todas las otras operaciones que se perciben a través de diferentes marcadores, establecen, fundamentalmente, dos cuestiones de interés para la teoría de la enunciación:

1-la relación entre el enunciado y la situación de enunciación (sujeto enunciador y situación enunciativa espacio-temporal), y

2-la relación entre la situación de enunciación y la de co-enunciación (localizable en relación con el sujeto co-enunciador, y al tiempo-espacio en reconocimiento).

Para estas simples ejemplificaciones, considerando que siempre resulta más útil trabajar por contraste, hicimos pequeñas variaciones a nivel de los marcadores, e intentamos reconstruir qué tipos de operaciones se movilizan en cada caso, dado que ningún marcador tiene asignada una y sólo una operación.

Sea un análisis “microscópico” o de mayor escala, se procede de la misma manera con el funcionamiento de los discursos en general: cada operación puede dar por resultado marcadores y estrategias discursivas diferentes, y los mismos marcadores pueden ser partícipes de varias operaciones al mismo tiempo. A veces, una variación microscópica (inclusión/ausencia de un que, por ejemplo) genera grandes cambios; otras veces, grandes diferencias en la superficie discursiva, da lugar a variaciones de sentido que son mínimas pero significativas.

Supongamos el diálogo siguiente:

A: ¿JUAN ACEPTÓ EL OFRECIMIENTO?

B: ¡NI HABLEMOS!

Explicar cómo funciona la respuesta de B requiere asumir, antes que nada, su ambigüedad (posiblemente con entonación oral, esta ambigüedad se aligera un poco). Pero, ¿en qué reside esa ambigüedad? En que la interpretación como una respuesta positiva de parte de B se erige sobre un hecho consumado del cual es en vano hablar (“¡Ni hablemos!” = “para qué hablar, dalo por hecho”), mientras en que la interpretación negativa, B sugiere a A no tocar un tema que aparece como un “caso cerrado” (“¡Ni hablemos!” = “ni hablemos de ello, no tiene sentido”). En ambas interpretaciones, lo que está en juego es menos el asunto de la decisión del tercero (Juan) sino el propio intercambio sobre ello entre A y B.

Si el diálogo fuera:

A: ¿JUAN ACEPTÓ EL OFRECIMIENTO?

B: ¡NI PENSARLO!

la ambigüedad ahora sí involucra a Juan: en la interpretación positiva aceptó sin dudar (a diferencia del diálogo anterior, en que la ausencia de duda estaba entre A y B), y en la interpretación negativa, nuevamente la invitación de B a A a no asumir como posible la aceptación, lo que involucra también una apreciación sobre el modo de ser o de actuar de Juan. Comparado con el ejemplo anterior, “hablemos” sólo relaciona a A y B, y “pensarlo” remite más enfáticamente a aquello sobre lo que se habla (Juan, el ofrecimiento).

Si tuviéramos:

A: ¿JUAN ACEPTÓ EL OFRECIMIENTO?

B: ¡Y A VOS QUÉ TE PARECE!

estaríamos ante otra respuesta ambigua, esta vez orientada fuertemente hacia A, para que asuma la responsabilidad de interpretar lo que sucedió con Juan sin que B se lo informe. Esto podría irritar a A, quien insistiría con un “Y…NO SÉ, POR ESO TE PREGUNTO”, o bien asumir cualquiera de las dos respuestas, a su antojo. La respuesta de B radica en la confianza que tiene de un acuerdo tácito entre lo que piensan (y no dicen) ambos. Aquí se trata la ausencia de duda sobre el acuerdo entre A y B.

Veamos otro caso. En el eslogan de una empresa mediática que anuncia “PERIODISMO INDEPENDIENTE” podemos ver algunos problemas parecidos en cuanto a la falta de precisión. La predicación “INDEPENDIENTE” que califica a “PERIODISMO” tiene al menos dos principales implicaciones:

-hay otro tipo de periodismo, que se diferencia del “independiente”;

-hay una valoración positiva de ese “tipo” de periodismo.

Esto se desencadena a partir de una serie de operaciones. No vamos a hacer un análisis profundo de esto, sólo a indicar un par de detalles en trazo grueso. Más allá de las interpretaciones esperables (si es “independiente”, es que hay otro tipo de periodismo, uno “dependiente”; y sobre el valor de esa independencia, puede ser independiente políticamente, versus los casos de la prensa partidaria o adicta; independiente económicamente, versus la prensa bajo presión fiscal o presupuestaria, etc.) la operación de lenguaje es doble; el lingüista Milner las llamaría “clasificación” y “calificación”:

-por un lado, “independiente” es resultado de una tipificación o clasificación; habría varios tipos de periodismos: el independiente y otros... Veamos, las tres operaciones que puede cumplir lo que se conoce como “adjetivo” son: a) intensificación/disminución de una noción14; b) integración/desintegración de la noción; c) alteración de la noción que el adjetivo apoya.

¿La noción de PERIODISMO aparece intensificada por la de INDEPENDENCIA? No. Ese sería el caso de, por ejemplo, “BUEN PERIODISMO”, “EL MEJOR PERIODISMO”, donde la calificación configura un grado, en el cual el eslogan ubicaría al medio en un estado superior de periodismo.

¿La noción de PERIODISMO queda integrada por la de INDEPENDENCIA? Tampoco: ese sería el caso de “VERDADERO PERIODISMO” o “PERIODISMO EN SERIO”, es decir, algo que si no fuera así (“verdadero”, “en serio”) no sería periodismo.

¿La noción de PERIODISMO resulta alterada, es decir, de-construida y re-construida de un modo distinto por la de INDEPENDENCIA? Ese parece ser el caso. PERIODISMO INDEPENDIENTE es un eslogan que activa la construcción de algo alterado, diferenciado. Es una tipificación. Ahora bien, ¿de qué naturaleza es la diferenciación, es decir, de qué se trata la diferencia marcada como “independiente”?. Esto no está explícito. Pero eso no significa que carezca de sentido. Dejémoslo en suspenso y avancemos a través de la operatoria valorativa.

-por otro lado, decíamos, INDEPENDIENTE valora, califica: glosando la idea, el periodismo independiente es “bueno”; el otro no. ¿De dónde surge esta valoración? De la interacción entre las nociones. La noción de PERIODISMO, asentada culturalmente bajo la idea de que es una actividad sin ataduras que comprometa su ética, va bien descrita entonces como INDEPENDIENTE. Dicho de otra manera, la palabra “independiente” no es ni buena ni mala por sí sola; según qué relación establezca con otras nociones, podrá ejercer su valoración en uno u otro sentido. Y con “periodismo” opera como un grado positivo de alguna de sus propiedades constituyentes.

Volvamos sobre “independiente” como operación de una tipificación no definida. ¿Cómo puede apostarse en un eslogan a algo de lo que no se da conocer el sentido de lo que se entiende por ello? Si no está definido independiente ¿de qué sirve tal imprecisión? ¿Cómo impacta sobre la valoración positiva, pensando en que además se afronta un público masivo, colectivo y heterogéneo?

De esto surge un problema clásicamente enunciativo: en cualquier tipo de operación de predicación sobre la noción, si no hay ningún marcador que la oriente de otra manera (por ejemplo: “Dicen que hacemos periodismo independiente”), es decir, que responsabilice a “otro” del enunciado, éste queda a cargo del enunciador, sea un individuo o una institución impersonalizada. “Yo lo digo = yo lo pienso”. Y si, además, es una apreciación sobre sí mismo, esta identificación queda reforzada. Pero al mismo tiempo, la impersonalización tiene un doble juego: es atribución propia, pero también es apertura a que el co-enunciador (la operación del texto que se identifica con el “receptor”) aprecie por sí mismo y adopte (o rechace) la valoración. Esto se acentúa en todo dispositivo impersonalizante, como en la escritura o aún más en un medio masivo como la televisión.

Resulta difícil no asumir la interpretación tipificadora sin incorporar, al mismo tiempo, la valorativa: si aceptamos que es independiente, no es porque haya alguna propiedad objetiva, perceptible, que podamos corroborar. Más bien, se trata de una fe. Desde el momento en que aceptamos la misma apreciación, la asumimos como propia. La inversa es igual o aun más fuerte­: es indisociable pensar lo positivo de la “independencia” sin asumir que es un tipo de periodismo diferente de otro existente o posible. Desde el momento en que la definición de la noción de “independencia” se posterga, arroja sobre el co-enunciador (digamos, el “receptor”, sea este individuo o colectivo) la operación de cómo interpretar esta declamación, de qué se trata el tipo de periodismo que es “independiente”. Ese vacío se “llena” con lo que el receptor quiera o pueda. El problema de la interpretación de ello no está, precisamente, en producción. Hubiera sucedido exactamente lo mismo si fuera periodismo alternativo, periodismo comprometido, etc. ¿En qué consiste lo alternativo, lo comprometido, etc.? No es lo que importa: ya está marcada la diferenciación, y también la autovaloración de que son buenos, o como mínimo, mejores que otro tipo de periodismo. Por supuesto, de fallar la fe, de no asumirse la “independencia” declamada como tal, la valoración positiva se cae con ella.

Un ejemplo más, en una dirección similar. Martes 15 de junio de 2010. Diario La Nación, edición impresa. Título: Duras críticas a Kirchner del hermano de Piñera. Subtítulo: “Es un político deshonesto y chavista”, dijo el economista chileno.

Es interesante este caso porque la operación de predicar deshonesto de la noción político (operación de des-integración de la noción: se trata de un político que no tiene todas las propiedades adecuadas para serlo) está conjuntada a la de chavista (operación de alteración: es un político cuya diferencia está marcada, en este caso, a través de una filiación partidaria, ideológica). Esa conjunción /deshonesto + chavista/ es una meta-operación (una operación sobre otra(s) operación(es)) cuyo marcador es el nexo “y”, y promueve el efecto de hacer parecer semejantes entre sí a las otras operaciones: o ambas quedan como alteración (pero no puede comprenderse “político deshonesto” como un tipo de político) o ambas como des-integración (entendiendo “político chavista” como un político al que le faltan cualidades adecuadas para serlo).

Pero hay algo más en esa conjunción. Tiene que ver con el marcador “y”. De haber sido “Es un político deshonesto, pero es chavista”, obviamente hubiera contra-orientado el valor de ambas: “deshonesto”= malo /pero/ “chavista” =bueno. Claramente, no sucede lo mismo con “y”, donde ambos adjetivos conservan el mismo valor (negativo). De haber sido “Es un político deshonesto, y encima es chavista”, o “Es un político deshonesto, y además es chavista”, en la separación entre las dos operaciones, la segunda enfatiza una cualidad negativa de la primera, pero conserva la diferenciación entre ambas (“deshonesto” = des-integración; /además/ “chavista” = alteración). Tal como fue enunciado, conjuntado a través del marcador “y”, no hace a “chavista” un mero agravante de “deshonesto”: es parte de la misma carencia de cualidades para ser político.

Nada garantiza cómo será “leído” esto en recepción. Pero esos marcadores son la huella de las operaciones de sentido en producción. La teoría de la enunciación se hace cargo de esos vacíos. No sólo se trata de “imprecisiones” en el peyorativo y desgraciado sentido de que los mensajes y las acciones deberían significar algo igualmente correcto y preciso para todo el mundo. Por el contrario, la propia actividad del lenguaje involucra legítimamente la necesidad de comprometer distancias insalvables entre dos o más individuos. La teoría enunciativa no desecha esas distancias, sino que se construye partiendo de ellas.




1 Para intentar evitar ambigüedades desde un comienzo, aquí consideramos al lenguaje como la actividad “cognitiva” o “sígnica” de producir e interpretar representaciones, en relación a productos materiales que se suelen llamar signos, textos, discursos. Al respecto, dice A. Culioli: “La actividad de lenguaje es una actividad de producción y de reconocimiento de formas” (en Variations sur la linguistique. Entretiens avec Frédéric Fau, Paris, Klincksieck, 2002, p. 186). Más específicamente, revisaremos el interés de esa actividad para producir e interpretar discursos hechos con palabras.

2 Esta obra surgió de la publicación de los apuntes que tomaron los alumnos de F. de Saussure en sus clases, antes de su muerte en 1913.

3 Mencionemos, resumidamente, que los principales promotores de la teoría de la enunciación en lingüística han sido: Roman Jakobson (lingüista ruso, 1896-1982), principales trabajos: Fundamentals of Language 1956 y sus Ensayos sobre lingüística general 1 y 2; Émile Benveniste (lingüista francés, 1902-1976), Oswald Ducrot (lingüista francés, 1930-) y Antoine Culioli (lingüista francés, 1924-) publicó sus principales trabajos en tres tomos titulados Pour une linguistique de l’énonciation.

4 Los dos volúmenes que recogen la obra dispersa de su promotor más conocido, Emile Benveniste, se han editado en 1966 y 1974 bajo el nombre preciso de Problemas de lingüística general.

5 A.Culioli, Variations sur la linguistique, op.cit., pp. 187-189.

6 “Que el lenguaje en tanto que herramienta siempre es deficiente, creo que es obvio y que no hay nada que decir de ello, científicamente hablando. En tanto que instrumento de la comunicación y del intercambio, del pensamiento y de su expresión, termina siempre por traicionar al pensamiento, por originar malos entendidos, ilusiones y errores. Hablar en estos casos de una deficiencia del lenguaje, presentarlo como una mala herramienta, según hacen Bentham o Frege, parece hasta un eufemismo que preserva el espejismo del lenguaje bien hecho, del instrumento perfeccionado o de un uso razonado de ese instrumento. No es así como podemos acercarnos a la lengua”, P. Henry, Le Mauvais Outil, 1977 (“El Mal Útil”, citado en C. Kerbrat-Orecchioni, La enunciación. De la subjetividad en el lenguaje, Buenos Aires, Edicial, 1993, p.151.).

7 El trabajo de muchos años se basó en la idea de que la correspondencia pensamiento-lenguaje es regulable a través de gramáticas o retóricas. Las gramáticas y las retóricas han sido, por siglos, las grandes obras precursoras de la lingüística moderna, y, también, de algún modo, de las teorías de la comunicación: qué conviene decir, cómo decirlo correctamente o bien poéticamente (lo que también es un modo de ser correcto), son dos preocupaciones básicas de estos estudios.

8 Los autores y textos más clásicos de esta corriente son: J. L. Austin, How to do things with words, Oxford, 1962; John Searle, Speech Acts, Cambridge, Cambridge University Press, 1969, y P. F. Strawson, Logico-linguistic papers, Londres, Methuen & Co, 1971. En la bibliografía se consignan las ediciones en español.

9 O. Ducrot, desde una lingüística tendiente a reducir todo a un fenómeno de “lengua”, ha comprendido esto hace décadas, como puede leerse en sus “leyes de discurso”: “Les lois de discours", Langue française, 42: 21-33, 1979, p. 22.

10 Aquí estamos algo próximos a la noción de signo de Peirce, para quien la relación entre un Signo y su Objeto sólo es posible por intermedio de otro signo llamado Interpretante. No es casual pues que Verón haya planteado claramente que Peirce en su teoría, no hace una clasificación de “tipos de signos” (icono, índice, símbolo) sino de “tipos de operaciones” (semejanza, contigüidad, convención).

11 A. Culioli, Variations sur la linguistique, p. 172.

12 Lo que Culioli llama “ajuste” o “regulación inter-sujetos”, en Verón aparece como “desfasaje producción-reconocimiento”, y es bien semejante a lo que Luhmann explica en términos de “doble contingencia”. Cf. Jean-Jacques Boutaud, y Eliseo Verón, Sémiotique ouverte. Itinéraires sémiotiques en communication, Paris, Lavoisier, Hermès Science, 2007, Cap. 8: “Du sujet aux acteurs. La sémiotique ouverte aux interfaces”; Luhmann, Niklas, Sistemas sociales, Barcelona - México, Anthropos - Universidad Iberoamericana, 1998, especialmente capítulo 3.

13 Dice Sarah de Vogüé: “Si es posible mediante dos lenguas decir de una cierta manera «la misma cosa», es también porque ninguna lengua dice de todas maneras exactamente tal «cosa». en “Invariance culiolienne”, pag. 309, de Ducard, y Normand (Dir.), Antoine Culioli: Un homme dans le langage. Originalité, diversité, ouverture, París, Ophrys, 2006, 302-331.

14 Refresquemos la definición de noción en la teoría de las operaciones enunciativas de A. Culioli: “una noción es un sistema de representación complejo que organiza propiedades físico-culturales de naturaleza cognitiva. La noción existe antes de que las palabras entren en categorías; es un generador de unidades léxicas.”. “Notion”, en Bouscaren y otros, The SIL French-English Glossary of linguistic terms. English definitions of key terms in the Theory of Enunciative Operations, “Théorie des opérations énonciatives: définitions, terminologie, explications”, 2006, en línea, URL: www.sil.org/linguistics/glossary%5Ffe/defs/TOEEn.asp , consulta: 01/02/2008.



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