Ensayos éticos


LA ÉTICA DE LA COMUNICACIÓN Y DEL PERIODISMO



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7. LA ÉTICA DE LA COMUNICACIÓN Y DEL PERIODISMO

Abordar la comunicación y el periodismo desde sus referentes éticos presupone bosquejar los aspectos morales que deben caracterizar a esas respectivas actividades sociales. Se establece así una correlación entre la ética, la comunicación y el periodismo desde la posibilidad que brinda la filosofía moral contemporánea, concretándose un enfoque interdisciplinario encaminado a esclarecer las vertientes humanistas de esas importantes expresiones del quehacer social.


La comunicación social se inició desde los albores mismos de la existencia humana, devino elemento necesario para el hombre como parte de sus relaciones sociales. A primera vista nada es tan inmediato y natural como comunicarse. La comunicación humana es una compleja trama de procesos necesarios para la vida. Vivir es comunicarse, comportarse socialmente; la alienación social tiene mucho que ver con la incomunicación social. Las aptitudes comunicativas conseguidas por otras especies que precedieron al hombre aportaron el antecedente cuya herencia hizo posible la comunicación humana. Estas aptitudes se amplían y se modifican profundamente cuando resultan modeladas por el propio desarrollo cultural de nuestra especie.
En el proceso de comunicación, el hombre actúa recíprocamente con los restantes hombres. En este devenir interactivo, las relaciones sociales se realizan en un contexto concreto e individual, matizado además por la psicología peculiar de los sujetos. Este proceso de intercambio de actividad es, al mismo tiempo, un medio de autoconocimiento, pues al intercambiar su modo de ser con el otro, se refleja en él. Conoce al semejante y a partir de sus cualidades sociales, se retrata en él, se autoconoce en tanto tal, como individualidad social.
Comunicación se deriva de la raíz latina COMUNIS, poner en común algo con otro. Es la misma raíz de comunidad, de comunión, expresa algo que se comparte, que se tiene o se vive en común. Así mismo, significa diálogo, intercambio, relación de compartir, de hallarse en correspondencia, en reciprocidad. Esta acepción, la más antigua que se conoce, se identifica con el verbo COMUNICARSE. Sin embargo, esa impronta reflexiva del verbo se fue oscureciendo, olvidando y comenzó a entenderse la comunicación como acto de informar, de transmitir, de emitir. Desde lejanos tiempos, coexistieron las dos formas de entender el término, pero con creciente predominio de la segunda acepción sobre la primera.
La principal causa de ese desplazamiento de sentido que ha descrito el término comunicación está en el carácter autoritario y jerárquico que se implanta en nuestras sociedades a partir de la antigüedad esclavista. En el seno de una sociedad estratificada y dominadora el modelo EMISOR –Mensaje – RECEPTOR constituye la forma predominante de comunicación. Es así como suele “comunicarse “ la clase dominante con la dominada, las grandes potencias con los pueblos del Tercer Mundo, el gobernante con los gobernados, el oficial con los soldados, el jefe con sus subordinados, el empresario con los trabajadores, el padre de familia con sus hijos, el profesor con los alumnos, el gran periódico con sus lectores, la radio y la televisión con sus usuarios.
No es por inexistente por lo que esta concepción es impugnada. Lo que se cuestiona es que eso sea realmente comunicación. La controversia para recuperar el sentido original del concepto de comunicación entraña, pues, mucho más que una simple cuestión semántica. Ella comporta una reivindicación humana y sobre todo, una reivindicación de los sectores dominados, hasta ahora los grandes excluidos de las grandes redes transmisoras. La polémica tiene una dimensión social y política.
Los hombres y los pueblos de hoy se niegan a ser receptores pasivos y ejecutores de órdenes; sienten la necesidad de participar, de ser actores, protagonistas, en la construcción de la nueva sociedad, auténticamente democrática. Así como reclaman justicia, igualdad, el derecho a la educación, el derecho a la salud y demás, reclaman también su derecho a la participación y, por lo tanto, a la comunicación. Los sectores populares no quieren seguir siendo meros oyentes; quieren hablar ellos también y ser escuchados. Pasar a ser interlocutores.
El bien interno de la comunicación es la transmisión de la cultura y la formación de personas críticas ya que la verdadera comunicación no está dada por un emisor que habla y un receptor que escucha sino por dos o más seres o comunidades humanas que intercambian experiencias, conocimientos y sentimientos. Es a través de ese proceso de intercambio como los seres humanos establecen relaciones entre sí y pasan de la existencia individual a la existencia social. Quien ingresa en la actividad comunicativa no puede proponerse una meta cualquiera, sino que ya le viene dada y es la que presta a su acción sentido humano y legitimidad social.
La ética de la comunicación social, en consonancia con el bien interno que la tipifica, necesariamente debe tener un carácter dialógico. De aquí que todas las personas en tanto seres capaces de comunicación deben ser reconocidas como interlocutores válidos. No puede renunciarse a ningún interlocutor ni a ninguna de sus posibles aportaciones al intercambio y a la discusión. Desde la perspectiva dialógica se reconstruyen dos conceptos ya clásicos en el pensamiento ético universal: los conceptos de persona y de igualdad. La persona se nos presenta ahora como un interlocutor válido, que como tal debe ser reconocido por cuantos pertenecen a la colectividad de comunicadores; la idea de igualdad se torna ahora comunicativa, en la medida en que ninguna persona, ningún interlocutor válido puede ser excluido a priori de un diálogo sobre cuestiones que le conciernen y le afectan.
La ética de la comunicación social se propone encarnar en la sociedad los valores de libertad, justicia y solidaridad a través del diálogo, como único procedimiento capaz de respetar la individualidad de las personas y, a la vez, su innegable dimensión solidaria, porque en un diálogo hemos de contar con personas, pero también con la relación que entre ellas existe y que, para ser humana, debe ser justa. Este diálogo nos permitirá cuestionar las circunstancias vigentes en una sociedad y distinguir si son moralmente válidas, porque creemos realmente que humanizan.
Obviamente, no cualquier forma de diálogo puede ser parte constitutiva de la ética de la comunicación social. Desde su perspectiva, el procedimiento dialógico presupone que todos los seres humanos capaces de comunicarse son interlocutores válidos y que no cualquier diálogo es aceptable, sino sólo aquel celebrado en condiciones de simetría entre los interlocutores. Además, el acuerdo o consenso al que se llegue por intermedio del diálogo, diferirá totalmente de los pactos estratégicos, de las negociaciones. Porque, en una negociación los interlocutores se instrumentalizan recíprocamente para alcanzar cada uno sus metas individuales, mientras que en un diálogo se aprecian mutuamente como interlocutores igualmente facultados, y tratan de llegar a un acuerdo que satisfaga intereses universalizables. Por eso, la racionalidad de los pactos es racionalidad instrumental mientras que la racionalidad presente en los diálogos es comunicativa.
Por lo tanto, una cosa es la seudo comunicación que busca dominar e imponer, conservar el control y el monopolio del habla para mantener a la sociedad pasiva y sometida a estructuras injustas; y otra bien distinta, la comunicación que se propone generar un diálogo democrático, participativo e igualitario que contribuya a cambiar esa sociedad y a dinamizar el compromiso social. Por eso, la ética que apunta al deber ser y a lo moralmente válido al enunciar el marco referencial de una comunicación humana y eficaz, considera que ella ha de tener como metas el diálogo y la participación, ha de estar al servicio de un proceso liberador y transformador, y ha de estar estrechamente vinculada a las organizaciones populares. En resumen, el pueblo ha de ir formándose con la comunicación, comprendiendo críticamente su realidad y adquiriendo instrumentos para transformarla.

En una sociedad mediática como la actual, el quehacer periodístico deviene experiencia vital en el universo comunicativo. Y, aunque el periodismo tiene esencialmente un carácter informativo, los tiempos que vivimos le exigen que se transforme aceleradamente en un verdadero medio de comunicación, tarea que sólo podrá cumplimentar si impregna su proceder de eticidad.


Cuando las miras del periodismo se tergiversan por intereses que lo alejan de su vocación fundamental de informar, orientar y educar, pierde autoridad moral ante el público. De ahí que sea justo decir que la autoridad moral de los medios periodísticos, depende de la relación que se establece entre éstos y la sociedad, entendida como una comunidad humana históricamente determinada.
El periodista ha de estar atento al hecho de que trabaja la información para las expectativas de un público, que habrá de leer, escuchar o presenciar determinados acontecimientos. En el periodismo, pensar en un auditorio receptivo, es un compromiso que nace de las funciones propias del oficio: la información siempre tiene un destino. También el periodista ha de estar consciente de que desempeña su trabajo en una sociedad concreta y en una empresa informativa específica.
Los periodistas se dirigen a una audiencia dispersa, heterogénea, asidua o casual. Son voceros, pero son igualmente testigos de un acontecimiento, no son jueces ni son parte, sino informadores. Es verdad que el periodista no debe responder a una etiqueta que lo vuelva un simple autómata, un títere manipulado, que intentaría a su vez extender una manipulación. Su individualidad le lleva a la posibilidad de observar y valorar el acontecimiento con una mirada que no puede ser neutral. La imparcialidad y la objetividad no pueden ser condiciones que le impiden su subjetividad, sus emociones, simpatías, preferencias o pareceres. Pero, si la imparcialidad y la objetividad en sus formas absolutas son condiciones imposibles, no ocurre así con la honestidad, la integridad y otros valores que se relacionan con las labores periodísticas.
En el oficio cotidiano del periodismo, quien lo ejerce atestigua muchas veces cuadros con los que no está de acuerdo. Su compromiso moral de honestidad le impele a retratarlos tal cual son, sin apología ni moraleja, pues si vemos que la neutralidad completa es falaz, no lo es en cambio tomar partido. No obstante, el periodista ha de estar alerta a las muchas acechanzas que pueden establecer un dilema moral, es decir ese conflicto de intereses en el que una parcialidad informativa implica un actuar deshonesto. Observemos pues, que si bien la neutralidad periodística total y absoluta no es posible, pues existen subjetividades que no se pueden ignorar, esto no debe confundirse con la aspiración a la verdad que debe caracterizar a los medios informativos.
Las defensorías del lector, los foros para la opinión del lector, los espacios dirigidos al director de un medio, responden al reconocimiento de esta parcialidad que, como resultado de las subjetividades del periodista o de los intereses de empresas informativas, puede afectar a un tercero en un momento determinado. De aquí la exigencia que la ética periodística establece con respecto al manejo transparente de la información a fin de impedir cualquier aturdimiento motivado por intereses de diverso tipo.
El desarrollo ético contemporáneo, nos permite afirmar que nadie carece de referente moral. Cada persona, por el solo hecho de serlo, incluye en sus características un perfil moral propio que se expresa en actitudes y manifestaciones de un rápido y sencillo reconocimiento, cuando se expresan dentro del interesante ámbito de las relaciones humanas. Por eso, podemos hablar de valores como el humanismo, la solidaridad, la dignidad, la honestidad, la tolerancia, la libertad y el amor a la verdad en función del grado en que estos atributos de la conciencia de los periodistas, se encuentran en una expresión informativa. Si bien estos valores se incluyen en un acervo subjetivo, individual, son contenidos morales que se objetivan en la actividad informativa y en la comunicación.
En lo concerniente a la subjetividad del periodista y los criterios de veracidad que deben regir su oficio, el lugar de la palabra es fundamental. La palabra es expresión plena de la interioridad humana. Es cierto que a través de la palabra puede mentirse, o que las palabras tienen diversos contenidos semánticos y que son interpretados a la luz de las capacidades de cada persona. Por estas razones, quien participa de la actividad periodística requiere prestar atención cuidadosa a la expresión verbal, escrita o hablada.
La seguridad en las propias capacidades le permite al periodista dar respuesta al acontecimiento, le mantiene en posibilidad de reaccionar ante una noticia y, por eso, puede poner en movimiento su esfuerzo y energía para reflejar y dar a conocer el suceso del que es testigo. Además, esta confianza en sus habilidades y capacidades, hace que el periodista mantenga los pies sobre la realidad y pueda observar lo que sucede con la suficiente ecuanimidad como para no perderse en el intrincado laberinto de criterios con los que debe enfrentarse cotidianamente.

Puede así, respaldar los resultados de su trabajo con la confianza de que lo realiza con convicción. Así mismo, en la circunstancia del cuestionamiento por su labor, el profesional del periodismo puede apelar a sus conocimientos y capacidades en lo relativo a aspectos que implican directamente a la ética de la profesión, como son: secreto profesional, derecho al libre acceso a la información, derecho de réplica, derecho a la intimidad y privacidad, cláusula de conciencia, derecho de autoría, así como el derecho a que se respete su integridad moral y física.


Distinguir entre lo privado y lo público constituye una de las condiciones que mayor importancia tiene en el ejercicio de la actividad periodística. En cualquier modalidad del quehacer informativo es necesario que el periodista considere la pertinencia ética de lo que va a difundir. Tomará en cuenta, sin duda, el interés público, pero también debe percibir con base en un criterio deontológico, las situaciones estrictamente privadas. Al considerar las posibles implicaciones y afectaciones particulares, seleccionará entonces la información con un criterio de servicio y descartará los puntos que puedan afectar el área íntima del protagonista de su información.
Como se sabe, desde hace bastante tiempo, la información es poder. Los medios crean realidad y conciencia, pueden hacer creer a los ciudadanos que las cosas y las personas son como ellos las muestran, “dan el ser” a unos acontecimientos y personas y se la niegan a otros, porque en una sociedad mediática “ser es aparecer en los medios”. Vivimos de una “construcción mediática de la realidad”, los ciudadanos saben de su mundo a través de lo que los medios les ofrecen, tanto en el nivel global como en el local. Y, obviamente, la tentación de utilizar tal poder es casi irresistible. Mundo político y empresas informativas entran en contacto, y se producen concentraciones de poder, en detrimento de los ciudadanos que se supone sean los protagonistas de la vida pública. Ante esa situación, los periodistas tienen el reclamo moral de forjar, desde la profesión, la eticidad que les permita alcanzar los objetivos que les son consustanciales y contribuir, desde sus respectivas trincheras, a la formación de una ciudadanía activa y crítica también en el mundo comunicacional-masivo.


  1. ETICA Y DESARROLLO

El informe del Club de Roma de 1972, que resultó del Proyecto sobre la Condición Humana, iniciado en 1968, marcaría un hito en la conceptualización del desarrollo al considerarlo como el “...proceso que experimenta una sociedad para conseguir el bienestar de la población, relacionándose de forma armónica con el entorno natural, consiguiendo así satisfacer las necesidades materiales y establecer las bases para que todo individuo pueda desplegar su potencial humano”.(1)


En contraposición al carácter netamente cuantitativo del crecimiento, el desarrollo es definido como un proceso que involucra aspectos cualitativos de la condición humana de un país, región o continente.
Esta reformulación de la esencia del desarrollo continuaría con la tesis del otro desarrollo, promovida por sectores de Europa Occidental a través del informe ¿Qué hacer?, aparecido en 1975. Su enfoque hace énfasis en el desarrollo como un concepto integral, en el cual el ser humano y la satisfacción de sus necesidades, constituyen el objetivo supremo. Al respecto, una de las principales precisiones de los autores del informe plantea que “El desarrollo es un todo; es un proceso cultural, integral, rico en valores; abarca el medio ambiente natural, las relaciones sociales, la educación, la producción, el consumo y el bienestar”. (2)
Paralelamente con la tesis del otro desarrollo, toma cuerpo la aproximación al desarrollo por el camino de las “necesidades humanas básicas”, que tiene puntos esenciales de contacto con aquella concepción. Sin embargo, esta última tesis logra penetrar de forma más aguda en la identificación e inserción de las necesidades humanas dentro de la estrategia de desarrollo, lo cual trasciende hasta el marco de la teoría económica y permite un análisis más balanceado de la esfera del consumo. Al colocar el acento en la erradicación de la pobreza, el derecho al empleo, la distribución equitativa del ingreso y el acceso universal a los servicios básicos, ambas tesis se inscriben dentro de un movimiento renovador del pensamiento socioeconómico, que rompe con la óptica tradicional sobre los problemas del desarrollo.

En la propuesta de la Comisión Sur sobre la definición del desarrollo (1990), se plantea que es un proceso que permite a los seres humanos utilizar su potencial, adquirir confianza en sí mismos y llevar una vida de dignidad y realización. Es un proceso que libra a la gente del temor a las carencias y a la explotación. Es una evolución que trae consigo la desaparición de la opresión política, económica y social. El desarrollo supone, por consiguiente, una creciente capacidad para valerse por sí mismo, tanto en el plano individual como colectivo. El verdadero desarrollo tiene que centrarse en la gente, estar encaminado a la realización del potencial humano y a la mejora del bienestar social y económico de las personas, y tener por finalidad el logro de lo que ellas mismas consideran que son sus intereses sociales y económicos. (3).


La definición del desarrollo humano del PNUD (1990), lo caracteriza como un proceso en el cual se amplían las oportunidades del ser humano. En principio, estas oportunidades pueden ser infinitas y cambiar con el tiempo. Sin embargo, a todos los niveles del desarrollo, las tres más esenciales son: disfrutar de una vida prolongada y saludable, adquirir conocimientos y tener acceso a los recursos necesarios para lograr un nivel de vida decente. Si no se poseen estas oportunidades esenciales muchas otras alternativas continuarán siendo inaccesibles. Según este concepto de desarrollo humano, es obvio que el ingreso es sólo una de las oportunidades que la gente desearía tener, aunque ciertamente muy importante; pero la vida no sólo se reduce a eso. Por lo tanto, el desarrollo debe abarcar más que la expansión de la riqueza y los ingresos. Su objetivo principal debe estar centrado en el ser humano. (4).
En 1990, el PNUD asumió el reto de conformar una nueva dimensión sobre el Desarrollo Humano. Aparece un criterio más amplio para mejorar la condición humana que abarca todos los aspectos del Desarrollo Humano, tanto en los países industrializados como en los países en desarrollo, en los hombres como en las mujeres y en las generaciones actuales como en las futuras. El Desarrollo Humano se concibe no sólo como el ingreso y el crecimiento económico, sino que engloba también el florecimiento pleno y cabal de la capacidad humana y destaca la importancia de poner a la gente (sus necesidades, aspiraciones y opciones) en el centro de las actividades de desarrollo.
En las distintas versiones del Informe sobre Desarrollo Humano, al calificarse el desarrollo como humano está implícita una visión del hombre en su doble condición de ente social e individual, como eje central, principio y fin de un proceso que integra la dimensión económica con la social, la política, la jurídica y la moral. Esta perspectiva supera el marco técnico económico o, más bien, economicista que ha lastrado ciertas concepciones sobre el desarrollo y aspira a establecer una misma forma de evaluarlo, tanto en países desarrollados como en los subdesarrollados.
Los esfuerzos de los redactores del Informe sobre Desarrollo Humano por presentar una definición de este concepto han aportado un criterio amplio e integrador sobre el tema, en el que se destaca la necesidad de mejorar la condición humana en sus múltiples dimensiones, en todos los países y en todos los grupos sociales.
Es necesario comprender que al plantear el desarrollo desde una concepción ética, no se está excluyendo la importancia que tienen las consideraciones de carácter técnico-económico sobre los equilibrios macroeconómicos, las proporciones sectoriales, la regulación de los mercados, los modelos de acumulación, etc. Lo que se está planteando es que éstas deben ser realizadas desde una perspectiva moral, esto es, partiendo de las realidades, valores y aspiraciones de las grandes mayorías de las poblaciones en las que los procesos de desarrollo han de tener lugar y, por tanto, planteando un paradigma que se corresponda con estas realidades.
Toda política de desarrollo debe ser profundamente sensible e inspirada en los valores morales. Para decirlo con una expresión lapidaria: “el desarrollo en el siglo XXI será éticamente viable o no será”. Para comprender el alcance de esta afirmación, es necesario asumir los conceptos de desarrollo y moralidad, como partes inseparables de un proceso único. Es necesario entender que el atraso, la miseria y el subdesarrollo no son valores morales. El desarrollo no es simplemente el crecimiento más o menos armónico de los diferentes sectores de la economía, medido por estadísticas frías y criterios de rentabilidad. Es un proceso más complejo y abarcador, en función de los intereses y aspiraciones materiales y espirituales de los pueblos, que debe incorporar coherentemente diversas lógicas socioculturales y experiencias históricas para dar lugar a una sociedad culta, justa, solidaria, políticamente democrática y ecológicamente sustentable.




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