Ensayos éticos



Descargar 0.79 Mb.
Página4/10
Fecha de conversión26.03.2018
Tamaño0.79 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10
En el nivel cotidiano, la conciencia moral del individuo no rebasa el marco de los fenómenos que caracterizan a su medio más inmediato. Evidentemente que para un conocimiento profundo de la realidad social, resultan insuficientes las posibilidades que brindan los conocimientos empíricos y los sentimientos. Para la consecución de este fin, se hacen necesarios conocimientos en los cuales se generalice la experiencia de los grupos sociales, de la sociedad en su conjunto. Estos conocimientos sólo pueden ser adquiridos mediante la instrucción y la educación que se afincan en la batalla diaria por alcanzar los grandes objetivos sociales.
Resulta conveniente precisar que a la conciencia cotidiana no sólo le son inherentes los conocimientos empíricos y los sentimientos, sino que también ella opera igualmente con formas racionales. Es decir, se fundamenta en determinadas ideas y principios, pero estas ideas existen en la conciencia cotidiana no en forma teórica, sino a nivel de juicios, creencias, costumbres que se generan en los límites de la experiencia diaria. En su quehacer diario, el individuo puede realizar el bien y luchar por la justicia, no solamente movido por los sentimientos, sino también por las costumbres, las tradiciones y además, con una elección reflexiva, consciente.
La cotidianidad de la conciencia moral no consiste en si es racional o empírica, sino en su incapacidad para decidir los problemas fundamentales con conocimiento de causa. Problemas de ese tenor, tales como el de la legitimidad del orden social existente, desde el punto de vista del humanismo y la justicia, del ideal social, el del sentido de la vida y otros semejantes, requieren para ser abordados y resueltos eficazmente de la existencia de una conciencia teórica en el individuo.
Para la formación de la conciencia teórica del individuo, resulta insuficiente la experiencia propia. La actividad individual, con sus contradicciones y conflictos, genera un cúmulo de experiencias que impulsan al ser humano a la reflexión acerca del bien, el deber, la justicia y otros problemas morales de semejante importancia. Sin embargo, resulta imposible encontrar respuestas idóneas a cuestiones de tal envergadura sin salir de los límites de los conocimientos adquiridos en los ámbitos de la experiencia individual. Para hallar respuesta a esos problemas morales, el individuo debe volverse hacia la experiencia de la sociedad que aparece reflejada en la conciencia social en forma de diferentes teorías éticas y doctrinas morales.
Toda teoría ética acerca del desarrollo moral de la sociedad y del ser humano, presenta una definida tendencia ideológica consistente en abordar el estudio de los problemas desde las posiciones de los intereses grupales. Cada individuo en la sociedad antagónica o es miembro de determinado grupo o se encuentra bajo la influencia de la ideología de alguno de los conglomerados humanos existentes. Ya desde su infancia, cuando comienza el período educativo, al individuo, junto a las demás concepciones acerca del mundo circundante, se le inoculan las ideas de aquel grupo en manos del cual se encuentra el sistema de educación e instrucción.
Para comprender ese influjo ideológico a que se ve sometido el individuo, queremos llamar la atención con respecto a que en la vida real la persona no sólo se encuentra bajo la influencia de la ideología del agrupamiento social al cual pertenece, sino que también recibe el impacto ideológico de los grupos contrapuestos. Esta última influencia acrecerá sobre todo cuando se trate de una ideología que refleja de la manera más adecuada la necesidad histórica. En este caso, tal ideología ejerce en el individuo una influencia más fuerte que las ideas emanadas de su propio grupo. Cuando esto sucede, se opera el tránsito del individuo hacia las posiciones más progresistas desde el punto de vista ideológico.
La ideología que representa el progreso constituye una forma específica de reflejo del acontecer social. En sus comienzos, esta ideología prende en la conciencia moral de individuos aislados a los cuales no les satisfacen las representaciones prevalecientes, las valoraciones dominantes ni las prescripciones que tienen carácter normativo. Estas nuevas ideas, enunciadas en forma de hipótesis y teorías, transitan hacia la conciencia moral social y adquieren carácter de valores sociales. Resulta importante aclarar que no todas las ideas elaboradas por los teóricos penetran en la conciencia social como valores.
Desde el punto de vista social, aparecen como valores aquellas ideas en las cuales está reflejada la necesidad del desarrollo progresivo de la sociedad. Precisamente, esas ideas constituyen la fuerza que activamente influye sobre la sociedad y la cambia.
La conciencia teórica del individuo constituye un nivel más alto que su conciencia cotidiana. Cuando el nivel teórico alcanza un rango apreciable, la persona no sólo adecua su conducta a determinados parámetros conceptuales, sino que en su actividad realiza lo que exige la necesidad social en un determinado momento histórico. De esta manera, el individuo pasa a engrosar las filas de los luchadores por el progreso social de la humanidad.
La actividad de la conciencia moral individual se realiza en forma sensorial y en forma racional. Los sentimientos morales constituyen una reacción interna del individuo hacia las acciones realizadas por él mismo, así como las concretadas por otras personas. Como expresión de esta reacción, en el individuo surge determinada relación con respecto a las acciones referidas que puede expresarse en forma de sufrimientos internos: sentimientos de vergüenza, arrepentimiento, remordimientos, satisfacción o en forma de reacciones emocionales dirigidas al exterior: compasión, odio, amor, indiferencia.
La naturaleza de los sentimientos morales resulta doblemente social. Su carácter, en gran medida, depende del grupo al que pertenece el individuo y de aquellos fenómenos sociales que han participado en calidad de orientaciones valorativas del sujeto en el proceso de su educación. En cada individuo, la experiencia vital resulta peculiar e irrepetible, condicionada por las múltiples y variadas circunstancias en las cuales desenvuelve su existencia. Esta experiencia en unión con la naturaleza emocional del individuo engendra diferentes sentimientos, tanto positivos como negativos.
En la vida cotidiana, cuando no existe la posibilidad de meditar detenidamente acerca de las acciones a realizar, debido a la necesidad de tomar una rápida decisión, el sentimiento ayuda al ser humano a efectuar una elección correcta. En este caso, el sentimiento interviene como motivación de la conducta.
Los sentimientos se encuentran en el escalón inicial del conocimiento humano. Esta peculiaridad determina que no siempre a través de ellos puedan reflejarse adecuadamente las situaciones existenciales que comportan un determinado nivel de complejidad o de situación conflictiva. Por esta razón, en muchos casos, se habla de que los sentimientos son ciegos.
En la contemporaneidad, resulta muy importante tener presente las posibilidades reales de los sentimientos morales a fin de orientarnos certeramente en un mundo caracterizado por la multiplicidad y la complejidad de los vínculos entre las personas, entre el individuo y la comunidad. En nuestro tiempo, como resultado de las circunstancias referidas, en muchas ocasiones se impone la realización de una elección efectiva de los modos de conducta sobre la base de los sentimientos. Por eso, los sentimientos morales del individuo deben ser completados con los conocimientos morales. Conocimientos que permitan a la persona comprender acertadamente valores morales tales como el bien, el deber, la solidaridad, la justicia, la libertad; conocimientos acerca de las normas, principios e ideales sociales.
Sin embargo, los conocimientos, por sí solos, aún no garantizan la efectividad de la conducta. El individuo puede conocer en qué consiste su deber, cuales son los valores a los que debe atenerse, pero en la vida real no actuar en correspondencia con estos conocimientos. En el proceso educativo es necesario lograr que los conocimientos no sean para la persona sólo meras abstracciones. Se necesita que esos conocimientos acompañen sus sentimientos y guíen su conducta individual.
La unión de los conocimientos y los sentimientos sirve de base a las convicciones morales que constituyen elementos importantes de la conciencia moral individual. El individuo que no posee sólidas convicciones se proyecta en la vida con una endeblez manifiesta y en los momentos decisivos no suele ocupar las posiciones que demandan las circunstancias. Fundamentando su modo de vida en convicciones que poseen un valor insignificante, este individuo jamás podrá elevarse hasta la comprensión del verdadero sentido de la existencia humana. El circunscribe su razón de existir al logro de objetivos secundarios, cuya realización nunca le permitirá constituirse en una personalidad capaz de revelar en forma plena la genuina esencia de los valores humanos.
Las convicciones morales se forman en cada individuo como resultado de su participación en la vida social. Este proceso presupone la influencia de todo el sistema de educación social a fin de forjar en el individuo un sistema de convicciones. Así mismo se precisa que estas convicciones orienten al individuo hacia la lucha por el progreso humano y por la existencia de relaciones justas y solidarias entre las personas.
La actividad social del individuo, expresión de su esencia humana, se integra por el conjunto de acciones y conductas, dirigidas a la consecución de determinados objetivos. Ella incluye en sí un complejo de valoraciones que guían a la persona en la elección de sus formas de comportamiento. La actuación conscientemente dirigida que caracteriza al ser humano determina que sólo en muy raros casos el individuo realice una u otra conducta sin plantearse de antemano por qué y para qué se conduce de tal manera. El ser humano opera con una tabla de valores que caracteriza a su conciencia y cualifica su modo de vida. El sentido de la vida del individuo estará determinado por las peculiaridades de sus orientaciones valorativas.
Con las orientaciones valorativas se enlaza estrechamente la motivación de la actividad humana. Las acciones individuales en gran medida están predeterminadas por las circunstancias concretas que la persona encuentra en el medio en que se desenvuelve. Sin embargo, lo anterior no quiere decir que el ser humano se cruce de brazos ante la realidad circundante, él aspira a realizar cambios en su entorno, en consonancia con sus intereses. El ser humano no es un observador imparcial de su mundo, es el agente activo de las transformaciones que necesita y desea. Este interés que orienta las acciones del individuo, constituye la relación subjetiva que como presupuesto de la conducta deviene motivación de la actividad humana.
En la conciencia moral individual se refleja no sólo el mundo subjetivo, sino también la propia vida del sujeto en sus variadas facetas. Este reflejo del micromundo personal abarca la relación del individuo hacia el mundo objetivo, el carácter e integralidad de las relaciones entre lo subjetivo y lo objetivo, el nivel de interés hacia el medio circundante, el grado de influencia activa del individuo con respecto a la realidad natural y social. En este marco, como indudable muestra del nivel de desarrollo de la conciencia moral individual, aparece no sólo la unidad de la orientación valorativa y la motivación, sino también la dimensión alcanzada por estos fenómenos, es decir, el grado de importancia de unas u otras motivaciones y la real significación que presentan las orientaciones valorativas para el sujeto.
En el proceso de su actividad vital, el ser humano constantemente coloca ante sí diferentes objetivos, tareas, aspiraciones hacia cuya realización se dirige para dar sentido a su vida. A la luz de estas determinaciones, tendrá una madurez mayor aquella conciencia que es capaz de plantearse ante sí los objetivos más significativos, supeditando su alcance a los esfuerzos personales y que examina los asuntos presentes desde el punto de vista del futuro.
La existencia de una conciencia moral individual desarrollada adquiere la forma de elevadas exigencias de la persona para consigo mismo. Estas exigencias se concretan ante el individuo en forma de representaciones acerca del deber personal y la responsabilidad, el honor y la dignidad, expresándose como verdaderas órdenes de su conciencia valorativa.


3. "LA ETICA, ALGUNAS CLAVES PARA SU COMPRENSION"

Ética y moral se utilizan como sinónimos o al menos, como palabras que tienen mucha cercanía. Tal vez, esa equivalencia provenga de que ambos vocablos tienen sus raíces en términos que significan "costumbre"; ética proviene del griego "ethos" y moral constituye una derivación del latín "mores". Algunas veces, la palabra ética es utilizada para designar el conjunto de principios, normas y formas de pensamiento que guían, o reclaman autoridad para dirigir, las acciones de un determinado agrupamiento humano; en otras ocasiones, el término ética se refiere al estudio sistemático de las argumentaciones acerca de cómo nosotros debemos actuar. En el primero de estos sentidos, podemos interrogarnos acerca de la ética laboral de los campesinos en Cuba o hablar acerca de la manera en que la ética médica en Holanda acepta la eutanasia voluntaria. En el segundo sentido, ética es el nombre de un campo de estudio y, a menudo, de una materia que se imparte por los departamentos de Filosofía de las universidades. Usualmente, el contexto esclarece con qué connotación se está utilizando el término.


Algunos escritores utilizan el término moral para el primer sentido, descriptivo, en el que usamos la palabra ética. Ellos hablarían de la moral de los habitantes de Cuba cuando quieren describir lo que los cubanos asumen por correcto o incorrecto, y reservarían ética (o en ocasiones "filosofía de la moral") para el campo de estudio o la materia que se enseña por los departamentos de Filosofía. El autor de este artículo se inclina a establecer la distinción terminológica entre ética y moral siempre que sea posible, aunque hay circunstancias en que la precisión conceptual resulta muy difícil porque, en realidad, lo ético y lo moral se identifican y confunden.


  • Los orígenes de la moral

¿De dónde viene la moral? Es esta una interrogante que se han planteado pensadores de diferentes tradiciones a lo largo de miles de años. En Atenas, hace 2,500 años, el sofista Trasímaco argumentó que la moral es algo impuesto por el fuerte sobre el débil. En el diálogo entre Trasímaco y Sócrates, éste rápidamente se propone amarrar al desdichado Trasímaco con nudos argumentativos, de esta forma es como Platón, discípulo de Sócrates, describe la escena. Pero, para todos, tanto la habilidad discursiva de Sócrates como su victoria pueden ser consideradas como algo vacío, carentes de una fundamentación de peso. Sócrates aduce que el soberano, como soberano, no está preocupado por sus propios intereses, pero sí por los intereses de sus súbditos. Sin embargo, si eso es lo que hace el soberano como soberano, entonces puede ser, simplemente, que no haya soberanos como tales en la realidad. El punto de vista escéptico de Trasímaco acerca de la naturaleza de la moral se mantiene como una posibilidad.


Más de 2000 años más tarde, bajo la sombra de la Guerra Civil Inglesa, Thomas Hobbes tuvo una semejante aproximación escéptica hacia la interrogante referida al origen de la moral, pero concretó una respuesta diferente. La moral, desde el punto de vista de Hobbes, otorga al soberano un derecho para mandar y ser obedecido, pero eso es en interés de todos, no solamente en interés del soberano que tendría tal potestad. Si a nuestro entender la vida sin un soberano es "solitaria, pobre, fea, brutal e insuficiente", nosotros podemos colegir que la moral tal como la concebimos solamente puede existir si todos concordamos en la necesidad de una suerte de contrato social que requeriría la existencia de un soberano para hacerlo cumplir.
El debate sobre si los seres humanos son buenos por naturaleza o por la ejercitación es bastante antiguo. Aristóteles, cuya obra se concreta inmediatamente después de Platón, pensó que la virtud tiene que ser enseñada y entonces practicada, sólo así ella puede convertirse en un hábito. El filósofo chino Mencio, quien vivió en la misma época que Aristóteles, debatió esta cuestión con los sabios de su tiempo. Al igual que Aristóteles, ellos argumentaron que la naturaleza humana puede ser entrenada para hacer el bien así como un tronco de sauce puede ser tallado para hacer una copa. Sin embargo, Mencio vio a los seres humanos como dotados de una compasión natural y con un innato sentido acerca de lo correcto y lo incorrecto. Cuando ellos hacen mal es porque condiciones adversas han desempeñado un papel corruptor de su naturaleza. Aquí Mencio anticipa la visión dieciochesca del filósofo francés Rousseau quien nos presenta con el clásico retrato del "buen salvaje", un ser humano cuyas necesidades simples son satisfechas por la generosidad de la naturaleza y que no tiene motivos para pelear con los otros habitantes del bosque. En realidad, estos salvajes son, para Rousseau, humanos pero salvajes; sus innatos sentimientos de compasión hacen de ellos seres naturalmente morales. Según el criterio rousseauniano, es la civilización y, particularmente, la introducción de la propiedad, la que genera el mal en el mundo.
Rousseau, Hume y Kant forman una especie de tríada del siglo XVIII: cada uno entre los grandes pensadores de sus países y, asimismo, cada uno con una concepción distinta acerca del origen de la moral. Hume compartió con Rousseau la convicción de que el origen de la moral se encuentra en determinados sentimientos naturales, pero él prestó una menor atención a la consideración de la naturaleza humana como bien. Nosotros estamos fragmentados, él pensó, entre nuestros sentimientos de humanidad y nuestra avaricia y ambición; por eso, la función de la moral es reforzar aquellos sentimientos que encuentran la aprobación general de todos y asegurar que nuestros deseos egoístas permanezcan bajo control.

Kant rechazó completamente la vinculación entre la moral y los sentimientos, sobre lo cual Rousseau y Hume estuvieron de acuerdo. Para Kant, el origen de la moral no descansa para nada en emociones o sentimientos. En cambio, la "ley moral pura" es algo completamente independiente de todo deseo o sentimiento, algo que nosotros podemos reconocer solamente porque, en nuestra condición de seres racionales, podemos librarnos de la necesidad causal del ordinario mundo de los sentimientos y las emociones, y seguir la "ley moral pura" que nos es dada sólo por la razón.


Cuando se habla del origen de la moral resulta importante analizar los puntos de vista al respecto de Marx, Darwin, Nietzsche y Freud, los más influyentes pensadores del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX. Para Marx y su compañero de ideales, Engels, la respuesta a la pregunta acerca de los orígenes de la moral está dada por la concepción materialista de la historia, la que constituye, probablemente, su más grande contribución al pensamiento universal. Ellos rechazaron la idea, abrazada muy claramente por Kant pero asumida también por otros muchos filósofos de la moral, acerca de que la moralidad en cierto sentido resulta independiente de las circunstancias materiales de la vida humana. En cambio, Marx y Engels ven la moralidad, a semejanza de como ven la religión y otras realizaciones del intelecto humano, como causada y determinada por las condiciones económicas y sociales bajo las cuales los seres humanos viven. Considero que es una simplificación comparar los puntos de vista de Marx con aquellos expuestos por Trasímaco, muchos siglos antes. Mas, si nosotros presentamos a Trasímaco como argumentando que los conceptos imperantes de justicia e injusticia han sido conformados para servir al dominio de los poderosos, no resulta difícil verlo como un precursor de Marx.
Por su parte, Charles Darwin dedicó un capítulo entero de "El Origen del Hombre" a la génesis del sentido moral. Para él, resultaba importante no sólo mostrar que la anatomía humana brinda amplias evidencias de nuestra descendencia con respecto a otros animales, sino también que nuestras capacidades mentales, incluyendo el sentido moral, son compatibles con estas hipótesis. De no ser así, entonces sus oponentes tendrían la posibilidad de argumentar que nosotros, después de todo, debemos suponer un acto de creación separado -presumiblemente divino- para los seres humanos. El enfoque de Darwin, si no su estilo, es extraordinariamente moderno. Él reunió muchos datos como resultado de sus observaciones en el mundo animal para mostrar que esos seres vivos tienen instintos "sociales" que los conducen a tener conductas que -si ellos fueran seres humanos- podrían, ciertamente, ser caracterizadas como morales. De este modo, él describe la gradual evolución de la moral desde las conductas instintivas, en nuestros antecesores animales, hasta las concepciones éticas más avanzadas, como las argumentadas por filósofos como Kant.
Nietzsche no está más favorablemente inclinado que Marx hacia las prevalecientes concepciones de la moral, pero él quiere ir "más allá del bien y del mal" mediante el enfrentamiento a la razón. Para Nietzsche, la moral es la creación de "el rebaño", la gran masa de gente ordinaria, guiada más por sus temores que por sus esperanzas, temerosa de diferenciarse de la muchedumbre. La moral es el medio por el cual el rebaño restringe al superior e independiente espíritu humano, de quien sólo (piensa Nietzsche) puede venir la grandeza, y lo arrastra hacia abajo hasta su propio nivel.

Freud, el padre del psicoanálisis, escribe principalmente acerca de los conflictos al interior de las mentes de los seres individuales; sin embargo, en "La Civilización y sus Insatisfacciones" toma a la sociedad humana en su conjunto y diagnostica una enfermedad consustancial a ella. Las insatisfacciones de la civilización provienen del conflicto entre la agresividad que, según él, es innata en el ser humano y el "super-ego cultural", o sea, la autoridad colectiva de la comunidad. En esta situación, según Freud, la moral surge como "una tentativa terapéutica" para resolver el conflicto. Dado que Freud postula una natural agresividad en la naturaleza humana, su análisis tal vez puede ser entendido -si obviamos su metáfora médica- como una variante moderna de la posición expuesta por Thomas Hobbes.
¿La búsqueda en torno a los orígenes de la moral nos ha proporcionado suficientes elementos? ¿Nos encontramos en un momento en que esta temática lo que necesita es el perfeccionamiento y desarrollo del acervo cognoscitivo acopiado? En cierto sentido, la respuesta es . El enfoque científico y moderno acerca de la génesis de la moral que se inició con "El origen del Hombre" y la concepción materialista de la historia se ha tornado mucho más elaborado en las últimas décadas. Nosotros estamos comenzando a entender el alcance del punto de vista según el cual los humanos somos morales por nuestra esencia social. Por naturaleza, no somos ni puramente buenos ni puramente malos, todo dependerá de las circunstancias sociales. Si bien Darwin y Marx no aclararon todos los "misterios" en torno a los orígenes de la moral, nos proveyeron de un esbozo general a partir del cual y de manera segura, podemos encontrar las respuestas acertadas a las interrogantes que suscita el surgimiento de la moral.


  • El papel de la razón en la moral

La determinación de la importancia de la razón en el ámbito de la moralidad constituye uno de los problemas claves en la reflexión ética. Si el mundo moral tiene una peculiaridad que lo distingue, debe ser a causa del papel que la razón juega en su controvertido entorno. Si no existe este papel para la razón en la moral o se disminuye su trascendencia, entonces no será posible resolver las disputas morales entre personas con posiciones emocionales contrapuestas o diferentes valores y costumbres. Pudiéramos pensar que como esa es la realidad que nosotros encaramos, simplemente deberíamos aceptarla. Ciertamente no es fácil concebir cómo pueden resolver sus diferencias, oponentes con posiciones encontradas, con respecto a temas polémicos como la eutanasia. Pero en muchos de nosotros anida el deseo de encontrar soluciones y existe el criterio de que, al menos en principio, hay una salida para tales desacuerdos. Esta posibilidad sería factible si los que están a favor y los que se oponen a la eutanasia entendiesen la naturaleza y las bases racionales de la moral; sólo así podrían concordar acerca de todos los hechos relevantes de la vida y llegar a alcanzar las mismas conclusiones acerca de la justificabilidad de la eutanasia. Por supuesto, resulta difícil poner a prueba este deseo ya que el acuerdo acerca de todos los hechos relevantes es prácticamente imposible de obtener, especialmente cuando, como en el caso del ejemplo, se parte de criterios que se consideran verdades inconmovibles como la consideración de que el límite de la vida humana es competencia de entidades sobrenaturales.


Con relación a este medular tema acerca del rol de la racionalidad en el mundo moral, Hume tiene el mérito de iniciar el debate moderno al plantear que la razón sólo desempeña un papel muy limitado, poco influyente, a la hora de decidir qué hacer, en términos de conducta humana. Según él, no es contrario a la razón preferir la destrucción del mundo entero antes que un rasguño al dedo meñique de uno, o a la inversa, elegir la ruina personal para lograr algún pequeño beneficio en favor de un semejante totalmente desconocido. A partir de que la racionalidad juega un papel limitado en nuestras decisiones prácticas, Hume argumenta que no es posible para la razón determinar qué es bueno o malo. Así, Hume concluye que la distinción entre el bien y el mal debe derivar de nuestros sentimientos y no de nuestra capacidad de razonar. A esto, él añade un comentario acerca de la dificultad de derivar un juicio de deber de una serie de afirmaciones sobre lo que es. Esta concisa exposición de la falacia de deducir valores de hechos, deviene uno de los pasajes más frecuentemente citado por la moderna Metaética.
Kant es, indudablemente, el más grande oponente del punto de vista de Hume en lo referente al papel de la razón en la moral. En "Los fundamentos de la Metafísica de la Moral", él explica el alcance que otorga a su propuesta de exclusión de todos los sentimientos como motivaciones morales. Ayudar a otros porque uno tiene sentimientos bondadosos hacia esas personas, afirma Kant, no configura un valor moral. Un acto tiene valor moral, únicamente, si está motivado por el sentido del deber que a su vez explica la ley moral pura en sí misma. Él argumenta que cuando nos abstraemos de todo sentimiento, nosotros nos quedamos sólo con la forma pura de la ley moral racional que es patrimonio de todos los seres racionales y que debe ser universalizada. De este modo, Kant llega a su famoso imperativo categórico: "Actúa de forma tal que la máxima de tu conducta pueda convertirse en una ley universal".
Sin embargo, el argumento de Kant acerca del imperativo categórico deja sin responder una importante cuestión. Para Kant, aunque los seres humanos toman parte en el mundo de la razón, a través de sus capacidades intelectuales, ellos deben actuar en el mundo físico, regido por la causa y el efecto. Incluso, reconociendo que la razón nos guía hacia el imperativo categórico como el patrón por el cual toda acción moral debe ser juzgada, quedaría un misterio acerca de cómo este juicio de la razón puede siempre dirigir a los seres humanos en su actuación. ¿Es la razón sólo un motivo, o puede ella -como argumentó Hume- únicamente originar la acción si nos muestra cómo alcanzar lo que nosotros queremos? En "La crítica de la Razón Práctica", Kant trata de superar este problema sugiriendo que nuestro reconocimiento de la ley moral necesariamente implica a un sentimiento especial de respeto que sirve como un incentivo para que nosotros sigamos la referida ley. Por lo tanto, un sentimiento sirve como base de nuestras acciones, uno que todos los seres racionales deben tener.

El intento de Kant para mostrar que sólo la razón es capaz de guiarnos a fin de concretar lo que es correcto o debido ha tenido un enorme impacto en los pensadores posteriores. Pero, ya en las primeras décadas del siglo XIX, se multiplicaron las dudas acerca de los éxitos de Kant en el campo de la ética. En ese sentido, Hegel, el más grande de los filósofos alemanes postkantianos, entiende que la moralidad del deber de Kant resulta abstracta ya que ella no tiene un contenido real. Aunque, en Hegel, está presente la referencia a una Idea Absoluta, su comprensión de la moral tiene indudablemente ribetes sociales. "El deber por el deber" es una fórmula vacía que no puede aportarnos nada si no se llena con principios morales sustantivos que, según Hegel, provienen de nuestra inclusión en la vida moral real de nuestra comunidad. Hegel intentó reconciliar la moralidad de Kant, basada en la razón universal abstracta, con los más sustantivos patrones morales dados por nuestra comunidad. La dificultad radica en mostrar como esta reconciliación es posible sin abandonar la razón en favor de la obediencia ciega a la costumbre.


En la filosofía posthegeliana se muestra una variedad de posiciones acerca del papel de la razón en la moral. Henry Sidgwick, el último de los grandes utilitaristas ingleses del siglo XIX, busca axiomas que sirvan de base a su filosofía de la moral. Él llamó a estos axiomas "intuiciones", pero no esa clase de intuición para la cual nosotros necesitamos algún sentido especial. Más bien, ellos son principios que pueden ser captados cuando los examinamos cuidadosamente, por ser verdades evidentes en sí mismas. Edward Westermarck da a conocer su enciclopédico estudio "El origen y desarrollo de las ideas morales", poco tiempo después que Sidgwick publicó "Los métodos de la Ética". Westermarck tiene la certeza de que la gente de diferentes culturas no compartirían el criterio de Sidgwick de que esos axiomas son verdades evidentes en sí mismas. Para él, no hay una verdad moral objetiva. La verdad es sólo la costumbre compartida como expresión de algunos patrones de desenvolvimiento, basada en la emoción y que experimenta variaciones de una sociedad a otra.
Ya en pleno siglo XX, resulta importante hacer referencia al positivismo lógico y sus implicaciones para la ética. Un postulado central de esta corriente filosófica, de tanta influencia en la primera mitad de la centuria, resulta la perfilada distinción entre las afirmaciones científicas que describen el estado del mundo y son, en principio, verificables y otras declaraciones que no nos dicen nada acerca del mundo. Estas últimas no llegan a integrar verdades lógicas, en cuyo caso son tautologías o meras experiencias verbales que no tienen sentido. Esto significa para Wittgenstein que ellas no pueden ser expresadas inteligiblemente y, por eso, acerca de los tópicos como los de índole moral es mejor permanecer en silencio. Por otra, Ayer interpreta los juicios morales como expresiones emotivas al estilo de "¡viva!" y "¡uh!". Desde estas posiciones no es posible encontrar un papel para la razón en la moral.
La ética emotivista de Ayer vino a convertirse en la concepción filosófica dominante en el mundo angloparlante después de la Segunda Guerra Mundial. En Francia, durante este período, tuvo lugar el apogeo del existencialismo que arribó a conclusiones escépticas semejantes acerca del papel de la razón. En "El existencialismo es un humanismo", Jean Paul Sartre explica que si no hay Dios, nosotros no estamos hechos de acuerdo con plan alguno ni existen principios objetivos que hayan sido establecidos para guiar nuestra acción. Nosotros somos libres para elegir, y no hay normas que nos ayuden en nuestras dudas. Este punto Sartre lo desarrolló con el apoyo de un ejemplo en el que un joven francés, durante la guerra, tuvo que elegir entre unirse a las fuerzas de la Francia Libre en Inglaterra o permanecer junto a su madre que había vivido únicamente para él. Este ejemplo ha ganado celebridad por la frecuencia con que ha sido citado, sin embargo, su eficacia demostrativa no está a la altura de lo que pensó Sartre. Incluso, aquellos que parten del criterio de que la moral tiene una base objetiva, podrían aceptar, fácilmente, la dificultad de tomar decisiones en tales circunstancias, cuando el resultado probable de cada línea de acción se presenta con tan poca claridad.
Thomas Nagel es un filósofo norteamericano contemporáneo que por muchos años ha venido desarrollando argumentos contra el punto de vista de Hume acerca del limitado papel que la razón puede jugar en nuestras decisiones prácticas. En "Las bases objetivas de la moralidad", nos brinda una visión panorámica de uno de los esos argumentos. Nagel trata de mostrar que los sufrimientos de los otros son malos y que, desde un punto de vista general, ellos importan, independientemente de como nosotros los sintamos en el orden personal. Si Nagel está en lo cierto, entonces Hume debe estar equivocado cuando dice que no es contrario a la razón elegir la destrucción del mundo entero para evitar un daño a nuestro dedo meñique. Desde la visión de Nagel, tal elección es errónea porque no da ningún peso a los sufrimientos de los demás y, por lo tanto, sería contraria a la razón. La idea de Nagel acerca de la razón, aquí expresada, está más cerca del imperativo categórico de Kant que de la concepción de Hume acerca de la razón como esclava de las pasiones.
Sin embargo, para J. L. Mackie hay algo "raro", inexplicable en la argumentación de Nagel. Mackie toma el partido de Hume y estructura un soporte a su posición cuando apunta que si hay algo que es bueno en un sentido objetivo, la manera en que cada persona lo interioriza resulta diferente. Y, justamente, en este campo de la individualización de lo común hay en el mundo muchas cuestiones que nos resultan incomprensibles. En "La estructura de la Ética y la Moral", R. M. Hare presenta un conjunto de razonamientos éticos que conduce a una forma de utilitarismo. La concepción ética que Hare defiende resulta más atractiva que la de Nagel, porque la hace depender de las especificidades que él considera inherentes a los conceptos morales más que de cualquier noción acerca de una razón objetiva. Hare elude las dificultades con respecto a la posibilidad de una bondad objetiva o su universalización. La cuestión radica en saber si él limita la aplicación de su punto de vista a aquellas personas que aceptan de manera común un conjunto de conceptos morales.
Colin McGinn forma parte de un pequeño número de filósofos que ha tratado de utilizar nuestros crecientes conocimientos acerca de la evolución social para proporcionar un mejor entendimiento de la naturaleza de la moral. En "Evolución y bases de la moralidad", él expone un novedoso argumento contra Hume y sus partidarios. ¿Cómo -pregunta McGinn- pudiéramos explicar el proceder altruista que implica el ayudar a personas desconocidas cuando no existe ninguna perspectiva de reciprocidad? El considera que sólo es posible una respuesta coherente si se asume que la moral tiene bases racionales. En este sentido, nosotros podríamos argumentar que la evolución social comporta el desarrollo de nuestros poderes racionales y, desde luego, la moral forma parte de esa totalidad.
El ensayo "Realismo" de Michael Smith trae hasta los momentos actuales la discusión en torno al papel de la razón en la moral. Hoy, en los departamentos de Filosofía, estos temas aparecen en forma de un debate acerca del "realismo moral" o como lo expresa Smith, sobre "el criterio metafísico de que existen hechos morales". En contraposición al argumento de Mackie de lo extraño o lo raro en el ámbito de la moralidad, los realistas morales modernos como Smith, ven sólo hechos morales cuyo misterio radica en que son deseos generados bajo el influjo de circunstancias particulares. El ensayo de Smith resulta como especie de una conclusión al debate entre Hume y Kant, porque su noción de los deseos idealizados como razones para la acción, sugiere una posible convergencia entre las teorías basadas en los deseos y las fundamentadas en la razón.

Las búsquedas conceptuales sobre la naturaleza de la vida buena, moralmente entendida, caen de lleno en el campo de la ética; esas indagaciones están basadas en puntos de vista referidos al valor intrínseco o máximo de la existencia humana. Hay muchas cosas que nosotros priorizamos, pero son pocas las que nosotros valoramos por ellas mismas. Vamos a suponer que nosotros valoramos el dinero como lo más preciado. ¿Por qué lo valoramos? A menos que seamos unos avaros, nosotros no queremos tener dinero con el único fin de recrearnos con su posesión. ¿Queremos tener dinero con el propósito de construir una casa o comprar un automóvil? Puede ser esa nuestra intención, pero ¿por qué nosotros queremos esas cosas? ¿Por qué nosotros creemos que dichos objetos nos harán felices? Pero, ¿son los bienes materiales el camino de la felicidad? Y, ¿es la felicidad realmente el bien supremo? Si no, ¿cuál otro podría serlo?


Esas interrogantes fundamentales son parte de la eterna búsqueda por encontrar el mejor camino para vivir, el verdadero sentido a la existencia humana. Hoy, tenemos dos razones especiales para examinar las ideas acerca de qué clase de vida es realmente valiosa. La primera razón es la necesidad de enfrentar la suposición dominante de que la vida buena requiere siempre de niveles crecientes de riqueza material. Este criterio está en oposición a lo sostenido por la inmensa mayoría de los pensadores de más valía, del pasado y del presente, en diferentes partes del mundo. Eso no demuestra que la suposición sea errónea, pero nos da una variedad de argumentos para la reflexión y el análisis, particularmente cuando no hay evidencias de que, una vez que se tienen satisfechas las necesidades básicas, el incremento de riquezas nos hace mas felices. La pertinencia para tal reflexión es grandemente reforzada por la segunda razón que fundamenta la necesidad de revivir la discusión sobre este tópico. Nuestro planeta está llegando a los límites de su capacidad para absorber los deshechos producidos por el derrochador estilo de vida de los seres humanos. Si deseamos evitar un drástico cambio en el clima global, tenemos la necesidad de encontrar un nuevo ideal de vida buena que dependa menos de un alto nivel de consumo material.
Los pensadores antiguos nos legaron ideas muy ingeniosas acerca de la vida buena. Buda la describe como un término medio entre la búsqueda del placer físico y la mortificación del cuerpo. Como meta suprema él sitúa "el cese de la desgracia" que es un estado más allá de toda pasión, anhelo y deseo. Aristóteles tiene un ideal más positivo. Para el estagirita, la felicidad es el objetivo fundamental que se encuentra y se concreta en el desarrollo de una vida activa que supone la búsqueda de la sabiduría filosófica. Esta es la más valiosa vida para una persona, la única que merece la pena desde el punto de vista de la existencia humana. Epicuro plantea que el placer es el fin supremo, pero aquellos que sólo tienen una referencia suya a partir del término "epicureísmo", derivado de su nombre, se sorprenderán al encontrar en su carta a Meneceo un firme repudio a las personas que viven para los placeres del comer y el beber. Epicuro se pronuncia por una vida sencilla en la cual nosotros controlamos nuestros deseos a fin de lograr un máximo de placer durante un largo período de tiempo.
Los estoicos, rivales de los epicúreos en la Antigua Roma, fueron todavía más lejos en la subordinación de los deseos a los dictados de la razón. Epícteto, esclavo de nacimiento, sugiere que en lugar de desear que la realidad sea diferente, nosotros debemos cambiar nuestros deseos para querer lo que realmente ocurre. Sin embargo, a uno le asalta la duda cuando nos interrogamos acerca de cuántos estoicos fueron capaces de restar importancia a la pérdida de los miembros de sus familias, tal como recomendaba Epícteto.

Entre las enseñanzas antiguas acerca de los ideales superiores, encontramos al Sermón de la Montaña. Su importancia, con relación a esta temática, se fundamenta en dos razones. La primera consiste en que ese fragmento bíblico muestra las distintas virtudes que Jesús elogiaba, las que han configurado una especie de patrón moral sobre cómo debemos vivir en esta vida. La segunda estriba en que este pasaje ofrece un tipo diferente de justificación para vivir de acuerdo con la virtud. Jesús no dice nada con respecto a vincular su lista de virtudes con una noción de una vida intrínsecamente buena o con cualquier otro beneficio en este mundo. En cambio, su énfasis está en la virtud como el único camino para entrar en "el reino de los cielos". Este criterio contrasta con los puntos de vista de los pensadores griegos y romanos para quienes, en su mayoría, el vivir virtuosamente lleva en sí su propia recompensa o constituye un camino para la mejor vida en este mundo.
El predominio de la enseñanza cristiana en la Ética Occidental bien puede haber tenido la responsabilidad por la declinación del criterio de que el vivir bien, moralmente, trae su propia recompensa en esta vida. Las actitudes extremas de algunos santos cristianos de los primeros tiempos, quienes llevaron a la práctica la idea del sacrificio de los placeres terrenales en aras del mundo por venir, son vívidamente descritas en la obra "La historia de la Moral Europea de Augusto a Carlomagno" de W. E. H. Lecky, uno de los grandes trabajos académicos de la última etapa de la era victoriana. En esa obra, nosotros podemos encontrar un vivo retrato de lo que, según Lecky, resulta un asombroso "ideal de excelencia" que estuvo vigente alrededor de dos siglos en la civilización europea.
Con la encantadora "Historia de un buen Brahmán" de Voltaire, nosotros nos movemos en el escenario de la era moderna en lo referente a la discusión de los fines de la vida. Aquí el debate gira alrededor del hedonismo, la idea de que el placer o la felicidad es el bien supremo. Aunque este punto no ha gozado de una aceptación universal, la persistencia de su atracción se pone de manifiesto en el hecho de que casi todos los criterios alternativos se autodefinen por su oposición al hedonismo. La historia de Voltaire se pregunta acerca de si la sabiduría es susceptible de ser valorada y si nosotros somos más felices cuando somos ignorantes. Jeremías Bentham, el padre fundador del moderno utilitarismo, no tiene dudas con relación a que la felicidad es el criterio básico para determinar la vida buena. ¿Podríamos estar de acuerdo con Bentham acerca de que un simple juego de mesa es tan bueno como la poesía, en cuanto a las cantidades de placer que ambos proporcionan? ¿O estaremos al lado del ahijado de Bentham, John Stuart Mill, y sostendremos que es mejor ser un Sócrates insatisfecho que un tonto satisfecho? ¿Y es la posición de Mill realmente compatible con el tratamiento del placer como único bien, como él sostiene? Henry Sidgwick, a no dudarlo, resulta más cuidadoso que Bentham y Mill al tratar de establecer que la "conciencia deseable" (que tiene mucha cercanía con relación al placer, pero no está limitada solamente por él) es el único valor supremo.
Los retos a la posición hedonística han venido de diversas direcciones. G. E. Moore, el filósofo de Cambridge que tuvo una profunda influencia del grupo de Bloomsbury de escritores y artistas, rechaza la insistencia de Sidgwick acerca de que solamente la conciencia puede ser intrínsecamente buena. Él concede un lugar destacado, en su jerarquía de cosas valiosas en sí mismas, a las experiencias conscientes, especialmente las experiencias de la belleza y la amistad. Pero él también piensa que la belleza es lo único intrínsecamente bueno, aún cuando no haya posibilidad de que alguien pueda experimentarla. Lo que aquí es particularmente interesante (y algo deprimente) no es solamente el desacuerdo entre Sidgwick y Moore, sino el hecho de que cada uno insiste en que, por la cuidadosa reflexión llevada a cabo, su punto de vista es evidentemente correcto por sí mismo. Quizás esto es así porque, si tales verdades no son evidentes por sí mismas, parece que nadie puede impedir que cualquiera pueda argumentar en favor de ellas.
Las discusiones acerca del valor supremo no están limitadas a los trabajos en los campos de la filosofía o la religión. En la conclusion de su autobiografía, Gandhi retoma un antiguo tema de la traición hindú y postula la meta humana como verdad y ahimsa o el no dañar como fin. El debate entre el controlador y el salvaje que aparece en "El valiente Nuevo Mundo" de Aldous Huxley es una expresión, en el ámbito de la literatura clásica, de las confrontaciones entre el hedonismo y un ideal de vida, basado en la lucha y el conflicto. Albert Camus al concebir un paradógico retrato de Sísifo como héroe existencialista, en su ensayo "El mito de Sísifo", toma este ideal de una vida de lucha y lo lleva aún más lejos.
En la actualidad, ¿qué situación presenta el debate acerca del bien supremo? En general, hay tres posibilidades principales. Una es, en términos amplios, el punto de los utilitaristas clásicos: únicamente alguna forma de conciencia deseable puede configurar intrínsecamente el bien. Roberto Nozick argumenta que la conciencia no puede tener un monopolio sobre el valor intrínseco, porque nosotros queremos no solamente tener ciertas experiencias, sino también hacer ciertas cosas, para vivir nuestras vidas en contacto con la realidad.
La segunda posibilidad toma en cuenta ese tipo de objeción: ella está basada en el punto de vista de que nosotros no estamos en posición de decir a otros qué ellos deben considerar como ser deseable y que, por esa sola razón, debemos aceptar cualquier preferencia que con respecto al ser del valor alguien pueda tener a partir de su criterio personal. Este enfoque ha dado origen a una forma moderna de utilitarismo que se diferencia de su expresión clásica ya que en lugar de tratar de maximizar la felicidad, busca producir una satisfacción de las preferencias. Este criterio es expresado por William James en su ensayo "El bien como satisfacción de las demandas".
La tercera posibilidad trata de conformar un listado objetivo de bienes intrínsecos, una relación que puede incluir formas deseables de conciencia, pero que indudablemente va más allá. Una expresión de este tercer tipo de teoría es la tradicional ley moral natural, cuyas raíces se proyectan hacia el pasado por medio de Tomás de Aquino hasta carenar en Aristóteles. Contemporáneamente, John Finis, en su obra "Ley natural y derechos naturales", ofrece una moderna versión de esta tercera variante en la búsqueda de los valores supremos. Derek Parfit, en "Razones y personas", considera los méritos de cada una de estas tres posibilidades y las expresiones diferentes que ellas pueden tomar. Cuando comparamos el estado actual de los debates con las opiniones más antiguas referidas al tema, la discusión muestra lo rigurosa y precisa que se ha tornado la indagación concerniente a los bienes supremos.



Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad