Ensayos éticos



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La moral y la ética.

Para captar con precisión el concepto de moral hay que tener presente la carencia de sustantividad de la moralidad. Es decir, lo moral no integra una parcela particular de la vida en sociedad, existe como atributo de las múltiples relaciones que dan sentido a la existencia humana. Una misma conducta puede tener una connotación moral o inmoral, según sea la motivación y el resultado que concrete. Regar las plantas ornamentales de un jardín en sí mismo no tiene carácter moral o inmoral, mas si realizamos esa acción movidos por el propósito de mantenerlas vivas ya que significan mucho para una persona enferma que se encuentra en el hospital, entonces la referida conducta adquiere un fundamento moral. Teniendo en cuenta las especificidades aducidas, decimos que la moral es aquella calidad de los fenómenos sociales que se expresa esencialmente en la connotación que tienen para el ser humano las relaciones con sus semejantes.


Por supuesto, la moral no ha sido siempre la misma, ha variado a lo largo de los siglos. Esa transformación ha estado determinada por los cambios acaecidos en las distintas sociedades que ha conocido el decursar de la humanidad. La moral como parte de la totalidad social va a reflejar las características de la estructura económica y los avatares de las luchas políticas. De ahí sus variaciones espacio-temporales.
La moral surge en las sociedades primitivas. Entre los estudiosos se ha discutido y se discute con relación al momento histórico en que surge la moral. Para algunos, la moralidad que está presente en la vida de las primeras colectividades que acusaron signo humano al desprenderse del mundo animal. Contraria a esta opinión se halla la de aquellos autores que argumentan la existencia de lo moral sólo a partir de la aparición, en el seno de la sociedad primitiva, de especializaciones de carácter laboral y por roles desempeñados. Conforme a esta última opinión para poder hablar de moralidad resulta necesario determinado desarrollo de la individualidad, un grado incipiente de desgajamiento del universo personal con respecto a la colectividad.
Con la aparición de las desigualdades sociales, la moral expresa esencialmente la confrontación entre los agrupamiento humanos con intereses económicos y políticos contrapuestos. Los distintos grupos sociales manifiestan a través de la moralidad, en términos de lo bueno y lo malo, lo que resulta favorable o desfavorable a su integridad. En un panorama social caracterizado por la existencia de grupos antagónicos, la moral recoge la visión del ser y el deber ser de cada uno de ellos. Debemos tener muy presente que la moral de cada agrupamiento social no existe en forma aislada, sino en un proceso de retroalimentación con respecto a las diferentes moralidades que forman parte del universo ideológico de la sociedad. Quiere esto decir que en las sociedades donde existen grupos sociales con intereses encontrados, la conciencia moral presenta un carácter heterogéneo, pues se integra por el aporte que corresponde a la moralidad de esos conglomerados humanos.
Cuando profundizamos en el estudio de la moral, nos percatamos de que además del componente grupal que la caracteriza, resulta necesario apropiarnos de su referente humano-universal. Al hablar de lo humano-universal en los fenómenos morales, tenemos presente los elementos de continuidad que existen entre los distintos sistemas morales, no obstante su discontinuidad expresada en las diferenciaciones e intereses grupales.
Algunos autores, al referirse a la cuestión de lo humano-universal en la moral, hablan de que su contenido se integra por simples reglas y normas de conducta que se encuentran presentes en los diferentes códigos morales. En este sentido, normas morales tales como “no matar”, “respetar al prójimo”, “dar de comer y beber al necesitado” formarían parte de ese contenido humano universal. A nuestro modo de ver, la cuestión no es tan sencilla, ya que no podemos afirmar que las mencionadas normas sean de obligada observancia en todo tiempo y lugar. Con la variación de las circunstancias sociales, cambia su contenido.
Vemos lo humano-universal en la moral más bien vinculado a aquellas concepciones y relaciones que en la sucesión de las distintas sociedades han tenido como divisa esencial el bienestar del hombre, su elevación en una dimensión verdaderamente humana. Hay que tener en cuenta que lo humano-universal no se presenta en forma pura, sino a través de los intereses grupales de la moralidad. Por eso, la moral de los grupos sociales progresistas ha sido portadora de ese contenido humano-universal. Se ha constatado que cuando un grupo social retrocede históricamente desde las posiciones progresistas a las reaccionarias, la carga humano-universal de su mundo moral se reduce ostensiblemente hasta casi desaparecer.
En los últimos años se ha prestado gran atención al estudio de la estructura de la moral. Este problema revista un interés relevante desde el punto de vista teórico y también por su trascendencia en el orden práctico. No hace mucho tiempo, los especialistas consideraban que a la moral sólo era procedente estudiarla como fenómeno de conciencia. En la actualidad prima el criterio acerca de que la moral presenta una estructura compleja integrada por la actividad moral, la relación moral y la conciencia moral.
La actividad moral es la particularidad cualitativa que distingue a los actos humanos por la implicación que tienen para un individuo o una colectividad. En el universo de las acciones humanas, los diversos actos pueden tener una connotación moral, inmoral o extramoral, dependiendo esa especificación del papel que se le conceda al ser humano y a sus intereses vitales por parte del sujeto de la actividad.

Para comprender la esencia de la actividad moral hay que tener en cuenta los rasgos fundamentales que la distinguen: la motivación, el resultado y la valoración correspondiente de ambos aspectos. La motivación, como su nombre lo indica, es el motor que impulsa la conducta; mientras que el resultado es la acción moral concretada. La valoración es el proceso evaluativo de la motivación y del resultado que se realiza por la colectividad o por el propio sujeto en forma de autovaloración.


En cuanto a la valoración de la moralidad o inmoralidad de una conducta existen discusiones con relación a si se debe tener en cuenta solamente el resultado o atenernos a la motivación como factor decisivo. Consideramos que es necesario sopesar la importancia de ambos aspectos de la actividad moral y no absolutizar la relevancia de uno de ellos, pues en muchas ocasiones el resultado no coincide con la motivación. En situaciones donde se expresa esa discordancia, se precisa establecer la valoración de la conducta a partir del análisis concreto de todos los componentes de la acción moral.
El segundo componente estructural de la moral como fenómeno social es la relación moral. Para comprender el alcance de este concepto resulta imprescindible referirlo al de relación social. Siendo el ser humano el conjunto de sus relaciones sociales, la relación moral es aquella calidad de ellas que se expresa en el hecho de implicar una afectación favorable o desfavorable con respecto a un individuo o un grupo. O sea, la relación social por sí misma no necesariamente presenta un contenido moral, lo adquiere en la medida en que el vínculo establecido por el sujeto tiene implicaciones para sus semejantes.
Las relaciones morales son tan diversas como distintos son los marcos referenciales en que el ser humano desenvuelve su existencia. Intentar su clasificación sería una tarea inacabable. Pero, teniendo en cuenta que estas relaciones existen como contenido de aquellos vínculos y dependencias que contraen las personas en el proceso de su actividad vital, podríamos referirnos a los siguientes tipos fundamentales de relaciones morales: relaciones del individuo con otras personas, con la colectividad, con la comunidad nacional, con la comunidad planetaria (humanidad).
Hacemos hincapié en la comprensión de las relaciones morales como vínculos interpersonales, pues incluso cuando hablamos de la naturaleza como objeto de moralidad, necesariamente tenemos que recurrir a las implicaciones que tiene para el ser humano el cuidado o destrucción del entorno ambiental.
El tercer elemento de la estructura de la moral lo constituye la conciencia moral. Aunque tradicionalmente se le ha caracterizado como el lado ideal de la moralidad, debemos tener presente que la conciencia moral es subjetiva por su forma, pero objetiva por su contenido. Con este criterio nos pronunciamos en contra del punto de vista que tiende a caracterizar la actividad moral como objetiva y la conciencia moral como subjetiva. La actividad moral, la relación moral y la conciencia moral solamente pueden ser aprehendidas en toda su riqueza si se comprenden como resultado de la interrelación dialéctica de lo objetivo y lo subjetivo.
La conciencia moral no existe como una esfera particular del intelecto humano, sino más bien como un contenido especial que lo peculiariza. Por esta razón, la conciencia moral es la especificidad que caracteriza a los fenómenos de la conciencia consistente en reflejar los intereses individuales o colectivos. Está integrada por el conjunto de representaciones mentales que expresan las particularidades de las relaciones sociales y la práctica cotidiana de los seres humanos. La conciencia moral constituye una forma especial de asimilación espiritual de la realidad. Si esa asimilación en el marco de la conciencia científica es en los términos antitéticos de lo verdadero y lo falso, en el ámbito de la conciencia artística atinente a la conciencia moral se expresa en el contrapunteo entre lo bueno y lo malo.
Al hablar de la estructura de la moral, hemos relacionado como sus componentes fundamentales a la actividad moral, la relación moral y la conciencia moral. Algunos estudiosos se han enfrascado en discusiones un tanto bizantinas, tratando de delimitar cual de esos tres elementos tiene carácter primario con relación a los demás. Al respecto, resulta importante puntualizar que cuando afrontamos el estudio de la moralidad debemos tener presente su integración a partir de los tres componentes señalados; ninguno de ellos puede existir al margen de los demás ni precederlo ni determinarlo. La moral es conjuntamente actividad, relación y conciencia. Esta unidad de sus elementos estructurales genera un modo específico de asimilación práctico-espiritual de la realidad que se concreta en la actividad social de las personas y se expresa a través de las funciones que cumple la moral.
En torno a las funciones fundamentales de la moral, de manera esencial, puede hablarse de las siguientes: reguladora, valorativa-orientadora, cognoscitiva, educadora e ideológica, consideramos que en estos cinco grandes rubros pueden agruparse la diversidad de roles que la moralidad puede cumplir y cumple en la vida social.
La función reguladora está referida a la influencia que la moral, como forma de la conciencia social, ejerce sobre las personas. El individuo cuando nace no es sujeto moral y es a partir de sus vivencias sociales que va adecuando la conducta a partir de los patrones de exigencia que prevalecen en su medio. Desde esta perspectiva reguladora, la normatividad moral a diferencia de la jurídica, no presupone sanciones pecuniarias o de privación de libertad, sino la aprobación o el rechazo por parte de la opinión pública.
La función valorativa-orientadora que cumple la moral, muy relacionada con su papel regulador, tiene su concreción cuando el individuo estructura una tabla de valoraciones que le sirve de orientación en la complejidad del mundo social. Así como la función reguladora expresa las exigencias sociales hacia la individualidad, la función valorativo-orientadora manifiesta los criterios de las personas con respecto al comportamiento que deben observar en su quehacer en la colectividad. En este caso, la conciencia individual actúa como tribunal moral que absuelve o condena.
La moral cumplimenta también una función cognoscitiva. La necesidad social, objetivamente existente, lleva en sí a la necesidad moral. Cuando la moral, como forma de apropiación práctico-espiritual de la realidad, permite aprehender esa necesidad, el sujeto puede comportarse como agente propulsor del progreso de la moralidad. Los problemas gnoseológicos en este campo, están íntimamente entrelazados con la libertad moral que se conforma por medio de la conjugación del conocimiento de la necesidad moral y la actividad práctica del sujeto, encaminada a transformar el medio a fin de propiciar el desarrollo social y moral.
A través del tiempo, la moral ha jugado un papel fundamental como medio activo de formación de la personalidad. Su función educadora es innegable. La moral va a incidir sobre la individualidad prescribiéndole por qué y para qué se vive. Es decir, la moral da un sentido a la vida de las personas. La educación moral se realiza a través de diferentes vías y medios, institucionales y espontáneos, en un proceso continuado en que cada integrante de la sociedad resulta simultáneamente sujeto y objeto.
En las sociedades con intereses antagónicos, la moral es un medio de influencia ideológica. La función ideológica de la moral se expresa en su contribución a la defensa de determinados intereses grupales. La lucha ideológica en el ámbito moral es aguda y sutil. Como regla, los grupos dominantes han pretendido argumentar la universalidad de su moralidad. Apelando a este recurso, se ha manifestado que el ataque a la moral dominante representa la impugnación a todo tipo de moralidad. En el mundo globalizado contemporáneo, con la polarización de intereses entre ricos y pobres, la función ideológica de la moral se ha tornado diáfana y expresa. La moral de los desposeídos expresa con claridad que defiende los intereses de los pobres de la Tierra y que por ende, resulta moralmente aceptable todo lo que contribuya a la edificación de un mundo justo y propenda a la elevación humana.
A menudo se utiliza la palabra “ética” como sinónimo de lo que llamamos “la moral”, es decir, ese conjunto de principios, normas, preceptos y valores que rigen la vida de los pueblos y de los individuos. La palabra “ética” procede del griego ethos que significaba originariamente “morada” “lugar en donde vivimos”, pero posteriormente pasó a significar “el carácter”, el “modo de ser”, que una persona o grupo va adquiriendo a lo largo de su vida. Por su parte, el término “moral procede del latín mos, moris, que originariamente significaba “costumbre”, pero que luego pasó a significar también “carácter” o “modo de ser”. De este modo “ética” y “moral” confluyen etimológicamente en un significado casi idéntico: todo aquello que se refiere al carácter o modo de ser adquirido como resultado de poner en práctica unas costumbres o hábitos considerados buenos.
Dadas esas coincidencias etimológicas, no es extraño que los términos “moral” y “ética” aparezcan como intercambiables, en muchos contextos cotidianos se habla por ejemplo, de una “actitud ética” para referirse a una actitud “moralmente correcta” según determinado código moral o se dice de un comportamiento que “ha sido poco ético”, para significar que no se ha ajustado a los patrones habituales de la moral vigente. Este uso de los términos “ética” y “moral” como sinónimos está tan extendido en español que no vale la pena intentar impugnarlo. Pero conviene que seamos conscientes de que tal uso denota, en la mayoría de los casos, lo que llamamos “la moral”, es decir, la referencia a algún código moral concreto.
No obstante lo anterior, podemos proponernos reservar –en el contexto académico en que nos movemos aquí- el término “Ética” para referirnos a la Filosofía de la moral y mantener el término “moral” para denotar los distintos códigos morales concretos. Esta distinción es útil, puesto que se trata de dos niveles de reflexión diferentes, dos niveles de pensamiento y lenguaje acerca de la acción moral, y por ello se hace necesario utilizar dos términos distintos si n queremos caer en confusiones. Así, llamamos “moral” a ese conjunto de principios, normas y valores que cada generación a la siguiente en la confianza de que se trata de un buen legado de orientaciones sobre el modo de comportarse para llevar una vida buena y justa. Y llamamos “Ética” a esa disciplina filosófica que constituye una reflexión teórica sobre los problemas morales.- La pregunta básica de la moral sería entonces “qué debemos hacer?”, mientras que la cuestión central de la Ética sería más bien “por qué debemos?”, es decir, “qué argumentos avalan y sostienen el código moral que estamos aceptando como guía de conducta?”.
Corresponde a la Ética una triple función: 1) aclarar qué es la moral, cuáles son sus rasgos específicos, 2) fundamentar la moralidad, es decir, tratar de averiguar cuáles son las razones por las que tiene sentido que los seres humanos se esfuercen en vivir moralmente; y 3) aplicar a los distintos ámbitos de la vida social los resultados obtenidos en las dos primeras funciones, de manera que se adopte en esos ámbitos sociales una moral crítica, (es decir, racionalmente fundamentada), en lugar de un código moral dogmáticamente impuesto o de la ausencia de referentes morales.
A lo largo de la historia de la Filosofía se han ofrecido distintos modelos éticos que tratan de cumplir las tres funciones anteriores: son las teorías éticas. La ética aristotélica, la kantiana, la utilitarista o la discursiva son buenos ejemplos de este tipo de teorías. Son construcciones filosóficas generalmente dotadas de un alto grado de sistematización, que intentan dar cuenta del fenómeno de la moralidad en general y de la preferibilidad de ciertos códigos morales en la medida en que éstos se ajustan a los principios de racionalidad que rigen en el modelo filosófico de que se trate.
En efecto, aunque la historia de la Ética recoja una diversidad de teorías, a menudo contrapuestas, ello no debe llevarnos a la ingenua conclusión de que cualquiera de ellas puede ser válida para nosotros –los seres humanos de principios del siglo XXI- ni tampoco a la desesperanzada inferencia de que ninguna de ellas puede aportar nada a la resolución de nuestros problemas. Por el contrario, lo que muestra la sucesión histórica de las teorías es la enorme fecundidad de la Ética que ha sabido acercarse a los problemas de cada época elaborando nuevos conceptos y diseñando nuevas soluciones. La cuestión que debería ocupar a los éticos de hoy es la de perfilar nuevas teorías éticas que podamos considerar a la altura de nuestro tiempo Y para ello resulta útil e insoslayable el conocimiento de las principales éticas del pasado.
Entre las tareas de la Éticas, como ya hemos dicho, no sólo figura la aclaración de lo que es la moralidad y la fundamentación de la misma, sino la aplicación de sus descubrimientos a los distintos ámbitos de la vida social: a la política, la economía, la ecología , la medicina, la ingeniería genética, etc.. Si en la tarea de fundamentación se descubren determinados principios éticos, la tarea de aplicación consistirá en averiguar cómo pueden esos principios ayudar a orientar los distintos tipos de actividad.
Sin embargo, no basta con reflexionar sobre cómo aplicar los principios éticos a cada ámbito concreto, sino que es preciso tener en cuenta que cada tipo de actividad tiene sus propias exigencias morales y proporciona sus propios valores específicos. No resulta conveniente hacer una aplicación mecánica de los principios éticos a los distintos campos de acción, sino que es menester averiguar cuáles son los bienes internos que cada una de esas actividades debe aportar a la sociedad y qué valores y hábitos es preciso incorporar para alcanzarlos. En esta tarea no pueden actuar los éticos en solitario, sino que tienen que desarrollarla cooperativamente con los expertos de cada campo. La ética aplicada es necesariamente interdisciplinaria.
Trasladando esa caracterización a las actividades sociales, podríamos decir que el fin específico de la salud pública es el bien del paciente; el de la empresa económica, la satisfacción de necesidades humanas con calidad; el de la política, el bien común de los ciudadanos; el de la docencia, la transmisión de la cultura y la formación de personas educadas y críticas; el de las biotecnologías, la investigación en pro de una humanidad más libre, sana y feliz. Quien ingresa en una de estas actividades no puede proponerse una meta cualquiera, sino que ya le viene dada y es la que presta a su acción sentido y legitimidad social.
Nuestra tarea consiste en dilucidar qué valores concretos es preciso asumir para alcanzar esos fines. Precisamente, por eso, en las distintas actividades humanas se introduce de nuevo la noción de “excelencia”, porque no todos los que intervienen para alcanzar los bienes internos tienen la misma predisposición, el mismo grado de virtud. Un mínimo sentido de la justicia, nos exige reconocer que en cada actividad unas personas son más virtuosas que otras. Esas personas son las más capacitadas por encarnar los valores necesarios para concretar los bienes internos consustanciales a la actividad social de que se trate.
Las distintas actividades se caracterizan, pues, por los bienes que sólo a través de ellas se consiguen y por los valores que para la concreción de esos fines se exigen. Las distintas éticas aplicadas tienen por tarea, a nuestro juicio, averiguar qué valores permiten alcanzar en cada caso los bienes internos de la actividad respectiva.
El renacer del movimiento de la ética aplicada que se manifiesta al comenzar la década de los 70 del siglo XX, responde a la necesidad que tiene la comunidad planetaria de que la reflexión ética deje de ser general y abstracta y se centre en problemáticas concretas, dilucidando las razones que podrían ser dadas en apoyo de juicios particulares, en controversias específicas.


  • Los valores morales

Con el desarrollo social, se consolidan en el quehacer humano los valores morales. Los valores son formas de la conciencia moral que se caracterizan por expresar las exigencias morales de la manera mas generalizada. Ellos tienen una vinculación muy estrecha con las normas morales, pero mientras que las normas prescriben las acciones que concretamente el ser humano debe realizar, los valores revelan de manera global el contenido de un sistema moral determinado. Los valores morales juegan un papel decisivo desde el punto de vista orientador y cuando pasan a formar parte de la conciencia individual ejercen una influencia activa en el ámbito de las relaciones y las conductas humanas.


En el decursar del pensamiento universal, son innumerables los valores morales que han sido reconocidos por los estudiosos, desde diversas perspectivas filosóficas. Entre esos valores, los admitidos con mayor frecuencia son los siguientes: el humanismo, la solidaridad, el colectivismo, la justicia, la equidad, la libertad, el patriotismo, el internacionalismo, el bien, el deber, la dignidad, el honor, el ideal, el sentido de la vida y la felicidad. A nuestro modo de ver, si resulta necesario desentrañar la esencia de cada uno de ellos, más trascendente aún es analizar esos valores morales bajo un enfoque sistémico. Hasta hoy, el tratamiento en sistema de los valores, ha sido casi inexistente, no obstante la importancia teórica y práctica de tal enfoque. Nos proponemos realizar la exposición de esos valores bajo la óptica sistémica, ya que en el plano social se presentan con tal especificidad.
El humanismo es el valor moral que postula la consideración del ser humano como supremo fin y por lo tanto, merecedor de un desarrollo multilateral. El humanismo constituye el punto de partida del sistema que conforman los valores morales. La moralidad de signo positivo exige que el sujeto moral tenga como motivación fundamental la preocupación por el ser humano en el sentido de posibilitar su desarrollo y lograr la satisfacción de sus necesidades fundamentales.
El humanismo, como valor moral, comporta la convicción ilimitada en las posibilidades del ser humano y en su capacidad de perfeccionamiento; presupone la defensa de la dignidad personal; proclama la concepción de que el individuo tiene derecho a la felicidad y exige validar el criterio acerca de que la satisfacción de las necesidades e intereses del ser humano debe constituir el objetivo esencial de la sociedad, en la búsqueda de un mundo más solidario.
La solidaridad es el valor moral que expresa la necesidad de vincular la existencia individual al objetivo de potenciar la diversidad de relaciones que une a los miembros de la sociedad. La solidaridad demanda la adopción de la causa del humanismo como fundamento primordial de la vida personal; admite el reconocimiento de nuestros semejantes como pariguales, a fin de lograr el necesario entendimiento y comprensión entre todos los miembros de la sociedad; implica la comprensión del humanismo como actitud del sujeto moral encaminada a potenciar a los más débiles; sustenta la igualación de oportunidades como condición del libre desarrollo de cada uno de los seres humanos. El valor moral de la solidaridad constituye un obligado corolario de la lucha por el ser humano, por hacer realidad el valor del humanismo.
El humanismo que sólo puede plasmarse como realidad a través del ejercicio de la solidaridad, se expresa en las relaciones interpersonales en forma de colectivismo. El colectivismo, negación del individualismo fomentado por la desigualdad social, promueve la dedicación de la vida personal a ideales y objetivos que comportan la satisfacción de intereses humanos.
En su condición de valor moral, el colectivismo fomenta el desarrollo de capacidades para la ejecución de acciones conjuntas y se caracteriza por la entrega de la existencia individual a fines que tienen una significación colectiva. Si bien es verdad que el colectivismo supone la primacía de los intereses sociales por encima de los intereses personales, esto no significa que el sujeto moral no pueda concretar sus aspiraciones individuales, pues hay que tener presente que todo interés personal racionalmente entendido, tendrá siempre un carácter social.
El colectivismo cumple el rol de aglutinador de todos los demás componentes del sistema de valores morales. La lucha por la solidaridad humana, expresión de partida de la fidelidad al humanismo, no puede concretarse sin un esfuerzo colectivo de singular envergadura. Las generaciones de hombres de buena voluntad que con sus esfuerzos han hecho factible el mejoramiento humano en diversas partes del mundo, brindaron a sus semejantes muestras concluyentes de colectivismo al sacrificarse en aras de los intereses sociales. El desarrollo humano que constituye una necesidad a escala planetaria, sería inconcebible sin derroches cotidianos de actitudes colectivistas, propiciadoras de un entorno social verdaderamente justo.
La justicia, como valor, se refiere a lo que es exigible en el fenómeno moral; exigible a cualquier ser humano que quiera pensar moralmente. Será moralmente justo lo que satisface intereses universalizables en determinada situación histórico-concreta. Cuando conceptuamos algo por justo, podemos exigir que cualquier ser humano lo conciba en esa misma condición, porque estamos ante una alternativa que tiene un referente objetivo.
Desde la perspectiva moral, los criterios de justicia son universalmente intersubjetivos. La controvertida universalidad del fenómeno moral pertenece a la dimensión de justicia, porque no se trata de una invitación a observarla, sino de una exigencia en cuanto a su cumplimiento. La estructuración de una moral universal que establezca un valladar a los subjetivismos, sólo será posible desde aquellas exigencias de justicia que son inapelables, entre las que sobresale el deber de validar el humanismo en la diversidad de sus expresiones grupales y culturales en términos de equidad.
El valor moral de la equidad consiste en dar a cada uno lo que le corresponde por sus méritos o condiciones. La equidad supone no favorecer en el trato a uno, perjudicando a otro. La inequidad es inherente a las sociedades en que impera una polarización entre la riqueza y la pobreza. En esas sociedades, los patrones distributivos y las oportunidades están en función de la estructura de dominación y de la propiedad sobre los medios de producción. Se trata de un mundo de desiguales, en el que la desigualdad lleva a la dominación de unos por otros.
Desde el punto de vista moral, la equidad está muy vinculada al concepto de integración social. El objetivo supremo de la integración social es la creación de una sociedad para todos, basada en el respeto a todos los derechos humanos y libertades fundamentales, la diversidad cultural y religiosa, la justicia social y las necesidades especiales de las personas que se encuentran en desventaja, la participación democrática y el respeto a la ley. La equidad, entendida como búsqueda de la integración social, se expresa como actitud moral dirigida a potenciar a los más débiles, ya que es preciso lograr una igualación, si queremos que todos puedan tener acceso a un desarrollo humano que les permita ejercer su libertad.
La libertad es un valor consustancial a la especificidad de la moral. Se encuentra implicada en la esencia misma de la moralidad como fenómeno social. Si el ser humano carece de libertad para elegir entre alternativas u opciones diferentes no puede elevarse a la categoría de sujeto moral. La persona accederá a esa condición cuando su poder decisorio, con respecto a la conducta a seguir, no sea fruto de la coerción externa sino resultado de la libre elección.
En el ámbito moral, la libertad no puede entenderse como libre albedrío que permitiría a la voluntad humana proyectarse en términos de un subjetivismo extremo. Hay que comprenderla como una complementación de sus referentes individual y social. Desde el ángulo individual, la libertad se configura como el derecho a gozar de un ámbito privado, sin interferencias ajenas, en el que cada quien puede ser feliz a su manera (libertad negativa). Desde la perspectiva social, la libertad comporta el derecho a participar como sujeto en las decisiones que le afectan y conciernen como miembro de la colectividad (libertad positiva). Así entendida, la libertad vendría a ser una conjugación de dos expresiones inseparables de un valor moral que fomenta el humanismo, al dar cauce a las aspiraciones individuales por derroteros de carácter social.
Cuando ese humanismo que propulsa las ansias libertarias, se proyecta como lucha y sacrificio por los intereses comunitarios, estamos en presencia del patriotismo. El patriotismo es el valor moral que impele al individuo a identificarse con su pueblo. Presupone la preocupación por la historia del país y las tradiciones patrias, el amor al pueblo, la lucha intransigente contra los enemigos de la patria y el sano orgullo por los avances sociales en los ámbitos local y nacional. El verdadero patriotismo se contrapone al patrioterismo que utilizando los sentimientos del pueblo apuntala los intereses de los privilegiados y fomenta el exclusivismo nacional.
Los tiempos que corren exigen rebasar el humanismo comunitario llegando a adoptar una perspectiva de humanismo universalista, desde una conciencia moral que es capaz de ponerse en lugar de cualquier persona en cuanto tal, en cualquier parte del mundo. El internacionalismo es el valor moral que postula la vinculación del individuo con los intereses colectivos en términos de humanidad, como la expresión más elevada del humanismo real. Este valor que constituye el escalón más alto del humanismo se caracteriza por propulsar la igualdad y libertad de todos los pueblos, la intransigencia con el racismo y la xenofobia, la solidaridad mundial en la lucha por objetivos comunes en bien de la humanidad, el interés y respeto por las culturas nacionales.
El valor moral del patriotismo no se contrapone al internacionalismo. Entre ambos existe una estrecha interrelación. Esta inquebrantable ligazón entre el patriotismo y el internacionalismo ha sido puesta en tela de juicio por quienes piensan que no es posible ser internacionalista y patriota al mismo tiempo.
El patriotismo y el internacionalismo tienen un mismo fundamento moral. Ambos valores constituyen la expresión, a distintos niveles, de la defensa de los intereses humanos. En este sentido, el patriotismo que se fundamenta en el amor al pueblo, en los marcos comunitarios, se proyecta a nivel de la humanidad en forma de internacionalismo. Por eso, los internacionalistas más auténticos son los patriotas más consecuentes y los verdaderos patriotas son genuinos internacionalistas.
La realización del humanismo mediante la concreción de la solidaridad, el colectivismo, la justicia, la equidad, la libertad, el patriotismo y el internacionalismo, nos expresa el contenido del bien como valor moral. Tradicionalmente el bien y su contrapartida, el mal, han sido comprendidos como sinónimos de lo moral y lo inmoral. Ahora bien, la comprensión de lo bueno y lo malo ha variado de época a época y de pueblo a pueblo, determinando que los hombres caractericen a un mismo acontecer como moral o inmoral según las circunstancias históricas. ¿Significa esta peculiaridad que no tenemos posibilidades de encontrar un criterio objetivo para deslindar lo bueno de lo malo?.
La interrelación entre lo grupal y lo humano-universal en la moral permite resolver el referido problema. Lo humano-universal tiene un sentido concreto en la medida que se expresa a través de lo grupal. Mientras existan grupos sociales con intereses contrapuestos, lo humano-universal sólo tendrá esa forma de manifestación. Cuando el grupo social desenvuelve un rol históricamente progresista, su moral acusa un contenido humano-universal incomparablemente superior al portado en la etapa en que ese mismo grupo transcurre por una fase decadente. De aquí que la verdad acerca de lo bueno y lo malo no la puede dar la conciencia moral del grupo con su carga de subjetividad, sino los componentes humano-universales que objetivamente comporta su moralidad.
Con los presupuestos conceptuales, anteriormente expresados, estamos en condiciones de caracterizar al bien como valor moral. El bien moral es aquella calidad de las relaciones sociales cuya esencia consiste en que el ser humano trata a sus semejantes como fin y no como medio, concibiendo la entrega a sus pariguales con el objetivo supremo de su conducta. Es la carga del humanismo contenida en el quehacer cotidiano de los sujetos lo que identifica objetivamente su proceder como expresión concreta del bien moral.
Estrechamente vinculado al bien y el mal se encuentra el deber, valor moral de innegable trascendencia. El deber se configura por la relación existente entre la práctica moral individual y la orientación normativa-valorativa que impele a su cumplimiento. Como puede apreciarse el código moral prevaleciente deviene fundamento o base del deber. Es necesario tener presente que cuando el individuo nace no es aún sujeto moral. Sólo a partir de su inserción en el conjunto de las relaciones sociales, la individualidad se desarrolla y se conforma la conciencia moral personal. El punto de referencia para la formación del mundo moral individual es la conciencia moral social. La moral como forma de la conciencia social con sus normas, principios e ideales sirve de fundamento objetivo para la estructuración del deber como valor de la moralidad personal.
El deber puede concatenarse con el bien o con el mal. Cuando el deber individual responde al interés humano, la conducta personal está motivada por el bien moral. Por el contrario, en aquellos casos en que el cumplimiento de lo debido comporta actitudes que denigran al ser humano o impiden su realización multilateral, el deber tiene sus raíces afincadas en el mal moral. Esto quiere decir que la postura del sujeto moral, consciente o inconsciente, de aceptación o rechazo del interés humano determina la vinculación del deber al bien o al mal.
Cuando en las relaciones morales prima lo humano- universal, el deber aparece vinculado al bien y la conciencia individual prescribe al sujeto el respeto a la dignidad del ser humano. La dignidad, como valor, consiste en la apreciación que establece el individuo en relación consigo mismo y con sus semejantes por su condición de seres humanos. Al desentrañar el contenido de este valor, es necesario tener presente su desdoblamiento en la dignidad propia y la dignidad ajena. La dignidad propia presupone la conciencia por parte de la persona de que es parte integrante de la especie humana y como tal merece las consideraciones correspondientes. El reconocimiento de la dignidad ajena sigue esta misma línea de pensamiento, pero en este caso específico, el sujeto moral se vuelve hacia sus semejantes, considerando que toda persona por su condición humana, debe ser objeto del respeto de los demás.
En estrecha relación con la dignidad como valor moral tenemos el valor del honor. El honor es la valoración que alcanza el individuo ante los demás semejantes por su ejecutoria en la vida. Debido a su cercanía conceptual, en ocasiones, se confunden los valores de la dignidad y el honor. Muchas veces, en el lenguaje conversacional, se utilizan como sinónimos y así se habla de la dignidad o del honor mancillados, en términos de equivalencia. No obstante, entre ambos valores existe una diferencia sustancial: la dignidad se otorga, mientras que el honor se gana. Decimos que la dignidad se otorga por cuanto la moral humanista extiende la consideración que ella implica a todas las personas por igual; expresamos que el honor se gana, pues sólo serán acreedores a los reconocimientos que comporta, aquellos individuos que se lo merezcan por su proceder en la vida social, en consonancia con la normatividad moral comunitaria.
Sobre la base de sus concepciones acerca del humanismo, la justicia, el bien, el deber y demás valores que tienen relación con la consideración que le merecen los demás semejantes, el ser humano conforma su ideal moral. El ideal moral es el programa valorativo que el individuo lucha por plasmar en la vida y cuyo objetivo fundamental consiste en conjugar los intereses sociales y los personales. Cada persona conforma su ideal en correspondencia con la riqueza de su cultura moral. El ideal moral será más avanzado en la medida que el interés humano prime sobre los intereses individuales, aunque esto no presupone la subestimación de las aspiraciones personales racionalmente comprendidas.
En las sociedades en que existen intereses grupales de carácter antagónico, como tendencia, los ideales morales se fundamentan en el egoísmo. Lo anterior no quiere decir que en el seno de esos conglomerados humanos no surjan ideales de avanzada, basados en la búsqueda del bien moral En la contemporaneidad, esos ideales únicamente pueden alcanzarse en la lucha por lograr una sociedad más justa y la formación de un ser humano verdaderamente solidario. La validación del humanismo constituye el único camino para plasmar el ideal móvil que posibilite sentar las condiciones que hagan factible el desarrollo multilateral de las personas.
En correspondencia con el ideal moral de las personas, la vida humana adquiere sentido. El sentido de la vida es el valor moral que refleja la caracterización esencial que adquiere la existencia individual en el complejo batallar cotidiano por hacer realidad los presupuestos programáticos del ideal moral. Establecemos esta correlación entre los contenidos de ambos valores, porque consideramos que sin un ideal moral humanista resulta imposible que el proceso vital de las personas adquiera un verdadero sentido.
Cuando nos referimos a un verdadero sentido de la vida es en contraposición a un falso sentido de la vida que tiene por fundamento la absolutización del interés personal, postura egocentrista a la que acompañan de manera inevitable el individualismo y el egoísmo. El verdadero sentido de la vida comporta la lucha continuada por la eliminación de las condiciones que fomentan las desigualdades e impiden el establecimiento de un orden social en que la persona sea un auténtico hermano para sus semejantes. De aquí que la batalla por concretar los ideales humanistas sea el fundamento que da sentido a la vida de la persona en la contemporaneidad.
La posibilidad de darle sentido a la vida sienta las bases de la felicidad. Tal vez no exista un valor moral que tenga un contenido más controvertido que el de felicidad. En torno a la felicidad existen las interpretaciones más diversas. Algunos criterios la identifican con la satisfacción de determinadas necesidades materiales, otros puntos de vista la circunscriben a la concreción de aspiraciones de carácter espiritual. Así mismo, en el contexto de determinadas interpretaciones se establece una equivalencia entre alegría y felicidad. A partir de este panorama interpretativo tan complejo, pudiera colegirse que cada cual es feliz a su manera, en consonancia con los puntos de vista individuales en torno a la felicidad.
La felicidad como valor implica una opción de carácter subjetivo. Sería irracional exigir que todo el mundo tuviese la misma concepción de lo “felicitante”. Debemos respetar los modelos de felicidad de los distintos individuos o grupos y culturas. Ahora bien, podemos proponer un criterio de felicidad que puede ser compartido de manera intersubjetiva. Nuestro punto de vista acerca de la felicidad parte de concebirla en estrecha interrelación con el humanismo, la solidaridad, la justicia y la libertad. Vemos la felicidad como un ámbito específico de la subjetividad humana, en ligazón estrechas con los componentes esenciales de la vida social. Argumentamos la existencia de una felicidad que consiste en la satisfacción experimentada por el individuo como resultado de la entrega cotidiana a los intereses sociales, lo que daría un elevado sentido a su vida. Desde esta perspectiva, se alcanza la felicidad cuando nuestras fuerzas personales están en función del desarrollo multilateral de los seres humanos.


  • La conciencia moral.

En los últimos tiempos, las investigaciones acerca de la conciencia moral han experimentado un significativo avance. Han recibido un notable desarrollo las teorías en torno a la conciencia moral social y la conciencia moral individual. Estos conceptos, aunque muy vinculados entre sí, no son idénticos. Si la conciencia moral social es un conjunto de principios, normas, valores e ideales que constituyen un reflejo de las condiciones materiales de vida que caracterizan a un conglomerado humano en una etapa de su desarrollo histórico, la conciencia moral individual es la forma específica e irrepetible en que las concepciones prevalecientes en una sociedad dada se expresan a nivel personal.


El desarrollo moral del individuo discurre como un proceso personal de asimilación de la sociedad, reflejada y consolidada en la conciencia moral social. Esta asimilación está dirigida hacia la consecución de determinados objetivos, cuya concreción se logra por medio de la instrucción y la educación. La esencia de este proceso consiste en insuflar en la conciencia moral del individuo aquellos valores que se generan por la ideología dominante en la sociedad. Asimismo, juegan su papel en estas circunstancias la influencia de aquellos elementos que en forma de tradiciones dejan su impronta en la mentalidad individual a partir de la conciencia cotidiano-empírica.
La conciencia moral del individuo, sobre la base de su biografía personal, no se limita a ser un remedo en pequeño de la conciencia moral social. Queremos expresar con esto que la conciencia moral individual no consiste simplemente en la asimilación de las adquisiciones de la conciencia moral social, sino su reelaboración desde el ángulo de la individualidad. Resulta importante esta precisión conceptual, pues de lo contrario pudiera inferirse que la diferenciación entre la conciencia moral social y la conciencia moral individual sería sólo un problema de volumen y no de contenido.
La conciencia moral individual representa, en primer lugar, el conjunto de sentimientos, conocimientos y convicciones, en los cuales se resume parte de la conciencia moral social que asimila y transforma la personalidad sobre la base de su existencia individual. En segundo lugar, la conciencia moral individual presupone siempre una determinada relación del ser humano hacia el mundo, la sociedad y hacia sí mismo.
La relación de la persona hacia el medio social en sus manifestaciones extremas, puede expresarse como aceptación o como rechazo de la realidad en que desenvuelve su vida. En el primer caso, el individuo acepta integralmente el orden existente y la normatividad dominante, los apoya con su conducta, sin pretender modificarlos. En el segundo caso, la persona no acepta el medio en que vive ni su realidad y entonces contrapone al mundo existente otras representaciones en las que impugna totalmente el sistema prevaleciente. Toda esta situación conflictiva del individuo, con respecto a un medio social que no le satisface, está caracterizada por un cuestionamiento que deviene agente de transformación. Si en el primer caso, la persona refleja en su conciencia moral el mundo circundante y tiene una actitud de acomodamiento con respecto a él, en el segundo caso el individuo se identifica con la necesidad de cambiar y rehacer el medio.
La conciencia moral individual es una estructura compleja que para su estudio puede ser examinada teniendo en cuenta sus aspectos gnoseológico y sociológico. El análisis de la conciencia del individuo a partir del estudio de los dos aspectos anteriormente referidos nos permite profundizar en el conocimiento de la formación y funcionamiento de la personalidad en su conjunto.
El aspecto gnoseológico comporta el nivel empírico y el nivel racional. El nivel empírico caracteriza aquel ámbito de la conciencia moral individual en el cual las representaciones de la persona se han formado fundamentalmente sobre la base de sus propias experiencias espontáneo-empíricas. En el nivel racional, el proceso de formación de la conciencia moral individual tiene lugar bajo la influencia de los puntos de vista, ideas y teorías que surgen fuera de la conciencia del individuo y llegan a ella desde la conciencia moral social. En este nivel se estructuran los fundamentos de la concepción del mundo del individuo.
En el aspecto sociológico, la conciencia moral individual opera en los niveles de la conciencia cotidiana y de la teórica. En el nivel cotidiano, la conciencia moral individual refleja de manera aparencial las relaciones entre las personas. En este nivel no existe una penetración en lo esencial que caracteriza a la vida y al desarrollo social, aquí no se examinan vínculos íntimos que rigen los procesos sociales.
En conjunto, la conciencia moral individual, en su nivel cotidiano, se fundamenta en hechos únicos que sólo de manera aproximada expresan la verdadera realidad de las relaciones interpersonales, de los vínculos entre el individuo y la sociedad. Esta forma de operar que caracteriza a la conciencia moral individual, en su cotidianidad, propicia frecuentemente el surgimiento de rumores y juicios que, pretendiendo reflejar la esencia de las motivaciones y actitudes de las personas, tergiversan el carácter de las conductas individuales. La posibilidad de una distorsión valorativa tiene su fundamento en que la conciencia cotidiana se apoya esencialmente en lo casual, en lo que yace en la superficie de los hechos, propiciando así la apreciación inexacta del contenido de las actitudes personales.



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